Este libro revela por primera vez el exterminio que llevo a cabo el Ejército en el interior de Campo de Mayo, entre 1976 y 1980.
A través del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez se corre el velo que durante años ocultó la represión ilegal de la principal fuerza armada del país, y que tuvo entre otros responsables directos a los generales Antonio Domingo Bussi, Cristino Nicolaides y Reinaldo Bignone, entre otros altos jefes militares, muchos de ellos aún en actividad. En estas páginas se dan sus nombres.
A lo largo del libro también se señala la responsabilidad que le cabe a la iglesia, a la justicia y a los partidos políticos por el asesinato de más de cuatro mil personas en el centro de detención clandestino denominado “El Campito”. Entre ellas Mario Roberto Santucho y Domingo Menna, de la cúpula del PRT-ERP.
[Se reproduce la obra en casi su totalidad y dividida en dos partes. Idéntico contenido puede encontrarse en www.nuncamas.org]
Campo Santo
Testimonios del ex sargento Víctor Ibáñez
Por Fernando Almirón
INDICE PARTE II
Capítulo XIV. Floreal Avellaneda.
Capítulo XV. La Patria es un botín absurdo.
Capítulo XVI. Santucho en Campo de Mayo.
Capítulo XVII. Tres iglesias.
Capítulo XVIII. Los inocentes.
Capítulo XIX. Fuera de control.
Capítulo XX. El poder real de la guerrilla.
Capítulo XXI. La Patria exterminada.
Capítulo XXII. Locura, convicción y pecados.
Capítulo XXIII. No pasa nada.
Capítulo XXIV. Nido de ratas.
Capítulo XXV. Bussi y los asesinos.
Capítulo XXVI. Solitario y triste final.
Epílogo. Celebración en el Campo Santo.
Anexo N° 1. Autoridades del proceso de Reorganización Nacional.
Anexo N° 2. Estructura de la represión.
Anexo N° 3. Los represeros de "El Campito".
Anexo N° 4. Personas vistas en "El Campito"
Acerca del autor
Capítulo XIV. Floreal Avellaneda.
(Del testimonio de Iris Avellaneda)
Ultimos días en familia
"El 24 de marzo de 1976, a las 9 de la noche, mi marido atendió el llamado telefónico de un compañero. Nos avisaba que los milicos habían copado el poder y que tanto él como mi cuñado, también activista del Partido Comunista, no se quedaran esa noche en la casa. A mi esposo ya lo había amenazado la Triple A.
"Ese día me acuerdo que me dijo: 'Iris, ¿adónde quieren que me vaya? Primero: no cometimos ningún delito; segundo: ¿adónde podemos ir?' Todo parecía tan loco. Después nos empezamos a asustar. Había movimientos raros en el barrio. Autos que pasaban de noche despacito, gente extraña caminando por la calle y tratando de mirar hacia adentro de la casa.
"Floreal, mi marido, estaba preocupado porque en ese momento trabajaba como remisero, y tenía miedo de que le robaran el auto, un Peugeot 504 más o menos nuevito. Pero nunca vimos nada en particular. Sólo sombras.
"Vivíamos con mis cuñados en una casa enorme, en Sargento Cabral 2385, en Munro. Nosotros teníamos la casa en el fondo y las hermanas de mi marido vivían con sus familias una al lado y la otra enfrente de nuestra casa. Era un lugar grande pero monótono, toda la estructura de la edificación era igual. Quiero decir que todos los espacios de la casa eran arquitectónicamente iguales. Esto es importante para entender cómo fue que se escapó mi marido.
"Teníamos los dormitorios en la planta superior; el baño, la cocina y el comedor estaban abajo. Las tres viviendas eran iguales y se apoyaban en las mismas paredes. Una de esas paredes se estaba revocando, por lo que quedaba un agujero que daba al aire libre, del que salían esos fierros que después sirven para unir una pared con otra. Gracias a esos fierros, Floreal, mi esposo, se pudo escapar.
La noche de los Avellaneda
"Fue en vísperas de Semana Santa, me acuerdo clarísimo. Estábamos durmiendo porque al día siguiente salíamos temprano de paseo para Rosario, donde teníamos muchos amigos.
A las 2.30 de la madrugada escuchamos frenadas de autos alrededor de toda la manzana, coches por todos lados, milicos por todos lados. Dios mío. No sé si todos los secuestros habrán sido igual, pero el nuestro fue espectacular.
"Destrozaron la cerradura de la puerta principal ametrallándola con un FAL. Después, a las patadas, tiraron la puerta abajo. Entraron por la casa de mi cuñada, la que vivía adelante. Le rompieron todo, hicieron un estrago esos hijos de puta. Mi otra cuñada, apenas los vio, empezó a los gritos: '¡Floreal, Floreal, las Tres A, son las Tres A!' El se levantó como un torpedo. Era una noche helada, estaba en camiseta y llegó a ponerse únicamente los pantalones.
" 'El Negrito' vino corriendo desde su cuarto y llegó a ver cómo se escapaba su padre. 'Me quiero ir con vos', le pidió. Desde el techo, su padre le dijo: 'No, quedate con tu madre. Le vas a hacer falta'. Mi hijo entonces buscó a las disparadas una camisa que alcanzó a tirarle a mi marido que en uno de esos saltos por las azoteas perdió los documentos. " '¡Viejo, los documentos!', le gritó 'el Negrito', que se quedó siguiendo con la vista a Floreal grande que se escapaba.
"Fueron las últimas palabras que mi marido escuchó de él. Por suerte ningún vecino dijo 'acá está' o algo parecido. Enseguida los milicos, que se habían demorado buscándolo en las casas de mis cuñadas -lo que le dio tiempo para escapar- tiraron la puerta abajo y se desparramaron como moscas por todos los rincones. Un grupo fue a la cocina, otro al comedor, otros a las habitaciones y el restante al auto.
"Eran un malón de disfrazados. Usaban pelucas, antifaces, medias de mujer en la cabeza. Nos juntaron a todos en el comedor de mi casa. Escuchábamos como destrozaban todo lo que encontraban mientras se gritaban entre ellos: '¡Se escapó el hijo de puta!', decían. 'Pelotudo, ¿por qué no fuiste más rápido?', le reprochaban a otro. Estaban furiosos y todo el tiempo se acusaban unos a otros por la fuga de mi esposo.
"Era tanta la bronca que tenían que nos llevaron al patio y nos hicieron pasar por el primero de los tres simulacros de fusilamiento al que nos sometieron en un lapso de 15 minutos. '¡Y esto es por hijos de puta!', nos gritaban. Después se reían. Eramos doce personas contra la pared en esa noche tan fría: mi cuñada, el marido, sus dos hijas y el novio de una de ellas; mi otra cuñada, su esposo y sus dos hijos; y yo que estaba con Estela y 'el Negrito'.
"Después nos separaron a mí y al 'Negrito' del resto del grupo. Mi hija estela empezó a los gritos cuando vio cómo nos empezaron a llevar a los empujones, a mí no me dejaban ni tocarla. Mientras un grupo nos sacaba de la casa, los otros les reclamaban a mis parientes que les entregaran toda la plata que había en la casa. Se llevaron los sueldo, los ahorros, todo lo de valor, hasta fotos. También una escopeta que mi marido tenía declarada porque le gustaba salir de caza de vez en cuando. Con esa escopeta me tuvieron loca y fue uno de los motivos por el cual más me torturaron. '¿Así que nos estabas esperando armada atrás de la puerta? Nos querías matar', me decían.
Por algo será...
"En la vereda nos ataron y encapucharon. Dejé de escuchar los gritos de Estela y el llanto de mis cuñadas y sobrinas cuando me metieron violentamente adentro de un auto. "Tanteaba el asiento para ver si 'el Negrito' estaba conmigo. Como no lo encontré les empecé a preguntar a los gritos qué habían hecho con él. 'Pará che. No te desesperés que ya te lo traen. Pará de gritar, hija de puta', me dijo uno de los secuestradores, el que se mostró más nervioso durante todo el operativo.
"Y así fue, me lo sentaron al lado. El tenía las manos atadas a la espalda y giraba para tratar de agarrarme las mías. 'Mami, quedate tranquila. Todo va a salir bien', me dijo, y justo pudo llegar a apretarme fuerte las manos. No me soltó hasta que nos separaron. Pero antes pasó un buen rato. Llevaron el auto hasta un lugar donde lo dejaron parado como dos horas con nosotros adentro, solos. Después nos llevaron a la comisaría de Villa Martelli.
"Apenas llegamos me bajaron de los pelos y me ataron a una columna de hormigón que estaba junto a una piletita para lavarse las manos. Se escuchaban gritos espeluznantes, de gente a la que estaban torturando. Me preguntaba para qué me querrían a mí, cuando en ese preciso momento me llevaron frente a un muchacho que decía haber trabajado en Tensa con mi marido. " 'Dígale que yo estuve en su casa y que Floreal era compañero de trabajo', me dice este muchacho. Yo pensé que si decía que sí iban a pensar que sabía más cosas y me iban a reventar a palos para que confesara lo que en realidad no sabía. Yo estaba encapuchada y respondí: 'A esa voz no la conozco'. 'Dele, Iris, dele. Dígales que me conoce', volvió a insistir la voz. Yo pensaba que era una trampa, que me querían hacer pisar el palito. Me mantuve en la negativa y enseguida fui a la 'parrilla'.
"Después de atarme a un elástico de cama metálico me tiraron unos baldazos de agua. Uno, que creo que le decían 'el 220', me dijo: 'De esta no te olvidás más, te lo juro'. Me picaneó sin piedad. Me preguntaba dónde nos reuníamos, cuándo... Todo para que yo 'cantara' nombres. Y mientras me torturaban a mí, también torturaban al 'Negrito'. Me volvía loca, gritaba. 'Ni a vos ni a tu pibe les van a quedar ganas de joder más', me decía el hijo de puta masticando las palabras con bronca. Escuchaba a mi hijo Floreal, al que estaban torturando. Me desesperaba ante cada uno de sus gritos, me retorcía de dolor e impotencia. Cada vez que él gritaba, me aplicaban la 'máquina' con más ganas.
"No sé cuánto tiempo pasó. Cuando terminó la sesión me llevaron hasta la columna en la que me habían atado antes. El 'Negrito' ya estaba ahí. 'Mamá, deciles que papá se escapó por los techos, por favor', me dijo. Fue la última vez que escuché su voz. Después se lo llevaron. Me separaron definitivamente de él. Tenía 13 años.
Viaje hacia ningún lugar: el 'chupadero'
"En la comisaría me ajustaron las vendas de los ojos y me metieron en el baúl de un auto que después de andar un rato largo se metió en un camino de tierra. Cuando llegamos a ese lugar me volvieron a bajar de los pelos y me tiraron en una sala llena de mujeres. Estaba completamente en silencio. Se escuchaban voces de hombres a unos seis o siete metros, de muchos hombres.
"Me acomodaron medio retirada del resto de las prisioneras. No sé si sería porque era comunista, yo jamás negué que era comunista. Un hombre me estaqueó contra unas maderas sin pronunciar palabra. Así pasé muchas horas. Cada vez que trataba de dormir venía alguien y me tiraba un baldazo de agua helada. Más tarde apareció un correntino que me dijo: 'Esta es la última vez que vas a escuchar una voz humana', y me llevó hasta una pared donde una y otra vez jugaron simulacros de fusilamiento.
"El último que gatilló su pistola vacía en mi sien, al que todos le decían 'señor', después de eso me levantó violentamente tomándome del cuello y me dijo: 'Sos una comunista hija de puta. A los comunistas nunca les podemos sacar nada. Por eso, la vas a parir'. Me llevó hasta la sala donde estaban las demás detenidas y me tiró sobre un colchón. Me dejó ahí y nunca más me molestó.
"En el campo le asignaban un número a cada persona. Al principio tuve el 527, después el 3570. Me parece que nos reconocían porque los números estaban pintados en la capucha. Los torturadores te pasaban a buscar por la sala y te llamaban por tu número y te llevaban por un sendero hasta las oficinas de tortura.
"Al llegar te recibía un tipo que te empujaba hacia el elástico donde te estaqueaban y mojaban. Después encendían una radio. Tango y folklore. Los torturadores iban cambiando, eran varios, pero las preguntas eran siempre las mismas: '¿Quién es tu jefe? Danos nombres, basura'. También se repetían las amenazas: 'Acá te morís hoy'. Y picana, y otra vez picana. Claro, yo no podía decir nada porque no sabía nada. Eso los enojaba. Encima se acordaban de la escopeta que habían encontrado en mi casa: '¿Así que nos estabas esperando con una escopeta?'
"Me aplicaban la picana en los senos, el ano, la vagina, los dientes. Era espantoso, días y días así. Encima yo tenía el brazo salido de lugar porque unos días antes del secuestro me había caído en las escaleras de casa. Entonces vino un tipo que me llevó hasta una oficina o algo parecido donde me atendió un médico (1). Me dijo que levantara el brazo y me pidió que no lo mirara. Me cambió las vendas que estaban muy sucias.
En un papelito blanco me envolvió seis o siete pastillas blancas. Cuando miré de reojo por debajo de la capucha, vi que llevaba delantal blanco. Entonces vino otro y le dijo: 'Casserotto, ¿me la puedo llevar?'. El le dijo que todavía no. Me preguntó qué era lo que me había pasado y yo, inocentemente, le dijo que me habían estado torturando. 'Hijos de puta, hijos de puta', dijo cagándose de risa. Me empujó hasta otro hombre que me llevó directamente a la sala de torturas. Cuando terminó la sesión pedí ir al baño y tiré todas esas pastillas a la mierda.
"También me acuerdo de 'Escorpio', 'Padre Francisco', 'Correntino' y 'Chupete'. El 'Padre Francisco' era el que nos pedía que rezáramos porque Dios era bueno y nos iba a ayudar a salir de ahí. Nos salvaríamos de todos nuestros pecados si hablábamos y contábamos todo lo que sabíamos. Era un milico, se notaba a la legua. 'Escorpio' era un borrachín, te digo que cuando te hablaba le sentías el olor a vino que tenía. Era bien guacho. Decían que violaba mujeres.
'Chupete' se paseaba por todo lados. Tenía la costumbre de pisar las manos de los detenidos y andar siempre con perros. Y yo le tenía un miedo terrible, porque los perros te olían, te lengüeteaban, te gruñían. " 'Chupete' y uno que tenía voz de correntino -me di cuenta de eso porque estaba medio picado y se mandaba de vez en cuando algunos sapucai-, una vez me llevaron al baño. 'Yo te llevo al baño si gritás Viva Hitler', dijo 'Chupete'. '¿Por qué tengo que gritar Viva Hitler?', pregunté. 'Entonces cagate encima', aseguró. 'Cuando grites Viva Hitler, te llevo'. Y yo no grité. Entonces, cuando a 'Chupete' se le ocurrió, nos hizo parar a todos y nos llevó al baño. Era una buena mierda. Nos hacía contar chistes y, si no le gustaban, nos cagaba a patadas. ¡Qué sorete! Encima un día vino medio en pedo y preguntó quiénes tenían teléfono para así llamar a sus casas y avisar que estábamos bien. Nos vivía tomando el pelo. "No sé si 'Chupete' estaba siempre borracho, pero el que estaba siempre picado era el 'Correntino'. Era el que más estaba en la sala.
"Una noche -creo que era de noche-, escuché tiros y a la mañana el 'Correntino' le preguntó a 'Chupete' si se había enterado de lo que le había pasado al gremialista de Swift. Con lujo de detalles, contó cómo lo habían fusilado. Y después contó lo de un perro que se había comido a una persona. Creo que hablaban del 'Negrito' (llora).
(Sigue, secándose las lágrimas) Personalmente, me cagué hasta las patas. Y las demás mujeres también. Tal es así que cuando una pedía ir al baño, pedían todas. Nadie quería quedarse sola por miedo a que pasara algo. Ir al baño, para ellos, era muy divertido. Se reían cuando alguien se caía. Nos llevaban en hilera, como si fuera un jardín de infantes. 'Levanten los pies. Doblen'.
"Se escuchaban ruidos de aviones y helicópteros. Más de aviones. De noche siempre había ruido de autos, camiones y tiros. Mientras estuve en cautiverio, traían mujeres a rolete y las tiraban una tras otra. Parece que cuando llegaba una más o menos linda, la violaban. Una noche, alguien vino y manoseó a una chica. No sé quién fue. ¡El escándalo que se armó al otro día! Nos pegaron por buchonas.
"Mientras estuve encapuchada me carearon una vez con un tal 'Rubencito'. Después conocí a Estela Ingenieros, la nieta de José, el escritor. Una sola vez nos sacaron de la sala para limpiar. Nos pusieron a todos en hilera y yo quedé de espaldas con una persona, que no sé si era mujer o varón. Le hice una pregunta y no me contestó.
La sala no era muy grande. Era como de 15 metros de largo por 10 de ancho. Yo estaba en una esquina, sola. Me dí cuenta de esto porque tanteaba alrededor. Pero mucho no tocaba porque los tipos andaban con perros, que te olfateaban y si vos te movías, sonabas. En el piso había varios colchones roñosos.
"A todo el mundo lo llevaron a bañarse más de una vez. A mí ni siquiera me vinieron a buscar. ¡¡Gracias a Dios!! ¡Quién sabe el futuro que me esperaría!
"Durante esos quince días no tomé ni una sola gota de agua. Te decían que si tomabas agua después de una sesión de tortura, reventabas como un sapo. Lo único que comí fue una manzanita que me acercó alguien. Fue un milico. Me dijo: 'Comé todo, hasta el carozo. No dejés nada que me pueda incriminar'.
"Esa fue la única comida. Me fui de casa con 58 kilos y entré a Olmos con 42.
El último día en 'El Campito' vino alguien y me arrastró de los pelos. Me hizo formar una fila -estaba con siete u ocho- y nos llevaron a un baño o a un lugar donde corría agua. Nos hicieron separarnos unos de otros y con un látigo nos pegaron durante dos horas. 'Espero que hayan aprendido, hijas mías. Esto es por olvidarse de Dios', decía el 'Padre Franciso' mientras nos castigaban.
"Cuando llegué a Olmos, el lonjazo más chico que tenía era como el dedo gordo de mi mano. Fue terrible. Además, como únicamente estaba con el camisón finito de mangas largas y un pulover que daba risa, no sabés cómo me quedaron las nalgas...
Olmos, Devoto y libertad
"Llegué a Olmos el 30 de abril de 1976. Recuerdo que con una mugre que no me podía ni mirar. El olor que tenía encima era asqueroso. Estuve hacinada como un perro durante 15 días. Me acompañaba Estela Ingenieros, una chica macanudísima. Nos trasladaron en un celular. El viaje duró bastante.
"Cuando llegamos nos llevaron frente el director del Penal. Me sacaron la capucha, la venda... No podía ver nada. (Se toca la cabeza) Tenía una conjuntivitis del carajo... Una enfermera me limpió los ojos y ¡qué alivio fue! Mientras sucedía esto, el director me dijo: 'Iris Avellaneda, usted está acusada por el Poder Ejecutivo Nacional de ser una militante del Partido Comunista combatiente'. Y después agregó: 'Su salida de esta Unidad dependerá de su comportamiento'.
"Lo primero que hice fue bañarme. Me metieron en agua fría con la otra chica, Estela Ingenieros. Con ella trabé una amistad. Me dijo que trabajaba en un juzgado de San Fernando. Me comentó que a varios abogados los habían chupado la misma noche que a ella. También me contó que había escuchado voces conocidas en 'Los Tordos'.
"En la cárcel me enteré de que había estado en Campo de Mayo. Nos comentaron las otras presas que nosotras éramos 'una carga de Campo de Mayo'.
"De mi hijo no sabía nada. Algunos diarios pasaban por Olmos. En un diario salió que en el Uruguay habían aparecido 30 cadáveres. Cuando la celadora nos trajo ese diario, nosotros lo leímos y dijimos: '¿Cómo puede ser? ¿Qué está pasando afuera?'
"Había algunas otra personas del PC en Olmos. Todas habían pasado por lo mismo. Pero las únicas que veníamos de Campo de Mayo éramos nosotras.
"Mientras estuve secuestrada, mi abogado, el doctor Biaggio, había presentado un hábeas corpus, pero no le dieron importancia. Lo extraño fue que llegó a mi casa una cédula del Poder Ejecutivo Nacional que explicaba que yo estaba a disposición del presidente. Nada más.
"Estuve en Olmos hasta el 21 de agosto de 1976. Luego llegó una orden del PEN para concentrar a todas las mujeres en Devoto y a los hombres en Olmos. Estuve en Devoto desde esa fecha hasta el 13 de julio de 1978, cuando salí en libertad. Estuve 27 meses presa.
"Costaba mucho que mi familia me visitara, pero mi cuñada lo logró. No saqué nada positivo de todo esto. Me mataron a un hijo, me torturaron... Encima Menem los indultó. Pero me queda un consuelo. En Devoto yo tenía el número 203. ¿Sabés que jamás gané con ese número en la quiniela?
"Al 'Negrito' nunca supe adónde lo llevaron. Hicimos averiguaciones por todos lados durante años, y nadie había oído hablar de él. Recién cuando Ibañez contó que estuvo en 'El Campito', lo que se confirma por la mordedura del perro, me di cuenta de que estuvimos en el mismo lugar, adentro del mismo pabellón, a metros uno del otro."
La muerte de Floreal chico
En su edición del 16 de mayo de 1976, bajo el título "Cadáveres en el Uruguay", el desaparecido diario "Ultima hora" informó que ocho cadáveres habían aparecido flotando en las costas uruguayas. Según la crónica, " en un comunicado oficial de la Prefectura Nacional Naval del Uruguay, se informó que el último de los cadáveres encontrados era de sexo masculino, cutis trigueño, cabello castaño oscuro, de un metro sesenta de estatura. Como seña particular se encontró un tatuaje en forma de corazón con las iniciales F y A'.
El cuerpo de Floreal Avellaneda apareció flotando en aguas del Río de la Plata, cerca de la costa uruguaya, el 15 de mayo de 1976, un mes después de que fuera secuestrado junto a su madre. Estaba atado de pies y manos con alambre. Tenía una profunda herida sin cerrar en una de sus piernas. Luego se comprobaría que había muerto a causa del 'empalamiento' (2) al que fue sometido por los torturadores en 'El Campito'.
(1) Por los datos aportados por Iris Avellaneda, este médico sería el entonces teniente coronel Julio César Casserotto.
(2) El 'empalamiento' es una forma de tortura de origen medieval, que consistía en sentar a la víctima sobre un palo de punta aguzada que se ensanchaba progresivamente, y se introducía a las víctimas por el recto.
Capítulo XV. La Patria es un botín absurdo.
(Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
-¿Era frecuente que los Grupos de Tareas saquearan las casas de los detenidos?
-Desde el principio. Por ejemplo, con parte de los que se "secuestró", vamos a decir las alacenas, las heladeras, la vajilla y las cacerolas, se hizo un comedor en el campo. Una gran cocina, una gran sala de estar en el quincho y en el edificio grande donde yo estaba.
-¿Se llevaban hasta las pequeñas cosas domésticas?
-Todo lo que estaba a mano, cualquier cosa.
-¿Quiénes estaban en condiciones de saquear y adónde iban a para las cosas robadas o, como usted dice, "secuestradas"?
-Todo se lo quedaban lo interrogadores, o los de la patota. Cuando se repartía el botín, no eran como los indios, porque dicen que los indios eran justos para el reparto. Acá no. Ellos se apropiaban de las armas, la plata. Se agarraban esto, se agarraban lo otro y aquello. Un día nos llamó un oficial del arma de ingenieros, no llegaba a mayor, un capitán. "Eh, muchachos, vengan". Traía una bolsita y nos dijo: "Esto es para nosotros, lo recuperé yo. No puede ser que siempre se agarren todo ellos". Entonces nos juntamos alrededor de él. Pensábamos que sería plata, oro. En una bolsa tan chiquita, ¿qué otra cosa podía ser? La dio vuelta, y dejó caer todos los relojes que le había sacado a la gente, relojes viejos. Sacudió la bolsita y los tiró al pie de un árbol. "Miren, miren. Tomá vos, tomá vos; hay uno para cada uno". Eso era lo que nos daban a nosotros. ¡Qué lástima que no guardé ninguno! Tendría que haberme guardado alguno.
-¿Usted nunca participó de un saqueo?
-Nunca. A mí sí me llevaban cuando, por ejemplo, había que "hacer" (1) un auto. Los del Grupo de Tareas te decían que hacían falta tantos autos para un operativo. Además, había que elegirlos a su gusto. Te decían: "Yo quiero un Peugeot 504 -que en esa época estaban de onda-, de tal color". Así que había que ir a un garage, charlar con el sereno, chamuyarlo. Hacerle un verso para que nos mostrara los autos: "... que es de un cliente", "...que lo tiene en venta". "¿Cómo, no le avisó?" "¿Y este otro? ¿El dueño no lo querrá vender?" "¿Usted lo conoce? ¿Qué tal está, valdrá la pena?" Cualquier cosa, y salíamos con los autos. Todos eran para ellos y para nosotros nada. Después, Pantera (2) se afanó uno por su cuenta y lo chocó. Estuvo como dos meses internado. Pobre Pantera, ahora está medio loco.
-¿Se robaban autos así nomás, sin apoyo operativo?
-No siempre. Se pedía la zona libre a la policía, ya sea para un secuestro como para robar un auto en la calle o de un garage. Se hacía por cuestiones técnicas, porque como se operaba disfrazado, de civil, muchas veces se terminaban enfrentando entre las mismas fuerzas, fuerza contra fuerza. Entonces se avisaba que tal día, a tal hora, tal lugar era zona de operaciones y no debía circular por ahí ningún móvil policial.
-Y si alguien llamaba a la policía, ¿qué pasaba?
-No iba, no se daban por enterados. La ciudadanía estaba totalmente desprotegida.
-Absoluta impunidad...
-Yo me creía que era todopoderoso, porque con las cosas que uno hacía... Ir a una comisaría y pedir zona libre para robar un auto y que te la dieran. Eso te hacía sentir poderoso. La policía no podía hacer nada.
-¿Eran habituales los robos de autos?
-No. Los fabricantes entregaban gratuitamente autos al Ejército: Peugeot 504, Dodge 1500 y Falcon. Los famosos Falcon eran regalos de la Ford.
-Pero se supone que eran para uso legal.
-Claro. Los inscribían, le ponían patente, como corresponde. Todo bien asentado. Después le sacaban la patente o la cambiaban por la de un auto robado y los usaban para los operativos. Se podía hacer cualquier cosa. Más de una vez vi autos oficiales en enfrentamientos.
-¿Por qué había que robar autos si tenían los propios?
-No sé, sería para abaratar costos.
-¿Qué pasaba después con esos autos?
-Iban a parar a los grandes desarmaderos que tenían los gitanos en la ruta 8, como iban ahí también los coches que se traían como botín de los operativos. Había tantos autos. Ponían desarmaderos, venta de autos, hasta venta de armas. Una sola vez me regalaron una pistola; era una 22, que después vendí porque necesitaba guita. Fue cuando se hizo el allanamiento al ministerio de Bienestar Social, yo estuve.
-¿Buscaban las armas de la Triple A?
-Y las encontramos. De los sótanos del ministerio sacamos más o menos 1500 pistolas 9mm, las que había comprado López Rega (3), nuevas. También cargamos, entre otras cosas, las famosas ametralladoras Ingran, un fierrito hermoso, con silenciador. El general Santiago Riveros se quedó con una de ellas, y la llevaba permanentemente en el bolsillo. Era un déspota, un sinvergüenza.
-Ibañez, usted mencionó que ciertas operaciones se hacían para obtener dinero. ¿Recuerda alguna de ellas?
-Recuerdo a un empresario importante de la zona de Tigre. Se ve que tenía una distribuidora grande, sería de frutas, madera, no sé. Era un gran distribuidor, con mucha plata. Todo esto que te cuento es "oreja radar", por lo que se escuchaba que estos tipos hablaban. A mí no me decían nada, yo para ellos era una especie de sirviente. Bueno, se ve que a este hombre le inventaron alguna cosa, o lo habrán amenazado, porque había chequeras de él y de varios más que los de Inteligencia se pasaban entre ellos.
-¿Se pasó del secuestro político al extorsivo?
-Cuando se terminó con la subversión ya no importaba más si el secuestrado era cura, montonero, del ERP, empresario o militar. Se trataba de afanar, prenderse a los botines. ¡Cuánta gente salió parada de ahí, cuántos se hicieron millonarios!
-Me preguntaron por una pareja de gente mayor, de unos 55 años, que pasó por el campo.
-No eran tan viejitos; había gente de más edad, hasta de 70 años calculo yo, aunque eran los menos.
-¿Tenían alguna vinculación con la guerrilla?
-Seguramente tendrían alguna vinculación. -Este matrimonio era de Caballito. Una patota fue a buscar a su hija y como no la encontraron se los llevaron a ellos.
-¿Se los llevaron a los dos y no aparecieron más?
-No aparecieron más.
-¿Ellos sabían en qué andaba su hija?
-No lo sé. -Mucha gente se perdió así, sin tener nada que ver. -Esta familia tenía una tintorería. A los dos días del secuestro llegaron unas personas que cargaron todas las instalaciones del negocio en un camión y se las llevaron.
-Se llevaron toda la tintorería... ¿era un camión verde?
-No sé, pero los secuestradores vestían uniforme verde, del Ejército. -No recuerdo ese episodio. -También se hicieron firmar autorizaciones de extracción bancaria y se llevaron todo el dinero que tenían en el banco. -Les intervinieron la cuenta del banco. -Después se llevaron los dos autos de la familia y todo lo que tenían adentro de su casa.
-¿Qué autos eran?
-Un Dodge 1500 y otro cuya marca desconozco. Al hombre también lo obligaron a firmar unos cheques. -Es lo que yo te contaba. Había oficiales que obligaban a los prisioneros que tenían auto a firmar el formulario de transferencia para quedarse legalmente con esos coches. Yo conocí a un tipo, al que después le dieron de baja, que en ese tiempo era teniente primero de ingenieros. Se hizo firmar la transferencia del auto de un detenido para quedárselo él. Creo que era un Renault 12 break de color verde metalizado. Eso lo sé. Con respecto a la tintorería, yo no me acuerdo... Pero hubiera habido ropa para todos. El botín menor era repartido. -Se llevaron las máquinas. -Seguramente. Esos tipos eran una verdadera banda de piratas. Era un descontrol total. Nadie podía para todo eso. Ni el presidente, hasta al mismo Videla se le escapó de las manos.
-¿Se llevaba algún control del dinero secuestrado a las organizaciones guerrilleras?
-Cuando cayó detenida la "Negra" (4), yo estaba de turno y la vi entrar. Estaba vestida con un jean y una camisa arremangada. Tenía el físico de un hombre; yo pensé que era un hombre. Y en el jean, que se usaba con una botamanga gruesa, tenía escondidos cuatro millones de pesos de esa época. ¿Te acordás? Esos billetes grandes, colorados como un tomate. De esos tenía cualquier cantidad. Creo que eran como cuarenta mil dólares, ¿puede ser? De esa plata nunca más se supo. Se la quedaron los interrogadores, como todo lo demás. La plata grande la manejaban Riveros y Verplaetsen. -Al final, lo importante era la plata. -Entre los Grupos de Tareas se robaban los blancos, para llegar antes que los otros al botín.
(1) "Hacer" significaba robar.
(2) Pantera era el apodo de un suboficial del Ejército que integró la dotación de personal militar asignado al centro de detención clandestino de Campo de Mayo.
(3) José López Rega, ex secretario privado de Juan Domingo Perón, asumió en 1973 como ministro de Bienestar Social. Fue uno de los fundadores e ideólogos de la organización ultraderechista conocida como Triple A, que tenía su base de operaciones en el subsuelo del ministerio que estaba a su cargo.
(4) Se trata de una prisionera. Ver capítulo 7: "Impunidad operativa".
Capítulo XVI. Santucho en Campo de Mayo.
(Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
"Te digo la verdad, yo creo que no sabían que era Santucho (1).
"Te cuento lo que yo escuché por boca de los mismos que participaron en ese operativo. Parece que la cosa empezó cuando una vecina se encontró con que cerca de su casa, en el cruce de las avenidas Constituyentes y General Paz, gente de la Escuela de Mecánica de la Armada estaba haciendo un control de vehículos. Esta señora, una chusma de barrio, tipo la 'Tota', se acercó cargando la bolsa de las compras hasta dónde estaban los efectivos y les dijo que en su edificio, en Villa Martelli, todos los días se reunía gente rara.
"Como estaba fuera de su zona, los marinos le pasaron el dato al Ejército, y Leonetti (2), que estaba de guardia, recibió el dato y se mandó para allá con su patota, integrada por gente del Colegio Militar. Llegó hasta el grupo de edificios en un Ford Falcón sin patente, al frente de un grupo de tres hombres vestidos de civil que portaban fusiles 'Para', que son como los FAL (3) pero con la culata rebatible. Lo de 'Para' viene porque eran los que usaban en ese tiempo los paracaidistas. Buscaron al portero, que los guió hasta la entrada del departamento (4). Y tocaron el timbre sin saber quiénes estaban del otro lado (5).
"Liliana Delfino, que era la mujer de Santucho, abrió confiada la puerta como si estuviera esperando la llegada de algún conocido. Apenas vio a los de la patota se dio cuenta de cómo venía la mano y se puso a gritar: '¡Los milicos!, ¡Son los milicos!' Le pegó un empujón a la puerta como para volver a cerrarla. Pero Leonetti ya había puesto un pie adentro, y la hoja rebotó en el borceguí que tenía apoyado en el marco de la entrada. El portero se escabulló buscando refugio en el codo de la escalera, en el interior del departamento las mujeres gritaban que había que llevar a los niños a la bañadera, mientras que los hombres no atinaron a tomar sus armas. La patota aprovechó el factor sorpresa para ingresar en la casa y reducirlos a todos.
"Según comentaron en 'El Campito' los que estaban en los grupos de tareas, a Santucho no le gustaba llevar armas. Era un especialista del pensamiento, de la concentración; por eso se había entrenado en las artes marciales.
"Ese día en el departamento de Villa Martelli parece que no lo reconocieron; él se había cambiado el aspecto. Lo acomodaron junto a los demás, con las manos apoyadas en la pared y abiertos de piernas, para palparlos de armas. Leonetti se puso la pistola en la cintura para revisar a los guerrilleros. Santucho esperó a que llegara hasta él y cuando Leonetti estaba a punto de revisarlo se dio vuelta, con una toma rápida lo agarró del cuello, le sacó la pistola y le disparó al cuerpo. Los de la patota, apenas escucharon el primer tiro, empezaron a ametrallarlos a todos. Algunos se tiraron al piso, otro se tiró por la ventana y cayó en una especie de terraza que había en el segundo piso; lo agarraron con las piernas quebradas.
Duro de matar
"Ese día yo estaba de guardia en la radio. Llegaron los autos y vi como de uno de ellos bajaban a tres prisioneros. Después me pidieron ayuda para cargar al que venía en otro de los autos, que estaba herido. Lo llevamos hasta el comedor de la tropa, donde comíamos nosotros. Lo acostamos en una de esas mesas largas de fórmica blanca. Un brazo le quedó colgando, lo tenía como quebrado por una bala. Todavía respiraba.
"Por la radio le pidieron al Hospital de Campo de Mayo que enviaran con urgencia a un médico. Mientras tanto el Gordo Dos, que era el jefe de los interrogadores, con esa pronunciación que cortaba las palabras, como si fuera un intelectual, con tono de locutor, le recitaba a Santucho -sin saber que era él- lo mismo lo que le decía a cada prisionero que llegaba al campo: "Acá perdiste, con que me digas el cien por cien de lo que sabés no me voy a conformar, quiero el ciento diez por ciento de lo que tenés para decir..." Y seguía con el verso del hambre, la tortura, el terror que tenía por delante mientras estuviera prisionero en ese lugar; lo que era verdad.
"Después llegó el médico. Era un tipo grandote, de bigotes y que fumaba en pipa. Ya tenía sus buenos años, creo que era teniente coronel. El Gordo Dos y los otros del grupo de inteligencia que se habían juntado en el comedor le dijeron que necesitaban salvar al herido para poder interrogarlo, que hiciera algo para que no se muriera. Pero él parecía mantenerse ajeno a todo. Chupaba la pipa junto a la ventana mientras miraba como bajaban a los que llegaron muertos del operativo. Chupaba la pipa como si estuviera ido, como si quisiera mantenerse ajeno a todo lo que estaba pasando en ese momento. 'Doctor -le dijo el Gordo Uno-necesitamos que se presente ante el herido'. El tipo giró apenas la cabeza y lo miró a Santucho, que tenía los ojos como dados vuela y apenas respiraba. 'Hay que llevarlo a cirugía', es todo lo que dijo.
"A mí me mandaron a buscar la ambulancia. Cuando llegué al hospital de Campo de Mayo la única que estaba disponible era una Ford nuevita, cero kilómetro. Una donación al Ejército que había hecho no sé quién, y que estrenó Santucho. La llevé a los pedos hasta El Campito donde lo cargamos en una camilla flamante; y volví a los pedos hasta el hospital. "Cuando llegamos me llamó la atención el movimiento de coches y la cantidad de custodios de oficiales que se iban juntando en la puerta del hospital, que no había notado cuando fui a buscar la ambulancia. Se ve que en el ínterin, por los papeles que encontraron en el departamento de Villa Martelli, o por lo que pudieron deducir al identificar a los detenidos en ese operativo, cayeron en la cuenta de que el hombre que yo llevé en la ambulancia y que murió apenas ingresó en el hospital era Santucho, nada menos.
"Yo me quedé al volante de la ambulancia unos quince minutos, esperando a que me dijeran que debía hacer. Mientras tanto el desfile de coroneles que llegaban para comprobar la muerte del jefe del ERP era incesante. 'Parece que es Santucho nomás', decían. 'Lo necesitábamos vivo, ¡qué cagada que esté muerto!', se lamentaban al salir del hospital.
"Cuando el 'pelotón mudanza', que se ocupaba de los botines saqueando las casas de los secuestrados, trajo todo lo que había en el departamento de Villa Martelli, yo me quedé con una copa que había sido de Santucho. Tenía un agujerito que no se podía ver a simple vista, y cuando tomabas algo el líquido pasaba por ese agujerito y te caía todo encima Se ve que al hombre le gustaban los chascos, hacerle bromas a los amigos; medio Don Fulgencio. A esa copa la conservé hasta hace poco, después la tiré.
El museo de la derrota
"En ese operativo, además de Santucho, también murió otro importante jefe del ERP, Benito Urteaga. Y se detuvo a Domingo Menna; a la mujer de Santucho que se llamaba Liliana Delfino, pero que era conocida como 'la alemana'; y a varios más de la cúpula guerrillera.
"A Menna lo torturaron durante meses, y nunca dijo nada. Cómo se la bancó ese hombre yo no lo sé. Lo dejaban con la picana automática mientras los interrogadores se iban a comer, y no una vez, días y días. Al final los del GT terminaron por tenerle respeto. Igual con tiempo lo 'trasladaron' como a todos los demás.
"Cuando Bussi se hizo cargo del Comando ordenó construir en un sector de Campo de Mayo un museo de la subversión. A Bussi le gustaban los museos. Ya había organizado uno en el Primer Cuerpo de Ejército, y otro en Tucumán. Ahí metía libros, panfletos, objetos y armas incautadas a los guerrilleros. También armaba como escenas que mostraban la actividad guerrillera personificadas con maniquíes, vestidos según cada caso.
"Pero en el museo de Campo de Mayo, en vez de un maniquí de Santucho, Bussi puso su verdadero cuerpo en exposición. No sé cómo habrán hecho para conservarlo durante dos años, ni dónde lo mantuvieron escondido todo ese tiempo. Pero lo cierto es que a Santucho lo usaron como maniquí de Santucho. Y Bussi estaba satisfecho, a él le gustaba hacer como que todo lo que hacía era perfecto. Armaron el museo en un lugar chiquito, aprovechando lo que antes había sido la casa del intendente de la guarnición de Campo de Mayo. Y todos los días había un desfile militar que terminaba en la puerta del museo en el que estaba el cuerpo de Santucho, justo donde Bussi había ordenado construir un terraplén en el que él se instalaba para que cada mañana los efectivos le rindan honores.
"Dentro del museo, en un subsuelo, Bussi hizo reproducir una cárcel del pueblo, como las que tenía la guerrilla. El día de la inauguración, Bussi se ocupó personalmente de acomodar en el sótano que estaba oculto por una losa, que se abría mediante un sistema mecánico, todos los objetos que se encontraron en el departamento en le que vivió Santucho. Ropa, cartas, documentación trucha, pelucas y bigotes postizos; y los pasajes de avión que se encontraron en su poder, con los que pensaba salir del país al día siguiente al de su captura. También bajó una silla y sobre ella acomodó el cuerpo de Santucho, vestido con la misma ropa que tenía puesta el día en que lo hirieron de muerte, manchada de sangre; tal como llegó al El Campito.
"En la inauguración del museo no faltó ningún coronel, ningún obsecuente de los jefes del Comando. Todos querían desfilar ante el cadáver de Santucho. Me contaron que algunos oficiales llegaron a cuadrarse frente a él y gritaron: ¡Viva la Patria!
"No sé que hicieron después con los restos de Santucho. Habría que preguntarle al jefe del Estado Mayor. Martín Balza fue quien se ocupó de demoler las instalaciones que con tanto orgullo había construido el general Bussi. Así que él debe saber cuál fue el destino final de su cuerpo."
(1) Mario Roberto Santucho, jefe de PRT-ERP.
(2) Capitán de Ingenieros Juan Carlos Leonetti, integrante de la Zona IV de seguridad y jefe del grupo de tareas que tenía asignado capturar a Mario Roberto Santucho.
(3) FAL: Fusíl de Asalto Liviano, calibre 7,65 mm.
(4) En la calle Venezuela 3149, 4° piso 'B', Villa Martelli. En Seoane, María: Todo o Nada, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1992.
(5) Diversas versiones coinciden en una misma conclusión: el capitán Leonetti no sabía que en esa casa se ocultaba Santucho, y que ese día - el 19 de julio de 1976, a las 14.30- estaría reunido con otro de los más importantes dirigentes nacionales del ERP, Benito Urteaga. De otra manera no se entiende por qué llegó acompañado por una dotación de sólo tres hombres para llevar a cabo el operativo, ni la imprudencia con la que se manejó el jefe del grupo quien ingenuamente golpeó la puerta del departamento en el que estaba alojado el jefe guerrillero. Sin lugar a dudas, de haberse sabido de antemano la importancia del objetivo, la cúpula militar no habría dejado en manos de un oficial subalterno la gloria que para ellos representaba estar entre los protagonistas de la captura del mítico comandante del ERP.
Capítulo XVII. Tres iglesias.
(Informe de situación)
Durante los primeros años del Proceso de Reorganización Nacional convivieron bajo un mismo Cristo tres iglesias bien diferentes; cada una, a su vez, dispuesta a expresar su interpretación de los deseos de Dios.
El siguiente es un registro de hechos y declaraciones de la Iglesia Católica y relacionados con su actuación, que refleja las intensas diferencias que existieron entre sus pastores entre 1976 y 1978.
1976
La Iglesia oficial. "En un momento tan difícil, creemos que nuestra misión es pedir a cada uno el cumplimiento estricto de su deber y a cada uno, también, la máxima comprensión y tolerancia hacia los errores involuntarios del otro.
Hay hechos que son más que un error: son pecado y los condenamos sin matices, sea quien fuere su autor: el arrinconar a otros contra el hambre, para ganar descontroladamente, y el asesinar -con previo secuestro o sin él-, cualquiera sea el bando del asesinado".
Carta Pastoral colectiva. Conferencia Episcopal Argentina. 15 de mayo de 1976.
La Iglesia militar. "...recuerdo que durante mi presencia en la Penitenciaría (Penal de Villa Gorriti, en Jujuy), el obispo de Jujuy, moseñor Medina, ofreció una misa y en el sermón nos dijo que conocía lo que estaba pasando, pero que todo era por el bien de la Patria, que los militares estaban actuando bien y que debíamos comunicar todo lo que sabíamos, para los cual él se ofrecía a recibir confesiones". Testimonio de Ernesto Reynaldo Saman a la Conadep.
La Iglesia oficial. "Parecería que personas constituídas en autoridad civil o militar han perdido la serenidad de discernimiento ecuánime, o de distinguir los matices. De allí proviene una actitud de sospecha frente a la Iglesia y a sus instituciones y hombres, que a veces lleva a discriminaciones en juicio acerca de obispos o sacerdotes, o a la intención proclamada de querer 'purificar' la Iglesia, ayudarla a 'restaurar la disciplina'. Pareciera que se quiere medir la vida de la Iglesia con un criterio castrense, con la consiguiente distorsión.
Hay una sensación de falta de libertad para la acción de la Iglesia: se han estado grabando las predicaciones; se controlan reuniones habituales de instituciones o movimientos de la Iglesia; pareciera haberse vuelto sospechoso hablar de su Doctrina Social; el trabajo en medios pobres es visto con malos ojos por algunos, constituídos en autoridad." Reunión de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina con la Junta Militar. 15 de septiembre de 1976.
La Iglesia del Tercer Mundo. En la noche del 4 de julio de 1976, cinco religiosos de la comunidad palotina de San Patricio fueron asesinados. Un grupo operativo de cuatro o cinco hombres, presumiblemente a cargo del teniente Pernía, los ametralló en el interior de la Parroquia de San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano. Los cuerpos de los sacerdotes Alfredo Leaden, de 57 años, delegado provincial de la Orden; Pedro Duffau, de 65 años y Alfredo Kelly, de 40; y de los seminaristas Salvador Barbeito, de 29 y Emilio Barletti, de 25, quedaron tirados sobre la alfombra. Estaban en pijama.
Los asesinos expusieron sus razones en las paredes de la casa parroquial: "Por corromper las mentes vírgenes de la juventud" y con tiza en una de las puertas: "Por nuestros compañeros muertos en Seguridad Federal", en alusión a una bomba que Montoneros había hecho estallar en ese edificio.
La Conferencia Episcopal elevó una nota a la Junta Militar.
La Iglesia militar. "El Ejército valora al hombre como tal porque el Ejército es cristiano." Coronel Juan Bautista Sasiaiñ, jefe de la Policía Federal. 1976.
La Iglesia oficial. "El encuentro con monseñor Pío Laghi se realizó en unos galpones próximos al helipuerto. Estaban presentes, además, el general Domingo Bussi, el teniente coronel Arrechea, otros altos oficiales del Ejército (...) y varios prelados. Fue posiblemente a principios de diciembre de 1976.
(...) Yo desconocía quién era Laghi. Su presencia era imponente: alto, fornido, vestido con sotana y cubierta la cabeza con un sombrero de ala ancha y copa semicilíndrica, no facilitaba precisamente la comunicación...
(...) Laghi me preguntó si estaba bien, si me cuidaban. Se adelantó al grupo, no lo suficiente, me preguntó mi nombre y si mis padres sabían de mi detención y lugar de arresto. (...) Por toda respuesta, monseñor Laghi me abrazó, me regaló un ejemplar de la Biblia y me exhortó a tener 'fe y esperanza'. Y ambos partimos de inmediato: él, con Bussi y su comitiva hacia el helicóptero; yo, con los guardias, para reingresar al recinto de exclusión". Testimonio del ex detenido Juan Martín ante las Naciones Unidas, sobre la visita del Nuncio Apostólico monseñor Pío Laghi al centro clandestino de detención Nueva Baviera, en Tucumán.
La Iglesia del Tercer Mundo. El 18 de julio de 1976, un grupo de hombres armados, que se identificó como de la Policía Federal, secuestró, torturó y asesinó a los sacerdotes de El Chamical, provincia de La Rioja, Gabriel Longueville, de nacionalidad francesa, y Juan de Dios Murias, ambos integrantes de la pastoral de monseñor Enrique Angelleli, obispo de esa provincia. En el funeral de los sacerdotes, tras destacar el compromiso cristiano y sacerdotal de ambos, Angelleli acusó a los asesinos de intentar "silenciar la voz de la Iglesia, la voz de aquellos que no tienen voz".
La Iglesia militar. "Sólo Dios quita y da la vida. Pero Dios está ocupado en algún sitio, y aquí, en la Argentina, somos nosotros quienes nos ocupamos de esa tarea."
Escuchado por Jacobo Timerman de boca del 'capitán Beto', uno de sus interrogadores.(1)
La Iglesia del Tercer Mundo. Monseñor Angelleli era bien conocido por su compromiso con los sectores marginados de su diócesis y la acción pastoral que venía realizando desde su designación en 1968. El 4 de agosto de 1976, Angelleli y el sacerdote Arturo Pino partieron en un vehículo desde El Chamical hasta la capital provincial. Nunca llegaron. En el camino, un accidente provocó la muerte del obispo y la desaparición de una carpeta con información sobre la muerte de los sacerdotes Longueville y Murias, que Angelleli se disponía a presentar ante el Episcopado.
1977
La Iglesia oficial. "Existe una especie de convicción, subyacente en amplios estratos de la población, de que el ejercicio del poder es arbitrario, de que carece de adecuada posibilidad de defensa, de que el ciudadano se encuentra sin recursos frente a una autoridad de tipo omnipotente. No es nuestra intención indicar que tal modo de ejercicio de la autoridad sea imputable a todos y cada uno de los funcionarios del poder político o represivo del Estado; por otra parte, comprendemos muy claramente que las excepcionales circunstancias por las que ha atravesado el país exigían una autoridad firme y un ejercicio severo. Pero todo eso, para ser cristiano, tiene que ir indisolublemente ligado con la virtud de la justicia...
El secuestro de una persona y su detención anónima no es admisible. Por lo mismo, las autoridades deberían dar cuanto antes aviso a los familiares respectivos (...), aún cuando, por razones de seguridad que a veces pueden ser válidas, no se pueda indicar dónde se hallan detenidos". Pro-memoria a la Junta Militar de la Conferencia Episcopal Argentina. 26 de noviembre de 1977.
La Iglesia militar. "En 1977 revistaba como agente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. A fines de ese año o principios de 1978, se me llama al despacho del Comisario General, en presencia del padre Christian Von Wernich, y se me pregunta si con un golpe de yudo yo era capaz de dormir a una persona en el pequeño espacio de la parte trasera de un vehículo. En otra ocasión, se nos explica que se iba a retirar de la brigada de La Plata a tres subversivos 'quebrados'.
En la brigada nos esperaba el padre Von Wernich, quien había bendecido a los subversivos (...) Después del operativo (de asesinato), el padre me dice que lo que habíamos hecho era necesario, que era un acto patriótico y que Dios sabía que era para el bien del país." Testimonio de Julio Alberto Emmed ante la Conadep.
La Iglesia del Tercer Mundo. El 11 de julio de 1977, el obispo de San Nicolás de los Arroyos, monseñor Carlos Ponce de León, falleció como consecuencia de un supuesto accidente automovilístico. El obispo, que venía recibiendo amenazas desde tiempo atrás por sus denuncias frente a la represión, se dirigía a la Capital Federal para presentar ante la Nunciatura Apostólica documentación relativa a la represión ilegal en su diócesis y en Villa Constitución (Santa Fe). Según la Conadep, "esa documentación involucraba al entonces general Guillermo Suárez Mason, al coronel Félix Camblor y más directamente al teniente coronel Manuel Saint Aman, jefe del regimiento con asiento en San Nicolás".
La Iglesia oficial. "Bien sabemos que ha habido desde hace años en nuestro país un accionar de las fuerzas del mal, que se tradujo en todo tipo de atentados contra la vida y la fama de las personas -de los cuales fueron víctima no pocas veces los militares-así como contra la propiedad, todo lo cual hemos condenado particular y colectivamente más de una vez.
"(...) Hoy como siempre y como en toda circunstancia conserva su valor el principio de que el fin no justifica los medios". Carta de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina a la Junta Militar. 17 de marzo de 1977.
La Iglesia militar. "Nosotros, cuando actuamos como poder político, seguimos siendo católicos. Los sacerdotes católicos, cuando actúan como poder espiritual, siguen siendo ciudadanos. Sería pecado de soberbia pretender que unos y otros son infalibles en sus juicios y decisiones. Sin embargo, como todos obramos a partir del amor, que es el sustento de nuestra religión, no tenemos problemas y las relaciones son óptimas, tal como corresponde a cristianos." Almirante Emilio Eduardo Massera. 1977.
La Iglesia del Tercer Mundo. Sor Alice Domon, de 42 años, fue secuestrada en la Iglesia de la Santa Cruz, en la Capital Federal, el 8 de diciembre de 1977. A sor Léonie Renée Duquet, de 62 años, se la llevaron dos días después de una casa en la localidad bonaerense de Ramos Mejía. Ambas religiosas, de origen francés, pertenecían a la congregación Misiones extranjeras de París, con sede en la ciudad francesa de Toulouse. Las religiosas prestaban asistencia a familiares de desaparecidos en distintas parroquias de la provincia de Buenos Aires.
Las monjas fueron torturadas y asesinadas en la Escuela de Mecánica de la Armada, y sus cuerpos arrojados en las aguas del Delta, según revelan testimonios de sobrevivientes que compartieron el cautiverio con ellas. El oficial de la Armada Alfredo Astiz, señalado como responsable del secuestro, tuvo durante un tiempo la misión de infiltrarse bajo falsa identidad en las organizaciones de derechos humanos y familiares de desaparecidos.
La Iglesia militar. "...monseñor Grasselli nos dice que los jóvenes están en un operativo de rehabilitación en 'casas' que se han armado a tal efecto, que son bien tratados. (...) Manifiesta que Videla ha sido el alma caritativa que urdió este plan para no perder las inteligencias... Dice que se trabaja con los jóvenes con psicólogos y sociólogos, que hay cuerpos médicos para la salud y que a los irrecuperables es posible que 'alguien piadoso' le dé una inyección y se duerma para siempre". Denuncia presentada por la desaparición de Carlos Oscar Lorenzo ante la Conadep
La Iglesia del Tercer Mundo. En septiembre de 1977, monseñor Miguel Hesayne, obispo de Viedma, mantuvo una polémica sobre la tortura con el entonces ministro del Interior, general Albano Harguindeguy. Según el prelado, "Harguindeguy admitió la licitud y la legalidad de la tortura, frente a lo cual decliné compartir una cena con él. Cuando discutimos (...) me puso el siguiente ejemplo: 'Suponga que hay un edificio con 200 personas en el que se ha colocado una bomba, del que se ve salir a una. Usted tiene pocos minutos para que ese sujeto le diga dónde la colocó'. Repliqué que el fin no justifica los medios, pero no se lo pude hacer entender, por lo que le dije: 'Si tengo que calificarlo, le pondría un diez en táctica a emplear con robots o tanques, pero lo aplazaría en humanidad y moral cristiana.' Fue entonces cuando el ministro me contestó: 'Entonces nos iremos al infierno para que luego ustedes, libremente, puedan practicar el Evangelio'." Diario Clarín. 3 de agosto de 1985.
La Iglesia militar. "Para Navidad de 1977 (...), alrededor de quince prisioneros fuimos llevados a una misa oficiada en el Casino de Oficiales de la ESMA. (...) Todos estábamos engrillados, esposados con las manos detrás de la espalda y encapuchados. Nos sacaron las capuchas y el capitán Acosta nos dijo que para celebrar la fiesta de la Navidad cristiana habían decidido que pudiéramos oír misa, confesarnos, comulgar los que éramos creyentes; los que no, para que tuviesen tranquilidad espiritual y pensaran que la vida y la paz eran posibles (...) Entretanto, se oían los gritos de los que eran torturados." Testimonio del sobreviviente Lisandro Raúl Cubas.
La Iglesia del Tercer Mundo. Para la misma época, monseñor Miguel Hesayne dirigió un mensaje de Navidad a su diócesis de Río Negro: "Violencia es acrecentar el capital de algunos con el vaciamiento de la canasta familiar o tomar el camino de una economía que nos lleva de un país rico a un pueblo empobrecido y no pocas familias hambrientas y sin techo (...) Es intentar combatir una crisis económica con el criterio de que el mayor sacrificio y peso de la recuperación tengan que sobrellevarlo los más pobres."
1978
La Iglesia oficial. "...sentimos la necesidad, para la tranquilidad del pueblo, de que sea aclarada, lo antes posible, la situación de tantas personas de las que no se tienen noticias.
(...) Por lo demás, no nos encontramos solos en este pedido. Hermanos en la fe, de todo el mundo, nos hacen llegar cada día su dolorosa preocupación por la falta de justicia en todos los procedimientos, y finalmente el Santo Padre, por la autoridad de su misión de pastor universal, nos urge solicitar a Vuestra Excelencia, con el respeto que le debemos (...) una decidida acción para que cada familia argentina que se encuentre en la aludida situación sepa -y ello no sería necesario públicamente, pero sí concretamente- que ha sido de su integrante desaparecido, con claridad y justicia." Carta de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina al general Videla. 14 de marzo de 1978.
La Iglesia militar. "Antes de permitirnos acostar en el suelo, el personal de guardia nos obligaba a rezar en voz alta un Padre Nuestro y un Ave María, a la vez que nos exhortaba a 'dar gracias a Dios porque han vivido un día más' y pedir 'que ese día no fuera el último". Testimonio del sobreviviente Juan Martín.
La Iglesia oficial. "No todos los que se quejan por los derechos humanos tienen razón. Hay muchos que hablan de gusto, o sin tanto fundamento. Que hay casos que haya que contemplar o situaciones que reparar, eso pasa siempre, y pasará mientras caminemos por este mundo".
Monseñor Antonio Plaza, obispo de La Plata. Diario Clarín. 24 de noviembre de 1978.
La Iglesia militar. "Hay una razón teológica que justifica la coincidencia de la Plutocracia y del Comunismo, y es que coinciden en el ateísmo, en la negación de Cristo y su divina Redención".
General Manuel Bayón, 1978 (2)
La Iglesia oficial. "Se señaló que a la Jerarquía de la Iglesia le hubiera sido mucho más fácil tomar una actitud de pública condena constante del gobierno de las Fuerzas Armadas, y que sin embargo no lo ha hecho, no por apoyar al gobierno, sino por el bien de la comunidad, tratando de impedir la entrada en juego de un elemento más de confusión." Reunión de representantes de la Conferencia Episcopal Argentina con representantes de la Junta Militar. 18 de noviembre de 1979.
(1) "Diario 16", Madrid, 20 de diciembre de 1981.
(2) Citado en García, Prudencio: Op. Cit.
Capítulo XVIII. Los inocentes.
(Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
-Usted suele mencionar a ciertos prisioneros como "los inocentes". ¿A quiénes se refiere?
-Presencié interrogatorios a personas a las que no les pudieron sacar el menor dato. Yo he visto morir a un hombre en la "parrilla" sin decir nada, y te aseguro que no hay manera de aguantar el dolor físico de la tortura. Si no dijeron nada es porque nada sabían. Esto pasaba todo el tiempo; se mataba sin necesidad y fue el motivo por el que muchos de nosotros terminamos con problemas psiquiátricos.
-¿Recuerda a alguno de ellos en especial?
-Cada dos días, mientras esperaba en la guardia al jeep que me llevaba hasta el campo, veía a los familiares de los desaparecidos discutiendo con el jefe de servicio. Me acuerdo de una señora que preguntaba por un tal Rey, ese era el apellido del muchacho. Pedía por favor, que era su hijo, que no había hecho nada. "Dígame si lo mataron", gritaba la mujer. Antes de que llegara el jeep escuché cómo esa señora se quebraba: "Si lo mataron le hago una misa, pero, por favor, dígame qué hicieron con él".
Cuando llegué al campo ese día lo encontré ahí a ese chico Rey.
"¿Cuándo lo tomaron?", le pregunté al jefe de guardia. "Hace dos noches. Lo sacaron del trabajo o de la casa, no me acuerdo". Yo lo pregunté después de tomar servicio, cuando vi a ese tal Rey en la lista de los detenidos que habían ingresado durante las dos noches que yo había estado franco. Si mal no recuerdo era maestro primario. No sé si lo sacaron de la calle o de la escuela, dónde lo levantaron no sé. Me acuerdo que era un muchachito delgadito, muy delgadito. Una mañana, cuando le daba de comer a los detenidos, me paré al lado de él y le pregunté cómo se llamaba. Me dijo: "Rey". "¿Por qué estás acá?". "Por averigüación de antecedentes", me dijo el pobrecito. Eso fue a fines del 76 o principios del 77.
-¿Llegó a conocerlo bien?
-Fugazmente. Al principio trataba de ser distante con los prisioneros, hasta el día que trajeron una guitarra en una de esas confiscaciones que te mencioné. Las guitarras eran mi debilidad. Cuando estaba solo en la guardia del pabellón, les aflojaba esa soga que se les ponía en las manos y desataba al guitarrero. Siempre había uno que sabía tocar la viola. Me exponía a un castigo jodido, era un inconsciente. Pero en esas noches cantaban, contaban cuentos, se reían; era una especie de recreación.
-Durante esas noches, ¿los detenidos le preguntaban sobre su situación, qué ocurriría con ellos?
-Me preguntaban si sus parientes habían sido avisados de dónde estaban ellos. Yo les contestaba que eso no lo sabía. Que no tenía acceso a cierta información, que no podía hacer más de lo que hacía. Yo era un ser impotente, muy impotente. Yo era consciente de que lo que estaba haciendo no era bueno ante los ojos de Dios.
-¿Cuánto tiempo permaneció Rey en el campo?
-No me acuerdo. Parece que el tipo no tenía nada que ver con nada. No sé por qué lo llevaron; le habría prestado el auto a alguno que estaba en la joda. No te olvides de que en los interrogatorios, con tal de que pararan la tortura, muchos decían cualquier cosa. A lo mejor a él lo mencionó un amigo, uno que nunca le dijo en qué actividades andaba. Era terrible. Decían cualquier cosa. Muchas veces daban el nombre de cualquiera para que sus compañeros tuvieran tiempo de fugarse. Pensaban que como el que nombraban era inocente no le iba a pasar nada.
-¿Y era así?
-Condenaban a muerte a otros, aunque posiblemente sin saberlo. Así es como se fueron muchos inocentes. Pero aunque hayan sido culpables, tampoco era la forma de eliminarlos. Hay una cosa que dice José Hernández en el Martín Fierro: "Esa no es forma de proceder con un culpable, ni con un inocente. Y si es culpable, menos".
-De esta manera se formaban cadenas de personas sin vínculo alguno con la guerrilla.
-Sí, como en el caso del matrimonio Kennedy. Al hombre lo deben haber agarrado en su oficina, porque llegó de traje y corbata y con maletín. No sé por qué los trajeron, como yo no era interrogador no me enteraba de esas cosas. Pero se trataba de un matrimonio muy cristiano, del culto católico. Traté de que estuvieran lo mejor posible.
-¿Alguna vez se comunicó con los familiares de los prisioneros para ponerlos al tanto de su situación?
-No, nunca.
-Iris Avellaneda (1) dice que sí.
-¿Que me dio el número de teléfono de un familiar?
-No, que algunos de los celadores llamaban a los familiares de los prisioneros para decirles que estaban bien y que hicieran algo para sacarlos.
-Yo nunca lo hice, pero sé de otros que sí lo hacían. De hecho debe ser así porque hay un señor de apellido Erlich que me llama desde Los Angeles, cada diez días. A él lo llamaron y le dijeron: "Su hermana está en Campo de Mayo. Haga algo rápido".
-¿Usted nunca hizo un llamado?
-No. Me deben confundir con otro. No te olvides que los prisioneros estaban tabicados.
Los Barciocco
-¿A quién más recuerda?
-A la familia Barciocco. Los trajeron de El Palomar. Parece que el hijo menor del matrimonio militaba en una formación de perejiles de izquierda. Trajeron al matrimonio y a los dos hijos. Con ellos se siguieron los métodos de rigor: tabicarlos, es decir, encapucharlos, y dividirlos por pabellones, donde eran encadenados.
-¿Habló con ellos?
-Yo conversaba mucho con la señora Barciocco. Siempre hablaba con ella y con el señor. Los tenían en pabellones distintos. Cuando no me veían, yo llevaba al hombre a ver a su señora. Ella tenía dificultad para hablar. Reemplazaba la erre por la jota. Era una mujer muy preparada, sabía muchas cosas. Estaba preocupada porque en la casa había quedado el gato y un Renault 4L flamante estacionado en la vereda. Estaba encapuchada, atada, tirada en una colchoneta roñosa y lo único que le importaba era su casa y saber cómo estaban el marido y los hijos.
-¿Usted les corría la capucha?
-Una vez les saqué la capucha. Fue en un Día del Padre, cuando junté a toda la familia. Me jugué por completo: traje a los chicos y salimos afuera, como quien va al baño. (Llora). Cuando se encontraron se abrazaron todos juntos, se besaban y acariciaban. ¡El hombre me besó los pies! Te lo juro. "¡No, señor, no haga eso, no me humille ante Dios! Yo no soy nadie, soy una pobre basura que no puede hacer más que esto". (Llora). Yo hablaba mucho con la señora, iba y hablaba con ella. Era muy familiar, me contaba del chico que iba a la facultad, del que estaba haciendo la preparatoria. Yo antes volaba alto, cosa de pendejo, mi sueño también era algún día entrar a la facultad. Entonces le preguntaba cómo había que hacer y ella me explicaba todos los pasos del ingreso. Me trataba de vos, como si yo fuera un chico más. Hasta último momento estuvo preocupada por su casa. "Allá quedó un gatito", me decía.
-¿Qué pasó con ellos?
-...Volaron
-¿Estuvo presente el día que se llevaron a la señora de Barciocco?
-Sí. Fue una mañana en la que se "cargaron" a un montón de gente.
-¿Pudo hablar con ella antes de que se la llevaran?
-...
-¿Por qué fue secuestrada la familia Barciocco?
-Ellos eran totalmente inocentes. Ella, el esposo y el hijo también. Un chico que andaba en la Juventud Guevarista, creo.
-¿Por eso los mataron a todos?
-Sorprendieron a la familia reunida para la cena y se los trajeron a todos por las dudas; así llegaron al campo.
-¿Los embarcaron en el mismo vuelo?
-Los llevaron a todos juntos. Yo estaba presente cuando se fueron.
-¿Usted se encargó de trasladarlos a la pista desde los pabellones?
-No. En ese entonces yo ya no estaba a cargo de los prisioneros; me ocupaba de la radio. Había un soldado conductor que también cuidaba los perros.
-¿Vio cuando se los llevaban?
-Me quedé con la radio, los vi subir al camión y vi cómo se alejaban rumbo a la base, por el costadito del campo. Reconocí a cada uno de ellos pese a la capucha.
-¿Se despidió de ellos?
-No me despedí.
-¿Por qué?
-Me despedí interiormente. No, no se puede. ¿Cómo me voy a despedir?
-¿No cree que debió advertirles sobre su destino, para que pudieran prepararse? Usted se dice cristiano.
-Yo hablaba de eso. Tocaba los temas de Dios. Los domingos, cuando me tocaba franco, iba a misa en San Miguel, pero no entraba en la iglesia. Me quedaba sentado en uno de los bancos de la plaza de enfrente. Me quedaba sentado llorando. (Llora).
(1) Ver Capítulo 14: Floreal Avellaneda
Capítulo XIX. Fuera de control.
(Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
Interrogadores furtivos
"Por las noches, mientras cubría mi turno, cerca de la madrugada, se aparecían grupos de interrogadores furtivos que, sin mostrar ningún permiso escrito, llegaban hasta el interior del campo y disponían lo que se debía hacer a su antojo. Al día siguiente, cuando los Grupos de Tareas de Inteligencia se enteraban de la incursión se ponían furiosos y armaban unos quilombos bárbaros, porque sabían que venían a robarles información.
"Esa gente llegaba a la medianoche, cuando los interrogadores ya no estaban. Se presentaban en la guardia como personal en operaciones del Ejército y entraban al campo con la autorización del oficial de servicio, al que presionaban a los gritos, de otra manera no podían llegar hasta la puerta de los pabellones. Pedían tres o cuatro prisioneros, por su nombre y organización. Se los dábamos y ellos los interrogaban ahí mismo, en el patio. Una vez que obtenían los datos que buscaban desaparecían como habían llegado.
"Al otro día se armaban unos despelotes tremendos. Cagaban a pedos a todo el mundo porque el acceso de interrogadores de afuera estaba absolutamente prohibido, salvo que tuvieran la autorización del coronel Verplaetsen o del general Riveros. Los tipos venían a juntar datos para ellos. Llegaba un coronel, lo apuraba al teniente de turno y le decía: "Quiero a este detenido". Al pobre oficialito no le quedaba más remedio que cuadrarse y hacer lo que le ordenaban.
"Los furtivos buscaban información que podían llegar a tener ciertos detenidos del campo sobre determinado tema, para anticiparse a los otros interrogadores y ganarles de mano en 'hacer' los blancos. Había mucho celo entre ellos, mucha competencia. Al principio se trataba de información sobre los jefes y bases de la guerrilla, después lo único que les interesaba era la plata, donde estaba la guita de los subversivos.
"Nunca se trabajó en conjunto, ni entre las distintas armas ni aún dentro de la propia fuerza. 'Hacer' un blanco antes que los otros significaba sumar mérito ante los jefes y llevarse el botín. Los que llegaban durante las madrugadas al campo Comando de Institutos podía ser gente del Primer Cuerpo de Ejército, de Rosario, de Córdoba. Esto pasaba vuelta a vuelta.
"A veces los interrogadores de 'El Campito' detectaban un blanco y cuando llegaban se encontraban con que ya estaba 'hecho', que ya lo habían levantado estos interrogadores furtivos. Entre ellos se tenían mucha bronca. No vayas a invadir una zona ajena. A mí una vez me metieron preso los de la Escuela de Mecánica de la Armada porque creyeron que estaba operando en su territorio.
"Resulta que yo iba por la General Paz y llegué hasta un control de rutas a cargo de la Marina, porque esa era su jurisdicción. Les digo que yo era de Inteligencia en Campo de Mayo. Los tipos pensaron que estaba haciendo espionaje, que los estaba controlando y tratando de sacar datos para levantar un blanco de ellos. Me desarmaron, me esposaron y me devolvieron así al Comando, detenido.
"En otra oportunidad, una delegación de un Liceo Militar andaba paseando por Campo de Mayo. Todos armados. En esa época, hasta el cadete de 15 años andaba armado, nunca se sabía de dónde podía venir el bombazo. Me acuerdo que llegaron en un micro. La policía militar los tomó detenidos, los desarmó y los incomunicó a todos: cadetes, suboficiales, oficiales. Estaba prohibidísimo circular por la zona cercana al campo; era terrible. Los devolvieron a su destino, desarmados.
"Por eso te digo: ¿qué cosas habría en juego? Eran de la misma fuerza, estaban todos en la misma, el criterio era el mismo. No sé por qué se sufría tanto, por qué tanto celo. Nadie confiaba en nadie. Ya no se sabía si se buscaba el mérito o el botín; yo pienso que era por el botín. Acá se ha delinquido mucho.
"Era un ambiente muy sucio, lo más sucio que podía haber. Ahora, ¿cómo se enteraban de que en el campo estaban ciertos detenidos que podían tener la información que ellos buscaban? No lo sé. Un soplón siempre hay.
Destino de sobremesa
"Había muchas cosas que se definían en una sobremesa prolongada, con abundante alcohol, truco y vino. El alcohol hacía estragos en los Grupos de Tareas, que en ese estado decidían algunos operativos. "Vamos, lo reventamos, dale. Ahora". Y salían en banda. Impulsados por el alcohol, sin razonar. Tenían impunidad total. Así se jugaba con la vida de la gente. Eran operativos que hacían por su cuenta, sin organización, sin nada.
"Las víctimas a veces eran sus propios camaradas. Yo conozco el caso de un suboficial principal. Dijeron que le vendía municiones al enemigo. Pero andá a saber si era cierto. En una de esas lo liquidaron porque alguno se la tenía jurada. Capaz que era un vecino al que alguien de la patota o de los interrogadores le tenía bronca. Ya no eran guerrilleros, no eran comunistas, no eran los Panteras negras. Terribles las cosas que hace el diablo. Por eso yo digo que la situación se les escapó de las manos a los jefes. Perdieron el control.
"Una tarde, ya casi de noche, cuando ya no estaba en los pabellones y me habían asignado la atención de la radio, el teléfono, hacer el parte diario y conducir los vehículos, recibí un extraño llamado telefónico. Del otro lado me dijeron que hablaban desde la Quinta Presidencial de Olivos. Me pasaron con otro que se presentó como el asistente del teniente general Jorge Rafael Videla, que me preguntó por un detenido, un diputado con un apellido muy cortito que, según creo, estuvo en el campo.
"La orden era: 'No, no y no. No sabe, no tiene conocimiento. Desconoce'. Esa era la consigna para responder a cualquiera que no fuera del campo. Por más que fuera del Comandante en Jefe. En el Ejército se responde a la orden del superior inmediato; los demás son de palo. Y como la orden era desconocer todo, yo la cumplí. Se ve que Videla, que además de Comandante en Jefe era el presidente de la Nación, había perdido por completo el control de la cosa.
Impunidad esquiva para un cabo
"La impunidad era tal que una vez intenté operar por mi cuenta. Quería tener un auto, y caí en cana.
"Todos andaban en auto, menos nosotros; entonces, con Pantera, un compañero, decidimos ir a buscarnos uno. Pantera, flor de pibe. Ahora está enfermo, más enfermo que yo. No sabía manejar el Pantera: '¿Para qué querés un auto si no sabés manejar?', le preguntaba yo. 'Y bueno, si lo tengo aprendo', me decía él. Cuando lo tuvo se estrelló.
Nos jugamos a repetir lo mismo que hacíamos con los de la patota, lo mismo que yo hacía cuando me lo pedían. Claro que ellos tenían la ventaja de trabajar en zona libre, con permiso de las jurisdicciones militares y la policía de cada lugar, y eso les facilitaba el trabajo.
"La cosa es que salimos por la nuestra. Nos dijimos: 'Vamos y nos hacemos de un auto'. Y ahí salimos. Buscamos un garage por la zona de Flores, que conocíamos bien. Como de pendejo trabajé en playas de estacionamiento, donde me robaron más de un auto, ya conocía el procedimiento, la picardía de los chorros. Entonces esperé a que el sereno se fuera para el fondo para mandarme a un auto que ya tenía elegido. Las llaves estaban puestas; te das cuenta porque son los autos que llegan últimos y todavía los están moviendo. Corren uno, otro, y así se va haciendo el lugar.
"Cuando el sereno enfiló hacia adentro para acomodar otro auto, dije: 'Vamos que es ahora, Pantera'. Elegimos ese garage porque tenía muchos autos, autos lindos, y un solo sereno. 'Hicimos' el coche sin ningún problema y apenas dimos la vuelta a la esquina, ¿podés creer?, había como cincuenta patrulleros que nos estaban esperando. ¡Uy, Dio!
Nos llevaron presos. Se ve que alguien llamó en forma anónima, algún vecino que nos vio rondar. La cosa es que cuando salimos con el auto afanado del garage, un grupo de la policía ya nos había cerrado el camino por adelante y otro salió atrás nuestro para cortarnos la retirada. Cuando nos encontraron las armas, porque nosotros llevábamos pistolas, casi nos matan.
"Seguramente hicimos mucha bandera. Dábamos vueltas y vueltas esperando el momento oportuno. Ya eran como las dos de la mañana y no nos decidíamos. Recién cuando ví que el sereno se fue para el fondo, me dije: 'Papita para el loro'.
"Pasamos la noche en la comisaría hasta que aclaramos todo. A los canas les dijimos que éramos de Inteligencia del Ejército, del Comando de Institutos. El poli que estaba a cargo llamó y por suerte justo esa noche en el puesto de radio había un amigo nuestro, uno que sabía que habíamos salido de 'travesura'. 'Si llegan a llamar, deciles que sí', le habíamos avisado nosotros el día anterior. Menos mal que atendió él y no un jefe de servicio. Capaz que el jefe les decía 'Háganlos boleta, por pelotudos'. Pero no: 'Sí, afirmativo. Son de acá, personal de Inteligencia en operaciones', les dijo nuestro compañero.
"Después de la confirmación nos estábamos yendo de la comisaría. Estrechamos las manos, nos devolvieron las pistolas. 'Pero el auto no se lo llevan, cualquier cosa nosotros decimos que ustedes se dieron a la fuga y listo', propuso como arreglo el oficial de guardia. Claro, se armó mucho quilombo en el barrio y todos se enteraron de que nos habían agarrado.
"Justo que nos íbamos, en ese mismo momento, entró en la seccional una patrulla del Ejército que en esa época hacía operativos conjuntos con la policía en el control de calles y avenidas. El cabo de la Federal que estaba de guardia en la puerta, para hacerse el simpático, le comentó lo que había pasado al teniente que estaba a cargo. 'A ver, que me presenten a esos dos', ordenó el tipo. Y otra vez adentro. Los tendría que haber matado a esos canas buchones.
"Nos mandó detenidos a la policía militar, en Palermo. Cada uno en un calabozo. El comandante de entoncer era el general Suarez Mason, uno muy bravo. 'A ustedes los mandamos a Bahía Blanca; ya está todo arreglado. El avión los está esperando', nos dijeron. Nosotros imaginábamos lo peor. Yo era cabo y no sabía mucho. El negro era cabo primero y, pobre, estaba más asustado que yo.
"Siempre fui muy sangre fría; de chico siempre me animé a las cosas, hasta me extralimité de chico. Y de grande pasé la rayita de lo posible si no había más remedio. Ahora de viejo no, ya no, me cuido. 'No te calentés, Pantera', le decía al negro. 'Cuando se enteren en el campo que estamos detenidos en Palermo nos vienen a buscar'.
"Pero en el campo ni se enteraron. Como no aparecíamos, habían empezado a trasladarlo, con detenidos y todo. Pensaron que nos había secuestrado la guerrilla, que íbamos a hablar y contarles todo, que iban a atacar el lugar. Se armó un gran quilombo.
"Después, Verplaetsen nos hizo ir a su despacho y nos recagó a pedos. Zafamos porque en esos momentos los jefes estaban medio metidos en quilombos más importantes y jodidos, que sino andá a saber.
"Igual, ¿qué me podían decir, si cuando ellos precisaban un auto para un operativo era yo el que salía a 'hacerlo'? De la misma manera, sin fierros. Si quería lo hacía con fierro, pero por mi propia experiencia, al haber trabajado en los estacionamientos, sabía en qué momento se descuidaba el sereno y cuándo llevarme un coche sin hacer tanto batifondo.
"Justo me agarraron cuando el auto era para mí. Hay que tener mala leche, ¿no? Pero se lo agradezco a Dios, siempre digo que Dios me protegió. Si Dios me hubiera abandonado, yo no estoy más; de esta insignificante vida ya no se hablaría.
Capítulo XX. El poder real de la guerrilla.
(Informe de situación)
Las permanentes sospechas de corrupción de las que fue objeto, la ausencia de un plan económico concreto por parte del Ejecutivo, y la evidente impotencia política que caracterizó el gobierno de Isabel Martínez -convertida en presidente con la muerte de Juan Domingo Perón en julio de 1974- formó parte de los argumentos indiscutibles en los que se apoyó la Junta de Comandantes para lograr consenso entre la población a la hora de justificar el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Sin embargo los jefes castrenses sólo aprovecharon el oportuno desquicio en el que se había convertido la gestión de la presidente que gobernaba bajo el alias de Isabel, para poner en marcha los verdaderos objetivos que impulsaron la cruenta intervención militar: aniquilar a lo que denominaron "amenaza subversiva". Anular de raíz todas las actividades de la militancia revolucionaria que, según las repetidas advertencias del entonces teniente general Jorge Rafael Videla, había puesto a la Nación "al borde de su disolución".
Ante semejante pronóstico, agitado decenas de veces con apenas pequeñas variantes por la mayoría de los jefes militares, tanto en los meses previos al golpe de Estado como después, durante la dictadura militar, resulta necesario analizar la verdadera magnitud de las fuerzas guerrilleras en ese momento. Determinar si, efectivamente, las organizaciones revolucionarias habían alcanzado el grado de desarrollo militar necesario como para apoderarse del control del país; tal como lo habían advertido las Fuerzas Armadas. Cuál era la composición de sus filas, el porcentaje de combatientes con los que contaban y su real poder de fuego.
El engendro del misterio
La investigación dispuesta sobre este tema reveló, en principio, la ausencia de datos oficiales certeros sobre las dotaciones armadas con las que contaban las organizaciones guerrilleras. Esto dio lugar a que fueran muchas y muy diversas las cifras extraoficiales que se recabaron respecto a la cantidad de combatientes armados con los que contaban el ERP y los Montoneros, las dos organizaciones político-guerrilleras de mayor envergadura en la década del 70.
Una de las dificultades para llegar a determinar el número aproximado de combatientes con los que contaba la guerrilla se debe, en principio, al carácter clandestino de estas organizaciones, y el secreto con el que manejaban su estructura interna. De este modo no resulta sencillo diferenciar cuántos de sus integrantes eran combatientes sobre el conjunto de sus militantes políticos, colaboradores y simpatizantes. Ocurre que tanto en el ERP como en Montoneros existían diversos grados de compromiso con las organizaciones, que iban desde los simples adherentes hasta militantes de tiempo completo, pasando por las ramas militares de las organizaciones.
Por otra parte, según el especialista español en temas militares, Prudencio García (1), también se debe distinguir entre "dos cifras muy diferentes: el número total de hombres y mujeres que llegaron a empuñar las armas en una organización a lo largo de varios años (en este caso una década entera: 1970-1980) y el número máximo de tales elementos existentes en un momento dado, incluso en su momento de máxima potencia, cifra que incluso puede llegar a ser menos de la mitad que la anterior".
Esta variable está relacionada con los cambios que sufre un contingente armado a lo largo del tiempo, como consecuencia de su especial condición. "En efecto -dice Prudencio García-, cierto número de sus miembros son capturados; otros resultan muertos; otros son relevados de la lucha armada; otros incluso abandonan la militancia y desertan. De esta forma, una organización que llegó a contar en su mejor momento, por ejemplo, con 500 miembros armados, a través de los años puede ir acumulando mediante sucesivas bajas e incorporaciones, 600, 700, 800 y, al cabo de una década, tal vez incluso 1000 o 1200 miembros que, en uno u otro momento llegaron a empuñar las armas. Y ello sin haber superado nunca esos 500 combatientes como cifra máxima en su momento de mayor capacidad".
Peter Waldmann, en su ensayo "Anomia y violencia" (2), asegura que, según fuentes militares argentinas, "...en 1975, el ERP contaba con 3000 combatientes armados; los Montoneros, en cambio, sólo contaban con 1000". Waldmann estimó, en el mismo trabajo, que cada una de las organizaciones llegó a tener entre 3000 y 4000 integrantes en su momento de máximo desarrollo. Aunque luego advierte que "la estimación no es para nada ajustada". En algo tiene razón.
El autor incurrió en un par de errores. Por un lado, no hace falta acceder a los archivos de los servicios de Inteligencia militares ni a los documentos secretos de la propia guerrilla para saber que los Montoneros siempre superaron al ERP en cuanto a cantidad de integrantes. Es posible que Waldmann se haya manejado con datos iniciales, de la época en que Montoneros era primordialmente político, mientras que el ERP siempre fue netamente militar-.
Por el otro, Waldmann evita en su trabajo diferenciar claramente qué porcentaje del número total estimado de militantes formaba parte de las secciones militares guerrilleras, justo lo que falta revelar. De todos modos, la mención de este estudio resulta útil -pese a sus errores- para conocer las estadísticas que manejaban las Fuerzas Armadas argentinas. Así, según ellos, entre simpatizantes, colaboradores, militantes y combatientes, la guerrilla sumaba un total de 7000 u 8000 efectivos.
En otras palabras, la importancia del dato se debe, en principio, a su ausencia. Los jefes militares eludieron en todo momento cuantificar las fuerzas del "enemigo subversivo". No se trataba de una información menor, incluso su difusión -de ser cierta la magnitud que le asignaban- hubiera resultado de mucha utilidad en su permanente campaña dirigida a incrementar el temor en la opinión pública.
Sin embargo son contadas las declaraciones en ese sentido que se pudieron encontrar en los archivos periodísticos. La pregunta es: ¿a qué se debe la ausencia de datos sobre la real envergadura de las organizaciones guerrilleras? ¿Por qué todas las declaraciones de los jerarcas militares no superan las repetidas metáforas? Seguramente no se les escapaba que con sólo mencionar la cantidad de jóvenes volcados a la guerrilla, si la cifra era acorde a la peligrosidad que ellos le atribuían, hubiera sido suficiente para ponerle la piel de gallina a los sectores de la sociedad que buscaban impresionar. Pero aparentemente la realidad era otra.
Detrás de esta búsqueda, Daniel Frontalini y María Cristina Caiati (3) llevaron a cabo una de las más completas y serias investigaciones sobre el tema. Está basada en una recopilación de material de inteligencia elaborado por las Fuerzas Armadas, datos procedentes de organizaciones guerrilleras, y otros documentos incautados a sus militantes que fueron a parar a manos militares. Este material fue difundido en 1977 durante una conferencia de prensa convocada por el entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto E. Viola. Entre los expositores se encontraban los jefes de Inteligencia y de Operaciones del Estado Mayor, generales de brigada Carlos Martínez y Luciano Jáuregui. (4)
La investigación también recoge las declaraciones de los generales Juan Bautista Sassain ("La Opinión" del 10 de septiembre de 1977 y "Clarín" del 11 de septiembre del mismo año) y de Ramón Camps ("La Prensa" del 4 de enero de 1981), entre otros datos.
El estudio sitúa la cuantificación de la guerrilla en su momento de mayor apogeo, y diferencia a los combatientes (rama militar) del resto de los integrantes de las organizaciones. Así, a partir del análisis de los documentos, los autores llegaron a la siguiente conclusión: "En el momento de su mayor apogeo (1975), el total de militantes que integraban Montoneros y el ERP, no llegó a sumar más de 2000 personas, de los cuales sólo el 20% (unos 400) estaban armados".
Sin embargo, para Prudencio García los números son otros. Según su propia indagación y análisis, llegó a estimar que en el período de máximo desarrollo de la guerrilla argentina, durante la primera mitad de 1975, "...el ERP contaba entre 400 y 500 hombres armados, y entre 600 y 800 los Montoneros, totalizando en su conjunto una cifra máxima situada entre 1000 y 1300 miembros armados permanentes."
Si se toma en cuenta esta cifra, se entiende por qué las Fuerzas Armadas conservaban el secreto. El poder de fuego de todas las organizaciones guerrilleras sumaba cuanto mucho, en 1975, 1200 hombres armados en todo el país.
Relación de fuerzas
La aparición de la guerrilla rural en el monte tucumano fue motivo de alarma nacional. En 1974, el propio jefe del ERP, Mario Roberto Santucho, se ocupó personalmente de entrenar a quienes luego formarían parte de la Compañía de Monte "Ramón Rosa Jiménez", al mando de Hugo Irurzun, un histórico de la organización.
El grupo inicial estaba integrado por cuarenta hombres (5) y, según documentos internos de la organización, el ERP jamás llegó a tener en el monte a más de noventa efectivos, de los cuales diez eran mujeres.(6)
El 9 de febrero de 1975, el Ejército argentino inició el "Operativo Independencia", al que se destinaron "...un total aproximado de 5000 hombres, con una fuerza de tareas nucleada en torno a la V Brigada de Infantería de Monte. Estaba integrada por los regimientos 19 de Infantería (Tucumán); 28 de Infantería de Monte (Tartagal, Salta); 20 de Infantería de Montaña (Jujuy); el Grupo de Artillería de Montaña 5; las compañías de Comando de Ingenieros, de Comunicaciones, de Sanidad, pertenecientes a la V Brigada; tres escuadrones de Gendarmería; tres compañías de la Policía Federal y fuerzas militares provinciales" (7). Cinco mil efectivos en total.
El enemigo no llegaba al centenar. Todos los datos coinciden en señalar que la cifra máxima de guerrilleros concentrados en Tucumán llegó a sumar 117 combatientes armados. Fue a raiz de dos operativos de envergadura que se llevaron a cabo en las localidades de Famaillá y Los Sosa.
Una vez que los refuerzos regresaron a su destino original, en el monte tucumano quedó una dotación guerrillera permanente compuesta por unos 50 efectivos, que recién a fines de 1975 comenzó a reducirse debido al accionar represivo de las fuerzas militares enviadas a esa provincia por el gobierno constitucional de la presidente María Estela Martínez de Perón. Los efectivos legales tardaron un año en terminar con el foco guerrillero en Tucumán.
Se calcula que los cinco mil efectivos a cargo de eliminar a 100 guerrilleros mataron a unas dos mil personas en esa provincia por sus supuestos vínculos con los insurgentes.
La caída
En el segundo semestre de 1975, las organizaciones Montoneros y ERP ya habían sido declaradas ilegales por el gobierno de Isabel Martínez. Una exultante pasión militarista se había apoderado de los comandantes guerrilleros que festejaron como un triunfo el pase a la clandestinidad. Ese año, tan sólo los Montoneros, consumaron más de quinientas acciones militares en todo el país, algunas de importancia. Pero también en ese año comenzaría el tiempo de la derrota.
El 5 de octubre de 1975 Montoneros atacó el Regimiento de Infantería 29, en la provincia de Formosa. En la operación participaron más de cincuenta guerrilleros, en su mayoría vestidos con el uniforme de combate azul que había diseñado la organización. Para llevar a cabo la ofensiva, se robaron más de 20 vehículos y secuestraron un Boeing 739 de Aerolíneas Argentinas en pleno vuelo. Durante el asalto se produjo un intenso enfrentamiento, con un saldo de 13 muertos y 19 heridos en las filas del Ejército y un número similar o mayor de bajas, nunca confirmado, en el grupo guerrillero.
La destrucción del aparato militar del ERP, mientras tanto, se produjo a raíz del frustrado copamiento del Batallón de Arsenales 601, en la localidad bonaerense de Monte Chingolo. El operativo ya había sido advertido por los servicios de Inteligencia, y el Ejército se preparó para recibir el ataque. El 23 de diciembre de 1975, minutos antes de las 20, se inició la mayor operación guerrillera urbana contra un objetivo militar, aunque en realidad se trató de la mayor operación militar urbana contra las fuerzas insurgentes, que sufrieron más de 50 bajas en un solo día.
A la deserción de centenares de militantes de base y políticos que desarrollaban actividades sindicales y que no compartían la determinación de los comandantes insurgentes de combatir contra las Fuerzas Armadas "de ejército a ejército", se sumaron las numerosas detenciones de sus miembros, a las que se sumaban las bajas producidas en diversos enfrentamientos. A fines de 1975, las organizaciones guerrilleras ya no eran las mismas que habían comenzado el año.
Cuando se produjo el golpe de marzo de 1976, tanto el ERP como los Montoneros se habían retirado de los barrios y fábricas, e interrumpido buena parte de su comunicación con las bases, lo que les significó perder una vital infraestructura para llevar adelante su funcionamiento clandestino. Dependían del aparato propio, y del dinero necesario para financiarlo.
A esto se sumaron las numerosas bajas entre sus cuadros militares, lo que redujo notablemente su capacidad ofensiva. La guerra contra las Fuerzas Armadas que se proponían ganar estaba a punto de culminar con su derrota aun antes de comenzar.
La conducción de Montoneros, ante la gravedad de la situación, elaboró un Código Penal de Justicia Revolucionario que castigaba la deserción de su filas con la pena de muerte. Un intento desesperado para frenar la constante fuga de militantes en sus filas. También lanzó lo denominaron "La Tercera Campaña Militar Nacional Montonera", cuyo objetivo principal consistía en eliminar físicamente a cualquier miembro de las fuerzas de seguridad que fuera detectado, donde fuera detectado. Necesitaban triunfos fáciles, militarizar a todos sus cuadros mediante el asesinato. Pobre guerra revolucionaria.
En marzo de 1976, el ERP y Montoneros tenían su estructura militar prácticamente reducida a la mitad de lo que habían logrado consolidar un año atrás. En otras palabras, en el territorio argentino no había más de 600 guerrilleros armados; el resto pertenecía a las ramas política, logística y otras igualmente ajenas a las operaciones de combate.
Ya en enero de 1976, el propio general Videla, en ese entonces Comandante en Jefe del Ejército, elaboró un informe referido a las organizaciones insurgentes en general, el que se originó tras el frustrado copamiento del Batallón de Monte Chingolo por parte del ERP. En ese documento, después de afirmar que las organizaciones guerrilleras se encontraban ante una "impotencia absoluta" en cuanto a su "presunto poder militar", señalaba que se había demostrado repetidamente "la incapacidad de los grupos subversivos para trascender en el plano militar". (8)
Sin embargo, en los últimos meses del gobierno militar, en abril de 1983, bajo la presidencia del general Reynaldo Bignone, la junta de Comandantes elaboró un "Documento final", con el que pretendía dar por cerrada toda revisión del pasado y que, entre otras cosas, afirmaba que los subversivos habían contado con 25.000 militantes, de los cuales 15.000 habían sido combatientes.
Una exageración absurda que contradecía los datos aportados por los propios militares, pero políticamente oportuna.
(1) García, Prudencio: "El drama de la autonomía militar", Alianza Editorial, Madrid, 1995.
(2) Trabajo incluido en el libro "Argentina hoy", compilación a cargo de Alain Rouquié, Siglo XXI Editores, México, 1982. Pág. 210.
(3) Frontalini, Daniel y María Cristina Caiati: "El mito de la guerra sucia", Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Buenos Aires, 1984. Pág. 72
(4) El diario "La Opinión", en ese entonces intervenido por el gobierno de facto, la reproduce textualmente en su edición del 21 de abril de 1977.
(5) Mattini, Luis: "PRT-ERP", Ediciones De la Campana, Buenos Aires. Pág. 289.
(6) Seoane, María: "Todo o nada", Editorial Planeta, Buenos Aires, 1992. Pág. 264.
(7) "El terrorismo en la Argentina", editado por el Poder Ejecutivo Nacional, Buenos Aires, noviembre de 1979. Págs, 117 y 118.
(8) Diario "Clarín", Buenos Aires, 31 de enero de 1976.
Capítulo XXI. La Patria exterminada.
(Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
La noche de la pileta
"Fue al poco tiempo de mi llegada al campo. Hasta esa noche, se podría decir que todavía era un 'tiernito'. Después ya no.
"En el campo había una pileta de natación cuadrada; más bien rectangular, con el agua que llegaba hasta el borde, un poco más arriba del ras del suelo porque sobresalían unas parecitas de cemento. Ahí los fueron ahogando. Nunca me voy a olvidar de ese cuadro: hombres y mujeres arrodillados contra el borde de la pileta, con las manos atadas a la espalda y la cabezas sumergidas en el agua. Quedaron uno al lado del otro, muertos. Doce personas fueron. Doce en una noche. Nunca ví asesinar a tanta gente junta. Fue una cosa horrible. ¿Soy yo un psicópata?
"Nadie me lo cree. Un tipo normal no me lo puede creer. Fue después de Lucas, a los quince días de estar en el campo.
Enfrentamientos simulados
"Como vos sos periodista, te quiero contar un episodio donde algunos periodistas se prestaron al gran circo con el que se ocultaba lo que pasaba; como escuché decir alguna vez, una 'orgía de sangre'.
"Muchos de los enfrentamientos que salían publicados en los diarios eran simulados. Yo fui testigo de uno de ellos. Creo que fue por Bella Vista, cerca de Campo de Mayo. La cosa fue así: como mi especialidad era la de talabartero, un día de dieron cinco pistoleras de cuero para arreglar. Eran pistoleras viejas. Me las trajeron para que les hiciera algunas costuras, para que las lustrara un poco.
"Después me mandaron al pabellón a buscar a un grupito de colaboradores Montoneros. Yo todavía no unía una cosa con la otra. Me dijeron: 'Petete, que se den un baño antes de venirse para acá', al edificio principal. Yo, contento. 'Se van en libertad, por lo menos les dan un premio', pensé. Entre ellos estaba 'la Gorda'.
" 'La Gorda' era una detenida enfermera de profesión que, como ya te conté, atendió al chico Avellaneda cuando lo mordió el perro. "Escondía su propia ración de comida para dársela a él. También atendía a los detenidos junto con la médica. No me acuerdo el nombre de la enfermera; era más bien gordita, pálida, de pelo negro.
"Entonces fui y busqué al grupo y a los otros dos flacos que me indicaron. Se bañaron, se afeitaron, se pusieron ropa limpia, nueva. 'Libertad, libertad', se imaginaban ellos. Que se iban, creían. Pero estábamos en el año 1976.
"Al otro día leí en los diarios que llegaban al campo la noticia del enfrentamiento. Cuando me puse a mirar la foto, vi que junto a los guerrilleros muertos, a los que no se les veían las caras, estaban las pistoleras que yo había arreglado el día anterior. Del campo se los llevaron vivos, después fraguaron el enfrentamiento y los mataron en el lugar de los hechos. Les habrán tirado las pistoleras con un par de armas, si es que no se las pusieron encima antes de simular el combate. Nadie iba a sospechar nada. Si ellos eran guerrilleros o no, yo no lo sé. Pero así salió en los diarios.
"A los supuestos subversivos se los veía limpitos, afeitados, no tenían aspecto de haber estado prisioneros o secuestrados. Después me enteré, por comentarios, que los periodistas ya estaban avisados. Andaban cerca del lugar donde dijeron que había sido el enfrentamiento porque les habían prometido que iban a tener la primicia del 'combate contra la subversión'. Lo tenían todo arreglado. Por eso, a partir de ese momento, ya no creí tanto como antes en lo que decía la prensa.
"No fue el único caso. Se hizo lo mismo con mucha gente que estaba detenida en el campo y que mataban en esos supuestos enfrentamientos. Enfrentamientos que armaban para la opinión pública, para que se creyera que los subversivos todavía existían, y que no querían dejar vivir a la gente en paz.
"Entonces convocaban a los medios de prensa, pero no eran periodistas que no sabían cómo eran las cosas; sí sabían. Lamentablemente no me acuerdo de quiénes eran los periodistas, porque seguro que todavía alguno de ellos debe seguir trabajando por ahí.
Otras muertes
"Fueron muchas las formas de eliminación que se utilizaron en el campo. Ser testigo de todo eso fue lo que me martirizó.
"En una oportunidad trajeron un medicamento de uso veterinario, como el que se da a los perros para sacrificarlos. Ahora no me acuerdo el nombre. Lo disolvieron en agua y se lo dieron a tomar a un grupo de detenidos; un vaso para cada dos personas. Los habían llevado al fondo del campo. Yo miraba de lejos. Al principio parecía que no había efecto, pero cuando los tocaban en alguna parte del cuerpo la gente se retorcía de dolor. No era cianuro, era estricnina (1) o algo así. Es duro lo que te cuento, pero yo no veía visiones.
Por eso no me explico como ellos -los del Ejército- dicen que soy un psicópata como excusa para darme de baja, cuando ellos son los responsables de mi enfermedad.
Los verdugos
"Nunca se sabía -por lo menos yo no sabía- cuándo llegarían los verdugos. Había que estar preparados, se aparecían en cualquier momento.
"Cada vez que veía entrar a la caravana de autos por ese camino profundo que iba directo al polígono de tiro con las luces haciendo guiños, levantando polvareda, cargados de tipos, era como ver a una gigantesca carroza de la muerte. Era la muerte.
"Los vi llegar por primera vez a los pocos días de estar en el campo. Mis compañeros me dijeron, de sotamanga, 'Ahí viene la Parca, hoy sale un vuelo'. Hasta ese momento, cuando mencionaban los traslados, yo creía que llevaban a los prisioneros a otro campo o a la cárcel, no conocía el destino final de esa gente; después lo supe.
"Por lo general, se trataba de un pelotón de cinco tipos. Había uno que venía siempre, los demás rotaban. Dos de ellos se paraban en un punto del campo, con unas listas en las manos y empezaban a llamar y a llamar detenidos. Nunca sabíamos a qué prisionero le iría a tocar 'volar' ese día. No teníamos un cronograma en el que figurara que hoy le tocaba a fulano, mañana a mengano.
"No entiendo cómo había compañeros míos que se podían prestar a eso. Había tipos que se ofrecían para ir a buscar a los detenidos, querían quedar bien delante de los jefes y los traían desde los pabellones, para presentarlos. Está bien que los condenados no tenían escapatoria. Sólo un milagro de Dios podía salvarlos. Pero los traían ellos, los vendaban y los sostenían para que los inyectaran.
"Una de las cosas más horrorosas que vi, fue la forma en que eliminaban a esos chicos, inyectándolos. Esa imagen no se puede borrar nunca. Yo le pido a Dios... (llora).
"Había uno que venía siempre, se ve que le gustaba. El estaba al frente de este grupo, que no se ocupaba de interrogar a nadie, de salir en operaciones ni de ninguna de esas otras cosas. Llegaban cada quince días, dos veces por semana, tres veces, no tenían una rutina. Ellos no pertenecían a nada, estaban afuera de todo. Eran la muerte.
Pacto con la muerte
"Yo tenía mi jeep y mi camión Unimog para traer el racionamiento desde la cocina del Comando de Institutos hasta el campo y después distribuirlo entre los celadores, que en ese momento ya eran de Gendarmería. Ellos se ocupaban de alimentar a los detenidos. Ese era mi trabajo. Ahora escucho el motor de un jeep y se me pone la piel de gallina.
"Cada tanto llegaba hasta el campo gente extraña, de otros lugares, no sé de dónde. Curiosos; civiles, militares. Tipos que se prestaban a ciertas cosas, por ellos pasaba lo que pasaba. Aparecían cada vez que se producía una de esas 'soluciones finales'. Como los verdugos, llegaban de repente, sin aviso previo. Entraban en la base en una fila de cuatro o cinco autos, acompañados por uno de los jefes del campo. Nunca bajaban de diez, a veces eran quince o más. Como ese día, que llegaron por lo menos unos veinte.
"Se ve que ya tenían todo organizado en secreto. Sin pérdida de tiempo sacaron una lista de detenidos y les pidieron a los celadores que les trajeran a Fulano, Fulano y Fulano. A mí me mandaron a buscar el jeep, uno de esos famosos Willis de la Segunda Guerra Mundial. 'Antes, sáquele el caño de escape', me indicaron. Yo no sabía por qué: sin caño de escape ese jeep hacía un ruido infernal.
"Una vez que juntaron a todos los prisioneros los llevaron formados de a dos en fondo hasta la entrada del galpón que había sido la vieja carpintería. Cuando estacioné el jeep en ese mismo lugar, tal como me lo habían ordenado, vi a los presos sin capucha y me imaginé lo peor; no me equivoqué.
"Acomodaron al grupo de prisioneros a varios metros del galpón. Los llamaban de a uno, antes de hacerlos entrar les vendaban los ojos. 'Sentate acá que ahora te van a venir a buscar', les decían una vez adentro, y los acomodaban en un cajón de madera que habían puesto en el centro del galpón que estaba casi vacío, desierto. Les convidaban un cigarrillo y antes de que el detenido pudiera llegar a darle dos o tres pitadas, se aparecía uno del grupo que le pegaba un tiro en la cabeza.
"Ahí entendí el asunto de sacarle el escape al jeep. Con el barullo del motor querían tapar el ruido de las balas, y yo pensé que iban a organizar una carrera a campo traviesa. Me dijeron que tenía que acelerar a fondo cada vez que se iba a producir un disparo, pero como no confiaron en mí, terminaron ellos poniendo en marcha el jeep y metiendo ruido con el motor cada vez que sonaba un tiro.
"De a dos tipos, siempre eran dos lo que entraban con cada prisionero al galpón. Ellos mismos les vendaban los ojos al prisionero, apenas pasaba la puerta, y lo conducían hasta el cajón donde lo hacían sentar. El resto del grupo se amontonaba en las ventanas para mirar de afuera cada ejecución. Yo ni me asomé. Los detenidos esperaban su turno en un lugar apenas retirado, a no más de cincuenta metros. No sé si sabrían lo que les esperaba.
"No recuerdo cuántas personas fueron eliminadas esa tarde en la antigua carpintería. Pero me acuerdo que cada uno de los que vino en ese grupo disparó sobre alguno de los detenidos, fueran hombres o mujeres. Apuntaban al centro de la cabeza e inclinaban el cañón de tal modo que la bala atravesara de arriba hacia abajo. Un solo tiro, todos iguales. Lo sé porque a la mañana siguiente pude ver los cadáveres cuando los llevamos al aeropuerto en un camión que volvió todo ensangrentado, y que después yo tuve que lavar.
"Esas matanzas se transformaron en un rito, todo muy controlado. Sin gritos para darse coraje, ni muestras de arrepentimiento por haber asesinado a sangre fría a una persona indefensa. Al pasar escuché algunos de los comentarios que se hacían entre ellos. 'Yo lo hice por solidaridad', dijo uno. 'Yo también, por solidaridad con vos', le respondió el otro como sacándose la culpa, porque si uno lo hacía lo tenían que hacer todos. Lo que habían hecho había sido por solidaridad hacia el otro, decían. La cosa era que todos tuvieran las manos ensangrentadas por igual.
"Yo lo presencié, y no lo puedo olvidar. Nunca, como la pileta, el tacho, como las mordeduras de perros de guerra (Emocionado). Yo te digo que la realidad supera a la ficción.
"Cuando los grupos que llegaban al campo eran grandes, las eliminaciones eran grandes. Yo he visto subir hasta ochenta ejecutados en el camión que llevaba sus cuerpos hasta la pista de aterrizaje donde eran cargados, como ya te conté, en aviones que enfilaban mar adentro.
Muerto al llegar
"La vida no valía nada. Una noche, estaba de turno en la radio, durmiendo, cuando me despertó un llamado en el que se me avisaba que iba a llegar un auto llevando a una 'mariposa' -un detenido-, por el camino verde, uno de los accesos a 'El Campito'. Había dos, tres y hasta cuatro caminos de acceso si querías venir cortando campo. Después de escuchar la radio, me quedé dormido de nuevo.
"La patota descargó al prisionero que estaba herido de bala en el piso, en la puerta de la sala de radio. 'Encárguense ustedes', le dijeron al oficial de turno, un gendarme, que no me despertó. Me tendría que haber llamado para que yo le tomara los datos, le asignara un lugar de alojamiento y en todo caso, lo hiciera atender por un médico. Pero él no me avisó. Me dejó durmiendo hasta que un disparo me despertó.
Salí rajando con la pistola amartillada y me encontré con que el oficial de servicio había ejecutado al hombre, porque, según dijo, sufría mucho.
"Lo mató en la puerta de la sala de radio y me lo dejó ahí para que yo me hiciera cargo de él. Ni lo toqué. Le dije al oficial de Gendarmería: 'Déjelo ahí, no lo toque, yo me encargo de él'. Después me arrimé al tipo, vi que el tiro había sido en la cabeza. Estaba agonizando; hacía esos sonidos guturales de los que están por morir. 'Lleválo, Petete', me insistió el oficial. Quería que lo sacara de ahí, que lo llevara al fondo. 'No, dejálo acá', le dije. Yo quería que los jefes vieran cómo habían sido las cosas; ya no se podía hacer nada. Esa persona había llegado malherida y de todas maneras no iba a salir vivo de ese lugar. 'Yo no puedo tocar nada sin orden', le dije como para que no me molestara más.
"El oficial ya sabía que para él la mañana iba a arrancar con problemas. No podía hacer lo que había hecho. ¿Cómo le iba a quitar ese festín a otros? La vida y la muerte eran una jurisdicción a la que él no tenía acceso. Yo me fui a dormir, bah, dormir no podía; me quedé encerrado en la sala de radio, no informé nada, no dí la novedad, nada. Dejé todo como estaba para que los demás tuvieran una idea de lo que estaba pasando. Nadie tenía las pilas puestas, nadie se daba cuenta en dónde habíamos caído.
"Según dijo después el oficial, le pegó el tipo en la cabeza porque el hombre estaba herido de muerte y sintió que debía sacrificarlo para terminar con su sufrimiento. Tal vez lo hizo con esa intención, tal vez. Cosas como esas eran de todos los días."
(1) Alcaloide que se extrae de la nuez vómica, es uno de los venenos más violentos y mortales.
Capítulo XXII. Locura, convicción y pecados.
(Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
Primera creencia
-Por lo que hemos conversado, está claro que usted compartió tanto los argumentos como los objetivos de la denominada guerra antisubversiva.
-Llegué a creer que la subversión era mi verdadero enemigo, que se merecían el castigo que estaban recibiendo. Sí, desgraciadamente llegué a creer eso, lo confieso.
-Por lo tanto usted consideraba que eran necesarios los procedimientos utilizados en 'El Campito'.
-Se me rompía el alma, pero era tanta la manija que me daban que llegué a creer que estaba bien, que ese era el destino que merecían tener. Pensaba, y estaba seguro, que yo formaba parte del lado de la verdad; que todo lo demás no servía para nada. Que el destino de la Nación dependía de nosotros. Como nunca me ilustré, ignoraba que existía una justicia humana. Tribunales, jueces, leyes. Eran muchas las cosas que ignoraba. Ahora me doy cuenta de que nuestros jefes se nutrían de cuadros ignorantes como yo, así como de otros personajes, digamos irregulares, para hacer el trabajo sucio.
-¿Usted se consideraba un combatiente antisubversivo?
-Si hubo una guerra, se combatió solamente en Tucumán (1). Yo no quiero mancillar con mis palabras a las víctimas de la subversión. Hubo camaradas míos que murieron como héroes. Pero no quiero mezclar. Alguna vez podré contar historias particulares, de compañeros muertos heroicamente en combate contra la subversión. Pero no es el momento de nombrarlos, hablaremos después, porque ellos merecen otras páginas, de gloria y honor, y no es eso justamente de lo que estamos conversando ahora. Ellos también fueron traicionados, su sangre fue negociada. En Tucumán había que ser soldado de verdad, fue el único lugar en que se combatió. Era muy jodido caminar por el monte, donde apenas entraba la luz del sol y en cualquier momento podías caer en una emboscada preparada por estos tipos.
-Pero el objetivo era el mismo: el aniquilamiento total.
-La diferencia es que ahí, en el monte, podías llegar a ver la cara del enemigo, sabías que te podía matar. Sin embargo acá, en Buenos Aires, pese a que los jefes militares nos exigían mantener una actitud de lucha permanente, te encontrabas con que tu enemigo ya estaba vencido, humillado, atado, encapuchado. Así me lo presentaron. Pero como militar nunca pude comprobarlo en la batalla. ¿Cuál es la diferencia? Que me encontré con un enemigo ya derrotado, contra el cual nunca había luchado. Se trataba de seres indefensos, de menores, mujeres, ancianos. Yo, que quería agarrarme a los tiros, me terminé preguntando si ese era mi enemigo. ¿Un argentino como yo, gente como cualquiera, familias enteras? ¿Dónde estaban las fuerzas del mal, los terroríficos guerrilleros? Yo me había imaginado otra cosa, enfrentarme con subversivos de verdad.
La realidad no cree en lágrimas
-Cuando le anunciaba a un prisionero que iba a ser 'trasladado', ¿solía preguntarle sobre su destino?
-En esos momentos no hablaba con ellos. Cuando empezaban a llamar a los que estaban en la lista yo me encerraba en algún lugar. Nunca estaba con ellos. Me escondía.
-¿No cree que debería haberles advertido que iban a ser asesinados?
-No podía hacer nada, por eso me escondía. No podía consolarlos y mucho menos decirles la verdad, porque los verdugos me observaban. Todos teníamos miedo.
-¿Ni siquiera le avisó al Charro? (2)
-Yo lo sentí mucho. Lloré por el Charro. Lloraba mucho, no solamente por él. Lloraba en silencio. Nunca pude saber cuál fue su culpa, qué hizo, qué dejó de hacer, nunca nada. No sé si lo llevaron al campo por el capricho de alguien, si era casado, soltero. Supe que era un tipo muy de la vida, bohemio, un caminador; un tipo de mundo. Se las sabía todas. Fue mi amigo.
-¿Cómo era su vida fuera del campo?
-Yo vivía con mi vieja en un departamento sobre la calle San José, en San Miguel. A ella no le contaba nada de lo que pasaba en Campo de Mayo, aunque con el tiempo le fui explicando algunas cosas, más o menos. Porque ella se dio cuenta de que algo me pasaba. Claro, yo estuve a punto de volverme loco. Nosotros vivíamos en un primer piso y me paseaba desnudo por los pasillos del edificio, bajaba las escaleras con una cruz en la mano. Dice mi vieja que andaba como sonámbulo, que no sabía lo que hacía. Eso me pasó al poco tiempo de estar en 'El Campito'. Abajo de mi casa vivía un matrimonio que se terminó yendo, entonces yo alquilé ese departamento. Ahí abajo me pasó de todo: veía demonios, se me presentaban los espíritus, salía con la cruz, lo llamaba a mi hermano, que estaba arriba, y le pedía que viniera a dormir conmigo. Después me llegaron las crisis depresivas, mis tremendos traumas. Algo me pasaba y no me daba cuenta. Mucho tiempo después, en el 84, sufrí mi primera crisis, cuando tomé conciencia de las causas.
Los días y las noches de Ibañez en el campo
-¿Alguna vez le asignaron interrogar a un prisionero?
-No, nunca.
-¿Fue testigo de interrogatorios, sesiones de tortura?
-Generalmente me refugiaba en la cocina, que estaba a la vuelta de la oficina de los interrogadores. Desde ahí escuchaba los gritos de la gente; todo el tiempo.
-¿Presenció interrogatorios con aplicación de tortura?
-Presencié interrogatorios así, pero sólo al entrar y salir de la oficina llevando cosas. Veía a un tipo tirado en la parrilla, mientras le alcanzaba al interrogador el café que me había pedido. Pero nunca me quedé a presenciar un interrogatorio.
-¿Nunca sintió curiosidad?
-No, porque en ese aspecto yo era flojo. A mí el sufrimiento no me gusta. Entraba a la oficina fugazmente para llevar café, agua y otras cosas. Yo me quedaba dos, tres minutos y miraba lo que estaba pasando, pero enseguida me iba. Después pusieron un portero eléctrico, un sistema para evitar que entrara alguien sin autorización. Tenían un parlantito por donde hablaban: "Sí, comprame puchos, traeme esto, aquello".
-¿Quiénes determinaban el destino de los secuestrados?
-Los que disponían de las vidas de los detenidos eran los interrogadores.
-Entre ellos, ¿quién era el más destacado?
-El Alemán (3). Me parece que era de la Prefectura.
-¿Cuál era su comportamiento?
-Era el que les hablaba a los detenidos antes de cada vuelo. Les decía: "Ahora les vamos a dar una vacuna para evitar enfermedades antes de pasarlos a disposición del Poder Ejecutivo". Una vez una señora le dijo: "No mienta; no mienta porque morir ahora o morir después es lo mismo. Diga la verdad: esa vacuna es para asesinarnos". "Por favor, me hacen callar a esa señora. ¿No ven que pone nerviosos a los demás?", respondió a los gritos el Alemán. Esa mujer estaba en lo cierto. "No mienta, no mienta. Máteme acá si quiere, qué vacuna ni vacuna", le decía desde adentro de la capucha que tenía puesta. Una señora realmente valiente. (Ibañez llora). El Alemán tomaba la iniciativa, yo no sé si tenía órdenes de arengar a los prisioneros o lo hacía de puro comedido.
-¿El Alemán era uno de los jefes del grupo de interrogadores?
-El no era importante, era un pinche.
-¿Quién era el importante?
-Nadie era importante.
-En una estructura militar siempre hay jerarquías.
-Sí, pero en ese lugar no las había.
-¿Acaso se trataba de un grupo anárquico? Es difícil de creer entre militares.
-Sí, era una especie de anarquía. Porque yo respetaba a mi superior, como cabo que era. Respetaba al cabo primero porque tiene mayor jerarquía. Así debía ser. Pero por arriba nuestro había militares, policías y civiles.
-Pero usted debe saber quiénes eran las voces cantantes.
-No te digo que cada cual atendía a un grupo distinto de interrogadores. Los jefes eran Verplaetsen (4) y Schettini (5).
Dios de lejos
-Usted menciona reiteradamente a Dios. ¿Es su refugio o su defensa?
-Como te conté, los domingos, cuando tenía franco en el campo, me iba a escuchar misa a San Miguel, pero no entraba. Me quedaba sentado en la plaza. Era invierno y pese al frío no podía moverme del banco. Ahí me quedaba llorando. (Llora)
-¿Por qué no entraba a la iglesia?
-Porque sentía que era como reírme de Dios. Yo era indigno de Dios. (Llora). No podés estar con Dios y con el diablo. Estás con uno o con el otro. Pero me encontré con muchos que también pasaron por "El Campito" y entraban a la iglesia sin ningún pudor. Terrible. Nadie me podía comprender. ¿Con quién podías hablar? Con nadie, con nadie. ¿A qué médico podías ir? Te sacaban rajando. ¿A qué sacerdote? No le pido a Dios que me perdone, lo único que le pido es que me comprenda: yo caí en el infierno con toda inocencia.
-¿Cuándo se decidió a contar lo que pasó en "El Campito"?
-Es injusto lo que hicieron, cómo arruinaron la vida de tantas personas. Todavía no estoy repuesto del todo, pero me siento mejor. Se lo debo a mi fe en Dios, a mi arrepentimiento. Trato de llevar una vida social normal, voy al club con los chicos, voy a misa, voy a la iglesia evangélica, también voy al cabaret. A veces necesito un tirito al aire, como la otra noche que después de hablar con vos me fui a un piringundín del Once.
-¿Y ahora?
-Vendí todas mis armas, hasta mi sable largo. No quiero tener armas, nunca más. Quiero mi Biblia, mis recuerdos de cuando era chico, esas cosas. Cuando se me cruza alguien que está bajoneado, compañeros de trabajo que vieron muchas cosas sucias, lo único que se me ocurre es ofrecerles la Palabra de Dios.
(1) Se refiere al Operativo Independencia, dispuesto en febrero de 1975 por la entonces presidente María Estela Martínez de Perón, con el objetivo de combatir a la Compañía de Monte, perteneciente al ERP, instalada en la provincia de Tucumán.
(2) Ver capítulo 11, "Dos en la memoria".
(3) El Alemán es el seudónimo de un torturador, también citado como perteneciente a la Policía Federal. (Ver Capítulo 9: "En el nombre de Dios" ).
(4) El coronel Fernando Ezequiel Verplaetsen fue jefe de Inteligencia del Comando de Institutos Militares y tuvo a su cargo las tareas de logística y construcción del campo de concentración en Campo de Mayo.
(5) Ver Capítulo 5: "La guerra menos semejante".
Capítulo XXIII. No pasa nada.
(Informe de situación)
Fuerzas Armadas y Derechos Humanos
Fuera de los límites de los campos de detención, el mundo exterior disfrutaba de una convenientes irrealidad. Mientras bajo su mando se llevaba a cabo el mayor y más cruel genocidio de compatriotas del que se tenga memoria, los jerarcas del Proceso de Reorganización Nacional declaraban lo siguiente:
"Hay minorías que atentan conta nuestro sentir y contra nuestro estilo de vida. Contra esas personas que atentan contra los intereses de la mayoría, la totalidad del pueblo argentino, el gobierno tiene la firmeza de manifestar la plena vigencia de los derechos humanos que esas minorías niegan a través del atentado, el secuestro, la extorsión y la intimidación pública".
Teniente general Jorge Rafael Videla, 13 de agosto de 1977
"Nosotros también demandamos protección para nuestro pueblo de los elementos subversivos que destruirían sus derechos humanos con acciones contra el Estado y el pueblo".
Teniente general Jorge Rafael Videla, 1° de febrero de 1978 (1)
"...en el país no hubo ni puede haber violación alguna de los derechos humanos. Ha habido una guerra, una guerra absurda, desatada por la barbarie alevosa y criminal, guerra que a pesar de estar dirigida no sólo contra el pueblo, sino contra un sistema de vida que es sostenido por un gran número de naciones en el mundo, debió ser enfrentada y resuelta sólo por los argentinos".
Teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, durante el acto conmemorativo del quinto aniversario del Operativo Independencia (2)
"Las Fuerzas Armadas están luchando para reivindicar los derechos humanos contra la subversión atea que pretende negarlos".
Almirante Emilio Massera, en declaraciones a la revista "Familia Cristiana" (3)
"El respeto por los derechos humanos es una ininterrumpida tradición argentina, institucionalizada en nuestra Constitución y respetada inequívocamente desde siempre y para siempre, actitud ésta que el Ejército hace suya permanentemente como parte integrante del cuerpo social de la Nación (...) El Ejército argentino ha condenado y condena toda violación a los derechos humanos, cualquiera sea el sector ideológico que los viole".
Comunicado en forma de editorial difundido por el Ejército en Radio Belgrano el 7 de marzo de 1977
"Cuando la lucha entablada contra quienes agredieron a nuestra Patria, a sus instituciones y a nuestros compatriotas comenzaba a transitar por la etapa que permitía visualizar la victoria, afirmamos que la paz no es ausencia de conflicto, sino la capacidad de asumirlo y tornarlo manejable dentro de la ley; sostuvimos también que para lograrlo debía superarse el hábito de violencia que engendra la guerra y desarmar los espíritus, reemplazando el odio por el amor y la tolerancia.
El Ejército reconoce el dolor que significa tener en la familia, o entre las amistades, alguien que enfermó de soberbia y creyéndose poseedor de la verdad, toma a la agresión irracional como su modo de vida. La institución lo comprende, pero no lo puede justificar, porque su servicio a la Nación la obliga a asumir la defensa del derecho de todos".
Editorial del Ejército difundido por radio (4)
"Es lamentable qué poco se dice en los Estados Unidos del desprecio de los terroristas por el más fundamental de los derechos humanos: la vida misma. Pienso que la Argentina ha encarado constructivamente muchas de las críticas sobre derechos humanos que fueron lanzadas contra el gobierno en los últimos meses. Como ser humano tengo esperanzas de que este esfuerzo continúe".
Declaraciones del jefe de la Subcomisión de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Gus Yatron, de visita en nuestro país, luego de una prolongada entrevista con el teniente general Videla. 19 de agosto de 1977.
"La subversión que soportamos, como modo de acción del terrorismo internacional, ha quedado al descubierto, y hoy, los mismos que inconscientemente se preocuparon de los derechos humanos de nuestro país, e