¿Catastrofismo anticapitalista?

Por Atilio A. Boron

A veces me acusan de apelar a diagnósticos catastrofistas para tratar de demostrar lo que los ideólogos oficiales del sistema (los Vargas Llosa y compañía, nucleados en la Fundación Libertad) consideran absurdo o extravagante: que en el horizonte del capitalismo se vislumbre la posibilidad de su ocaso.

Tal como lo he dicho en repetidas ocasiones no será una pandemia la que vaya a derribarlo sino la lucha de las fuerzas sociales y políticas empeñadas en construir un mundo mejor. Pero no deja de ser un dato significativo que Foreign Affairs, la centenaria revista del Council on Foreign Relations, haya publicado un número especial, antes de la pandemia, dedicado a los graves desafíos que enfrenta el capitalismo. La ilustración de la portada es magnífica: allí está el toro emblemático de Wall Street súbitamente paralizado frente a un insondable abismo cuyo borde comienza a resquebrajarse. El veredicto final de esta crítica coyuntura, la más grave enfrentada por el capitalismo desde 1929, será sentenciado por la lucha de clases. Pero la grave preocupación que trasunta esta publicación es un claro indicio de que los intelectuales orgánicos de la burguesía imperial y sus grandes estrategas sienten que hay un espectro que ronda no sólo por Europa sino por todo el mundo: el espectro del pos-capitalismo. No se lo divisa aún con precisión porque estamos en medio de la batalla. Pero la posibilidad de una reconstrucción pos-capitalista, o tal vez “protosocialista”, de las sociedades contemporáneas es algo que no puede ser subestimado.

Por eso la derecha mundial se ha puesto en guardia, y su fino instinto le ha dicho se enfrenta a un peligro de inéditas proporciones. Falta saber si las clases y capas populares y sus representantes políticos caen también en la cuenta de que el sistema ya carece el vigor de antaño, que está lejos de ser inexpugnable y que puede ser derrotado. La pandemia no fue quien originó la crisis, pues ésta venía gestándose desde antes. Lo que sí hizo fue correr, con mortífero impulso, el telón que ocultaba sus enormes contradicciones y debilidades, que ahora son percibidas por (casi) todos. La rápida disipación del fetichismo característico de la sociedad burguesa ha hecho que grandes sectores de las masas populares perciban o intuyan que se puede correr el límite de lo posible mucho más allá de lo que se imaginaban hasta hace unos pocos meses. Y esta convicción está en la base de toda praxis genuinamente revolucionaria. Ojalá que no se malogre esta excepcional oportunidad para construir un mundo mejor.

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