¡Canten putos!

Historias de las canciones de cancha

Por Manuel Soriano | Ilustración Enzo Rodríguez Suárez

El padre de un amigo me contó la siguiente historia. Tenía once años cuando conoció la Bombonera. Estaba de visita en la Capital (es de Mercedes) y un tío se ofreció a llevarlo. Era el año 1950 y Boca jugaba contra Racing, el equipo más poderoso del momento. Algunos adjudicaban ese poderío a la influencia de Ramón Antonio Cereijo, el Ministro de Hacienda de Perón, del que se decía que compraba jugadores, otorgaba créditos especiales, dirigía la revista del club y armaba el equipo. Boca, en cambio, estaba en uno de los peores momentos de su historia, y casi había descendido el año anterior. Su jugador emblema era José Marante, un zaguero recio, preciso y temperamental, que ya estaba llegando al final de su carrera.

Contra todo pronóstico ganó Boca, y a la salida de la cancha el padre de mi amigo vio un auto negro y grande (un auto oficial, me dijo, aunque dudo que en ese momento, con once años, lo haya pensado con esas palabras) y vio cómo algunos hinchas de Boca empezaron a zarandear el auto de un lado a otro para darlo vuelta. Pero el chofer aceleró y logró abrirse paso entre la gente. Y entonces, recordó el padre de mi amigo, mientras el auto oficial se alejaba, los hinchas de Boca gritaron la siguiente consigna: Racing atrás / Boca adelante / El culo de Cereijo / La poronga de Marante.

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¿Cómo hace la poronga de Marante para llegar al culo de Cereijo si Racing está atrás y Boca adelante? ¿No tendría que ser al revés: Boca atrás y Racing adelante? Salvo que adelante y atrás no tenga que ver con las posiciones, y se use en el sentido de bueno y malo. Quería preguntarle esto al padre de mi amigo pero justo apareció la madre de mi amigo, a la que no veía hacía mucho tiempo, y no me animé a decir en voz alta una pregunta que empezaba con “cómo hace la poronga de Marante”.

Además, la historia continuaba. El padre de mi amigo luego se mudó a Buenos Aires y estudió sociología. Siguió yendo a la cancha de Boca pero en ese período nunca escuchó un cantito parecido al de Cereijo y Marante. Hasta que en 1967 lo invitaron a ver el segundo partido de la Intercontinental que Racing jugó contra Glasgow Celtic. Antes del pitazo inicial, con el Cilindro repleto y los equipos ya en el campo, la voz del estadio anunció por los altoparlantes: “Nos honra la presencia del Excelentísimo Presidente de la Nación: Señor Juan Carlos Onganía”, y entonces, dijo el padre de mi amigo, la hinchada de Racing contestó a coro la siguiente consigna: Racing, Racing, Racing / Racing es campeón / El culo de Onganía / La poronga de Perón.

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La décimo octava canción del remix de música brasileña “Disco Samba” (más conocido como “Carnaval carioca”) dice: Ô-lê-lê, ô-lá-lá / Pega no ganzê / Pega no ganzá. Sobre su extraño origen, desarrollo y significado, ya voy a hablar en una crónica destinada exclusivamente a canciones brasileñas.

Las adaptaciones a cantito de cancha son muchas, ya que la simpleza de su estructura permite meter casi cualquier mensaje siempre que se respete la rima, pero la que quiero destacar ahora es: O-le-lé, o-la-lá / X se la come / Y se la da, siendo Y el equipo que la canta, y X el equipo rival (aunque también se puede usar de forma personalizada: Cristiano se la come, Messi se la da).

Lo que importa acá es que hay un activo y un pasivo. Como en muchas otras canciones de cancha, hay uno que se coge al otro, y tenemos que entender que es una cogida en la que el macho somete y humilla a la hembra o a otro macho, porque si los dos gozan esto no tiene mucho sentido. O quizá el pasivo sí goce, y sea justamente eso, que le guste que se lo cojan, lo que la hinchada rival quiere resaltar y condenar. Cuando estaba haciendo la crónica sobre las canciones brasileñas llegué hasta este punto y escribí: “Es probable que esta relación entre sexo y poder tenga que ver con los códigos tumberos pero este asunto amerita un estudio más serio y no tengo la capacidad para hacerlo.”

Resulta que ese estudio ya existe. Eduardo Archetti (ahora me entero que fue compañero de facultad de sociología del padre de mi amigo) trata el tema de la masculinidad en el fútbol y el capítulo dedicado a los cantitos se puede encontrar en Internet si se busca las palabras previsibles. Archetti hace una recopilación minuciosa. Por ejemplo: “Despacito les rompimos el culito”, o “Huracán por el culo te la dan”, o “Veo veo / ¿qué ves? / que la historia se repite otra vez / los volvimos a coger”, o “Oh, por el orto / Oh, por el orto”, o “Limpiate bien el culo / que te vamos a coger”. La lista en tan larga (y eso que solo llega hasta fines de los ochenta) que no la puedo citar entera ni puedo ponerme a buscar las canciones de origen que están detrás, aunque sí puedo decir que “Oh, por el orto” se canta al ritmo de “Sobreviviendo” de Víctor Heredia.

Hay una que resulta conocida: “Sol y luna, sol y luna, sol y luna / La poronga de Armando / En el culo de Labruna”. En este caso se agrega la preposición “en”, y esto hace que la imagen sea más explícita. Aunque también hay que tener en cuenta que las versiones que cité antes (las de Cereijo y Marante, y la de Onganía y Perón) corresponden a recuerdos de infancia y juventud de una persona que ahora tiene unos setenta y ocho años; quiero decir, no puedo descartar que en el 1950 y 1967 ya dijeran “en”, y que ahora el padre de mi amigo lo omita inconscientemente para darle mayor vuelo poético a su historia. Otra cosa que me sorprende de la versión de Armando y Labruna es la primera parte. Es extraño que un cantito hable de culiar y al mismo tiempo haga mención al sol y a la luna. Entiendo que se debe a las exigencias de la rima, pero la triple repetición de las palabras sol y luna es más acorde a un taller de mandalas que al contexto en el que la encontramos acá.

Dice Archetti: “Es interesante destacar que los homosexuales son aquellos que se dejan humillar o que no defienden con suficiente energía su identidad masculina…Los vejadores son los hombres de verdad, que no se consideran a sí mismos homosexuales. Las alusiones al “caso Veira” ilustran claramente la distinción entre el papel activo y el pasivo; para los rivales de San Lorenzo, Bambino se ha degradado, es un “hijo de puta” (Che Bambino / prestame a tu mujer / yo te presto a mi sobrino) mientras que los hinchas de ese club reivindican su papel de macho (Yo te la meto / te la dejo / el Bambino se coge a todos los pendejos). En ninguno de los casos, empero, hay una sanción explícita a la conducta presuntamente anómala de Veira. Los adversarios no hablan de la homosexualidad del Bambino.”

En el contexto lingüístico de los cantitos de cancha el más hombre es el que se coge a otro, por más que ese otro sea también hombre. Recuerdo algo que no sé si es un dicho o parte de un poema gauchesco y dice más o menos así: “El hombre embiste cuando hay agujero, no importa si es mujer, macho o ternero.” Recuerdo también una escena de “El gran Lebowsky”: el partido por el campeonato de bolos entre Jesús Quintana y Lebowsky se había pospuesto unos días. Entonces Jesús se acerca a Lebowsky y sus amigos y les dice: “I would have fucked you in the ass Saturday, I`ll fuck you in the ass next Wednesday instead. You gotta date Wednesday, baby.” (Te hubiera roto el orto el sábado, ahora te voy a romper el orto el próximo miércoles. ¡Tenés una cita el miércoles, nene!). Y mientras dice esto Jesús mueve la pelvis (“excelente técnica para disociar la cadera”, dice una mujer, probable profesora de baile, que comenta la escena en YouTube) mostrando un anticipo de lo que va a pasar.

Otro recuerdo: un capítulo de Los Soprano. Alguien le cuenta a Tony que vieron a Vito teniendo sexo oral con un guardia de seguridad, y los mafiosos se reúnen en una sala para tratar el tema del compañero descarriado. El ala más progresista parece dispuesta a perdonarlo si promete no reincidir. Muchos de ellos han estado en prisión y saben que estas cosas pueden pasar. También pesaba a la hora de juzgarlo que Vito era un excelente recaudador. Pero luego el informante aclara que Vito no era el chupado sino el chupador (lo pongo así porque activo y pasivo acá es bastante confuso). Esta posibilidad les resulta tan aberrante que ni siquiera la habían contemplado. “Catching, not pitching?”, pregunta Carlo. (“¿Atrapando, no lanzando?”, la referencia lingüística también es deportiva; en la cultura yanqui el béisbol es el deporte masculino por excelencia, y el soccer es un juego de niñas). El informante confirma que Vito estaba atrapando, y en ese momento ya todos sabemos lo que le espera.

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Por supuesto, el lenguaje es algo dinámico, y más aún en el contexto informal de una cancha de fútbol. Puto en la cancha, por lo general, significa cobarde, alguien que no tiene el valor de un hombre de verdad (A esos putos les tenemos que ganar o Lloran todos los putitos de Ñuls. La primera se canta con la melodía de la canción que ahora se le dedica a Macri, y la segunda con la de Oh L`amour de Erasure).

Puto en la cancha también puede significar amargo (¡Canten, putos!), que es lo opuesto a lo que en inglés se entendía originalmente por la palabra gay. Romper el culo es ganar por mucho. El poronga es el jefe, el más poderoso, es Tony Soprano antes de que empezara a ir a la psicóloga. Poner huevos es poner coraje. En fin, las analogías son tan cercanas y evidentes que no vale la pena enumerarlas. En mi grupo de fútbol de Whatsapp, uno de cada cinco mensajes contiene la palabra puto o algún derivado. El primer mensaje del día siempre lo manda la misma persona; es un mensaje cariñoso que dice “buenos días putetes”. Es cierto que el lenguaje se corre, y nadie que dice hijo de puta lo dice en sentido literal, pero toda la carga alegórica apunta más o menos hacia el mismo lado: lo macho es bueno, lo puto es malo.

Y también es cierto lo siguiente: en la historia del fútbol mundial hay apenas dos o tres casos de jugadores profesionales que dijeron públicamente que eran homosexuales mientras seguían jugando. Los que hablaron por lo general terminaron mal. Uno de ellos fue el uruguayo Wilson Oliver. En una nota a Página/12 cuenta que se tuvo que ir de Uruguay. Me quería ir lo más lejos posible, dice. Primero se fue a Venezuela, después a Guatemala, después se dio cuenta de que si se iba a China iba a ser lo mismo y volvió a Uruguay. Se retiró a los veintiséis años. “Fútbol y homosexualidad no se puede. El entorno te hace sentir una porquería”, dice. En 2005, por ejemplo, Jorge Fossati, técnico del seleccionado uruguayo y devoto a la Virgen, dijo públicamente que no aceptaría homosexuales en su equipo porque alterarían el grupo. Daniel Passarella había dicho lo mismo unos años antes. Esos fueron casos públicos, pero se sabe que la discriminación por lo general funciona de manera más sutil y solapada, y es justamente en ese ámbito de discreción donde se hace más fuerte.

Quizá el caso más conocido sea el del inglés Justin Fashanu. Era hijo de nigerianos, negro, goleador. En 1981 pasó del Norwich al Nottingham por un millón de libras. No le fue bien. En los siguientes ocho años pasó por trece equipos sin poder encontrar su lugar en ninguno. En el ambiente, todos sabían que era gay. Negro y gay no era una buena combinación para triunfar en el fútbol inglés en los ochenta. Buscó reparo en Dios y la religión, pero en la iglesia tampoco la tenía fácil. El 22 de octubre de 1990 el diario The Sun publicó: “One Millon Pound soccer star: I am gay. Justin Fashanu confesses”. La nota ocupó el noventa por ciento de la tapa (en el espacio restante se ve la foto de una foca y un titular que dice “El trágico destino de Magnus la foca”). Fashanu fue el primer jugador de elite en hacerlo público, por eso la palabra gay aparece con un tamaño de letra que no se veía en Inglaterra desde la caída de Hitler. Después de la confesión, la carrera de Fashanu cayó aún más a pique. Pasó por varios clubes, bajando cada vez más de categoría, hasta que terminó en Estados Unidos, donde fue acusado de agresión sexual por un joven de diecisiete años. Volvió a Inglaterra y a los dos meses lo encontraron ahorcado en un galpón.

En YouTube se pueden encontrar notas sobre la vida de Fashanu y también un compilado con sus mejores goles. Alguien que comenta una de las notas pone un enlace que te lleva a un ranking con los diez cantitos más agraviantes de la historia de la Premier League. Las hinchadas inglesas, sobre todo las de los equipos chicos, donde la voz de unos pocos se escucha en el campo, tienen la costumbre de hacer canciones personalizadas. Las melodías que usan por general son la de “Guantanamera” o la de la canción de “Los locos Adams”. La letra la cambian según el destinatario y el momento que esté pasando, y este formato ajustable permite ser particularmente hiriente. En el puesto número dos de ese ranking se encuentra un cantito que los hinchas de Ipswitch le cantaban a los de Norwich: He’s gay / He’s dead / He’s hanging in the shed / Justin Fashanu / Justin Fashanu. (Es gay / Está muerto / Está colgando en el galpón / Justin Fashanu / Justin Fashanu).

Si se hiciera una película con la vida de Fashanu, los de Ipswitch serían los malos. La raíz del problema, en cambio, es más profunda y compleja, mucho más difícil de mostrar en una película, al menos en una de esas películas de épica deportiva (que me resultan a la vez muy chotas y emocionantes) donde los buenos y los malos están claramente diferenciados.

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Casi todas las tardes llevo a mi hija a un parque cerca de mi casa en Montevideo. Son unas cuatro manzanas donde la gente ocupa su espacio según lo que le gusta hacer: los skaters, la barrita que para en la cancha de fútbol (antes tenían una líder al que le decían “el gordo poronga”), las familias en las hamacas y toboganes, los adolescentes que rapean, los que tocan guitarra en ronda, los de las telas y malabares, los que comparan sus motos, los que comparan sus pitbulls. La convivencia por lo general es pacífica, cada uno en su lugar, aunque hay dos cosas que se pueden encontrar en casi cualquier sector del parque: padres pateando la pelota con sus hijos y un poco de olor a porro.

Me gusta ver cuando le enseñan a los más chiquitos. Apenas pueden caminar le tiran una pelota para que la patee. El maestro por lo general es el padre, pero también puede ser el tío, o el abuelo, o la madre. La primera reacción de los niños suele ser agacharse y agarrar la pelota, y entonces le dicen: ¡Con la mano no! El tono es el mismo al que se usa cuando un niño se acerca peligrosamente a la calle. Entonces el adulto le muestra cómo pegarle a la pelota, con el borde interno. Si el niño la vuelve a agarrar con la mano, el adulto toma su pie y lo usa para pegarle a la pelota y mostrarle que así es cómo se hace. A la larga termina por entender, y aunque le pegue de punta y no con el borde interno, el adulto le festeja cada golpe y a veces terminan juntos los dos comiendo un helado, y el adulto puede sentir (aunque no lo piense explícitamente, porque a esa sensación de bienestar solo se llega de manera inconsciente) que siempre va a tener en el fútbol un lugar confiable para compartir con su hijo, incluso cuando la vida los vaya separando, y uno no tenga ni idea lo que esté pasando en la cabeza del otro.

Pero hay un caso de un niño que insiste en agarrarla con la mano y cada día puedo ver cómo la desesperación del padre aumenta. Por más que le digan que con la mano no, o que lo vistan con la remera de Peñarol, o que le prometan caramelos como recompensa, el niño no quiere patear la pelota. Y no se trata de un padre tiránico, lo que vuelve más interesante el caso. Es cariñoso en el trato, paciente, y se nota que le gusta llevar a su hijo a la plaza después del trabajo, que por su uniforme es en una casa que vende repuestos sanitarios. Pero quiere que su hijo patee la pelota. Creo que a mí me pasaría lo mismo. El otro día se dio cuenta de que lo estaba mirando. Pensé que iba a decirme algo pero bajó la cabeza y se quedó mirando un punto fijo en la tierra marrón del parque.

Creo que fue mi abuelo el que me enseñó a patear la pelota. No me acuerdo si me decía con la mano no. Mi abuelo fue arquero, atajó en Ferro a finales de la década del treinta, pero creo que hasta los arqueros, en principio, enseñan que con la mano no. Después dejó el fútbol para jugar al tenis, y se escondía de la gente del fútbol cuando andaba vestido de blanco con la raqueta. El nombre Marante, Perico Marante, me sonaba conocido desde la primera vez que lo dijo el padre de mi amigo. Recién ahora me doy cuenta por qué. Marante fue compañero de mi abuelo en Ferro. Era uno de esos nombres que decía, como Gandulla, Sarlanga o Emeal. Lo puedo confirmar en Internet. Formación de Ferro de 1939: Marcolini, el arquero; Garavano y Marante los backs. No hubiese sido fácil la pregunta, tendría que haber hablado primero del plano literal y el figurado, pero quizá si hubiera escrito esto unos años antes hubiera tenido información de primera mano sobre cómo era exactamente la poronga de Marante.

Archetti también habla de la relación padre-hijo en los cantitos de fútbol en el texto que mencioné antes. Dice sobre el término “hijos nuestros”: “Cuando una hinchada se dirige a otra refiriéndose de este modo a la relación entre ambos clubes, intensifica el menosprecio y desdén mediante la transformación simbólica del otro en un niño o un hijo. Estos cantos presuponen la pérdida de autonomía de los adversarios y su incapacidad para actuar como verdaderos hombres. De un hijo no se espera rebelión ni victoria sino la aceptación de la autoridad, el poder y las órdenes del padre.”

La expresión se sigue usando aunque la relación de poder entre padre e hijo haya cambiado, y quizá hoy sería más atinado decir “lo tengo de padre” para decir que uno puede dominar a alguien. Para que una hinchada pueda alegar que otra es su hijo, su equipo tiene que sacarle ventaja en los partidos disputados entre ambos, es decir, tiene que haber un respaldo estadístico que lo avale. Archetti cita dos ejemplos antiguos: River tenía un carrito / Boca se lo quitó / River salió llorando / Boca salió Campeón y Vea, Vea, Vea / que cosa tan fulera / ahora los de River / toman leche en mamadera.

En este mismo sentido, San Lorenzo le canta a Boca siguiendo (otra vez) la melodía de “Sobreviviendo” de Víctor Heredia: Dicen que ser de Boca se lleva adentro / Adentro llevás la pija de San Lorenzo / Son hijos nuestros / Son hijos nuestros.

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Otra breve historia del padre de un amigo (no el mismo). Nos juntamos en su casa a ver la final de la Intercontinental entre Boca y Milan de 2003. Como siempre, fue muy temprano a la mañana, y los jóvenes habíamos seguido de largo de la noche anterior. El padre se levantó para el partido y tenía puesto un piyama largo de dos piezas con rayas celestes y grises y cuello en V. Me acuerdo que lo jodíamos por el piyama y él decía que ya no podía dormir de ninguna otra manera porque la tela era muy suave y holgada, y que lo había comprado en la tienda Raitor por un precio bastante accesible. Cuando Boca ganó por penales empezamos a saltar y gritar y esas cosas. El padre de mi amigo se agarraba el paquete con las dos manos y gritaba: esta es la pija de Boca, esta es la pija de Boca. En un momento, como suele pasar en las finales, la transmisión fue mostrando en primer plano las caras de los vencidos: a Costacurta, que había pateado la tierra y errado su penal; a Pirlo, que también había errado; a Seedorf, que había tirado el suyo por encima del travesaño, y en ese momento el padre de mi amigo se acercó al televisor, apoyó su paquete cubierto por el piyama de Raitor contra la cara de Seedorf en la pantalla, y gritó: “esta es la pija de Boca, Seedorf, esta es la pija de Boca”, y todos nos cagamos de la risa.

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Hace poco estuve en un asado con amigos escritores. Les conté sobre esta crónica y algunos entonaron el siguiente cantito que Peñarol le hace a Nacional: Para ser de la Blanca hay que chuparla / Para ser de la Blanca hay que mamarla / Para ser de la Blanca hay que tomar la / Leche / La del Carbonero / La del Carbonero / Leche / La del Carboneee. Y la siguieron varios, incluso algunos de Nacional, porque es un cantito que, más allá de lo que dice, tiene su gracia musical. No pudimos sacar de qué canción venía, aunque estaba claro que era una cumbia. Al día siguiente uno de los que cantaba me mandó la respuesta con un enlace a YouTube: “Sigo el ritmo”, de Gilda, y ahora que lo escribo y recuerdo escenas de la noche anterior pienso en algo que aparece en un cuento de Roberto Bolaño: “…Gente de izquierda que pensaba, al menos de la cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha”.

Este debería ser el lugar para una especie de conclusión pero no tengo nada coherente para decir. En otras crónicas traté de contactar a los creadores de las canciones originales para preguntarles sobre las adaptaciones a cantitos de cancha. Extraño un poco esa dinámica -buscarlos, escribirles, que no me respondan- pero en este caso no tiene mucho sentido. Aunque no me molestaría preguntarle a Andy Bell o Vince Clarke de Erasure qué opinan sobre todo esto. Y también a Víctor Heredia. Recuerdo un afiche que promocionaba un recital suyo. Decía: Víctor Heredia, 35 años de coherencia.

Revista Anfibia

 

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