Canción de primavera de las ranas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Margaret Atwood

Los labios de las mujeres han empalidecido de nuevo. Adoptan el color de la cera y menguan de estación en estación. No han estado tan pálidos desde hace años, desde hace quince o veinte años como mínimo. Will no recuerda cuándo sucedió, cuándo vio por última vez aquellas sombras de vainilla pura, de sorbete de naranja, satén rosa descolorido, en las bocas de las mujeres. Algo antes de que empezara a darse cuenta de las cosas. Durante el último invierno, los labios eran realmente oscuros, morados, marrones, y las bocas parecían las bocas de muñecas pasadas de moda, en acentuado contraste con el blanco luminoso de la piel. Ahora las pieles han adquirido tonos más cremosos, excepto las de aquellas que han ignorado la revocación del decreto mudo y han empezado a broncearse.

Esta mujer, cuyo nombre es Robyn, tiene la boca del color de las uñas, con la media luna empañada en su base. Sus propias uñas están pintadas del mismo modo; alguien ha decidido que nunca más parecería que hubieran sido hundidas en la sangre. Llevaba un vestido fresco y holgado de algodón, de un rosa tan pálido como si lo hubieran desteñido, con botones en la parte delantera, los tres primeros desabrochados. Por la forma en que ha bajado la vista una o dos veces, parece preguntarse si ha ido demasiado lejos.

Will le sonríe, la mira a los ojos, que posiblemente son azules; es imposible discernirlo con esta luz. Ella le devuelve la sonrisa. No podrá seguir manteniendo la mirada durante mucho rato. Después de parpadear y removerse en la silla, le quedarán tres oportunidades. El menú, escrito a mano y reproducido en offset, al estilo francés, que ya ha examinado; mirar a un lado, hacia la puerta, pero todavía es demasiado pronto; o a la pared que hay detrás de él. Will sabe lo que hay ahí: un póster enmarcado que anuncia una exposición de arte surrealista celebrada varios años antes, con un dibujo color carne con sombras grises y rosadas que sugieren una parte del cuerpo, aunque es difícil decir cuál. Algo sobre el crecimiento del pelo, sobre aficionarse al sexo de una manera desagradable. Da igual que ella reaccione ante el grabado o no lo vea. Se conformará con mirar su propio reflejo en el vaso, considerando si es una extraña que merece ser rescatada: una mirada profunda, breve pero sincera.

Llega la camarera, una muchacha delgada con el pelo rojo muy corto y un pendiente con una pluma púrpura que cuelga de una oreja. Permanece de pie como si su cabeza estuviera sujeta de un gancho y el resto del cuerpo, desprovisto de tendones, fuese a desplomarse. Lleva algo que podrían ser unos pantalones de esmoquin. El restaurante se halla en un barrio plagado de tiendas de ropa usada, a las que acuden a revolver mujeres con aspecto de extranjeras, de piernas gruesas y cabello recogido atrás en un moño, y también chicas como ésta, aficionadas a vestirse con ropas extravagantes. El cinturón de plástico es ancho y rojo; podría tener veinte años de antigüedad o ser nuevo de trinca. La camisa es de hombre, con pliegues, y la lleva arremangada hasta los codos. Los brazos de la chica, huesudos y blancos, surgen de la tela enrollada como los tallos de las peonías que han crecido en la oscuridad.

Sus muslos no serán muy diferentes. Will aún se acuerda de los muslos que aparecían en las antiguas revistas para hombres, las que pasaban de mano en mano cuando iba al colegio, fotos en blanco y negro sobre papel barato. No eran fotos tomadas desde arriba, y aquellas mujeres regordetas posaban en habitaciones de moteles, y las ligas se hundían en la carne de los muslos y las nalgas. Ahora ya no hay carne, los muslos se han escuchimizado, esas chicas son todo músculos y huesos. Incluso las que salen en los desplegabas de Playboy parece que estén hechas de cartílago sólido. Imaginan que resulta sexy exhibirlas con calentadores de piernas.

Le pregunta a Robyn si le apetece beber algo.

—Un Perrier —responde Robyn, sonriendo a la camarera con la misma sonrisa que acaba de ofrecerle a Will.

Will pide un Bloody Mary y se pregunta si ha cometido un error. Es posible que esta camarera sea un hombre. Ya ha estado aquí otras veces, siempre con una leve pero gozosa sensación de estar penetrando en territorio prohibido. Todos los lugares con manteles a cuadros le producen esta sensación, reminiscencias de cuando era estudiante y pensaba que llegaría a ser algo muy diferente de lo que es en realidad. En aquellos días hacía ilustraciones para la revista del campus, y diseñaba decorados. Durante un tiempo siguió dibujando como hobby, al menos así lo llamaba su ex esposa. Quizá volverá a ello cuando disponga de más horas libres. A veces se pasea por las galerías de arte para ver qué hace la gente joven. Los propietarios se le acercan con deferencia cínica, como si lo único que pudiera ofrecer, a ellos o a cualquiera, fuera dinero.
Nunca compra nada.

La camarera regresa con las bebidas, y Will, a la vista de los dos pequeños bultos que sobresalen de la caja torácica, decide que, después de todo, es una mujer.

—Por un momento he pensado que era un hombre —le comenta a Robyn.

—¿De veras? —dice Robyn. Examina a la camarera, que se ha desplazado a la mesa vecina—.

Oh, no —añade, como si se tratara de una equivocación que ella nunca cometería—. No.

Definitivamente, es una mujer.

—¿Quieres un poco de pan? —pregunta Will.

En este lugar sirven el pan en cestitas, suspendidas sobre las mesas mediante una especie de mecanismo de polea. Para coger el pan hay que ponerse de pie o bien, bajar la cesta soltando la cuerda atada a la pared. Es un engorro, pero a Will le gusta hacerlo. Quizá la teoría se base en que te sentirás más atraído por la comida si te dejan participar en ella o quizá las cestitas no sean otra cosa que un diseño fracasado. Aquí siempre come pan.

—¿Perdón? —dice Robyn, como si nunca hubiera oído la palabra pan—. Oh, no, gracias.

Se ha estremecido un poco, como si el pan le resultara repulsivo. A Will el desagrada su reacción, pero está decidido a comer pan. Es pan del bueno, compacto, tostado y caliente. Se vuelve hacia la pared, desata la cuerda, y la cestita desciende con un crujido.

—Qué ingenioso —dice Robyn.

Entonces Will observa que la joven se está mirando en el espejo que hay detrás de él. Se las van a tener que ingeniar para pasar juntos el resto de la comida. ¿Por qué persevera, qué es eso tan difícil de encontrar que busca? Sus pechos generosos le impulsaron a dar el paso: la esperanza en la generosidad.

La camarera vuelve y Robyn, lamiéndose sus labios de color pastel, pide ensalada de espinacas sin aderezo. Will empieza a sudar; siente claustrofobia y tiene muchas ganas de irse. Piensa en posar su mano sobre la pierna de la chica y ascender hasta el muslo, probablemente suave y carnoso, pero no es una buena idea. A ella no le gustaría.

Cynthia, blanco sobre blanco. Su cabello es casi rubio; teñido, sospecha Will, ya que las cejas y las pestañas son más oscuras. Su piel es muy pálida, como si le hubieran aplicado polvos. No lleva la bata del hospital, sino un camisón blanco con volantes, infantil, Victoriano, que recuerda las enaguas de encaje y las tarjetas de felicitación de Kate Greenaway. Will piensa que bajo la prenda será translúcida, que se le verán las venas y los intestinos, como a las olominas. Se cubre con la sábana hasta el pecho, y retrocede hacia la cabecera de la cama, en una postura que le recuerda a Will una madonna enfermiza de Rosetti, acurrucada contra la pared mientras el Ángel de la Anunciación la amenaza con el inminente embarazo.

Will sonríe con la esperanza de parecer afable.

—¿Cómo estás, Cynthia?

Hay una cesta sobre la mesilla de noche con naranjas y una manzana, y también unas flores.

—Bien.

Ha contestado con una sonrisa, una débil sonrisa que desmiente el mensaje. Sus ojos reflejan angustia y astucia. Quiere que le crea y se largue.

—Tus padres me pidieron que pasara a verte —dice Will.

Cynthia es su sobrina.

—Ya me lo figuraba —replica Cynthia.

Tal vez quiera decir que de lo contrario no habría venido, o que le han enviado como un sustitutivo de ellos. Es probable que tenga razón en ambos sentidos. Que Will es el lío favorito de Cynthia se ha convertido en un mito familiar. Como la mayoría de los mitos, al principio tuvo una base real, cuando él (justo después de su fracaso matrimonial) buscaba un sentido a la familia, y le leía cuentos a Cynthia y le hacía cosquillas en las axilas. Pero eso fue hace muchos años.

La noche anterior, por teléfono, su hermana había utilizado este pasado como acicate.

—Eres el único que puede hablar con ella. Nos ha colgado el teléfono —le dijo, con tono que sonaba más irritado que desesperado.

—Bueno, no lo sé —vaciló Will.

No confía demasiado en sus poderes como mediador, confidente o paño de lágrimas. Solía llevarse a Cynthia a la granja, cuando sus hijos eran más pequeños y Cynthia ya tenía alrededor de doce años. Entonces era como un chico, con la piel muy bronceada; le gustaba pasear sola por la propiedad, y coger manzanas silvestres. Por la noche devoraba las cenas que Will preparaba para los cuatro, cinco si había otra mujer en su vida: platos de tallarines Alfredo, rosbif con budín Yorkshire, pollo frito, filetes, en ocasiones un ganso que compraba a los vecinos de enfrente.

Entonces no había problemas con Cynthia; llevaba el pelo suelto, su piel era dorada, y Will sentía hacia ella una turbadora atracción sexual que ahora ya no experimenta. Los chicos también la sentían, y se dedicaban a molestarla y provocarla, pero ella los mantenía a raya. Decía que podía hacer todo lo que ellos hicieran, y estaba casi en lo cierto. Luego, ellos pasaron a la fase de las motos y los coches, y Cynthia cambió. De pronto ya no le gustó mancharse de grasa las manos; empezó a pintarse las uñas. Desde el punto de vista actual de Will, fue el principio del fin.

—Es una epidemia —le dijo su hermana por teléfono—, una especie de moda pasajera. ¿Sabes lo que me dijo? Que muchas chicas del colegio también lo hacían. Es tan condenadamente competitiva.

—Iré —aceptó Will—. ¿Puedo llevarle algo, quizá un poco de queso?

Su hermana está casada con un hombre de cejas tan finas que son invisibles. Will, que no le aprecia demasiado, piensa que es un albino.

—Una buena palmada en el trasero le iría muy bien —dijo su hermana—, y eso que no le hemos ahorrado ninguna.

Después se echó a llorar, y Will le dijo que no se preocupara, que todo terminaría bien.

De momento no lo cree. Pasea la mirada por la habitación en busca de una silla. Hay una, pero está ocupada por la bata azul celeste de Cynthia. Muy bien: si se sienta, tendrá que quedarse más rato.

—¿Sólo bien? —pregunta.

—He ganado medio kilo —responde ella, con la intención de aplacarle.

Will deberá consultar con el médico, puesto que su hermana desea un informe exhaustivo, pues sospecha que Cynthia no es objetiva en lo referente a su peso.

—Estupendo.

Tal vez sea cierto, a juzgar por su expresión de congoja.

—Apenas como nada —se queja, no sin cierta jactancia.

—Haces lo que puedes —dice Will—. Así me gusta. —Ya que ha venido hasta aquí, le gustaría ser útil—. Quizá mañana comerás más.

—Pero si comiendo apenas gano medio kilo, ¿qué ocurrirá? Engordaré.

Will no sabe qué decir. Sabe que la razón no es suficiente; ya se ha intentado. No serviría de nada decirle que está en los huesos, que si no come se consumirá, que su corazón es un músculo como los demás, y que si no lo alimenta se atrofiará.

Will experimenta hambre de repente. Es consciente de las naranjas y la manzana que hay justo debajo de sus narices, sobre la mesilla de noche, redondas, de colores brillantes y henchidas de zumo delicioso. Quiere comer algo, pero no desea despojarla de sus acaso únicos víveres.

—Esa fruta tiene buen aspecto —dice.

Cynthia le mira con desdén, como si estuviera empleando una burda treta para obligarla a comer.

—Cómete alguna —dice—. Cómetela toda, pero no me obligues a mirar. Métetelas en el bolsillo.

Habla de la fruta como si fuera una masa indiferenciada, algo similar a unas gachas frías.

—Gracias, pero las dejaré para ti.

—Pues, entonces, cómete las flores.

Es un gesto demasiado despreciativo; él tiene necesidades, ella no. Está más allá de las necesidades.

Will trata desesperadamente de aferrarse a algo.

—Ya que te encuentras mejor, podrías venir a la granja. Te lo pasarás bien.

A sus propios oídos suena falsamente genial, engatusados.

—Sería un estorbo —dice Cynthia, apartando la mirada de él, hacia la ventana. Afuera no se ve otra cosa que las ventanas de otro edificio del hospital—. A veces veo desde aquí cómo hacen las operaciones.

—Me gustaría que vinieras —insiste Will, sin saber si miente—. Estoy muy solo los fines de semana.

Esto último es cierto, pero en cuanto lo ha dicho le ha sonado a plañido.

Cynthia le dedica una breve mirada y le dice, como si ella tuviera el monopolio y él careciera de derecho a la palabra.

—No tienes por qué ir si no quieres. Nadie te obliga.

Will se siente miserable, como un parado pidiendo limosna por las calles. Ha visto a muchos de esos hombres y se ha alejado en dirección contraria, pensando en lo incómodo que se encontraría en su lugar, arrastrando los pies de aquella manera. Ahora comprende que lo que cuenta para ellos no es esta sensación de incomodidad, sino el dinero. Después de ver su oferta rechazada, se queda de pie junto a la cama de Cynthia como un idiota.

Cynthia se distrae en seguida. Se mira las manos, extendidas sobre la sábana. Las uñas, recién pulidas, son de color melocotón.

—Era guapa de joven —dice.

Will quiere sacudirla. Apenas tiene dieciocho años, no tiene ni idea sobre el tiempo o la edad. Podría decir «Eres guapa ahora», o «Estarías más guapa si ganaras peso», pero ninguna de estas fórmulas surtiría efecto, de modo que se calla. Se despide, le da un beso en la mejilla y se marcha, sintiéndose tan derrotado como ella desea que se sienta. No ha observado la menor diferencia.

Will conduce su BMW plateado al aparcamiento, saca la llave del encendido y se la guarda cuidadosamente en el bolsillo. Luego se acuerda de que ha de volver a utilizar la llave para cerrar el coche desde fuera. Ésta es una de las ventajas de los BMW: nunca te puedes quedar encerrado. Después de la separación, tuvo un Porsche durante una temporada. Le hacía sentirse libre y dispuesto a todo, pero ahora ya no es así. Su bigote desapareció al mismo tiempo que el coche.

El aparcamiento se halla a la izquierda de la casa, delimitado por traviesas de ferrocarril y cubierto de grava blanca crujiente. Ya estaba así cuando compró la finca, pero es probable que también lo hubiera construido de la misma manera. Sigue rumiando la idea de plantar flores detrás de las traviesas, tal vez zinnias, pero de momento no ha dado ningún paso.

Sale y coge los comestibles que hay en el maletero. A mitad de camino de la casa se da cuenta de que no ha cerrado el coche, y regresa para hacerlo. La zona ya no es tan segura como antes. Unos chicos de la ciudad algo exaltados asaltaron la casa el año pasado. Rompieron platos, tiznaron las paredes con mantequilla de cacahuete, se bebieron sus licores, destrozaron las botellas y, en su opinión, follaron en todas las camas. Los cogieron porque se llevaron el televisor e intentaron venderlo. Todo estaba asegurado, pero Will se sintió humillado. Ha puesto cerrojos en las puertas y rejas en las ventanas de la bodega, pero cualquiera podría entrar si le diera la gana. Está pensando en comprarse un perro.

El aire del interior de la casa huele a cerrado, como si se hubiera caldeado y después enfriado, absorbiendo los olores a muebles, madera vieja, pintura y polvo. Se ha ausentado varias semanas. Deposita las bolsas sobre la mesa de la cocina y abre algunas ventanas. En la sala de estar hay un jarrón con narcisos marchitos y el agua estancada y maloliente. Saca el jarrón al patio; lo vaciará más tarde.

Will compró la casa después de separarse, para que él y los chicos tuvieran un lugar donde pasar el tiempo juntos de vez en cuando. Además, su esposa le dio a entender que quería tener algunos fines de semana libres. Los anteriores propietarios habían remozado la casa; tanto mejor, porque Will nunca habría encontrado tiempo para supervisar las obras, aunque a menudo esboza planos para su casa ideal. Le gustaría cambiar algunas cosas, pero está contento con el amplio espacio exterior y la cocina grande y espaciosa. Se siente bien aquí, mejor que en su apartamento de la ciudad, pese a algunos recelos derivados del asalto.

Su casa anterior pertenece ahora a su esposa; no le gusta visitarla. A veces se ha encontrado con hombres más jóvenes, que le han sido presentados sollo por su nombre. Como los chicos ya casi son unos hombres, no le molesta tanto como antes. Ojalá que ella se lo pase bien, aunque el índice de rotación es elevado. No disfrutaba con muchas cosas cuando se casaron, incluyéndole a él, incluyendo el sexo. Nunca le dijo qué esperaba de él, y Will tampoco se lo preguntó.

Desempaqueta las compras y guarda la comida. Le gusta colocar los huevos en los Huecos correspondientes de la nevera, las espinacas en el cajón de las verduras, la mantequilla en el compartimiento señalado con el letrero MANTEQUILLA, el café en grano en el tarro con el letrero CAFÉ. Piensa que al menos algunas cosas han de estar en sus lugares adecuados. Deja los filetes sobre el mármol, descorcha el vino, busca algunas velas. Una, del par que encuentra, ha sido mordida por los ratones. Los restos endurecidos están esparcidos por el cajón. Los ratones constituyen una novedad. Habrá un agujero en algún sitio. Will se halla de pie con la vela mordida en la mano, reflexionando sobre posibles soluciones, cuando oye un coche en el exterior.

Mira por la ventana de la cocina. Desde el asalto, es menos proclive a abrir la puerta sin saber antes quién anda fuera. Es Diane, en un coche que no había visto antes, un Subaru de color crema. Siempre mantiene los coches muy limpios. Por alguna razón ha preferido entrar por el sendero marcha atrás, quizá en recuerdo de aquella ocasión en que se quedó inmovilizada por la nieve y él le dijo que habría salido con más facilidad de haber dado marcha atrás.

Deja la vela sobre el mármol y entra en el cuarto de baño de la planta baja. Se dedica una sonrisa, y comprueba que no se le haya quedado nada adherido entre los dientes. No tiene mal aspecto. Después sale para recibir a Diane. Se da cuenta de que hasta ahora no ha estado seguro de que vendría. Es posible que no se lo merezca.

Ella sale del coche, le da un abrazo y un beso en la mejilla. Lleva puestas unas enormes gafas de sol, con absurdas palmeras sobre las cejas. A Will siempre le han gustado este tipo de extravagancias tan propias de ella. La abraza de nuevo, pero ella no desea que la sujeten demasiado rato.

—Te he comprado algo —dice, y busca dentro del coche.

Will la observa mientras está agachada. Lleva una falda de algodón ancha, ceñida en la cintura; ha perdido mucho peso. Solía pensar en ella como una mujer corpulenta, de abundantes carnes y atlética, pero ahora está casi esquelética. Entre sus brazos la notó frágil, menguada.

Diane se endereza y se vuelve, tendiéndole una botella de vino y un pan griego redondo, tierno y esponjoso. Will se tranquiliza. Rodea su cintura con el brazo y la abraza de nuevo, intentando parecer solo amistoso para que no se sienta presionada.

—Me alegro de verte —le dice.

Diane se sienta a la mesa de la cocina y bebe vino; Will manipula los filetes, los frota con ajo, los espolvorea con pimienta y añade uno o dos pellizcos de mostaza fría. Ella solía ayudarle a cocinar, sabe dónde está guardado todo, pero esta noche se comporta como una invitada.

—¿Te han contado algún chiste bueno últimamente? —dice ella, lo que en sí ya es un chiste, pues siempre es Diane quien los cuenta.

Will salía con Diane cuando su matrimonio terminó de crujir y chirriar y se desmoronó en pedazos. De todos modos, ella no fue la culpable, como Will se apresuró a señalar. Dijo que la culpa no era de nadie en concreto; no quería que se sintiera responsable. No está muy seguro de lo que ocurrió a continuación, de por qué dejaron de verse. No se trataba de sexo: con ella era un buen amante. Will sabe que Diane estaba muy a gusto con él y los chicos, pero un día dijo «Bien, hasta aquí hemos llegado», y Will no tuvo la suficiente presencia de ánimo para preguntarle qué quería decir.

—Ésa es tu especialidad —dice Will.

—Pero sólo porque entonces estabas triste —dice Diane—. Intentaba alegrarte. Te arrastrabas por la vida como si padecieras una deficiencia tiroidea, o algo así. —Juguetea con sus gafas de sol, que están sobre la mesa—. Ahora te toca a ti.

—Ya sabes que no soy bueno en eso —responde Will.

—Qué pena —dice ella. Se pone en pie y se acerca al mármol—. ¿Qué es esto? —pregunta, cogiendo la vela mordisqueada—. ¿Se ha apagado algo?

Comen en la mesa redonda de roble que compraron juntos en una subasta, cuando uno de los granjeros liquidó el negocio. Diane ha rescatado las servilletas de lino blanco que le regaló a Will un año, y encendido dos velas, la mordisqueada y la intacta.

—Creo en la alegría —dice.

Se producen silencios que ambos intentan llenar. Diane dice que quiere hablar de dinero. Es el momento de su vida más apropiado para interesarse en el dinero, ¿y no es acaso Will una autoridad en la materia? Gana mucho, pero le cuesta ahorrar. Quiere que Will le explique la inflación.

Will no quiere hablar de dinero, pero lo hace para complacerla. Lo que más le gustaría hacer es complacerla, pero ella no parece muy convencida. Su rostro, que ha enflaquecido, presenta unos rasgos más marcados, y eso le proporciona un aspecto más elegante, aunque menos accesible. También habla menos que antes. Recuerda que su voz era más fuerte, más insistente; ella le importunaba, le desarmaba. Will lo encontraba divertido, le distraía. Piensa que, en general, las mujeres se están volviendo más silenciosas, lo cual es acorde con sus nuevos labios pálidos. Se refugian en su intimidad, en el ocultamiento, como si temieran algo, pero Will ignora qué.

Diane deja la mitad del filete en el plato, intacto.

—Háblame del oro —dice.

—¿No tienes apetito?

—Estaba desfallecida, pero no puedo más.

También su pelo ha cambiado. Lo lleva demasiado largo, con algunas mechas. En conjunto resulta más artificiosa.

—Me gusta estar contigo —dice Will—. Siempre me gustó.

—Pero no lo bastante —dice Diane, y luego, para aclararlo—: Deberías poner un anuncio en la revista NOW, Will: «Hombre de buena presencia, ejecutivo, con buenos ingresos, sin lazos familiares, desea encontrar…».

—Las relaciones no son mi fuerte —dice Will.
Intenta completar mentalmente el anuncio de Diane. Desea encontrar, ¿qué? Una mujer que no se mire en el cristal del cuadro que hay detrás de él. Una mujer que disfrute con lo que cocina.

—Una mierda —dice Diane, volviendo a su antigua beligerancia—. ¿Por qué piensas que eres peor que los demás?

Will le mira la parte de la garganta que el cuello de su blusa acabado en V deja al descubierto.

No ha observado que trajera maletín, pero es posible que siga en el coche. Él le dijo que no existían compromisos entre ambos.

—Hay luna llena —dice—. Podríamos salir al patio.

—Aún no —responde Diane, escudriñando por la ventana—. Y además, fuera hace frío.

Will sube a la habitación de los chicos para prestarle una manta escocesa. Tiene pensado tomar un par de coñacs en el patio, y luego ya veremos. Mientras baja por la escalera, la oye en el cuarto de baño; parece que esté vomitando. Will sirve los coñacs y los saca fuera. Se pregunta si debería investigar, llamar a la puerta del cuarto de baño. ¿Y si la comida estaba envenenada? Sabe que debería sentir compasión; en cambio, considera que Diane le ha traicionado.

Pero cuando ella sale para acudir a su lado, parece encontrarse en plena forma, y Will decide no preguntarle nada. La envuelve con la manta, mantiene su brazo alrededor de ella, y Diane se apoya contra él.

—Podríamos sentarnos —sugiere Will, por si ella no está cómoda en esa postura.

—Caramba, me has traído flores —observa Diane. Ha reparado en los narcisos blancos—.
Siempre tan atento. Seguro que huelen bien.

—Me gustaría que oyeras a las ranas —dice Will—. La estación de las ranas está acabando.

Las ranas viven en el estanque, al pie de la pendiente cubierta de césped. Es posible que sean sapos, nunca está seguro. Para Will han llegado a significar la primavera y el principio del verano: la novedad, otras posibilidades. Sus voces plateadas impregnan la atmósfera que les rodea, como las de los grillos, pero más prolongadas, más suaves.

—Qué hombre —dice Diane—. Para unos son los ruiseñores, para otros, las ranas. ¿Quieres que la próxima vez te traiga una caja de babosas cubiertas de chocolate?

A Will le gustaría besarla, pero no es el momento adecuado. Diane tiembla un poco; apoyada en su brazo, parece angulosa, desgarbada, como si le estuviera negando el cuerpo, aunque no del todo. Permanecen de pie mirando la luna, fría y sesgada, y escuchando el canto de las ranas, que no produce en Will el efecto que esperaba. Las voces procedentes de la oscuridad, más allá de la curva de la colina, suenan débiles, enfermizas. Tampoco hay tantas ranas como en los viejos tiempos.

(De: El huevo de Barba Azul, Ed. Martínez Roca, 1990. Traducción Eduardo G. Murillo)

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