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Eduardo Gutierrez [Fragmento de "El Chacho"]
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Cuando el Chacho tenía,
todos tenían, pues su lujo era partir entre todos cuanto tenía a la
mano.
El Chacho era un hombre de una salud de bronce y de una naturaleza especial
para resistir la fatiga inmensa de aquellas marchas prodigiosas, que
dejaban asombrados y a treinta leguas de distancia a sus más tenaces
perseguidores.
La esposa del Chacho venía con frecuencia al campamento y al combate,
a partir con su marido y sus tropas los peligros y las vicisitudes.
Entonces el entusiasmo de aquella buena gente llegaba a su último límite
y sólo pensaban en protestar a la Chacha, como la llamaban, su lealtad
hasta la muerte.
Cuando llegaba la hora de pelear, el Chacho era el primero que entraba
al combate y el último que se retiraba, si eran derrotados.
Antes de entrar en batalla, el Chacho daba siempre a sus tropas un punto
de reunión, para el caso en que tuviera que dispersarlas. Y así se veía
que el Chacho, derrotado hoy con 2.000 hombres, reaparecía tres o cuatro
días después con un ejército de 3.000.
El Chacho no tuvo jamás una palabra dura para sus subordinados, y cuando
alguno cometía alguna falta grave se contentaba con expulsarlo de su
lado, prohibiendo terminantemente que formara parte de su ejército.
Manso y complaciente, accedía con la mayor facilidad a cualquier insinuación
que se le hacía y que él creía sana.
Cuando él la creía mala o veía que lo que se le pedía podría perjudicar
a su causa, la rechazaba redondamente, y una vez que el Chacho decía
no era inútil insistir.
El Chacho combatía por el pueblo, por sus libertades y por los derechos
que creía conculcados.
Para sí no quería nada ni pidió nada jamás, en tiempo en que, por hacer
con él la paz, el Gobierno le hubiera dado cuanto hubiera pedido.
De aquí dimanaba principalmente el gran prestigio de que gozaba el Chacho
y la cantidad de hombres que lo rodeaban.
Porque él había encarnado en él mismo la causa del pueblo, y cada hombre
de los suyos sabía que peleaba por su propia felicidad y en su propio
provecho.
El Chacho era un hombre
alto y musculoso, de una fuerza de Hércules y de una contextura de acero.
Su mirada suavísima y bondadosa solía irradiar a veces destellos de
cólera que hacían temblar a los que estaban a su lado.
Esto era cuando llegaba a sus oídos la noticia de alguna cobardía o
uno de los tantos fusilamientos que de chachistas hacían las fuerzas
nacionales.
Peñaloza se mostraba entonces en todo el esplendor de su nobleza, y
como una venganza terrible, mandaba redoblar sus atenciones para con
los prisioneros.
Las injusticias del Gobierno lo habían irritado, porque ningún gobierno
debía ser cruel e injusto; luego las iniquidades cometidas con los paisanos
por la autoridad de los pueblos habían conmovido su corazón hidalgo
y había derrocado al gobierno que creía malo.
Pero el Chacho tenía la debilidad de escuchar las opiniones de los amigos
que creía ilustrados, y prestar su apoyo, para suceder a un gobierno
derrocado, muchas veces a un hombre más indigno que el que derrocó.
Así los aspirantes a gobernador y los negociantes de la política mantenían
relación íntima con el Chacho para servirse de él, llegado el caso,
sorprendiendo su buena fe y engañándolo en cuanto les era posible.
Sumamente astuto, aunque inocente en los enredos políticos, se dejaba
engañar hasta cierto punto, haciendo a un lado al pretendiente una vez
que lo había calado.
Triunfando el Chacho, triunfaba la buena causa, la causa del pueblo,
y entonces el Chacho pedía una contribución en dinero para repartirlo
entre sus soldados, que andaban siempre careciendo de aquello más necesario.
En el ejército del Chacho no había más ordenanzas militares que la palabra
de éste, ni más ley obligatoria que el empeño que cada cual tenía en
servirlo y morir por él si era necesario.
El Chacho detestaba el sacrificio estéril de sus tropas, no aceptando
un combate sino cuando creía estar seguro del éxito, ni se empeñaba
mucho en la batalla de éxito dudoso, para conservar enteros sus elementos.
Con una seguridad asombrosa y una rapidez notable, el Chacho calculaba
cuál debía ser el fin del combate que sostenía, y si lo creía nulo,
desbandaba su ejército en todas direcciones para evitar la persecución.
Por eso es que el Chacho antes de entrar en pelea daba a sus tropas
el punto de reunión para un día fijo, encontrándolos reunidos cuando
llegaba al punto indicado, y aumentando, con los amigos que se plegaban,
a los derrotados.
Y ésta era la causa de que, derrotado el Chacho, se le viera en seguida
con mayor número de gauchos y mayores elementos.
Conocedor del terreno en que operaba, como cualquiera puede conocer
su aposento, el Chacho hacía marchas tan asombrosas y rápidas que muchas
veces el ejército que creía irlo persiguiendo lo sentía a su espalda
picándole la retaguardia y tomándole todos los rezagados que iba dejando
en la marcha.
Es que, mientras el Chacho disponía de los mejores rastreadores y de
toda la gente de algún valor en los ejércitos, el jefe que lo perseguía
marchaba a ciegas la mayor parte del tiempo sin encontrar quien quisiera
darle el menor informe, aun bajo la mayor amenaza.
Un dato perjudicial al Chacho, un informe que pudiera ocasionar una
sorpresa era un crimen que no había paisano capaz de cometer ni por
todo el oro del mundo ni por todas las torturas conocidas.
Esto había causado más de una vez el fusilamiento de algún paisano que
se había resistido a dar los informes pedidos, o el martirio de algún
prisionero por la misma causa.
Pero esto producía un efecto contrario al que se buscaba, pues con este
proceder los paisanos huían del ejército regular como de la calamidad
más espantosa.
Cada vez que el Chacho tenía conocimiento de algún hecho de éstos, su
indignación no conocía límites.
-¡Y ése es el ejército civilizado que nos persigue como a horda de salvajes!
-exclamaba conmovido-, ¡y degüella nuestros leales y azota nuestras
mujeres! ¡Y ésos son los valientes que vienen a enseñarnos el goce de
la ley bajo las banderas del gobierno!
* La pintura pertenece al artista Octavio Calvo
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Por José Pablo Feinmann
Corre el año 1935. En la Universidad de Friburgo, en Alemania, en
una Alemania ya absolutamente sometida al poder de Hitler y el
nacionalsocialismo, el filósofo Martin Heidegger dicta, en verano,
un curso de Introducción a la metafísica. En uno de sus más notables
pasajes –sus pasajes notables son muchos, ya que se trata de un
texto fundamental– se consagra a describir la situación presente de
Europa. Europa, dice, se encuentra en "atroz ceguera", se encuentra
"a punto de apuñalarse a sí misma". La descripción que hace
Heidegger de esa Europa de mediados de la década del treinta se
aplica en gran medida a lo que se entiende hoy por posmodernidad
histórica. Me permitiré citar un texto excepcional. Es el que sigue:
"Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente
conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera
sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo
cualquiera; cuando se puedan 'experimentar', simultáneamente, el
atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio;
cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad,
mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya
desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el
boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de
millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares,
entonces, justamente, entonces, volverán a atravesar todo este
aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué? - ¿hacia dónde?
- ¿y después qué? (Introducción a la Metafísica, Cap. I). Así,
Heidegger, en 1935, vaticina la recorrida de un nuevo fantasma por
Europa: el fantasma de las preguntas fundamentales. Es notable su
descripción –siempre cara a los alemanes– de esta decadencia de
Occidente.
Su idea acerca del tiempo transformado en rapidez es una de las más
perfectas conceptualizaciones de nuestro presente histórico. Es
cierto que nada tiene que ver con nuestra actualidad esa visión de
"las masas reunidas en asambleas populares". Asoma, aquí, el
anticomunismo de Heidegger, su desdén por la masa. Pero hay otras
cosas que asoman en el texto. Preguntemos: ¿qué papel tiene Alemania
en ese mundo entregado a la "decadencia espiritual"? Dice Heidegger:
"Todo esto trae aparejado el hecho de que esta nación, en tanto
histórica, se ponga a sí misma, y, al mismo tiempo, ubique al
acontecer histórico de Occidente a partir del centro de su acontecer
futuro, es decir, en el dominio originario de las potencias del
ser". Sí, el lenguaje es abstruso, desmesurado. Pero Heidegger sabe
exactamente qué está diciendo: dice que Alemania debe ubicarse en el
centro, y a partir de ahí desarrollar lo que más adelante denomina
misión histórica. Lo escribe así: "La misión histórica de nuestro
pueblo, que se halla en el centro de Occidente". Detrás de estas
líneas late el genocidio. Cuando un pueblo se adjudica una misión
histórica, cuando esa misión consiste en rescatar a los otros
pueblos de su decadencia espiritual y remitirlos a un centro
originario y puro que él, ese pueblo, representa, aquí, exactamente
aquí, se abre el horizonte conceptual del genocidio.
Civilización y barbarie no fueron conceptos que Heidegger utilizara.
Sin embargo, es transparente que en su filosofar Alemania representa
la potencia espiritual (que es, siempre, la civilización) y los
restantes pueblos la decadencia espiritual, es decir, la barbarie.
Lo que me importa, sustancialmente, destacar es lo que sigue: una
filosofía se transforma en ideología cuando niega toda posibilidad
de verdad en el diferente. Los nazis creían encarnar las hondas
potencias espirituales de Occidente y creían luchar contra la
masificación soviética y contra el uso mercantilista de la técnica
encarnado por el capitalismo judío. Eran el centro, eran la
posibilidad de la redención. De este modo, tenían derecho a todo. Y
muy especialmente: a disponer de las vidas de los otros.
En toda violencia late el esquema civilización-barbarie. A veces se
mata en nombre de la barbarie. Se mata lo establecido, lo racional,
lo instaurado. La civilización entendida como sacralización del
Poder. Aquí, la barbarie se asume como lo distinto, lo nuevo, lo
–por usar una palabra que hoy se usa– transgresor. Lo que transgrede
el orden monolítico del ser. Lo que es –se dice– siempre es
reaccionario, precisamente porque es, porque está consolidado,
porque ha devenido una cosa y ha perdido su vigor, su insolencia
histórica. Toda cosificación es reaccionaria, y la civilización es
eso: es la cosificación de un Poder constituido al que hay que
destruir. Esto permite entender el nihilismo de ciertas violencias y
–sobre todo– permitiría comprender (y ya llegaremos a este tema) el
terrorismo de fin de milenio: cuando ya no se puede transformar el
mundo lo único que resta es destruirlo. Así, el nihilismo de fin de
milenio (la explosión en la AMIA, la bomba en el avión de la TWA)
expresa una violencia que se asume desde la barbarie: la
civilización –dice– es una cosificación intransformable; la
civilización es este mundo del capitalismo mediático que no ofrece
intersticios; que no ofrece penetrabilidad alguna para su
transformación desde adentro. Sólo resta, entonces, en nombre de
valores absolutamente opuestos que jamás este sistema podría
incorporar, destruirlo desde afuera. Se destruye lo que es en nombre
de lo que no es; de lo que, incluso, no sabe qué es salvo que es la
destrucción, la negación absoluta. La barbarie.
La civilización ejerce la violencia en nombre de valores que se
proponen como constructivos. La violencia de la civilización no se
piensa a sí misma como nihilista. Siempre está por construir un
mundo. Y la construcción de ese mundo implica el aniquilamiento de
los diferentes.
Nadie utilizó la violencia civilizadora con más pasión y lucidez que
Sarmiento. Porque Sarmiento no sólo hizo matar a Angel Vicente
Peñaloza, el Chacho, sino que, asimismo, ofreció la más compleja,
prolija y, por decirlo así, obstinada defensa de ese asesinato. Lo
hizo en un libro que llamó El Chacho y que, en uno de sus pasajes,
dice: "Las 'guerrillas' desde que obran fuera de la protección de
gobiernos y ejércitos están fuera de la ley y pueden ser ejecutadas
por los jefes en campaña. Los salteadores notorios están fuera de la
ley de las naciones y sus cabezas deben ser expuestas en los lugares
de sus fechorías". No hay que dudarlo: si uno quiere saber cómo y
por qué se mata en nombre de la civilización... hay que leerlo a
Sarmiento. Esa tarea nos espera.
Página|12 | La pintura pertenece al
artista Octavio Calvo
Imagen derecha: El Chacho en la pica, Pintura de
Carlos Terribili

Angel
Vicente "Chacho" Peñaloza (1798-1863)
Vicente Osvaldo Cutolo
[De Nuevo Diccionario Biográfico Argentino 1750-1930]
En 1821, Ángel Peñaloza, apodado el Chacho, trabó amistad con el Comandante
Juan Facundo Quiroga y luchó, bajo su mando, contra las fuerzas unitarias
al mando de La Madrid y el General José María Paz. Quiroga acuerda con
Juan Manuel de Rosas un plan para destruir a las fuerzas unitarias en
el interior del país e inicia, junto con Peñaloza, una campaña que culmina
con el dominio de Cuyo, La Rioja, San Luis, Mendoza, Catamarca y Tucumán.
Durante el gobierno de Paulino
Orihuela, gobernador de La Rioja, el Chacho fue designado comandante
militar y su prestigio era tan grande que en 1833 comandó la escolta
de Quiroga. Era un típico caudillo de la provincia, un hombre de campo
con todas las características que el poema de José Hernández atribuye
al gaucho argentino.
Cuando se produjo el asesinato de su jefe y protector en Barranca Yaco,
el 16 de febrero de 1835, quedó como sucesor indiscutido de su popularidad.
En 1840 se pronunció contra Rosas porque creyó que éste había sido uno
de los instigadores del asesinato de Quiroga. A las órdenes de Lavalle,
el Chacho sublevó los Llanos e inició una guerra de guerrillas contra
el fraile Aldao que había ocupado La Rioja. El deseo por tomar su provincia
natal para el bando unitario lo llevó a varios enfrentamientos con los
diferentes gobernadores de La Rioja. Finalmente fue derrotado por el
ejército del gobernador federal de San Juan. Se exilió un año en Chile
y en 1844, volvió a San Juan prometiéndole a Benavídez que se sometería
al régimen de la Federación. En 1848 y en una situación de pobreza extrema,
le permiten volver a La Rioja, su provincia natal. Esta situación molestó
a Rosas que le exigió a Benavídez, enviar al Chacho a Buenos Aires,
aunque el gobernador eludió la demanda. No obstante estar bajo garantía,
participó en el derrocamiento del gobernador riojano, Vicente Mota.
A partir de ese momento, la situación del Chacho mejoró pro su prestigio
en el sostén del nuevo gobierno de Manuel Bustos. En 1852, con la derrota
de Rosas, se afirmó con mayor solidez, intervino en cuestiones de política
local y llegó a cartearse con el general Urquiza.
El nuevo gobernador de La Rioja, Solano Gómez, toma una serie de drásticas medidas que provocan que en 1856 Urquiza -en ese momento, presidente de la Confederación-, envíe una comisión que interviene en los asuntos provinciales. Ante el fracaso de los intentos encauzar la política provincial en el marco de la Constitución nacional, estalla una revolución promovida por Bustos y apoyada por Peñaloza que destituye al gobernador. La Legislatura lo reemplaza por Bustos que mantiene buenas relaciones con el Chacho. Sin embargo, la armonía se rompió a causa de los intentos revolucionarios de los hermanos Carlos y Ramón Ángel en 1859 y 1860 para derribar al gobierno. Las sanciones aplicadas a ambos disgustan a Peñaloza que era su protector y pide la renuncia de Bustos. Nuevamente, el gobierno nacional envía diferentes delegados para solucionar el pleito pero estos fracasan. Finalmente, Peñaloza toma el poder provincial y convoca a elecciones, que dan como resultado el nombramiento de Villafañe como nuevo gobernador. Urquiza envía una comisión para aconsejarlo que desarrolle una política acorde a la Constitución nacional.
El triunfo de Mitre en Pavón
trajo un período aciago para la provincia. El gobierno central le pide
a Peñaloza que oficie de árbitro en el conflicto entre Santiago del
Estero y Catamarca. Aprovechando su ausencia el gobernador de Córdoba,
Marcos Paz, se apoderó de La Rioja. La región se insurreccionó y decenas
de partidas trataron de estorbar y aislar a los nacionales. Para congraciarse
con Mitre, Villafañe traiciona a Peñaloza y firma una declaración en
la que lo repudia y amenaza con castigos a los que lo apoyasen. El Chacho
regresa apresuradamente e ingresa la ciudad con el apoyo popular. Villafañe
había huido y el gobernador delegado repara el agravio inferido al Chacho.
En ese momento Mitre y Paunero, alarmados por la supervivencia del Chacho,
envían una comisión a negociar con él. Los jefes liberales reconocieron
la necesidad de incluir al Chacho como una garantía del orden y la tranquilidad
en el interior pero luego, lo acusaron de delitos que no había cometido
y buscaron por todos los medios posibles, que Mitre le declarara la
guerra. Por fin lo consiguieron y se designó a tal efecto, al gobernador
de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, enemigo encarnizado del caudillo
riojano. El Chacho enarboló la bandera de la rebelión frente al proyecto
liberal y organizó una guerra de montoneras. Intentó atacar San Juan
pero fue derrotado por el mayor Irrazábal. Dos días antes de morir,
escribió una carta a Urquiza que se considera su 'testamento político'.
Allí de pide que se ponga al frente de la lucha contra los herederos
de Pavón. El 12 de noviembre de las fuerzas de Irrazábal lo encuentran
en su casa y le exigen que se rinda. El Chacho entrega el puñal que
le había obsequiado Urquiza en señal de aceptación, pero Irrazábal lo
atravesó con una lanza. Su cabeza fue exhibida en la plaza de Olta durante
ocho días.
Sarmiento se alegró por su muerte, diciendo que el Chacho era una 'bestia
dañina', Mitre la desaprobó por no ajustarse a las disposiciones legales
-era un general de la nación y debió juzgárselo en un Consejo de guerra.
José Hernández, en cambio, publicó una reivindicación póstuma del caudillo
en su diario El Argentino, que apareció como libro al año siguiente.
También Gutiérrez y el poeta Olegario Andrade escriben en su favor.
El texto de Sarmiento de 1867, en el que defiende el crimen contra Peñaloza
desató una feroz polémica con Juan Bautista Alberdi.
Véase:
ANDRADE, OLEGARIO, Oda al general Ángel Vicente Peñaloza
GUTIÉRREZ, EDUARDO, La muerte de un héroe
HERNÁNDEZ, JOSÉ. Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza
SARMIENTO, DOMINGO F., El Chacho, el último caudillo de la montonera
de los Llanos
VIÑAS, DAVID. Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los
anarquistas. Buenos Aires: Carlos Pérez Editor, 1971.
Imagen: Pintura de Carlos Terribili
El 12 de noviembre de 1863 el brigadier general Angel
Vicente Peñaloza, a sus gallardos 70 años, está refugiado en la casona
de su amigo Felipe Oros, en la pequeña población riojana de Olta, con
media docena de hombres desarmados, a pocos días de su derrota en Caucete,
San Juan, contra las tropas de línea del gobernador de la provincia
y director de la guerra designado por el presidente Bartolomé Mitre:
Domingo Faustino Sarmiento, que estaba desesperado entonces por saber
dónde se escondía su peor enemigo. A principios de mes el capitán Roberto
Vera sorprende a un par de docenas de seguidores de Peñaloza. "Acto
continuo se les tomó declaración", dice el escueto parte de su superior,
el mayor Pablo Irrazábal: seis murieron pero el séptimo habló. El chileno
Irrazábal lo manda a Vera con 30 hombres al refugio del caudillo, donde
lo encuentra desayunando con su hijo adoptivo y su mujer. El Chacho,
el amable gaucho generoso y valiente defensor a ultranza de las libertades
de los pueblos, sale a recibirlo con un mate en la mano y, entregando
su facón -en cuya hoja rezaba la leyenda "el que desgraciado nace /
entre los remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy rendido". Vera
lo conduce a uno de los cuartos y le pone centinela de vista. Y le comunica
el suceso a Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al cuarto
y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido del Chacho?". Una voz
calma, desbordante de buena fe, le contesta: "yo soy el general Peñaloza,
pero no soy un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la presencia
del hijastro y de doña Victoria Romero de Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal
toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre al
general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó cortarle la cabeza
y exhibirla clavada en una pica en la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento,
que nada deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18 de noviembre:
"...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle
la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las
chusmas no se habrían aquietado en seis meses".
La guerra "de limpieza social", de exterminio de los criollos, de degüello
de los federales, de carnicería feroz, de raptos, robos, saqueos, violaciones,
levas de enganchados y cepos "colombianos" a los gauchos, es la consecuencia
directa de Pavón, "la derrota que no fue" impuesta por las logias de
Buenos Aires. El 17 de septiembre de 1861 se enfrentaron junto al arroyo
de Pavón, al sur del la provincia de Santa Fe, el ejército bonaerense
liberal de Mitre y el ejército federal de las provincias de Urquiza.
Producida la victoria indiscutible de los federales en el campo de batalla,
inexplicablemente, Justo José de Urquiza se retira del campo a paso
lento, al tranco de su caballo, como para demostrar que es una retirada
voluntaria. ¡Y al mismo tiempo ordena también la retirada de los suyos,
ganadores del combate! Con la insólita claudicación urquicista, la Confederación
se derrumbó y el país quedó en las manos de "la civilización de la levita"
de los porteños, una de las páginas más tristes y sangrientas de nuestra
historia.
La bandera abandonada por Urquiza será alzada entonces por el Chacho
Peñaloza, brigadier general del ejército de la nación y jefe del III
Ejército -el "Ejército de Cuyo"-, aunque sin tropas de línea ni armas.
De una vieja familia fundadora de La Rioja, de larguísima carrera de
luchas en las que había ganado todos sus grados en el campo de batalla,
Peñaloza fue teniente coronel de Facundo Quiroga, y lo acompañó en todas
sus campañas, sirviendo después de Barranca Yaco a las órdenes del gobernador
Brizuela, con quien entró a la coalición del Norte. Este cambio de frente
obedeció a la falsa versión unitaria que le achacaba a Rosas la inspiración
del asesinato de Facundo.
Pero ya estamos después de Pavón, cuando el Chacho levanta una vez más
su enseña, cabalgando sin sombrero, ceñida la melena blanca con una
vincha gaucha, y son cientos, y pronto miles los que lo rodean, paisanos
con sus caballos de monta y de tiro, y una media tijera de esquilar
atada a una caña como lanza. De La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San
Luis, de Córdoba a San Juan, la montonera crece levantando voluntarios
en marcha triunfal. En los Llanos, el caudillo es imbatible. Por eso,
el gobierno nacional manda al sacerdote Eusebio Bedoya a ofrecerle la
paz. El Chacho acepta complacidísimo y se fija La Banderita para el
cambio solemne de las ratificaciones y de los prisioneros de guerra.
El acude con sus tenientes y montonera en correcta formación. El ejército
de línea, conducido por los jefes mitristas Rivas, Arredondo y Sandes
-los dos últimos orientales-, rodean a Bedoya.
José
Hernández, el autor del Martín Fierro, narra la entrega de los prisioneros
nacionales tomados por el Chacho. "¿Ustedes dirán si los han tratado
bien?", pregunta éste. "¡Viva el general Peñaloza!", fue la única y
entusiasta respuesta.
Luego el riojano se dirige a los jefes nacionales: "¿Y bien, dónde están
los míos?... ¿Por qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que
se dice? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?"... Los jefes militares
de Mitre se mantenían en silencio, humillados; los prisioneros habían
sido todos degollados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras
de los bosques; las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores...
Al decir del joven periodista Hernández -testigo angustiado de las desdichas
nacionales-, Bedoya y los propios jefes militares, conmovidos, sienten
asco por haberse mezclado en la negociación. Pronto el Martín Fierro
marcará a fuego la iniquidad mitrista:
¡Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea!
Pero hay uno que nada lo conmueve; queda en pie el enemigo más formidable
del caudillo de los Llanos: Sarmiento, que además de caracterizarlo
de bandido, vándalo y ladrón, lo hostiliza y hace perseguir implacablemente
a sus hombres, incorporándolos por la fuerza a los peores destinos militares,
después de apoderarse de sus mujeres y propiedades. (Unos meses antes
le escribía a Mitre sobre Sandes: "Si mata gente, cállense la boca.
Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga
con tratarlos mejor"). Hasta que el director de la guerra logra colmar
la paciencia del Chacho, que antes del año de La Banderita levanta nuevamente
el estandarte de la rebelión, declarando en una carta a Mitre: "Los
hombres todos, no teniendo ya más que perder que la existencia, quieren
sacrificarla más bien en el campo de batalla defendiendo sus libertades,
sus leyes y sus más caros intereses atropellados vilmente". Y toma su
lanza temible convocando a los dispersos federales, a los veteranos
de Facundo y a los jóvenes casi niños que prefieren morir con la tacuara
en la mano a aniquilarse en los cantones fronterizos, diciendo en su
proclama, que vuelve a conmocionar los Llanos: "El viejo soldado de
la patria os llama en nombre de la ley y de la nación, para combatir
y hacer desaparecer los males que aquejan a nuestra tierra".
La tragedia de Olta inició una ola de sangre descontrolada en toda la
región. Pero desde entonces una copla popular se empezó a cantar en
los Llanos:
Dicen que al Chacho
lo han muerto.
No dudo que así será.
Tengan cuidado magogos,
no vaya a resucitar.
Fuente: www.agendadereflexion.com.ar

Investigación periodística
e historia política, por Carlos del Frade
La investigación periodística revela el funcionamiento de los factores
de poder en una sociedad y descubre el por qué existencial de las mayorías
populares. La historia del periodismo argentino está plagada de antecedentes
del género que tomó auge a fines de los años cincuenta del siglo veinte
pero que, en realidad, asumió sus formas desde el diecinueve con políticos
y escritores como Belgrano, Fray Mocho y José Hernández. Este último,
conocido de manera mayoritaria por "Martín Fierro", fue uno de los pioneros
de un periodismo de denuncia precisa que revela el nombre y el apellido
de los multiplicadores del dolor del presente que le tocó vivir. La
investigación sobre el asesinato del Chacho Peñaloza es una pieza de
antología que no solamente es útil para los miles de estudiantes de
periodismo, sino también para la historia política de los argentinos.
Vayan estas líneas, entonces, como modesto homenaje a dos hombres comprometidos
con el sueño inconcluso de los que son más, Hernández y Peñaloza que,
en estos días, se recordaron con tibieza por las efemérides de sus nacimiento
y muerte, respectivamente.
Del Chacho a los hijos y entenados
José Hernández es el símbolo de un periodismo de denuncia y prólogo
del género de la investigación que descubre la trama íntima de la impunidad
en torno a un crimen político que conmovió a la sociedad argentina de
principios de la década del sesenta del siglo pasado.
El asesinato del Chacho Peñaloza fue presentado por los periódicos de
la época, los de Buenos Aires, como el "lógico final de un bandolero".
Sarmiento y Mitre justificarían el método en nombre del progreso.
Frente a esta construcción
de sentido del presente, tendiente a conformar una visión que justificaba
la eliminación de las resistencias del interior ante el proyecto económico
y político de la burguesía porteña en alianza con los ganaderos de la
Mesopotamia, el periodista Hernández, militante del proyecto de la Confederación,
descubriría otra historia.
Y lo haría a través de una serie de artículos que publicó en el periódico
entrerriano "El Argentino", de Paraná.
La primera nota se titulaba "Asesinato atroz" y comenzaba con una cabeza
escrita según los conceptos actuales de la estética del periodismo informativo.
"El general de la Nación, Don Angel Vicente Peñaloza ha sido cosido
a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al
asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolin, Giménez y demás
mártires, en Olta, la noche del 12 del actual", en referencia a noviembre
de 1863.
"El general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera
militar, jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario
no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de
sus hechos, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la
genrosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios".
Hernández describe y utiliza los adjetivos que informan.
El periodista con conciencia política que es Hernández denunciará desde
el presente, el proyecto de dominación que enfrenta desde el campo de
batalla y desde el escritorio de una redacción.
"El asesinato del general Peñaloza es la obra de los salvajes unitarios;
es la prosecución de los crímenes que van señalando sus pasos desde
Dorrego hasta hoy".
Luego vendrá un segundo artículo, "La política del puñal" en la que
advierte desde la lucidez del analista político: "Tiemble ya el general
Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre
su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia,
su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido
Unitario".
La tercera nota es la presentación del género de la investigación periodística
en la Argentina.
"Peñaloza no ha sido perseguido. Ni hecho prisionero. Ni fusilado. Ni
su muerte ha acaecido el 12 de noviembre. Lo vamos a probar evidentemente,
y con los documentos de ellos mismos. Todo eso es un tejido de infamias
y mentiras, que cae por tierra al más ligerísimo examen de los documentos
oficiales que han publicado sus asesinos", aseguró el periodista.
Agregó que "ha sido cosido a puñaladas en su propio lecho, y mientras
dormía, por un asesino que se introdujo a su campo en el silencio de
la noche; fue enseguida degollado, y el asesino huyó llevándose la cabeza.
A la mañana siguiente no había en su lecho ensangrentado sino un cadáver
mutilado y cubierto de heridas. Esa es la verdad, pero todo esto ha
ocurrido antes del 12 de que hablan las notas oficiales. Los partes
y documentos confabulados mucho después del asesinato con el solo objeto
de extraviar la opinión del país, incurren en contradicciones estúpidas".
En esas líneas se descubre el sentido y el objetivo de las palabras
de Rodolfo Walsh en "Operación Masacre", luego de los fusilamientos
de José León Suárez.
"Examinemos ligeramente
esos documentos. El primer parte que aparece dando cuenta de la muerte
del general Peñaloza, es el siguiente" y transcribe el texto de Pablo
Yrrazábal y Ramón Castañeda fechado en Olta, el 12 de noviembre de 1863.
Allí
se pone de manifiesto que Yrrazábal sorprendió al "bandido Peñaloza,
el cual fue inmediatamente pasado por las armas" y aseguraba que también
tenía "prisionera a la mujer y un hijo adoptivo".
Hernández destacó a los lectores el hecho de que el operativo se produjo
en la madrugada del 12 y que no había más prisioneros que la familia
de Peñaloza.
A continuación, Hernández publicó una carta de Sarmiento, como gobernador
de San Juan, al inspector general de Armas de la República, general
Wenceslao Paunero.
En ella el sanjuanino le adjudicó la detención del Chacho a Vera y no
en la madrugada del 12, si no a las nueve de la mañana.
El tercer documento es la carta que Yrrazábal dirigió al coronel José
Arredondo el mítico 12 de noviembre de 1863.
"Pongo en conocimiento de VE el buen éxito de nuestra jornada que ha
dado el triunfo sobre el vandalaje", comenzaba el escrito.
Luego mencionó al "valiente comandante Ricardo Vera", la fecha 11 de
noviembre, la toma de 18 prisioneros y la partida hacia Olta en la madrugada
del 12. Habla de otro grupo de 18 nuevos prisioneros, seis muertos y
el secuestro de la mujer del Chacho y un hijo adoptivo.
Entonces Hernández pone en evidencia las contradicciones entre los documentos
oficiales.
"O miente uno o miente el otro. La verdad es que mienten los dos", escribe
en tono contundente.
Publica una nueva carta, del 13 de noviembre, enviada por Pedro Echegaray
al coronel y jefe de las fuerzas movilizadas, coronel Cesáreo Domínguez.
Lo hace desde Los Pocitos, provincia de Córdoba. Allí se cuenta que
se llegó a La Rioja en la noche del 12 de noviembre y que "muy pronto
quedará restablecido el orden porque el primer caudillo, que era Peñaloza,
concluyó su carrera en Olta, que fue muerto por una comisión del coronel
Arredondo al mando del comandante Ricardo Vera".
De allí que Hernández desmenuce el sentido profundo de los signos que
ofrecen las cartas.
"En esta nota, fechada un día después de aquel en que se da como acaecida
la muerte de Peñaloza, y a una inmensa distancia del lugar del suceso,
Echegaray habla del hecho como de un suceso viejo, habla de los resultados
producidos, de la marcha de Puebla, de los avisos mandados por él a
las autoridades de San Luis, de la ocupación de La Rioja por Arredondo,
de los individuos que se han presentado, y por fin de que se ha retirado
de aquella provincia por creer ya innecesaria su presencia allí. No
hay magia para hacer tantas cosas en unas cuantas horas, sino la de
los salvajes unitarios. Pero Echegaray no mentía, sino que Peñaloza
ha sido asesinado mucho antes de lo que dicen esas notas falsificadas",
remarcó José Hernández.
Y añadió una última carta de Yrrazábal a Echegaray, desde Ulape, el
8 de noviembre de 1863. "Según noticias, creo que US no está seguro
de que Peñaloza fue tomado e inmediatamente pasado por las armas", testimonia
el documento.
A partir de esa demostración, Hernández confirmó que "aquí está descubierto
el crimen. Esa nota es de fecha 8 de noviembre e Yrrazábal le asegura
a Echegaray que Peñaloza había sido muerto" y más adelante enfatizó
que "el asesinato que se pretende encubrir está revelado".
Después analiza la construcción de la historia oficial a través del
diario "El Imparcial" de Córdoba y "La Nación Argentina", de Mitre.
Terminó escribiendo que "el criminal se agazapa, se esconde, pero siempre
deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia. Los salvajes
unitarios han dejado también la cola afuera".
Es una pena que este texto de investigación, análisis, precisión informativa
y moderna estética en la redacción, no se estudie en las facultades
de comunicación social y en las escuelas de periodismo como antecedente
de los escritos de Walsh, Bayer y Verbitsky.
Pero también constituye un flagrante delito de falsificación histórica
el tratar de reducir a José Hernández como el autor del "Martín Fierro".
Hernández demuestra, a través de su notable ejercicio de la construcción
de las noticias y de su compromiso político que lo llevó hasta los campos
de batalla, una voluntad de convertir en masivo lo oculto por los sectores
dominantes.
Su trabajo de descubrimiento a favor de las mayorías constituye un valioso
aporte para la formación de la conciencia social.
Esa que se nutre del mandato cultural y político que viene desde 1810
de formar una Argentina con igualdad y solidaridad, proyecto histórico
que resume la identidad nacional.
Fuente: ARGENPRESS.info, Fecha publicación:14/11/2005
Imágen: Arma del Chacho
Vida y muerte de un caudillo
Por León Benarós
Ángel Vicente Peñaloza fue caudillo de La Rioja en el
siglo XIX, llamado «El Chacho». Chacho es un apodo muy utilizado en
Argentina; quizá venga de muchacho. El Chacho fue asesinado por tropas
de Buenos Aires el 12 de noviembre de 1863 en Olta, La Rioja.
Canción de cuna del Chacho
Canción
(Recitado)
Un niño nace en la Rioja,
¿Qué destino ha de tener?
Para defender su provincia,
¡montonero habrá de ser¡
(Cantado)
Niñito de pelo ru[bio],
changuito de ojos celes[tes],
¡sosiégesee ya¡
Mi niñito de los lla[nos],
mi churito ángel Vicente.
Si se dormirá,
debajo del algarrobal.
Jorge Cafrune - Triunfo
del Chacho
|
Duérmase, pues, mi changui[to],
mi clavelito elegi[do],
de Guaja la flor,
para cuando se despier[te],
fíjese que le trai[go],
arrope y mistol,
se duerme la luna y el sol.
Ya viene la montone[ra],
mi niño ya está dormi[do],
¿qué sueño hai´ tener?.
Se vera chul[i] y creci[do],
levantando polvare[da],
saliendo del ce[rro],
tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Montonereando
Adolfo Ábalos-León Benarós
Chacarera
(Recitado)
¡Tanto defender La Rioja!,
¡Tanto luchar y luchar!.
Destino de gente pobre,
¡sufrir y montonerear!.
(Cantado)
Guandacol, Chepaespetui, Malanzán,
tal vez esos lindos pagos,
no los veré más.
¿Dónde está la que un querer me juró?.
Ella me estará esperando,
pero tal vez no.
Chañaral, Churquicardón, Retamal,
soy llanisto, soy del Chacho,
soy de La Rioja.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
Floro Cruz, Apolinario Mazán,
Pancho Argüello, Cleto Luna,
no los veré más.
Otra vez, pecho el fusil donde esté,
es lo mismo, monte o cerro,
para morir pues.
Ya verán cuando se ofrezca pelear,
si medio la montonera,
se desempeñan.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
|
|
La Victoria Romero
Ramón Navarro - León Benarós
Cueca
(Recitado)
Ya ese Chacho Peñaloza
se viene ganando a mozo,
un amor le está ocupando
su corazón generoso.
(Cantado)
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Tiempo que no lo han visto montonereando.
¿Quién será que le roba su voluntad?.
Dic'que los ojos negros de alguna moza,
guerra le dan al Chacho, más que otra cosa.
Por esos jarillales ronda el amor.
Riojano amor,
ella es la flor,
de aquellos pagos.
Y el mocetón, con sencillos halagos,
jura su amor sincero,
a la Victoria Romero.
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
una moza de Tama, lo anda queriendo.
Ella es sencilla y pura, flor de cardo.
¡Linda la novia d'el Chacho,
alta y airosa!.
Moraba en los entreveros, tan valerosa.
Sabe mostrar agallas junto al varón.
Se va, se va, se va, se va.
Cueca riojana.
El Chacho va, con la novia en Anca,
y el juega la vida y fama,
por esa moza de Tama.
Deje, nomás
Adolfo Ábalos - León Benarós
Vidala chayera
(Recitado)
Noticias de Buenos Aires,
para afligir han venido,
porque han de pelearlo al Chacho,
como si fuera un bandido.
(Cantado)
Dicen que se ha de venir,
deje, nomás,
tropa baquiana de allá,
deje, nomás.
Déle chumbiar y chumbiar,
sable largo, por demás.
Y que nos viene a topar,
el entrevero será ya guaytá.
Dicen que está por llegar,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos viene a mandar,
¡Cuaya a saber si podrá!.
Gente del Chacho hallará,
le dificulto la facilidad.
Dicen que en la Rioja está,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos quiere allanar,
fiero les hemos de entrar.
Ha de quedar el tendal,
la polvareda y el viento, nomás.
Que sí será, si no será,
la polvareda y el viento, nomás,.
la polvareda y el viento, nomás,
la polvareda y el viento, nomás,
(Grito)
Triunfo del Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Triunfo
(Recitado)
¿Qué siente por ese Chacho,
la paisanada devota?.
Lo sigue sin desertarse,
en el triunfo o la derrota.
(Cantado)
Yo no soy de estos pagos,
soy de La Rioja,
soy de La Rioja,
donde no tiene sitio,
la gente floja.
¡Qué digo!. Soy de La Rioja.
Dicen que viene Sandes, (*)
la polvareda,
la polvareda,
queriendo avasallar,
tal vez no pueda.
¡Qué digo!. La polvareda.
¡Amalaya ese Chacho!,
tan combatido,
tan combatido,
ofertando la paz,
sin ser oído.
¡Qué digo!. Tan combatido.
Este es el triunfo, madre,
de los chachistas,
de los chachistas,
con La Rioja en el alma,
la lanza lista.
¡Qué digo!. De los chachistas.
(*) Nota: Sandes, fue el coronel que venció al Chacho en el encuentro
de Lomas Blancas (20/05/1863), y de donde el caudillo huyera, para caer
definitivamente derrotado en Olta.
La muerte del Chacho
Anónimo - León Benarós
Romance
(Recitado)
Cuente la copla de pueblo: - La muerte de Peñaloza.
Desarmado lo mataron, - así, nomás, es la cosa.
(Romance)
Yo he visto gemir al tigre, - y vi llorar al quebracho,
han de dejar que les cuente - cómo mataron al Chacho.
Como varón se sostuvo - de la cabeza a los pies,
finó el doce de noviembre - del año sesenta y tres.
Con entereza total, - se allanó a perder la vida.
¡Digan si se vio en La Rioja - una estampa parecida¡.
Sesenta y cinco veranos - ya cuenta ese Peñaloza.
Ver su provincia invadida, - el corazón le destroza.
Ya de la riojana sangre, - el suelo nativo entintan.
Las hartas canas al Chacho - en las sienes se le pintan.
Cuando en San Juan, la Victoria - le mezquinó sus halagos,
se sintió ese general - tironeado por sus pagos.
En llegando a Loma Blanca, - como quién va para Olta,
en el rancho de un tal Oros, - va a alojarse con su escolta.
El Mayor Pablo Irrazabal - los desbarata en Caucete,
va con orden de apretarlos, - pa' ver si los somete.
Y respirando rencor, - con una saña de fiera,
para perseguir al Chacho, - destaca a Ricardo Vera.
¿Con qué ánimo ha de ver éste, - comisión que se le cuadre,
si el general Peñalosa - era su amigo y compadre?.
Más bien iba, por si acaso, - a pactar la rendición,
por si ese Chacho, - acatara la fuerza de la nación.
Bajo una lluvia finita - con su gente, llega Vera,
desmonta y en un abrazo - con el Chacho se entrevera.
y allí le dice "Compadre, - su causa, es causa perdida.
Si usted se rinde al gobierno, - yo le aseguro la vida.
Ponga fin a sus trabajos - entre gente montonera.
Entréguese a la nación, - no es una fuerza extranjera".
Como mirando a lo lejos - queda el Chacho fijamente
en su catre de algarrobo, - mateaba tranquilamente.
Por fin, por segura prenda - de aquel pacto tan sencillo,
en señal de acatamiento, - ha entregado su cuchillo.
Ya la mucha edad al Chacho, - su brío porfiado vence.
Ya con aquellas razones, - su compadre lo convence.
Un tal Regalado Campos, - chasca en esa situación,
va a dar a aquel Irrazabal - parte de la rendición.
Más llega el dicho Irrazabal, - con toda la rabia junta
y sin desmontar, a Vera, - "¿Cuál es el Chacho?", pregunta,
Y al saberlo, allí, nomás, - ciego de fiera venganza,
se le viene a Peñaloza, - y de un lanzazo lo avanza.
Rendido de buena fe, - pues hasta entregó el cuchillo,
en semejante ocasión, - ¿qué iba a hacer ese caudillo?
En mentira y felonía - todo se le trueca -pienso-
por darle seguridad, - lo lancean indefenso.
Mudos quedan de sorpresa, - quienes lo están contemplando,
se le hundió hasta la moharra, - y el asta quedó temblando.
Todavía moribundo, - pudo, firme, ser oído:
"¡Cobarde!", murmura el Chacho. - "¡Matar a un hombre rendido¡".
Allí lo dejan, después - de semejante atropello.
Tiene la boca entreabierta, - tiene un rosario en el cuello.
Como una tigra, llorando - de pena que la acongoja,
ciega de dolor, la Vito - con furia se les arroja.
Alguno, más comedido, - de un talerazo la acuesta,
cuando ese Pablo Irrazabal - suelta su rabia funesta,
y señalándolo al Chacho, - doblado en sus estertores,
grita, ese mayor sin hiel: - "¡A ver¡ ¡Cuatro tiradores¡".
En un orcón de algarrobo, - el Chacho queda sujeto.
¡Ya le pegan cuatro tiros¡ - ¡Ya el crimen está completo¡.
Y para que haya, señores, - de todo, como en botica,
a la cabeza del Chacho, - la exponen en una pica.
¡Lindo es salirle a la muerte - en cualesquier entrevero¡.
¡Pero otra cosa, es que a un hombre, - lo maten como cordero.
¡Ya se acabó Peñaloza¡. - ¡Ya lo pudieron matar¡.
Tengan cuidado, señores, - ¡no vaya a resucitar¡.
La pura verdad
Adolfo Ábalos - León Benarós
Baguala
Una baguala que expresa con profundidad el anuncio del trágico destino
del caudillo.
(Recitado)
La vida y muerte del Chacho,
ya nomás estoy cantando.
El cayó por su provincia,
nosotros, vamos andando.
(Cantado)
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Padrecito de los pobres,
Padrecito de los pobres,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Los riojanos corazones,
Los riojanos corazones,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Recitado)
Con nadita se ha quedado,
lanza y poncho solamente,
porque todo lo que tiene,
lo reparte con su gente.
Mi general Peñaloza,
por su vida, ¡cuidesé¡,
los humildes de La Rioja,
lo precisamos a usted.
(Cantado)
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Lo precisamos a usted,
Lo precisamos a usted.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Grito)
Llanto por el Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Chaya
(Introducción)
Allá va, sombra del Chacho,
tal vez queriendo volver,
durando en los corazones,
sabiendo permanecer.
...................................
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Lloran las piedras también tristes de verlo pasar;
le tiende sus ramas el algarrobal.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
Sombra se quiere volver, rumbo de la soledad:
en Olta la muerte lo viene a buscar.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Lanza que pide volver; árbol que quiere brotar.
La voz de los llanos lo vuelve a nombrar.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
Tal vez volverá..., tal vez volverá...
Visión del Chacho
Carlos Di Fulvio - León Benarós
Zamba
(Recitado)
Por aquí ha pasado el Chacho,
con sus montoneros de Aliva.
Crece una sombra de lanzas,
por aquellos peñales.
(Cantado)
La Rioja no te olvida,
un clamor por esos llanos va.
Y hay un reverberar
en la riojana soledad,
que alza tu visión, sombra fantasmal.
Y cuando la alta noche, crece sobre el jarillal,
gritos de un ayer se suelen escuchar.
Atiles, Tama, Olta,
Loma Blanca, Guaja y Malanzán,
mi tierra de algarrobos, Sañogasta y Achunvil,
viejo Guandacol, Solca y Chumical,
en sombras emponchadas, ya la luna ve crecer,
alzando de lo obscuro, todo un tacuaral.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
El Chacho, sombra ardiente,
otra vez nos quiere convocar.
Y viene de un recuerdo de tragedia y de dolor,
roto el corazón, desangrado ya,
pero desde la sombra nos empuja a resistir,
para defender la criolla dignidad.
Visión cabal del Chacho,
por añares largos vagará.
Los campos de La Rioja donde supo combatir,
no lo olvidarán, no lo olvidarán.
Las sombras de la noche su figura ven crecer,
inmensa como un alma noble y tutelar.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
Zamba para el Chacho
Ramón Navarro - León Benarós
Zamba
(Recitado)
En el corazón del pueblo,
Peñaloza quedará,
porque defendió su tierra,
porque era todo bondad.
(Cantado)
Ninguno se crea eterno,
todo es llegar y partir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Así mataron al Chacho,
así fue su dura suerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
La cabeza del caudillo,
queda en la plaza de Olta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
Ya Peñaloza no es nada,
ya la tierra lo recibe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
[Fragmento]
El Chacho, último caudillo de la montonera de los Llanos
¡En Chile y a pie!
En septiembre de 1842, cuando todavía no dan paso las nieves que se
acumulan durante el invierno sobre la areta central de los Andes, un
grupo de viajeros pretendía desde Chile atravesar aquellas blancas soledades,
en que valles de nieve conducen a crestas colosales de granito que es
preciso escalar a pie, apoyándose en un báculo, evitando hundirse en
abismos que cavan ríos corriendo a muchas varas debajo; y con los pies
forrados en pieles, a fin de preservarse del contacto de la nieve que,
deteniendo la sangre, mata localmente los músculos haciendo fatales
quemaduras.
Los Penitentes ; columnas y agujas de nieve que forma el desigual deshielo,
según que el aire o el sol hieren con más intensidad, decoran la escena,
y embarazan el paso cual escombros y trozos de columnas de ruinas de
gigantescos palacios de mármol. Los declives que el débil calor del
sol no ataca, ofrecen planos más o menos inclinados, según la montaña
que cubren, y descenso cómodo y lleno de novedad al viajero, que sentado
se deja llevar por la gravitación, recorriendo a veces en segundos distancias
de miles de varas. Este es quizá el único placer que permite aquella
escena, en que lo blanco del paisaje sólo es accidentado por algunos
negros picos demasiado perpendiculares para que la nieve se sostenga
en sus flancos, formando contraste con el cielo azul-oscuro de las grandes
alturas.
Los temporales son frecuentes en aquella estación, y aunque hay de distancia
en distancia casuchas para guarecerse, si no se ha tenido la precaución
de examinar el aspecto del campanario, que es el más elevado pico vecino,
y asegurarse de que ninguna nubecilla corona sus agujas, o vapores cual
lana desflecada empiezan a condensarse a sus flancos, grave riesgo se
corre de perecer, perdido el rumbo entre casucha y casucha, casi cegadas
por la caída de copos de nieve tan densa que no permite verse las manos.
Aquella vez no eran los viandantes ni el correísta que lleva la valija
a espaldas de un mozo de cordillera, ni transeúntes, de ordinario extranjeros
que buscan este arriesgado paso del Atlántico al Pacífico. Eran emigrados
políticos que, a esa costa, regresaban a su patria contando con incorporarse
al ejército del general La Madrid, antes que se diese la batalla que
venía a librarle el general Oribe a marchas forzadas desde Córdoba.
Al asomar las cabezas sobre la cuesta de Las Cuevas, desde donde se
divisa la estrecha quebrada hasta la Punta de las Vacas, tres bultos
negros como negativos de fotografía fue lo primero que vieron destacarse
sobre el fondo blanco del paisaje. Los viajeros se miraron entre sí
y se comprendieron. ¡Nada bueno auguraban aquellas figuras! Mirando
con más ahínco hacia adelante, creyeron descubrir otros puntos negros
más lejos, y allá en lontananza otro al parecer más largo, porque largas
sin ancho son las líneas que describen los viandantes por las nieves,
poniendo el pie los que vienen en pos sobre la impresión que deja el
que les precede. ¡Derrotados!, exclamó uno meneando con desencanto profundo
la cabeza; y precipitándose por el declive, descendieron hasta la casucha
que está al pie, del lado argentino de la cordillera, donde a poco se
acercaron los que de Mendoza venían. ¿Derrotados?, preguntáronles aquéllos
a éstos desde lejos, poniéndose las manos en la boca para hacer llegar
la voz; ¡derrotados!, repitieron los ecos de las montañas y las cavernas
vecinas. Todo estaba dicho.
Luego se supieron los detalles de la batalla de la Ciénaga del Medio;
luego llegaron otros y otros grupos, y siguieron llegando todo el día,
y agrupándose en aquel punto inhospitalario, sin leña, sin más abrigo
que lo encapillado, sin más víveres que los que cada uno podría traer
consigo. Al caer de la tarde, llegaron noticias de la retaguardia, donde
venían La Madrid, Alvarez y los demás jefes, de haber sido degollados
los rezagados en Uspallata, entre ellos el comandante Lagraña y seis
jefes más.
Sólo los familiarizados con la cordillera podían medir el peligro que
corrían aquellos centenares de hombres, entre los que se contaban por
cientos, jóvenes de las primeras familias de Buenos Aires y las provincias
del norte, restos del Escuadrón Mayo formado de entusiastas, que a tales
y a mayores riesgos se exponían luchando contra el tirano Rosas. No
había que perder un minuto, y los mismos viajeros en hora menguada para
ellos, pero providencial para los otros, volvieron a desandar el penoso
camino, sin darse descanso hasta llegar al valle de Aconcagua, del otro
lado de Los Andes.
Fue en el acto dada la alarma, montada una oficina de auxilio, y merced
a sus antiguas relaciones, y de algún dinero de que podían disponer,
horas después partían para la cordillera baqueanos cargados de carbón,
cueros de carneros, charqui, cuerdas, ají, y demás objetos indispensables
en aquellos parajes, a fin de acudir a lo más urgente; mientras que
la pluma corría con rapidez febril, invocando el patriotismo de los
argentinos, la filantropía de los chilenos, la munificencia del gobierno
a que podían apelar seguros de que las simpatías personales harían grato
el desempeño de un deber de humanidad; y así puestas en acción la opinión
por la prensa, la caridad por asociaciones, y la administración, en
tres días empezaron a llegar médicos, medicinas, dinero, ropas, abrigo
y comodidades para mil hombres que decían ser los desgraciados.
¡Harta necesidad habría de médicos! El temido temporal se había declarado,
y era preciso ser vecino de Los Andes, donde la cordillera es un libro
que hasta los niños saben leer, para imaginarse la angustia general
de los que con pavor vieron sustituirse pardas nubes a los nevados picos
de Los Andes centrales que se cubrieron, dejando al sol en el valle
iluminar la escena sólo para que los extraños pudiesen contemplarla
de lejos sin poder prestar auxilio a las víctimas. Mídese la fuerza
del temporal por la intensidad de las nubes y su color sombrío, y cada
hora, transcurrido el primer día, como cuando se oye de lejos el fuego
de la batalla, calculábase el número de helados entre mil. Espectáculo
sublime y aterrador, tranquilo en sus efectos, afligente hasta desgarrar
el corazón del que lo contempla, como se ve venir la nave a estrellarse
fatalmente en las rocas; o cundir el incendio sin la última esperanza
de ver echarse por las ventanas, o poner escaleras para los que rodean
las llamas.
El cielo se apiadó al fin, y un día después de tres de angustia, se
supo que sólo habían perecido siete, y sido necesario amputar otros
tantos, pues que los médicos estaban ya al pie de la cordillera. Un
cuadro del pintor sanjuanino Rawson ha idealizado la escena del arribo
de los primeros chilenos que rompieron la nieve, y se abrieron paso
hasta el teatro de la catástrofe. El calor o el techo de la casucha
habían salvado dentro y fuera a trescientos, una roca inclinada abrigado
a ciento, los ponchos al resto conservando el calor apiñ ados estrechamente.
Salvada la vida, el hombre tenía a mano con qué saciarse.
Entre aquellos prófugos se encontraba el Chacho, jefe desde entonces
de los montoneros que antes había acaudillado Quiroga; y ahora, seducido
su jefe por el heroísmo desgraciado del general Lavalle, habíase replegado
a las fuerzas de La Madrid, y contribuido no poco, con su falta de disciplina
y ardimiento, a perder la batalla. Llamaba la atención de todos en Chile
la importancia que sus compañeros generalmente cultos daban a este paisano
semibárbaro, con su acento riojano tan golpeado, con su chiripá y atavíos
de gaucho. Recibió como los demás la generosa hospitalidad que les esperaba,
y entonces fue cuando, preguntado cómo le iba, por alguien que lo saludaba,
contestó aquella frase que tanto decía sin que parezca decir nada: ¡Cómo
me a dir, amigo! ¡En Chile y a pie!
Este era el Chacho en 1842, y ése era el Chacho en 1863 en que terminó
su vida. Ni aun por simple curiosidad merece que hablemos de su origen.
Dícese que era fámulo de un padre, quien al llamarlo, para acentuar
el grito, suprimía la primera sílaba de muchacho , y así se le quedó
por apodo Chacho; y aunque no sabía leer, como era de esperarse de un
familiar de convento, acaso el haberlo sido le hiciese valer entre hombres
más rudos que él. Firmaba sin embargo con una rúbrica los papeles que
le escribía un amanuense o tinterillo cualquiera, que le inspiraba el
contenido también; porque de esos rudos caudillos que tanta sangre han
derramado, salvo los instintos que les son propios, lo demás es obra
de los pilluelos oscuros que logran hacerse favoritos. Era blanco, de
ojos azules y pelo rubio cuando joven, apacible de fisonomía cuanto
era moroso de carácter. A pocos ha hecho morir por orden o venganza
suya, aunque millares hayan perecido en los desórdenes que fomentó.
No era codicioso, y su mujer mostraba más inteligencia y carácter que
él. Conservóse bárbaro toda su vida, sin que el roce de la vida pública
hiciese mella en aquella naturaleza cerril y en aquella alma obtusa.
Su lenguaje era rudo más de lo que se ha alterado el idioma entre aquellos
campesinos con dos siglos de ignorancia, diseminados en los llanos donde
él vivía; pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando
a dar a sus frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula a que las
hacía recordar, mostrándose así cándido y el igual del último de sus
muchachos . Habitó siempre una ranchería en Guaja, aunque en los últimos
años construyó una pieza de material, para alojar a los decentes , según
la denominación que él daba a las personas de ciertas apariencias que
lo buscaban. Hacía lo mismo con sus modales y vestidos: sentado en posturas,
que el gaucho afecta, con el pie de una pierna puesto sobre el muslo
de la otra, vestido de chiripá y poncho, de ordinario en mangas de camisa,
y un pañuelo amarrado a la cabeza. En San Juan se presentaba en las
carreras, después de alguna incursión feliz, si con pantalones colorados
y galón de oro, arremangados para dejar ver calcetas caídas que de limpias
no pesaban, con zapatillas a veces de color. Todos estos eran medios
de burlarse taimadamente de las formas de los pueblos civilizados. Aun
en Chile, en la casa que lo hospedaba, fue al fin preciso doblarle las
servilletas a fin de salvar el mantel que chorreaba al llevar la cuchara
a la boca. En los últimos años de su vida consumía grandes cantidades
de aguardiente, y cuando no hacía correrías, pasaba la vida indolente
del llanista, sentado en un banco, fumando, tomando mate, o bebiendo.
Las carreras son, como se sabe, una de las ocupaciones de la vida de
estos hombres, y en los Llanos ocasión de reunirse varios días seguidos
gentes de puntos distantes. Las nociones de lo tuyo y lo mío no son
siempre claras en campañas donde el dios Término no tiene adoradores,
y menos debían estarlo en quien vivía de los rescates, auxilios, y obsequios
que recibía en las ciudades que visitaba con sus hordas disciplinadas.
Entregadas éstas en San Juan al saqueo e incendio de las propiedades,
en presencia de Derqui, que así preparó su candidatura a la presidencia,
queriendo poner coto a desórdenes que amenazaban arrasar con todo, dióse
una orden de pena de la vida a quienes fuesen sorprendidos saqueando.
Tomados cinco, el Chacho solicitó, en nombre de sus servicios, y obtuvo
el perdón de todos, no obstante que el Comisionado nacional contaba
con un regimiento de línea mandado por el general Pedernera, que fue
vicepresidente; y todos los degüellos, salteos y asesinatos, que tuvieron
lugar después, sin que pueda culpársele de ordenarlos, obtuvieron siempre
la bondadosa y obtemperante indulgencia del Chacho.
Su papel, su modo de ganar la vida, digámoslo así, era intervenir en
las cuestiones y conflictos de los partidos, cualesquiera que fuesen,
en las ciudades vecinas. Apenas ocurría un desorden el Chacho acudía,
dándose por interesado de alguna manera. Así había servido a Quiroga,
Lavalle, la Madrid, Benavides, Rosas, Urquiza y Mitre. A favor o en
contra de alguien había invadido cuatro veces a San Juan, tres a Tucumán,
a San Luis y Córdoba una. Su situación en la República Argentina, con
su carácter y medios de acción, era la de los cadíes de las tribus árabes
de Argel, recibiendo de cada nuevo gobierno la investidura, y cerrando
el último los ojos a las razzias que tenía hechas para robar sus ganados
a las otras tribus.
Y sin embargo, este jefe de bandas que subsiste treinta años no obstante
los cambios que el país experimenta, y mientras los gobiernos que lo
emplean o toleran sucumben, fue derrotado siempre que alguien lo combatió,
sin que se sepa en qué encuentro fue feliz, pues de encuentros no pasaron
nunca sus batallas, sin que esta mala estrella disminuyese su prestigio
con los que lo seguían, ni su importancia para los gobiernos que lo
toleraban.
Conocido este singular antecedente, la mente se abisma buscando la atracción
que ejercía sobre sus secuaces, sometiéndose por seguirlo a privaciones
espantosas, al atravesar desiertos sin agua, experimentando derrotas
en que perecen siempre los que por mal montados no pueden escapar a
la persecución de sus contrarios. Tiene en los Llanos la misma explicación
que en los países árabes la vida del desierto, pues aquella parte de
La Rioja lo es, aunque tiene pastos; es de privaciones, pobreza y monotonía.
Las excursiones hacen sentir la vida, despiertan esperanzas, llenan
la imaginación de ilusiones. Irán a las ciudades, donde hay goces, alimentos
variados, vino, caballos excelentes, vestido; y estos estímulos bastan
para hacerles afrontar peligros posibles, privaciones, que al fin de
cuenta, son las mismas a que están habituados diariamente.
El bárbaro es insensible de cuerpo, como es poco impresionable por la
reflexión, que es la facultad que predomina en el hombre culto; es por
tanto poco susceptible de escarmiento. Repetirá cien veces el mismo
hecho si no ha recibido el castigo en la primera. El bárbaro huye pronto
del combate; y seguro de su caballo, la persecución que no lo alcanza,
no ejerce sobre su ánimo duraderos terrores. Volverá a reunirse lejos
del peligro, sin echar muchas cuentas sobre los que más tarde pudieran
sobrevenirle. ¿Concíbese de otro modo cómo Peñalosa emprende una guerra,
cuando, sometida toda la República en 1862, había cuerpos de ejército
victoriosos en Catamarca al norte, en Córdoba al Este, en San Juan al
sur? Y sin embargo, esto lo repite cada uno de esos campesinos a su
turno. Oyendo Elisondo el tiroteo de Las Lomas Blancas, interceptando
el parte del combate que da por aniquilado al Chacho, él, que había
permanecido tranquilo hasta entonces, levanta una montonera que nunca
contó cien hombres, y molesta y fatiga largo tiempo a los ejércitos
regulares. Cuando el coronel Arredondo seguía la pista al Chacho supo,
decía, por los licenciados que alcanzaba, que se dirigía a San Juan.
Los licenciados eran los que por favor, ocupaciones o enfermedad no
lo habían seguido antes; pero al saberse que iba a San Juan, es decir,
a Orán o Bujía, de quinientos hombres que llevaba, su número ascendió
a más de mil, con los que no estaban para eso ni enfermos ni ocupados.
De los prisioneros tomados, sólo quince en más de ciento, no tuvieron
quien solicitase su libertad, y los acreditase de honrados, lo que probaba
que eran todos gente conocida y con familia. El robo, que era esta vez
el estímulo, era sólo reputado un botín legítimamente adquirido. La
tradición es, por otra parte, el arma colectiva de estas estólidas muchedumbres
embrutecidas por el aislamiento y la ignorancia. Facundo Quiroga había
creado desde 1825 el espíritu gregario; al llamado suyo, reaparecía
el levantamiento en masa de los varones a la simple orden del comandante
o jefe: la primitiva organización humana de la tribu nómade, en país
que había vuelto a la condición primitiva del Asia pastora. El sentimiento
de la obediencia se trasmite de padres a hijos, y al fin se convierte
en segunda naturaleza. El Chacho no usó de la coerción, que casi siempre
los gobiernos cultos necesitan para llamar los varones a la guerra.
Pocos son los intereses que los retendrían en sus casas miserables;
la familia vive de un puñado de maíz o de la carne de una cabra, y la
guerra es la vida, las emociones, las esperanzas; y el caballo, el ferrocarril
que suprime las distancias y convierte en realidad el sueño dorado,
hacer algo, sentirse hombres, vivir en fin. Esta organización se ha
visto reaparecer y perfeccionarse en los pueblos formados por la raza
guaraní, en Entre Ríos, Corrientes y Paraguay; y puesto a dos dedos
de su pérdida en varias ocasiones a los de descendencia más puramente
española que habitan la provincia de Buenos Aires, en la embocadura
del Plata, y la provincia agrícola de Cuyo, poblada por españoles venidos
de Chile y que extinguieron o absorbieron a los Huarpes, antiguos habitantes
del suelo. Los quichuas, que pueblan la provincia de Santiago, se conservan
casi desde los primeros años de la independencia bajo esta disciplina
primitiva e indígena, y sólo gracias a la buena intención de sus jefes,
es más bien que un peligro, un elemento de orden. De estos resabios
salió la montonera , pronunciándose, al expirar en el movimiento final
del Chacho, bajo las formas de un alzamiento de campañas, que bien examinado
en sus localidades y propósitos, era casi indígena, como se verá por
los hechos que vamos a referir. Por eso siempre que usemos la palabra
caudillo para designar un jefe militar o gobernante civil, ha de entenderse
uno de esos patriarcales y permanentes jefes que los jinetes de las
campañas se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas, e impusieron
a las ciudades, embarazando hasta 1862 la reconstrucción de la República
Argentina bajo las formas de los gobiernos regulares que conoce el mundo
civilizado, cualquiera que sea la forma de gobierno, con legislaturas,
ejecutivo responsable y amovible, y tribunales que administren justicia
conforme a las leyes escritas, que la montonera había abolido en todas
las provincias argentinas durante treinta años en que, como aquellos
hicsos del Egipto, logró enseñorearse de las ciudades.
Las travesías
Las faldas orientales de la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta
la cuesta de Paclin que divide a Catamarca de Tucumán, pocas corrientes
de agua dejan escapar para humedecer la llanura que se extiende hasta
las sierras de Córdoba y San Luis, al Este, que limitan este valle superior.
La pampa propiamente dicha, principia desde las faldas orientales de
estas últimas montañ as. Desierto es el espacio que cubren los llanos
de La Rioja, las Lagunas de Huanacache, hasta las faldas occidentales
de las dichas sierras. E1 Bermejo, de San Juan, que rueda greda diluida
en agua y se extingue en el Zanjón; los ríos de San Juan y Mendoza,
y el Tunuyán, que forman los lagunatos de Huanacache e intentan abrirse
paso por el Desaguadero, y se dispersan y evaporan en el Bebedero, he
aquí los principales cursos de agua que humedecen aquel desolado valle,
sin salida al océano por falta de declive del terreno. Veinte mil leguas
cuadradas que forman las Travesías , están más o menos pobladas según
que el agua de pozos, de baldes, o aljibes, ofrece medios de apacentar
ganados. A la falda de Los Andes están dos ciudades, San Juan y Mendoza,
que no modifican con su lujosa agricultura, sino pocas leguas alrededor,
el desolado aspecto del país llano, ocupado en parte por médanos, en
parte por lagunas, y al norte cubierto de bosque espinoso, garabato
y uña de león , que desgarran vestidos o carne, si llegan a ponerse
en contacto. Estas espinas corvas o encontradas como el dardo, dejarían
al paso como a Absalón, colgado a un hombre si la rama no cediese a
su peso. Los campesinos habitantes de estos llanos llevan a caballo
un parapeto de cuero para ambos lados, que cubre las piernas y sube
alto lo bastante para tenderse y cubrirse cuerpo y rostro tras de sus
alas. Por escasez de agua, ni villa alcanza a ser la ciudad de La Rioja,
que está colocada a la parte alta de los Llanos; igual inconveniente
al que retarda el crecimiento de San Luis, no obstante que ambas cuentan
tres siglos de fundadas.
A estas facciones principales de la fisonomía del teatro del último
levantamiento del Chacho, agréganse otras que por imperceptibles al
ojo, pasarían sin ser notadas.
[Continúa]
Fuente: Segunda edición, Buenos Aires, "La Cultura Argentina", 1925.
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