Cartas robadas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lionel Shriver

Foto: The New Yorker

La primera vez fue por culpa del dolor en la rodilla. Tras completar pesadamente las cuestas y las pendientes de la costa, la ruta postal de Gordon Bosky en Newquay se desviaba hacia el interior y pasaba justo por delante de su casa adosada. El dolor había sido repentino; por eso llevó el carro al vestíbulo, preparó una taza de té y se quedó dormido. Cuando despertó era demasiado tarde para terminar el reparto sin que le lloviera un aluvión de quejas, y a la mañana siguiente habría aún más correo, demasiado para meterlo en el carro sin sacar antes el paquete de las cartas que no había entregado. Así pues, Gordon B. metió el correo huérfano en una bolsa de basura que quedó al pie de la escalera durante un tiempo. Nadie lo advirtió; el sol siguió saliendo.

Por supuesto, los vecinos podrían haber protestado si las cartas hubiesen dejado de llegar por completo. Por eso, echando mano de una impresionante agudeza psicológica y una matemática ingeniosa, Gordon aprendió a calcular la frecuencia con que un carro lleno de sobres y paquetes podía desaparecer sin que nadie se diera cuenta. ¿El motivo? Tenía demasiado trabajo y le pagaban muy mal. El Royal Mail exigía que las rutas se completaran demasiado rápido; al fin y al cabo, él tenía una rodilla chunga. De sus propias y exigentes inspecciones había inferido que esos días el correo estaba hasta los topes de basura; los destinatarios deberían agradecerle que no lo repartiera: un catálogo de saleros eléctricos o cartas admonitorias del fisco en unos sobres marrones tan baratos y deprimentes que cualquiera pensaría que la Segunda Guerra Mundial no había terminado.

Pero puede que el principal motivo fuese que a Gordon Bosky jamás le escribía nadie. Dada la manera como se ganaba el pan, es posible que no fuese precisamente justo recordarle a diario que estaba solo en el mundo. Al principio se había decantado por Cornualles suponiendo que un destino vacacional rebosaría de viudas ávidas de sexo y divorciadas norteamericanas ricas. Pero lo que encontró fue un Newquay plagado de surfistas delgadas y pijas que miraban a través de un cartero de cincuenta y cinco años como si fuera una medusa translúcida.

Así pues, a medida que las bolsas de basura fueron acumulándose, Gordon llegó a mirar el alijo como si fuera su propia clase de impuesto o, más finamente, un diezmo. Puesto que ya no había gente agradecida que por Navidad le diera al cartero un billete de diez discretamente doblado o, como mínimo, un puñetero pudin de ciruelas, se sentía obligado a sacar una propina suplementaria cuando se acercaban las vacaciones, es decir, cuando había más para elegir. O mejor aún en pasado: cuando había habido más para elegir. Era para ponerse furioso. Ahora los compradores indolentes compraban lo mejor por Amazon, que prefería a los mensajeros en lugar de a los funcionarios del Royal Mail. ¿En serio? Como si no se pudiera confiar en los carteros.

Clasificar el botín era trabajo duro, y el ayuntamiento podría haber elogiado su diligente labor de reciclaje: las cajas azules, siempre a reventar de circulares, extractos bancarios, analíticas y cupones de Tesco que, por desgracia, él no podía usar, pues el código de barras no se correspondía con el de su Tarjeta Club. En consecuencia, Gordon sentía que se había ganado los pocos restos aprovechables que rescataba, como las pantuflas forradas de borreguito, un número menos que el suyo. Lamentablemente, la rara correspondencia personal que repartía solo confirmaba que sus vecinos eran una panda de aburridos: quejas de muy mala leche por un tubo de dentífrico vacío —léase: lleno de aire— o mensajes de odio escritos a mano para algún pobre periodista de Jubilee Street, garabateados con tinta verde, puros signos de admiración, todo en mayúsculas y una palabra de cada dos subrayada tres veces.

Sin embargo, en septiembre llamó su atención un sobre elegante. La letra de quien había escrito las señas no era ni de médico ni de mosca y, lo que es más, era legible (pues últimamente la pesadilla de un cartero eran los fracasados criados con ordenadores que cuando escribían Newquay a mano parecía que hubieran escrito Moscú). Dentro, en papel de carta de buena calidad:

Querido Erskine:

Perdona mi impertinencia, pero mi hija te encontró por mí en Facebook (un enigma totalmente incomprensible para mí, me temo). Es posible que no me recuerdes, pero estudiamos juntos en Bergen Grammar, en Peterborough. Después de treinta y nueve años puedo por fin reconocer que entonces me gustabas. Admiraba no solo la seguridad con la que manejabas tus dificultades, sino también la habilidad con que usabas las penurias en tu favor.

Según mi hija, eres soltero, y por tu fotografía ha dicho que eres «toscamente guapo». Mi marido murió hace unos años. ¿Te gustaría que nos viéramos? La primera semana de noviembre iré a Newquay, al festival de cine.

Si no recibo noticias tuyas, pensaré que tienes una vida demasiado plena para recibir a alguien que es casi una desconocida, y no me ofenderé.

Saludos cordiales,

Deirdre St. James (la chica del sombrerito rojo)

Un nombre, cuando menos, pomposo. Pero Gordon y Deirdre debían de tener casi la misma edad, y al cabo de cuatro décadas uno podría haberse vuelto cualquier cosa. Sí, podía decirse que era «toscamente guapo», si bien haciendo ligero hincapié en el adverbio. El verdadero Erskine Espadrille (un nombre muy pomposo) era un ermitaño que nunca abría siquiera el buzón y se había mudado poco antes sin tomar la sensata precaución de contratar el servicio de redireccionamiento del correo. Un roñoso, y a Deirdre (de la que ya se sentía amo y señor) más le valía perderlo que encontrarlo. Gordon contestó.

Fue una grata sorpresa que su carta no fuera a parar a manos de un cartero como él, y consiguió su objetivo. Cuando Deirdre llamó al número que le había dado «Erskine», su voz transmitía la misma claridad y firmeza de su letra. Cierto toque malicioso en la risa casaba bien con una niña que había lucido un estrafalario sombrerito rojo. Acordaron encontrarse en un café que no quedaba lejos del Lighthouse Cinema, entre los pases de las películas que Deirdre no quería perderse. Era una verdadera cinéfila.

Una mujer elegante y bien conservada con el pelo corto gris bien arreglado entró en el café a la hora en que se habían citado; le había dicho que la reconocería por un fular rojo fuego, un recuerdo del sombrero que de niña había sido su signo de identidad.

—¡Deirdre! —Gordon intentó infundir a su apretón de manos la seguridad que ella había admirado en su compañero de clase—. Pensé que no ibas a reconocerme después de tantos años.

—Erskine —dijo ella, con énfasis, y un destello en la mirada—. Pues podría no haberte reconocido.

Pidieron té. Deirdre, que había sido funcionaria de urbanismo en Swindon, se había acogido a la jubilación anticipada, lo mejor que podía hacer una mujer con tantos intereses. Después de que Gordon la hiciera partícipe de su angustia por los rumores sobre una posible privatización del servicio de correos, los dos se compadecieron por la injusticia. Era escandaloso que en esos días toda la nación pareciera molesta con los trabajadores públicos.

—Como si fuéramos parásitos —dijo Deirdre—. No aprecian lo que hacemos. ¿Hay gente en el tan cacareado «sector privado» que quiera estos trabajos? Creo que no. Somos servidores públicos. Por eso me fui mientras podía quedarme con una pensión digna. Tras tanto sacrificio, hay que aprovechar los pocos incentivos.

—Tienes razón —convino efusivamente Gordon (o Erskine)—. Nuestros clientes…, bueno, la gente no sabe valorarnos. Ni te imaginas lo grosero que es aquí el personal… Madres que acercan el cochecito del crío a mi carro, en la acera, ¡y esperando que este servidor público les ceda el paso! Te equivocas de dirección cuando entregas una carta y te llueven los insultos. ¿Se alegran por los miles de cartas y paquetes que entregamos correctamente? Nunca.

Deirdre lo invitó al cine, donde Gordon estuvo de tan buen humor que superó su aversión a los subtítulos.

De hecho, durante el resto de la semana se encontró con Deirdre para asistir a los pases de la tarde, una «cinefilia» que le simplificaba el acumular en su vestíbulo la mayor parte del reparto de la mañana. Sin miramientos. Dieron paseos por el camino de la costa (la rodilla había mejorado increíblemente), contemplaron la puesta de sol en Fistral Beach y cenaron con vistas al mar. Él la cortejó con atentos pequeños regalos de su oculto tesoro postal: un paquete de hongos secos exóticos, una guía de los restaurantes de Cornualles y, gracias a un maravilloso golpe de suerte, por obra y gracia de una viejecita de Yorkshire que tenía tiempo de sobra, un gorro de lana rojo tejido a mano.

Por supuesto, hubo momentos incómodos. Gordon se olvidaba de volverse cuando Deirdre lo llamaba Erskine. A la hora de pagar, se apresuraba a guardar la tarjeta de crédito en la cartera para que ella no viera el nombre del titular. Una búsqueda de «Bergen Grammar» en Google le permitió «recordar» con nostalgia un anfiteatro recubierto por la hiedra, pero cuando Deirdre rememoró a algunos profesores y compañeros, Gordon solo pudo asentir con la cabeza. También tuvo que salir del paso como pudo cuando uno de sus pocos clientes de confianza lo llamó por su nombre —un apodo, explicaba después, por su afición al gin—. En adelante, Gordon se vio obligado a pedir gin-tonics aunque prefería la cerveza rubia.

Y cuando Deirdre sugirió que podría estar bien cenar en casa de Gordon la última noche, toda la farsa corrió el riesgo de irse al traste. Cenar en casa era una petición razonable, pero él se las vería y se las desearía para justificar el GORDON BOSKY en la placa de la entrada o la disparidad entre su domicilio y la dirección a la que Deirdre le había enviado la carta. Además, la casa estaba llena de pequeños detalles que lo delatarían, como el nombre en la receta de los calmantes para la rodilla. Y, sobre todo, ¿qué explicación racional podía dar sobre las montañas de bolsas de basura? A decir verdad, Deirdre había llegado a gustarle locamente, pero tarde o temprano, con ese lío del «Erskine Espadrille», un lapsus lo traicionaría.

No tenían futuro.

Al final accedió al deseo de Deirdre y por la noche la recibió en su casa con la cabeza gacha, como si estuviera en un funeral. Si advirtió algunas anomalías, la invitada se abstuvo cortésmente de comentar nada en voz alta. Al pasar por encima de una bolsa de basura, se limitó a preguntar educadamente si Gordon tenía tendencia a acumular.

—En cierto modo, sí —dijo él, abatido. En cuanto Deirdre echara un vistazo a una bolsa, todo quedaría al descubierto, y entonces tendría una opinión menos que benévola sobre ese diezmo forzoso. Fin de la que hasta ese momento era la mejor semana de su vida.

Durante la cena —la luz de las velas atenuaba el brillo de las bolsas de plástico—, Gordon tuvo poco apetito y al final confesó.

—Deirdre, cariño. Yo no soy Erskine Espadrille.

—Claro que no —dijo ella de inmediato.

—¿Lo sabías?

—Erskine nació sin la mano derecha. La ortopedia ha avanzado, pero las prótesis no son tan reales. Me ha cautivado tu espíritu emprendedor. Aunque siento curiosidad…, ¿cómo llegó mi carta a tus manos?

Como no tenía nada que perder, Gordon se lo contó todo.

Mientras Deirdre reía, su inconfundible toque resabiado sonó directamente a maldad.

—¡Qué bueno! Yo soy una fisgona sin remedio y no se me ocurre nada más delicioso que abrir la correspondencia ajena. Pero, por el aspecto de esta casa, no te veo a ti haciendo todo el trabajo solo. ¿Y si después del pudin empezamos por esa bolsa que hay junto a la puerta?

En adelante, haciendo gala de la misma eficiencia con la que Deirdre St. James había denegado permisos de obras para construir cobertizos en jardines traseros, la operación adquirió un cariz más profesional y decidieron poner al día lo atrasado. Gordon se ocupaba del reciclaje mientras su posible futura esposa leía en voz alta pasajes agresivos de la correspondencia. Reservaron, con ternura, los hallazgos de calidad para las que pronto serían unas navidades maravillosas. Desenterraron, con tino, tal o cual objeto tan increíblemente feo o inútil que el método más fácil para deshacerse de él era entregar el paquete, aunque fuera con retraso, al desafortunado destinatario. Los esfuerzos de Gordon Bosky habían enseñado a los usuarios de Correos el arte de la apreciación, y nadie nunca se quejaba de los retrasos; antes bien, todos se mostraban debidamente agradecidos con tal de recibir algo, aunque fuera tarde.

(De: Propiedad privada, Anagrama 2020. Traducción: Daniel Najmías)