Este libro revela por primera vez el exterminio que llevo a cabo el Ejército en el interior de Campo de Mayo, entre 1976 y 1980.
A través del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez se corre el velo que durante años ocultó la represión ilegal de la principal fuerza armada del país, y que tuvo entre otros responsables directos a los generales Antonio Domingo Bussi, Cristino Nicolaides y Reinaldo Bignone, entre otros altos jefes militares, muchos de ellos aún en actividad. En estas páginas se dan sus nombres.
A lo largo del libro también se señala la responsabilidad que le cabe a la iglesia, a la justicia y a los partidos políticos por el asesinato de más de cuatro mil personas en el centro de detención clandestino denominado “El Campito”. Entre ellas Mario Roberto Santucho y Domingo Menna, de la cúpula del PRT-ERP.
[Se reproduce la obra en casi su totalidad y dividida en dos partes. Idéntico contenido puede encontrarse en www.nuncamas.org]
Campo Santo
Testimonios del ex sargento Víctor Ibáñez.
Por Fernando Almirón
INDICE PARTE I
Lucas
Introducción
Parte I:
Capítulo I. Recuerdos del olvido
Capítulo III. Remedio para meones
Capítulo V. La vida por televisión
Capítulo VII. Entrenamiento tumbero
Capítulo IX. Una novia de oro
Parte II:
Capítulo I. La república sitiada.
Capítulo II. La orden.
Capítulo III. El Campito.
Capítulo IV. Primeras imágenes del infierno.
Capítulo V. La guerra menos semejante.
Capítulo VI. Una nación de subversivos.
Capítulo VII. Impunidad operativa
Capítulo VIII. La mística de la destrucción total.
Capítulo IX. En el nombre de Dios.
Capítulo X. La multiplicación de nungún lugar.
Capítulo XI. Dos en la memoria.
Capítulo XII. La vida es cosa de locos.
Capítulo XIII. Los vuelos.
Lucas
"Empezó mi primer día en el campo. Lucas era un prisionero que un grupo de hombres dejó de golpear recién cuando estuvimos a unos pocos pasos de ellos. Ahí se dieron cuenta de nuestra presencia, se acercaron y se hicieron las presentaciones del caso.
Yo era recién llegado y todos tenían que conocerme. Después me pidieron que vigilara a Lucas mientras ellos se tomaban un descanso. Yo miré al pobre tipo, que no se podía ni mover; estaba tirado en el suelo, contra unos alambres en los fondos del campo, un sector donde se amontonaban bolsas, herramientas viejas y la leña para la caldera."
"A la hora, más o menos, volvieron los de la patota. Uno de ellos me dijo al pasar que este Lucas no era ningún nene de pecho, que tenía un grado de teniente o algo así en la organización Montoneros, porque ellos también tenían grados, jerarquías. 'Es un pesado', me dijo el tipo."
"Mientras tanto, otro del grupo ya le estaba preguntando a Lucas: '¿No te moriste todavía?' El le respondió con un hilo de voz: 'Todavía no', y pidió una hora más para morirse solo. 'No me peguen más', le dijo. 'Ya te dimos una hora y no te moriste', le contestaron los otros. 'En una hora más me muero solo, se los prometo. Ya no me peguen más', insistió Lucas. Me pregunté si sería verdad lo que estaba pasando."
"La hora que Lucas pidió se la respetaron, pero la siguiente no. Lo mataron a golpes."
Introducción
Este es el libro que nadie hubiera deseado escribir.
El ex sargento Víctor Ibañez fue parte del aparato exterminador que, después de una meticulosa planificación, la dictadura militar puso en marcha en marzo de 1976. Se calcula que unas 30.000 personas fueron víctimas de esa estrategia de eliminación.
Ibañez, un cabo talabartero, estuvo a cargo de las tareas de logística y la atención de prisioneros alojados en el centro de detención calndestino que funcionó en Campo de Mayo entre 1976 y 1980.
Este libro cuenta la historia de un testigo que pudo observar desde su lugar entre los genocidas lo que sucedió en El Campito, de principio a fin, a lo largo del paso de más de cuatro mil secuestrados por los Grupos de Tareas del Ejército, y que hoy figuran como desaparecidos.
De ese campo nadie salió vivo. No existen testimonios certeros sobre su funcionamiento y fatídica magnitud. Salvo el de Ibañez. El fue quien rompió el silencio detrás del cual se ocultaba la tremenda participación del Ejército en la represión ilegal que enlutó la década del 70. Su primer testimonio, recogido por el autor de este libro y publicado en el diario La Prensa el 25 de abril de 1995, generó una inmediata respuesta de esa fuerza.
Apenas 24 horas después de la aparición de la nota, el Comandante en Jefe del Ejército, general Martín Balza, se presentó repentinamente en el programa televisivo del periodista Bernardo Neustadt, quien le cedió todo un bloque que el militar aprovechó para reconocer, por primera vez públicamente, la participación del Ejército en la represión ilegal, pedir perdón por los crímenes cometidos y disponer que nunca más los hombres de esa arma deberán cumplir órdenes que impliquen cometer un delito.
Un ex sargento perejil y medio mitómano, el menos pensado, el peor de todos, se convirtió sin querer en el factor que originó una secuencia de arrepentimientos inesperados.
La Armada, la Aeronáutica, fuerzas de seguridad y policiales también reconocieron, después de las declaraciones de Balza, su participación en la represión ilegal y pidieron perdón, en mayor o menor medida, por la atrocidad de sus actos.
Por primera vez el protagonista que revela la historia del genocidio proviene del lado de los genocidas.
Hay ocasiones en que un libro deja de ser maravilloso: cuando contiene una historia maldita, una historia narrada mediante fragmentos conservados en la memoria de un hombre patético. Una historia despojada de toda sospecha de virtud, irreductible, miserable y tremenda.
Pero inevitabemente real y reveladora, que sucedió, tal como este libro debía suceder
Capítulo I. Recuerdos del olvido
"Nací en un lugar del que no me acuerdo y al que nunca volví, en Tucumán. Soy, como quien dice, hijo natural. No conocí al que fue mi padre. A lo mejor alguna vez lo vi, me lo crucé cuando mi vieja iba de compras al pueblo conmigo en brazos, en una de esas él me vio a mí. Pero no me reconoció. Yo soy Ibañez de apellido por mi vieja, que fue madre soltera."
"Tuve una hermana mayor que falleció poco tiempo después de mi nacimiento. Yo no la recuerdo, era muy chico. Pero sé que tuve una hermana por lo que cuenta mi vieja, cada vez que se acuerda de María Elvira."
"Se podría decir que nunca viví en Tucumán. Antes de mi primer cumpleaños y por razones que ignoro, mi madre juntó unos pocos bultos, me cargó a mí y a las valijas que se había armado -mi vieja es chiquitita pero de esas mujeres fuertes- y se fue a la estación para tomarse el tren a Buenos Aires."
"Le habían dado una recomendación para trabajar como mucama en la casa de una familia acomodada de la Capital, con cama adentro para ella y para su hijo; es decir yo. En esa época había más tolerancia que ahora. Porque hoy ¿quién le va a dar trabajo a una sirvienta que anda arrastrando a un guacho de un lado para el otro, eh? Nadie."
"Mi mamá trabajó en unas cuantas casas. Fuimos de una a otra hasta que llegamos a la de los Coria. Ahí yo fui el niño mimado, me trataban como si fuera un hijo más de la familia. Incluso el patrón, que era director del hospital Rawson, aceptó ser mi padrino de confirmación. Se lo había pedido mi vieja porque ella quería que alguien importante como el patrón se hiciera cargo de mí por si a ella le llegaba a pasar algo."
"En esa casa vivimos muchos años como si fuéramos parte de la familia. El doctor Coria era la mejor persona que podíamos haber conocido. Para mí fue un maestro, en cierto sentido el padre que no tuve. Y eso que él tenía a su hijo verdadero que hoy es abogado y tiene un estudio en la calle Talcahuano, cerca de Tribunales. Es unos cuantos años mayor que yo, ahora debe andar por los sesenta. Pero no era como su padre, a él le gustaba mantener las distancias. En cambio el doctor siempre me dio un lugar, se ocupaba de mí; prácticamente me crió. Puedo decir que tengo las mejores cosas, las más honestas, las más importantes gracias al doctor Coria."
"Todo fue bien hasta que un día le dijeron a mi vieja que ya no me podían seguir teniendo con ellos. Que ya había crecido y no podía seguir viviendo en la casa. Que mantenerme con ellos sería un problema. Esto es lo que le dijeron a mi mamá: o me buscaba un lugar fuera de la casa donde ubicarme, o ella debería irse conmigo. 'Ya no podemos seguir alojándola a usted y a su hijo', le dijeron. Y mi mamá me internó como pupilo en el Roca, un hogar para hijos de familias indigentes, que quedaba en Alvarez Junte y Segurola. Ahí estuve más de diez años, como hasta los catorce."
Capítulo III. Remedio para meones
La vida en el internado
"La disciplina en el Instituto Roca era recta. Lo manejaban monjas muy estrictas, bravas. En esa época las monjas eran muy ortodoxas, duras... Todo lo que hacíamos mal en el día se pagaba con castigo a la noche. Un castigo corporal. Era muy común que nos hundieran la cabeza en la bañera llena de agua... y todas esas cosas."
"Yo tenía ocho años. Viste que muchos chicos se llueven en la cama (1). Bueno, yo lloví colchones hasta los quince años. Y cobraba y cobraba por eso. No sé por qué no podía retener. Incluso hasta llegaron a atarme. Eramos tres o cuatro chicos que teníamos ese problema, nunca me olvido: Domínguez, Sánchez, yo... Andábamos con un tremendo olor a meo encima; nadie se nos arrimaba."
"Entonces, como te decía, nos ataban. Pero antes sacaban el colchón de la cama. Nos ataban al elástico de pies y manos. Y así nos tenían todo el día. Ibamos a la escuela y nos ataban en el recreo. Volvíamos de la escuela y mientras los demás chicos jugaban, nosotros nos quedábamos atados en el pabellón. Era para que no nos meáramos más. Tampoco nos daban agua con la comida de la noche; el que quería tomar agua se las tenía que aguantar. Decían que tomar agua en la noche producía movimientos de vejiga."
"En el pabellón éramos más de cien chicos. Yo fui pasando por todos los pabellones, menos el de lactantes. Hice preescolar, antes el de jardín de infantes. Después todos los demás. Así hasta el último; de doce, trece años. Cuando cumplías los quince, como lo padres no nos retiraban, nos llevaban a otro colegio, al otro instituto para chicos más grandes."
"En el Roca teníamos un uniforme. Nos daban unos zapatones horribles tipo borceguí, pero sin caña. Me acuerdo que nos cagábamos a patadas con esos zapatos. No usábamos guardapolvos, sino un jardinerito gris, de color gris. Así como los que usan los chicos ahora, los que están tan de moda. Una tricota, una camisa. La tricota marrón, creo que era marrón."
"Nos despertaban a las seis, cuando todavía era de noche. Venía la serena, nos despertaba con un silbato y nos mandaba a bañar. Los baños eran comunes, nos duchábamos todos juntos." "Después nos subían al micro que nos llevaba a la escuela, que estaba afuera del Instituto, sobre la calle Camarones, por Floresta. Todavía funciona.
Después nos pasaron a otro colegio. A varios colegios. Lo que pasaba es que yo era medio indisciplinado y me echaban de todas las escuelas. Siempre fui rebelde de chiquito. Medio quilombero. Un pendejo bravo. Las monjas se la agarraban con mi vieja cuando venía a visitarme. Le pasaban el parte de toda mi mala conducta apenas entraba al Instituto. Entonces ella ya llegaba caliente y me sacudía peor. En vez de defenderme me mataba. Pobre vieja...
Celadoras guardiacárceles
"En el Instituto había momentos en que se extralimitaban con la disciplina. Tenían un sistema de rigor como el de los reformatorios. Había celadoras que realmente no eran celadoras, sino directamente guardiacárceles. Nos manejaban con amenazas. Ellas se quedaban con la comida de las visitas y nosotros no podíamos tocar nada. No podíamos decirle nada a nadie de lo que pasaba ahí adentro. Teníamos que chuparles todo el tiempo las medias porque los castigos eran terribles, como cuando llegaba el momento del baño. Desde afuera escuchábamos como la bañadera se iba llenando y hasta sentíamos el olor a agua con cloro; era una tortura ya antes de entrar. Hasta hoy recuerdo el sonido de las canillas cuando las abrían y el chorro de agua llenando la bañadera. En la puerta siempre estábamos yo, Sánchez, Domínguez; todos en fila para ser zambullidos de cabeza en el agua fría."
"Eso lo hacían las celadoras con el apoyo de las monjas, aunque las monjas también lo hacían. Yo me acuerdo de una monjita, la hermana Antonieta. Era bravísima. Te metía dos sopapos y no querías más. Era terrible cuando se juntaba con la hermana Angélica. Angélica era una monja que daba clases de moral y buenas costumbres en la televisión, por el que en esa época era Canal 7. Era muy amiga del padre Gardela, un cura capellán de la Policía Federal que los fines de semana nos pasaba películas. Daba clases de moral la hermana Angélica, y todos teníamos que ver su programa. Pero la bribona bien que nos recagaba a palos. Era española, gallega."
"Había que avisarle cuando estaban los cantores flamencos por televisión, porque ella venía y se ponía contenta. Había que ser forro de las monjas y de las celadoras. En una palabra, tenías que forrearlas para pasarla bien. Yo nunca lo hice, y por eso la ligaba siempre; igual que Domínguez, Morel, Sánchez, Alvarez. Me acuerdo de los pibes que éramos más rebeldes."
Cumpleaños feliz
"Que yo me acuerde, en los institutos de las monjas no se le festejaba el cumpleaños a nadie. En mi caso alguna vez fue distinto. Yo cumplo el 5 de noviembre, y mi vieja llegaba al Roca con el cajón de Coca-cola y los sángüches de miga para todos los chicos. A decir verdad, primero pasaba por las celadoras, les dejaba la coima: una bandejita de masas y gaseosas también para ellas. Yo nunca me voy a olvidar de eso, esas injusticias quedaron grabadas en mi mente; qué injusta que es la coima, me decía."
"Pero mi cumpleaños, para que me lo festejaran, tenía que caer en domingo; porque entre semana no se podían hacer visitas. Entonces, si ella llegaba, mis compañeros bajaban al patio porque sabían que mi vieja traía comida para todos. Si caía en un día de semana sonábamos, no había nada. Para que me dejen ver con mi vieja en un día de semana ella tenía que mandar, si las celadoras fumaban, cigarrillos; o yerba, azúcar, plata. Recién ahí me dejaban ver a mi vieja que me esperaba sentada en la antesala de la Dirección, chiquitita, hundida en esos sillones grandes de cuero marrón."
"El sistema era el mismo para todos los chicos. Si a mí me dejaban comida, frutas o golosinas, yo no veía nada, obviamente. Trataba de comerme todo mientras caminaba desde la Dirección hasta llegar al pabellón. Todo lo que podía me lo comía rápido para salvar algo. Porque si yo le decía a la celadora: 'Señorita, me lo guarda', nunca más se te podía ocurrir pedírselo porque te agarraban bronca para toda la vida."
"Las celadoras hacían mucha ganancia los sábados y domingos, cuando venían las visitas. Ahí no faltaba ninguna, Sabían que los padres, los tíos, los abuelos dejaban comida, ropa, juguetes, plata. Y los chicos sabían qué iba a pasar con todo eso. Estaba prohibido decir que las celadoras se quedaban con todo. Entre nosotros mirábamos con tristeza porque lo mejor de lo que nos regalaban ya sabíamos que se lo iban a llevar ellas. Cuando se terminaba la visita, los chicos directamente subíamos las escaleras y les entregábamos las cosas a las celadoras que decían que nos las iban a 'cuidar', así era de triste. Y esas cosas eran de siempre, las vi ahí, la vi afuera y las sigo viendo hoy en la actualidad en muchos órdenes de la vida."
(1) Se refiere a orinarse.
Capítulo V. La vida por televisión
Los reyes son las monjas
"Durante los primeros años de internación en el Roca, mi mamá no podía sacarme del Instituto, porque así era el reglamento. Podía visitarme, pero nada más. No la autorizaban a llevarme con ella si no hacía antes unos trámites: ver al director y pedirle permiso no sé a quién en otro lugar. Como ella trabajaba, no podía cumplir con toda esa burocracia. Después, no sé cómo, mi vieja ya pudo sacarme para que pasemos un día juntos afuera del Roca."
"En una bolsita me traía toda la ropa para la salida, y yo me vestía mientras ella les daba una propina a las celadoras, que se le quejaban más de la cuenta por mi mala conducta para sacarle un peso más. Mi vieja me compraba ropa de la más alta calidad. Zapatos de charol, pantalón de cashemire. Me acuerdo que cuando salía así vestido parecía una foto."
"Casi siempre me llevaba a la casa de sus patrones de entonces, la familia Peña. Ahí me mimaban mucho. Otras veces íbamos de visita a lo de mi padrino, el doctor Coria. Yo siempre volvía con juguetes. Eran de última generación, con luces y esos chiches. Juguetes que no tenía nadie. Pero como había un lugar para todos en el pabellón donde los tenía que dejar guardados, los agarraban y rompían otros chicos, que los usaban cuando yo salía con mi mamá."
"A esos chicos nunca los iban a visitar; parecía que directamente no tenían padres, que eran huérfanos; había otros que estaban a disposición del juez de menores. Ese lugar era como un depósito de chicos pobres. A veces mi vieja, cuando podía, me retiraba a mí con dos o tres más que nunca salían porque no tenían quién los fuera a buscar, por ejemplo en Navidad."
"Pero no eran los de mi barra. Morel tenía papá, Sánchez a su mamá, el 'Loco' Alvarez también tenía familia, Domínguez igual. Eran otros los chicos que mi mamá se llevaba conmigo en Navidad. Se buscaba que no quedara ninguno ahí adentro para las fiestas, entonces los padres se ponían de acuerdo y cada uno se llevaba a un grupito por esa noche, bajo su responsabilidad. Porque era feo quedarse ahí solo en Navidad. Yo me quedé una vez, cuando la operaron a mi vieja. Estuve mal, muy mal; nos quedamos con otro chico."
"Eramos dos, no había nadie más en todo el Instituto. A los otros sin familia se los habían llevado a Córdoba o a Necochea, no me acuerdo. Como el caso nuestro fue de último momento, cuando ya había salido la excursión, nos quedamos en el pabellón largo, vacío, sin nadie. Todos los colchones estaban enroscados sobre los catres. A nosotros nos pusieron en las dos camas que estaban más cerca de la puerta. Era una noche de Reyes y yo tenía el problema de que me orinaba en la cama y el otro también. Los dos nos habíamos 'llovido' en el colchón cuando a eso de las doce nos despiertan los serenos diciéndonos que habían llegado los Reyes; y nosotros, de tan meados que estábamos no nos podíamos levantar."
"Esa vez se portaron bien. Estuvieron como una hora en el pabellón, nos dejaron un montón de juguetes de chirimbolo. Nos cantaron un par de canciones y se fueron. Hasta nos vino a saludar el director del Instituto y la monja Angélica, haciéndose la buena."
Los buenos
"A la Angélica no la quería nadie. Pero había dos celadoras piolas: Delia y Celia. Eran buenas con nosotros. Es por ellas que me hice hincha de Racing. Porque jugaban muy bien a la pelota, ¡qué bien que jugaban!. A mí, que dominaba la 'fulvence' -una pelota de tiento más que de cuero inflado- me cagaban a baile. Ellas eran muy liberales. No le daban bola a las monjas. Tenían otra mentalidad, no sé que hacían ahí. A nosotros siempre nos defendieron mucho. Una de ellas se jubiló trabajando en un hospital, eso me contaron después. Cuando me sentía mal, triste, yo las buscaba. A la Delia o a la Celia. Entre mis compañeros con el que más hablaba era con Alberto Morel."
"También había un cura, el padre Bruno, que era muy famoso en esa época. La otra vez lo vi cantando en televisión. Tenía su parroquia cerquita del Roca, la Santa Rita se llamaba. Ese curita nos trataba bien. Había puesto un proyector de cine en la iglesia, y los sábados y domingos nos venía a buscar para llevarnos al salón parroquial donde nos pasaba las películas. El padre Bruno es el que hizo esa canción que el otro día pasaron por la tele: 'Dios hizo la vaca y también la leche'. La estrenó con nosotros. Decía: 'Dios hizo la vaca / y también la leche / hizo el dulce de leche / todo lo hizo bien / por eso hay que cantar / aleluya, aleluya, aleluya'."
"Cuando lo vi me dije: '¡Uy! Mira al padre Bruno, está viejo y sigue cantando el mismo tema'. Con él hablábamos mucho, después que nos pasaba las películas."
El motín del capitán Minerva
Una vez nos amotinamos, porque en esa época por Canal 7 había un programa de televisión que a todos nos gustaba, que se llamaba el Capitán Minerva. En el Roca había un solo televisor. Los días de semana a la tarde daban el Capitán Minerva y después venía el Capitán Piluso. Hasta ese momento, eran los dos únicos programas para chicos que había. Pero empezaron a dar otro, que se llamaba 'Tatín y su perro Bernardo', por otro canal. A las monjas se les ocurrió que no podíamos seguir viendo el programa que promocionaba el jugo de limón Minerva, que por eso se llamaba así, Capitán Minerva; porque el personaje era un espadachín que siempre se estaba peleando. Dijeron que era un ejemplo violento. Y nos pusieron a mirar Tatín. Entonces nos amotinamos."
"No fue la única vez. Cuando nos amotinábamos nos poníamos jodidísimos. Eramos como setenta, ochenta, cien chicos entre diez y doce años con bronca por los que nos pasaba. Nos refugiábamos en los pabellones y tirábamos los colchones por las escaleras, por las ventanas. Cómo en las cárceles, ¿viste? Pero nosotros no los prendíamos fuego. A las celadoras que querían entrar las hacíamos retroceder a almohadazos, golpeándolas con esas almohadas de antes, duras, de pura lana. Cuando los vecinos del Instituto escuchaban los gritos y veían como tirábamos los colchones y las sábanas a la calle llamaban a la policía, pero los canas nunca entraron. Se quedaban mirando desde afuera."
"Para terminar con el motín nos mandaban a las celadoras más bravas. La mandaban a Carmen Fontana, la gorda que tenía una fuerza y unos músculos bárbaros. La mandaban a una de apellido Lorenzo, una gallega que parecía boxeador por como pegaba. También se venía la monja Antonieta que era especial para cagarnos a palos. Y por las dudas traían a dos o tres tipos que trabajaban de ordenanzas o en mantenimiento, que se encargaban de agarrar a los más bravos. Y nos mataban. Hasta que no nos calmábamos nos mataban a sopapos, a patadas, con empujones que nos tiraban al piso. Nos daban con todo."
"Pero les costaba entrar, de verdad que les costaba dominarnos.. y se lo hicimos varias veces. Más de un motín les hicimos; y después nos la aguantábamos."
Campeón de letanías
Nos sacaron al Capitán Minerva pero a Piluso lo seguimos viendo. Después de Piluso venía 'Colt 45' , 'El Llanero Solitario', y todas esas series famosas de la época. La tele estaba en medio de un cuarto. De un lado en esa larga habitación, en el piso y cruzados de piernas, se sentaban los chicos que la podían mirar. Del otro lado ubicaban a los castigados, detrás de la tele. Desde ese lugar de la sala podíamos escuchar pero no llegábamos a ver la pantalla. Ahí nos mandaban siempre a nosotros: 'Ibañez atrás, Morel atrás, Domínguez atrás'; siempre estábamos en la lista de los que no podíamos ver televisión."
"Un día se nos ocurrió traer un espejito y se lo dimos a un pibe que estaba sentado frente al televisor. El enfocaba el espejo a la pantalla así nosotros, que estábamos castigados, también la podíamos ver. Pero siempre había una celadora que nos controlaba a todos y nos agarró justo cuando estábamos mirando el espejo. ¡Para qué!, ¿Sabés como nos dio?"
"Era una época brava. Había una celadora que se llamaba Berta, Berta Bonanducci. Era de cuidar la vieja esa. Disimulada como nadie para la maldad. Te pegaba discretamente, andaba con una bola de billar en el bolsillo, se arrimaba y te daba un bolazo por la cabeza. Yo tenía la cabeza así...Te hacía un toque, nada más. Y con eso ya te despabilaba. A la Berta le hacíamos contar cuentos, era buena para contar cuentos. Ella no lo sabía, pero era su mejor manera de apaciguarnos."
"Generalmente nos los contaba a la tarde, cuando ya no podíamos ver la televisión. Y los hacía largos. No eran cuentos comunes, ahora con el tiempo a mí me parece que los inventaba. La vieja en el fondo tenía buen corazón, las bestias éramos nosotros."
"Yo era medio contestador, come ya te dije, medio rebelde. Pero un día me hice un rosario. Yo tengo ganados premios por rezar los mejores rosarios con letanías; yo me rezaba el rosario de los quince misterios, porque el verdadero tiene quince, no cinco. Lo que pasa es que lo rezan de a cinco para no hacerlo largo, y yo me sabía de memoria los quince misterios, las letanías todas en latín, y... tengo tres medallas. Un día -no sé si había sido castigado- estaba solo y empecé a fabricar un rosario con el hilo canchero que usábamos para hacer los barriletes. Empecé a sacar alquitrán del piso con un palito (masticábamos los alquitranes para limpiarnos los dientes) y me fabriqué un rosario con las bolitas y el hilo con todos los misterios y le hice la cruz. Ese rosario se lo mandaron después al obispo."
Capítulo VII. Entrenamiento tumbero
"Cuando cumplí los catorce años me sacaron del Roca y me internaron en el Tucso Bonifacio. Ese lugar todavía existe. Está en Juan B. Justo y Víctor Hugo, en el barrio de Villa Luro. Era un instituto municipal al que llamaban 'Hogar para convalecientes'. Yo no convalecía de nada pero igual estuve ahí hasta los dieciocho años."
"En ese lugar también había gente enferma, ancianos y personas indigentes que no tenían dónde vivir. Pero estaban separados de nosotros, los más chicos. En pabellones diferentes."
"En el Bonifacio había chicos que venían de otros internados, algunos con problemas de conducta, que habían pasado por reformatorios. Además, nosotros ya éramos más grandes. Y por eso la disciplina también era más dura. Y con mala suerte."
"Justo cuando a mí y a Alberto Morell nos pasan al preventorio, también se va a trabar ahí una de las celadoras más jodidas del Roca, que se llamaba Angélica Béliz. Un día que se armó quilombo mientras mirábamos televisión porque yo me quería sentar en las primeras filas y los demás no me dejaban pasar. Como yo no me volví al fondo como me lo había ordenado ella, se sacó el cinto de cuero y me tiró un golpe a la cara con la parte de la hebilla, una de esas de metal grueso. Me pegó en el ojo, no me dejó tuerto de casualidad."
"Pero Angélica no era la peor. Había un celador de nombre Alberto Vaginés. Ese sí que te pegaba. Era un tipo joven. De día andaba siempre con una Biblia en la mano, y se chupaba como cuatro litros de vino a la noche. El servicio militar lo había dejado medio milico. Nos obligaba hacer cuerpo a tierra, saltos de rana, giros militares, y carrera march. A la hora de castigarnos usaba un cable grueso que cuando te pegaba dolía más que si te hubieran dado con un palo. Con el tiempo notamos que nos miraba mucho, y ahí nos damos cuenta que era medio bufa (1). Después nos enteramos que todas las noches se llevaba a un par de pibes a su pieza para toquetearlos. Justo él, que tenía todas las imágenes de los santos y día, cuando encontraron a un chico masturbándose mientras miraba televisión, le quemó la mano con un cable electrificado."
"A este tipo lo hicimos echar, armamos quilombo y le mostramos al director del instituto las botellas vacías que Vaginés tenía debajo de la cama. Pero lo reemplazó otro que era peor, un verdadero sádico no se iba a dormir sin antes fajar a uno de nosotros."
"La que también me daba coscorrones era mi vieja por que yo no podía levantar las notas en la escuela, de donde le mandaban quejas porque yo era muy indisciplinado. Ella me decía que yo tenía un buen coeficiente intelectual, que no lo desperdiciara. Y tenía razón. Pero yo en ese momento estaba en otra."
"Además, en el preventorio había conocido a chicos que venían de otros institutos, algunos de ellos estaban bajo custodia del juez de menores por haber cometido delitos. Eran más bravos que nosotros, que nos habíamos pasado la vida metidos adentro del Roca. Y así fue como nos cagaron a trompas el primer día que llegamos al pabellón, para que quede en claro que los que mandaban eran ellos. Eran chicos que ya habían vivido la vida, que conocían la calle, que ya habían debutado."
"En cambio yo, el día que salí del Bonifacio, a los dieciocho años, me di cuenta que nunca había cruzado una calle solo."
1. De tendencias homosexuales
Capítulo IX. Una novia de oro
"A los 16 años salí del Bonifacio y me fui a vivir con mi madre a un hotel. Quedaba en Parque Centenario, Caballito. Teníamos una pieza de cuatro por cuatro; la cocina y el baño eran comunes y se compartían entre todas las habitaciones."
"Yo empecé a trabajar en un taller de alhajas, era una joyería clandestina. Cuando venía un inspector todos teníamos que salir rajando; fue lo primero que me dijeron en mi primer día de trabajo. El taller funcionaba en los fondos de una almacén que habían puesto para disimular lo que pasaba atrás. Una almacén común y silvestre, que tenía quesos y fiambres. Ahí hice mis primeras armas en orfebrería: pulir, armar, fundir. Hacíamos anillos especiales, mallas para relojes, cadenas, llaveros. Los dueños eran dos hermanos; no sé si serían mayoristas, pero te aseguro que ahí entraba mucho oro."
"Yo les afané un montón de oro que me lo terminó de quitar una mina. Una tucumana que estaba muy fuerte. Soltera, mayor que yo. Haydeé tenía 25 años, era una especie de novia que todos los días me pedía que le llevara unos gramos de oro. Vivía en el mismo hotel en que estábamos parando con mi vieja. Ella y sus hermanos laburaban como operarios en la fábrica Atma. A veces pienso que si yo me hubiera guardado todo ese oro habría tenido mucha guita, pero se lo di todo a ella y no me quedé con nada. Estaba enamorado, recién salía del Instituto y no sabía nada de la vida. Ella me quería para la joda. La dejé de ver cuando con mi mamá nos mudamos a San Miguel."
Mudanzas y trabajos
Mi vieja alquiló una casilla en San Miguel, en la provincia de Buenos Aires, que no tenía luz, en una calle sin asfalto ni nada. Fue como retroceder mil años. Volver al campo, a la prehistoria. Ahí comenzamos otra vida. Yo dejé mi empleo en la joyería porque me quedaba lejos, y empecé a trabajar como dependiente en el bufet del Hospital Alvear. Me llevó mi vieja, que ya trabajaba desde hacía unos meses en ese lugar."
"En el bufet del hospital hice un montón de guita, ganaba más que en la joyería. Trabajamos ahí más de tres años. Quedaba por la avenida Warnes, cerca de la estación donde con mi vieja nos tomábamos el tren de vuelta hasta la casita de San Miguel. Yo me había convertido en una persona de confianza para el dueño, hacía de todo. El sabía que además de las propinas yo me quedaba con algún vuelto, pero lo tomaba como el pago de un sobresueldo y no decía nada."
"Me compré una bicicleta, pilchas...iba al cine. Cambié dos o tres novias. No me gustaba ir a bailar, me metía en los bares que tenían esas vitrolas que andaban con monedas. Me gastaba toda la guita escuchando los discos de Trini López, Pedro y Pablo, Los Iracundos, Vivencia. Todos los de la 'nueva ola'."
"Pero a mis novias nunca las llevaba a casa, ni a la de madera ni a la otra a la que después nos mudamos, de material y que tenía luz, aunque el bombeador de agua lo manejaba el dueño que nos llenaba el tanque de cien litros una vez semana. A mi vieja no le gustaban mis novias ni mis amigos; los corría. Nadie le gustaba, ninguna le caía bien. Por eso, a pesar de haber tenido muchas minas, al final me quedé soltero."
"Como nos iba bien con el laburo del bufet, al poco tiempo nos volvimos a mudar. Nos fuimos a un departamento cerca del centro de San Miguel, en un primer piso con luz, agua corriente, cloacas. Civilizado. En ese lugar, que quedaba sobre la calle San José, vivimos muchos años."
"Al poco tiempo dejé el bufet y me puse a trabajar, en combinación con el almacén que estaba al lado del hospital, levantando pedidos entre los enfermos. Iba sala por sala, cama por cama. Ellos ya me conocían de cuando trabajaba en el bufet, me tenían confianza. Entonces yo les decía que era más barato comprarme a mí. En una libreta anotaba: sala tal, cama tal, enfermo tal, llevar un agua mineral, tanto de fiambre y lo que me pidiesen. Retiraba el pedido del almacén y a la cuenta le agregaba mi ganancia. Pero duró poco, el negocio era mejor para el almacenero y no era lo que yo quería hacer.
Vocación de policía
Yo quería ser policía. Me había hecho amigo de todos los vigilantes de la Comisaría 41°, en la jurisdicción de La Paternal, donde estaba el hospital. Quería ser policía de alma, de hecho soy un policía frustrado. Será por el uniforme, las armas, el respeto."
"Lo intenté. En esa época se podía hacer la colimba en la policía, un año antes del sorteo. Yo me anoté y me salió como destino la montada. Pasé la instrucción pero después me dieron la baja porque no me daba el peso ni la altura; yo estaba muy flaco para ser policía
CAMPO SANTO - Parte II
Capítulo I. La república sitiada.
(Informe de situación)
Tal como había ocurrido una década atrás, durante la agonía del gobierno encabezado por Arturo Illia, el golpe de Estado militar que el 24 de marzo de 1976 derrocó a la presidente María Estela Martínez de Perón se hizo desear. El final anunciado se postergaba de un día para el otro mientras la mayoría de la población, incluso muchos justicialistas y hasta las propias organizaciones guerrilleras, se preguntaba qué estarían esperando los militares para tomar de una vez por todas el control del país.
48 horas antes
Lunes por la tarde en el Congreso de la Nación. "Parece que la cosa es esta noche", comentaban en la Cámara de Diputados. "Dicen que en los hospitales sólo quedan los enfermos graves. A los demás los han mandado a sus casas porque van a necesitar las camas", aseguraban en los despachos de los senadores.
Un grupo de radicales abandonó el palacio legislativo llevándose un busto de Hipólito Yrigoyen. En el interior del edificio, algunos legisladores corrían de un despacho a otro en su intento por sumar diputados a una idea desesperada: derrocar a la Presidente mediante una declaración parlamentaria, sin juicio político previo, antes de que los militares se pusieran en marcha.
En la Casa de Gobierno, en tanto, se barajaba seriamente la posibilidad de ofrecer a las Fuerzas Armadas una amplia participación en las decisiones de poder.(1)
24 horas antes
Martes. A excepción de algunos matutinos, la mayoría de los diarios repitió el adjetivo "inminente" en sus titulares del día. Inminentes cambios. Inminente decisión. Inminente final.
Casildo Herreras, el entonces secretario de la Confederación General del Trabajo -la columna vertebral del peronismo-, desembarcó del ferry que lo trasladaba desde Buenos Aires a Montevideo.
-¿Qué pasa en la Argentina?, le preguntó un periodista apenas pisó suelo uruguayo.
-Ah, yo no sé nada, yo me borré, respondió Herreras.
Mientras tanto, el rumor se extendía en Buenos Aires. "De esta noche no pasa".
El entonces ministro de Defensa, José Deheza, convocó a una conferencia de prensa para tranquilizar los ánimos: "Yo estoy en contacto casi permanente con los comandantes generales. Conozco su pensamiento (...) Está muy claro que el gobierno no tiene poder militar. No hay, como en otras circunstancias, fuerzas leales. Si las Fuerzas Armadas quisieran tomar el poder, les bastaría con venir a decírmelo. Pero las Fuerzas Armadas son conscientes de que la lucha contra la delincuencia subversiva no les deja tiempo libre para manejar el Estado. Ellas prefieren que un gobierno civil tenga esas responsabilidades, para concentrar energías en la lucha antisubversiva."
"(...) En este momento, yo puedo asegurar que no hay inminencia de golpe. La campaña periodística y la ola de rumores obedecen a una acción psicológica. Pero la mayoría de las Fuerzas Armadas tiene conciencia de los riesgos que correría en caso de asumir el poder político. No habrá golpe, ni mañana, ni pasado, ni el viernes." (2)
Siempre de noche
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, la Junta militar, integrada por los tres Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas -el teniente general Jorge Rafael Videla, del Ejército; el almirante Emilio Eduardo Massera, de la Armada; y el brigadier general Orlando Ramón Agosti, de la Fuerza Aérea-, difundió por la cadena nacional de radio y televisión una proclama que dejaba todo en claro desde el primer párrafo:
"Agotadas todas las instancias del mecanismo constitucional, (...) frente a un tremendo vacío de poder, capaz de sumirnos en la disolución y en la anarquía, (...) las Fuerzas Armadas, en cumplimiento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del Estado."
Más adelante, el bando militar anunciaba:
"Esta decisión persigue el propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo y sólo está dirigida contra quienes han delinquido o cometido abusos de poder. Es una decisión por la Patria y no supone, por lo tanto, discriminaciones contra ninguna militancia cívica ni sector social alguno. Rechaza, por consiguiente, la acción disociadora de todos los extremismos y el efecto corrupto de cualquier demagogia."
Inmediatamente después de iniciada la transmisión en cadena, las Fuerzas Armadas informaron mediante una sucesión de comunicados que se había clausurado el Congreso, removido a los jueces de la Suprema Corte de Justicia, cesanteado a los gobiernos provinciales, suspendido toda actividad política y gremial y extendido a los civiles el Código de Justicia Militar.
En horas de la tarde, un nuevo parte militar recomendó a la población "abstenerse de transitar por la vía pública durante las horas de la noche, a los efectos de mantener los niveles de seguridad general necesarios, cooperando de este modo con el cumplimiento de la tareas que la fuerza en operaciones intensificará a partir de dicha oportunidad".
Ya sin tono marcial, el comunicado número 23 de la Junta anunciaba que la cadena nacional de radio y televisión se interrumpiría para permitir la transmisión del partido de fútbol entre los seleccionados de la Argentina y Polonia que se disputaba esa noche.
Por la noche, encerrada en sus casas, la gente gritó. José María Muñoz acababa de relatar por Radio Rivadavia: "...Bochini para Luque, pase en profundidad para Scotta, Scotta la lleva, viene el gol, gol, gol...¡¡¡¡¡¡Gooooooooooool ar-gen-ti-no!!!"
La verdad tiene dueño
En uno de los pasajes del discurso que Jorge Rafael Videla dirigió a todo el país cuando fue designado presidente de la Nación por sus pares de la Junta de Comandantes, el general recordó una vez más que "el país transita por una de las etapas más difíciles de su historia. Colocado al borde de la disgregación, la intervención de las Fuerzas Armadas ha constituído la única alternativa posible frente al deterioro provocado por el desgobierno, la corrupción y la complacencia."
El resto de su mensaje "presidencial" giró en torno a los siguientes ejes:
-La justificación del golpe de Estado: "Ante esta dramática situación, las Fuerzas Armadas asumieron el Gobierno de la Nación. Esta actitud conciente y responsablemente asumida no está motivada por intereses o apetencias de poder. Sólo responde al cumplimiento de una obligación inexcusable, emanada de la misión específica de salvaguardar los más altos intereses de la Nación."
-El respeto por la democracia: "Profundamente respetuosas de los poderes constitucionales, sostenes naturales de las instituciones democráticas, las Fuerzas Armadas hicieron llegar, en repetidas oportunidades, severas advertencias sobre los peligros que importaban tanto las omisiones como las medidas sin sentido. Su voz no fue escuchada."
-La defensa de la cultura permitida: "La cultura, como un modo singular de expresión del arte, la ciencia o el trabajo de nuestro pueblo, será por ello impulsada y enriquecida. Estará abierta al aporte de las grandes corrientes de pensamiento, pero mantendrá siempre fidelidad a nuestras tradiciones y a la concepción cristiana del mundo y del hombre."
-El dueño del poder: "Sólo el Estado (...) habrá de monopolizar el uso de la fuerza y consecuentemente sólo sus instituciones cumplirán las funciones vinculadas a la seguridad interna".
-El destinatario de la represión: "...combatiremos sin tregua a la delincuencia subversiva en cualquiera de sus manifestaciones, hasta su total aniquilamiento".
Por último, Videla se permitió confesar lo siguiente: "Para nosotros, el respeto por los derechos humanos no nace sólo del mandato de la ley ni de las declaraciones internacionales, sino que es la resultante de nuestra cristiana y profunda convicción acerca de la preminente dignidad del hombre como valor fundamental".
Antes de cerrar su mensaje, el circunspecto general hizo una breve pausa, clavó su mirada en el lente de la cámara del canal oficial que transmitía su imagen por televisión, y con voz firme y clara les dijo a los argentinos: "Ha llegado la hora de la verdad".
El 14 de abril de 1976, durante una conferencia de prensa en la Casa de Gobierno, el presidente de facto recordó una vez más quién era el poseedor de la verdad. El comandante opinó que en el sistema democrático se origina la demagogia, una de las causas de la decadencia política. "...Para mí, es el primer mal que tiene la Nación -dijo-. Frente a ese mal debemos oponer la autenticidad por vía de la verdad, lo cual significa firmeza en afirmar esa verdad (...) Firmeza es afirmar la verdad, que a veces es dura, pero que hay que decir aunque cueste y aunque duela."
Y con tono grave agregó: "Nos hemos gastado la garganta en decir que la subversión no era un problema que requería solamente una actuación militar. Es un fenómeno global que requiere también de una estrategia global de lucha en todos los campos: de la política, de la economía, de la cultura y el militar".(3)
Unos meses antes del golpe, el general ya había anticipado cómo pensaba lograr sus objetivos. "Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la seguridad del país." (4)
Y cumplió su palabra.
(1) Revista "Cuestionario", Nº 36, Buenos Aires, abril de 1976.
(2) Idem anterior.
(3) Diario "La Opinión", Buenos Aires, 14 de abril de 1976.
(4) Diario "Clarín", Buenos Aires, 24 de octubre de 1975.
Capítulo II. La orden.
Mala fortuna
"Yo quería seguir compitiendo en salto y por eso, después de que el 'Cuatro de Copas' se murió congelado en Santa Cruz, me compré una potranquita llamada 'Sevillana'. Era una yegua de muy buena alzada que me vendió a buen precio un coronel socio del club. Con la ayuda de un soldado, me ocupé de entrenarla todos los días, pero nunca alcanzó el nivel de 'Cuatro de Copas'.
"Antes de que se armara todo el despelote que se vino después, yo me daba cuenta de que estaba progresando socialmente. Hasta llegué a comprarme un Gordini, que para esa época era un autazo. Todavía vivía con mi mamá en el departamento de la calle San José, en San Martín, pero la verdad es que iba poco. Me había encariñado con el cuartel. Tenía mi pieza en el casino, con todas las comodidades; salía poco. Me gustaba la vida de cuartelero y por eso abandoné un poco a la vieja.
"Hasta 1976, yo fui el talabartero y suboficial encargado de las caballerizas en la compañía Comando y Servicios de Campo de Mayo. Hasta tuve tropa a mi cargo y llegué a ser instructor. Me asignaron en uno de los comandos que no eran de combate, se trataba de un conjunto de servicios. La cosa era así: en el período de entrenamiento de los conscriptos, todos participábamos como instructores. Yo entraba de 'semana' y tenía bajo mi cargo a doscientos soldados. Era un buen cabo, pero bravo. Había que manejar a todos estos tipos, algunos con más edad que yo. Por esa época, Guarnaccia se fue de pase a la Escuela de Guerra, donde lo rebotaron en el examen para el curso de Estado Mayor. Hasta que volvió al Comando de Institutos, la compañía quedó a cargo de otro capitán, uno que después fue edecán del general Videla, del que no me puedo acordar el apellido.
"En esos tiempos, armé un conjunto folklórico con algunos de los soldados que tenía a mi cargo. Me acuerdo de que lo integraban el soldado Alfonsín, del que nunca supe que parentesco tenía con el que fue presidente, que era un genio con la guitarra, y el Negro, que para mí, aprovechando que se apellidaba Hebreo, se hacía pasar por judío para que le dieran franco los feriados de la colectividad; me acuerdo que tenía una voz bárbara. En el conjunto también había un tal Blanco, que cantaba español, flamenco, folklore, lo que le pidieras.
"Una vuelta se organizó un asado para toda la compañía con la presencia del general Santiago Riveros (1) como invitado de honor. Se sacaron de la cuadra unos elásticos de cama que hicieron las veces de parrillas. Se armaron unas mesas largas y se improvisó un escenario. A los postres, después de tocar la 'Retreta del desierto', vino el show de los soldados que imitan a los oficiales y suboficiales de la compañía; una pequeña venganza de los conscriptos porque todas las que se tenían que comer. Para cagarse de risa. Al final, le tocó el turno de cantar al conjunto que yo había armado.
"El repertorio que habíamos preparado tenía mucho folklore -nosotros sabíamos que al general Riveros le gustaba mucho el folklore-. También agregamos algo de español aprovechando que Blanco cantaba muy bien flamenco, porque era hijo de españoles. Todo fue tranquilo hasta que interpretaron un tema que creo que se llamaba 'Murela'. Era una zamba viejísima, que en una parte decía: 'Hay patria en los ojos de aquel montonero, que estamos rodeados señor Capitán, o estamos rodeados señor General', refiriéndose a las montoneras del General Güemes.
"Cuando el soldado Blanco terminó la canción un jefe que estaba medio en curda se levantó y a los gritos amenazó al soldado con pasarlo por las armas por hacer apología subversiva. En el fragor del alcohol también me llamó a mí, porque era el que los había hecho ensayar: 'Usted también va a ser pasado por las armas', me dijo a viva voz. Se sumaron otros oficiales, todos indignados y borrachos. El soldado les explicó que la canción se refería a las montoneras de Güemes, que eran patriotas de la independencia. El teniente general que armó el escándalo se calmó y se fue, no muy convencido. Después supe que se mandó un delito de estafa, o algo así, y lo mandaron a la prisión militar de Magdalena.
"¿Sabés como tuve que cuidar a los chicos después de ese episodio? Y cuidarme yo, por supuesto. Había peligro de muerte para cualquiera de nosotros. Mientras estábamos de semana, ellos se quedaban conmigo, sobre todo a la noche. Nos cuidábamos unos a otros. Los pibes estaban de guardia, pero yo igual les machacaba con que se cuidaran entre ellos. Sin alarmarlos, porque dentro de todo eran inocentes, y no sabían lo que estaba pasando dentro de la propia fuerza.
"Antes del golpe ya teníamos noticias de la desaparición de soldados. Un par de colimbas de la policía militar, que tenía su base frente a la nuestra, en Campo de Mayo. También desaparecieron soldados de la Escuela Sargento Cabral, que quedaba un poco más adelante. El comentario llegaba a los cuarteles. Por esa época ya se sabía que podía pasar cualquier cosa. Por suerte, el episodio no pasó a mayores y los pibes se fueron de baja. Todavía estaba Isabelita, la mujer de Perón, en el gobierno. Yo tuve miedo. Lo que son las cosas, a los dos o tres días del golpe, me destinan allá, a 'El Campito', donde el miedo era de verdad."
Novedades a las cero ochocientas
Aquella mañana, el 26 de marzo de 1976, dos días después del golpe de Estado que derrocó a la presidente María Estela Martínez de Perón, el entonces cabo Víctor Ibañez iniciaba su rutina diaria como talabartero del Comando de Institutos Militares en Campo de Mayo, cuando le llegó la orden que cambiaría el destino de su vida.
"Ese día, apenas llegué a la caballeriza, me llamó el oficial encargado de la Compañía y me ordenó presentarme ante el coronel Fernando Verplaetsen, en el Departamento II de Inteligencia. Crucé envalentonado y contento el patio de armas del regimiento. En casos anteriores eso significaba ir al frente, a la guerra. El Operativo Independencia, en Tucumán, estaba en su apogeo y sacaban gente en comisión de todos los comandos para enviarla al monte y a otros destinos en los que se combatía contra la guerrilla. "
'Me voy a combatir a Tucumán', pensé. El sueño de todo soldado: combatir. Ese día me vestí como el mejor infante. A lo Rambo, aunque en esa época todavía no se usaba boina, sino un casquete. Como era talabartero, me hice un portagranadas especial, largo, como para tres granadas. Era un payaso y encima petiso. Las granadas me arrastraban. Fusil, pistola, municiones, cinto.
"El capitán Guarnaccia me recomendó: 'Vaya como para la guerra'. Yo interpreté la orden tal cual; retiré todo de la armería y me fui equipado como para el combate. Incluso con la bolsa de completamiento: frazada, carpa, toallas, elementos de higiene. Como me enseñaron en la escuela de suboficiales, como me formaron. Equipo de rancho, capa de lluvia, con todo el armamento reglamentario para integrar una unidad de combate: fusil FAL, cien municiones por fusil, cinco cargadores, pistola 45, sable bayoneta. También llevaba el Nuevo Testamento, uno que me dio el cura de la escuela Lemos cuando egresé; después de bronca lo rompí. Así me fui.
"Las granadas no eran parte del equipo reglamentario, las llevé por mi cuenta. Eran granadas listas para explotar, no como las que usaban algunos, vacías. Todo como para que el tipo me pase revista. 'Este me va a pasar revista, me va a hacer abrir la bolsa', pensé. Un jefe es así, siempre te anda buscando el pelo en la leche.
"Pensé que me mandaban a Tucumán ese mismo día. 'Seguro que hay un grupo que sale hoy', me dije. Cuando me presenté listo para la guerra, todo ingenuo, el coronel Verplaetsen me miró asombrado y me preguntó: '¿Adónde va usted con todo eso?'
'No sé, me dijeron que me presente como para la guerra', le respondí. Se empezó a cagar de risa y me sacó rajando. Que devuelva todo y me venga de civil, me ordenó.
"Volví caminando hasta la talabartería sin entender nada. Todos me miraban. 'Y éste ¿de dónde salió?', dirían. Me imaginé en la guerra y me preguntaba: '¿De civil, a la guerra de civil?' Todavía no caía en la cuenta de que se trataba de todo lo contrario. De vuelta a la compañía me presenté ante mi jefe para decirle que así no me querían, que debía vestir de civil. 'Y bueno, vaya de civil', me respondió sin ganas mi capitán.
"Me dí cuenta de que él estaba con bronca porque perdía a su caballerizo, que era yo. Al tipo yo le armaba las vallas, le preparaba el asado, controlaba a los mozos; al que lo hizo socio honorario del Club El Ombú. Perdía su mano derecha.
"Devuelva todo y llévese la pistola nada más, me dijo con tono seco y como mirando para otro lado. En menos de una hora, estuve otra vez frente a Verplaetsen y a otros oficiales, que le dicen que me ven muy chico de edad, eso comentaban. Yo tenía 24 años y ellos querían hombres que fueran de sargento para arriba, tipos con más de 30. 'Bueno, no sé si va a andar. ¿Cuántos años tiene en el grado?', me preguntó el coronel. 'Dos años hace que egresé, mi coronel', le respondí. 'Está bien, vamos a ver como anda', dijo. Yo no entendía nada.
"A primera hora de la mañana siguiente, a los pocos días del golpe militar, me ordenaron esperar el jeep que, después de cargar los tachos con el mate cocido, me iba a llevar hasta mi nuevo destino. La única manera de llegar hasta ese lugar desde el Comando era en un vehículo todo terreno. Un soldado chofer acompañado por otros dos que sostenían los tachos con el desayuno para los detenidos se detuvo en Puerta 4, en Campo de Mayo, para levantarme a mí y a otros suboficiales que viajaban con el mismo destino. Me dicen que vamos a la 'Plaza de Tiro', un lugar que ya conocía porque ahí estuve en un vivac cuando era aspirante en la Escuela Lemos.
"Nadie me pasaba bola, no conocía a ninguno de los otros suboficiales; eran viejos: suboficiales y mayores. Por el camino me miraban con desconfianza; yo era un cabito, un tierno. Después me enteré de que nadie quería ese destino, por eso buscaban a los más viejos, a los que habían visto de todo en su vida militar y estaban cerca del retiro.
Todavía no sabían quién era yo, si trabajaría con ellos o estaba de paso; tampoco me lo preguntaron. Unicamente hablaban con el soldado conductor. Uno le preguntó: 'Y, ¿se murió Lucas?' 'No, están esperando que se muera?', respondió el otro conscripto mientras manejaba uno de esos jeepones Dodge de la Segunda Guerra Mundial por un camino todo empantanado.
"Supe que ese soldado trabaja hoy como empleado en la casa central del Banco Provincia de Buenos Aires, sección Presidencia. Por lo que ellos hablaban traté de imaginarme un panorama de mi destino, pero no pude entenderlo del todo. Me daba cuenta, eso sí, de que había sido enviado a un lugar que no era común. Trataba de adivinar cómo sería. Nunca lo hubiera imaginado."
(1) General de división Santiago Omar Riveros, a cargo del Comando de Institutos Militares entre 1976 y 1978.
Capítulo III. El Campito.
El 'boss'
Esa mañana, salvo por la premura displicente -un gesto poco habitual en él- al devolverle el saludo al sargento de guardia cuadrado en la entrada de las nuevas instalaciones, el general de división Santiago Riveros supo disimular el sudor frío de la emoción que le mojó el cuerpo, debajo del uniforme.
A poco de ingresar en ese sector alejado en Campo de Mayo, pocas horas después de consumado el golpe de Estado militar que derrocó a la presidente María Estela Martínez de Perón, Riveros creyó comprobar, mientras observaba al grupo de soldados que estaban a punto de terminar con los últimos detalles de construcción en el lugar, que a veces los sueños se convierten en realidad. La doctrina de aniquilamiento de todos aquellos considerados subversivos -cuya paternidad solía adjudicarse Riveros- estaba a punto a consumarse con la inauguración del centro de detención clandestino que funcionaría bajo su jefatura en el Comando de Institutos Militares. El general también era el responsable de la Zona IV de Seguridad, uno de los territorios en los que se dividieron las operaciones de las Fuerzas Armadas para concretar las operaciones de represión ilegal. Su poder abarcaba toda la franja norte del Gran Buenos Aires y se extendía hasta los límites de la ciudad de Campana.
El lugar
"El Campito" no era divisible desde la Ruta 8, que bordea los límites de la guarnición de Campo de Mayo. Para llegar hasta el lugar había que salir del camino, doblando a la izquierda, a la altura de la Puerta 4 de Campo de Mayo, y tomar un camino interno que atravesaba la guarnición y desembocaba en la Ruta 9. A poca distancia se encontraba el portón de entrada a la "Plaza de Tiro", del que salía un camino de tierra que llegaba hasta un monte de eucaliptus junto al cual había una pequeña casa de reciente construcción. A su izquierda, nacía un camino secundario que conducía hasta las dependencias de la Gendarmería Nacional.
La calle de tierra que ingresaba en "El Campito" estaba bordeada de árboles. Tres grandes edificios de unos 50 años de antigüedad a uno y otro lados del camino, dos de chapa y uno de material, sobresalían entre las otras instalaciones menores dispersas en el predio de cien metros de ancho por unos ciento cincuenta metros de largo que abarcaba el centro clandestino de detención, al que en el Ejército denominaban Lugar de Reunión de Detenidos (LRD) (1).
Muy cerca de la entrada estaba la construcción de mampostería a la que llamaban "Pabellón N° 1". Allí funcionaban la jefatura del campo -a cargo de un coronel del Ejército-, el comedor, una cocina y un baño para uso exclusivo del personal de la guarnición. En el mismo edificio se encontraban las tres salas de tortura (2) y una habitación destinada a enfermería. De esta manera, "los represores comían, dormían y torturaban bajo el mismo techo"(3).
Los otros dos galpones, los de chapa, denominados Pabellones de detenidos, eran alojados los prisioneros. Una de las construcciones había servido como caballeriza y cuadra de los soldados durante las maniobras militares que solían realizarse en el paraje vecino, llamado "Los Tordos". En el otro galpón había funcionado el aserradero y la carpintería de Campo de Mayo.
Una pileta de natación, un quincho y otras pequeñas edificaciones complementaban, para quien observara a la distancia, la imagen de una postal bucólica: un sitio en el medio de sembradíos, rodeado por la protección de los grandes árboles y el canto de los pájaros, placenteramente aislado del resto del mundo.
Sin embargo, dentro de los límites de ese lugar jamás amanecía, la vida fue cercada por la desesperación, el silencio aturdido por los sonidos más desgarradores. Un inquietante vaho impregnaba todos los olores. Debía ser un infierno. Y lo fue.
El peor de todos
"El Campito" no fue un centro de detención clandestino más. Ahora se sabe que fue el peor. Estaba dentro del territorio del general Carlos Guillermo Suárez Mason, jefe del poderoso I Cuerpo de Ejército, cuya jurisdicción se extendía desde Palermo hasta Bahía Blanca.
El mando directo sobre el centro de detención lo ejercía desde el Comando de Institutos Militares el recientemente ascendido general de división Santiago Omar Riveros, a quien le seguían en orden jerárquico: el general de brigada Fernando Humberto Santiago, a cargo de la subcomandancia; y el entonces coronel Fernando Ezequiel Verplaetsen, jefe de Inteligencia y responsable del funcionamiento cotidiano del campo clandestino, quien se mantuvo en el cargo desde la apertura hasta el cierre del campo.
La elección del lugar donde fue instalado el campo no fue casual. Respondía a una estrategia represiva del gobierno militar. Se encontraba a pocos pasos de la pista del aeródromo de Campo de Mayo y a poca distancia de la base de paracaidismo. Eso facilitaba el embarque de los prisioneros en los aviones del Ejército antes de cada vuelo.
Por otra parte, el lugar estaba completamente aislado de la población, contaba con una logística cuartelera que le ahorraba complicaciones, como tener asegurada la comida para los prisioneros. Además, operar dentro de una guarnición, como lo era Campo de Mayo, permitía mantener un intenso movimiento de vehículos y utilizar armas de fuego sin despertar sospechas entre los vecinos.
El Campito funcionó en el mismo predio en el que estaba asentado el Comando de Zona 4, lo que aseguraba una fluida comunicación entre los jefes de Estado Mayor con los encargados de ejecutar sus órdenes. A esa misma guarnición fue trasladado, desde su sede en la avenida Callao esquina Viamonte, en la Capital Federal, el Destacamento 201 de Inteligencia, dependiente del Batallón 601 del Ejército, que tuvo su base operativa en un sector denominado Las Casitas y que funcionó como lugar de detención transitorio y de apoyo operativo de El Campito.
Ambos estaban muy cerca el uno del otro, en el interior de Campo de Mayo. En esa dependencia se hacía una especie de selección de las personas secuestradas que, según el criterio de los interrogadores, eran despachadas al campo o liberadas en caso de haber cometido un grosero error en el momento del secuestro. Para la mayoría de los detenidos, fue un lugar de tránsito hacia el último destino: El Campito.
Todo indica que éste fue el mayor campo de detención clandestino del Ejército, y posiblemente el más letal de todos lo que funcionaron en la Argentina desde 1976 en adelante. Albergaba en forma constante a unas 200 personas, entre las que se encontraban mujeres embarazadas -algunas de ellas incluso dieron a luz durante su cautiverio-, ancianos y familias enteras. Se calcula que pasaron por él cerca de 4000 personas hasta su clausura, a fines de 1979.
Por otra parte, además de concentrar e interrogar mediante tormentos a los detenidos capturados gracias a su propia acción operativa, funcionó dentro de la maquinaria del aniquilamiento del Ejército como el principal centro de recepción y exterminio de prisioneros derivados de otros campos. Fue el peor de todos.
(1) Datos extraídos del testimonio del ex detenido Juan Carlos Scarpatti en su declaración ante organismos de Derechos Humanos (Ver Capítulo 12: "La vida es cosa de locos").
( 2) Según afirma Alipio Paoletti ("Como los nazis, como en Vietnam", Edición Cañón Oxidado, Buenos Aires, 1987, Pág. 68), una de ellas era utilizada por personal de la Policía Federal.
( 3) Idem anterior.
Capítulo IV. Primeras imágenes del infierno.
Un viaje de ida
"Mi primer viaje en el jeepón por los caminos internos de Campo de Mayo terminó en las cercanías de un lugar llamado 'Plaza de Tiro', una zona en la que habitualmente se realizaban maniobras militares. Cuando llegamos al campo me recibió un suboficial, que sin más trámites me llevó ante el jefe que estaba a cargo del lugar, un teniente coronel al que yo ya conocía, aunque él a mí no.
"A medida que avanzábamos y nos internábamos más en las dependencias, me llamaba más la atención el estado rudimentario y casi salvaje de las instalaciones. No parecían militares. El jefe me recibió en la Sala de Situación, una construcción de esas viejas, de paredes rústicas en las que tenían colgados gráficos con los datos que iban juntando de la guerrilla. En ese lugar también funcionaban la radio y el comedor del personal. Enfrente estaba el quincho que luego sería usado como cocina, un monte de árboles grandes y, a un costado, se podían ver las tres puertas de acceso a las oficinas de los interrogadores.
"Después de presentarme, el tipo me preguntó si sabía manejar. Ahí me dijeron que yo debía ocuparme cuatro veces por día de traer el racionamiento para toda la gente que estaba alojada ahí en un vehículo todo terreno, y que también tenía que cubrir uno de los turnos en los pabellones donde estaban encerrados los detenidos. 'Veinticuatro por 48. Veinticuatro horas bien despierto y 48 bien descansadito', me dijo.
"El tipo era muy recto, bien severo, durísimo. Un tipo de esos que hablaban poco, estricto.
"Antes de despedirme, me recomendó: 'Ande con mucho cuidado, no se acerque más de la cuenta a los presos, jamás entre armado a los pabellones, bajo ningún punto de vista hable con ellos porque será sancionado. Los únicos autorizados a hacerlo son los interrogadores'.
"Después, un suboficial me llevó a recorrer el lugar. Me contó que hasta hacía unos años atrás, esos galpones los ocupaba el encargado rural de Campo de Mayo. Que el tipo era un 'forro', porque tenía criaderos y quinta, trabajaba el campo y toda la ganancia se la daba a los jefes del Comando. Hasta había un aserradero totalmente equipado; parece que con eso ganaba mucha plata. Lo dieron de baja peor que a mí cuando descubrieron que se hacía el distraído con lo que le sacaba al aserradero. Pero antes de irse se tuvo que poner con un montón de guita. Creo que ese hombre ya falleció.
"La cuestión es que lo desalojaron y al poco tiempo mandaron a una compañía del Comando de Institutos Militares que en menos de una semana se encargó de montar el campo. Cuando yo llegué todavía se veían soldados despejando los galpones. Dando vueltas por ahí había chanchos, conejos, gallinas. En la quinta, que después se secó, crecían cebollas, papas, lechuga, soja, de todo.
"Mientras me explicaba que esto era así y asá, el hombre que me mostraba por primera vez el campo me dijo que ya había más de 300 detenidos en los primeros galpones, y que los soldados que se veían trabajar estaban sacando las maquinarias del aserradero para tener más espacio disponible".
Una hora más para Lucas
"Al rato conocí al tal Lucas que habían mencionado en el jeep. Empezó mi primer día en el campo. Lucas era un prisionero que un grupo de hombres dejó de golpear recién cuando estuvimos a unos pocos pasos de ellos. Ahí se dieron cuenta de nuestra presencia, se acercaron y se hicieron las presentaciones del caso. Yo era recién llegado y todos tenían que conocerme. Después me pidieron que vigilara a Lucas mientras ellos se tomaban un descanso. Yo miré al pobre tipo, que no se podía ni mover; estaba tirado en el suelo, contra unos alambres en los fondos del campo, un sector donde se amontonaban bolsas, herramientas viejas y la leña para la caldera. "Cuando los demás se fueron, me acerqué para mirarlo. Mi primera reacción fue intentar ayudarlo a levantarse. No le pregunté si necesitaba algo. Estaba hecho bolsa, pero todavía resistía. Aunque no pude verle la cara porque estaba encapuchado -todos los detenidos estaban siempre encapuchados y fueron pocas las caras que pude ver-, se notaba que era un muchacho joven. El pobre no podía ni moverse, se estaba muriendo.
"A la hora, más o menos, volvieron los de la patota. Uno de ellos me dijo al pasar que este Lucas no era ningún nene de pecho, que tenía un grado de teniente o algo así en la organización Montoneros, porque ellos también tenían grados, jerarquías. 'Es un pesado', me dijo el tipo.
"Mientras tanto, otro del grupo ya le estaba preguntando a Lucas: '¿No te moriste todavía?' El le respondió con un hilo de voz: 'Todavía no', y pidió una hora más para morirse solo. 'No me peguen más', le dijo. 'Ya te dimos una hora y no te moriste', le contestaron los otros. 'En una hora más me muero solo, se los prometo. Ya no me peguen más', insistió Lucas. Me pregunté si sería verdad lo que estaba pasando.
"La hora que Lucas pidió se la respetaron, pero la siguiente no. Lo mataron a golpes. Yo estaba a unos pocos metros de ellos, observándolos hasta que el hombre quedó muerto. Vi fallecidos, pero nunca había presenciado la muerte de una persona, mucho menos así. No tenía previsto ver cómo lo mataban. Ese fue mi bautismo de fuego, por decirlo de algún modo. Todavía no sabía lo que me iba a deparar el destino dentro de la fuerza.
"La patota no necesitó tomarle el pulso para comprobar que estaba muerto, ellos ya sabían. Me dijeron que fuera a buscar una sierra para cortar las esposas que Lucas tenía puestas. Había que sacárselas y no encontraban las llaves. Después supe que las esposas dejaban colgando los brazos de los prisioneros muertos y esto dificultaba el traslado del cuerpo cuando el cadáver se ponía rígido. Lo que se hacía en esos casos era atarlos con alambre como si fueran matambres para sostener brazos y piernas. Se las tenían todas pensadas. Hay que ser muy malvado para planificar esas cosas, ¿no?
"Me costó trabajo sacarle las esposas. Se ve que hacía mucho tiempo que las llevaba puestas. Estaban tan ajustadas que se le habían metido en la carne de las muñecas, que estaban oscuras, como gangrenadas. Me impresioné mucho; me transpiraban tanto las manos que me costaba manejar la sierra.
"Por suerte, como yo no estaba práctico para la tarea, lo ataron otros. Sin embargo, igual tuve que tocar el cuerpo cuando lo llevamos a otro lugar. Creo que ahí juré que nunca más iba a tocar un cadáver, cosa que no fue así; después tuve que tocar muchos otros.
Al día siguiente, se llevaron a lo que quedaba de Lucas hasta la pista aérea de Campo de Mayo, donde lo cargaron en un helicóptero para después tirarlo al mar. De todo esto yo me enteré a medida que pasó el tiempo".
Capuchas en la penumbra
"Al rato me vinieron a buscar para llevarme a conocer el pabellón al que me habían asignado como celador y me explicaron en qué consistía mi tarea: debía ocuparme del racionamiento, llevar a los detenidos a las letrinas y ocuparme del baño semanal.
"Cuando entré al lugar, lo primero que me golpeó fue la imagen de toda esa gente así, encerrada ahí adentro. Los colchones, tirados sobre el piso de baldosas rojas, con las cabeceras apoyadas contra las paredes. Uno al lado del otro, en una hilera que daba toda la vuelta a lo largo del galpón. Todas las ventanas estaban tapadas con mantas verdes que no dejaban entrar la luz del sol. Las lámparas estaban siempre encendidas, nunca se sabía cuándo era de día y cuándo de noche (1). Arriba de cada uno de esos colchones de lana viejos, de contín rayado, estaban sentados los detenidos. Encapuchados, con las manos atadas por delante con una soga y en absoluto silencio.
"Era uno de los mejores pabellones. Antiguamente había sido el dormitorio de los soldados, la cuadra. No era muy grande, pero lindo. Estaba dividido por una pared de lado a lado, que tenía un agujero en el medio, a la que después le agregaron una lona. En el sector más grande, con capacidad para unos cincuenta detenidos, estaban los hombres. En el más chico habría unas quince mujeres. Recuerdo que durante las épocas más bravas se llegó a poner hasta tres personas por colchón. Era el único pabellón mixto y me lo asignaron porque sabían que yo era educadito, más delicado en comparación con las otras bestias destinadas a ese lugar.
"Las letrinas estaban afuera, sobre pozos que eran cavados por los propios detenidos. Tenían que trabajar con la capucha apenas abierta y sin levantar la vista del suelo. Los baños eran usados tanto por los hombres como por las mujeres. Las duchas eran mejores. Estaban dentro de la edificación y funcionaban con la caldera que se alimentaba a leña.
"Los pabellones del campo estaban clasificados según el grado de peligrosidad de los detenidos. También dependía de la organización a la que perteneciera el preso, su grado de compromiso y otros motivos que yo no conozco. Eso dependía del interés de los interrogadores, que eran los que hacían la selección. Recuerdo uno jodido, el pabellón más chiquito. Tenía piso de tierra, techo de chapa clavada sobre maderas, todo cerrado. Era tremenda la humedad que había ahí adentro. Ahí metían a los más pesados".
Una jornada agitada
"Ese día, el primero, me explicaron un par de cosas más y me pusieron a trabajar. No me dieron descanso, y yo no lo pedí. Era una época intensa: todos los días mataban a uno de los nuestros. Yo creía que ellos eran realmente nuestro enemigo y que había que combatirlos.
"Por lo caliente que estaban las cosas, los jefes nos advirtieron: 'Bajo ningún concepto se puede golpear a un prisionero'. De hecho, ninguno de mis compañeros de logística castigó a alguno de ellos. Yo sí, una vez, tiempo después. Maldigo el momento en que lancé esa patada a un ser indefenso, no me lo perdono.
"Cerca del mediodía me entregaron el camión en el que cargué los tachos vacíos y me fui, acompañado por un soldado, hasta la cocina del Comando de Institutos Militares, donde presenté el parte de racionamiento que me había entregado, con su firma, el jefe del campo. Ahí figuraba el número de raciones necesarias; 20, 50, 80 raciones. No se mencionaba a 'El Campito' como destino; ponían 'Para el destacamento Los Tordos', tal como se denominaba a esa parte de Campo de Mayo. Tampoco decía que era para los detenidos: en el papel figuraba siempre 'Para vivac', como si se tratara de personal militar haciendo ejercicios o maniobras. Se trabajaba medio ocultamente, pero quien más quien menos, todos sabían lo que estaba pasando, hasta los soldados.
"Con el tiempo, los conscriptos que me veían cargar todos los días las raciones se comportaban ante mi presencia como si yo fuera el mismo diablo. ¡Qué miedo me tenían esos chicos! Eran épocas difíciles, nadie decía ni preguntaba nada.
"Volví con las raciones al campo y las repartí entre los cuatro pabellones. En uno de ellos, como te dije, estaban los presos más jodidos, de más cuidado. El celador que estaba a cargo me dijo: 'Por suerte a vos te mandaron con los perejiles'.
"A la tarde, ya en el pabellón, me tocó llevar a un grupo de presos al baño. Había que ponerse en la puerta del galpón con un bastón de madera y preguntar quién tenía que hacer sus necesidades. Entonces los detenidos se iban levantando de sus colchones y armaban a tientas, en medio del pasillo, un trencito tomándose de la cintura del que tenían adelante. El primero de ellos se agarraba del bastón y así, con el celador al frente y ellos detrás, se recorrían unos cincuenta metros hasta llegar a las letrinas.
"Por la noche, cuando pensé que ya me iba, recibí la orden de cubrir la guardia nocturna del pabellón. La verdad es que estaba tan cansado por todo lo que me había pasado ese día que me quedé dormido en una especie de silla, un banquito de plaza, al lado de la puerta de entrada que daba al patio. Tenía una radio portátil chiquita para escuchar música, aunque estaba prohibido. Tampoco había nada para tomar; después yo traje.
"En medio de la noche entró el oficial de servicio. Me desperté al sentir el caño del fusil que se apoyaba en mi cabeza y el ruido que hace el arma cuando se carga la bala en la recámara. Medio dormido, escuché una voz que me dijo: 'Perdiste. ¿Soy o no soy?' Me corrió un frío por la espalda. Por el timbre de voz no era ninguno de mis compañeros haciéndome una joda. '¿Soy de los tuyos o soy el enemigo?', me preguntó la voz. No sabía qué pasaba. 'No jodas', le respondí cagado de miedo. Era un teniente. Después de cagarme a pedos me dio diez días de arresto por haberme descuidado durante la guardia. Obviamente ahí no corría el arresto como castigo porque vivíamos en una prisión; lo mismo era estar arrestado o no.
"A las ocho de la mañana del día siguiente, me llegó el relevo. Lo único que yo quería era volverme rápido a casa. Le entregué la guardia a dos suboficiales que hasta ese momento no conocía y me subí al camión que me llevó de vuelta hasta la Puerta 4".
Rutina en la niebla
"Mi pase al campo fue motivo de algunos conflictos. En principio no me aceptaron porque decían que era demasiado joven: como te conté, en ese entonces yo tenía 24 años. Mi jefe, un teniente coronel a cargo de la Agrupación Comando y Servicios, cuando desde la comandancia le pidieron un hombre de Logística para un nuevo destino, dijo que lo único que tenía para ofrecerles era el cabo Ibañez. 'Es muy joven, no nos sirve', se quejaron. 'El cabo Ibañez o nada. No tengo a nadie más', les respondió mi jefe y ahí se plantó.
"En el campo me tuvieron a prueba durante una semana y después ya no me querían largar más. Se ve que yo trabajaba bien. Cuidaba el vehículo, traía la comida a tiempo, me ocupaba de la caldera con la ayuda de dos o tres detenidos de confianza. Ellos iban tirando la leña y mantenían la caldera encendida mientras los demás prisioneros se iban bañando por grupos. A veces le pedíamos colaboración a los gendarmes, que mandaban un par de hombres, porque uno solo no podía manejar todo. Los muchachos de Gendarmería eran buenísimos con los presos; la verdad es que fueron los que mejor se portaron con ellos.
"Siempre andábamos vestidos de civil; nada de uniformes. Todos debíamos tener un seudónimo, ahí no se llamaba a nadie por su propio nombre. A mí me bautizaron 'Petete', será porque era medio retacón y mofletudo.
"Como te conté, yo tenía a mi cargo traer la comida, que consistía en cuatro raciones diarias: desayuno, almuerzo, merienda y cena. El oficial a cargo de la guardia era el que firmaba el parte con la cantidad de raciones necesarias, entre las que estaban las nuestras; porque todos comíamos lo mismo. A veces iba acompañado por alguno de los soldados que cuidaban a los perros, pero la mayoría de las veces me manejaba solo. Iba con el camión todo terreno hasta la cocina del Comando de Institutos Militares donde me entregaban los alimentos. No mencionaba que era para los detenidos, aunque todos lo sabían.
"En el campo, los presos estaban organizados como en la colimba, con cuatro o cinco 'rancheros' que se ocupaban de distribuir la comida, con la capucha levantada hasta la mitad como para que pudieran ver por dónde caminar, entre los demás detenidos. Los platos eran los de tropa, esos de metal. Como único cubierto se les daba una cuchara y punto. Si había carne se la tenían que comer a los tirones, pero nada de cuchillos. También se traía un tacho grande del que se sacaba agua para llenar los jarritos de acero que les dábamos con cada comida.
"Después los detenidos 'rancheros' juntaban todo y lavaban los platos en unos piletones con unas canillas empotradas en cemento que antiguamente habían funcionado como un bebedero para caballos. Ahí no sólo se lavaba, también se torturaba.
"A los prisioneros más peligrosos los tenían en un pabellón donde los mantenían siempre con los brazos atados por la espalda y encadenados a una argolla amurada en la pared. Después estaba ese pabellón del que ya te hablé, uno chiquito, con piso de tierra. A esos presos los dejaban atados de pies y manos durante semanas enteras. Según me contaron, era para 'quebrarlos' (2) mental y moralmente. También hubo presos que no lo eran en realidad. Los ponían en los pabellones haciéndolos pasar como prisioneros para sacarles información a los otros, y de paso también se ocupaban de vigilarnos a nosotros.
"Mi pabellón era el de los menos peligrosos. Los detenidos sólo estaban atados con una soga por delante, lo que les permitía mover los brazos y les dejaba las piernas libres como para poder pararse. Si alguno se sentía mal, acalambrado, yo lo autorizaba a que se parara, a que hiciera flexiones, los ejercicios que creyera convenientes. Pero siempre sin salirse de su lugar. Nadie les permitía eso. Yo sí, cuando no había quien me mirara.
"Todos los prisioneros estaban permanentemente con la capucha puesta, apenas se la subían un poco para poder comer. Esas capuchas las habían hecho con un accesorio que viene con ese blusón verde de combate que te dan en el Ejército, una capucha que se aplica con botones al capón y se usa cuando hace frío o llueve. Como además tenían un cordón para ajustarlas a la cabeza, eran ideales para 'tabicar' a los prisioneros".
Los tabicados
"No recuerdo un número exacto, porque la población cambiaba todos los días, pero en mi pabellón habría un promedio de cincuenta personas, de las cuales unas diez o quince eran mujeres. La cantidad variaba según las épocas.
"Me acuerdo que el primer día, cuando tomé el pabellón, me encontré con que tres de los colchones asignados a los detenidos estaban vacíos. Me dijeron que esos hombres estaban en el Grupo de Tareas de Inteligencia. Después me los trajeron, hechos bolsa. A los tres les habían estado 'dando' desde la mañana: picana, palo, picana.
"A estos no les des ni una gota de agua', me dijeron los interrogadores antes de irse. Yo no sabía por qué, si formaba parte de la tortura o algo así. Parece que por el efecto de la electricidad, si tomaban agua, reventaban. Ellos me pedían, se ve que estaban deshidratados. Algo les produce, ¿no? Nunca supe qué les produce.
"Cada tanto venían los interrogadores y me decían: 'Dame a Fulano'. Los prisioneros tenían puesta una camisa tipo grafa, verde oliva. En la espalda llevaban pintada una letra 'P' de color amarillo. Era una 'P' bien grandota, que significaba preso. También tenían asignado un número, que no estaba escrito; sólo lo sabían ellos y cualquiera de los que estábamos a cargo. Para identificarlos nos manejábamos con una lista y la ubicación en el pabellón.
"En esa lista figuraba el nombre del detenido y el número que se le había dado, además del nombre de guerra. Si pertenecían a organizaciones tenían nombre de guerra, como Lucas, que no se llamaba así en realidad. Cuando los interrogadores me pedían a un detenido, me decían: 'Petete, mandame al 14'. Y me devolvían a otro que se habían llevado antes. A veces sacaban de a dos o tres juntos: 'Preparame al 20, el 24 y el 30'.
"Prepararlos significaba hacerlos levantar de los colchones y llevarlos hasta la puerta del pabellón, donde eran recogidos por los interrogadores. Yo iba por ellos pero no los apuraba. Les daba su tiempo para que se levantaran, se arreglaran la ropa. Antes de irse les decía que dejaran tendido su colchoncito, como para que hicieran algo hasta que aparecieran los interrogadores para llevárselos. Si los prisioneros pedidos eran más de uno, se los hacía formar en trencito hasta la puerta de la sala, en la punta del galpón.
"Las oficinas de los interrogadores no estaban a más de 60 o 70 metros del pabellón. Se llevaban a uno y me traían a otro que ya había sido interrogado, torturado. Los devolvían en un estado lamentable, hechos bolsa, pobrecitos. Así era todos los días.
"Después fue peor."
(1) Ibañez agrega: "Tiempo después, mientras estaba de turno en el pabellón y sin que nadie se diera cuenta, corría las frazadas que tapaban las ventanas para que entrara un poco la luz del sol. No sé para qué, si ellos estaban encapuchados y no la podían ver".
(2) "Quebrarlos" significaba vencer la resistencia de los prisioneros que se negaban a dar información y a colaborar con los represores. Se utilizó todo tipo de torturas para lograr este objetivo.
Capítulo V. La guerra menos semejante.
Soldado sin guerra
-¿Usted creyó que la Argentina estaba en guerra?
-Sí. Existía un enemigo que estaba haciendo estragos en el país. Todos los días caía un compañero nuestro en Rosario, Tucumán, Buenos Aires. Era Sallustro (1), eran militares, policías, civiles. Había una guerra, indudablemente se tenía que parar a esta mala gente.
-¿Qué le sucedió cuando se encontró por primera vez con los prisioneros, sus enemigos en esta guerra?
-Cuando los ví por primera vez me dije eso mismo: "Estos son mis enemigos". Me mentalicé así: que eran mis enemigos. Entonces me envalentoné, parecía un gallito pigmeo. Como 'Cortina Metálica', el dibujito que salía en un diario viejo. El personaje era un guapo que sacaba pecho, se envalentonaba, pero siempre peleaba cerca del hospital por si lo lastimaban.
-¿Sus compañeros de logística en el campo también estaban convencidos de que había una guerra?
-Claro, porque fue la época más brava. Todos pensábamos que ellos eran nuestros enemigos y que nuestro deber era combatirlos. Aniquilarlos.
-Cuando murió Lucas, ¿para usted murió un enemigo?
-Sí, en principio fue así. No te olvides que yo venía de un lavado de cabeza de más de dos años. Cuando hice la colimba, la guerrilla ya estaba operando. Después pasé por la Escuela de Suboficiales. Creía que ellos eran el diablo.
-¿En qué consistió ese lavado de cabeza?
-Nos arengaban todos los días. Era como en la película 'No habrá más penas ni olvido', donde Rodolfo Ranni hacía de comisario y le daba esas arengas estúpidas a la tropa. Nos decían: "Hay que aniquilar al enemigo apátrida, cobarde y solapado..." Así todos los días. También recibíamos clases de adoctrinamiento más profundas, que yo no captaba mucho. Asistía por obligación. Pero no me interesaba, no le prestaba demasiada atención.
-¿Quiénes se ocupaban de arengar a la tropa?
-...Hicimos un acuerdo: nada de nombres.
-Salvo los de los oficiales superiores. A ellos me refiero.
-Bien. Entre los jefes militares, al que tengo presente es al entonces coronel Fernando Verplaetsen. Una vuelta nos juntó a todos en el patio de armas y nos dijo: "Cristo ha muerto en Tucumán". Hizo un pausa larga y después siguió: "¿Cómo que Cristo ha muerto? Así es, hemos descubierto en un campamento de los Montoneros una estampita de Cristo, vestido de guerrillero y con un fusil. Ese Cristo ha muerto". Y sacó la estampita, que le entregó a un soldado que estaba primero en la formación para que la pasáramos en mano y todos pudiéramos verla.
-¿Cómo le decían que se debía combatir al enemigo?
-Hasta el exterminio total. Muerte, sangre. Los argumentos eran que esos tipos, los subversivos, querían destruir la familia, imponer un gobierno totalitario, una bandera roja. Que planeaban acabar con nuestras tradiciones, con el ser nacional, la Iglesia y las instituciones para imponer otra doctrina, una forma de vida extranjera, antinacional, foránea. La Patria estaba en peligro, eso nos decían.
-¿Qué era para usted la Patria?
-Para mí, la Patria era la defensa de mi territorio; eso es lo que yo creía. Era nuestro estilo de vida: el tradicional, católico, occidental. Esto lo vas a escuchar en todos los discursos del Ejército. Defender el estilo de vida que siempre fue nuestro sistema de vida. Del prójimo no se hablaba. Yo no me dí cuenta de que no era dueño de nada. ¿Qué defendía? No lo sé, si yo no tenía nada. Hoy me doy cuenta de que no son así las cosas. Hoy para mí la Patria son pequeñas patrias. Mi vieja, mi casita, los chicos que no son míos pero que lo son. (2) También es servir a la Patria esto que estamos haciendo ahora, porque nos estamos defendiendo de algo que no queremos que se vuelva a repetir.
-No le pregunto sobre lo que opina hoy, sino qué pensaba usted en aquel momento.
-Había una guerra, sí. Y yo me había preparado para ella. Estaba entrenado para combatir en Tucumán, quería ir a Tucumán a combatir a la guerrilla. De uniforme, frente a un enemigo visible que también te tira. Pero en cambio me mandaron a 'El Campito'. Con el tiempo ya no estaba tan convencido de que así se defendiera a la Patria.
La organización secreta
-¿Quién comandaba el campo?
-Todas las operaciones estaban centralizadas por el general Riveros. (3) El era el jefe del Comando Institutos Militares, un destino importante para cualquier oficial. Funcionaba como un cuerpo del Ejército más, con las mismas facultades que cualquier otro cuerpo; pero bajo la forma de un Comando Escuela.
-¿Quiénes le seguían a Riveros en orden jerárquico?
-Todas las unidades tenían un Estado Mayor que se integraba con los jefes de los departamentos del cuerpo: Personal, Inteligencia, Operaciones, Logística y Finanzas. Eran todos coroneles. No recuerdo sus nombres. Pero cada uno, en su área, estaba relacionado con el funcionamiento del campo.
-¿Qué tarea cumplía el departamento de Personal?
-Todas las listas en las que figuraban los detenidos y su destino iban a parar al departamento de Personal, después de pasar por Inteligencia. Ahora, cómo las centralizaban, adónde las elevaban, si las microfilmaban o no, yo no lo sé.
-¿Quiénes impartían las órdenes de captura y se ocupaban de elaborar la información obtenida de los prisioneros mediante los tormentos?
-Todo lo relacionado con los detenidos y las declaraciones de los torturados iba a Inteligencia. Los interrogadores reportaban únicamente a Inteligencia, que se ocupaba de dar las órdenes para que Operaciones saliera a mover las patotas.
-¿Cómo se transmitían esas órdenes?
-En esa época no corrían órdenes oficiales escritas, ni de Operaciones, ni de ningún otro departamento. Era todo clandestino, solamente funcionaban los métodos que imponía el jefe de Inteligencia, que era el general Verplaetsen.
-¿De dónde salía el dinero para financiar las actividades de los Grupos de Tareas?
-Una parte salía del presupuesto del Ejército, pero la mayoría de los gastos se financiaba con los botines que se obtenían en los operativos. Se autofinanciaban.
-¿Cómo se justificaban oficialmente los gastos que demandaba el movimiento de los vehículos y la comida para los prisioneros?
-En los partes se decía que era "Para Destacamento Los Tordos-Vivac", como si se tratara de tropas en maniobras. No te olvides que en esa época todos sabían, los oficiales entraban en Jefe de Turno en la guarnición y tenían que patrullar por esa zona. ¿Por qué tenían que patrullar en el medio del campo? ¿Para vigilar a los pajaritos? Esto lo sabían todos, hasta el último soldado. El jefe de Logística lo sabía, pero él nunca te lo va a decir. El te va a mostrar los partes de racionamiento en los que figura "Vivac" como destino.
-¿Los jefes del CIM (4) visitaban el Campo?
-Por ese lugar pasaron muchos. En más de una oportunidad me llamaban desde la jefatura de Inteligencia del Comando para que acompañara a ciertos tipos hasta el campo. Eran amigos o personas autorizadas por ellos, gente que yo no conocía. Miraban, hablaban con el personal del campo, escuchaban alguna exposición, y se iban. En una de esas visitas los ví por primera vez a Bussi (5) y a Bignone (6). Verplaetsen, como era el jefe del lugar, lo visitaba más seguido. Todos ellos se comportaban como si fueran dioses, como cuando tenés una hormiga al alcance del pie: si querés la matás y si no querés, no.
-¿A quién designó Verplaetsen como jefe directo del campo?
-A un coronel de Caballería ya fallecido, de apellido Schettini, que en esa época era mayor. Tenía la voz gruesa. Andaba siempre con botas de montar y una fusta en la mano.
-¿Había efectivos de otras fuerzas trabajando en el campo?
-Sí. La Gendarmería se ocupaba de la seguridad exterior, con una guardia legal de veinte hombres rotativos. Entre los interrogadores había gente de la policía de la provincia, de la Federal y de la Prefectura.
-¿Cómo estaba integrada su sección de Logística?
-Eramos siempre los mismos, nueve hombres. Un oficial, cuatro suboficiales y cuatro soldados, colimbas rasos.
-¿Qué tareas cumplían los soldados?
-Eran Policía Militar y se encargaban de cuidar a los perros de guerra.
-¿Cómo estaba formado el equipo de los interrogadores?
-Eran tres grupos, con más de cuatro hombres por cada uno. Había gente de todas las fuerzas, incluso civiles. Gente de mierda.
-¿Cómo funcionaban las patotas?
-Cada patota era una célula, exactamente igual a como se manejaban las organizaciones guerrilleras: por células cerradas. Tenían un jefe de grupo y cuatro hombres que se movilizaban en dos vehículos.
-¿Todos militares?
-Del Ejército. Los jefes de grupo eran tenientes primeros o capitanes, el resto de los hombres eran suboficiales. A veces entraba un subteniente. Esa gente se la jugaba.
-¿Quiénes participaban en los operativos de secuestro?
-La patota y los interrogadores. Yo salí con ellos varias veces, pero no a chupar gente, sino cuando tenían que "hacer un blanco" (7) en el que se suponía que podía haber enfrentamiento. Cuando, por ejemplo, se trataba de un guerrillero del brazo militar de Montoneros, no del político. Eran combatientes. Entonces llevaban un refuerzo. Si yo estaba de turno, me pedían junto con otros más. Ibamos de apoyo, ¿me entendés?
-¿Salían uniformados?
-La patota salía siempre de civil, en autos truchos, (8) también civiles. A los refuerzos generalmente nos decían que fuéramos de civil. Si las cosas eran muy a la vista de todos, íbamos de verde, para darle un marco legal.
-¿Qué otro grupo participaba?
-Estaba el grupo que venía para los "vuelos". Separados de todos los demás. Ellos no pertenecían a nada, estaban afuera de todo, tenían el verdadero poder. Más adelante te vas a dar cuenta de por qué digo esto.
(1) Se refiere al empresario industrial Oberdan Sallustro, director general de la empresa Fiat, secuestrado por el ERP el 21 de marzo de 1972 y asesinado el 10 de abril de ese año.
(2) Ibañez crió a los tres hijos de su hermano.
(3) Ver Anexo.
( 4) Abreviatura de Comando de Institutos Militares, en cuya jurisdicción funcionó el Centro Clandestino de Detención "El Campito"
(5) General (RE) Antonio Domingo Bussi.
(6) General (RE) Benito Reynaldo Bignone.
(7) Se denominaba "blanco" a la persona o personas que serían secuestradas por los Grupos de Tareas. "Hacer un blanco" significaba concretar el secuestro, la acción del operativo.
(8) Vehículos robados al azar en la vía pública o que pertenecían a las personas secuestradas.
Capítulo VI. Una nación de subversivos.
(Informe de situación)
Identificación inapelable
"La subversión puede definirse como la acción que se lleva a cabo dentro de un país, normalmente a cargo de una ínfima minoría fanatizada, en busca de la conquista del poder, el que trata de lograr por cualquier medio para, una vez alcanzado, producir la modificación total de las estructuras políticas, sociales y económicas de la Nación de acuerdo con su concepción materialista, atea y totalitaria". General Roberto Viola (1)
"La subversión es toda acción clandestina o abierta, insidiosa o violenta, que busca la alteración o la destrucción de los criterios morales y la forma de vida de un pueblo, con la finalidad de tomar el poder o imponer desde él una nueva forma basada en una escala de valores diferente. (...) En extrema síntesis, la subversión constituye el principal método de agresión marxista internacional, por cuanto posibilita el cambio de estructuras a bajo costo. Dado que es un método, no es la consecuencia de causas existentes en el país en que se desarrolla, sino la explotación hábil de insatisfacción o frustraciones existentes, para lo cual crea falsas expectativas, y ofrece engañosamente soluciones más favorables." Generales de brigada Carlos Alberto Martínez y Luciano Adolfo Jáuregui (2)
El lugar
"...Los campos en los que se ha detectado la principal actividad subversiva, hecho avalado por los planes contenidos en documentos capturados, son el industrial, educacional y el llamado territorial, que abarca los barrios, villas, asociaciones vecinales, cooperadoras.
General Roberto Viola, 1977
"...El esfuerzo de la subversión se concentra en los dirigentes de la estructura social (política, intelectual, económica, religiosa, militar) teniendo en cuenta la acción multiplicadora que éstos pueden producir. (...) Por eso, la acción subversiva afecta a todos los campos del quehacer nacional, no siendo su neutralización o eliminación una responsabilidad exclusiva de las Fuerzas Armadas, sino del país y la sociedad toda, a través de sus instituciones."
Generales de brigada Carlos Alberto Martínez y Luciano Adolfo Jáuregui, 1977
"Para obtener sus objetivos (los subversivos) han usado y tratan de usar todos los medios imaginables: la prensa, las canciones de protesta, las historietas, el cine, el folklore, la literatura, la cátedra universitaria, la religión..." Almirante Armando Lambruschini (3)
"El teatro, el cine y la música se constituyeron en un arma temible del agresor subversivo. Las canciones de protesta, por ejemplo, jugaban un papel relevante en la formación del clima de subversión que se gestaba: ellas denunciaban situaciones de injusticia social, algunas reales, otras inventadas o deformadas." Teniente General Roberto Viola (4)
"En nuestros días, se ha consumado lo peor que podía ocurrir y de las más funestas consecuencias: la infiltración de las ideologías marxistas en el sentido nacional y, más aún, en el nacionalismo argentino y en la Iglesia Católica Apostólica Romana." General Manuel Bayón, director de la Escuela Superior de Guerra, 1977 (5)
"Hasta el presente, en nuestra guerra contra la subversión no hemos tocado más que la parte alta del iceberg (...) Ahora es necesario destruir las fuentes que forman y adoctrinan a los delincuentes subversivos, y esta fuente se sitúa en las universidades y en las escuelas secundarias. La influencia más peligrosa es la ejercida por los universitarios formados en el extranjero, y más precisamente en la Sorbona, Dauphine y Grenoble, que de inmediato transmiten el veneno con el cual intoxican a la juventud argentina." General Acdel Edgardo Vilas, Comandante de la V Región Militar, 1976 (6)
"Estos militantes y células militares encubrían su acción y presencia de muchas maneras, entre ellas apareciendo como catequistas, vinculados con los sacerdotes tercermundistas y la Teología de la Liberación. Aparecían especialmente en las villas de emergencia." General de división Ramón Genaro Díaz Bessone (7)
La conducta sitiada
"...su concepción mesiánica los lleva a constituir bandas armadas mediante las cuales tratan de imponer sus ideas por el terror y la coacción. (...) Normalmente la acción se inicia con una etapa encubierta donde empiezan a actuar los primeros ideólogos, generalmente preparados en el extranjero, cuya misión es difundir ideas y captar adeptos. (...) Mientras se lleva a cabo esta tarea, por otro lado se va concientizando y preparando a los adeptos que ya han sido captados, para ir conformando la organización subversiva que poco a poco se extiende hasta afectar todos los sectores y niveles del cuerpo social de la Nación." General Roberto Viola. 1977
"...Para ello, la subversión actúa simultáneamente en todos los ámbitos, trata de socavar los cimientos de nuestras instituciones y destruir nuestros valores con mayor o menor grado de recurrencia a la lucha armada. Usa distintos métodos que adapta a los tiempos y las características de la población que ataca, la que se transforma en sujeto y objeto de su accionar." Generales de Brigada Carlos Alberto Martínez y Luciano Adolfo Jáuregui, 1977.
"...el general Luciano Benjamín Menéndez, jefe de la III Zona Militar, se encargó personalmente de dar un ejemplo a los profesores y directores de escuela sobre la manera de actuar de la 'subversión': 'A partir de una simple composición sobre las estaciones del año, un maestro subversivo o un idiota útil comentará a sus alumnos la posibilidad de combatir el frío según los ingresos de cada familia..." (8) * "Para los educadores: inculcar el respeto por las normas establecidas; inculcar una fe profunda en la grandeza del destino del país; consagrarse por entero a la causa de la Patria, actuando espontáneamente en coordinación con las Fuerzas Armadas, aceptando sus sugerencias y cooperando con ellas para desenmascarar y señalar a las personas culpables de subversión, o que desarrollan su propaganda bajo el disfraz de profesor o de alumno. "Para los alumnos: comprender que deben estudiar y obedecer, para madurar moral e intelectualmente; creer y tener absoluta confianzas en las Fuerzas Armadas, triunfadoras invencibles (sic) de todos los enemigos pasados y presentes de la Patria." General Luciano Benjamín Menéndez (9)
Antídotos patrióticos
El gobierno de la Junta Militar dispuso una serie de procedimientos para neutralizar el "germen subversivo" que intentaba crear defensas en la sociedad. Estas fueron algunas de las acciones emprendidas: En 1977, se distribuyó en las escuelas un material gráfico dirigido a los padres con hijos en edad escolar, titulado "Cómo reconocer la infiltración marxista en las escuelas":
"-Léxico marxista para uso de los alumnos: (...) Lo primero que se puede detectar es la utilización de un determinado vocabulario que, aunque no parezca muy trascendente, tiene mucha importancia para realizar este 'trasbordo ideológico' que nos preocupa. Así, aparecerán frecuentemente los vocablos diálogo, burguesía, proletariado, América latina, explotación, cambio de estructuras, capitalismo.
-Historia, Formación Cívica, Economía, Geografía y Catequesis en los colegios religiosos, suelen ser las materias elegidas para el adoctrinamiento subversivo. Algo similar ocurre con Castellano y Literatura, disciplinas de las que han sido erradicados los autores clásicos, para poner en su lugar a 'novelistas latinoamericanos' o 'literatura comprometida' en general.
-Otro sistema sutil de adoctrinamiento es hacer que los alumnos comenten en clase recortes políticos, sociales o religiosos aparecidos en diarios y revistas, que nada tienen que ver con la escuela. Es fácil deducir cómo pueden ser manejadas las conclusiones.
-Asimismo, el trabajo grupal que ha sustituído a la responsabilidad personal puede ser fácilmente utilizado para despersonalizar al chico, acostumbrarlo a la pereza y facilitar así su adoctrinamiento por alumnos previamente seleccionados y entrenados para 'pasar' ideas." (10)
En el mismo año, el decreto 3155 prohibió la distribución, venta y circulación de los relatos infantiles "Un elefante ocupa mucho espacio", de Elsa Bornemann, y "El nacimiento, los niños y el amor", de Agnes Rosenstichl (ambos de Ediciones Librerías Fausto), por tratarse de "cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento, que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo." (11)
El decreto 538, de mayo de 1978, estableció para profesores y maestros la lectura y comentario obligatorio del folleto "Conozcamos a nuestros enemigos", cuyo contenido resumió el diario La Prensa en ese mismo mes:
"El texto tiende a facilitar a los docentes la comprensión del proceso subversivo en el país, especialmente en el medio educativo, y brinda elementos de juicio sobre la forma de obrar del marxismo. Expone también la estrategia particular de la subversión en el ámbito educativo, sus modos de acción en todos los niveles educativos y en la actividad gremial del ámbito educativo (sic).
En las conclusiones del trabajo, cuya lectura y aceptación por parte del personal docente y administrativo es obligatoria, se expresa que 'es en la educación donde hay que actuar con claridad y energía para arrancar la raíz de la subversión, demostrando a los estudiantes las falsedades de las doctrinas y concepciones que durante tantos años les fueron inculcando en mayor o menor grado." (12)
En octubre de 1978, una resolución del Ministerio del Interior prohibió las obras "La educación como práctica de la libertad" (Editorial Siglo XXI) y "Las iglesias, la educación y el proceso de liberación humana en la historia" (Editorial La Aurora), del pedagogo brasileño Paulo Freire, ya que, según las autoridades, "sirven como medio para la penetración ideológica marxista en los ámbitos educativos. Por otra parte, su metodología para interpretar la realidad, el hombre y la historia es manifiestamente tendenciosa. Las fuentes de pensamiento del autor, como los modelos y ejemplos que expone, son de clara inspiración marxista y toda su doctrina pedagógica atenta contra los valores fundamentales de nuestra sociedad occidental y cristiana." (13)
En octubre de 1978 se prohibió la distribución de la novela "La tía Julia y el escribidor", del escritor peruano Mario Vargas Llosa, argumentando que "revela distorsiones e intencionalidad, así como reiteradas ofensas a la familia, la religión, las instituciones armadas y los principios morales y éticos que sustentan la estructura espiritual e institucional de las sociedades hispanoamericanas y, dentro de éstas, a nuestra Nación, contribuyendo a mantener y expandir las causas que determinaron la implantación del Estado de Sitio". (14)
El interventor del Instituto Nacional de Cinematografía, capitán Bitleston, señaló, días antes de celebrarse en Buenos Aires la Semana del Cine Español, del 23 al 31 de julio de 1979, la "inconveniencia" de presentar varios de los filmes seleccionados por la Dirección General de Cinematografía de España para ser exhibidos en Buenos Aires. Los directores y productores españoles, enterados de la censura previa, se negaron a enviar sus películas, lo que motivó la postergación sine die del evento. (15)
En julio de 1980, por decreto 2038, se prohibió la utilización en el ámbito escolar de la obra Universitas, Gran Enciclopedia del Saber, de Editorial Salvat, editada en Barcelona, por "incurrir en falseamiento de la verdad histórica (...) analizando uno de los períodos más importantes de la historia moderna, como es el proceso de industrialización, bajo la metodología inspirada en el materialismo dialéctico."
En el mismo decreto se prohibía el Diccionario Salvat: "Las dos obras revelan un proceso editorial sistemático, en el cual la Enciclopedia y el Diccionario cumplen la función expresa de ofrecer al estudiante (...) un léxico definitivamente marxista, mediante la utilización de palabras y acepciones que, lejos de corresponder fielmente a los significados propios de la lengua, tienden a sustituir estos por otros que responden y son típicos de esa ideología". (16)
En septiembre de 1980, un comunicado ministerial prohibió el uso en las escuelas de los textos de Antoine de Saint-Exupéry, autor, entre otros, de "El Principito".(17)
(1) Diario La Opinión, Buenos Aires, 20 de abril de 1977.
(2) Diario La Nación, Buenos Aires, 20 de abril de 1977.
(3) Diario "La Razón", Buenos Aires, 3 de diciembre de 1986.
(4) Diario "La Prensa", Buenos Aires, 26 de diciembre de 1979.
(5) Vázquez, Enrique: "PRN. La última. Origen, apogeo y caída de la dictadura militar. Eudeba, Buenos Aires, 1985. Pág. 89.
(6) Informe de la AIDA (Asociación Internacional para la Defensa de los Artistas víctimas de la represión en el mundo). Citado en: García, Prudencio: "El drama de la autonomía militar", Alianza Editorial, Madrid, 1995.
(7) Díaz Bessone, Ramón Genaro: "Guerra revolucionaria en la Argentina (1959-1978)", Ediciones Círculo Militar, Buenos Aires, 1988. Pág. 25.
(8) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(9) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(10) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(11) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(12) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(13) Informe de la AIDA, Referencia en (6) y diario "La Prensa", Buenos Aires, 20 de octubre de 1978.
(14) Informe de la AIDA, Referencia en (6) y diario "La Prensa", Buenos Aires, 2 de noviembre de 1978.
(15) Informe de la AIDA, Referencia en (6) y diario "La Prensa", Buenos Aires, 8 de agosto de 1979.
(16) Informe de la AIDA, Referencia en (6).
(17) Informe de la AIDA, Referencia en (6) y diario "Clarín", 14 de septiembre de 1980.
Capítulo VII. Impunidad operativa.
"Antes de hacer cada operativo se trabajaba en lo que denominaban 'área de situación'. Se trataba de un gráfico en el que se marcaban las calles, las manzanas y las casas que se iban a 'reventar' (1); todos los datos necesarios como para no ir a ciegas.
"Después se planificaba la operación en una mesa de arena. Era justamente eso, una caja con arena. Estaba cruzada por unos hilos que hacían las veces de meridianos y paralelos, que servían para establecer la ubicación por grados de un objetivo si se trataba de una zona muy amplia o rural.
"Si la operación era urbana, con esos hilos se señalaban las manzanas, calles y otras referencias. Era como una maqueta con arbolitos, autos, casas, calles. Ellos ponían, sacaban, corrían las cosas de lugar; pero a veces les salía todo al revés. Pasaba todo lo contrario de lo que habían pensado. La situación se presentaba distinta y entonces tenían que improvisar. Ese fue el caso de un operativo en San Martín, donde resultó que la puerta de la casa que se buscaba no era verde como decían los informes, sino marrón. Esos detalles significaban mucho atraso y perder el factor sorpresa.
"Lo que pasaba era que los datos no siempre eran buenos; había muchos tipos que con tal de que no los golpearan ni los torturaran más decían cualquier cosa. Mentían. Así por lo menos zafaban por unas horas del tormento y le daban tiempo a sus compañeros para que se pudieran escapar. Pero cuando los interrogadores se daban cuenta de que habían sido engañados...esa persona... Pobrecito.
"Los interrogadores no siempre iban a la cabeza de los operativos. Pedían apoyo sólo si era muy necesario. No dejaban a ningún otro hacer el blanco, siempre era de ellos. Sabían que se podían encontrar con dinero, buenas armas, valores. No le iban a dejar el dinero ni las armas a otros. Ellos además ya sabían de antemano la peligrosidad del tipo al que buscaban, porque los guerrilleros estaban muy organizados, con brazo político, militar, prensa, esto y lo otro, todo bien orgánico. Si las cosas se ponían feas o se trataba de un blanco militar, ahí sí pedían refuerzos, y me llevaban a mí. Sabían que a mí me gustaba entrar en combate. Yo era soldado, quería forjar el espíritu del soldado, siempre mantuve esa esperanza. Pero las cosas fueron al revés.
"Para cada operativo se planificaban distintas estrategias. Se podían concretar tanto de día como de noche, ser frontales como encubiertos. Por ejemplo, a veces se dejaba a una patota durante dos o tres días destinada a vigilar un lugar hasta que aparecía el guerrillero que se estaba buscando. Se solía hacer el 'aguante' (2) tanto dentro de la casa como en la calle. Siempre se pensaba en la mejor manera de sorprenderlos. Si a los dos o tres días no aparecía el blanco, la operación era levantada porque con toda seguridad esa gente ya se había escapado.
"Los subversivos usaban un código de señales. Dejaban marcas en las casas; por ejemplo, con una línea dibujada con marcador en una pared, de determinado color. El que no conocía esos códigos no se daba cuenta de que se trataba de un mensaje. No le prestaba atención. Entonces, cuando llegaba alguien de su organización y veía la línea, que era una señal, sabía que tenía que salir rajando y no volver nunca más a ese lugar, porque ya estaba "envenenado".
"Cuando nosotros entrábamos en una casa que ya había sido abandonada -siempre se respiraba con alivio cuando no había enfrentamiento armado-, buscábamos boquetes disimulados en las paredes o en el piso. Los tipos escondían los fierros de esa manera, los llamaban "embutes". Si se llegaba tarde no se encontraba nada, ya habían sacado todo.
Un verdadero soldado
"Todo era medio oculto y nunca se sabía cuándo se presentaba un combate. No hacía falta que yo ni nadie pidiera participar en los operativos. Si te tocaba, te tocaba y no se podía retroceder. A mí me gustaba.
"Una tarde me llevaron a un operativo en Lope de Vega y la avenida General Paz. La Negra, una colaboradora, fue a marcar a un tipo que resultó bravo. En cuanto se dio cuenta de que le habían hecho una encerrona, el tipo empezó a defenderse a los tiros. No me acuerdo de su aspecto, pero llegué a ver como tiraba un paquete y alcancé a atajarlo. Estaba envuelto como si fueran sanguches de miga. La patota no se quería arrimar, pensaban que eran explosivos, una cazabobos.
"Agarré el paquete y se lo pasé a la Negra, que la tenía al lado. Juntos empezamos a romper el papel para saber qué había adentro. Me acuerdo como si fuera hoy cómo se tiraron todos los demás cuerpo a tierra en esa pendiente que tiene la General Paz esperando que la Negra y yo explotáramos por el aire. Pero cuando lo abrimos nos encontramos con una pila de billetes verdes: 52 mil dólares. Agarré el fajo y se lo entregué a uno de los jefes. Los demas, apenas se dieron cuenta de que se trataba de guita, se vinieron al humo como moscas a la miel. Esa plata se esfumó, por supuesto.
"Me acuerdo de otro operativo. Fue en Campana. El blanco era un tipo del que no me acuerdo el nombre, que trabajaba con el Ejército. Era un civil que les sacaba fotos a los soldados en la Jura de la Bandera y otras cosas para el recuerdo de su servicio militar. Creo que, como tenía acceso a una unidad de Villa Martelli -ahí había muchas unidades-, copió un plano de las instalaciones y sacó fotos del lugar para una organización subversiva que estudiaba un posible ataque al cuartel. Había fotografiado todos los objetivos importantes: sala de armas, depósito de municiones, guardia...
"Ese día, como no había conductor, me llevaron a mí como chofer de un Peugeot 504, que no era trucho. La fábrica regalaba autos cero kilómetro a los generales o a los Comandos. Era un coche seguro y rápido, al que le habían puesto sirena porque era un vehículo legal; pero no la usamos. Fuimos por la Panamericana derecho hacia el norte.
"El fotógrafo vivía en una casillita prefabricada de madera, muy linda, a unas cuadras del centro de Campana. Tenía un Opel K180, nunca me voy a olvidar de ese auto. Color amarillo, impecable. El blanco estaba por acomodar en el baúl un lechón cocido que llevaba en una bandeja grande, justo cuando nos vio llegar a nosotros.
"Ahí nomás tiró todo a la mierda, se metió en la casa y empezó a los tiros. Disparaba desde todos lados y hasta nos tiró granadas. Eran esas granadas verdes, de las españolas. No explotó ninguna. Se olvidó de sacarles el seguro; les arrancó el anillo pero no rompió el segundo activador antes de lanzarlas. Pero la verdad es que el hombre se defendió con todo.
"No siempre se grita en un combate, depende de la situación. Pero este tipo insultaba y nos decía de todo: 'Vengan a buscarme', 'Milicos de mierda', esas cosas. Un valiente. Estaba jugado y se la jugó. No me acuerdo de qué organización era, pero sí de quién lo marcó... ¡ah!; fue la esposa. Ella había caído el día anterior y mediante tortura le arrancaron los datos para llegar hasta él.
"Sucedió a unas cuadras de la plaza principal, de noche. Yo no estaba entre los que tiraban porque me encargaron alumbrar con los faroles del auto la casilla del tipo. Justo enfrente había un barcito, era verano y tenía las mesas en la vereda. Me quedé charlando con el mozo, que me preguntó qué pasaba al ver tanto despliegue, antes del enfrentamiento. Ahí me dí cuenta de que la policía no sabía nada, que nos habíamos olvidado de pedir zona libre.
"Fue un blanco urgente y no hubo tiempo de pedir la zona. La comisaría estaba ahí nomás y los patrulleros llegaron al toque, apenas empezaron a escuchar semejante tiroteo. Como todo era de civil, nosotros vestidos de civil, autos civiles, tipos con barba y pelo largo, apenas llegaron los policías no sabían qué pasaba y casi nos agarramos a los tiros entre nosotros. Menos mal que se dieron cuenta a tiempo de cómo venía la mano.
"En el baúl del auto del fotógrafo encontramos sanguches de miga, saladitos, bebidas. Tenía de todo, como para un festejo. Parece que lo último que le faltaba cargar era el lechón y ya se iba. Tenía el motor en marcha, acomodaba la bandeja, cerraba la puerta de la casa y se iba. Menos de cinco minutos antes y se salvaba. No pudo ser; murió peleando.
"En esos combates uno pierde el miedo. Yo salí con tipos que iban al frente, sin miedo. Ellos decían: 'Acá no se puede caer nadie, ¿está claro?'. Pero a mí me hubiera gustado ir a Malvinas. Hicieron todo al revés, llevaron a pibes que no sabían nada y que no querían ir, mientras que personal preparado para eso, al que el pueblo le pagaba para eso, se quedó acá haciendo cebo, escuchando las mentiras que se decían por radio.
"La situación que se me presentó fue al revés de lo que había aprendido en la escuela. No era lo mismo estar acá que en Tucumán, donde vos podías ver al enemigo. Donde el enemigo daba la cara, a pesar de los sabotajes, y vos llevabas puesto tu uniforme de combate. La guerra es así. Dos bandos enfrentados, y dependía de la habilidad de uno u otro para sobrevivir, y había que aplicar todo lo que aprendiste en el Ejército si querías salir vivo. Pero esto que me pasó a mí, que me presentaban a un enemigo vencido, humillado, y te decían: 'Este es tu enemigo'. Una persona atada, encapuchada, torturada. ¿Qué enemigo? A mí me hubiera gustado ser un verdadero soldado."
(1) Reventar: allanar una casa y detener a sus moradores. Producir una baja en una base de la guerrilla.
(2) Se llamaba "aguante" a la guardia que se establecía sobre un inmueble -vivienda o local- que se sospechaba era habitado o visitado por miembros de una organización guerrillera. El "aguante" consistía en esperar que alguien llegara a ese lugar y proceder a su secuestro. A veces, se esperaba a que se reunieran más personas y se vigilaba su movimiento durante uno o dos días hasta determinar el momento apropiado para realizar el operativo. Se solía llevar a un prisionero para que señalara si esas personas pertenecían a su organización y cuál era su grado de responsabilidad dentro de ella.
Capítulo VIII. La mística de la destrucción total.
(Informe de situación)
El análisis de los documentos recopilados durante esta investigación evidencia que los jefes de las Fuerzas Armadas argentinas rindieron culto a una mística propia, que manifestaron sin disimulos durante la segunda mitad de la década del 70.
A través de ella, determinaron los campos del bien y del mal, caracterizaron al enemigo y elaboraron una regla que aplicaron sin distinción sobre el conjunto de la sociedad. Esa particular unidad de medida, que contemplaba la tendencia de las ideas, la ocupación, la forma de vida, los antecedentes políticos y gremiales de los ciudadanos, entre otras consideraciones personales, determinaba su clasificación y, por lo tanto, su pertenencia a una u otra porción del territorio nacional al que habían partido en dos mediante una intangible frontera interna que separaba a sus "aliados" del "enemigo".
El periodista Jacobo Timerman, ex director del diario La Opinión, escuchó la siguiente afirmación pronunciada por uno de sus captores mientras permanecía secuestrado en un centro clandestino de detención: "Argentina tiene tres enemigos principales: Karl Marx, porque intentó destruir el concepto cristiano de la sociedad; Sigmund Freud, porque intentó destruir el concepto cristiano de la familia; y Albert Einstein, porque intentó destruir el concepto cristiano del tiempo y el espacio". (1)
El general Ramón Genaro Díaz Bessone, uno de los más prolíficos ideólogos de los que se sirvió el Proceso de Reorganización Nacional para elaborar sus bases fundacionales, resumió en su libro "Guerra revolucionaria en la Argentina", el tema de la violencia y su relación con el Estado apelando a una cita de Max Weber:
"...definiremos al Estado como la comunidad humana que en el ámbito de determinado territorio -aquí el territorio es el elemento diferencial-, requiere como propio el monopolio de la violencia física legítima. El Estado se presenta como la única fuente del derecho a la violencia." (2)
El brigadier Orlando Agosti, integrante de la Junta Militar que asumió el gobierno tras el golpe de marzo de 1976, en declaraciones formuladas el 10 de agosto de ese año, expresó algunas recomendaciones, sin detenerse a contemplar que él mismo estaba involucrado en sus afirmaciones:
"Ningún argentino puede aceptar que grupos minoritarios, con doctrinas totalitarias, pretendan imponer en el país su voluntad por la fuerza o por el miedo. Las Fuerzas Armadas, en resguardo de la soberanía nacional, no habrán de permitirlo jamás. Para la convivencia constructiva de los argentinos es esencial, tal como reiteradamente se ha enunciado, que el monopolio de la fuerza sea ejercido por el Estado, y puesto al servicio de los intereses permanentes de la Nación, únicos a los cuales ha servido, sirve y servirá la Fuerza Aérea." (3)
Años después, Díaz Bessone aseguraría sin titubeos: "Hubo hechos, crímenes abyectos, totalmente ajenos a la guerra, antes y después del 24 de marzo de 1976 (...). Una sola bomba, Hiroshima o Nagasaky, produjo más víctimas que nuestra guerra revolucionaria, con el agravante de que todas esas víctimas eran inocentes, desde ancianos hasta recién nacidos. Y se lo justificó como un precio para lograr un bien mayor, un medio para un fin. El fin no justifica los medios, y esto no admite discusión cuando se trata del desarrollo de la vida civilizada. Pero la guerra es un medio para alcanzar un fin (...). Si el fin no justifica los medios, y éste es un valor absoluto que está por encima de la Nación misma, no nos defendamos ante la agresión externa o interna, porque para vencer al agresor tendremos que matarlo, no podremos convencerlo con el abrazo fraterno. Si ante la agresión decimos que el fin no justifica los medios, preparémonos para ser santos o esclavos, pero no gastemos dinero en prepararnos para la guerra, y aceptemos que nos borren de entre las naciones libres de la tierra." (4)
Mi lucha
El entonces general de brigada Acdel Edgardo Vilas (5) fue el comandante a cargo que inició, el 9 de febrero de 1975, lo que se dio en llamar "Operativo Independencia", cuyo objetivo, por decreto presidencial, consistía en "aniquilar" la guerrilla rural que el ERP había instalado en la provincia de Tucumán.
Dos años después, en 1977, el general Vilas volcó sus experiencias y conclusiones de la campaña en el monte tucumano en un libro de 392 páginas que permanece aún inédito, ya que su edición fue prohibida por el propio Comando en Jefe del Ejército. Sin embargo, algunas de sus partes lograron trascender. Entre los originales del autor se encuentran textos como éste:
"Mi intención fue la de suplantar, aún utilizando métodos que me estuvieran vedados, a la autoridad de la provincia de Tucumán, tratando de superar, aunando los esfuerzos civiles y militares, el brote guerrillero marxista que tenía en vilo a los tucumanos y amenazaba expandirse a otras provincias (...). Si bien mi tarea no era reemplazar a las autoridades, pronto me dí cuenta de que, de atenerme al reglamento (...), el Operativo concluiría en un desastre (...). Si yo me limitaba a ordenar, entrenar y comandar mis tropas, descuidando esferas que en el papel no me correspondía atender -la gremial, empresaria, universitaria, social-, el enemigo seguiría teniendo 'santuarios', (por lo que) creí conveniente darle a la acción militar su importancia y a la política la suya.
De todo lo actuado pude concluir que no tenía sentido combatir a la subversión con un Código de Procedimientos en lo Criminal... Decidí prescindir de la justicia, no sin declarar una guerra a muerte a los abogados y jueces cómplices con la subversión (...) Fue entonces cuando dí órdenes expresas de clasificar a los prisioneros del ERP según su importancia y peligrosidad, de forma tal que sólo llegaran al juez los inofensivos, vale decir, aquellos que carecían de identidad dentro de los cuadros del enemigo.
...Desde antiguo venía prestando atención a los t