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NOTAS EN ESTA SECCION
Angel Vicente "Chacho" Peñaloza, Osvaldo Cutolo
La muerte del Chacho, José Hernández
José Hernández y el asesinato de Peñaloza
Vida y  muerte de un caudillo, León Benarós

Domingo Faustino Sarmiento: El Chacho (texto completo


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La página de José María Rosa

Angel Vicente "Chacho" Peñaloza (1798-1863)

Por Vicente Osvaldo Cutolo
Nuevo Diccionario Biográfico Argentino (1750-1930)

En 1821, Ángel Peñaloza, apodado el Chacho, trabó amistad con el Comandante Juan Facundo Quiroga y luchó, bajo su mando, contra las fuerzas unitarias al mando de La Madrid y el General José María Paz. Quiroga acuerda con Juan Manuel de Rosas un plan para destruir a las fuerzas unitarias en el interior del país e inicia, junto con Peñaloza, una campaña que culmina con el dominio de Cuyo, La Rioja, San Luis, Mendoza, Catamarca y Tucumán.

Durante el gobierno de Paulino Orihuela, gobernador de La Rioja, el Chacho fue designado comandante militar y su prestigio era tan grande que en 1833 comandó la escolta de Quiroga. Era un típico caudillo de la provincia, un hombre de campo con todas las características que el poema de José Hernández atribuye al gaucho argentino.

Cuando se produjo el asesinato de su jefe y protector en Barranca Yaco, el 16 de febrero de 1835, quedó como sucesor indiscutido de su popularidad. En 1840 se pronunció contra Rosas porque creyó que éste había sido uno de los instigadores del asesinato de Quiroga. A las órdenes de Lavalle, el Chacho sublevó los Llanos e inició una guerra de guerrillas contra el fraile Aldao que había ocupado La Rioja. El deseo por tomar su provincia natal para el bando unitario lo llevó a varios enfrentamientos con los diferentes gobernadores de La Rioja. Finalmente fue derrotado por el ejército del gobernador federal de San Juan. Se exilió un año en Chile y en 1844, volvió a San Juan prometiéndole a Benavídez que se sometería al régimen de la Federación. En 1848 y en una situación de pobreza extrema, le permiten volver a La Rioja, su provincia natal. Esta situación molestó a Rosas que le exigió a Benavídez, enviar al Chacho a Buenos Aires, aunque el gobernador eludió la demanda. No obstante estar bajo garantía, participó en el derrocamiento del gobernador riojano, Vicente Mota. A partir de ese momento, la situación del Chacho mejoró pro su prestigio en el sostén del nuevo gobierno de Manuel Bustos. En 1852, con la derrota de Rosas, se afirmó con mayor solidez, intervino en cuestiones de política local y llegó a cartearse con el general Urquiza.

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Jorge Cafrune - Triunfo del Chacho
 

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Jorge Cafrune - Zamba para el Chacho

El nuevo gobernador de La Rioja, Solano Gómez, toma una serie de drásticas medidas que provocan que en 1856 Urquiza -en ese momento, presidente de la Confederación-, envíe una comisión que interviene en los asuntos provinciales. Ante el fracaso de los intentos encauzar la política provincial en el marco de la Constitución nacional, estalla una revolución promovida por Bustos y apoyada por Peñaloza que destituye al gobernador. La Legislatura lo reemplaza por Bustos que mantiene buenas relaciones con el Chacho. Sin embargo, la armonía se rompió a causa de los intentos revolucionarios de los hermanos Carlos y Ramón Ángel en 1859 y 1860 para derribar al gobierno. Las sanciones aplicadas a ambos disgustan a Peñaloza que era su protector y pide la renuncia de Bustos. Nuevamente, el gobierno nacional envía diferentes delegados para solucionar el pleito pero estos fracasan. Finalmente, Peñaloza toma el poder provincial y convoca a elecciones, que dan como resultado el nombramiento de Villafañe como nuevo gobernador. Urquiza envía una comisión para aconsejarlo que desarrolle una política acorde a la Constitución nacional.

El triunfo de Mitre en Pavón trajo un período aciago para la provincia. El gobierno central le pide a Peñaloza que oficie de árbitro en el conflicto entre Santiago del Estero y Catamarca. Aprovechando su ausencia el gobernador de Córdoba, Marcos Paz, se apoderó de La Rioja. La región se insurreccionó y decenas de partidas trataron de estorbar y aislar a los nacionales. Para congraciarse con Mitre, Villafañe traiciona a Peñaloza y firma una declaración en la que lo repudia y amenaza con castigos a los que lo apoyasen. El Chacho regresa apresuradamente e ingresa la ciudad con el apoyo popular. Villafañe había huido y el gobernador delegado repara el agravio inferido al Chacho. En ese momento Mitre y Paunero, alarmados por la supervivencia del Chacho, envían una comisión a negociar con él. Los jefes liberales reconocieron la necesidad de incluir al Chacho como una garantía del orden y la tranquilidad en el interior pero luego, lo acusaron de delitos que no había cometido y buscaron por todos los medios posibles, que Mitre le declarara la guerra. Por fin lo consiguieron y se designó a tal efecto, al gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, enemigo encarnizado del caudillo riojano. El Chacho enarboló la bandera de la rebelión frente al proyecto liberal y organizó una guerra de montoneras. Intentó atacar San Juan pero fue derrotado por el mayor Irrazábal. Dos días antes de morir, escribió una carta a Urquiza que se considera su 'testamento político'. Allí de pide que se ponga al frente de la lucha contra los herederos de Pavón. El 12 de noviembre de las fuerzas de Irrazábal lo encuentran en su casa y le exigen que se rinda. El Chacho entrega el puñal que le había obsequiado Urquiza en señal de aceptación, pero Irrazábal lo atravesó con una lanza. Su cabeza fue exhibida en la plaza de Olta durante ocho días.

Sarmiento se alegró por su muerte, diciendo que el Chacho era una 'bestia dañina', Mitre la desaprobó por no ajustarse a las disposiciones legales -era un general de la nación y debió juzgárselo en un Consejo de guerra. José Hernández, en cambio, publicó una reivindicación póstuma del caudillo en su diario El Argentino, que apareció como libro al año siguiente. También Gutiérrez y el poeta Olegario Andrade escriben en su favor. El texto de Sarmiento de 1867, en el que defiende el crimen contra Peñaloza desató una feroz polémica con Juan Bautista Alberdi.

Véase:
ANDRADE, OLEGARIO, Oda al general Ángel Vicente Peñaloza
GUTIÉRREZ, EDUARDO, La muerte de un héroe
HERNÁNDEZ, JOSÉ. Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza
SARMIENTO, DOMINGO F., El Chacho, el último caudillo de la montonera de los Llanos
VIÑAS, DAVID. Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los anarquistas. Buenos Aires: Carlos Pérez Editor, 1971.


1863 - La muerte del Chacho

Investigación periodística de José Hernández

El 12 de noviembre de 1863 el brigadier general Angel Vicente Peñaloza, a sus gallardos 70 años, está refugiado en la casona de su amigo Felipe Oros, en la pequeña población riojana de Olta, con media docena de hombres desarmados, a pocos días de su derrota en Caucete, San Juan, contra las tropas de línea del gobernador de la provincia y director de la guerra designado por el presidente Bartolomé Mitre: Domingo Faustino Sarmiento, que estaba desesperado entonces por saber dónde se escondía su peor enemigo. A principios de mes el capitán Roberto Vera sorprende a un par de docenas de seguidores de Peñaloza. "Acto continuo se les tomó declaración", dice el escueto parte de su superior, el mayor Pablo Irrazábal: seis murieron pero el séptimo habló. El chileno Irrazábal lo manda a Vera con 30 hombres al refugio del caudillo, donde lo encuentra desayunando con su hijo adoptivo y su mujer. El Chacho, el amable gaucho generoso y valiente defensor a ultranza de las libertades de los pueblos, sale a recibirlo con un mate en la mano y, entregando su facón -en cuya hoja rezaba la leyenda "el que desgraciado nace / entre los remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy rendido". Vera lo conduce a uno de los cuartos y le pone centinela de vista. Y le comunica el suceso a Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al cuarto y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido del Chacho?". Una voz calma, desbordante de buena fe, le contesta: "yo soy el general Peñaloza, pero no soy un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la presencia del hijastro y de doña Victoria Romero de Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre al general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó cortarle la cabeza y exhibirla clavada en una pica en la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento, que nada deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18 de noviembre: "...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses".

La guerra "de limpieza social", de exterminio de los criollos, de degüello de los federales, de carnicería feroz, de raptos, robos, saqueos, violaciones, levas de enganchados y cepos "colombianos" a los gauchos, es la consecuencia directa de Pavón, "la derrota que no fue" impuesta por las logias de Buenos Aires. El 17 de septiembre de 1861 se enfrentaron junto al arroyo de Pavón, al sur del la provincia de Santa Fe, el ejército bonaerense liberal de Mitre y el ejército federal de las provincias de Urquiza. Producida la victoria indiscutible de los federales en el campo de batalla, inexplicablemente, Justo José de Urquiza se retira del campo a paso lento, al tranco de su caballo, como para demostrar que es una retirada voluntaria. ¡Y al mismo tiempo ordena también la retirada de los suyos, ganadores del combate! Con la insólita claudicación urquicista, la Confederación se derrumbó y el país quedó en las manos de "la civilización de la levita" de los porteños, una de las páginas más tristes y sangrientas de nuestra historia.

La bandera abandonada por Urquiza será alzada entonces por el Chacho Peñaloza, brigadier general del ejército de la nación y jefe del III Ejército -el "Ejército de Cuyo"-, aunque sin tropas de línea ni armas. De una vieja familia fundadora de La Rioja, de larguísima carrera de luchas en las que había ganado todos sus grados en el campo de batalla, Peñaloza fue teniente coronel de Facundo Quiroga, y lo acompañó en todas sus campañas, sirviendo después de Barranca Yaco a las órdenes del gobernador Brizuela, con quien entró a la coalición del Norte. Este cambio de frente obedeció a la falsa versión unitaria que le achacaba a Rosas la inspiración del asesinato de Facundo.

Pero ya estamos después de Pavón, cuando el Chacho levanta una vez más su enseña, cabalgando sin sombrero, ceñida la melena blanca con una vincha gaucha, y son cientos, y pronto miles los que lo rodean, paisanos con sus caballos de monta y de tiro, y una media tijera de esquilar atada a una caña como lanza. De La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis, de Córdoba a San Juan, la montonera crece levantando voluntarios en marcha triunfal. En los Llanos, el caudillo es imbatible. Por eso, el gobierno nacional manda al sacerdote Eusebio Bedoya a ofrecerle la paz. El Chacho acepta complacidísimo y se fija La Banderita para el cambio solemne de las ratificaciones y de los prisioneros de guerra. El acude con sus tenientes y montonera en correcta formación. El ejército de línea, conducido por los jefes mitristas Rivas, Arredondo y Sandes -los dos últimos orientales-, rodean a Bedoya.

José Hernández, el autor del Martín Fierro, narra la entrega de los prisioneros nacionales tomados por el Chacho. "¿Ustedes dirán si los han tratado bien?", pregunta éste. "¡Viva el general Peñaloza!", fue la única y entusiasta respuesta.

Luego el riojano se dirige a los jefes nacionales: "¿Y bien, dónde están los míos?... ¿Por qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que se dice? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?"... Los jefes militares de Mitre se mantenían en silencio, humillados; los prisioneros habían sido todos degollados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras de los bosques; las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores... Al decir del joven periodista Hernández -testigo angustiado de las desdichas nacionales-, Bedoya y los propios jefes militares, conmovidos, sienten asco por haberse mezclado en la negociación. Pronto el Martín Fierro marcará a fuego la iniquidad mitrista:

¡Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea!

Pero hay uno que nada lo conmueve; queda en pie el enemigo más formidable del caudillo de los Llanos: Sarmiento, que además de caracterizarlo de bandido, vándalo y ladrón, lo hostiliza y hace perseguir implacablemente a sus hombres, incorporándolos por la fuerza a los peores destinos militares, después de apoderarse de sus mujeres y propiedades. (Unos meses antes le escribía a Mitre sobre Sandes: "Si mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor"). Hasta que el director de la guerra logra colmar la paciencia del Chacho, que antes del año de La Banderita levanta nuevamente el estandarte de la rebelión, declarando en una carta a Mitre: "Los hombres todos, no teniendo ya más que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla defendiendo sus libertades, sus leyes y sus más caros intereses atropellados vilmente". Y toma su lanza temible convocando a los dispersos federales, a los veteranos de Facundo y a los jóvenes casi niños que prefieren morir con la tacuara en la mano a aniquilarse en los cantones fronterizos, diciendo en su proclama, que vuelve a conmocionar los Llanos: "El viejo soldado de la patria os llama en nombre de la ley y de la nación, para combatir y hacer desaparecer los males que aquejan a nuestra tierra".
La tragedia de Olta inició una ola de sangre descontrolada en toda la región. Pero desde entonces una copla popular se empezó a cantar en los Llanos:

Dicen que al Chacho
lo han muerto.
No dudo que así será.
Tengan cuidado magogos,
no vaya a resucitar.

Fuente: www.agendadereflexion.com.ar


Investigación periodística e historia política

José Hernández y el asesinato de Peñaloza

Por Carlos del Frade

La investigación periodística revela el funcionamiento de los factores de poder en una sociedad y descubre el por qué existencial de las mayorías populares. La historia del periodismo argentino está plagada de antecedentes del género que tomó auge a fines de los años cincuenta del siglo veinte pero que, en realidad, asumió sus formas desde el diecinueve con políticos y escritores como Belgrano, Fray Mocho y José Hernández. Este último, conocido de manera mayoritaria por “Martín Fierro”, fue uno de los pioneros de un periodismo de denuncia precisa que revela el nombre y el apellido de los multiplicadores del dolor del presente que le tocó vivir. La investigación sobre el asesinato del Chacho Peñaloza es una pieza de antología que no solamente es útil para los miles de estudiantes de periodismo, sino también para la historia política de los argentinos. Vayan estas líneas, entonces, como modesto homenaje a dos hombres comprometidos con el sueño inconcluso de los que son más, Hernández y Peñaloza que, en estos días, se recordaron con tibieza por las efemérides de sus nacimiento y muerte, respectivamente.

Del Chacho a los hijos y entenados

José Hernández es el símbolo de un periodismo de denuncia y prólogo del género de la investigación que descubre la trama íntima de la impunidad en torno a un crimen político que conmovió a la sociedad argentina de principios de la década del sesenta del siglo pasado.

El asesinato del Chacho Peñaloza fue presentado por los periódicos de la época, los de Buenos Aires, como el “lógico final de un bandolero”.

Sarmiento y Mitre justificarían el método en nombre del progreso.

Frente a esta construcción de sentido del presente, tendiente a conformar una visión que justificaba la eliminación de las resistencias del interior ante el proyecto económico y político de la burguesía porteña en alianza con los ganaderos de la Mesopotamia, el periodista Hernández, militante del proyecto de la Confederación, descubriría otra historia.

Y lo haría a través de una serie de artículos que publicó en el periódico entrerriano “El Argentino”, de Paraná.

La primera nota se titulaba “Asesinato atroz” y comenzaba con una cabeza escrita según los conceptos actuales de la estética del periodismo informativo.

“El general de la Nación, Don Angel Vicente Peñaloza ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolin, Giménez y demás mártires, en Olta, la noche del 12 del actual”, en referencia a noviembre de 1863.

“El general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de sus hechos, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la genrosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios”.

Hernández describe y utiliza los adjetivos que informan.

El periodista con conciencia política que es Hernández denunciará desde el presente, el proyecto de dominación que enfrenta desde el campo de batalla y desde el escritorio de una redacción.

“El asesinato del general Peñaloza es la obra de los salvajes unitarios; es la prosecución de los crímenes que van señalando sus pasos desde Dorrego hasta hoy”.

Luego vendrá un segundo artículo, “La política del puñal” en la que advierte desde la lucidez del analista político: “Tiemble ya el general Urquiza que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario”.

La tercera nota es la presentación del género de la investigación periodística en la Argentina.

“Peñaloza no ha sido perseguido. Ni hecho prisionero. Ni fusilado. Ni su muerte ha acaecido el 12 de noviembre. Lo vamos a probar evidentemente, y con los documentos de ellos mismos. Todo eso es un tejido de infamias y mentiras, que cae por tierra al más ligerísimo examen de los documentos oficiales que han publicado sus asesinos”, aseguró el periodista.

Agregó que “ha sido cosido a puñaladas en su propio lecho, y mientras dormía, por un asesino que se introdujo a su campo en el silencio de la noche; fue enseguida degollado, y el asesino huyó llevándose la cabeza. A la mañana siguiente no había en su lecho ensangrentado sino un cadáver mutilado y cubierto de heridas. Esa es la verdad, pero todo esto ha ocurrido antes del 12 de que hablan las notas oficiales. Los partes y documentos confabulados mucho después del asesinato con el solo objeto de extraviar la opinión del país, incurren en contradicciones estúpidas”.

En esas líneas se descubre el sentido y el objetivo de las palabras de Rodolfo Walsh en “Operación Masacre”, luego de los fusilamientos de José León Suárez.

“Examinemos ligeramente esos documentos. El primer parte que aparece dando cuenta de la muerte del general Peñaloza, es el siguiente” y transcribe el texto de Pablo Yrrazábal y Ramón Castañeda fechado en Olta, el 12 de noviembre de 1863.

Allí se pone de manifiesto que Yrrazábal sorprendió al “bandido Peñaloza, el cual fue inmediatamente pasado por las armas” y aseguraba que también tenía “prisionera a la mujer y un hijo adoptivo”.

Hernández destacó a los lectores el hecho de que el operativo se produjo en la madrugada del 12 y que no había más prisioneros que la familia de Peñaloza.

A continuación, Hernández publicó una carta de Sarmiento, como gobernador de San Juan, al inspector general de Armas de la República, general Wenceslao Paunero.

En ella el sanjuanino le adjudicó la detención del Chacho a Vera y no en la madrugada del 12, si no a las nueve de la mañana.

El tercer documento es la carta que Yrrazábal dirigió al coronel José Arredondo el mítico 12 de noviembre de 1863.

“Pongo en conocimiento de VE el buen éxito de nuestra jornada que ha dado el triunfo sobre el vandalaje”, comenzaba el escrito.

Luego mencionó al “valiente comandante Ricardo Vera”, la fecha 11 de noviembre, la toma de 18 prisioneros y la partida hacia Olta en la madrugada del 12. Habla de otro grupo de 18 nuevos prisioneros, seis muertos y el secuestro de la mujer del Chacho y un hijo adoptivo.

Entonces Hernández pone en evidencia las contradicciones entre los documentos oficiales.

“O miente uno o miente el otro. La verdad es que mienten los dos”, escribe en tono contundente.

Publica una nueva carta, del 13 de noviembre, enviada por Pedro Echegaray al coronel y jefe de las fuerzas movilizadas, coronel Cesáreo Domínguez. Lo hace desde Los Pocitos, provincia de Córdoba. Allí se cuenta que se llegó a La Rioja en la noche del 12 de noviembre y que “muy pronto quedará restablecido el orden porque el primer caudillo, que era Peñaloza, concluyó su carrera en Olta, que fue muerto por una comisión del coronel Arredondo al mando del comandante Ricardo Vera”.

De allí que Hernández desmenuce el sentido profundo de los signos que ofrecen las cartas.

“En esta nota, fechada un día después de aquel en que se da como acaecida la muerte de Peñaloza, y a una inmensa distancia del lugar del suceso, Echegaray habla del hecho como de un suceso viejo, habla de los resultados producidos, de la marcha de Puebla, de los avisos mandados por él a las autoridades de San Luis, de la ocupación de La Rioja por Arredondo, de los individuos que se han presentado, y por fin de que se ha retirado de aquella provincia por creer ya innecesaria su presencia allí. No hay magia para hacer tantas cosas en unas cuantas horas, sino la de los salvajes unitarios. Pero Echegaray no mentía, sino que Peñaloza ha sido asesinado mucho antes de lo que dicen esas notas falsificadas”, remarcó José Hernández.

Y añadió una última carta de Yrrazábal a Echegaray, desde Ulape, el 8 de noviembre de 1863. “Según noticias, creo que US no está seguro de que Peñaloza fue tomado e inmediatamente pasado por las armas”, testimonia el documento.

A partir de esa demostración, Hernández confirmó que “aquí está descubierto el crimen. Esa nota es de fecha 8 de noviembre e Yrrazábal le asegura a Echegaray que Peñaloza había sido muerto” y más adelante enfatizó que “el asesinato que se pretende encubrir está revelado”.

Después analiza la construcción de la historia oficial a través del diario “El Imparcial” de Córdoba y “La Nación Argentina”, de Mitre.

Terminó escribiendo que “el criminal se agazapa, se esconde, pero siempre deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia. Los salvajes unitarios han dejado también la cola afuera”.

Es una pena que este texto de investigación, análisis, precisión informativa y moderna estética en la redacción, no se estudie en las facultades de comunicación social y en las escuelas de periodismo como antecedente de los escritos de Walsh, Bayer y Verbitsky.

Pero también constituye un flagrante delito de falsificación histórica el tratar de reducir a José Hernández como el autor del “Martín Fierro”.

Hernández demuestra, a través de su notable ejercicio de la construcción de las noticias y de su compromiso político que lo llevó hasta los campos de batalla, una voluntad de convertir en masivo lo oculto por los sectores dominantes.

Su trabajo de descubrimiento a favor de las mayorías constituye un valioso aporte para la formación de la conciencia social.

Esa que se nutre del mandato cultural y político que viene desde 1810 de formar una Argentina con igualdad y solidaridad, proyecto histórico que resume la identidad nacional.

Fuente: ARGENPRESS.info, Fecha publicación:14/11/2005


Vida y muerte de un caudillo

Por León Benarós

Ángel Vicente Peñaloza fue caudillo de La Rioja en el siglo XIX, llamado «El Chacho». Chacho es un apodo muy utilizado en Argentina; quizá venga de muchacho. El Chacho fue asesinado por tropas de Buenos Aires el 12 de noviembre de 1863 en Olta, La Rioja.

Canción de cuna del Chacho
Canción

(Recitado)
Un niño nace en la Rioja,
¿Qué destino ha de tener?
Para defender su provincia,
¡montonero habrá de ser¡

(Cantado)
Niñito de pelo ru[bio],
changuito de ojos celes[tes],
¡sosiégesee ya¡

Mi niñito de los lla[nos],
mi churito ángel Vicente.

Si se dormirá,
debajo del algarrobal.

Duérmase, pues, mi changui[to],
mi clavelito elegi[do],
de Guaja la flor,
para cuando se despier[te],
fíjese que le trai[go],
arrope y mistol,
se duerme la luna y el sol.

Ya viene la montone[ra],
mi niño ya está dormi[do],
¿qué sueño hai´ tener?.

Se vera chul[i] y creci[do],
levantando polvare[da],
saliendo del ce[rro],
tal vez deberá padecer.

Tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.


Montonereando
Adolfo Ábalos-León Benarós
Chacarera

(Recitado)
¡Tanto defender La Rioja!,
¡Tanto luchar y luchar!.
Destino de gente pobre,
¡sufrir y montonerear!.

(Cantado)
Guandacol, Chepaespetui, Malanzán,
tal vez esos lindos pagos,
no los veré más.

¿Dónde está la que un querer me juró?.
Ella me estará esperando,
pero tal vez no.

Chañaral, Churquicardón, Retamal,
soy llanisto, soy del Chacho,
soy de La Rioja.

Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.

Floro Cruz, Apolinario Mazán,
Pancho Argüello, Cleto Luna,
no los veré más.

Otra vez, pecho el fusil donde esté,
es lo mismo, monte o cerro,
para morir pues.

Ya verán cuando se ofrezca pelear,
si medio la montonera,
se desempeñan.

Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.


La Victoria Romero
Ramón Navarro - León Benarós
Cueca

(Recitado)
Ya ese Chacho Peñaloza
se viene ganando a mozo,
un amor le está ocupando
su corazón generoso.

(Cantado)
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.

Tiempo que no lo han visto montonereando.
¿Quién será que le roba su voluntad?.

Dic'que los ojos negros de alguna moza,
guerra le dan al Chacho, más que otra cosa.

Por esos jarillales ronda el amor.
Riojano amor,
ella es la flor,
de aquellos pagos.

Y el mocetón, con sencillos halagos,
jura su amor sincero,
a la Victoria Romero.

Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
una moza de Tama, lo anda queriendo.

Ella es sencilla y pura, flor de cardo.
¡Linda la novia d'el Chacho,
alta y airosa!.

Moraba en los entreveros, tan valerosa.
Sabe mostrar agallas junto al varón.

Se va, se va, se va, se va.
Cueca riojana.

El Chacho va, con la novia en Anca,
y el juega la vida y fama,
por esa moza de Tama.


Deje, nomás
Adolfo Ábalos - León Benarós
Vidala chayera

(Recitado)
Noticias de Buenos Aires,
para afligir han venido,
porque han de pelearlo al Chacho,
como si fuera un bandido.

(Cantado)
Dicen que se ha de venir,
deje, nomás,
tropa baquiana de allá,
deje, nomás.

Déle chumbiar y chumbiar,
sable largo, por demás.
Y que nos viene a topar,
el entrevero será ya guaytá.

Dicen que está por llegar,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.

Y que nos viene a mandar,
¡Cuaya a saber si podrá!.
Gente del Chacho hallará,
le dificulto la facilidad.

Dicen que en la Rioja está,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.

Y que nos quiere allanar,
fiero les hemos de entrar.
Ha de quedar el tendal,
la polvareda y el viento, nomás.

Que sí será, si no será,
la polvareda y el viento, nomás,.

la polvareda y el viento, nomás,

la polvareda y el viento, nomás,

(Grito)


Triunfo del Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Triunfo

(Recitado)
¿Qué siente por ese Chacho,
la paisanada devota?.
Lo sigue sin desertarse,
en el triunfo o la derrota.

(Cantado)
Yo no soy de estos pagos,
soy de La Rioja,
soy de La Rioja,
donde no tiene sitio,
la gente floja.

¡Qué digo!. Soy de La Rioja.

Dicen que viene Sandes, (*)
la polvareda,
la polvareda,
queriendo avasallar,
tal vez no pueda.

¡Qué digo!. La polvareda.

¡Amalaya ese Chacho!,
tan combatido,
tan combatido,
ofertando la paz,
sin ser oído.

¡Qué digo!. Tan combatido.

Este es el triunfo, madre,
de los chachistas,
de los chachistas,
con La Rioja en el alma,
la lanza lista.

¡Qué digo!. De los chachistas.

(*) Nota:
Sandes, fue el coronel que venció al Chacho en el encuentro de Lomas Blancas (20/05/1863), y de donde el caudillo huyera, para caer definitivamente derrotado en Olta.

La muerte del Chacho
Anónimo - León Benarós
Romance

(Recitado)
Cuente la copla de pueblo: - La muerte de Peñaloza.
Desarmado lo mataron, - así, nomás, es la cosa.

(Romance)

Yo he visto gemir al tigre, - y vi llorar al quebracho,
han de dejar que les cuente - cómo mataron al Chacho.
Como varón se sostuvo - de la cabeza a los pies,
finó el doce de noviembre - del año sesenta y tres.
Con entereza total, - se allanó a perder la vida.
¡Digan si se vio en La Rioja - una estampa parecida¡.
Sesenta y cinco veranos - ya cuenta ese Peñaloza.
Ver su provincia invadida, - el corazón le destroza.
Ya de la riojana sangre, - el suelo nativo entintan.
Las hartas canas al Chacho - en las sienes se le pintan.
Cuando en San Juan, la Victoria - le mezquinó sus halagos,
se sintió ese general - tironeado por sus pagos.
En llegando a Loma Blanca, - como quién va para Olta,
en el rancho de un tal Oros, - va a alojarse con su escolta.
El Mayor Pablo Irrazabal - los desbarata en Caucete,
va con orden de apretarlos, - pa' ver si los somete.
Y respirando rencor, - con una saña de fiera,
para perseguir al Chacho, - destaca a Ricardo Vera.
¿Con qué ánimo ha de ver éste, - comisión que se le cuadre,
si el general Peñalosa - era su amigo y compadre?.
Más bien iba, por si acaso, - a pactar la rendición,
por si ese Chacho, - acatara la fuerza de la nación.
Bajo una lluvia finita - con su gente, llega Vera,
desmonta y en un abrazo - con el Chacho se entrevera.
y allí le dice "Compadre, - su causa, es causa perdida.
Si usted se rinde al gobierno, - yo le aseguro la vida.
Ponga fin a sus trabajos - entre gente montonera.
Entréguese a la nación, - no es una fuerza extranjera".
Como mirando a lo lejos - queda el Chacho fijamente
en su catre de algarrobo, - mateaba tranquilamente.
Por fin, por segura prenda - de aquel pacto tan sencillo,
en señal de acatamiento, - ha entregado su cuchillo.
Ya la mucha edad al Chacho, - su brío porfiado vence.
Ya con aquellas razones, - su compadre lo convence.
Un tal Regalado Campos, - chasca en esa situación,
va a dar a aquel Irrazabal - parte de la rendición.
Más llega el dicho Irrazabal, - con toda la rabia junta
y sin desmontar, a Vera, - "¿Cuál es el Chacho?", pregunta,
Y al saberlo, allí, nomás, - ciego de fiera venganza,
se le viene a Peñaloza, - y de un lanzazo lo avanza.
Rendido de buena fe, - pues hasta entregó el cuchillo,
en semejante ocasión, - ¿qué iba a hacer ese caudillo?
En mentira y felonía - todo se le trueca -pienso-
por darle seguridad, - lo lancean indefenso.
Mudos quedan de sorpresa, - quienes lo están contemplando,
se le hundió hasta la moharra, - y el asta quedó temblando.
Todavía moribundo, - pudo, firme, ser oído:
"¡Cobarde!", murmura el Chacho. - "¡Matar a un hombre rendido¡".
Allí lo dejan, después - de semejante atropello.
Tiene la boca entreabierta, - tiene un rosario en el cuello.
Como una tigra, llorando - de pena que la acongoja,
ciega de dolor, la Vito - con furia se les arroja.
Alguno, más comedido, - de un talerazo la acuesta,
cuando ese Pablo Irrazabal - suelta su rabia funesta,
y señalándolo al Chacho, - doblado en sus estertores,
grita, ese mayor sin hiel: - "¡A ver¡ ¡Cuatro tiradores¡".
En un orcón de algarrobo, - el Chacho queda sujeto.
¡Ya le pegan cuatro tiros¡ - ¡Ya el crimen está completo¡.
Y para que haya, señores, - de todo, como en botica,
a la cabeza del Chacho, - la exponen en una pica.
¡Lindo es salirle a la muerte - en cualesquier entrevero¡.
¡Pero otra cosa, es que a un hombre, - lo maten como cordero.
¡Ya se acabó Peñaloza¡. - ¡Ya lo pudieron matar¡.
Tengan cuidado, señores, - ¡no vaya a resucitar¡.

La pura verdad
Adolfo Ábalos - León Benarós
Baguala

Una baguala que expresa con profundidad el anuncio del trágico destino del caudillo.

(Recitado)
La vida y muerte del Chacho,
ya nomás estoy cantando.
El cayó por su provincia,
nosotros, vamos andando.

(Cantado)
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Padrecito de los pobres,
Padrecito de los pobres,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.

Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Los riojanos corazones,
Los riojanos corazones,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.

(Recitado)
Con nadita se ha quedado,
lanza y poncho solamente,
porque todo lo que tiene,
lo reparte con su gente.

Mi general Peñaloza,
por su vida, ¡cuidesé¡,
los humildes de La Rioja,
lo precisamos a usted.

(Cantado)
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Lo precisamos a usted,
Lo precisamos a usted.

No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.

(Grito)

Llanto por el Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Chaya

(Introducción)
Allá va, sombra del Chacho,
tal vez queriendo volver,
durando en los corazones,
sabiendo permanecer.

...................................

El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Lloran las piedras también tristes de verlo pasar;
le tiende sus ramas el algarrobal.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.

Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.

El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
Sombra se quiere volver, rumbo de la soledad:
en Olta la muerte lo viene a buscar.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.

El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Lanza que pide volver; árbol que quiere brotar.
La voz de los llanos lo vuelve a nombrar.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.

Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.

Tal vez volverá..., tal vez volverá...

Visión del Chacho
Carlos Di Fulvio - León Benarós
Zamba

(Recitado)
Por aquí ha pasado el Chacho,
con sus montoneros de Aliva.
Crece una sombra de lanzas,
por aquellos peñales.

(Cantado)
La Rioja no te olvida,
un clamor por esos llanos va.
Y hay un reverberar
en la riojana soledad,
que alza tu visión, sombra fantasmal.
Y cuando la alta noche, crece sobre el jarillal,
gritos de un ayer se suelen escuchar.

Atiles, Tama, Olta,
Loma Blanca, Guaja y Malanzán,
mi tierra de algarrobos, Sañogasta y Achunvil,
viejo Guandacol, Solca y Chumical,
en sombras emponchadas, ya la luna ve crecer,
alzando de lo obscuro, todo un tacuaral.

Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.

El Chacho, sombra ardiente,
otra vez nos quiere convocar.
Y viene de un recuerdo de tragedia y de dolor,
roto el corazón, desangrado ya,
pero desde la sombra nos empuja a resistir,
para defender la criolla dignidad.

Visión cabal del Chacho,
por añares largos vagará.
Los campos de La Rioja donde supo combatir,
no lo olvidarán, no lo olvidarán.
Las sombras de la noche su figura ven crecer,
inmensa como un alma noble y tutelar.

Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.

Zamba para el Chacho
Ramón Navarro - León Benarós
Zamba

(Recitado)
En el corazón del pueblo,
Peñaloza quedará,
porque defendió su tierra,
porque era todo bondad.

(Cantado)
Ninguno se crea eterno,
todo es llegar y partir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.

Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.

Así mataron al Chacho,
así fue su dura suerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.

Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.

Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.

Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.

La cabeza del caudillo,
queda en la plaza de Olta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.

La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.

Ya Peñaloza no es nada,
ya la tierra lo recibe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.

Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.

Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.

Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.


El Chacho

Por Domingo Faustino Sarmiento, 1898

Fuente: Segunda edición, Buenos Aires, "La Cultura Argentina", 1925.

El Chacho, último caudillo de la montonera de los Llanos

¡En Chile y a pie!

En septiembre de 1842, cuando todavía no dan paso las nieves que se acumulan durante el invierno sobre la areta central de los Andes, un grupo de viajeros pretendía desde Chile atravesar aquellas blancas soledades, en que valles de nieve conducen a crestas colosales de granito que es preciso escalar a pie, apoyándose en un báculo, evitando hundirse en abismos que cavan ríos corriendo a muchas varas debajo; y con los pies forrados en pieles, a fin de preservarse del contacto de la nieve que, deteniendo la sangre, mata localmente los músculos haciendo fatales quemaduras.

Los Penitentes ; columnas y agujas de nieve que forma el desigual deshielo, según que el aire o el sol hieren con más intensidad, decoran la escena, y embarazan el paso cual escombros y trozos de columnas de ruinas de gigantescos palacios de mármol. Los declives que el débil calor del sol no ataca, ofrecen planos más o menos inclinados, según la montaña que cubren, y descenso cómodo y lleno de novedad al viajero, que sentado se deja llevar por la gravitación, recorriendo a veces en segundos distancias de miles de varas. Este es quizá el único placer que permite aquella escena, en que lo blanco del paisaje sólo es accidentado por algunos negros picos demasiado perpendiculares para que la nieve se sostenga en sus flancos, formando contraste con el cielo azul-oscuro de las grandes alturas.

Los temporales son frecuentes en aquella estación, y aunque hay de distancia en distancia casuchas para guarecerse, si no se ha tenido la precaución de examinar el aspecto del campanario, que es el más elevado pico vecino, y asegurarse de que ninguna nubecilla corona sus agujas, o vapores cual lana desflecada empiezan a condensarse a sus flancos, grave riesgo se corre de perecer, perdido el rumbo entre casucha y casucha, casi cegadas por la caída de copos de nieve tan densa que no permite verse las manos.

Aquella vez no eran los viandantes ni el correísta que lleva la valija a espaldas de un mozo de cordillera, ni transeúntes, de ordinario extranjeros que buscan este arriesgado paso del Atlántico al Pacífico. Eran emigrados políticos que, a esa costa, regresaban a su patria contando con incorporarse al ejército del general La Madrid, antes que se diese la batalla que venía a librarle el general Oribe a marchas forzadas desde Córdoba.

Al asomar las cabezas sobre la cuesta de Las Cuevas, desde donde se divisa la estrecha quebrada hasta la Punta de las Vacas, tres bultos negros como negativos de fotografía fue lo primero que vieron destacarse sobre el fondo blanco del paisaje. Los viajeros se miraron entre sí y se comprendieron. ¡Nada bueno auguraban aquellas figuras! Mirando con más ahínco hacia adelante, creyeron descubrir otros puntos negros más lejos, y allá en lontananza otro al parecer más largo, porque largas sin ancho son las líneas que describen los viandantes por las nieves, poniendo el pie los que vienen en pos sobre la impresión que deja el que les precede. ¡Derrotados!, exclamó uno meneando con desencanto profundo la cabeza; y precipitándose por el declive, descendieron hasta la casucha que está al pie, del lado argentino de la cordillera, donde a poco se acercaron los que de Mendoza venían. ¿Derrotados?, preguntáronles aquéllos a éstos desde lejos, poniéndose las manos en la boca para hacer llegar la voz; ¡derrotados!, repitieron los ecos de las montañas y las cavernas vecinas. Todo estaba dicho.

Luego se supieron los detalles de la batalla de la Ciénaga del Medio; luego llegaron otros y otros grupos, y siguieron llegando todo el día, y agrupándose en aquel punto inhospitalario, sin leña, sin más abrigo que lo encapillado, sin más víveres que los que cada uno podría traer consigo. Al caer de la tarde, llegaron noticias de la retaguardia, donde venían La Madrid, Alvarez y los demás jefes, de haber sido degollados los rezagados en Uspallata, entre ellos el comandante Lagraña y seis jefes más.

Sólo los familiarizados con la cordillera podían medir el peligro que corrían aquellos centenares de hombres, entre los que se contaban por cientos, jóvenes de las primeras familias de Buenos Aires y las provincias del norte, restos del Escuadrón Mayo formado de entusiastas, que a tales y a mayores riesgos se exponían luchando contra el tirano Rosas. No había que perder un minuto, y los mismos viajeros en hora menguada para ellos, pero providencial para los otros, volvieron a desandar el penoso camino, sin darse descanso hasta llegar al valle de Aconcagua, del otro lado de Los Andes.

Fue en el acto dada la alarma, montada una oficina de auxilio, y merced a sus antiguas relaciones, y de algún dinero de que podían disponer, horas después partían para la cordillera baqueanos cargados de carbón, cueros de carneros, charqui, cuerdas, ají, y demás objetos indispensables en aquellos parajes, a fin de acudir a lo más urgente; mientras que la pluma corría con rapidez febril, invocando el patriotismo de los argentinos, la filantropía de los chilenos, la munificencia del gobierno a que podían apelar seguros de que las simpatías personales harían grato el desempeño de un deber de humanidad; y así puestas en acción la opinión por la prensa, la caridad por asociaciones, y la administración, en tres días empezaron a llegar médicos, medicinas, dinero, ropas, abrigo y comodidades para mil hombres que decían ser los desgraciados.

¡Harta necesidad habría de médicos! El temido temporal se había declarado, y era preciso ser vecino de Los Andes, donde la cordillera es un libro que hasta los niños saben leer, para imaginarse la angustia general de los que con pavor vieron sustituirse pardas nubes a los nevados picos de Los Andes centrales que se cubrieron, dejando al sol en el valle iluminar la escena sólo para que los extraños pudiesen contemplarla de lejos sin poder prestar auxilio a las víctimas. Mídese la fuerza del temporal por la intensidad de las nubes y su color sombrío, y cada hora, transcurrido el primer día, como cuando se oye de lejos el fuego de la batalla, calculábase el número de helados entre mil. Espectáculo sublime y aterrador, tranquilo en sus efectos, afligente hasta desgarrar el corazón del que lo contempla, como se ve venir la nave a estrellarse fatalmente en las rocas; o cundir el incendio sin la última esperanza de ver echarse por las ventanas, o poner escaleras para los que rodean las llamas.

El cielo se apiadó al fin, y un día después de tres de angustia, se supo que sólo habían perecido siete, y sido necesario amputar otros tantos, pues que los médicos estaban ya al pie de la cordillera. Un cuadro del pintor sanjuanino Rawson ha idealizado la escena del arribo de los primeros chilenos que rompieron la nieve, y se abrieron paso hasta el teatro de la catástrofe. El calor o el techo de la casucha habían salvado dentro y fuera a trescientos, una roca inclinada abrigado a ciento, los ponchos al resto conservando el calor apiñ ados estrechamente. Salvada la vida, el hombre tenía a mano con qué saciarse.

Entre aquellos prófugos se encontraba el Chacho, jefe desde entonces de los montoneros que antes había acaudillado Quiroga; y ahora, seducido su jefe por el heroísmo desgraciado del general Lavalle, habíase replegado a las fuerzas de La Madrid, y contribuido no poco, con su falta de disciplina y ardimiento, a perder la batalla. Llamaba la atención de todos en Chile la importancia que sus compañeros generalmente cultos daban a este paisano semibárbaro, con su acento riojano tan golpeado, con su chiripá y atavíos de gaucho. Recibió como los demás la generosa hospitalidad que les esperaba, y entonces fue cuando, preguntado cómo le iba, por alguien que lo saludaba, contestó aquella frase que tanto decía sin que parezca decir nada: ¡Cómo me a dir, amigo! ¡En Chile y a pie!

Este era el Chacho en 1842, y ése era el Chacho en 1863 en que terminó su vida. Ni aun por simple curiosidad merece que hablemos de su origen. Dícese que era fámulo de un padre, quien al llamarlo, para acentuar el grito, suprimía la primera sílaba de muchacho , y así se le quedó por apodo Chacho; y aunque no sabía leer, como era de esperarse de un familiar de convento, acaso el haberlo sido le hiciese valer entre hombres más rudos que él. Firmaba sin embargo con una rúbrica los papeles que le escribía un amanuense o tinterillo cualquiera, que le inspiraba el contenido también; porque de esos rudos caudillos que tanta sangre han derramado, salvo los instintos que les son propios, lo demás es obra de los pilluelos oscuros que logran hacerse favoritos. Era blanco, de ojos azules y pelo rubio cuando joven, apacible de fisonomía cuanto era moroso de carácter. A pocos ha hecho morir por orden o venganza suya, aunque millares hayan perecido en los desórdenes que fomentó. No era codicioso, y su mujer mostraba más inteligencia y carácter que él. Conservóse bárbaro toda su vida, sin que el roce de la vida pública hiciese mella en aquella naturaleza cerril y en aquella alma obtusa.

Su lenguaje era rudo más de lo que se ha alterado el idioma entre aquellos campesinos con dos siglos de ignorancia, diseminados en los llanos donde él vivía; pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando a dar a sus frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula a que las hacía recordar, mostrándose así cándido y el igual del último de sus muchachos . Habitó siempre una ranchería en Guaja, aunque en los últimos años construyó una pieza de material, para alojar a los decentes , según la denominación que él daba a las personas de ciertas apariencias que lo buscaban. Hacía lo mismo con sus modales y vestidos: sentado en posturas, que el gaucho afecta, con el pie de una pierna puesto sobre el muslo de la otra, vestido de chiripá y poncho, de ordinario en mangas de camisa, y un pañuelo amarrado a la cabeza. En San Juan se presentaba en las carreras, después de alguna incursión feliz, si con pantalones colorados y galón de oro, arremangados para dejar ver calcetas caídas que de limpias no pesaban, con zapatillas a veces de color. Todos estos eran medios de burlarse taimadamente de las formas de los pueblos civilizados. Aun en Chile, en la casa que lo hospedaba, fue al fin preciso doblarle las servilletas a fin de salvar el mantel que chorreaba al llevar la cuchara a la boca. En los últimos años de su vida consumía grandes cantidades de aguardiente, y cuando no hacía correrías, pasaba la vida indolente del llanista, sentado en un banco, fumando, tomando mate, o bebiendo. Las carreras son, como se sabe, una de las ocupaciones de la vida de estos hombres, y en los Llanos ocasión de reunirse varios días seguidos gentes de puntos distantes. Las nociones de lo tuyo y lo mío no son siempre claras en campañas donde el dios Término no tiene adoradores, y menos debían estarlo en quien vivía de los rescates, auxilios, y obsequios que recibía en las ciudades que visitaba con sus hordas disciplinadas. Entregadas éstas en San Juan al saqueo e incendio de las propiedades, en presencia de Derqui, que así preparó su candidatura a la presidencia, queriendo poner coto a desórdenes que amenazaban arrasar con todo, dióse una orden de pena de la vida a quienes fuesen sorprendidos saqueando. Tomados cinco, el Chacho solicitó, en nombre de sus servicios, y obtuvo el perdón de todos, no obstante que el Comisionado nacional contaba con un regimiento de línea mandado por el general Pedernera, que fue vicepresidente; y todos los degüellos, salteos y asesinatos, que tuvieron lugar después, sin que pueda culpársele de ordenarlos, obtuvieron siempre la bondadosa y obtemperante indulgencia del Chacho.

Su papel, su modo de ganar la vida, digámoslo así, era intervenir en las cuestiones y conflictos de los partidos, cualesquiera que fuesen, en las ciudades vecinas. Apenas ocurría un desorden el Chacho acudía, dándose por interesado de alguna manera. Así había servido a Quiroga, Lavalle, la Madrid, Benavides, Rosas, Urquiza y Mitre. A favor o en contra de alguien había invadido cuatro veces a San Juan, tres a Tucumán, a San Luis y Córdoba una. Su situación en la República Argentina, con su carácter y medios de acción, era la de los cadíes de las tribus árabes de Argel, recibiendo de cada nuevo gobierno la investidura, y cerrando el último los ojos a las razzias que tenía hechas para robar sus ganados a las otras tribus.

Y sin embargo, este jefe de bandas que subsiste treinta años no obstante los cambios que el país experimenta, y mientras los gobiernos que lo emplean o toleran sucumben, fue derrotado siempre que alguien lo combatió, sin que se sepa en qué encuentro fue feliz, pues de encuentros no pasaron nunca sus batallas, sin que esta mala estrella disminuyese su prestigio con los que lo seguían, ni su importancia para los gobiernos que lo toleraban.

Conocido este singular antecedente, la mente se abisma buscando la atracción que ejercía sobre sus secuaces, sometiéndose por seguirlo a privaciones espantosas, al atravesar desiertos sin agua, experimentando derrotas en que perecen siempre los que por mal montados no pueden escapar a la persecución de sus contrarios. Tiene en los Llanos la misma explicación que en los países árabes la vida del desierto, pues aquella parte de La Rioja lo es, aunque tiene pastos; es de privaciones, pobreza y monotonía. Las excursiones hacen sentir la vida, despiertan esperanzas, llenan la imaginación de ilusiones. Irán a las ciudades, donde hay goces, alimentos variados, vino, caballos excelentes, vestido; y estos estímulos bastan para hacerles afrontar peligros posibles, privaciones, que al fin de cuenta, son las mismas a que están habituados diariamente.

El bárbaro es insensible de cuerpo, como es poco impresionable por la reflexión, que es la facultad que predomina en el hombre culto; es por tanto poco susceptible de escarmiento. Repetirá cien veces el mismo hecho si no ha recibido el castigo en la primera. El bárbaro huye pronto del combate; y seguro de su caballo, la persecución que no lo alcanza, no ejerce sobre su ánimo duraderos terrores. Volverá a reunirse lejos del peligro, sin echar muchas cuentas sobre los que más tarde pudieran sobrevenirle. ¿Concíbese de otro modo cómo Peñalosa emprende una guerra, cuando, sometida toda la República en 1862, había cuerpos de ejército victoriosos en Catamarca al norte, en Córdoba al Este, en San Juan al sur? Y sin embargo, esto lo repite cada uno de esos campesinos a su turno. Oyendo Elisondo el tiroteo de Las Lomas Blancas, interceptando el parte del combate que da por aniquilado al Chacho, él, que había permanecido tranquilo hasta entonces, levanta una montonera que nunca contó cien hombres, y molesta y fatiga largo tiempo a los ejércitos regulares. Cuando el coronel Arredondo seguía la pista al Chacho supo, decía, por los licenciados que alcanzaba, que se dirigía a San Juan. Los licenciados eran los que por favor, ocupaciones o enfermedad no lo habían seguido antes; pero al saberse que iba a San Juan, es decir, a Orán o Bujía, de quinientos hombres que llevaba, su número ascendió a más de mil, con los que no estaban para eso ni enfermos ni ocupados.

De los prisioneros tomados, sólo quince en más de ciento, no tuvieron quien solicitase su libertad, y los acreditase de honrados, lo que probaba que eran todos gente conocida y con familia. El robo, que era esta vez el estímulo, era sólo reputado un botín legítimamente adquirido. La tradición es, por otra parte, el arma colectiva de estas estólidas muchedumbres embrutecidas por el aislamiento y la ignorancia. Facundo Quiroga había creado desde 1825 el espíritu gregario; al llamado suyo, reaparecía el levantamiento en masa de los varones a la simple orden del comandante o jefe: la primitiva organización humana de la tribu nómade, en país que había vuelto a la condición primitiva del Asia pastora. El sentimiento de la obediencia se trasmite de padres a hijos, y al fin se convierte en segunda naturaleza. El Chacho no usó de la coerción, que casi siempre los gobiernos cultos necesitan para llamar los varones a la guerra. Pocos son los intereses que los retendrían en sus casas miserables; la familia vive de un puñado de maíz o de la carne de una cabra, y la guerra es la vida, las emociones, las esperanzas; y el caballo, el ferrocarril que suprime las distancias y convierte en realidad el sueño dorado, hacer algo, sentirse hombres, vivir en fin. Esta organización se ha visto reaparecer y perfeccionarse en los pueblos formados por la raza guaraní, en Entre Ríos, Corrientes y Paraguay; y puesto a dos dedos de su pérdida en varias ocasiones a los de descendencia más puramente española que habitan la provincia de Buenos Aires, en la embocadura del Plata, y la provincia agrícola de Cuyo, poblada por españoles venidos de Chile y que extinguieron o absorbieron a los Huarpes, antiguos habitantes del suelo. Los quichuas, que pueblan la provincia de Santiago, se conservan casi desde los primeros años de la independencia bajo esta disciplina primitiva e indígena, y sólo gracias a la buena intención de sus jefes, es más bien que un peligro, un elemento de orden. De estos resabios salió la montonera , pronunciándose, al expirar en el movimiento final del Chacho, bajo las formas de un alzamiento de campañas, que bien examinado en sus localidades y propósitos, era casi indígena, como se verá por los hechos que vamos a referir. Por eso siempre que usemos la palabra caudillo para designar un jefe militar o gobernante civil, ha de entenderse uno de esos patriarcales y permanentes jefes que los jinetes de las campañas se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas, e impusieron a las ciudades, embarazando hasta 1862 la reconstrucción de la República Argentina bajo las formas de los gobiernos regulares que conoce el mundo civilizado, cualquiera que sea la forma de gobierno, con legislaturas, ejecutivo responsable y amovible, y tribunales que administren justicia conforme a las leyes escritas, que la montonera había abolido en todas las provincias argentinas durante treinta años en que, como aquellos hicsos del Egipto, logró enseñorearse de las ciudades.

Las travesías

Las faldas orientales de la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta la cuesta de Paclin que divide a Catamarca de Tucumán, pocas corrientes de agua dejan escapar para humedecer la llanura que se extiende hasta las sierras de Córdoba y San Luis, al Este, que limitan este valle superior. La pampa propiamente dicha, principia desde las faldas orientales de estas últimas montañ as. Desierto es el espacio que cubren los llanos de La Rioja, las Lagunas de Huanacache, hasta las faldas occidentales de las dichas sierras. E1 Bermejo, de San Juan, que rueda greda diluida en agua y se extingue en el Zanjón; los ríos de San Juan y Mendoza, y el Tunuyán, que forman los lagunatos de Huanacache e intentan abrirse paso por el Desaguadero, y se dispersan y evaporan en el Bebedero, he aquí los principales cursos de agua que humedecen aquel desolado valle, sin salida al océano por falta de declive del terreno. Veinte mil leguas cuadradas que forman las Travesías , están más o menos pobladas según que el agua de pozos, de baldes, o aljibes, ofrece medios de apacentar ganados. A la falda de Los Andes están dos ciudades, San Juan y Mendoza, que no modifican con su lujosa agricultura, sino pocas leguas alrededor, el desolado aspecto del país llano, ocupado en parte por médanos, en parte por lagunas, y al norte cubierto de bosque espinoso, garabato y uña de león , que desgarran vestidos o carne, si llegan a ponerse en contacto. Estas espinas corvas o encontradas como el dardo, dejarían al paso como a Absalón, colgado a un hombre si la rama no cediese a su peso. Los campesinos habitantes de estos llanos llevan a caballo un parapeto de cuero para ambos lados, que cubre las piernas y sube alto lo bastante para tenderse y cubrirse cuerpo y rostro tras de sus alas. Por escasez de agua, ni villa alcanza a ser la ciudad de La Rioja, que está colocada a la parte alta de los Llanos; igual inconveniente al que retarda el crecimiento de San Luis, no obstante que ambas cuentan tres siglos de fundadas.

A estas facciones principales de la fisonomía del teatro del último levantamiento del Chacho, agréganse otras que por imperceptibles al ojo, pasarían sin ser notadas.

Las lagunas de Huanacache están escasamente pobladas por los descendientes de la antigua tribu indígena de los huarpes. Los apellidos Chiñ inca, Juaquinchai, Chapanai, están acusando el origen y la lengua primitiva de los habitantes. El pescado que es allí abundante, debió ofrecer seguridades de existencia a las tribus errantes. En los Berros, Acequión y otros grupos de población en las más bajas ramificaciones de la cordillera, están los restos de la encomienda del capitán Guardia, que recibió de la corona aquellas escasas tierras. En Angaco descubre el viento, que hace cambiar de lugar los médanos, restos de rancherías de indios de que fue cacique el padre de la esposa de Mallea, uno de los conquistadores. Entre Jáchal y Valle Fértil hay también restos de los indios de Mogna, cuyo último cacique vivía ahora cuarenta añ os.

Pero es en La Rioja misma donde se encuentran rastros más frescos de la antigua reducción de indios. Al recorrer esta parte del mapa, la vista tropieza con una serie de nombres de pueblos como Nonogasta, Vichigasta, Sañogasta y otros con igual terminación, que indican una lengua y nacionalidad común que ha dejado recuerdo imperecedero en los nombres geográficos. Discurriendo estos nombres por faldas de las montañas, uno de ellos penetra en San Juan por Calingasta. Un filologista noruego al leer estos nombres entregábase a conjeturas singulares, a que lo inducía la averiguada semejanza de los cantos indígenas llamados yaravíes con las baladas populares escandinavas, y la frecuente ocurrencia en América de la terminación marca , significativa de país o región en el gótico, Catamarca, Cajamarca, Cundinamarca y otros que recuerdan a Dinamarca, o país de los danos, y las marcas de Roma, que son denominaciones dadas por los lombardos: creía encontrar en las terminaciones en gasta la misma en ástad de Cronstad, Rastad y cien más que, fuera de toda duda, son la misma de Belukistán, Afganistán, Kurdistán, cuya raíz significativa se halla en el sánscrito, ramificación como el gótico, de un idioma común al pueblo ariano que dio origen a las naciones occidentales por sucesivas emigraciones.

Más asombroso y de más reciente data, encontraba el nombre de Gualilán, que tiene en las inmediaciones de San Juan un mineral de oro trabajado desde tiempo inmemorial; gúel o gold es en gótico oro , y land , la terminación conocida de Shetland, Ireland, Island ; Gualilán, significa, pues, literalmente tierra de oro, importando poco las vocales, que se cambian según la ley llamada de Grimm; reputando imposible que la casualidad hubiese dado al mineral el nombre significativo que lleva, desde que se sabe que todos los nombres antiguos de lugares expresaron circunstancias y accidentes locales, como Uspachieta o Uspallata, en quichua significa montañ as de ceniza, color que en efecto asumen las circunvecinas y cuyo nombre dieron los conquistadores peruanos que invadieron a Chile por el camino del Inca, visible aún a lo largo del valle de Calingasta, y cuyas pascanas de piedras, a guisa de villorrios, se encuentran en la quebrada que conduce al paso de la cordillera de Uspallata y pasa por el Puente y la Laguna del Inca.

En Calingasta se encuentran numerosos vestigios de las poblaciones indígenas y restos visibles de la conquista. Por allí estaban las célebres Labranzas de Soria , minas de plata cuyos derroteros se encontraron en el Cuzco en poder de los indios, y que más tarde en su busca trajeron el descubrimiento de las minas del Tontal y Castaño, como la alquimia tras la piedra filosofal reveló los principios de la química. En Calingasta la tradición oral da al capitán Soria una epopeya que termina en la muerte, mandado ajusticiar por los reyes de España por haberse rebelado con las indianas. Quizá éste es sólo el eco lejano del fin trágico de Gonzalo Pizarro, ajusticiado por La Gasca, y cuyo rumor se extendió por toda la América. En apoyo del hecho muéstranse varios lugares donde en excavaciones naturales a lo largo de la falda de ciertos cerros, están hacinados por millares esqueletos de indios, muertos, según se dice, de hambre, por no someterse a los conquistadores españoles. Un examen inteligente de estos curiosos restos, muestra, sin embargo, que son cementerios de antiguas y numerosas poblaciones indígenas que poblaron el fértil valle de Calingasta, y que han desaparecido con la conquista. Más al norte y en dirección hacia el punto de donde vino el pueblo de las terminaciones en gasta , se encuentra una montaña de sal gema con cavernas prolongadas a extensiones aún no reconocidas en su interior. Estas cavernas son un vasto osario de momias de indios, que conservan el cabello en trenzas y las carnes acartonadas, preservadas acaso por las emanaciones salinas del lugar o por algún procedimiento de embalsamar.

Más significativos restos se conservan en el valle mismo de Calingasta, cerca de las actuales poblaciones cristianas. En las extremidades de los espolones de un conglomerado antiguo de guijarros unidos por un cemento, en que el río se ha excavado su actual lecho, vense unas depresiones circulares de origen artificial, hasta quince en un solo lugar. Estas depresiones corresponden a la entrada de otras tantas criptas o tumbas excavadas dentro del conglomerarlo, en bóvedas, llenas hasta la altura de la entrada de esqueletos de indios. En los que se han sacado, todos con cabello rojizo por la acción del tiempo, se encontraron algunos objetos de arte indígena, tales como agujetas de oro con un guanaco figurado, y algunos de cobre. Un esqueleto de niño en una canastilla de esparto de las Lagunas, preciosa industria que se conserva aún en Guanacache, y en Valdivia de Chile. Una espada toledana con empuñadura de plata encontróse en otro punto, y es variado el surtido de vasijas de barro que abundan por todas partes.

A lo largo del río por leguas, vense de ambos lados en el terreno alto, dos bandas o listas blancas que señalan los vestigios de antiguos canales de irrigación, que sirvieron al cultivo del maíz, pues las piedras llamadas conanas en que lo molían, y agujereadas por el uso abundan por todas partes. La vega es igualmente fertilísima y produce hoy el preferido trigo de Calingasta. Aquellas indicaciones de canales sirvieron al gobernador de San Juan en 1863 para fijar el lugar donde habían de erigirse las fundiciones de Hilario, que empiezan a dar nueva vida y riqueza mayor que las Labranzas de Soria a aquellos lugares despoblados por la conquista.

Hacia el centro del valle está la Tambería, que los habitantes muestran como población indígena, y el nombre haría creerla colonia peruana; pero inspeccionándola de cerca, vese que es Reducción, según el plan de los jesuitas, y la explicación no sólo de la desaparición de los indios, sino de hechos iguales en La Rioja, y que van a entrar luego en la historia del movimiento indígena campesino suscitado por el Chacho.

La Tambería de Calingasta, compónela una serie de ruinas, siguiéndose unas a otras para construir una plaza en cuadro, visiblemente como medio de defensa. En la parte más alta del terreno hay un edificio de piedras toscas, pirca , de diez varas de ancho y veinte de largo. Esta ha sido la iglesia, aunque no se descubre cómo ha sido techada, no habiendo a los alrededores maderas naturales. El tamaño del edificio indica que la Reducción no pasó de cuatrocientas almas.

Como se ve, pues, la Tambería es una misión jesuítica o de frailes franciscanos que seguían sus planes. Pero aquella población facticia está contando los crímenes de la conquista. Los cementerios indios, las catacumbas excavadas en la piedra, las largas acequias a lo largo del valle, las conanas y vasijas de barro que por todas parten abundan, están mostrando que aquel valle de leguas de largo, estaba densamente poblado por una nación indígena que tenía asegurada su subsistencia en el abundantísimo pescado del río, y en el maíz que producía un terreno feraz, irrigado por canales. La caza de vicuñas y guanacos, que todavía se hace en las cordilleras, a más de carne abundante, debía proporcionarles lana para tejerse telas, si las artes peruanas les eran conocidas, o envolverse de la cintura abajo en sus pieles, pues las pinturas indígenas de indios que se ven en las Piedras Pintadas de Zonda, otro valle inferior e igualmente irrigado, muestran que así vestían, aunque lo imperfecto del diseño no deje distinguir si es de tela o piel el chiripá que figuran.

Estas numerosas poblaciones desparramadas a ambas orillas a lo largo del río, fueron desalojadas por los conquistadores para hacer de las tierras de labor estancia y propiedad de algún capitán, acaso de apellido Tello, pues a los Tellos pertenece hoy aquel país indiviso aún, y semillero de pleitos, como los terrenos eternamente indivisos de Acequión y Berros dados a otro capitán Guardia; el Ponchagual, Mogna y casi todos los campos de San Juan. Los indios fueron a consecuencia reducidos a población, y como era de esperarlo, en tres siglos desaparecieron, pues hoy apenas se ven descendientes de raza pura indígena. En vano las Leyes de Indias quisieron proteger a los naturales contra la rapacidad de los conquistadores, que despoblaban de hombres el suelo a fin de crear ganados que les asegurasen la opulencia sin trabajo. Hasta hoy en Buenos Aires mismo se nota esta tendencia de los poseedores de suelo inculto, a despoblarlo, no ya de indios, sino de familias españolas allí nacidas, y reducirlas a villas, que son nidos de vicio y pobreza.

Que Calingasta fue un señorío, lo revelan las antiguas plantaciones de árboles frutales que alcanzan a una altura prodigiosa, y las ricas capellanías de que está dotada. Lo mismo y peor se practicó en La Rioja donde, siendo escasa el agua, los indígenas vivían a la margen de las escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman los Pueblos , villorrios sobre terreno estéril, cuyos habitantes se mantienen escasamente del producto de algunas cabras que parecen ramas espinosas; y están dispuestos siempre a levantarse para suplir con el saqueo y el robo a sus necesidades. El coronel Arredondo, que recorrió los Pueblos para someterlo, los encontró siempre en poder de mujeres medio desnudas, y sólo amenazando quemarlos consiguió que los montaraces varones volviesen a sus hogares. El pensamiento le vino alguna vez de despoblarlos, y sólo la dificultad de distribuir las gentes en lugares propicios lo contuvo. A estas causas de tan lejano origen, se deben el eterno alzamiento de La Rioja, y el último del Chacho. La familia de los Del Moral hace medio siglo que viene condenada a perecer víctima del sordo resentimiento de los despojados. Para irrigar unos terrenos los abuelos desviaron un arroyo, y dejaron en seco a los indios ya de antiguo sometidos. En tiempo de Quiroga fue esta familia, como la de los Ocampo y los Doria, blanco de las persecuciones de la montonera. Cinco de sus hijos han sido degollados en el ú ltimo levantamiento, habiendo escapado a los bosques la señora con una niñita y caminado a pie dos días para salvarse de estas venganzas indias.

¿Cómo se explicaría, sin estos antecedentes, la especial y espontánea parte que en el levantamiento del Chacho tomaron, no sólo los Llanos y los Pueblos de La Rioja, sino los laguneros de Guanacache, los habitantes de Mogna y Valle Fértil, y todos los habitantes de San Juan diseminados en el desierto que se extiende al Este y norte de la ciudad y hasta el pie de las montañas por la parte del sur, con el Flaco de los Berros que tanto dio que hacer?

Para terminar con este cuadro en que, en país estéril y mal poblado, va a trabarse la lucha de aquellas poblaciones semibárbaras por apoderarse de las ciudades agrícolas, comerciantes y comparativamente cultas que están al pie de Los Andes, Mendoza, San Juan, Catamarca, debe añadirse que esta parte de la Repú blica a que hemos dado el nombre de Travesía, estaría condenada a eterna pobreza y barbarie por falta de agua y elementos que fomenten la futura existencia de grandes ciudades, si por el sistema de las compensaciones de la Infinita Sabiduría, no hubiese en su suelo otros ramos con que la industria humana pudiese compensar tantas desventajas.

El valle que ocuparon los pueblos de la terminación en gasta , divide de la cadena central granítica de Los Andes, otra paralela de terreno secundario y metalífero. Desde Uspallata hasta Catamarca, abundan los veneros de oro, plata, cobre, plomo, níquel, estaño y otras sustancias minerales, siendo ya asientos conocidos de minas Uspallata, El Tontal, Castaño, Famatina, y varios en Catamarca, de donde compañías inglesas extraen abundante plata y cobre. En ramificaciones inferiores, otra cadena de montañas en Guayaguaz, Huerta, Marayes, y aun las sierras de los Llanos, ofrecen el mismo recurso y aun depósitos de carbón de piedra apenas explorados.

El censo de Chile en 1855 dio en el número de habitantes de Copiapó, provincia esencialmente minera, diez mil habitantes argentinos, que son riojanos en su mayor parte, por ser ésta la provincia colindante. Este aprendizaje de los que se expatrian en busca de trabajo, y los irregulares laboreos de los antiguos minerales de Famatina, ofrecieran medios de cambiar los hábitos semibárbaros que la dispersión en el desierto ha hecho nacer, si con los capitales que requiere aquella industria, una política conocedora de las necesiclades peculiares de esta vasta región que ocupan cinco provincias, se contrajese a remediarlas. Desde San Juan se intentó algo con tolerable y animador éxito durante la azarosa época que vamos a recorrer, y en la esfera que podía hacerlo un gobierno de provincia que estuvo condenado a mantenerse en armas, para evitar la disolución completa que amenazaba a la sociedad culta, tan mal colocada en aquel extremo apartado de la República. Pero algo más vasto ha de emprenderse, y ésta es la tarea que viene deparada al gobierno nacional, citando se halle desembarazado de los conflictos que en la hoya del Paraná le dejaron otros errores de la colonización española con las misiones del Paraguay. E1 ferrocarril central, que ya está trazado hasta Córdoba y el límite occidental de la pampa, no se aventurará a internarse más al oeste de la Travesía, si las faldas de los Andes no le preparan carga de metales para trasportar a los puertos del Atlántico, y los mantos de carbón de piedra que en varias partes asoman a la superficie pábulo abundante y barato para el consumo de la locomotiva.

Reconstrucción

En 1861, la victoria de las armas de Buenos Aires sobre las autoridades de la Confederación que habían rechazado a los diputados enviados al congreso después de enmendada y jurada la nueva Constitución, traía por consecuencia la necesidad de una reconstrucción general de la República, a fin de hacer prácticas las instituciones federales que esa constitución proclamaba. La caída de Rosas y el ensayo de una confederación sin Buenos Aires, habían tenido el mismo mal éxito que la confederación de los Estados Unidos, aunque por distintas causas. Cuando en 1853 hubo de darse una constitución federal, el congreso se encontraba con un caudillo de provincia dueño del poder que llamaban nacional, sostenido por los mismos caudillos que habían como él apoyado la larga tiranía de Rosas. La constitución ni constituía la nación, ni regía a su propio ejecutivo, quedando la provincia más importante fuera de la nación, y el presidente fuera de la constitución.

San Juan había luchado diez años para desasirse de la mano de su caudillo de veinte años atrás, que el presidente caudillo apoyaba por analogía de posición. La época constitucional fue para San Juan precisamente la época de las violencias, las intervenciones armadas, las invasiones del Chacho, con su acompañamiento de saqueos y aun de incendios, hasta que aquel empeño de amalgamar la constitución y el caudillo, supliendo la falta de uno con detestables procónsules, acabó en una gran catástrofe, y en el sacrificio del virtuoso doctor Aberastain, muerto por improvisados caudillejos, salidos apenas de las tolderías de los indios, a quienes el gobierno confiaba misiones judiciales o ejecutivas, como la España al juez La Gasca en los primeros tiempos.

El término de la guerra y el fruto de la batalla de Pavón era, pues, despejar a las provincias del personal de las antiguas y modernas criaturas de aquella política bastarda, y hacer práctica en sus efectos la constitución que ya regía a Buenos Aires. Un esfuerzo de los ciudadanos de la ciudad de Córdoba, derrocando el gobierno que aún adhería a los vencidos de Pavón, y la actitud armada que Santiago del Estero había conservado, simpática a la causa ya victoriosa, facilitaban la obra por esa parte, no requiriéndose el empleo de las armas, que sólo serviría para dar confianza a los pueblos, mientras se organizaban nuevas administraciones. No sucedía lo mismo con respecto a las provincias situadas a las faldas de los Andes. Los Saa se mantenían en armas en San Luis, Mendoza estaba gobernada por un miembro de la familia de los Aldaos, San Juan por un teniente de Benavides, La Rioja virtualmente por el Chacho.

El ejército que a fines de 1861 avanzó hacia Córdoba no llevaba instrucciones para extender sus operaciones hacia aquella parte; pero retirándose hacia ese lado las únicas fuerzas confederadas que se mantenían en pie de guerra, una pequeña división fue siguiéndolas de estación en estación hasta la ciudad de San Luis. En previsión de los sucesos, el general en jefe de este ejército había dado misión al Auditor de Guerra, por ser uno de los hombres públicos que habían traído el desenlace de aquella cuestión y pertenecer a aquellas provincias, de dirigir los primeros actos civiles de los pueblos que el ejército fuese librando del dominio de la caída confederación.

No tardó mucho en hacerse sentir el acierto de esta medida. El jefe de un regimiento de línea perteneciente a la confederación, y que se había retirado desde Córdoba al acercarse el ejército de Buenos Aires, ofició al jefe de la vanguardia, que estaba ya en San Luis, que el pueblo de Mendoza había depuesto al gobernador y nombrándolo a él en su lugar, con lo que creía quitada la ocasión y el motivo de avanzar fuerzas hasta aquella provincia. Fuele contestado que él como jefe de fuerza nacional que guarnecía a Mendoza de años atrás, era el único hombre que no podía ser nombrado gobernador de la provincia que dominaba con tropa de línea, y que el Auditor de Guerra, con poderes para representar al general en jefe, marchaba incontinente, seguido de una fuerza, para conocer la verdad de los hechos, y poner al pueblo en aptitud de darse un gobierno.

Compréndese que este lenguaje quitaba la tentación de inventar sofismas, y apenas conocido en Mendoza, el nuevo y el depuesto gobernador pusieron la cordillera de por medio, desbandándose todas las fuerzas, inclusas las de línea. Una copia de la misma nota enviada a San Juan, produjo los mismos efectos, desde que el círculo de los benavidistas supo, a no dudarlo, que el autor de aquella nota era don Domingo F. Sarmiento, y que éste se dirigiría bien pronto a San Juan.

El 1° de enero de 1862 atravesaban en efecto el puente medio destruido del Zanjón de Mendoza los primeros treinta hombres del ejército de Buenos Aires, enmudecidos y espantados ante la pavorosa escena que se presentaba a sus ojos en las ruinas de una ciudad hasta donde la vista podía alcanzar. Las convulsiones de la naturaleza habían sido más severas para con aquella antigua y civilizada ciudad que los diversos tiranuelos que por treinta años la habían detenido en sus progresos. El temblor de marzo, diez meses antes, había arrasado hasta los cimientos, pulverizado los edificios, y desgranado los templos en menudos fragmentos. Podían discernirse las que fueron calles por estar acumuladas sobre ellas mayores masas de ruinas. Las techumbres hacían con sus palizadas, una especie de inmunda espuma que cubría la tierra, como aquellas basuras que las crecientes arrastran y remolineando hacen una superficie sólida sobre el agua de los grandes ríos; el pino del convento de San Agustín elevaba su solemne y negra copa, visible ahora hasta el tronco de todos los puntos del horizonte; la alameda plantada por San Martín tendía su línea de verdura al extremo opuesto del lúgubre paisaje, señalando el término de tanta desolación.

Debajo de aquellas ruinas estaban sepultados quince mil habitantes, entre ellos la parte más inteligente y acomodada de la población de provincia y ciudad tan importantes. Los partidos políticos habían perdido hasta su significado, puesto que sus próceres habían desaparecido en su mayor parte de la escena; y sólo como muestra de los intereses personales que envolvían las cuestiones políticas, debe recordarse que del seno de esas ruinas había salido una división de tropas, tres meses antes, a llevar la guerra a otras provincias, con el mismo espíritu que cuarenta días antes del temblor había encendido la saña del representante de la política de exterminio del fraile Aldao y empapado en sangre a San Juan. Mendoza tenía un importante rango entre las ciudades argentinas. Colocada en la línea de comunicación del Atlántico al Pacífico a través de los Andes, recibía de ambas costas la acción civilizadora, y no hay viajero célebre, compañía de teatro o de ópera, que no hubiese visitado esta ciudad. Allí se había formado el ejército de San Martín; allí hallaba el comercio de Chile y de Buenos Aires un mercado vastísimo y productos valiosos. A la hora de su muerte Mendoza ostentaba edificios, como el pasaje Soto, que habrían decorado dignamente a Buenos Aires.

La calamidad más duradera empero, era la desaparición de una ciudad agricultora, como centro de civilización, en aquella grande extensión de territorio que hemos llamado la Travesía; San Luis en uno de sus límites permanecía después de tres siglos un trazado de ciudad; La Rioja, al norte, una villa sin importancia. Arrasada Mendoza como baluarte, el desierto pesaba todo entero sobre San Juan, mal colocado para resistir a su acción disolvente. Los vecinos de la destruida ciudad que salvaron de la catástrofe, encontraron en sus fincas abrigo, pues que la intensidad del sacudimiento se sintió bajo la ciudad misma, perdiendo, como la luz, su fuerza a medida que irradiaba; y la provincia se había convertido en una campaña agrícola sin centro, como las campañas pastoras que tanta influencia han ejercido en la desorganización de la República. Veíase esto en el traje de los ciudadanos más cultos, que teniendo que servirse habitualmente del caballo como medio de locomoción, llevaban hasta la afectación y como un buen tono creado por el temblor, el desaliño del vestido, el poncho y los arreos del gaucho. La desaparición de Mendoza, en el momento en que más se necesitaba de una fuerte ciudad en el interior, sobrevenía tan en mala hora, como la muerte del general Paz cuando Buenos Aires resistía victoriosamente a las últimas oleadas de los jinetes en armas; su existencia sólo habría alejado muchos malos pensamientos por lo improbable de su realización.

Con la falta de vistas que vayan más allá del momento presente, de la simple idea de fijar un local para la reconstrucción de una nueva ciudad, habían surgido dos partidos, cada uno armado de razones más o menos plausibles, de acuerdo sólo en no ceder un ápice de sus encontradas pretensiones. El uno tuvo al destronado déspota por jefe, decíase que con miras interesadas; el otro a la oposición liberal. Más tarde la legislatura sostenía a los unos, y el gobernador a los otros. Cuando el gobierno nacional nombró un comisionado para designar lugar para los edificios nacionales, y con eso dirimir la cuestión de galgos y podencos, no fue aceptada esta arbitración que habría terminado por lo mejor, que era hacer lo menos malo, pero fijar lo que era urgente, un plano de ciudad.

Y este comisionado tenía, a más del encargo oficial para misión tan aceptable, no diremos títulos a la consideración personal de todos, sino lo que es más influente, enormes sumas de dinero a su disposición, para que fuesen empleadas en edificios e instituciones públicas en Mendoza. Cuando en Buenos Aires se supo la horrible suerte de la ciudad, la caridad pública, allí como en Chile y en toda América, se excitó en favor de las víctimas; pero estos sentimientos, por vivos que sean, no producen espontáneamente todos los benéficos resultados que se desearía, si no se organizan medios de acción, que administren , por decirlo así, la filantropía, la caridad, el patriotismo. Mucho se hizo espontáneamente o por asociaciones existentes, como los Masones, la de San Vicente de Paúl, etc.; pero nada, ni todo esto junto, pudo compararse con los resultados obtenidos por la oficina de socorros que aquel comisionado improvisó, sirviéndose de la prensa, los colegios, las adhesiones políticas mismas, y todos los medios de obrar poderosamente sobre la opinión. Médicos, medicinas, dinero, ropas, abrigos, salieron de ese taller en ayuda de los desgraciados; obteniendo veinte años después para Mendoza por el mismo mecanismo, lo que había obtenido en Chile para los derrotados argentinos, y sesenta mil pesos quedaron depositados en el banco, a disposición de otro gobierno más moral que el que había disipado los primeros auxilios enviados de todas partes. El de Chile habría mandado los que retenía por iguales temores, y el agente español perdido todo pretexto para guardar otra suma. Así, pues, un pueblo por no discutir francamente una cuestión de conjeturas más o menos posibles, renunciaba a recibir cien mil fuertes que le ofrecían sus amigos y el comisionado podía decretar en una tira de papel.

Reunido lo que era posible de un pueblo tan disperso el 3 de enero, procedióse a nombrar un gobernador interino, habiendo limitado su ingerencia el Auditor de Guerra a crear un jefe de policía que mantuviese el orden.

San Juan

El 4 de enero treinta hombres de Guías al mando del capitán Irrazábal, varios oficiales sanjuaninos y el Auditor de Guerra, se dirigieron a San Juan, contando ya no encontrar resistencia armada, por tener anuncios, aunque inciertos, de un cambio de autoridades.

En Guanacache salióles al encuentro un comisionado de San Juan, trayendo comunicaciones oficiales del nuevo gobernador establecido, por haber huido los comprometidos en la serie de violencias de que aquella provincia había sido víctima por diez años, sin intermisión, como si la constitución hubiese sido una túnica de Dejanira mandádale por una venganza atroz, a causa de la parte que algunos de sus hijos habían tomado en la caída de la tiranía de Rosas. El pueblo de San Juan, una vez libre de sus oscuros carceleros, restableció la administración del doctor Aberastain, tal como estaba el día de su muerte; gobernador interino, ministros, tribunales, jueces de paz, policía, etc. La tranquilidad era perfecta, como la del agua que ha encontrado su nivel después de tentativas inexpertas que la han hecho precipitarse y causar estragos con su corriente.

Para entrar en San Juan, desde Mendoza, se atraviesa el campo llamado la Rinconada, teatro de aquel drama horrible que preparó un acto discrecional del gobierno nacional, obrando contra texto expreso de la constitución, y sin datos suficientes; y que explotaron las malas pasiones, confiando una misión judicial a un bárbaro que con ella se hacía aparecer en la escena política.

Los que sobreviven a las grandes catástrofes como la de Mendoza o la Rinconada, olvidan con el tiempo las impresiones que experimentaron, cuando las ruinas están todavía bamboleándose o la sangre de las víctimas no se ha secado aún. Se vive entre ruinas, y lo pasado se olvida, aunque algún tinte, sólo discernible para los extraños, deje en las fisonomías el recuerdo de una grande desgracia. Dios ha hecho este beneficio a la humanidad haciéndola flaca de memoria. Pero la escena donde han ocurrido tales acontecimientos, vista por la primera vez, evoca los fantasmas de la imaginación, y el drama sangriento o aterrante vuelve a representarse con la vista de los lugares, mudos testigos de los hechos. En la calle de cuatro leguas sombreada de álamos que desde aquel campo de sangre conduce a la ciudad, en frente de un jardín de laureles rosas entonces en flor, con la profusión peculiar a esta planta de las riberas del Jordán, una cruz negra, alta, labrada, señala el lugar en que fue fusilado el doctor Aberastain. ¿Por qué? ¿Para qué? Nunca supieron decir los autores del crimen ni aun sus motivos. Era un hombre educado, y los bárbaros les tienen especial rencor. Saa, improvisado hombre público, creyó mostrar en ello grande capacidad y energía. ¡No era culpa suya!

Allí habían venido a recibir al representante de tantas esperanzas, por tantos años frustradas, con las armas de Buenos Aires triunfantes al fin, los restos del batallón de guardias nacionales que se halló en la Rinconada; y si a las escenas de los lugares se añaden aclamaciones que acentuaban manos mutiladas alzadas al aire, se formará una idea de las torturas morales que debían producir por el momento, aunque más tarde el nivel del olvido viniese a hacer plácido lo que nunca deja de serlo, la vista del país asociada a los recuerdos de la infancia, la patria, la familia, en fin. Después de veinte años de ausencia de un joven, San Juan recibía en medio de manifestaciones de júbilo a un viejo, cuyo espíritu, por la prensa, la tribuna o la guerra, nunca estuvo, sin embargo, fuera del estrecho, oscuro y pobre recinto de su provincia.

Es excusado decir que fue aclamado gobernador, destino que, dadas las necesidades especiales de hombres que han vivido largos años consagrados a la gestión de la cosa pública, a la discusión de las grandes cuestiones sociales, en grandes centros de población, con el bullicio y los goces de las capitales, no habría tentado a muchos, creyendo descender de posiciones conquistadas. Había, sin embargo, perspectivas que entraban a completar una grande obra comenzada, para quien no tuviese a menos solicitar un departamento de escuelas, a fin de poder hacer dar un paso en la organización de la futura república. ¿ Había gobiernos provinciales en aquella confederación en que el presidente se había ocupado exclusivamente en estorbarles toda acción propia, si no estaban subordinados a algunos de sus agentes personales? Después de haber borrado de la Constitución todo lo que a esta coacción concurría, ¿no valdría la pena de ofrecer en la práctica la sencilla armonía de poderes nacionales y provinciales, cada uno obrando en su legítima esfera? Y luego, ¿no hay una deuda contraída, y que una vez ha de pagarse, para con aquellos que sin tener estímulos ni recompensas que ofrecer, reclaman como propias, experiencias, ideas, nociones adquiridas por los suyos, que los grandes centros les arrebataran? Tres años inmolados honrosamente pasan luego y dejan una satisfacción, si tal puede obtenerse, la de intentar el bien. El coronel Sarmiento, hasta entonces Auditor de Guerra del primer cuerpo de ejército, aceptó así el gobierno que sus compatriotas le imponían como un deber, y como un honor que estimaba en mucho.

San Juan era, como Mendoza en lo material, un montón de escombros en lo moral. Casi treinta años de gobierno de hombres oscuros, sin educación ni principios, habían hecho de la autoridad pública algo menos que una decepción, un objeto de menosprecio. Sin rentas, sin sistema de administración, servían las que se cobraban a satisfacer necesidades siempre apremiantes, objeto de especulación su cobro para algunos agraciados, de resistencia y de fraude para el pueblo, que encontraba en ello el medio de hostilizar al enemigo, el poder irresponsable y arbitrario. Sin industria que pudiera con la paz desenvolver riqueza en grande escala, la guerra, las revueltas, las invasiones del Chacho, las intervenciones nacionales, la incuria del gobierno, el retraimiento de los ciudadanos, habían destruido más propiedades y fortunas que las que el lapso del tiempo y el fruto del trabajo venían pacientemente acumulando. Ni un solo edilicio público debía la generación presente a las pasadas, seis templos yacían en ruinas, y ni la antigua Escuela de la Patria se había conservado como único establecimiento de educación. El desaliño de la aldea colonial, las señ ales de los estragos de las aguas, excavaciones en la plaza como muestras de tentativas de mejoras, indicaban bien a las claras que el gobierno no era hasta entonces el agente de la sociedad misma para proveer a sus necesidades colectivas, como cada uno provee a las individuales. No habiendo un centavo en caja y estando por cobrarse desde principio de año todas las rentas, el nuevo gobierno tuvo desde luego que estrellarse contra aquellos hábitos inveterados de resistencia, contra el hereditario descrédito que le legaban las administraciones pasadas, contra la falta de autoridad moral del gobierno para hacer cumplir las leyes. A fin de proveer a las necesidades financieras, llamó a los prestamistas de dinero para procurarse el necesario para esos días, ofreciendo un interés crecido, y nadie, habiendo entre ellos quienes giraban centenares de miles, ni todos juntos, tuvieron dinero disponible, porque el deudor era el gobierno. Un mes después, cobrado uno de los impuestos retardados con la multa que la ley imponía a los morosos, muchos se presentaron reclamando de esta severidad inusitada, pues era la práctica ganar tiempo y retardar el pago, por negligencia muchas veces, por resistencia casi siempre. Fenecido el primer año de administración, la contaduría presentó en caja un sobrante de seis mil pesos, no obstante la variedad de trabajos públicos emprendidos, porque en el lapso de ese año se había obrado una revolución en las ideas, comprendiendo todos que el gobierno era su propio gobierno y no el antiguo enemigo, idea que nos es común a todos los pueblos sudamericanos, y que en los Estados Unidos hace que hoy emprenda el gobierno pagar una deuda de tres mil millones que la Inglaterra y la Francia no habrían soñado posible.

El nombre del Chacho había, desde pocos días después de operado el cambio, empezado a resonar de nuevo. Cuando el gobierno de la confederación, que lo había condecorado con el título de general, requirió fuerzas para invadir a Buenos Aires, había este caudillo de la montonera de los Llanos permanecido tranquilo e indiferente a la suerte de sus aliados, hasta que el ejército vencedor hubo ocupado a Córdoba, y la lucha cesado por todas partes. Entonces, por motivos y con objetos que él mismo no sabría explicarse, se lanzó sobre Tucumán, desde donde rechazado, volvió a los Llanos. Allí le aguardaba ya una división de ejército que lo batió por segunda vez, quitándole la poca infantería, y un cañón que andaba trayendo; y tras este combate, que habría bastado para pacificar el país, se siguió una guerra de escaramuzas, que fue atrayendo refuerzos de tropa de línea, de la que había venido a Mendoza y San Juan, y levantando en masa los Llanos hasta tomar proporciones alarmantes, desmontar la caballería regular en correrías sin resultado, y poner a rescate la ciudad de San Luis, a donde fue a aparecer la montonera, a cien leguas del punto en que el ejército la buscaba.

Una nueva fuga y nueva persecución del ejército acercó aquellas bandas de descamisados a treinta leguas de San Juan, y no cambiaron de rumbo, sino cuando obtuvieron, por pasajeros, la certeza de que eran debidamente esperados. Sepultados de nuevo en los bosques de los Llanos, la persecución seguía, agotados de una y otra parte los caballos, pero el ejército con facilidad de remonta de San Juan, cuando recibió del jefe de las fuerzas nacionales ya , orden del gobierno general de aceptar las propuestas de sumisión que el Chacho había dirigido desde San Luis, lo cual dio lugar a lo que el Chacho llamó tratado, y dejarlo tranquilo en su casa con los honores de general de la Nación.

La distancia a que el gobierno nacional se hallaba, la poca importancia que en el litoral se daba a este caudillejo que apenas tenía casa en que vivir en medio de bosques de garabatales , la necesidad sobre todo de presentar la República en paz para darle formas, reunir el congreso y elegir presidente, ocultaban el peligro, que para lo futuro quedaba, de dejar establecido, como parecía, que el ejército regular era impotente contra la movilidad de la montonera; y la alarma en que quedaban las provincias vecinas con aquel perturbador en posesión siempre de los medios y posición que por tantos años le habían servido para sus depredaciones y correrías.

Cualesquiera que fuesen las condiciones del tratado, si tratados era posible que hubiese entre un gobierno y un general suyo, basta ver cómo lo entendía y practicaba el Chacho, para comprender la situación en que quedaban las provincias vecinas y el gobierno de La Rioja mismo. Habiéndose creado en esta provincia un gobierno civil, quiso, como era de esperarse, tener en su poder las armas que habían servido a prolongar la guerra sin motivo aparente y sólo por la voluntad del general establecido en los Llanos, y al efecto ordenó a los comandantes de los departamentos recogerlas. A la solicitud del de Malangan contestó el Chacho lo siguiente:

"Malangan, julio 13 de 1862.
"Al señor comandante don Joaquín González:

"Acabo de recibir una comunicación del capitán don José María Suero en que me da cuenta que un señor García comisionado de V. S. le pide entregue el armamento y animales del Estado que tiene en su poder, quedando sin efecto la comisión que a estos fines le confié, dando su dicho comisionado por razón los tratados míos con el gobierno de Buenos Aires.

"Con sentimiento veo, señor comandante, que usted no está al cabo de esos tratados, como veo no conoce sus atribuciones. Por esos tratados, señ or, y de acuerdo con el jefe del primer cuerpo de ejército de Buenos Aires, estoy yo encargado de garantir el orden en la provincia, a cuyo efecto queda en mi poder el armamento que he tenido; y tengo a más instrucciones que ni siquiera es dado comunicarlas a usted. Su gobierno mismo, señor comandante, no puede exigir de mí lo que no está en su derecho, como lo que usted exige. Cada uno en su puesto y no tomar las atribuciones ajenas, porque de lo contrario no nos entenderemos.

"Por fin, mis convenios son exclusivamente con el gobierno nacional, cuyas órdenes obedezco, y a él exclusivamente corresponde exigir, tanto el cumplimiento de lo pactado, como darme las órdenes e instrucciones que estime convenientes.

"En vista de los antecedentes que tengo manifestados, y para guardar la armonía que deseo con usted como con todas las demás autoridades, espero que usted no exigirá lo que por su dicho comisionado lo hace, puesto que en ningún caso se le entregará, y cuento que será bastante prudente para conocer su posición y la mía.

"Al dejar así cumplido el objeto de ésta, me es grato ofrecer a usted las consideraciones de mi aprecio. ? Dios guarde a usted. - Angel Vicente Peñalosa" .

"Guaja, julio 2 de 1862.
"Señores capitanes don Santos Carrizo y señor Castro:

"He recibido la apreciable nota de ustedes, y en su contestación digo que el comisionado nacional coronel Baltar marcha en este momento a La Rioja a dejar todo arreglado. El se dirigirá a ustedes sobre lo que han de hacer, intertanto es preciso que se sostengan hasta que reciban sus órdenes. Soy como siempre, etc., Peñalosa.

"Bichigasta, julio 16 de 1862.
"Señor comandante don Domingo García:

"A pesar de estar impuesto de los documentos que acreditan su comisión, y estar a mi vista exactos, en contestación de ellos tengo una orden del general Peñalosa, fecha 2 del presente, en la que me dice retenga las armas basta que él me ordene, esto sin fijarse para nada de las disposiciones del supremo gobierno. El 10 del presente hice un propio al general Peñalosa por si me ratificaba la orden; y como hasta ahora no he recibido contestación, me veo en el caso de retenerlas hasta aguardar la disposición del señor coronel Baltar, comisionado, que también estuvo presente cuando se me dio la orden. Dios guarde, etc. J. María Suero.

"En estos momentos recibo la contestación del general Peñalosa con el propio que hice, y me dice que retenga las armas hasta recibir órdenes de él en el sentido contrario. Vale."

¿Supo el Gobierno Nacional estos hechos?

¿Fue engañado su comisionado?

El hecho real es que no había gobierno civil posible en La Rioja, y que continuando el Chacho en la situación de barón feudal que el supuesto o real tratado le creaba, San Juan no tenía hora segura de nuevas incursiones, como si nada se hubiese cambiado en la condición y circunstancias del país después de veinte años.

Ya se había expuesto en términos generales al Gobierno Nacional la situación precaria de aquella parte del territorio argentino, y en correspondencia íntima indicádosele con insistencia al gobernador de San Juan la necesidad de hacer de esta ciudad, la única existente en más de diez mil leguas cuadradas, un centro de poder material y de educación, a fin de contener los progresos de la barbarie, que aquellos desiertos habían creado, y reparar los estragos de treinta años de retroceso y de la reciente desaparición de Mendoza, so pena de ver suprimido del país poblado y civilizado un quinto del mapa argentino, si se dejaba por algunos años más obrar las agencias disolventes. Pedía cañones, un batallón de línea y permiso para crear fuerzas de caballería, educadas en país agrícola y con caballos preparados al efecto, según ideas que sobre la reorganización de la caballería argentina había tratado de generalizar, no siendo ellas en definitiva más que volver a las tradiciones de los antiguos granaderos y cazadores a caballo de San Martín, frescas aún en las provincias de Cuyo donde aquellos famosos regimientos se remontaron. Estas indicaciones no encontraron una formal aceptación, si bien por la insistencia de otros, se obtuvo al fin que un batallón viniese a acuartelarse en San Juan.

Quedando La Rioja, como quedaba, y el Chacho establecido en Guaja, que sólo dista quince leguas de la villa de Valle Fértil de San Juan, era conveniente cultivar las mejores relaciones diplomáticas con aquel cacique que aconsejaba a los prudentes tener en cuenta las situaciones respectivas. Felizmente había acompañado al ejército de Buenos Aires un capitán de línea, hombre muy circunspecto, y además pariente muy cercano de Peñalosa. Este fue nombrado subdelegado de Valle Fértil, con encargo de cultivar la amistad del Chacho y evitar toda ocasión de desacuerdo, tan frecuentes en las fronteras, e inevitables en aquel asilo de vagabundos y cuatreros que eran el azote de San Juan.

Del tono de estas relaciones dará idea la carta del Chacho que contestaba a las primeras del subdelegado que más tarde fue a Guaja y pasó algunos días con él.

"Guaja, setiembre 22 de 1862.
"Señor sargento mayor don Sixto Fonsalida:

"Tengo a la vista sus dos muy apreciables, una oficialmente y la otra particular, la que tengo el placer de contestar, diciendo a usted que parece que la Providencia ha tomado una parte activa en la reconciliación de nuestros desgraciados sucesos, para que terminen las disensiones y sea una realidad el sostenimiento de una paz que nos dará por resultado el sosiego de las pasiones exaltadas y la calma de tantos sufrimientos debidos a nuestros propios desvíos.

"El párrafo de la carta que me trascribe textualmente del señor gobernador de San Juan, me lisonjea en alto grado, y creo que siguiendo esas máximas, habremos logrado el afianzamiento de nuestras instituciones, corrigiendo los daños y desórdenes causados por la guerra. Los sentimientos nobles que abriga el gobierno de San Juan no me son desconocidos, por lo que presagio un venturoso porvenir, estrechando una relación sincera entre las dos provincias, prometiendo a usted que todo lo que esté en la esfera de mis atribuciones, lo emplearé contribuyendo con el contingente de mi poco valer, a fin de conseguir tan importantes fines...

"Por lo demás, descuide usted que siempre observaré la conducta que me es característica, no dejándome sorprender de suposiciones falsas e imaginarias que jamás tienen lugar en mi imaginación. Mucho gusto tengo en que haya arribado a ésa con los sobrinos mis amigos, entretanto quisiera que disponga como siempre de la inutilidad de su afectísimo amigo. - Angel Vicente Peñalosa" .

Esta carta había sido precedida, meses antes, por otra dirigida al gobernador de San Juan en que recordaba con arte los servicios que había de él recibido en Chile. "Por mi parte, le decía, no esquivaré la ocasión de serle ú til, tanto más cuanto es un deber en mí para con uno de los más valerosos campeones de la causa que en otro tiempo sostuve con el malogrado ilustre general Lavalle, y de la que no he desertado." Estas manifestaciones tomarán luego, en vista de los hechos, una singular importancia.

No sería fácil decir si estos conceptos de la cancillería de Guaja, el rancho del Chacho, eran suyos o del amanuense. Hay, sin embargo, una palabra cuyo origen es curioso recordar. El adjetivo venturoso no entra en la común parlanza de la gente llana. Rivadavia, en sus conversaciones, se extasiaba al arrullo de la esperanza en el venturoso porvenir que aguardaba al país. Sus enemigos hicieron de esta frase un apodo de ridículo, y el que esto escribe la oyó en 1829 andando de boca en boca entre los parciales de Quiroga. ¡Triste cosa! ¡Después de treinta años de desastres, en lugar del venturoso porvenir anunciado, encuéntrase la frase en el fondo de los Llanos, en boca de uno de los bárbaros que alejaron ese porvenir con sus violencias, como encontraríamos en los matorrales un jirón del vestido de un viajero que fue robado y muerto en ellos!

Estos dares y tomares ocurrían en septiembre. En noviembre siguiente una partida de vagabundos, desertores o salteadores que se asilaban en los Llanos, salió de allí y dirigiéndose a las Lagunas de San Juan, saqueó la casa del juez de paz, arreó caballos y ganados, arrebató a una recua de mulas las mercaderías que traía de Buenos Aires, desnudó y despojó de su dinero y vestidos a dos transeúntes franceses, y después de aporrearlos malamente, los llevó con el botín a los Llanos.

Era esto un salteo de caminos calificado, y la revelación de un peligro nuevo para provincia como la de San Juan, separada de las otras por desiertos y soledades que no pueden ser custodiadas. El importante comercio de ganado con Chile exige que la plata boliviana con que se compra en Tucumán y Salta, vaya en cargas, a la vista de todos y conducidas por dos o tres mozos. El salteo de caminos, que no había hasta entonces entrado en los desórdenes de la guerra civil, iba, a no ser reprimido enérgicamente, a paralizar la industria y el comercio de que aquel pueblo vivía.

Iniciada la causa criminal por la deposición de los robados, el gobierno de San Juan se dirigió al de La Rioja pidiendo la aprehensión y entrega de Agüero, Almada, Carrizo, Potrillo, Pérez y cómplices. El gobernador de La Rioja, a su turno, los pidió al general Peñalosa, acompañándole los documentos, y éste le contestó lo que sigue:

"Cuaja,diciembre 12 de 1862.
"El General de la Nación:

"En su mérito (la nota del Gobierno), quedan disueltas esas fuerzas que hostilizaban la tranquilidad de San Luis y Córdoba. Los jefes han entregado las armas que quedan en mi poder, y ellos bajo mi vigilancia. Otras medidas más graves hubiera tomado, señor gobernador, si no estuviera persuadido que esos hombres aleccionados por la experiencia y mejor aconsejados, podrán ser útiles a la nación, pues que son soldados valientes y amigos buenos y leales a la causa a que se adhieren; y que de consiguiente una vez adheridos a la nuestra, nos ayudarán a sostenerla con la decisión que han sostenido la que acaba de expirar. Permítame, señor gobernador, que yo abrigue la convicción que al soldado valiente y al amigo bueno que se desvía, es más prudente de encaminarlo que de destruirlo. - Angel Vicente Peñalosa."

¿Era subterfugio estudiado confesar desórdenes en Córdoba y San Luis, en lugar del salteo de las Lagunas? Lo que hay de curioso son las virtudes de condottieri que sostendrían una causa con el mismo ardor que habían sostenido la contraria. ¿No era el Chacho mismo el más feliz dechado de esta acomodaticia virtud?

De todo esto se dio cuenta al gobierno nacional. La constitución federal tenía establecido "que los actos públicos y judiciales de una provincia gozan de entera fe en las demás", y si los reos de un crimen cometido en una provincia no son entregados por la autoridad de otra, al gobierno nacional incumbe allanar el obstáculo, a fin de que la administración de justicia no sufra embarazo. En el caso presente era más urgente su acción, porque el embarazo provenía de un funcionario suyo, que principiaba sus notas llamándose el General de la Nación, aun en aquella misma que encubría salteadores de camino a mano armada que no tienen asilo ni en las naciones extranjeras. El delito de este jefe, que recibía salario de la Nación, este vez estaba agravado por el ejercicio de la facultad de indultar y conmutar penas que es sólo privativo del poder ejecutivo.

No sabemos que se tomase en consideración en los consejos del gobierno nacional este asunto que tanta inmoralidad encerraba, no obstante que todos los diarios reprodujeron las notas con la novedad que tales ocurrencias, apenas concebibles, debían causar.

El gobernador de La Rioja acompañó este extraño documento, con cuatro palabras que revelaban la desairada posición que ocupaba.

"La Rioja, diciembre 26 de 1862.
"Aunque con bastante atraso por su fecha, se ha recibido por este gobierno la nota de 12 del corriente del general Peñalosa, que en copia legalizada le adjunto, para el conocimiento y resolución de S. E., según el mérito que ella arroja. - Francisco S. Gómez. - José Manía Ordóñez, oficial mayor."

¿Qué iba a resolver el gobierno de San Juan? Así terminó el año 1862. Dos millones de pesos y un millar de vidas sacrificadas iban a ser el resultado de todos estos antecedentes.

Reacción

Bajo los más siniestros auspicios se abría el año 1863 en la región que hemos descrito entre las sierras de San Luis y Córdoba al oriente y la cadena de los Andes hasta Catamarca. La tempestad tiene precursores en el lejano relampagueo de la nube que corona las montañas, ecos en el tronar sordo que precede a la borrasca. La prensa, las discusiones de las cámaras, el tono y el carácter de las reuniones públicas, están mostrando en las sociedades civilizadas el grado de citación de los partidos y los propósitos de sus prohombres. Pero imaginaos una conspiración de oscuros cabecillas, de masas ignorantes que se agitan sordamente en las campañas, o en las más bajas capas sociales de las ciudades, sin ideas, sin periódicos, sin órganos audibles, porque lo que pasa entre peones y paisanaje no llega a oídos de la sociedad culta que vive de otras ideas y de otros intereses, y os daréis cuenta de los síntomas exteriores de este estado de cosas, de los rumores que corren, de algo que se siente y no se ve, sino por la fisonomía insolente de uno, por una palabra que a otro se le escapó por la amenaza de un tercero de lo que ha de suceder después.

Los comerciantes que regresaban de Chile repetían lo que en Los Andes decían sin embozo tres ex gobernadores y varios coroneles de Benavides, Saa o Nazar, los depuestos caudillos de Cuyo que se agitaban allí y recibían mensajeros, noticias y avisos de los movimientos del Chacho, que a la fecha estaría en San Juan, y de Urquiza que había ya ocupado el Rosario. De los Llanos corrían los mismos rumores: la citación sería para la Pascua, contaban con Catamarca y Córdoba; en San Juan con los oficiales de Benavides, en todas partes con partidarios. En San Juan la agitación tomaba formas extrañas y llenas de la malicia candorosa de la ignorancia. El gobierno era masón, según los rumores que corrían entre la gente llana, y había llevado la impiedad hasta hacer de una iglesia una escuela; de una capellanía una quinta normal. La fotografía recientemente introducida, prestaba con sus imágenes asidero a invenciones supersticiosas; y sacerdotes paniaguados con el partido antiguo de Rosas, a quien debían posición y honores, explicaban devotamente desde el pú lpito toda la abominación de la masonería, subentendido que el gobernador era masón, y a él se dirigían aquellas hipócritas conminaciones.

En este estado de fermentación en el interior, uno de los ministros del gobierno nacional escribía al gobernador de San Juan: "Marzo 12. Vamos navegando por un mar de rosas. Viviremos tranquilos. Progresaremos. Usted se contentaría con que viviésemos tranquilos; pero eso es contentarse con poco".

Con motivo de elecciones ocurridas en Chilecito, asiento y plaza de minas, el Chacho había mandado fuerzas, apoderándose de sesenta fusiles y pólvora, añadiéndose prisiones de comerciantes que rescataron su libertad con mercaderías y erogaciones de dinero. Los despojados pidieron auxilio a San Juan donde se estacionaba un batallón de línea; pero habiendo el gobierno nacional apresurádose a declarar seis meses antes que toda la República estaba bajo el régimen constitucional, y no teniendo instrucciones el gobierno provincial para el empleo de aquella fuerza, se limitó a darle cuenta de los desórdenes de Chilecito.

Era claro y sabido que se preparaba una insurrección cuyo centro estaba en Guaja, y cuyos aliados se movían activamente en Aconcagua, de Chile, desde donde mantenían inteligencias con San Juan, Mendoza y San Luis.

El subdelegado de Valle Fértil, encargado de observar los movimientos del Chacho, daba en marzo cuenta de la agitación que reinaba por aquellos pagos, y de las conferencias tenidas en Chepes entre diversos cabecillas adonde había concurrido el Chacho a solemnizar con su presencia la dedicación de una capilla, fiesta que daba ocasión a octavario de carreras, reunión de gentes, y discusión de aquellos negocios que con el salteo de caminos conducían derecho a la destrucción del gobierno nacional.

"En un paraje de la sierra llamado la Jarilla, escribe el subdelegado, Lú car Llanos, Pueblas y Agüero tienen reunidos doscientos hombres, desde donde algo intentan sobre San Luis. Están reuniendo caballadas y citando la gente, dando por pretextos que los Echegarayes se preparaban a invadir los Llanos.

"Conocedor de estos lugares, no extrañe que le diga que el gobierno de San Juan no puede contar con la decisión de estas gentes, y que me considero expuesto el momento menos pensado, no obstante el disimulo con que espían mis movimientos.

"Acabo de saber que ha pasado por la costa de Astica un Ruiz, de Mogna, con gente que dice viene a trabajar a una represa de Peñalosa. Por lo que no trepido en decir a S. E. que se precava, y no esté tan solo, sin una guardia, pues están en inteligencia con los de San Juan. Se habla de una revolución y de la posibilidad de asesinar al coronel Arredondo...

"Me tomo la libertad de suplicar a S. E. no se fíe de nadie y ponga cuidado en la elección de los hombres que lo rodean...

"El chasque sólo sabe que va a ésa, sin conocer objeto, y convendría que V. E. reservase éstas porque importa algo que aquí no se aperciban de nada".

El coronel Sandes, pocos meses antes, había recibido, saliendo de la casa del gobernador en San Luis, una puñalada que le dejó tres pulgadas de hierro clavado milagrosamente en una costilla, y el asesino asiládose en los Llanos, a cuya política servía.

El gobierno de San Juan hacía tiempo se preparaba para hacer frente al desquiciamiento que se veía venir. Podía contarse con la guardia nacional de infantería; pero la milicia de caballería que se forma en los departamentos rurales, simpatiza ahora como siempre con el Chacho.

Como en Buenos Aires hasta Cepeda y Pavón, en San Juan en todos tiempos, la caballería se había desbandado al presentarse todo enemigo, si no se pasaba en grupos a sus filas. Un día después de presentarse Quiroga o Chacho, millares de voluntarios dejaban el trabajo para aclamarlo y tomar parte en las escenas de violencia que seguían. Esta era la tradición local, y el coronel Sarmiento había en muchas ocasiones mostrado la necesidad