Chicas lindas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Selva Almada

Foto: Rocío García / ANCCOM

1

Mi amiga Romina y yo queríamos ser grandes, dos señoritas como sus primas, la Zuni y la Diana, que además de ser primas suyas eran mis vecinas. Pero nos faltaban más de diez años para alcanzarlas y por el momento sólo podíamos revolotear a la vuelta de ellas, ser testigos de sus preparativos para el baile, el novio, la noche de sábado.

Todo empezaba después del mediodía entre mates de té y cigarrillos que las chicas fumaban a escondidas de su madre que a esa hora dormía la siesta. Se lavaban el pelo con agua de lluvia y luego de desenredarlo muy bien con un peine fino, mojado así como estaba, se iban sujetando de a mechones con montones de pincitas metálicas, una al lado de la otra, en esta faena que se llamaba “hacerse la toca”. Cuando terminaban parecían androides salidos de una película de ciencia ficción con el cráneo así, todo cubierto de metal. Después venía aplicarse en el rostro mascarillas caseras que preparaban siguiendo las recetas de la revista Para Ti. Afeitarse las piernas y las axilas. Pintarse las uñas de las manos y de los pies. Tomar un poco más de sol en los hombros y la espalda porque se imponían los soleros escotados y sin breteles y en esa época nunca se estaba lo suficientemente tostada para estar a la moda, sobre todo las chicas que eran tan blancas, tan gringas.

¿Cómo sería ir a un baile? Estar toda la noche fuera de casa bailando, bailando, y volver cuando empezaba a clarear.

¡Tener novio! La Diana lo tenía al Miguel que era camionero y también del barrio. La Zuni lo tenía a Vikito que era medio tarambana y su familia no lo aceptaba. A veces la Zuni caía llorando a mi casa porque había tenido alguna pelotera con su madre por el tema del novio.

—A mí no me importa lo que digan —decía—: el Viki es bueno. Usted sabe que es bueno, Julia.

Y mamá le decía que sí, que era bueno, que ella lo sabía porque lo conocía desde nene. Y bueno era, pero le gustaba demasiado el trago. Por esos años nadie, ni mi mamá que lo conocía desde chiquito ni la Zunilda que enfrentó a toda su familia para casarse con él, hubiera dicho que un mal día de esos, un 23 de diciembre, el Viki iba a matar a cuchilladas a un tipo en una pelea de bar.

Aquel día aciago todavía era lejanísimo e impensable.

La Diana y la Zuni todavía eran solteras y recién empezaban a noviar con sus futuros esposos. Eran dos muchachas felices y cabezas huecas que se pasaban el día riéndose y tomándose la vida con soda. Siempre estaban en mi casa porque eran amigas de mi mamá que tenía pocos años más que ellas y era una especie de confidente.

Al lado de mi casa había construido un solterón del campo que estaba por casarse con otra vecina nuestra que las chicas no podían ni ver. La cuestión es que el tipo siempre las estaba mirando. Las miraba porque eran lindas y porque era medio pajarón. No va que una tarde estábamos tomando mate en el patio y la Diana lo pesca al vecino espiando atrás de la ligustrina que dividía los terrenos. Así que ahí nomás se para, se levanta la pollera, se baja el calzón y le muestra el culo. Lo que nos reímos esa tarde y para todo el viaje. La Zuni lloraba de la risa. La Romina y yo nos revolcábamos en el piso: estábamos tan tentadas que parecía que nos había agarrado la corriente por las contorsiones que hacíamos con el cuerpo. Mi madre quiso poner un poco de orden y buen juicio, pero la situación era tan hilarante que no pudo más que entregarse a esa onda expansiva de risa que había explotado en el patio y que subía hasta la copa de los árboles, hasta el techo de la casa, hasta el cielo tan azul ese verano. Una bomba el culo de la Diana detonando en la cara misma del gringo que no habrá visto un trasero más lindo en su puta vida.

Qué lindas que quedaban cuando terminaban de alistarse el sábado por la noche. Vestidas y maquilladas, lo último que hacían era desarmarse la toca. La Romina y yo las ayudábamos a quitarse las pinzas y, parecía mágico, el cabello caía, lacio y sedoso, llovido hasta la mitad de la espalda. Después nos sentábamos con ellas en la vereda a esperarlo al Miguel que pasaba a buscarlas con su auto para irse al baile. Llegaba el Miguel y pegaba un bocinazo. Él también de pinta, recién bañado y afeitado, la camisa impecable. Las chicas corrían adentro de la casa a buscar la cartera o hacer pis y mirarse una vez más en el espejo. Mientras, nosotras nos acercábamos al auto y muy serias y sin decir nada nos bajábamos un ojo con el dedo índice advirtiéndole que se portara bien. El Miguel, riendo, nos devolvía el gesto: Ojito ustedes, mocosas atrevidas.

2

La Romina era mi amiga de verano. Vivía en otro pueblo y venía a pasar las vacaciones largas a lo de su abuelo, Don Pascual.

Don Pascual era el hombre más rico que yo conocía y era nuestro vecino. Era chacarero y dueño de cientos de hectáreas en la zona. El sitio donde se levantaba su casa, una verdadera mansión en un barrio de obreros, abarcaba media manzana. Sobre la avenida estaba construida la casa, al lado un gran tinglado y al fondo otro, más modesto. En estos dos galpones acopiaban las bolsas de granos y en el resto de terreno libre siempre había tres o cuatro máquinas estacionadas: trilladoras, tractores, arados. Nos encantaba jugar allí, treparnos y conducir los armatostes dormidos como si los gigantescos John Deere fuesen autos de calesita. Caminar por el eje del arado metiendo las piernas desnudas entre los discos pulidos como espejos era el juego más peligroso y también el más excitante: los pies descalzos transpiraban y la barra de hierro se volvía resbaladiza, por lo que era necesaria una gran concentración en el asunto. Cuando llegábamos a un extremo hacíamos un saludo de gimnasta; éramos una mezcla de Nadia Comaneci y asistente de un lanzador de cuchillos.

Yo la quería mucho a la Romina, pero ella era una chica tan posesiva que a veces me daba miedo.

Le gustaba pasar los veranos en lo de su abuelo porque todos eran grandes. Don Pascual vivía con su hija viuda, la Tita, y las dos nietas, la Diana y la Zuni; la otra hija de la Tita, Olga, ya estaba casada. Así que toda la atención de la casa era para ella: la más chica de la familia.

La Romina era bastante malcriada y acostumbrada a hacer su voluntad. Tenía un solo hermano, un par de años mayor: un pillado. Yo era la única amiga que tenía durante las vacaciones.

En uno de los galpones, en el más nuevo, habían hecho una piecita de material para el Luisango, un peón joven a quien Don Pascual quería como a un hijo. En el verano el Luisango siempre estaba en el campo, se quedaba semanas enteras allí trabajando en la cosecha. Así que con la Romina usábamos su pieza para jugar. Nos metíamos ahí horas enteras y revisábamos sus cosas, que eran pocas: algo de ropa y una pila de revistas porno. Cerrábamos la puerta con llave y jugábamos a copiar las poses de las mujeres de las fotos o pasábamos el rato tratando de interpretar las escenas grupales donde se entrelazaban los cuerpos aceitados, lampiños como los nuestros, de las chicas más bien caderonas y con pechos de las formas más diversas: aún no había llegado la uniformidad de las siliconas por lo que aquellas revistas eran un catálogo bien nutrido y heterogéneo de tetas. Con mi amiga elegíamos cuáles nos gustaría tener cuando fuésemos grandes: si estas como gotas, aquellas grandes y pezonudas, volcadas hacia los sobacos, o las otras, bien patrias, redonditas y con la escarapelita marrón bien en el centro.

Sin embargo, el juego se agotaba rápidamente. Estábamos en pleno enero y el calor en la piecita sin ventanas y con la puerta cerrada se hacía insoportable. El calor y el encierro revivían los olores nada santos del Luisango, del colchón pelado, la ropa colgada de un gancho en la pared y el par de zapatos que sólo usaba las noches de baile.

En esa época sólo sabíamos del sexo su mecánica: una suerte de juego de encastre limpio, insípido e inodoro. Pero estábamos en la habitación de un macho joven y sano y aquel olor entre acre y dulzón que al cabo de un rato tragábamos con la boca abierta como pescados empezaba a marearme. Quería salir de allí a toda costa, pero la Romina escondía la llave en algún lugar que nunca pude descubrir.

Empezaba a hablarle como distraídamente, a proponerle que saliéramos a escalar las pilas de bolsas que llegaban casi hasta el techo del tinglado.

—Juguemos algo: la que llega primero se lleva un premio.

—Si estamos tan bien acá… si subimos a las bolsas después nos pica todo.

Era cierto: el polvillo de los granos con restos de pesticida nos llenaba el cuerpo de ronchas, pero prefería eso a estar en manos de esta niña secuestradora.

—Ya debe ser la hora de los dibujitos —decía yo al pasar.

—No —decía ella consultando su relojito de plástico—, todavía falta.

—Me estoy meando, Romi.

—Hacé acá —me decía la muy turra juntando las dos manos.

—Dale, Romi, por favor, que me falta el aire.

—No —respondía seria—, nos vamos a quedar un rato más.

—Abrí la puerta por lo menos, te juro que no me voy, por que se caiga muerta mi hermanita que no me voy.

—No. A ver, haceme las trenzas y después vemos. —Y se soltaba el largo pelo que le iba hasta debajo de la cintura.

Me arrodillaba en la cama y empezaba a trenzarle el cabello. Sentía el picor del llanto en los ojos.

—Después salimos… un ratito nomás —le decía ya completamente aterrorizada— y volvemos: hago un pis y vuelvo, te juro.

Ella nada.

A veces terminaba de peinarla, se miraba en un espejito redondo que el Luisango tenía en la pared y le gustaba, aunque no lo decía. En cambio, abría la puerta.

—Estoy recontra aburrida, chau —decía y se iba.

Otras veces no le gustaba y se las deshacía a los tirones, arrancándose hebras de pelo.

—Hacelas de nuevo: son un asco.

Cuando por fin me liberaba, volvía a mi casa toda transpirada y con los ojos colorados. Mi madre tejía a máquina —trabajaba de eso— y mi hermanita jugaba debajo de la mesa sobre una manta, todavía no sabía caminar. Me acostaba con ella ahí abajo y miraba el revés de la tabla de la mesa, los huevos de las arañas como perlas de seda en las junturas, las piernas tostadas de mi madre. Cerraba los ojos y me dejaba consolar por el ruido seco del carro de la Knittax yendo y viniendo sobre los dientes de plástico. Racrac, rac-rac.

3

Despuntábamos las últimas horas de la tarde jugando en la calle de tierra, con las patas negras y el pelo desgreñado. Aunque el sol era un poco más débil, a la tardecita todavía apretaba el calor. Un vecino estaba quemando pasto y porquerías en la vereda. Una cortina de humo espeso cortaba la calle por la mitad. Nos turnábamos las bicicletas, dos o tres, siempre éramos más los niños que las bicis, agarrábamos envión y atravesábamos el muro negro a todo dar. Una vez del otro lado había que clavar los frenos porque ahí nomás pasaba la ruta camino a Villaguay, muy transitada por camiones, sobre todo a esa hora: los camioneros prefieren viajar cuando empieza la fresca. Apretar bien fuerte los frenos y girar un poquito el manubrio para no terminar desparramados en el asfalto. Los más experimentados hacían el giro con elegancia y quedaban con la bicicleta atravesada en la calle, un pie en tierra y el otro sobre el pedal quieto. Antes de volver, había que tomarse unos minutos para aclarar la vista porque siempre algo de humo entraba en los ojos. Otra vez a agarrar velocidad y pasar como esos perros de circo que atraviesan limpiamente un aro de fuego. A la vuelta no había que frenar de golpe, sino parar los pedales y dejar que la bici siguiera su curso hasta el badén. Los que siempre estaban para más, ahí soltaban el manubrio y se cruzaban de brazos o nos tiraban besos con las dos manos como si fueran princesas. Los que volvían apestaban a humo y tenían virutas negras pegadas al cuerpo sudado.

De no haber pasado lo que pasó, una buena nos habría esperado a todos y cada uno en casa por volver tan sucios y ahumados.

Pero la sirena puso fin al juego. Escuchamos atentamente. Conocíamos el código: dos toques significaban accidente y tres, incendio.

Ese verano sin lluvias nos habíamos cansado de escuchar los tres toques. A cada rato se desataban incendios en El Palmar y todos los bomberos de la zona iban a prestar ayuda. Se decía que durante los incendios los animales huían en estampida hacia la ruta 14. Muchos eran atropellados por los automovilistas. Se podía ver de todo, decían: desde yararás hasta guazunchos y zorritos. Ni hablar de las bandadas de pájaros que formaban manchones oscuros en el cielo y las copas de los árboles que bordean la ruta.

Esta vez la sirena sonó dos veces. Esperamos al borde de la decepción el tercer toque, pero nada.

¡Accidente!, gritamos levantando los bracitos como si hubiésemos completado un cartón de lotería.

En eso llegó uno de los nuestros que había quedado del otro lado de la barrera de humo. De ansioso dejó la bicicleta tirada y vino corriendo.

¡Vengan! ¡Vamos a ver! Parece que hubo un accidente en las Cuatro Bocas.

Las Cuatro Bocas, ese lugar maldito era noticia otra vez.

Fuimos hasta el boulevard que divide la ruta que entra y sale del pueblo. Pasó el carro de bomberos y atrás la ambulancia. Toda la gente ya estaba en la vereda. Algunos con pequeñas radios portátiles esperando que el programa de la tarde fuera interrumpido por la musiquita que anunciaba las noticias de último momento. Pero la emisora estaba en Colón y probablemente tardaría un poco en llegar la noticia al estudio para que el locutor la leyera en el micrófono y viajara por el aire hasta nosotros que estábamos apenas a dos kilómetros del cruce funesto donde aparentemente había ocurrido el accidente. Si no había muertos, no dirían nada hasta la mañana siguiente.

A los quince o veinte minutos vimos pasar nuevamente la ambulancia; la sirena roja, más roja y encendida porque ya había caído el sol y empezaba a oscurecer. Pasó a los piques rumbo al hospital.

Uno de los vecinos no dudó en parar al primer automovilista que llegó desde esos lados. El hombre era un forastero. Dijo que un auto había atropellado a una nena. No sabía si estaba viva o muerta. Cuando él pasó ya habían levantado a la criatura, pero había mucha sangre en el pavimento y sobre el capot del coche, que había quedado en la banquina. Dijo que vio al conductor agarrándose la cabeza y pegando puñetazos en el techo del auto. No pudo ver más porque los bomberos lo obligaron a retomar la marcha, pero que, por lo poco que alcanzó a ver, aquello estaba muy feo.

Se hizo un gran silencio. El hombre del auto se quedó un momento con la cabeza afuera de la ventanilla y una mano en el volante mirando al grupo de mayores que lo había rodeado, como esperando nuevas preguntas que mantuvieran su protagonismo. Sonreía amablemente. Pero la gente se separó enseguida del vehículo, despejándole la calle. Su ruta, parecían decirle sus caras serias, como si junto con el tipo fueran a largarse las malas nuevas. No tuvo más remedio que dar marcha y seguir su camino. Antes de arrancar preguntó por algún hotel donde pasar la noche, pero nadie le respondió.

¡Una nena! ¡Habían atropellado a una nenita! ¿Quién podía ser? De inmediato empezaron a tejerse las conjeturas.

En esa zona había pocas casas porque ya prácticamente empezaba el campo. Estaba el Parador de Reymond, pero el Luis sólo tenía varoncitos. Después estaban los Brem, una pareja ya mayor: ¿podría ser alguna nietita de los Brem que estuviese visitándolos? Una señora dijo que no, que ella era amiga de Rosa Brem y que la Rosa siempre se le quejaba porque los dos hijos casados no le daban nietos. Alguien mencionó dos o tres familias nuevas que habían poblado por ahí. Porteños. Podía ser que tuviesen chicos.

Mientras los grandes hacían sus elucubraciones, nosotros, los niños, hicimos rancho aparte en el boulevard: algo muy serio le había ocurrido a uno de los nuestros. Adentro de esa ambulancia llevaban el cuerpo gravemente herido o hasta muerto de una nena como yo, o la Romina, o cualquiera de las chicas de mi grado.

Si la víctima de ese accidente sobrevivía, nos despertaría envidia con sus vendajes, yesos, clavos y mangueritas entrando y saliendo de su boca, nariz y brazos. Hasta saldría una foto suya en una cama de hospital en la tapa del semanario El Observador que dirigía Retamoza. De la noche a la mañana todos estarían hablando de ella y hasta les pondrían su nombre a las bebas que nacieran en esos meses.

Pero ¿y si moría? Quería decir que los chicos también pueden morirse. La revelación nos sacudió a todos como una paliza.

Uno de los varones —¡tenía que ser!— dijo:

—Si está muerta ya se debe haber convertido en ángel y estará en el cielo con la Virgen Niña (la patrona de nuestro pueblo).

—Callate, vos —le gritamos todos—. No seas bicho de mal agüero.

Hablar de convertirse en ángel como de convertirse en la Mujer Maravilla o en Superman, el muy paspado.

Enseguida empezamos a escuchar nuestros nombres voceados en la nochecita: Gustavooooo, Mataquito, Luis Maríííííía, Patricia, Andreíta, Selva, Romi, Jorgito, Dardo, Rauli, Nango… nuestras madres nos llamaban a su lado con urgencia y el timbre un poquito quebrado, pensando seguramente en esa madre que ahora mismo tendría el corazón roto.

Como nunca, enfilamos derechito hacia nuestras casas y ese día no hubo ninguna pataleta a la hora de bañarse.

Aunque yo ya me arreglaba sola, mi madre insistió en secarme y desenredarme el pelo. Para ello me sentó en la falda y estuvo un rato larguísimo pasándome el peine, demorando el momento de dejarme ir.

Mi padre había sacado la televisión a la vereda como el resto de los vecinos. La noche estaba iluminada por las pantallas encendidas, en blanco y negro, y el humo de los espirales flotaba al ras del piso.

Esa noche no hubo jugar en la calle ni seguir en banda un programa de tele de casa en casa. Nadie tenía ganas de andar escorchando por ahí.

Mi mamá nos sirvió un vaso alto lleno de granadina a mi hermano y a mí. Me puse contenta porque me encantaba y no la tomábamos todos los días. Pero cuando levanté el vaso para llevármelo a la boca y vi el líquido púrpura, me acordé de lo que había dicho el tipo del auto, de toda la sangre que había visto en el asfalto, y se me hizo un nudo en la panza.

Tarde en la noche nos enteramos de que la nena había muerto. Se llamaba Carina. Yo la conocía de vista. No iba a mi escuela.

4

Me encantan las terrazas. Todo cemento. Ni una gota de sombra. En el pueblo casi no hay casas con terraza. Las casas tienen fondo con pasto y árboles. O grandes patios prolijamente embaldosados. Nadie piensa en una terraza. Las terrazas son para las casas de la ciudad que se encastran unas con otras como rastis.

Me acuerdo una tarde.

La tía de mi amiga tomaba sol en la terraza. Tenía unos pocos años más que nosotras. Entonces parecían un montón.

El cabello recogido. Sólo la bombacha verde del bikini, bien cavada, como se usa.

Mi amiga controlaba el tiempo en su pequeño reloj a cuarzo. Mirándola las dos con las patas metidas adentro de la pileta de lona.

Veinte minutos justos, boca abajo.

Tiempo cumplido.

Girar boca arriba. Antes de volver a echarse en la loneta, colocarse dos algodones con crema humectante en los pezones.

—Si los toca el sol, después te da cáncer —me explica mi amiga en voz baja como confiándome un secreto importantísimo.

Por leer las revistas de su tía ella sabe un montón acerca de tumores femeninos, ciclo menstrual y tipos de beso.

Desde allí podíamos ver la canchita de fútbol de la escuela. Las aulas del fondo con las persianas bajas. Todo desierto porque es verano.

Atrás de la casa, el padre de mi amiga tiene un aserradero. Uno grande. Los troncos entran en los camiones, cilíndricos y gigantes, y salen convertidos en delgados listones. Con los recortes, fabrican cajones para fruta. Cabezales, mejor dicho: el cajón se termina de armar en otra parte.

Cuando se encienden las sierras eléctricas hay que subir a tope el volumen del pasacassette y saberse muy bien la canción para reconocerla a pesar del barullo de las máquinas.

La madre de mi amiga se queja. Tiene una casa preciosa, recién terminada, muebles nuevos, pero por más que se pasa el día limpiando siempre hay polvillo de madera en todas partes. Y cada vez que traen carga de Misiones hay que andar con cuidado porque las arañas que vienen en los troncos dos por tres se meten en la casa.

Nosotras no tenemos edad para tomar sol así como ella, con bronceador y sin corpiño. Quizá el verano próximo, cuando terminemos séptimo.

—Vos sí que tenés suerte —me dice la tía mirándome las patas flacas que me salen del shorcito—, agarrás color enseguida. No como nosotras que somos dos chorros de leche.

Y nos dice que vayamos a ver si alguno de los empleados la está espiando. Siempre agarramos a uno o a dos. De los más jóvenes que son los que hacen cabezales. Ellos pueden distraerse de los martillazos y engordar la vista un rato. Los hombres más grandes, que manejan las máquinas, no pueden. La distracción podría costarles una mano y hasta el empleo si el patrón se da cuenta de que descuidan las sierras para mirarle la hermana.

5

Éramos tres amigas: Mara, Dalia y yo. A Dalia durante el verano la vemos poco. Tiene que quedarse cuidando a sus hermanos más chicos y por la tarde trabaja de niñera en una casa. A veces cuando los lleva a la plaza, Mara y yo vamos con el mate y le hacemos compañía y estamos las tres juntas de nuevo.

Antes de conocer a Dalia también éramos tres amigas. Y cuando Dalia llegó a la escuela, por unos pocos meses, fuimos cuatro. Pero cuatro no es un buen número. Tres, es perfecto. Abandonamos a la otra. Dalia venía de otro barrio y de otra escuela. En ella todo era novedad. Se puso feliz cuando la elegimos. Siempre hacía todo por agradarnos y tenernos contentas. Creo que en el fondo tenía miedo de que un buen día apareciera otra chica y Mara y yo la olvidáramos.

Hay una época, ese período de tiempo entre los once y los trece años, en que la amistad entre chicas es algo especial. Tiene poco y nada de fraterno y se parece bastante más al amor. Diría que nosotras nos queríamos como novias. Nos celábamos, nos extrañábamos y estábamos al pendiente de las otras día y noche.

Las tres llevábamos diarios íntimos. A esa edad una siempre tiene un diario, siempre al día, aunque no pase nada extraordinario, se anotan pavadas, qué hubo de almuerzo o sobre alguna remerita que vimos en una vidriera y nos gustaría tener.

Mara y yo escribíamos obsesivamente nuestros diarios. Dalia, en cambio, tenía uno porque nosotras se lo habíamos regalado cuando nos hicimos amigas.

—Tenés que escribirlo todos los días —le explicamos cuando lo sacó del envoltorio y nos quedó mirando.

—Es un diario íntimo.

—¿Y para qué? —dijo Dalia.

—Bueno, ahí escribís tus pensamientos, tus cosas. Para desahogarte.

Pero Dalia no tenía tanto tiempo o tantas ganas de desahogarse como nosotras y a veces pasaba semanas sin escribir una línea en su diario. Nos dábamos cuenta cuando llegaba el día de intercambiarlos, dos o tres veces al mes, porque entre mejores amigas no hay secretos ni diario realmente íntimo. Se notaba que la noche antes del intercambio, Dalia se quedaba hasta tarde completando las páginas vacías de su diario, ayudada por un almanaque de bolsillo para no pifiarle a las fechas. En las primeras páginas escribía una cosa distinta cada día, pero se cansaba enseguida y repetía cuatro o cinco veces lo mismo, de corrido, como si sus días fuesen un calco exacto uno de otros. A veces anotaba que habíamos hecho tal cosa en una fecha en que ni siquiera nos habíamos visto. O se inventaba una tarde idílica con su familia, muy a lo Luisa May Alcott, cambiando los nombres de los personajes por los de su madre y hermanos y ubicando el relato, por supuesto, en un paisaje sin nieve.

Nosotras nos dábamos cuenta y nos fastidiaba que no pusiera el mismo empeño en su diario que Mara y yo. Que no lo tomase en serio. Después de todo, nosotras volcábamos todo ahí. Quizás mentíamos un poquito, a veces, pero sólo para hacerlo más interesante.

El tráfico de diarios íntimos terminó el día que la madre de Dalia interceptó uno de los nuestros, el mío o el de Mara, no recuerdo, y leyó que un fin de semana que nos quedamos a dormir en casa de Mara pues sus padres, que se habían hecho evangelistas, se habían ido a un retiro espiritual de matrimonios, habíamos estado practicando besos de lengua. Entre nosotras. En esa época no hubiésemos dejado que ningún varón nos besara.

La madre de Dalia era una mujer bruta. Había tenido demasiados hijos juntos y arreglaba todo a los golpes. Esa vez le pegó mucho a Dalia y le dijo que no iba a permitir una tortillera en su casa. Esa palabra nos indignó muchísimo. No estábamos haciendo nada malo. Sólo ensayábamos para cuando nos tocara besar a un chico de verdad.

Durante los recreos, las hermanas de Dalia nos cantaban tortitas de manteca. Hasta que con Mara nos hartamos y las agarramos en el baño. Ellas se habrían criado en el Tiro Federal, el barrio más pesado del pueblo, pero nosotras estábamos en séptimo, éramos abanderada y escolta, dirigíamos el periódico de la escuela, y no íbamos a dejar que unas pendejas cursientas nos agarrasen de punto. Nunca más volvieron a joder con el cantito. Creo que ni cuando nació el hermanito más chico se animaron a cantarle la canción.

6

La tía de mi amiga es apenas mayor que nosotras. Entonces ella no le dice tía. La llama por su nombre. Antes la llamábamos por su sobrenombre. Pero después nos dijo que no le gusta que le digamos así. Que le digamos su nombre, pues el otro, el que usa en el ámbito familiar, es tonto y las amigas se burlan.

Cuando sea un poco más grande, Mara quiere ser como su tía. No va a ser igual porque Mara ya es más linda. Y en el fondo, aunque no se lo diga, espero que no se parezcan en nada más que el apellido. No me gustaría ser amiga de Mara si ella es como su tía, pues no me caben las amigas de su tía. Aparte todo el mundo sabe que la tía y su grupo son una manga de pilladas. Se creen chicas lindas.

Lo que sí me gustaría es tener las tetas grandes de la tía de Mara que es muy flaca pero tiene las tetas muy grandes. Igual ya sabía que nunca tendría esas tetas. No sabría nada de genética, pero podía intuir que las tetas grandes o se heredan o se fabrican. No hay vuelta.

La tía de Mara iba al colegio privado, el Comercial, donde usan trajecito azul y corbata roja. Yo no iba a ir a ese colegio, sino al Nacional, el del Estado, donde las chicas usan guardapolvo blanco igual que en la primaria y podés ir de vaquero y zapatillas excepto en los actos, donde hay que ponerse medias azules tres cuartos y guillerminas negras.

Estábamos prácticamente en séptimo y Mara todavía no sabía si ir al Nacional conmigo y Dalia o al Comercial como su tía. Como su padre era bastante rico, seguramente la mandarían al privado. El Comercial era para los del campo y para los hijos de los nuevos ricos. Los ricos de siempre, los que tenían apellidos que nombraban calles, iban al Nacional. Y los pobretones también íbamos al Nacional, pero siempre nos tocaba la división francés. Un idioma que según decían no servía para nada.

Al final, Mara el primer año no fue a ninguno de los dos, pues su padre la fletó de interna a un colegio adventista que quedaba en un pueblo a más de doscientos quilómetros. Ellos eran evangelistas, pero los evangelistas no tenían colegio y ahí en el pueblo era lo mismo. Todos los que no fuesen católicos, eran lo mismo.

Pero ese verano todavía no sabíamos nada cierto sobre nuestro futuro. Mientras la tía se asoleaba, con Mara hablábamos de las ventajas y las desventajas de ser del Nacional o del Comercial.

Mi madre había ido al Nacional y mi hermano iba al Nacional. Yo le decía que si vas al Nacional después podés estudiar cualquier cosa porque te prepara para todo. En cambio, si vas al Comercial no te queda otra que ser contadora pública.

Okay, me decía Mara. Su tía siempre decía okay y se nos había pegado. Pero pongamos por caso que no seguís una carrera, si estudiaste en el Comercial tenés trabajo seguro en lo del Patón Eggs. O de última en el banco o en la cooperativa arrocera.

(El Patón Eggs es el millonario del pueblo. Todos le dicen Patón de puertas para adentro; en público es Néstor. El apodo le viene de cuando era muy pobre y andaba descalzo los días de lluvia porque sólo tenía un par de zapatos. Pero esa es otra historia.)

Me parecía un anhelo mediocre trabajar en la empresa de pollos del Patón. Mi padre, que es letrista, en esa época le pintaba los camiones y yo sabía que pagaba mal. Todos saben que paga mal y es un negrero. Yo nunca iba a trabajar en la empresa del Patón. Antes me muero de hambre, le dije a Mara. Yo iba a ser periodista.

7

Donde terminaba el aserradero del padre de mi amiga empezaba una manzana baldía. Un enorme predio con una gruta construida con piedras donde había una imagen de una santa.

En ese lugar se instalaban los circos y los parques de diversiones.

—¿Te acordás de Claudio?—, le dije a Mara.

Claudio era el chico más hermoso que habíamos visto en la vida. Había venido con un circo, ese año, y fue con nosotras dos o tres semanas a la escuela.

—¿Quién? ¿El hijo del director?

—No. Ese no. Claudio el del circo.

El hijo del director y de la que había sido nuestra maestra de tercer grado también se llamaba Claudio y también nos había parecido lindo cuando éramos más chicas.

—Ah, sí. Qué lindo era—, dijo Mara volviendo su rostro hacia el baldío.

El chico del circo era precioso. Tenía la piel aceitunada y los ojos azules. En esos pocos días que estuvo en nuestro grado nunca nos dirigió la palabra. Se juntaba sólo con los varones.

Una vez, en una clase de educación física, nos hicieron correr una carrera. Era una competencia. Corríamos de a cinco. Alguien ganaba.

La cuestión es que cuando le tocó correr a Dalia, Claudio apostó por ella.

Dalia tenía una camperita amarilla huevo que siempre usaba los días frescos. Una prenda pasada de moda, brillante, tramada en fibra sintética, con un dibujo que formaba como globitos.

Cuando las cinco chicas largaron, Claudio les dijo a los otros varones: le voy a la de campera amarilla. Y Dalia ganó esa carrera.

Mara y yo nos morimos de envidia.

No es que al chico del circo le gustase Dalia. Había reparado en su velocidad (aunque regordeta, Dalia era muy buena corredora); la había mirado a ella y no a nosotras.

Fuimos a casi todas las funciones para verlo. Era trapecista como sus padres. Allá en lo alto, casi rozando la lona del techo de la carpa, enfundado en un traje enterizo de lycra rojo con lentejuelas en el pecho, volando por el aire, era todavía más hermoso que en tierra.

Cuando llegaba un circo muchos de nuestros compañeros trabajaban llevando agua a los animales, cambiando la paja de las jaulas, haciendo tareas menudas a cambio de entradas gratis. Las chicas no podíamos hacer lo mismo. Íbamos por las tardes a ver a los animales y a pasearnos entre las casillas rodantes, escapadas, con las cabecitas llenas de advertencias de nuestras madres acerca de lo peligroso de las gentes de los circos. Que roban niños y se los llevan para trabajar. Que por pocos pesos compran perros y gatos para darles de comer a los leones. Que son todos gitanos, gente taimada, de cuidado.

Me daba mucho vértigo estar ahí.

Enamorarme de alguien a quien no volvería a ver nunca más en mi vida. Era intenso y doloroso.

Cuando el chico se soltaba del trapecio y quedaba suspendido esos escasos segundos eternos, yo sentía el corazón en la boca. Enamorada.

—¿Te das cuenta de que nunca más vamos a verlo? —le dije a Mara mirando hacia el predio desierto cubierto de pasto verde y nuevo. Sin rastro de camellos, osos bailarines, enanos.

8

A la tardecita la terraza quedaba iluminada por los faroles de la calle que se encendían automáticamente. Veíamos a los empleados salir del aserradero por el costado de la casa en grupos de tres o cuatro, en cueros, con la remera al hombro, sacudiéndose el aserrín de los cabellos y encendiendo cigarrillos. Adentro no les permitían fumar. Algunos directamente se cruzaban a la canchita de la escuela, donde ya había algunos muchachos del barrio jugando fútbol. Otros seguían para sus casas o se demoraban en el bar de Rapay tomando una cerveza helada y jugando unas fichas al metegol.

A esa hora pasaba el regador municipal y el vapor caliente de la calle subía hasta nosotras oliendo a pedregullo mojado.

Empezaban a pasar algunas chicas, recién bañadas, con soleros livianos y sandalias de taco bajo. Salían a caminar con sus amigas, a contarse chismes, a encontrarse con el novio. También las mujeres más grandes salían a esa hora, vestidas con calzas y zapatillas. Mientras las jóvenes agarraban para el Centro, estas se iban para el otro lado, a la Virgen de las Cuatro Bocas, más allá de la salida del pueblo. Había empezado a ponerse de moda el trekking.

(De: El desapego es una manera de querernos, Random House, 2014)

 

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