Chango Spasiuk: «El chamamé siempre fue subestimado, pero construyó un legado que no se detiene»

Por Belauza – @jbautentico

El acordeonista y compositor editó el álbum «Hielo azul tierra roja» junto al guitarrista noruego Per Einar Watle. En esta entrevista reflexiona sobre la música como una forma de comunicación y reivindica que el género que tanto ama haya sido declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

Ha querido la evolución que los humanos den nombre a las cosas. Pero esos nombres no son los mismos para todos. Cuentan que a partir de ciertos sucesos en la Torre de Babel alguien determinó que cada pueblo hablara un idioma distinto. Una forma de castigo y de distanciamiento social impuesto. Pero a veces la pasión es más fuerte y la música puede ser un vehículo para que los humanos se entiendan más allá de los idiomas. Un ejemplo de esos milagros poco esperados es el encuentro entre el Chango Spasiuk y el noruego Per Einar Watle, y su testimonio más fiel lo constituye la belleza del álbum «Hielo Azul Tierra Roja».

«Había tocado varias veces en Oslo, en el Festival Músicas del Mundo, y en una oportunidad me llegó una especie de regalo al camarín: una carta de Per Einar Watle», revela Spisuk. Watle es guitarrista y compositor y en el texto le decía que algunos temas de su último disco estaban inspirados en la música del Chango.

La carta y la música que la respaldaba se «perdieron» en algún lugar de la valija del Chango. Esas cosas que suelen suceder en las giras, cuando la prioridad y las energías están puestas en prepararse y dar lo mejor en cada show. Pero ya en la Argentina, Spasiuk se puso a desarmar la valija y aparecieron la carta y la música de Watle. «Escuché y me cautivó de inmediato. El sonido, su manera de tocar y de improvisar. Creo que era para la época del mundial de Rusia, en el 2018. Lo llamé un poco antes de que empiece el Mundial y le dije: ‘Per Einar, tenemos que hacer un disco'», recuerda Spasiuk.



La decisión del Chango puede sonar apresurada. Grabar un disco con un virtual desconocido es un escenario peligroso. Pero la sensibilidad y la intuición jugaron un papel importante. El acordeonista y compositor lo explica así: «Sentí que quería abrir una puerta para ir en una nueva dirección en ese momento tan particular en la Argentina, en el que había otro tipo de pandemia. Y cuando encontré la música de Per Einar sentí que era por ahí. Nos juntamos en Oslo y en una semana armamos el concepto del disco y el repertorio. Cuando querés trabajar con alguien los mails o los mensajes por WhatsApp no terminan de alcanzar. Lo grabamos a principios del 2019, el 30 de octubre de ese año salió en Noruega y lo tocamos en vivo en ese mismo festival en el que nos habíamos conocido. Y ahora sale para la Argentina.»

–¿Cuando tocaron en vivo se confirmó eso que habían sentido en estudio?

–¡Sí! Fue una alegría tocar juntos en un escenario. De hecho hay un solo video que está en mi canal de YouTube. A lo largo de todo el año vamos a subir todo el concierto. En los videos se ve la alegría de tocar esa música, tocarla en vivo superó con creces el estudio. Y no te das una idea de las ganas que tenemos de presentarnos en un teatro como el Coliseo, en Rosario o en Córdoba. También porque tengo ganas de que escuchen lo que toca Steinar Raknes con el contrabajo y lo que canta Anne (Gravir Klykken). Es muy bello lo que sucede y cómo conviven universos que aparentemente no tenía ninguna conexión, pero cuando hay sensibilidad y voluntad siempre hay puntos de contacto. También se sumó Marcos Villalba para que le dé un poco de la dinámica y el power que tiene él en su manera más argentina de tocar percusión.

–¿Cuáles son los puntos de contacto entre los folklores de cada lugar?

–Hay un elemento común entre los folklores del mundo: casi siempre están conectados con situaciones rurales. Entonces, de alguna manera, le ha sido fácil traducir al noruego una letra como la de «El Boyero»: es un hombre rodeado por la naturaleza, que trabaja la tierra, ama la tierra y lo que lo rodea. Esas cosas a Watle no le son extrañas, son parte de su contexto y su cultura. Alguien que ha cantado mucha música folklórica tiene mayor fluidez cuando canta algo por primera vez, como que entiende perfectamente los tempos, las entradas, las salidas de un ritmo que nunca había cantado. Eso me parece que es como las horas de vuelo de la música folklórica por más que sean de otras músicas, otros idiomas. Lo que hicimos no es ni siquiera una fusión: es un encuentro entre el repertorio del Per Einer y los propios noruegos con mi propio repertorio, en el que las tradiciones se encuentran en un punto medio en el que es espontáneo y natural para ambos.

–El disco tiene como oleajes, como si fuera un mar que llega y se va y aparecen otras series de olas. ¿Eso se buscó?

–Cuando surfeás esperás la mejor serie, y después se calma y después vuelve otra serie. Pero eso no es tan mental. Uno va tocando y dice qué bien esta canción y qué bueno que ahora va esta y después aquella. En un momento el desarrollo del proyecto teníamos tremendo artista tocando en el ensamble, como Steinar, que no es un sesionista, es un artista súper conocido: tenemos tremendo artista en este proyecto, deberíamos tocar una canción de Steiner. Y ahí es donde apareció «Folks and People». Y cuando me tradujeron la letra me sorprendió mucho: dice que hay personas que caminan, pero otras vuelan, hay personas que piden, otras que dan. «Esto es Eduardo Galeano», dije. Y se me ocurrió que estaría bueno leer un pequeño texto de Eduardo Galeano dentro de «Folk and People». Y así es como se terminó armando esa canción. ¿Qué tiene que ver eso con el chamamé o con una canción en inglés? Uno no está pensando en eso, sino cómo suena y cómo emocionalmente te sentís conectado con ciertas texturas y vas armando esa narración. No es que estás pensando y acomodando las piezas para que entren de una manera u otra, funciona porque nos gusta cómo suena.

Acaso por eso de crecer sin necesidad «de estar acomodando las piezas» es que sólo le produce alegría la noticia de que la Unesco declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad al chamamé. «De alguna manera es una herramienta más para hacer lo que queremos hacer. El chamamé siempre fue subestimado, pero construyó un legado que no se detiene. Sobrevivió a un circuito que no le inyectó dinero pero así y todo a la industria del disco el género le dio muchísimo dinero. El chamamé tuvo una expansión y un desarrollo contra viento y marea. Eso te invita a pensar qué sucedería creando mejores condiciones institucionales, colectivas, culturales. Después si va a suceder o no, no lo sé. Pero uno no puede dejar de pensar en pioneros que sin saber que existía la Unesco hacían su trabajo y dedicaron toda su vida al chamamé, a dejarnos un legado, una tradición en la que cuando nací me paré y dije: «Me puedo expresar a través de algo que estos artistas me dieron, con moño y todo, diciendo: ‘si te gusta lo podés usar para expresar tu propia vida, caminar el mundo y contar tu parte dentro de todo este lenguaje.'»

La subestimación histórica no es motivo para que Spasiuk desconfíe de la iniciativa, muy por el contrario. «Me parece que es jugar las reglas del juego. Si vivimos en un mundo que se conecta de muchas formas, y una de esas formas son las formas institucionales, evidentemente hay que articular esos mecanismos también. No quiere decir que ese mecanismo valga mucho más que todos los demás. Pero si ese mecanismo está, ¿por qué no utilizarlo? Si hay un Instituto de Cultura que quiere hacer un trabajo burocrático, institucional, y lo hace muy bien, ¿cómo no lo vamos a reconocer cuando la mayoría de las veces uno está apuntando a las instituciones que hacen mal su trabajo? Señores: aplausos, felicitaciones por ocuparse también de esto en las reglas de juego que corresponde al juego institucional, burocrático, gubernamental y toda esa cuestión cultural en esa dirección.»


Hielo Azul Tierra Roja
Un disco del Chango Spasiuk y Per Einar Watle. Spasiuk (acordeón), Watle (guitarras), Steinar Raknes (contrabajo/voces), Marcos Villalba (percusión/guitarra), Kenneth Ekornes (percusión) y Anne Gravir Klykken (voz). Disponible en todas las plataformas de música.


Preguntas y más preguntas

Como artista que intenta comulgar con la tierra, Chango Spasiuk tiene más preguntas que respuestas frente a la pandemia. «Es muy interesante este momento del mundo. Por alguna razón, lo tenemos que vivir nosotros. A mí me surgen más preguntas que conclusiones. ¿Realmente va a cambiar el mundo o va a seguir siendo lo que era? Porque parecería que nos impacta, nos moviliza, pero cuando ves que hay un montón de actitudes colectivas, comunitarias, que no han cambiado mucho, cuando esto quede atrás el mundo va a seguir siendo exactamente igual. ¿Estamos tan mal que podemos poner la economía al mismo nivel que la salud? ¿Cambia esa mirada si la salud de un hijo, un padre, un hermano o tu pareja se quiebra? ¿Este momento tan particular nos ha empujado a desarrollar más empatía y conexión con todo lo que nos rodea? Son preguntas que me hago agresivamente, trato de que me empujen a reflexionar un poco más y ‘mejorar’, poder acomodar algunas cosas y resignificarlas en mí todos los días, en todos los planos y aspectos del pensamiento y prácticos de la economía doméstica».

Esa empatía tendrá que ponerse en juego a fondo si se quiere que todo lo que mueve el arte subsista. «Es muy complicado producir en este contexto, habrá que desarrollar comunitariamente un diálogo mucho más profundo con las instituciones para poder reinstalar un poco el circuito, que está tan desmantelado, buscar maneras de producir y coproducir para crear espacios y volver a reactivar».

Relecturas personales y sociales

En un mundo que parece venirse abajo, escuchar a Spasiuk (en música y palabras) resulta una experiencia singular: sin comparar dimensiones, como la naturaleza, siempre da esperanza. «Muchas veces nosotros mismos no nos cuidamos, entonces la mirada del otro nos invita a pensar, te está dando una señal de respeto y te hace prestar un poco más de atención sobre lo que tenés», reflexiona sobre la declaración de la Unesco. Y cree que llega en un buen momento, ya que la pandemia también «invita a resignificar las cosas, a rever un poco, como argentinos, de qué piezas estamos hechos. Es bueno volver a mirar, y reconocerlo y resignificarlo en esa construcción de una identidad nacional o sudamericana. Invita a muchas lecturas personales y colectivas». De esas nuevas lecturas que el tiempo reclama, espera que lleguen las posibles soluciones: «No es falsa humildad, pero es bastante bueno tratar de ver las limitaciones de uno; estamos parados al revés: vemos una pequeña porción del todo y creemos que sabemos qué es lo que hay que cambiar».

Tiempo Argentino

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