Carta de Cortázar a Macrì

Una planicie alisada por la muerte

Macrì lo consigue una y otra vez. Escucho su discurso con estupefacción. O, como dice la academia española de la lengua, con “disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia”. Cualquier cosa, menos subestimarlo. No es el estúpido que parece, no consume estupefacientes ni bebe alcohol. Nos hace sentir estúpidos a nosotros. Tardamos en reaccionar.

Habla de un país imaginario e ignora en forma deliberada y sistemática los datos que millones padecen en su vida cotidiana. En su mundo del revés la inflación cae para arriba y el empleo crece para abajo, como la zanahoria. Lo de Campo de Mayo ya es demasiado. Recién después del anuncio comenzaron a estudiar el proyecto y a dar explicaciones. Macrì tiene una astucia discursiva distinta a la de Menem, quien para fundamentar la demolición de la ESMA propuso crear allí un parque y un monumento a la unión nacional. Era una provocación explícita, una forma maligna pero frontal de debate. Macrì es lateral, felino, hace su propuesta como si hablara de otra cosa. Pero no tiene nada de casual, es el mismo que pone bichos en los billetes en vez de próceres. Se trata de abolir la historia y con el pretexto del medio ambiente, crear nuevas oportunidades de negocios para los amigos, socios y testaferros . Es lo que hizo durante los ocho años de gobierno en la Ciudad, como cuenta en esta misma edición Gabriela Massuh. Nadie podrá acusarlo de discriminador. No tuvo una palabra para las víctimas que padecieron en el mayor campo de concentración, torturas y exterminio, pero tampoco para los militares que hoy tienen su asiento en esa guarnición, a quienes tomó tan de sorpresa como a los organismos defensores de los derechos humanos.

No encuentro mejor forma de explicar qué implica esto, que citar un cuento que Julio Cortázar nunca escribió y cuyo argumento expuso en la Revista de Occidente de Madrid en 1981. Hoy puede leerse como una carta dirigida al presidente que no pudo imaginar:

“Un grupo de argentinos decide fundar una ciudad en una llanura propicia, sin darse cuenta en su gran mayoría de que la tierra sobre la cual empiezan a levantar sus casas es un cementerio del cual no queda ninguna huella visible. Sólo los jefes lo saben y lo callan, porque el lugar facilita sus proyectos, ya que es una planicie alisada por la muerte y el silencio. Surgen así los edificios y las calles y la vida se organiza y prospera, muy pronto la ciudad alcanza proporciones y alturas considerables y sus luces, que se ven desde muy lejos, son el símbolo orgulloso de quienes han alzado la nueva metrópolis. Es entonces cuando comienzan los síntomas de una extraña inquietud, las sospechas y los temores de quienes sienten que fuerzas extrañas los acosan y de alguna manera los denuncian y tratan de expulsarlos. Los más sensibles terminan por comprender que están viviendo sobre la muerte, y que los muertos saben volver a su manera y entrar en las casas, en los sueños, en la felicidad de los habitantes. Lo que parecía la realización de un ideal de nuestros tiempos, quiero decir un triunfo de la tecnología, de la vida moderna envuelta en el algodón de televisores, refrigeradores, cines y abundancia de dinero y autosatisfacción patriótica, despierta lentamente a la peor de las pesadillas, a la fría y viscosa presencia de repulsas invisibles, de una maldición que no se expresa con palabras pero que tiñe con su indecible horror todo lo que esos hombres levantaron sobre una necrópolis”.

Cortázar no escribió el cuento porque ya estaba escrito en el libro de la historia. Pero en un fantástico desenlace cortazariano, la historia vuelve a escribirlo una y otra vez.

El Cohete a la Luna

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