Carolina o el liberalismo se vistió de blanco

Por Mario Goloboff*

Muy bien, ella. De haberla conocido, Pier Paolo Pasolini la habría elegido para hacer de María, virgen madre, en su célebre Evangelio… Así es de pura. Aplicada y modosita; cara abierta y, en apariencia, transparente, no tiene nada que ocultar a sus cuarenta y tantos apenas. Una de las mejores creaciones de los PRO boys. Buenos antecedentes, impecables propósitos, excelentes formación y educación: realizó su primaria y su secundaria en la escuela bilingüe St. Catherine’s School. Egresó como abogada de la Universidad de Buenos Aires con casi diez de promedio general. Todo en ella parece diáfano, límpido, inatacable. Con este curriculum, era la persona ideal para negociar con los que ellos llaman “los mafiosos”. Digamos, sin exagerar, con los difíciles, los duros de la calle. Que son todos los que se les oponen y, cuando tienen el Gobierno, no los dejan en paz: les piden y exigen planes y trabajo, y comedores y salud. Para personas que no quieren trabajar. O que no saben hacerlo. O que han perdido el hábito. Por indolencia, por mala educación, por mala voluntad.

Ella negociaba, daba un poco, otro poco quitaba, maniobraba, cedía, hacía como que cedía, decía que daba pero no aflojaba. Ya, para llegar a ese lugar, hay que trenzar; no todas pueden ser buenas acciones; la moral ambiente, en el ambiente, demanda algunas argucias, algunas trampas. ¿De cuáles se ha servido? ¿Una familia vinculada y económicamente poderosa? Su papá, antes de que ella fuera ministra fue hombre del Citibank, director titular del Banco Macro, director de Inverlat Investments S.A., director titular de Havanna S.A., y luego miembro del Consejo de Administración de Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento). Ella fue, desde 2003, directora ejecutiva de la Fundación Grupo Sophia, creada por Horacio Rodríguez Larreta, y luego la encargada de contener los efectos sociales del ajuste de Cambiemos desde el Ministerio de Salud y Desarrollo Social. En el futuro, dicen, va a integrar con María Eugenia Vidal una ONG, asesora, consultora, grupo de presión. Esas cosas que ellos inventan en la sociedad civil, que son las mismas que había antes para defender intereses sectoriales, pero ahora con una pátina de modernidad y de disimulo.

Hasta hoy, no se la acusó de nada ilícito en materia de bienes colectivos, aunque circularon investigaciones (voluntarias) que revelarían una preadjudicacion a la empresa AdeA, dirigida por su padre, una licitación por más de 3 millones de pesos en un acuerdo de compra abierta para el (ex) Ministerio de Salud y Desarrollo Social. Sin que entre padres e hijos tenga que mediar alguna prestación por un favor semejante, los sabuesos destacaron que aquí podía haber un conflicto de intereses, y segundo, que tiempo atrás su padre le había donado una propiedad de 400 metros cuadrados valuada en 1 millón de dólares. Esa donación le habría permitido a la entonces ministra justificar la compra de una propiedad al productor televisivo Mariano Chihade, esposo de la conductora Mariana Fabbiani, dueño de la productora Mandarina, amigo personal de Macri. Con importante incremento patrimonial.

Nadie piensa mal, nadie piensa especialmente mal de gente de cuyo comportamiento no tiene pruebas, pero hay que tener cuidado. Ellos también se preparan para volver y, algunos, son especialmente temibles. El estilo Bullrich, el estilo Carrió, el estilo Alonso, son fáciles de detectar y, habiendo fuerza política, de combatir. Pero el estilo Peña, el estilo Vidal, el estilo Stanley son mucho más sutiles y, por ende, peligrosos. Según Popular, del 3 de septiembre de 2018, en el gobierno destacaban el trabajo de Stanley para lograr contentar a Emilio Pérsico y el Movimiento Evita, con quienes llegó a un acuerdo en 2017 para recorrer las zonas más pobres y revelar el porcentaje de indigencia “real”, tratar las adicciones y mejorar la situación en fábricas recuperadas. Así como cuentan que, en sus primeros tiempos a cargo del Ministerio, emplazado en la 9 de Julio, algunos de sus detractores comenzaron a llamarla la “Evita cheta”. Ella no renegaba de su vínculo con los movimientos sociales ni de su origen privilegiado, aunque consideraba que el curioso mote había pasado de moda.

Esta es la ministra cuyo secretario de Salud de la Nación, Adolfo Rubinstein, puso en marcha (“actualizó”) el protocolo de Interrupción Legal del Embarazo (ILE), medida que ella y el ex presidente Macri consideraron con “malestar” y anularon inmediatamente, lo que provocó la renuncia del secretario. Habían expresado su descontento con el funcionario por haber emitido, sin consultar a “sus superiores jerárquicos”, la resolución 3158/2019, que formulaba la actualización del protocolo. El Gobierno derogó la medida por decreto, y Rubinstein presentó su renuncia. Quedó, no obstante, claro que esa derogación era por razones de fondo y no de forma, como adujeron ellos en un primer momento. Porque, a tenor de las palabras del secretario, la suya no fue una decisión inconsulta ni por fuera de su poder de decisión, que es lo que le criticaron: “Obviamente que yo había hablado con muchos funcionarios de que esto iba a salir. Habíamos acordado de que era difícil de que salga antes de las elecciones. Mi posición era absolutamente clara al respecto: había que formalizar eso que era un documento, había que darle entidad jurídica”, comentó Rubinstein. “Esto era competencia exclusiva de la Secretaría de Gobierno de Salud y no tengo que dar parte ni dar intervención a ninguna otra dependencia gubernamental porque se trata de un protocolo de actuación para los médicos y los equipos de salud. Esto no cambia con respecto de lo que había en el 2015. No amplía ningún derecho”, analizó.

Además, dijo no estar arrepentido y que le sorprendió “la enorme repercusión política que tuvo”. “La verdad que no lo anticipaba. Me pareció que era algo que sí iba a tener repercusión mediática y social, pero no pensé que tanta repercusión política”, estimó. Dijo que su accionar fue en línea a lo que asumió hace dos años como ministro: “la política de salud pública en cuanto a protección de los derechos sexuales y reproductivos”, aseguró. Rubinstein afirmó que ya había dejado claro su parecer en el debate sobre la legalización del aborto el año pasado. “Creo que traté de tener la voz de la salud pública /…/ Lo dijo Favaloro hace 25 años. Esto había que ponerlo blanco sobre negro y fue lo que yo traté de darles: evidencia, data, información de lo que pasaba en los demás países del mundo”, sostuvo.

También esto es peligroso, y habría que recordarlo cuando quieran volver, porque parece ser que estas personas creen necesario llevar su pureza personal y su virginidad al ejercicio de la función pública.

* Mario Goloboff es escritor y docente universitario.

13/01/20 P/12

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *