Carmen Martín Gaite: la escritora de la posguerra española

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

La obra de la escritora española Carmen Martín Gaite (1925-2000) es sencillamente deslumbrante. No dejó resquicio sin alumbrar. Sus líneas de trabajo son múltiples, sutiles y su poética conoce etapas además de unidades sémicas. Investigaciones históricas documentadas, un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid cuya tesis luego se editaría bajo forma de libro, sus narraciones infantiles y juveniles, su teatro, su espléndida novelística, que se inicia con un período de corte realista con personajes de psicología compleja y disfuncional al sistema (Ritmo lento, de 1970 o Fragmentos de interior, 1976) pasando por El cuarto de atrás, de 1978 y algunos libros autobiográficos que no conviene desatender, como Esperando el porvenir (1994). También fue una gran cuentista cuyos relatos fueron recopilados en su totalidad. Hay un libro de ensayos notable, La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, relativamente temprano (1975), en el que analiza la relación entre lector y autor al que agrego El cuento de nunca acabar, una heterodoxa reflexión acerca del arte de contar historias escrita en términos personalísimos. Respecto de estos dos aspectos del arte literario, que suelen darse por sentados siendo naturalizados sin una debida problematización, Martín Gaite procede a un abordaje crítico por recorridos novedosos. Propone que quien escribe se dirige a una figura imaginaria, cuya identidad el autor desconoce pero construye, acaso vislumbra como una hipótesis y deposita en ella sus expectativas tanto como una escucha para un diálogo genuino que condicionará su escritura. Pero en principio quien escribe, aspira a entablar una conversación desde lo primordial con quien lo lee desde una alteridad compleja. Probablemente se adelante en la España de de los ’70 modo precursor a la Teoría de la recepción, una línea de la teoría literaria que más tarde cundiría en los estudios literarios universitarios y se consagraría a analizar la relación entre lector, autor y los rasgos propios del texto literario. En efecto, cada texto supondría un lector implícito que se desprende de la índole del mismo tanto como de sus índices de complejidad. Más crecientes o bien más simples, según la exigencia que ese autor o autora le impriman a la densidad y la profundidad de su escritura. Cada texto contiene un lector ideal, que postula como su destinatario espontáneo. En el segundo título, El cuento de nunca acabar, subtitulado “Apuntes sobre la narración, el amor y la mentira” se plantea nuevamente el abordaje de otro componente fundamental de la escritura literaria: la narratología. A lo que suma notas y fragmentos en torno de emociones y meditaciones acerca de lo personal, lo verosímil y lo verdadero. ¿Narrar literatura es acaso el arte de la mentira? Pareciera preguntarse y preguntarnos Martín Gaite. En ambos libros se revela como una escritora con capacidad teórica que vuelca la las conclusiones producto de su práctica de escritura en formulaciones de carácter especulativo con aportes sustantivos a ese campo.

Carmen Martín Gaite es una de las más destacadas escritoras españolas de la generación de la posguerra española, probablemente junto con Ana María Matute. “Carmiña”, como solían llamarla sus allegados, dejó una novela póstuma inacabada, titulada Los parentescos (editada en 2006), pero que permite deducir la inflexión que adoptaría su poética a partir de ese recodo de la vida si estamos atentos a su recorrido llegados a ese punto. Se trata de una obra de contenido fantástico que se articula con los vínculos intrafamiliares y con el vuelo de la imaginación más rotundo. Lo curioso en ella es que lo maravilloso está allí para subvertir, no para el escapismo ni para producir o reproducir emociones de orden efectista. Por el contrario, esas ficciones construyen imposibles semánticos que nos conducen a repensar nuestra relación con el orden de lo real, con la Historia y con nuestro prójimo. También con la posibilidad de concebir el mundo desde múltiples perspectivas y desde relaciones extracotidianas.

Quienes describen a esta personalidad que no se caracterizaba precisamente por las formalidades en el trato pese a sus múltiples conquistas profesionales, subrayan a una figura de cálida humanidad, un sentido de la ética y una afectividad cuyas notas dominantes eran la fidelidad a los amigos, el diálogo franco, agudo y un profundo compromiso con principios libertarios así como la entrega volcada hacia sus lazos familiares. También mencionan el modo generoso como los jóvenes se acercaban a ella en busca de apoyo o asesoramiento, solicitudes a las que jamás se negaba.

Nunca buscó el éxito. Pero el éxito siempre la acompañó en cada uno de sus emprendimientos. Autora poco no lo suficientemente difundida mi juicio en Argentina como lo merecería pese a su incuestionable talento y amplia repercusión en el mundo, recibió el Premio “Príncipe de Asturias”, el Nacional de Literatura, el Premio Anagrama de Ensayo y el Premio Castilla y León de las Letras, entre otros.

Nacida en Salamanca, luego se traslada a Madrid, casada con el también escritor Rafael Sánchez Ferlosio, autor de la célebre e insoslayable novela El Jarama (1955), además de otras importantes novelas y cuentos infantiles. Perderán dos hijos a lo largo de su vida, una de ellas ya adulta. Carmen Martín Gaite pasará buena parte de la suya a solas y experimentando el dolor de esa partida. Ello no será obstáculo, no obstante, para un trabajo que incansablemente se multiplicaría en traducciones (del francés, del italiano y del portugués: Flaubert, Primo Levi, Eca de Queiroz, entre otros), guiones de series para la Televisión Española, entre otros emprendimientos.

Solía decir de sí misma: “Soy una rebelde muy poco agresiva”. Eso resulta particularmente evidente y estalla en una definición perfecta de su poética no menos que de su temperamento. Jamás hay violencia ni estridencias en ella pero hay sin lugar a dudas subversión tanto como transgresión a los códigos sociales y los mandatos establecidos en diversas dimensiones de la condición humana. Sus recursos no rozan jamás ni lo escandaloso ni lo efectista. Por momentos puede haber estremecimiento, la irrupción de lo ominoso pero también el humor y una cuota de complicidad con los lectores que la muestran capaz de expresarse en muchas facetas y estilos. Es una escritora esencialmente plástica que, como hemos podido apreciar, no sólo atraviesa por momentos, géneros y temas en su producción sino por un amplio espectro de lectorados. Más bien Carmen Martín Gaite mediante un ejercicio de lenta persistencia, urde historias en las que lo socialmente normativo se ve neutralizado al punto de ser puesto en evidencia, en primer punto. Una vez visibilizado, a continuación es puesto en cuestión con irreverencia. Sin buscar por ello resolución sino, más bien, un efecto de incertidumbre.

Supo investigar sobre procesos históricos y sociales erizados de conflictividad social de su país, como la etapa de la Guerra Civil española que, al igual que al resto de su generación (y su país), los sacudió tan vivamente. Movilizada por ese espectáculo (de niña y adolescente) estudiará ese capítulo dramático, rasgos de los que quedan testimonios en varios de sus libros. Uno de ellos es la novela El cuarto de atrás, que señala a mi juicio un giro en su narrativa. Una obra en la que se cruzan lo siniestro, lo maligno, lo diabólico, lo enigmático y el misterio, adoptando la novela la forma narratológica de una cinta de Moebius. La historia guarda testimonios de las heridas de la guerra porque refiere el período de dolor y de la pérdida de ese “cuarto de atrás” que era una suerte de habitación que constituía un espacio de libertad, juego, desparpajo y permisos. Refugio para la protagonista hasta que se desata el momento de la Guerra Civil, ese espacio de libertad se transforma en un el lugar que su madre elige para utilizar como despensa para guardar alimentos en conserva en grandes cantidades. Precisamente la antítesis del espíritu lúdico según el cual estaba concebido ese espacio.

Luego de la citada etapa en primer lugar realista en la que indaga en la psicología de personajes que no encajan con los estereotipos sociales, sino que suelen tener serias dificultades adaptativas, la siguiente, en que los lazos básicamente entre mujeres se fortalecen (entre otros temas), y entre la que destaco Nubosidad variable (1992) e Irse de casa (1998), el último compás de su vida se consolida finalmente: su faceta como autora de literatura infantil y juvenil, por lo general de índole maravillosa. De esta etapa datan Caperucita roja en Manhattan (1998) y los cuentos “El castillo de las tres murallas” y “El pastel del diablo”, que por momentos contienen elementos inquietantes.

Asimismo, su vida transcurrió durante largas y laboriosas horas en archivos investigando para sus libros, Usos amorosos de la posguerra en España (1996) y Usos amorosos del XVIII en España (2006), entre otros, analizando la socialización entre varones y mujeres durante esas etapas. Realiza un abordaje diacrónico y sincrónico de ambos períodos.

Toda su obra invita a practicar el pensamiento crítico, la expansión de la imaginación luego, la consolidación de la afectividad entre los seres humanos desde sus aspectos más saludables y más creativos, la reflexión, la revisión de las instituciones sociales tanto como las políticas. También las costumbres que frustran la historia de los sujetos tanto colectiva como individualmente. Por último, agregaría a todo ello que en sus investigaciones se aboca a la reconstrucción del pasado traumático de una Nación para analizarlo y no repetir episodios penosos en una sociedad que los ha padecido.

Hay una necesidad de congruencia que resulta primordial en los libros de Carmen Martín Gaite entre lo que se predica y lo que se practica tanto en el seno de su ficción como por fuera de ella. Su ideología literaria se opone a los discursos unívocos y se proyecta hacia una visión del mundo que jamás se plantea desde lo estético en términos simplistas.

Carmen Martín Gaite crea y recrea en otros la posibilidad de encontrar en sus ficciones y ensayos la inspiración necesaria para preservar lo más valioso del modo de relacionarnos, la coincidencia y los consensos entre ciertos principios morales promovidos de modo estimulante por el orden de lo literario. Nos propone modernos, originalísimos abordajes del tiempo histórico. También su obra deviene reservorio y archivo de la memoria del tiempo histórico, junto con una persistente interrogación en torno de lo que somos y hemos sido, esto es, de nuestra identidad. Lo hizo mediante enfoques que no sólo no conocían precedentes en su país desde la investigación y la creación sino que inauguró otros nuevos, abriendo frentes renovadores. Fue una precursora si tenemos en cuenta las fechas de su nacimiento y su pérdida, en que llega en el momento culminante en el que se asoma el mundo al siglo XXI. Porque también esta autora mantuvo una invariable vigencia. Carmen Martín Gaite fue reconocida por el gran escritor Ignacio Aldecoa como la primera escritora universitaria de su generación.

Leerla depara momentos de intenso regocijo porque uno encuentra en ella refinada inteligencia, sensibilidad exquisita y riguroso abordaje de la ficción. Sus propuestas son desafiantes, pero no dan respuestas acabadas sino que son las de una completa apertura. Y en el plano de las experiencias, no hace sino devolvernos como un espejo incertidumbres. Carmen Martín Gaite en toda su magnífica producción propone itinerarios múltiples y en tanto el lector busca una voz ella lo recibe de modo sorprendente con un coro de resonancias y reverberaciones que lo despistan pero al mismo tiempo lo hacen sin desencantarlo. Y en este juego en el que Martín Gaite sin ser naïve sí apuesta a la fidelidad y los principios, aspira también a desconcertar. Nos encontramos en la escena misma de lectura, frente a alguien que con valentía se enfrentó a roles de género estipulados tanto como a compases de la Historia de su país que le resultaron inadmisibles frente a los cuales tomó partido y asumió responsabilidades. Hubo adhesiones. Pero también hubo resistencias a sus iniciativas. Carmen Martín Gaite fue quien nombró experiencias acalladas, investigó con innovación otras soterradas y puso palabras a silencios. No es poco, en alguien que precisamente consagra su vida a escribir. Y ella escribió una música nueva. El cuento siempre acaba de comenzar con Carmen Martín Gaite. Y lo hará de modo incesante.

Abril 2019

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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