Cien años del fin de una guerra que no terminó

A un siglo de la rendición del imperio alemán

Solo en la batalla de Verdun murieron 250.000 soldados y hubo medio millón de heridos

El armisticio del 11 de noviembre de 1918 abrió las puertas a una paz posible en Europa. Pero los acuerdos leoninos de Versailles y el temor a una revolución comunista permitieron el crecimiento del nazismo.

Por Alberto López Girondo

Oficialmente, la Gran Guerra terminó con la firma del armisticio entre representantes del Reich y los de la Entente anglo-americano-francesa, el 11 de noviembre de 1918, hace justo un siglo. Extraoficialmente, la guerra nunca terminó y a pesar de que destruyó cuatro enormes y antiguos imperios multinacionales, las causas que la originaron permanecen tan vigentes como entonces e incluso algunos de sus protagonistas, convertidos luego en canallas para la historia, quedaron congelados en el momento de su traición. Es lo que le ocurrió al mariscal Phillippe Pétain, héroe de la Primera Guerra (que así se la llamó cuando 21 años después comenzaba la otra parte de esa contienda, con el ataque nazi a Polonia) que generó una polémica en Francia que se saldó cuando el presidente Emmanuel Macron aceptó no homenajearlo en la celebración del centenario del acuerdo de paz.

Entre algunos datos no menores, la contienda, que -también oficialmente- comenzó con el asesinato del archiduque Fernando de Habsburgo, heredero de la corona austrohúngara, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, la capital serbia- inauguró la guerra ultra tecnificada y las maquinarias bélicas fueron decisivas para dejar un saldo horroroso de unos 10 millones de militares muertos, 20 millones de heridos y 6 millones de prisioneros. Además, se deben computar 10 millones de civiles muertos por hambrunas, otros 10 millones de desplazados y refugiados, 3 millones de viudas y 6 millones de huérfanos, con el agregado de que durante varios años 20 millones de europeos vivieron en territorios ocupados por el enemigo.

En términos económicos, durante esa contienda se dilapidaron entre 3 y 4 veces el Producto Bruto Interno de todos los países beligerantes, que terminaron arruinados. Por otro lado, si los mandatarios terminaron arreglando el punto final a esa Gran Batalla no fue tanto por el deseo de paz como para evitar el avance de las fuerzas revolucionarias que un año antes, el 7 de noviembre de 2017, habían tomado el poder en el Imperio Zarista comenzando la experiencia soviética. Y que unos días antes, el 9 de noviembre, habían forzado a la abdicación del káiser Guillermo II y amenazaban con extender la revolución comunista al corazón de Europa, como había pronosticado Lenin, el líder ruso.

Que esa Gran Guerra no terminó puede verse en la situación siempre inestable del llamado entonces Frente Oriental. Se dijo que cuatro imperios se diluyeron en esos cuatro años: el Austrohúngaro, el Zarista, el Otomano y el Alemán. De las cenizas del reino de los Habsburgo nació Austria, Hungría, la antigua Checoslovaquia, Rumania. Pero también se creó en los Balcanes un país que pretendía aglutinar a toda la población dispersa en esa región y que profesaba tres religiones diferentes y por entonces contrapuestas, musulmanas, cristiana ortodoxa y católica. Yugoslavia sería un experimento que terminaría en los 90 en una cruenta guerra civil de la que surgieron seis naciones independientes: Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia.

En Estambul, la caída del imperio Otomano dejó un tendal de nuevos países en el Medio Oriente que prontamente fueron repartidos cual botín de guerra por Francia y el Reino Unido, como Siria, Palestina, Líbano, Irak, pero también la actual Arabia Saudita. Huelga decir que ese territorio jamás tuvo algo parecido a un período de paz. La continuación histórica del imperio fue la construcción en 1923 de la Turquía moderna, obra del conductor de Galipoli, una de las batallas de esa guerra, Mustafá Kemal Ataturk.

De los restos del territorio zarista la revolución soviética fue construyendo un proyecto revolucionario en base a una organización en Repúblicas Socialistas. A la caída de la URSS, en 1991, emergieron Ucrania, Bielorrusia, Georgia, los países bálticos. En 2014 un golpe promovido por las instituciones europeas sobre el gobierno ucraniano culminó con una dirigencia anti rusa asentada en el palacio de gobierno de Kiev.

Ese capítulo se cerró con la reincorporación de Crimea a Moscú, mientras que un sector importante de Ucrania oriental -Lugansk y Donetsk- quieren volver bajo control de Moscú, abriendo el cauce a una guerra civil siempre a punto de estallar.

La URSS, creada en 1922, sería junto con Alemania, protagonista esencial del resto del siglo XX. La Unión Soviética porque una vez que consiguió estabilizarse fue convirtiéndose en una potencia industrial relevante y un espejo donde los revolucionarios del mundo se miraban. En las buenas y en las malas.

La nación germana, porque su enorme impulso industrial, la había llevado a intentar dirimir esa disputa por los mercados en enfrentamiento militar. Derrotada y en riesgo de ser una nueva avanzada de la revolución obrera mundial, quedó en la miseria por las reparaciones de guerra que debió pagar tras el tratado de Versailles. Ese fue el caldo de cultivo para el nazismo, que con Hitler en el poder aplicó esa maquinaria industrial en una nueva guerra y para la destrucción humana en los campos de concentración, entre 1939 y 1945. Luego, dividida en dos, pasó a generar nuevos recursos para demostrarle al comunismo los logros del capitalismo en esa frontera caliente que, paradójicamente, fue el Muro de Berlín durante la Guerra Fría.

La caída de ese paredón de 155 kilómetros de largo y 3,6 metros de alto -otro 9 de noviembre, pero de 1989- llevó a la caída de la Unión Soviética dos años más tarde y con ello a la destrucción de la última potencia multinacional, una esperanza de un mundo mas igualitario durante 74 años para millones de trabajadores y militantes en todo el mundo.

Desde entonces, hay distintas versiones de capitalismo, pero los mercados se enseñorean a su manera en todo el planeta. Sin embargo, y por eso mismo, porque la disputa sigue siendo por mercados y recursos, la guerra es una posibilidad a la vuelta de cualquier esquina.

En este contexto, la Rusia de Vladimir Putin es el nuevo enemigo para Occidente, donde por otro lado, los partidos xenófobos y racistas (neonazis) vienen creciendo. Donald Trump en la Casa Blanca despliega su propia artillería en una guerra comercial con China, el otro imperio que busca resurgir luego de cien años de «humillación», como lo definen.

Mientras tanto, el Pentágono prepara estrategias de combate en escenarios que son básicamente los mismos que hace un siglo. Cuando los ingenios mecánicos y químicos devastaron el continente. Ahora con el agregado de tecnologías informáticas y nucleares mucho más destructivas.

 

Versailles, el caldo de cultivo de más horror

Por A.L.G.

 


Fue una guerra de posiciones y por lo tanto de trincheras

El pago de compensaciones llevó a Alemania a la miseria. En ese escenario, un oscuro cabo austríaco logrócolar su mensaje xenófobo y antisemita.

Bien dicen que el Tratado de Versailles, que se había promocionado como el fin de una guerra que iba a ser el fin de todas las guerras, en realidad dio inicio a una guerra sin fin.

El acuerdo firmado en marzo de 1919 tras la rendición germana, determinó que toda la culpa por la guerra había sido del Reich y por lo tanto debía compensar con dinero a los ganadores y además debía ceder territorios y recursos minerales. Alemania entregó toda su flota naval, aviones, armas pesadas y 25.000 ametralladoras y las ricas minas de carbón y hierro de Alsacia Lorena.

Se le permitió un ejército de 100,000 y una marina de guerra de 15,000, pero ninguna fuerza aérea, ni tanques, carros blindados, armas pesadas, dirigibles o submarinos. Solo unas pocas fábricas alemanas podían producir armas livianas.

El país quedó devastado y la moneda, el marco alemán, se depreció de una manera brutal, provocando la primera hiperinflación en el mundo moderno.

Alemania fue obligada a pagar 34.000 millones de dólares en marcos de oro, que se distribuyeron a Francia un 52%, ya que fue el escenario de la mayor parte de las batalles, el 28% a Gran Bretaña y el resto dividido entre Bélgica, Italia y otros.

El festival de bonos y pagos de deuda que se inició desde la firma del tratado da para otro artículo. Pero el historiador Mike Ferrer destaca que entre 1924 y 1931, Alemania pagó 36 mil millones de marcos a los Aliados, «de los cuales 33 mil millones fueron tomados en préstamo de inversionistas que compraron bonos alemanes emitidos por firmas de Wall Street. «Alemania utilizó ese dinero para pagar reparaciones a Inglaterra y Francia, añade Ferrer, quienes «a su vez los usaron para pagar los préstamos de los Estados Unidos».

Ese fue el caldo de cultivo para que las movidas de un oscuro es cabo del ejército austrohúngaro, Adolf Hitler, comenzaran a prosperar desde la conservadora Baviera, a partir de 1922. Ideas de supremacía aria y antisemitismo que si bien no eran nuevas, encontraron nuevo cauce en la situación de la clases mas bajas de la sociedad germana.

La culpa de su pobreza y falta de expectativas era por el papel que cumplían los judíos y los extranjeros que estaban saqueando al país, decía el mensaje que pronto caló en la sociedad.

No tardaría ese cabo sin brillo en llegar al poder y construir una nueva batalla de esa guerra sin fin, el 1 de setiembre de 1939, al ionvadir Polonia.

 

Una paz por miedo a la revolución

Por A.L.G.

 

 

El káiser Guillermo II abdicó dos días antes de que se firmara el armisticio, cuando las fuerzas revolucionarisas parecíoan incontenibles. Un año antes los bolcheviques habían tomado el poder en Rusia.

El 28 de junio de 1918 un nacionalista serbio, Gavrilo Princip, disparó contra un vehículo en el que viajaba el heredero de la corona austrohúngaro, Francisco Fernando de Habsburgo y su esposa, Sofía Chotek. Fue la chispa que necesitaban los imperios centrales para abrir fuego y terminar con esa situación indefinida en que se dirimían las diferencias desde 1871, cuando se creó el Reich alemán.

El imperio británico tenía el control de los mares y se extendía sobre el 20% de la superficie del globo, albergando en esos territorios al 23% de la población mundial. Pero la técnica alemana era más eficiente y le disputaba los mercados. Al mismo tiempo, también necesitaba recursos minerales y combustibles para alimentar sus industrias.

En ese contexto, Francia, el Reino Unido y la Rusia zarista formaron una alianza denominada Triple Entente, a la que luego se sumaría Italia, Japón y Estados Unidos. Era un cerco que rodeaba al Segundo Reich, la creación del canciller Otto von Bismarck. Berlín no tardó en replicar con la Triple Alianza (Alemania, el imperio austrohúngaro y el imperio otomano), a la que luego se uniría Bulgaria.

Fue una guerra mundial porque los contendientes eran las potencias coloniales de la época y además manejaban la mayor parte del comercio internacional. Por eso hubo combates en Europa pero también en África y Asia. Se habla de una movilización de unos 70 millones de soldados. Tanto Rusia como Turquía eran naciones menos desarrolladas, pero en compensación tenían enormes cantidades de habitantes para mandar a los frentes de batalla y algo muy importante cuando se habla de desplazamiento de tropas: alimentos.

En esa guerra se estrenaron carros de combate, los primeros aviones que se aplicaron la lucha aérea y gases mortales. También se inició la guerra submarina. O sea, a esta altura la industria militar era la que podía definir el curso de una contienda y además, era repentinamente el gran negocio en que invertir. El negocio de la muerte.

También se puso en marcha otro aspecto que identificaría al siglo XX. Los genocidios planificados. El asesinato de más de un millón de armenios a manos de tropas otomanas es un estigma que golpea en muchas conciencias de los turcos actuales, aunque oficialmente fue cometido por una nación que ya no existe.

Fue una guerra de posiciones y también de trincheras. La batalla de Verdún, en territorio francés, que comenzó en febrero de 1916 y duró hasta diciembre de ese año, dejó un saldo espantoso de 250.000 muertos y medio millón de heridos, muchos de ellos mutilados.

Las poblaciones civiles también padecían las consecuencias y eso fue especialmente grave en Rusia, donde millones morían de hambre porque los campesinos estaban en la guerra y muchas familias no tenían quién levantara las cosechas. En ese contexto, la prédica de líderes revolucionarios como Lenin y Trotsky generó las condiciones para aprovechar una revuelta que había destronado al zar Nicolás Romanoff para tomar el poder. Fue la revolución de Octubre, aunque en el calendario gregoriano la fecha cae en 7 de noviembre.

Los bolcheviques se comprometieron a una paz por separado -sin acordar con la Entente- con los imperios centrales y el 3 de marzo de 1918 se firmó el Tratado de Brest-Litovsk por el cual el gobierno revolucionario aceptaba ceder el control de parte del territorio a cambio de deajr de combatir. Finlandia, Polonia, Estonia, Lituania y Ucrania, pasaron a los alemanes. Allí pensaban obtener alimentos y combustibles para continuar la guerra, a esta altura ya bastante adversa porque había poco había entrado en combate Estados Unidos y eso inclinaba la balanza a favor de la Entente.

Para los revolucionarios fue la demostración de que cumplían sus promesas pero también era una fuerte señal a la población de los otros países. La guerra no era en beneficio de los pueblos sino de la burguesía. Y la clase obrera alemana parecía madura para iniciar una experiencia similar, con una ventaja. Rusia era un país mayoritariamente campesino, el trabajador industrial era una absoluta minoría. Eso contradecía las teorías marxistas. Alemania, en cambio, era tal vez el más desarrollado de los países, una revolución allí se extendería como reguero de pólvora. Se avecinaban nuevos tiempos para la lucha de clases.

El 9 de noviembre de 1918, con al abdicación de káiser Guillermo II, culminó un proceso que se había iniciado en marzo, con un motín de marineros de la flota de guerra en Kiel que se negaron a una batalla final contra la escuadra británica. La firma del armisticio, el 11, fue la primera decisión del gobierno que sucedió al emperador. Ya habían aceptado condiciones para la rendición Bulgaria en septiembre, el imperio otomano en octubre, y el imperio austrohúngaro una semana antes.

Pero la revolución no pudo ser en Alemania, aunque esa es otra historia.

 

La memoria incómoda del mariscal Pétain en el homenaje a los héroes

Por A.L.G.

 

 

Unos 60 líderes de todo el mundo participarán en Paris de la celebración del armisticio, este domingo. Putin y Trump no tendrán una cumbre para no opacar a Macron.

«No habrá ningún homenaje a Pétain el sábado». El presidente francés, Emmanuel Macron, encontró en esta frase la forma de acallar las voces de protesta por el homenaje que había pensado para el militar que en 1918 fue un héroe y desde 1945 figura en el pabellón de los impresentables de la historia gala.

«Nunca fue cuestión de homenajearlo individualmente», dijo Macron en la localidad de Maubège, al norte del país, según un cable de la agencia AFP. El mandatario visitaba los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial en el marco de la conmemoración del centenario del Armisticio de este conflicto.

Philippe Pétain «fue uno de los (…) grandes soldados de la guerra de 14-18, eso no se puede borrar, así que dije simplemente que no se puede borrar la historia, no somos los fiscales de la historia», señaló el jefe de Estado, quien denunció un sistema que crea «polémicas inútiles», en una alusión clara a la prensa y a las redes sociales.

La polémica nació el miércoles, cuando Macron estimó que era «legítimo» hablar de Pétain en un homenaje a los militares que condujeron a Francia a la victoria en 1918.

«Durante la Primera Guerra Mundial fue un gran soldado» pero tomó «decisiones funestas» en la Segunda Guerra Mundial al colaborar con los nazis, argumentó el presidente francés.

El colaboracionismo con los nazis forma parte de una historia de la que los franceses no quisieran hablar. Pétain, efectivamente, fue el héroe que logró contener a los alemanes en Verdún en 1916, y por eso fue llamado a conducir el país en un momento clave: cuando luego de la invasión alemana de 1940 cundió el estupor y no había respuesta de la sociedad ante esta nueva injuria.

Las tropas germanas llegaron a París, algo que no había ocurrido nunca. Pero también en Francia había antisemitas y xenófobos, de modo que el mensaje nazi no parecía ajeno a los oídos de muchos.

Es así que mientras una parte de la población se oponía y formó la resistencia, otra aceptó ingresar en ese nuevo mundo que proponía Hitler. Colaborar pero mantener la identidad, era la propuesta de Pétain, asentado en la ciudad de Vichy, al sur de Paris. Pétain murió en la cárcel a los 95 años, en 1951.

La ceremonia principal de la celebración se llevará a cabo en el monumento de guerra del Arco de Triunfo en París, a las 11 am el 11 de noviembre, marcando el momento en que las armas finalmente fueron silenciadas después de cuatro años de guerra.

Líderes de unos 60 países asistirán al evento, entre ellos la alemana Ángela Merkel, el turco Recep Tayyip Erdogan, y el ruso Vladimir Putin. El presidente estadounidense, Donald Trump, se encontrará con Macron este sábado y anunciaron que debatirán la situación el Siria. Otra señal de que no hubo ningún fin de la Guerra.

El Kremlin dejó trascender que el presidente ruso, Vladimir Putin, suspendió un encuentro que se había anunciado con Trump el domingo. Todo indica que fue a pedido de Macron, para que esa cumbre no opacara su festejo.

Tiempo Argentino

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *