César Milani: «Las clases altas creen que el Ejército les pertenece»

El teniente advierte de que los Ejércitos latinoamericanos, incluido el argentino, «siguen siendo muy reaccionarios» y están sometidos a la influencia de Estados Unidos.

Por Enric González

Foto: César Milani, en La Rioja, Argentina en 2015. José Casal EFE

El teniente general César Milani fue jefe del Estado Mayor del Ejército argentino entre 2013 y 2015, en el tramo final de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. El 17 de febrero de 2017 fue detenido por una doble acusación de delito de lesa humanidad y pasó dos años y siete meses en prisión preventiva. Hace unas semanas fue absuelto en los dos casos. Su historia sugiere que los tribunales se utilizan a veces como castigo político. Sugiere también que un alto oficial peronista es todavía una rareza. Milani advierte ahora de que los Ejércitos latinoamericanos, incluido el argentino, «siguen siendo muy reaccionarios» y están sometidos a una enorme influencia de Estados Unidos. «Las clases altas», dice, «creen que las Fuerzas Armadas les pertenecen».

César Milani nació en Cosquín, provincia de Córdoba, un 30 de noviembre de hace 65 años. Su abuelo era un inmigrante italiano. La familia pudo adquirir una vivienda social gracias a un programa peronista. Hoy, como teniente general retirado, Milani mantiene su admiración hacia Juan Domingo Perón. Y cree que los políticos argentinos «pecan de inocencia» por creer que el Ejército, después de 36 años de democracia, es una fuerza neutral. Asegura que los militares de alto rango no han dejado de ser conservadores o ultraderechistas.

Asumió la jefatura del Ejército el 3 de julio de 2013 y pronunció un discurso en el que expresaba su «aspiración de que las Fuerzas Armadas apoyaran un proyecto nacional». «Ahí empezó mi condena», afirma. Al día siguiente fue denunciado como presunto participante en la «desaparición» en Tucumán, en junio de 1976, del recluta Alberto Ledo, soldado en la compañía de la que Milani era subteniente. Se acusó al entonces joven oficial subalterno de 21 años, recién regresado del Colegio Militar, de participar en el aparato represivo de la dictadura. Ese era solo el principio.

Pocos días después le visitó un general retirado, antiguo agregado en la Embajada argentina en Washington, para hacerle notar que en Estados Unidos se le veía como «un germen de chavismo» y que suscitaba preocupación. Luego «se presentó un directivo del diario Clarín para ofrecerme tranquilidad judicial, mediática y política a cambio de que me portara bien, y le respondí que yo era leal a la presidenta». En los meses y años siguientes, Clarín, el diario más influyente de Argentina, dedicó 25 portadas a los supuestos delitos de Milani.

Las denuncias y acusaciones fueron acumulándose. Ramón Olivera, hijo de un torturado por la dictadura en la provincia de La Rioja, le acusó de haber detenido ilegalmente a su padre y de haberle «hostigado verbalmente». Se le abrió una causa por «enriquecimiento ilícito» —aún no juzgada— por la compra de su vivienda y otra a raíz de una denuncia anónima sobre una adquisición de puentes militares para emergencias civiles. La prensa le acusó de utilizar el espionaje militar para favorecer a Cristina Fernández de Kirchner. Incluso se le quiso involucrar en la misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman.

En cuanto dejó la jefatura del Ejército, el mundo se le vino encima. Fue detenido en 2017 y trasladado de prisión en prisión, siempre aislado, porque los presos comunes le amenazaban de muerte y sus supuestos compañeros de delito, los auténticos criminales de la dictadura militar, le consideraban «un traidor» por ser peronista (algo insólito entre los generales) y por haberse fotografiado con Hebe de Bonafini, una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo.

Meses antes de que los tribunales de Tucumán y La Rioja absolvieran al general César Milani y cuando éste permanecía aún en prisión preventiva, el abogado penalista Gustavo Feldman publicó un libro titulado Castigo sin crimen. Las pruebas de la inocencia de César Milani. Su lectura produce escalofríos. En las primeras páginas, Feldman escribe: «Este libro demuestra que Milani está preso por una acusación infundada, que es un verdadero rehén de la pacatería, la cobardía y el camaleonismo de la peor corporación de la República: el Poder Judicial de la Nación, con la ayuda incalculable de los operadores y depredadores mediáticos disfrazados de periodistas». Conviene recordar que el Estado argentino, presidido por Mauricio Macri, tomó la inusual decisión de personarse como querellante en la causa de Tucumán.

Ahora, vestido con traje y corbata, absuelto tras más de 30 meses de prisión preventiva, Milani se declara preocupado por la evolución de los Ejércitos en Latinoamérica y considera sintomáticos los hechos que condujeron a la renuncia de Evo Morales en Bolivia, tras recibir un «consejo» en ese sentido del jefe de las Fuerzas Armadas. «Estados Unidos, a través del Comando Sur, vuelve a sus viejas mañas; no para fomentar golpes militares, pero sí para preservar su control sobre el continente y para mantener los Ejércitos como fuerzas de exclusión, no de inclusión», explica.

«Los Gobiernos civiles se sostienen gracias al respaldo militar, como se ve en Chile [donde el presidente Sebastián Piñera lo tiene] o en Bolivia [donde Morales no lo tuvo], y supongo que aquí el Ejército planteará resistencia al nuevo Gobierno de Alberto Fernández», comenta. Milani, admirador del presidente ruso Vladímir Putin «por su nacionalismo», agrega que «el Ejército necesita líderes militares fuertes, que puedan apoyar proyectos de inclusión y sepan resistir las injerencias sobre los mandos», en referencia a las presiones de las élites dominantes y de Estados Unidos.

El País

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