Cazador de tapires

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mariano Quirós

Fui a Miraflores porque papá me lo pidió. Me mandó el mensaje con un colega —otro maestro rural— que se volvió a Resistencia porque ya no aguantaba el calor, la soledad y el olor de los indios. Eso me dijo el mismísimo maestro, y en ese orden.

—La vida allá es dura —agregó como justificándose, como si fuera un pecado hartarse del medio ambiente.

De papá yo no había tenido noticias en los últimos dos años. Consiguió las horas como docente en Miraflores y partió sin despedirse, ofendido con todos. “Todos” éramos mi madre y yo y la verdad es que ni a ella ni a mí la partida de papá nos movió un pelo. Nos enteramos un mes después y, para entonces, cualquier intento de comunicación hubiese sido en vano, quizá un motivo de pelea o discusión.

Pero ahora papá me mandaba a llamar: no quería pasar solo su cumpleaños.

Antes de llegar a Miraflores, el colectivo hizo paradas en Tres Isletas y en Castelli. Yo conocía muy poco el interior del Chaco, casi nada, y por la ventanilla del colectivo esas dos ciudades me parecieron horribles. La gente que bajó allí era gente muy pobre, gente de cara curtida y de ojos que miraban más allá, algo lejano, una vida un poco más amable. Pensé en Miraflores y me dispuse para lo peor.

Pero no me dispuse lo suficiente: apenas bajé del colectivo, me sentí mal, descompuesto y triste, todo a la vez. La gente que bajó conmigo también se veía mal. Miraflores era una réplica pequeña y precaria —aún más precaria— de Tres Isletas y Castelli.

Busqué a papá en medio de aquel páramo, pero no vi más que a un hombre macilento que me sonreía, aunque era muy difícil saber si la expresión en su cara era una sonrisa o una burla. El hombre tardó más de lo aconsejable en presentarse:

—Soy Orión —dijo—, su papá me mandó a buscarlo.

Mientras apretaba la mano de Orión, me dije que sólo en un lugar como Miraflores alguien podía llamarse así. Después nos subimos a una camioneta destartalada y en un par de minutos estuvimos internados en el monte. O en algo que para mí era como un monte.

Además de los ruidos que hacía la camioneta, Orión hablaba poco, rápido y mal, por lo que no me esforcé en buscarle conversación. Anduvimos un trecho bastante corto, pero aun así el calor y los olores que se levantaban de los asientos hicieron el paseo bastante sufrido. Recordé al maestro colega de papá, su hartazgo.

Cuando llegamos a lo que parecía el final del camino, Orión bajó de la camioneta y dijo algo que entendí como una invitación a seguirlo. Lo seguí, entonces, incómodo por el sudor y por la mochila llena de ropa que cargaba, muy coqueta para semejante espesura, absurda incluso.

La casa de papá no era lo que yo esperaba: flanqueada por dos enormes árboles —quebrachos, algarrobos, no sé qué árboles eran, pero eran enormes—, asomaba como una construcción más derruida que modesta. Desde afuera podías prever las carencias y las incomodidades, el aire sucio en cada rincón. Me impresionó que el piso de la casa fuera de tierra, ni un cemento, ni siquiera tablas de madera, nada trabajado que pisar.

Lo que había eran muchos animales: gallinas, pollos, chivos, perros, chanchos, todos mezclados, como si fueran de una misma especie. Al único que no se veía por ningún lado era a papá.

—Espérele nomás a su papá —dijo Orión—: fue a cazar un tapir.

Me llevó tiempo figurarme un tapir. Una vez que lo hice, pensé que tal vez Orión había querido hacer un chiste, un chiste raro, pero chiste al fin.

Si por fuera la casa hacía prever lo peor, por dentro lo confirmaba: era una sola habitación con dos catres dispuestos aquí y allá, unos bártulos de cocina y otros tantos enseres tirados a la buena de Dios. Y en el medio de todo, una computadora encendida. Semejante contraste me alegró y me llevó a la estupidez de preguntarle a Orión por la conexión a internet. Por suerte, Orión ni siquiera me oyó.

Dejé mi mochila y salí a dar un par de vueltas por los alrededores de la casa, pero el calor y las irregularidades del terreno —muchos arbustos pinchudos y muchos pozos— hicieron que el paseo durara poco. Al final saqué un libro de mi mochila y me senté a leer sobre un tocón, a una distancia prudencial de los animales domésticos.

Por haberme hecho una idea del campo, como mínimo, ingenua, me había traído sólo libros de poesía. No había modo de apreciar un verso de Juan Gelman o de Pizarnik en ese lugar. Otra vez me sentí estúpido y triste.

Orión se me acercó un rato después y me preguntó si necesitaba alguna cosita. De ser honesto, hubiese respondido que sí, que necesitaba estar en mi casa, en Resistencia, tranquilo en mi habitación. En cambio le dije que estaba muy bien como estaba. Orión se quedó a mi lado sin decir nada. Me miraba nomás.

Papá llegó un par de horas más tarde, justo cuando yo empezaba a pensar que me había equivocado, que yo no era la persona que Orión debía ir a buscar y que el padre que me esperaba era el padre de otro hijo.

La sensación, de hecho, se profundizó con la llegada de papá: el hombre moreno y recio que me abrazaba tenía muy poco que ver con aquel hombre flácido y paliducho que yo no veía desde hacía tanto tiempo. Tampoco parecía un hombre preocupado por pasar solo su cumpleaños.

—Viniste, quién iba a decir —dijo.

Pensé que diría algo más, que me haría preguntas, que se preocuparía por saber de mí, pero no supo cómo o simplemente no tuvo ganas de hacerlo. Prefirió, en cambio, hablar con Orión:

—¿Se sabe qué comemos?

Orión, ya lo he dicho, hablaba poco y no le interesó romper su mutismo para hablar de la cena. Y tampoco a papá le importó que su pregunta quedara flotando en el aire sucio de Miraflores.

Lo miré atentamente: recordé aquella vez que un amigo suyo nos llevó de pesca. Yo tenía catorce años y empezaba a manifestar sin prurito mi rechazo por la vida al aire libre. Papá era igual que yo; mejor dicho, yo era igual que él. Su amigo nos ofreció experimentar distintas modalidades de pesca y cada una nos incomodó y nos aburrió hasta el hartazgo. Recuerdo nuestro fastidio al bajar de una lancha, la sensación de que habíamos desperdiciado el fin de semana en una actividad que no nos aportaba nada. Papá hizo un último intento por sacar algo positivo de la pesca —aunque tal vez lo hizo de puro comedido— y se acercó a un grupo de pescadores que desplegaba su destreza desde la orilla. A esos hombres, como a cualquier otro, les caen mal las interrupciones, las preguntas estúpidas de los inexpertos, y no tuvieron empacho en desairar a mi padre. Quiero decir que hicieron caso omiso a sus comentarios amistosos. No les importó siquiera que papá se acercara al racimo de pescados que lograban cada vez que había pique. Eran palometas. Papá levantó una —la sostenía entre un pulgar y un índice, poniendo cara de asco— y espió en la boca abierta del pescado, en esos colmillos tan fieros. Después quiso hacerse el gracioso. Ése era un detalle muy ambiguo en papá: sus gracias solían acabar en meros desastres. Mirándome, como haciéndome partícipe del chiste, metió un dedo en la boca de la palometa, entre los colmillos. Su amigo le diría luego —mientras papá se apretaba con un trapo el dedo ensangrentado— que esos animales, recién muertos, mantienen los reflejos y los nervios en actividad. Pero aquel accidente respondía más a la estupidez que a cualquier posible nervio o reflejo.

Ahora, muchos años después, papá y yo estábamos en Miraflores y él tenía una gallina agarrada del cogote. Era nuestra cena. Armó un fuego con ayuda de Orión; concentradísimo, puso una olla con agua sobre ese fuego y, mientras el agua hervía, fue limpiando la gallina de sus impurezas. Un procedimiento complejo y asqueroso.

Me mantuve a un lado todo el rato, sin saber si me correspondía o no ofrecer alguna ayuda. Cuando me decidí a ofrecerla, papá se limitó a mostrarme la palma de una mano dándome a entender que no hacía falta. Me quedé, entonces, de pie, mirándolo trabajar, reprimiendo mis ganas de sentarme a leer mis libros de poesía.

Una vez que completó la primera parte del trabajo, papá se metió en la casa y fue directo a la computadora. Yo me quedé afuera. Ya era de noche y el clima había cambiado, el calor y la pesadez daban respiro. Sentía, también, que lo correcto hubiese sido que papá se quedara afuera conmigo o que me invitara a entrar, que me hiciera partícipe de algo. No nos veíamos desde hacía mucho y yo recién llegaba de visita.

Me asomé a la puerta de la casa y lo observé. Jugaba al solitario.

—Papá —le dije. Me respondió apenas con un movimiento de cabeza, sin apartar la vista del monitor. Le ponía empeño al solitario, pero lo cierto es que jugaba muy mal. A cada rato empezaba una partida nueva. Pero lo más llamativo era lo absorto que estaba en el juego, tenía la cara como ida. La mezcla de campo y juegos informáticos lo estará dejando idiota, pensé.

—Ya está esto —avisó Orión mucho después, y nos instalamos los tres a comer puchero de gallina. Mientras comíamos le pregunté a papá por su trabajo, por la escuelita donde daba clases (así dije: “escuelita”).

—Qué puta voy a dar clases —fue lo único que dijo. Orión se rió por el comentario (más un espasmo que una risa) y siguió comiendo.

Yo no había comido nada en todo el día, así que poco me importaron los platos y los cubiertos sucios de grasa y tierra y me abarroté. También tomé vino de un vaso igual de sucio. Hacia el final de la comida, entonado y satisfecho, ya sólo quería irme a dormir.

—Ahí te podés tirar —papá señalaba uno de los catres—: hacele nomás lugar a Orión.

Pensé que hablaba en broma, pero pensé mal porque la primera objeción la puso Orión: que nosotros éramos parientes, dijo, que a nosotros nos correspondía compartir el catre. Se rió después de la misma manera que lo había hecho antes, con un espasmo. Papá, en cambio, habló con una seriedad aplastante:

—No me jodan —dijo—: acá yo soy el único que labura.

La discusión empezaba a despabilarme; sobre todo, porque no quería dormir pegado a nadie, ni a Orión ni a papá. Imaginaba también el olor a humo que tendrían impregnado, la noche de mierda que me iba a tocar.

—Por mí no se preocupen —dije—, uso la mochila como almohada y me tiro en el piso.

—Vos dormís en el catre —insistió papá—. Este indio de mierda no me va decir a mí cómo dormir.

Sólo entonces me di cuenta de que papá estaba borracho y de que Orión, efectivamente, era indio. Me esforcé por descifrar a qué etnia pertenecía —podía ser toba o wichí o mocoví, nunca supe distinguirlos— y por eso me perdí el momento en que papá se le tiraba encima para empezar una pelea.

Fue todo muy rápido; de repente, había comida en el suelo, vasos caídos y papá con Orión agarrado del cuello, en una especie de llave. Los perros de la casa ladraron, asustados. Por la pose de ambos, de papá y Orión, uno podía pensar que papá tenía el asunto a su merced, pero bastó una simple sacudida para que Orión se zafara. Así quedaron frente a frente, como dos pendencieros. Papá hizo un par de movimientos, movió la cabeza para un lado y para el otro; también movió las piernas, todo muy teatral. Orión, en cambio, no movió un pelo, se quedó con los brazos abajo, ya sin risas ni espasmos; pero, cuando papá intentó un acercamiento —una amenaza con los pies, algo así como un zapateo—, Orión simplemente lo durmió de un puñetazo. La caída de papá, en realidad, fue más espectacular que el puñetazo en sí. Quedó tendido de un modo extraño, boca abajo, con los brazos por debajo del torso y la boca entreabierta, cubierta de tierra y sangre.

Temí que por el parentesco Orión quisiera seguir la pelea conmigo, pero, después de echarle una miradita a papá, no hizo más que sentarse a comer restos de puchero.

Me acerqué al cuerpo de papá: dormía.

—Déjele ahí, a ver si así se le pasa el pedo —me recomendó Orión.

Aunque daba impresión dejarlo así, no tuve el ánimo suficiente para polemizar. Sólo me cercioré de que papá no se ahogara con la sangre que le caía de la nariz y se le metía en la boca. Estaba muy cambiado mi padre.

Orión se metió un último bocado de puchero y lo hizo pasar con un fondo blanco de vino.

—A dormir —dijo al rato—, hay que aprovechar que cada uno tiene catre.

Después se metió en la casa.

Cotejé mis opciones —aprovechar el catre, como mandaba Orión, o quedarme afuera, junto a papá, ayudarlo a reaccionar— y preferí entrar. Miré por última vez a papá y, antes de dejarlo, pensé en la ridiculez de vivir en Miraflores.

***

Un tapir estaqueado. Mientras me lo mostraba, papá me decía que un tapir no lo caza cualquiera.

—Yo todavía no pude —dijo.

El que teníamos enfrente lo había cazado Orión. Pregunté si los tapires no estaban en riesgo de extinción, pero mi pregunta sonó tan fuera de lugar que me apuré a señalar el buen olor que desprendía ese animal cociéndose al fuego.

—Ahora sí —dijo papá—, pero al principio es una hediondez.

También dijo que la mejor manera de cocinar un tapir es al horno, pero que de puro ostentoso Orión —para llamar aún más mi atención— lo había abierto como un chivo, cosa que las costillas dieran mejor espectáculo.

Yo había pasado, como era de prever, una mala noche. De hecho, casi no había dormido. Me daba miedo Orión, echado en el otro catre, los ruidos que hacía al dormir. Además, el clima dentro de la casa era muy raro: de a ratos me daba calor, sentía que el catre se me pegaba en la piel, y de improviso sentía escalofríos, la necesidad de ovillarme como un feto.

Me desperté a media mañana y vi a papá en la computadora jugando al solitario. Su absorción en el juego era la misma que le había visto la noche anterior, pero, así y todo, se las arregló para percibir que yo ya no dormía.

—Al fin —me dijo—, ahí te tengo el desayuno.

Aunque asado y mate estaban lejos, para mí, de conformar un desayuno, no quise desairar a papá y comí con ganas. Sólo me incomodó no encontrar un sitio donde lavarme los dientes y tampoco me animé a consultarlo con papá, así que me limité a unos buches.

Fue después del desayuno que papá me llevó hasta el tapir. Lo habían estaqueado a unos metros de la casa entre él y Orión. Había perros alrededor del tapir, como si estuvieran cuidando que la carne no se arrebatara. Papá movió los brazos, ahuyentándolos, pero los perros no le llevaron el apunte. Tampoco papá hizo algún otro movimiento para ahuyentarlos. Después de todo, los perros no molestaban.

Pasamos un rato así, mirando el tapir. Todavía el calor no llegaba a su punto más salvaje, por lo que podíamos contemplar las cosas, el paisaje, con alguna comodidad. Aun así, yo me movía con cuidado, temiendo que al menor descuido el ambiente se levantara sobre nosotros en toda su plenitud.

Entonces papá me habló de los tapires, de sus ganas de cazar alguno. Dijo que eran animales muy raros —cosa que cualquiera comprueba con sólo ver un tapir—, de una carne muy rica, que el cazador experto era Orión y que por eso él, mi padre, vivía tan pegado al indio.

—Además, Orión es mi pareja —agregó papá, y yo no supe a qué tipo de pareja se refería y tampoco quise indagar demasiado, pero un escalofrío me recorrió la espalda.

El asunto es que al día siguiente papá cumplía años —cincuenta años— y quería celebrar el número redondo saliendo de cacería.

Por lo pronto, el resto del día lo pasé en los alrededores de la casa, estudiando el lugar y buscando la manera de sentirme un poco a gusto. Por no preguntar, y cuando ya no lo aguanté más, hice mis necesidades entre los arbustos, limpiándome con papeles viejos que encontré en la casa; más tarde descubriría el pozo-letrina donde cagaban papá y Orión, pero, puesto a comparar, lo de los arbustos seguía siendo una opción razonable.

Ya entrada la siesta, comimos el tapir, los tres ubicados como la noche anterior. Cuando vi a papá servirse un segundo vaso de vino, temí que se repitiera también el desenlace. Pero esta vez papá se veía de buen talante, sin ánimos de dar inicio a una pelea. Dijo, papá, que la carne del tapir se me podía confundir con la del chancho, más probablemente con la del carpincho, y por eso me pidió que hiciera un esfuerzo, que cerrara los ojos si lo creía necesario, para sentir mejor la diferencia. No creí necesario cerrar los ojos, pero él los cerró y, mientras masticaba los primeros bocados, elevó el mentón al cielo y asintió una vez, dos veces, suave y lentamente.

—Qué cosa rica el tapir —dijo después de tragar.

También a Orión se lo veía más animado; si hasta se encargó de amenizar el almuerzo contando la historia del hombre sin cabeza, un espectro que aterrorizó durante un tiempo a la gente de Miraflores. Contó Orión que, por las noches, la gente del pueblo solía ver la silueta de ese monstruo que se paseaba, por supuesto, sin cabeza. Bastó que un oficial de policía descreído se cansara de tanto pánico y saliera una noche en busca del espectro.

No le costó nada encontrarlo: agazapado en medio de un rancherío asomaba el famoso hombre sin cabeza. Usaba piloto nomás, dijo Orión, y el oficial lo amansó a rebencazo limpio, al punto de hacerle crecer la cabeza. Y la cabeza que asomó desde el piloto era la cabeza de un indio, un indio de rasgos mongoloides. Al final, dijo Orión, nadie supo decir si el monstruo era nomás un monstruo o si era un indio idiota que se cubría la cabeza con el piloto.

Por el tono en que Orión contaba la historia, no supe si debía responder con carcajadas o con un semblante serio, como el que había puesto papá. Intenté un punto medio, una sonrisa que expresara admiración, asombro, alguna emoción semejante. Papá cortó en seco mi disyuntiva:

—Siempre cambiás la historia —le dijo a Orión—. Es puro invento tuyo.

El indio dejó un pedazo de tapir a medio comer y se levantó, supongo que ofendido. No lo volvimos a ver hasta entrada la tarde, cuando papá vino a decirme que ya era hora de salir a cazar tapires.

De entrada, me asustó la indumentaria que la empresa demandaba: unos coletos de cuero duro y oloroso que debíamos ponernos sobre la ropa; parecíamos mitad cocineros, mitad soldadores, obreros apocalípticos. Pensé que el instrumental de la partida supondría el manejo de algún tipo de arma de fuego, un rifle, una escopeta, algo con gatillo. Pero papá me tendió un palo, un simple pedazo de tronco, y me dijo que lo sostuviera con fuerza, que los golpes a un tapir tienen que ser secos, golpes convincentes. Agarré el palo sintiéndome un estúpido: nunca jamás se me ocurriría darle golpes a un tapir. Ni siquiera sabría lastimar una planta.

Los perros se nos fueron sumando a medida que nos internábamos en el monte, perros iguales entre sí, flacos y macilentos. Quise contarlos, pero no pude, se movían demasiado rápido y ladraban y refunfuñaban mucho. Puro escándalo.

Una hora habremos andado así, caminando entre espinillos y arbustos medio secos, casi duros, hasta que de pronto, sin medias tintas, el suelo se volvió húmedo y blando. Orión tradujo el cambio en el paisaje señalando que entrábamos en zona de bañados. Papá quiso callar a los perros, más por intuición que por conocimiento de causa, pero los perros siguieron su andanza quilombera.

—Acá conviene que nos separemos —dijo papá, y acto seguido enfiló hacia mi derecha, caminando casi en puntas de pie y con el palo arriba, como si el tapir que buscaba estuviera ahí, agazapado.

Antes de emprender camino en dirección contraria a la de papá, Orión me dijo que anduviera con cuidado, que los tapires se mueven en manada y por lo general andan metidos entre los chanchos.

—Y, si están con crías, son peores de malos —remató. Después se fue, seguido por los perros. Yo decidí no moverme del lugar donde estaba; después de todo, no me interesaba andar detrás de los tapires.

Otra vez era de noche. De a poco me fui relajando; primero tiré el palo a un costado y me acuclillé, después me quité el coleto y lo tendí en el piso, para sentarme luego encima y no ensuciar mi pantalón con la tierra; estiré los brazos hacia atrás, apoyando las manos en la superficie blanda (claro que antes me cercioré de no apoyar las manos sobre alguna porquería). Oí los ruidos del monte chaqueño, ruidos tristes que redoblaban mi deseo de estar en casa; pensé en papá, en el camino que había seguido hasta llegar a ser este hombre desesperado, el camino que lo había llevado hasta Miraflores.

Me dormí en medio de esas cavilaciones, por lo que no me sorprendió soñar con un hombre sin cabeza y cazador de tapires, un hombre que —como en el cuento de Orión— se vestía con un piloto y armado con un palo salía cada noche a la caza del tapir. En el sueño yo me encontraba —me tienta decir que cara a cara o frente a frente, pero en este caso resulta imposible— con ese hombre. No nos decíamos nada y es que, naturalmente, no teníamos nada que decirnos. El lugar del encuentro, como es de suponer, era Miraflores, el monte chaqueño, dato que se hizo palpable cuando el hombre sin cabeza la emprendió a palazos contra un tapir que, de improviso, se sumaba al sueño. El tapir recibía los golpes con resignación.

Papá me despertó, más que con una patada, con un empujón del pie. También estaba Orión y entre los dos trasladaban lo que, deduje, era el cadáver de un tapir. Sentí la imagen como una continuación de mi sueño, pero el fastidio en la cara de papá era demasiado real. También el tapir era bien real: enorme —calculé sesenta kilos, pero qué cálculo mío puede ser confiable—, de color negro, con la trompita lastimada y con un lado de la cara destrozado por los golpes. También se veía sangre y se sentía un olor inmundo.

Papá y Orión le habían atado las patas a un palo y cada uno apoyaba un extremo del palo sobre un hombro. Papá, adelante, en su hombro derecho; Orión, atrás, en el izquierdo. Y, dándoles vueltas alrededor, los perros, los innumerables perros sucios que los secundaban, ahora histéricos como nunca.

—Vení, cargalo un poco vos —me ordenó papá. Obedecí y a la vez reprimí las ganas de preguntar cuál de los dos había cazado al tapir. Era, debo decir, una carga pesada, y papá no tuvo empacho en hacerme andar todo el camino hasta la casa con ese peso en el hombro. Naturalmente, la vuelta se me hizo mucho más larga que la ida, más larga y más sacrificada. En la oscuridad me limité a seguir la silueta de papá, que de a ratos se me perdía en esa negrura que era el monte.

Quise, una vez más, mandar todo a la mierda, patear a los perros que no se callaban, que refunfuñaban como idiotas a un costado; quise patear también el cadáver asqueroso del tapir. Pero no hice nada; seguí el camino que señalaba la silueta de papá, una silueta vaga, firme y vaga.

Tan oscuro estaba todo que no me percaté cuando llegamos a la casa. Recién me di cuenta cuando Orión soltó su parte de la carga; así, caminé un par de metros de más arrastrando por la tierra el cadáver del tapir.

Después miré hacia atrás y vi a papá y a Orión, el largo abrazo que se daban. Supuse que ya habían pasado las doce de la noche y que papá empezaba a celebrar su cumpleaños.

(De: La luz mala dentro de mí, Factotum Ediciones, 2016)

* Mariano Quirós (Resistencia, 1979). Escritor y comunicador social. Ha publicado las novelas Robles (Primer Premio Bienal-CFI), Torrente (Premio Festival Iberoamericano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio Laura Palmer no ha muerto; publicada en Francia por la editorial La dernière goutte), Tanto correr (Premio Francisco Casavella) y No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache; Memorial Silverio Cañada, Semana Negra de Gijón). Junto a Germán Parmetler y Pablo Black, publicó el libro de cuentos Cuatro perras noches, ilustrado por Luciano Acosta. Un jurado integrado por Fernanda García Lao, Félix Bruzzone y Elvio Gandolfo otorgó a La luz mala el primer premio en género cuento del Fondo Nacional de las Artes, edición 2014. Dirige, junto a Pablo Black, el sello editorial Colección Mulita.

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