Celedonio Flores, 126 años chapaleando barro

Autor de letras populares y lunfardas, como Margot, Mano a mano, Mala entraña, El bulín de la calle Ayacucho, Viejo smoking, Corrientes y Esmeralda, Pobre gallo bataraz, Si se salva el pibe, La musa mistonga y tantos otros. Celedonio Esteban Flores nació en Buenos Aires el 3 de agosto de 1896 y murió el 28 de julio de 1947.

«Viejo transitador de esquinas, el duende de la noche, le amorenó la cara y le aclaró los ojos.
Junto a cualquier «giniebra» era el hombre que quería el estaño y que amaba los tangos de aquellos organitos que animaron su infancia» lo define Cátulo Castillo. Porque el «Negro Cele» era la calle, y está en la memoria de la calle, chapaleando barro.

La poesía de Celedonio Flores

Por Manuel Adet

Carlos Gardel le grabó 21 canciones. Roberto Goyeneche, Angel Vargas, Edmundo Rivero, Floreal Ruiz, Julio Sosa, por mencionar los más conocidos, lo incorporaron a su repertorio y podría decirse, sin exagerar, que sin esas letras el repertorio de estos distinguidos cancionistas se empobrecería notablemente, ya que es muy difícil concebir la poesía del tango sin temas como «Margot», «Mano a mano», «Cuando me entrés a fallar», «Corrientes y Esmeralda» o «El bulín de la calle Ayacucho» .

Celedonio Esteban Flores (Buenos Aires, 3 de agosto de 1896 – 28 de julio de 1947) no es toda la poesía del tango, pero el tango no sería el mismo sin sus poemas. Se dice que sus letras carecen de la perfección poética de Homero Manzi, de la hondura existencial de Discépolo, de la audacia vanguardista de Homero Expósito, pero ninguna de estas consideraciones le impide integrar la primera línea de poetas del tango. Flores no se parece a nadie y es incomparable porque es él mismo. Su poesía, influida por Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego, se distingue por la creación de imágenes y metáforas, la inusitada riqueza verbal y ese singular talento para constituir verdaderos aforismos populares.

Como todo escritor que merezca ese nombre, su obra debe evaluarse por sus expresiones más altas. Es probable que en algunos poemas predomine el sentimentalismo y la cursilería. No es difícil advertir en algunas letras posiciones machistas y conservadoras. Las monsergas moralizantes sobre la chica de barrio que se encandiló con las luces o fue seducida por un Don Juan, la reivindicación edulcorada y lacrimosa de la santa viejecita empobrecen su poética, pero incluso en esas letras, cuyo final pretende siempre un objetivo «didáctico», abundan los versos muy bien escritos.

La contradicción entre el personaje que se forma en la universidad de la calle, que tiene noche y cancha, que vive en el universo de la picaresca, pero al mismo tiempo condena esa vida reivindicando la más tradicional moral establecida, Celedonio Flores la padecerá en carne propia, paradójicamente, cuando a partir del golpe de Estado de 1943 el nacionalismo clerical más rancio prohiba las letras de los tangos considerados obscenos por atentar contra la moral y las buenas costumbres, esa moral y buenas costumbres que en la poesía de Flores en más de un caso están instaladas como valores en las últimas estrofas del poema.

Celedonio Flores en un clip en vivo con Gardel Gardel

Se dice que a Flores lo amargaron mucho estas prohibiciones. Las gestiones de Discépolo ante el propio Perón para poner fin a la censura, fueron muy comentadas porque Discépolo, que sabía que el tango preferido de Perón era «Chorra», le señaló cómo se devaluaría el poema si se le cambiara el título. Perón lo escuchó, le dio la razón y prometió interesarse en el tema. Finalmente la censura se levantó, pero Flores no la pudo disfrutar porque murió en 1947.

Los errores que se le pueden señalar a Flores en materia literaria son apenas la anécdota de una poética popular de alta jerarquía estética. Haber logrado que sus versos, además de ser interpretados por los mejores cancionistas del género, se transformen en referentes populares, se incorporen al lenguaje del pueblo, es una hazaña poética que Celedonio consumó mejor que nadie. Su capacidad para trabajar los giros populares y arrancar imágenes iluminadoras de los lugares comunes es notable. «Vos que no tenés oído ni para el arroz con leche», dice en «Audacia». «Cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel», sentencia en «Corrientes y Esmeralda». «Hoy te tengo en mi cotorro más mansa que gata fina / más contenta y más ladina que Pomerania cachorro», se jacta en otro poema. «Cuantas veces con un cuatro a un envido dije quiero/ y otra vez me fui a baraja sobrando con treinta y tres» reflexiona en «Cuando me entrés a fallar». En ese mismo poema dice «Porque me estoy dando cuenta que fue mi vida ficticia/ y porque tengo otro modo de ver y filosofar». En «Es preciso que te vayas», poema muy bien interpretado por Rosita Quiroga, sostiene: «Soy muy hombre pa amargarte y relojearte la vida/ para tus días nublados yo soy demasiado sol». En «Muchacho» reprocha » …no sabés el encanto de haber derramado llanto sobre un pecho de mujer/ y no sabés que es secarse en una timba y armarse para volverse a meter». Como me dijera un amigo: «Es necesario haber sido timbero de alma para escribir ese verso; sólo alguien dominado por el demonio del juego puede saber lo que representa eso. Flores sabía de lo que hablaba. No se lo habían contado. «Cuantas veces salí seco a chamuyar con la luna por las calles solitarias del sensiblero arrabal», dice en «Canchero».

Se podría escribir un tratado acerca del talento de Flores para trabajar metáforas y construir imágenes conjugando la sabiduría popular con la riqueza verbal. En una entrevista el Negro declara que estudiaba el drama humano, se posesionaba con la vida de los personajes y de allí nacía su poesía. Seguramente decía su verdad, pero ocultaba lo más importante, es decir, su capacidad para lidiar con las palabras. Historias populares, conocimiento del lenguaje de los hombres de la calle, experiencia de vida, seguramente la tienen muchos hombres, pero a esos atributos Flores le suma su talento poético, talento que nace de una mirada singular sobre la realidad y una singular destreza para traducir en palabras esa mirada.

Poema Musa Rea en la voz de Edmundo Rivero.

No tenía veinticinco años cuando ganó un concurso de poemas auspiciado por el diario Última hora . El tango se llamó «Por la pinta» y al autor el diario le dio cinco pesos, un monto de dinero que no era el mismo que el de hoy, pero que de todos modos apenas alcanzaba para pagar una cena a la novia en algún comedor discreto. Gracias a la gestión de Gardel .

«Por la pinta» se transformó en «Margot». El punto de vista es masculino y la protagonista es la típica mujer salida del barrio y encandilada por las luces del centro. «Pero hay algo que te vende, yo no sé si es la mirada, la manera de sentarte de fumar o estar parada o ese cuerpo acostumbrado a las pilchas de percal».

Celedonio Flores en los años 30.

La misma mirada masculina, pero desde otra perspectiva, está en ese otro tango fundacional que fue «Mano a mano» . «Se dio el juego de remanye cuando vos pobre percanta/ gambeteabas la pobreza en la casa de pensión», es una de las estrofas trascendentes, tanto como aquella otra, cuando el personaje concluye diciendo: «Y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado/ en la cuenta del otario que tenés se la cargás».

En el mismo grupo de poemas merecen incluirse «Audacia» y » Milonga fina». En todos los casos la protagonista es esa mujer que la pierde la noche y sus ilusiones las derrumbarán los rigores de la vida o el paso inevitable de los años. «Te declaraste milonga fina/ cuando te fuiste con aquel gil/ que te engrupía con cocaína / y te llevaba al Armenoville». Los versos tienen plasticidad y color, tanta plasticidad y color como ese otro poema que Rivero inicia con su habitual maestría : «Te criaste entre cafisios, malandrines y matones / entre gente de avería desarrollaste tu acción…». A lo largo de su obra está presente una mirada de clase vista desde una perspectiva que podríamos calificar de populista. El rico es siempre el gil, pero también es el calavera que aprende de la vida y el responsable de lanzar al pecado a las modestas mujeres del barrio. Como contrapartida, el hombre sabio de Flores es agudo, lúcido, guapo, pero su límite es esa moral pacata que postula que la salida a los males del mundo, la verdadera salvación pasa por el retorno al barrio y a la madre.

No son éstos los únicos registros poéticos que trabaja Flores. Están los lugares que transforma en mitos. «Corrientes y Esmeralda» o «El bulín de la calle Ayacucho». Después están los consejos que el supuesto hombre experimentado en la vida le da a los muchachos o a las chicas como es el caso de «Atenti pebeta». A ese ciclo pertenecen tangos como «Canchero» «Pa lo que te va a durar» , «Muchacho», «Viejo coche» y ese tango extraordinario, que se llama «Viejo smoking», una metáfora del fracaso de una vida frívola, de la llegada de la vejez con su carga de soledad y remordimientos, pero también, por qué no, una metáfora de la Argentina y del argentino.

El Litoral

Chapaleando barro

Ver la edición del libro de 1929

Este libro se editó en 1929. Para la segunda edición Cátulo Castillo escribió el siguiente prólogo:

En la intersección de dos épocas, cuando la ciudad asistía a su promoción intelectual de la primera década del siglo, comenzaron a delinearse las corrientes estéticas distintas, que habían de concurrir a la formación de una poética argentina de caracteres bien personales.
Podríamos estar en el año 1910.
Ya el sarampión Dariano, había prendido en los cenáculos célebres de entonces. Baudelaire y Verlaine (pobre Papá Lelián), encendían la lumbre de una sensibilidad ciudadana, a veces canallesca, que otorgaba calor alfabeto y digno a una musa callejera, de pintoresca y brava personalidad. Ya, Evaristo Carriego había transitado con gallardía y oficio, por el género de las décimas lunfardas, que «Fray Mocho» o «Caras y Caretas» recogieron con todo cariño y sentido de la verdad popular.
El pálido muchacho de Palermo, pagaba su «pecata minuta» parnasiana, para hallar en las «Misas Herejes» el alma de la calle y la historia romántica y doméstica de la costurerita que dio aquel «mal paso».
Pero entretanto, los vates periféricos de los boliches esquineros y estañosos, defendían a gritos, sobre el lomo de sus guitarras, a una musa ecléctica y grandilocuente.
Payadores romancescos, de negros corbatines y sombreros aludos, discutían en verso los problemas de Marx y de Kant, en esa filosofícula gritona, pero ingenua y mansa, como los contrapuntos camperos sobre temas abstractos, que les otorgaba el acento gauchesco más encantador y más nuestro.
José Hernández ya era una realidad argentina, con toda la incidencia en la épica americana. Su milagroso personaje de Martín Fierro, habría de configurar por propia gravitación y médula, lo homérico y lo quijotesco del hombre de la Pampa empezada a alambrar.
Y también el fenómeno ciudadano del tango, extendiendo sus voces desde la periferia, para buscar las liras diferentes que habrían de cantarlo por la boca de un predestinado, casi cósmico, que se llamó Carlos Gardel.
En este meridiano un tanto indefinido, de transición, surgieron los poetas de la ciudad de adentro, con el lenguaje recio de la «ciudad de afuera»
Y para hallar un nombre que asuma la representación cabal de ese momento, que es trascendental, nada mejor que el de este verdadero prócer de la musa porteña que se llamó Celedonio Flores.
Pareciera el suyo, un nombre de composición lunfarda. Tal es la eufonía porteña que lo asiste.
Arraiga en lo más viril de las costumbres criollas, al lado de otros que podrían ser estos: Presentación, Eulogio, Eufemio, Anselmo.
Y Flores, su apellido, es el de un trovador de la España de Alfonso «El Sabio», en tiempo de cantigas y romances.
Celedonio Flores, apareció de pronto, con esa cosa recia, pintoresca y cabal, que es su lenguaje poético.
Viejo transitador de esquinas, el duende de la noche, le amorenó la cara y le aclaró los ojos.
Junto a cualquier «giniebra» era el hombre que quería el estaño y que amaba los tangos de aquellos organitos que animaron su infancia. Infancia trashumante y corredora, la quiero imaginar, como imagino así, su mocedad, de «rompe y raja» tal como corresponde al «tipo» que sus versos delatarían más tarde con una precisión de aguafuerte y cincel.

La poesía de Celedonio Flores, anda en el tráfico vivo de todos los tangos que forman la antología verdaderamente porteña.
Tienen, como el mastuerzo, un sabor de extramuros, y el claro oscuro de todas las ochavas que vieron los faroles de antaño: los del tango.
Y su lenguaje es «suyo» como es suya su «rima» y son suyos sus dramas, no importa si hampones, pero que tiene –en todo caso- la vibración más neta, que es exigible al tango ya una estética particularísima, que no puede ser suplantada por el purismo, ni por la elaboración académica.
La academia de Celedonio Flores, fue, en todo caso, la propia calle. Pero la calle de él, con sus ligustros y sus cercos de pitas. La calle de la tarjeta postal, que tenía las huellas de las chatas y conservaba el grito de un «cuartiador» lejano, en camiseta, de látigo en la zurda y pantalón cambrona.
Sus luces, son las luces verdosas de las timbas llenas de cigarrillos, en el monte con puerta, a salto y carta y detrás de aquel punto que se jugó la parada en la última hora de su vida. Personajes y clima que son de Flores.
De «Cele» inolvidable amigo, en todo lo que tuvo de amigo y de poeta.
Poeta sin retórica. Amigo sin eufemismos.
Su lenguaje regresa casi siempre, inolvidable y simple, con un alejandrino, en una octava, detrás de una asonancia.
«Desde lejos se te manya pelandruna abacanada,
«que naciste en la pobreza de un cuartucho de
«arrabal. Hay un algo que te vende:
«yo no sé si es la mirada, la manera de sentarte
«de mirar, de estar parada,
«o es tu cuerpo acostumbrado
«a las pilchas de percal».
No sabremos, jamás, cuál es el misterio que preside a los versos que perduran y viven en la emoción de la gente. No sabemos, hasta qué punto –todavía- un poeta como Celedonio Flores, incidirá sobre la definitiva poética popular porteña.
Lo cierto es que él está, con los méritos supremos que surgen como una esencia familiar, de la lectura de sus cosas.
De todas sus cosas, sin excepción alguna, donde abrevan los tangos, y donde vive el duende de un pasado que vamos perdiendo poco a poco, con el mutis fatal de la vida, en este escenario de la vida y de la muerte.
Celedonio Flores, no necesita prólogo ninguno.
Sus tangos que lo cantan, que lo recuerdan, que lo exaltan a cada instante, prologan ese libro caliente de su vida y de su aparición en la canción popular argentina.

Cátulo Castillo

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