Clara Zetkin: la organización de las trabajadoras

Por Florencia Abbate

(Tomado de Biblioteca feminista. Vidas, luchas y obras desde 1789 hasta hoy)

Clara Zetkin nació el 5 de julio de 1857 en Wiederau, Alemania, y falleció el 20 de junio de 1933 en la Unión Soviética, tras toda una vida dedicada a la política. Es una de las mayores figuras de la tradición que hoy llamamos feminismo socialista, al que ella llamaba «movimiento socialista de mujeres», dado que, en su época, la palabra feminista se asociaba a las sufragistas, que eran mujeres burguesas.

Zetkin pertenecía a una familia de clase media con inquietudes políticas; su padre era maestro y había simpatizado con las revoluciones de 1848, y su madre había estado vinculada al feminismo burgués. La actividad de Clara siempre estuvo asociada al socialismo y comenzó a una edad muy temprana. Con apenas 25 años, en 1882, se vio obligada a exiliarse de Alemania, ya que Bismarck había prohibido toda actividad socialista en 1878. Llegó a Suiza, donde vivió varios años, y luego a París, dos ciudades donde entabló relaciones con importantes referentes socialistas del momento. Finalmente, en 1890 se revocó la ley contra el socialismo y pudo regresar a su país natal. Su apellido de nacimiento era Eissner, pero usaba el apellido de su primer marido, el también socialista y revolucionario Ossip Zetkin, un exiliado ruso, a quien había conocido en Leipzig, cuando eran estudiantes, y con quien compartió los años del exilio. Tuvieron dos hijos varones: Maxim, que nació en 1883, y Kostya, en 1885. Clara pronto quedó a cargo de ambos hijos, ya que Ossip Zetkin murió de tuberculosis en enero de 1889.

Pero su entrega a la causa no cesaría, sino todo lo contrario. En 1891, tras conocer a Friedrich Engels, Clara se hizo cargo de una tarea colosal a la que se consagró durante los siguientes treinta años: construir y organizar el movimiento de mujeres del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Lo hizo en el marco de la II Internacional, una organización creada en 1889 por los partidos socialistas y laboristas europeos para coordinar sus actividades internacionalmente. Desde entonces, participó de todos los congresos de la II Internacional como una de sus principales oradoras y defendió aguerridamente los intereses de las mujeres trabajadoras, a las que dedicó su vida.

Hacia 1896, el movimiento de mujeres del SPD, organizado por Clara, se estaba convirtiendo en una fuerza considerable dentro de la lucha de la clase obrera y, por eso, el partido consideró la cuestión de las mujeres como uno de los puntos a tratar en el congreso realizado en la ciudad de Gotha en octubre de aquel año. Zetkin leyó entonces uno de sus más importantes textos, conocido como «El discurso de Gotha» —publicado como «La contribución de la mujer proletaria es indispensable para la victoria del socialismo»—. En ese documento establece una fuerte diferenciación entre los intereses de las mujeres según su clase social y, a partir de este argumento, plantea que la lucha de las mujeres socialistas debe ser independiente de la de las feministas liberales.

Esta pensadora propuso que había una «cuestión de la mujer» diferente según cada clase social y con esto abrió el debate hacia un lugar que hasta entonces había estado invisibilizado. Las mujeres de la gran burguesía, manifestaba Zetkin, gracias a su patrimonio, podían ocuparse de su propio desarrollo, ya que trasladaban al personal de servicio las cargas de sus roles como esposa y madre —por ejemplo, algunas contrataban a dos nodrizas para amamantar a su bebé—. Por lo tanto, el interés político de estas mujeres era conquistar la libertad de administrar sus propiedades, y esa era, a juicio de Clara, la mayor preocupación del feminismo propiamente burgués. En cambio, las mujeres de la pequeña y mediana burguesía, así como las intelectuales, debían conquistar primero la independencia económica del hombre, ya que, si estaban casadas, dependían económicamente del marido, y si eran solteras, corrían el riesgo de la pobreza por no poder acceder a buenos puestos laborales. Por lo tanto, el principal interés de estas mujeres de clase media era conseguir la igualdad de derechos en la educación y en el campo profesional. Sumado a ello, Clara comprendió que las mujeres de clase media, además de esta legítima reivindicación económica, tenían una gran necesidad espiritual de ser personas autónomas y liberarse de «vivir como muñecas en una casa de muñecas», dijo, citando la famosa obra de Ibsen.

Por el contrario, las mujeres de la clase trabajadora ya habían logrado insertarse laboralmente. De hecho, las obreras trabajaban tanto como los obreros, pero el problema es que esto no les había traído ningún beneficio:

En lo que respecta a la mujer proletaria, la cuestión femenina surge a partir de la necesidad de explotación del capital que lo lleva a la continua búsqueda de fuerza de trabajo más barata… de modo que también la mujer proletaria se ve inserta en el mecanismo de la vida económica de nuestros días, se ve arrastrada a la oficina o atada a la máquina. Ha entrado en la vida económica para aportar un poco de ayuda a su marido, pero el modo de producción capitalista la ha transformado en una concurrente en desventaja: quería acrecentar el bienestar de la familia y ha empeorado la situación: la mujer proletaria quería ganar dinero para que sus hijos tuviesen un mejor destino y casi siempre se ve arrancada de sus brazos. […] En consecuencia, la mujer del proletariado ha podido conquistar su independencia económica, pero de ello no ha sacado ninguna ventaja.

En este contexto, Zetkin denunciaba que la explotación capitalista no les dejaba tiempo a las trabajadoras ni siquiera para amamantar a sus bebés, y, de manera precursora, hacía alusión a lo que hoy denominamos doble jornada, al señalar:

Debemos combatir además la opinión tan difundida entre las jóvenes que creen que su actividad industrial es algo pasajero, y que cesará con el matrimonio. Para muchas mujeres el resultado final es, por el contrario, un doble deber, ya que deben trabajar en la fábrica y en la familia. [El destacado es mío.]

La comprensión de la especificidad de los intereses de las mujeres trabajadoras la llevó a poner en agenda una serie de reclamos que iban mucho más allá de las demandas de las sufragistas. Inaugurando un conjunto de reivindicaciones que en muchos casos aún persisten y que han sido largamente perseguidas a lo largo del siglo pasado, Zetkin reclamaba que se fijara legalmente la jornada de ocho horas de trabajo y que se levantaran barreras legales contra la explotación de las obreras. Del mismo modo, luchaba por la igualdad salarial para mujeres y hombres que realizaran el mismo trabajo, la licencia por maternidad antes y después del parto, la prohibición del trabajo de la mujer en todas las ramas de la producción nocivas para la salud de la mujer y la instalación de guarderías y salas para lactancia en las fábricas y empresas. Al mismo tiempo, declaraba la incompatibilidad de los intereses de las obreras con los del capitalismo, y por lo tanto la necesidad de luchar por la revolución:

La mujer se ha convertido en una fuerza de trabajo absolutamente igual al hombre: la máquina ha hecho superflua la fuerza de los músculos y en todas partes el trabajo de las mujeres ha podido producir los mismos resultados productivos que el trabajo masculino. Tratándose además, y ante todo, de una fuerza de trabajo voluntaria, que solo en rarísimos casos se atreve a oponer resistencia a la explotación capitalista, los capitalistas han multiplicado las posibilidades con el fin de poder emplear el trabajo industrial de las mujeres a la máxima escala. Si en la época de la familia patriarcal el hombre tenía derecho a usar moderadamente la fusta para castigar a la mujer, el capitalismo ahora la castiga con el látigo.

Basándose en la moción de Clara Zekin, el Congreso del SPD en Gotha adoptó una resolución programática sobre la cuestión de la mujer y tomó sus ideas como el criterio a partir del cual se debía estructurar la lucha del movimiento de mujeres del SPD y de todas las organizaciones de la II Internacional.

Por el sufragio universal

En 1907 se realizó la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, en la ciudad de Stuttgart, y Zetkin fue nombrada titular de la Secretaría Internacional de la Mujer de la II Internacional. Por entonces, entre los gobiernos europeos crecía la tendencia a considerar la posibilidad de otorgar el sufragio femenino, pero censitario —restringido a las propietarias—, con el objetivo de fortalecer el poder político de la burguesía. Ante esta situación, la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas convocó a todos los partidos socialistas del mundo a poner en un lugar privilegiado de la agenda la lucha por el sufragio femenino universal. En su documento decían:

El movimiento de mujeres socialistas de todos los países rechaza el sufragio femenino limitado como una falsificación y una burla al principio de la igualdad de derechos del sexo femenino. Lucha por la única expresión concreta y viva de este principio: el derecho al sufragio universal de la mujer para todas las mujeres adultas, sin limitación alguna en lo referente a la propiedad, al pago de impuestos, al grado de educación o cualquier otra condición que excluya a la clase obrera del goce de este derecho.
Entonces, Clara dio un largo discurso en el Congreso de la II Internacional —que se realizaba paralelamente a la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas— y, gracias a ella, se logró que la II Internacional adoptara una moción que declaraba como deber de los partidos socialistas de todos los países agitar la causa del sufragio femenino universal.

Tres años después, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que se realizó en Copenhague en 1910, la delegada alemana Luise Zietz, inspirada en las socialistas estadounidenses, propuso la proclamación de un Día Internacional de la Mujer Trabajadora y su propuesta fue apoyada por Zetkin, la máxima autoridad de la Internacional de Mujeres, y por las cien delegadas presentes. Además, decidieron que ese día las mujeres socialistas del mundo iban a hacer propaganda por el sufragio femenino universal. Al año siguiente, las primeras movilizaciones por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora reunieron la impresionante cifra de un millón de manifestantes en distintos países, y se complementaron con la celebración de asambleas populares de mujeres.

La expansión del socialismo fue tan grande que tuvo también expresiones del otro lado del Atlántico. Por ejemplo, el movimiento de mujeres socialistas ha sido de una importancia fundamental en la historia de la lucha por los derechos femeninos en la Argentina. Hacia la misma fecha en que se celebraba la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, despuntaba en nuestro país una figura pionera como Carolina Muzzilli (1889-1917), hija de una familia obrera e inmigrante italiana, nacida en un conventillo de Mataderos, que se afilió al Partido Socialista argentino a los 18 años y comenzó a militar en la rama femenina de la mano de Gabriela Laperrière de Coni, su mentora. Justo con otras socialistas, ella fue una de las grandes militantes por los derechos de las mujeres trabajadoras. (5) En 1909 representó al Centro Femenino Socialista —creado en 1902— en la Liga Internacional de Empleadas Domésticas. Un año más tarde, participó en el Primer Congreso Femenino Internacional organizado en la Argentina. (6) En 1912, junto con otra pionera, Julieta Lanteri, apoyó la protesta de las trabajadoras de las lavanderías La Higiénica. Paralelamente, Muzzilli escribió sobre estos temas en La Vanguardia, órgano de prensa del Partido Socialista, y fundó y dirigió Tribuna Femenina, una revista para mujeres que financiaba con su salario de obrera textil. El Centro Femenino Socialista fue una de las primeras entidades en reclamar en la Argentina el derecho al sufragio universal para varones y mujeres. Los varones lo obtuvieron en 1912; sin embargo, este derecho para las mujeres recién se hizo realidad en 1947, cuando, de la mano de Eva Duarte de Perón, se logró la sanción de la ley de voto femenino.

Contra la guerra

Entre 1892 y 1917, Clara Zetkin dirigió el periódico La Igualdad, que era el órgano de prensa y propaganda del movimiento de mujeres socialistas. El periódico se leía cada vez más, tanto que hacia 1914 tenía más de ciento veinte mil suscriptorxs. Junto con La Igualdad, el movimiento femenino del SPD —cuya prioridad era sumar mujeres a los sindicatos— también había ido creciendo exponencialmente: pasó de tener cuatro mil afiliadas en 1905 a tener casi ciento setenta y cinco mil en 1914. Hacia la misma fecha, después del descollante trabajo organizativo de Clara y sus compañeras politizando a las obreras y a las amas de casa, se llegó a lograr que hubiera más de doscientas mil mujeres sindicalizadas.

El estallido de la Primera Guerra Mundial, el 28 de julio de 1914, produjo una fuerte crisis interna en el SPD y en la II Internacional. Cuando Alemania le declaró la guerra a Rusia, se esperaba que el SPD se opusiera, defendiendo el principio socialista del internacionalismo proletario, que postulaba la solidaridad internacional de la clase trabajadora del mundo entero. Sin embargo, la burocracia del SPD logró imponer su posición de apoyo a la guerra. «La II Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo», escribió entonces Lenin. Cuando el partido socialista votó a favor del presupuesto para municiones de guerra, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo se sintieron tan decepcionadas que —según cuenta Clara en una de sus cartas— llegaron a contemplar la posibilidad de suicidarse. Pero, lejos de eso, las más destacadas dirigentes del movimiento socialista internacional —como la propia Clara, Rosa Luxemburgo y las rusas Alexandra Kollontai e Inessa Armand— se convirtieron desde entonces en incansables militantes contra la guerra. En abril de 1915, Rosa publicó un brillante texto donde denunciaba:

La carne de cañón patrioteramente glorificada ya se está pudriendo en los campos de batalla. Lleno de oprobio, vergonzoso, manchado de sangre, sucio, ese es el verdadero rostro de la sociedad burguesa. La primorosa máscara cosmética resbala y queda al desnudo su verdadera naturaleza. […] Durante este aquelarre se produjo un desastre de magnitud mundial: la capitulación de la socialdemocracia internacional.

No fue aquella la única de sus fuertes denuncias; por este motivo, Rosa pasó durante la guerra tres años y cuatro meses en distintas cárceles: un año por incitar a la desobediencia pública en 1914, y el resto con prisión preventiva, que no tenía límite de tiempo. Desde las cárceles mantuvo una sostenida correspondencia con Clara y otras amistades. Cuanto más perturbada se sentía, más se esforzaba por trasmitir una imagen alegre, les aconsejaba qué obras literarias debían leer, a qué conciertos asistir, cómo huirle a la depresión a través de la jardinería, apreciando la belleza de las flores y los pájaros; les hablaba del lado brillante de la vida para no derrumbarse, ya que estaba cada vez en peores condiciones físicas, con el cabello encanecido y los nervios destrozados. En un momento, sus amigxs idearon un plan para exigir su libertad por cuestiones de salud, pero ella se negó: «Precisamente porque soy una mujer me irrita darle tanta importancia a mi debilidad física», escribió con orgullo. En Wronki, la cuarta prisión en la que estuvo, le asignaron un cuarto cuya ventana daba a un pequeño jardín y el contacto con la naturaleza y los gorriones pareció revivirla. Su amiga Clara le hacía llegar el alimento especial para los pájaros.

En los años de la guerra, Zetkin también fue arrestada varias veces, pero por mucho menos tiempo. Estuvo constantemente ocupada, ya que ella aprovechó su puesto como directora y editora del periódico La Igualdad, así como también su lugar de poder como titular de la Secretaría Internacional de la Mujer, para hacer una enérgica y audaz campaña contra la guerra. En 1915 organizó la Primera Conferencia Internacional de Mujeres contra la Guerra Mundial, que se llevó a cabo en Berna con el lema «¡Guerra a la guerra!». En medio de un clima enrarecido, a las puertas de un mundo que ya era otro, durante la primavera de 1915 las trabajadoras alemanas fueron las grandes protagonistas de las protestas contra la guerra y el alza en el costo de vida. Aunque la conducción del SPD se había negado a apoyar la convocatoria a otra conferencia de mujeres, las militantes socialistas hicieron caso omiso de lo que decía la cúpula y la realizaron de todos modos: en septiembre de 1916 hicieron un congreso en el que repudiaron la política de la conducción del partido y aprobaron una resolución en favor de paz, que se publicó en el periódico La Igualdad.

Clara Zetkin, mentora de todo aquello, lo pagó bastante caro: fue destituida de su puesto como directora del periódico. Ya antes, en una carta a su compañera socialista Heleen Anker smit, Clara contaba:

Me he negado desde el principio, con extrema resolución, a decir lo que no podía ni debía decir en base a mi conciencia socialista internacionalista. Me he esforzado en no hacer ninguna concesión al frenesí chovinista y al patriotismo completamente burgués que nada tienen en común con el auténtico amor a la patria; por el contrario, he intentado poner de manifiesto de la manera más vigorosa y consciente posible aquella locura y el autosometimiento de la socialdemocracia […]. Pero, querida compañera, La Igualdad, a causa de este planteamiento, ha tenido que padecer las vejaciones más arbitrarias por parte de la censura y del mando militar. […] No se producen debates con el fin de no perjudicar la apariencia de «unidad de todo el pueblo alemán». ¡Un motivo absurdo! La mordaza a la oposición no es nunca señal de fuerza, sino de miedo…

Mujeres comunistas

Con el fin de la guerra, se produjo la Revolución alemana de 1918, (7) y la Liga Espartaquista, fundada en los últimos años de la guerra por Rosa Luxemburg, Clara Zetkin y Karl Liebknecht —cada vez más disconformes con la conducción del SPD—, se renombró formalmente como Partido Comunista de Alemania (KPD). Rosa pronunció su último discurso público en el congreso inaugural del KPD, el 31 de diciembre de 1918, y pidió por favor que no se apresuraran a tratar de tomar el poder. La advertencia de Rosa llegó tarde. Días después, la batalla entre las jóvenes tropas del espartaquismo y las más experimentadas tropas del Gobierno era absolutamente encarnizada. El Gobierno exigía la rendición inmediata e incondicional, pero el pueblo no abandonaba las calles de Berlín y las luchas se habían descontrolado. La sangre no paraba de correr y las pérdidas propias alcanzaban un número inaudito. En su último artículo, del 14 de enero de 1919, Luxemburg decía que un gobierno cuya supervivencia depende del derramamiento de sangre «se encamina inexorablemente hacia su destino histórico: la aniquilación».

El 15 de enero, Rosa y Liebknecht estaban refugiados en la casa de una familia aliada en la ciudad de Berlín. Poco después de las nueve de la noche, un hombre armado con un fusil entró a buscarlos. Un auto los esperaba frente a la casa. Los trasladaron a un hotel donde, temporariamente, funcionaba la División de Caballería y Fusileros. El capitán llamó al teniente Vogel y le pidió que la acompañara. Antes de que Rosa pudiera llegar a la puerta, un soldado la golpeó en la cabeza con la culata del fusil; luego, la subieron a un auto, donde le dispararon a la sien; prosiguieron la marcha y la arrojaron más tarde a las aguas del canal Landwehr.

El cuerpo de Rosa Luxemburg recién fue hallado el 31 de mayo; lo descubrió una mujer en una de las compuertas del canal. Lo trasladaron a la morgue municipal y después lo llevaron a un campo militar para enterrarlo clandestinamente. Pero la prensa se enteró de la noticia y el plan fracasó. Maxim, el hijo mayor de Clara Zetkin, que para entonces se había recibido de médico, fue quien acudió a identificar el cuerpo. (8) Clara estaba destruida por la muerte de su amiga y, en esos días, para homenajearla, escribió una despedida que refleja la inteligencia y la ternura de estas luchadoras:

¡Cuántas veces aquella a quien llamaban «Rosa la sanguinaria», toda fatigada y abrumada de trabajo, se detenía y volvía unos pasos atrás para salvar la vida de un insecto extraviado entre la hierba! […] No carecía nunca de tiempo ni de paciencia para escuchar a cuantos acudían a ella buscando ayuda y consejo. Para sí, no necesitaba nunca nada y se privaba con gusto de lo más necesario para dárselo a otros. […] Tan claro como profundo, su pensamiento brillaba siempre por su independencia; ella no necesitaba someterse a las fórmulas rutinarias, pues sabía juzgar por sí misma el verdadero valor de las cosas y de los fenómenos. […] Luxemburg, gran teórica del socialismo científico, no incurría jamás en esa pedantería libresca que lo aprende todo de los libros y no sabe de más alimento espiritual que los conocimientos indispensables y circunscritos a su especialidad; su gran afán de saber no conocía límites y su amplio espíritu, su aguda sensibilidad, la llevaban a descubrir en la naturaleza y en el arte fuentes continuamente renovadas de goce y de riqueza interior.

Un año después de esta dura coyuntura, Zetkin organizó la Primera Conferencia de Mujeres Comunistas y, a partir de lo allí discutido, produjo otro de sus grandes escritos, «Directrices para el movimiento comunista femenino» (1920), en el que pinta un impresionante cuadro histórico de las situaciones que estaban padeciendo las mujeres después de la Primera Guerra Mundial. Relata que la inmensa tensión y el continuo aumento de los precios de los alimentos y de los alquileres hacía que las preocupaciones, las privaciones y las penas de millones de «obreras, amas de casa y madres» llegaran a ser insoportables. Con una prosa magistral, cargada de una potencia angustiante, retrata un mundo donde el estado de salud de las mujeres empeoraba día a día, tanto por la subalimentación que padecían como por el peso del trabajo en la fábrica y del trabajo doméstico.

A lo largo de los años que duró la guerra, en los países beligerantes había regido el eslogan de que las mujeres debían estar en los primeros puestos de la economía, de la administración y de todas las actividades culturales. Zetkin cuenta que el prejuicio contra el llamado «sexo débil» había quedado sofocado por el sonido de las trompetas triunfales, el rugido del poder y la explotación imperialista, que necesitaba raudamente a las mujeres como mano de obra. Esta necesidad del capitalismo había empujado a grandes a masas de mujeres a emplearse en la industria y en la agricultura, en el comercio y en los negocios, en todos los sectores de la administración local y estatal, en los servicios y en las profesiones liberales: en todas partes, el trabajo de las mujeres aumentaba día tras día.

Sin embargo, al finalizar la guerra, todo cambió. Las naciones convocaron a las mujeres a volver a sus casas y a abandonar los puestos de trabajo que habían tenido que ocupar durante el conflicto bélico:

Resuena hoy con nueva fuerza el eslogan: ¡fuera las mujeres de los puestos de trabajo, que vuelvan al sitio que les corresponde, que es la casa! Un eslogan que resuena incluso dentro de los sindicatos, que obstaculiza y hace más ardua la lucha por la paridad del salario y la paridad de prestaciones para ambos sexos, al mismo tiempo que a su lado renace la ideología pequeñoburguesa-reaccionaria de la «única profesión auténticamente natural» y la inferioridad de la mujer.

Luego de este pasaje impactante, explica que aquella iniciativa de expulsar a la población femenina del mercado laboral estaba en estridente contradicción con la imperiosa necesidad de amplias masas de mujeres que debían mantener a sus familias porque la guerra había matado a millones de hombres y convertido a otros tantos en inválidos parciales o totales que requerían de cuidados y manutención. Clara fue la primera en plantear tan claramente que las mujeres son las principales víctimas de las crisis económicas, y lo hizo con palabras inolvidables, dignas de ser recordadas en cada crisis:

Ahora, cuando la industria capitalista se ha visto disgregada por la guerra mundial, cuando el capitalismo todavía dominante se muestra impotente para reconstruir la economía según las necesidades materiales y culturales de las grandes masas trabajadoras, cuando la caída de la economía y su sabotaje consciente por parte de los capitalistas ha provocado una crisis de estancamiento de la producción y una desocupación nunca antes vista; ahora, decimos, las mujeres son las primeras, y las más numerosas, víctimas de esta crisis.

En este texto dejó en evidencia que las trabajadoras sentían del modo más oprimente el malestar social, puesto que en ellas «coincide su situación de clase en cuanto explotadas y la situación de inferioridad de su sexo, lo que las convierte en las víctimas más duramente golpeadas por el orden capitalista». Hacia el final de estas «Directrices», Zetkin denuncia con audacia el machismo dentro de los sindicatos, que siempre fueron reacios a los reclamos de las mujeres y a tomarlas como compañeras en pie de igualdad.

Su texto culmina con un brillante alegato en el que acusa a la II Internacional de no haber respaldado como era necesario la lucha del movimiento de mujeres. Y explica que, si bien la II Internacional convocó a las organizaciones sindicales y a los partidos socialistas a admitir a las mujeres en sus filas como miembros iguales, así como a militar por el voto femenino universal, estas cuestiones no pasaron de ser meras declaraciones. Las decisiones finales fueron dejadas en manos de los sindicatos y los partidos socialdemócratas de los distintos países, y ese abandono generó un abismo entre la teoría y la práctica, es decir, entre el apoyo formal de la II Internacional a los reclamos de las mujeres y lo que luego sucedió efectivamente. Clara acusa a la II Internacional de haber tolerado que las organizaciones inglesas y francesas socialistas, así como el partido socialdemócrata belga y, más tarde, el austríaco, lucharan durante años por el derecho de voto femenino censitario y no por el universal. A modo de ejemplo, puede verse que, en Bélgica y en Austria, los partidos socialistas lograron que el sufragio se ampliara a los obreros, pero no a las obreras. Por todo esto, en declarado pie de guerra, afirma:

Por lo demás, la II Internacional no ha creado nunca un órgano que promoviese a nivel internacional la realización de los principios y reivindicaciones a favor de la mujer. Los inicios de una organización internacional de las mujeres proletarias y socialistas por una acción unitaria y decidida han nacido al margen de su organización, de manera autónoma.

A partir de estos argumentos, Zetkin llamaba a las mujeres del movimiento socialista a romper relaciones con la II Internacional y a adherirse a la Internacional Comunista. Esperaba que allí, por fin, la lucha por los derechos de las mujeres no fuera solamente una fábrica de resoluciones formales, sino una fructífera comunidad de acción. Entre las directrices para el movimiento de mujeres comunistas, planteaba las siguientes líneas de trabajo —en ellas, cabe destacar su convicción de que el socialismo debía liberar a las mujeres de la doble jornada—:

• Superación de los prejuicios, hábitos y costumbres, preceptos religiosos y jurídicos que degradan a la mujer como esclava de su casa, del trabajo y del placer del hombre, superación que presupone una toma de conciencia no solo de las mujeres, sino también de los hombres.

• Plena igualdad jurídica de la mujer y el hombre en la educación, la vida privada y la vida pública.

• Asistencia radical a las mujeres pobres.

• Institución de órganos asistenciales sociales ejemplares para la protección de la maternidad, la infancia y la adolescencia.

• Creación estatal de instituciones sociales modelo que desarrollen las tareas económicas de la mujer en la familia del pasado y que la ayuden e integren en sus tareas de madre.

Algunas de las líneas planteadas por Zetkin estuvieron presentes en las conquistas políticas que lograron las mujeres rusas a partir de la Revolución soviética, gracias al trabajo de militantes y dirigentes comunistas como Alexandra Kollontai e Inessa Armand, entre muchísimas otras.

Las dificultades

El Movimiento Internacional de Mujeres Comunistas se lanzó como una rama autónoma de la Internacional Comunista. Fue fundado en una reunión de mujeres en 1921, y la Secretaría Internacional de la Mujer quedó presidida por Clara Zetkin, que debía informarle las decisiones del movimiento de mujeres al Ejecutivo de la Internacional Comunista. Según el historiador John Riddell (2011), la autonomía del movimiento de mujeres funcionó y las estructuras partidarias para el trabajo entre mujeres efectivamente se establecieron durante aquellos años en casi todos los países donde el comunismo era legal. En los partidos comunistas nacionales, había comisiones especiales de mujeres que coordinaban el trabajo de las organizaciones de obreras según la rama y convocaban a conferencias de mujeres. La Secretaría Internacional de la Mujer, por su parte, publicaba un periódico mensual titulado Internacional de las Mujeres Comunistas.

No obstante, las problemáticas que planteaban las mujeres no lograban ser incorporadas con demasiado empeño en la agenda de la Internacional Comunista, como se observa en estas palabras de Clara en 1921:

Los líderes muy a menudo subestiman la importancia del Movimiento de Mujeres Comunistas porque lo ven solo como un «asunto de mujeres» […] En la mayoría de los países, las victorias de las mujeres comunistas han sido alcanzadas sin el apoyo de los Partidos Comunistas y, de hecho, en algunas ocasiones, con la oposición de estos, de manera abierta o velada.

Un año antes, refiriéndose a los dirigentes comunistas alemanes, le había contado a Lenin:

Muchos camaradas, y buenos camaradas además, se oponían decididamente a la idea de que el partido crease organizaciones concretas de trabajo entre las mujeres. Las descartaban por lo que tenían de feminismo.

Zetkin era una dirigente importante y, en 1920, ingresó como diputada al parlamento alemán y viajó a la Unión Soviética y se reunió dos veces con Lenin en su despacho en el Kremlin. Aquellos encuentros quedaron inmortalizados en el texto Recuerdos de Lenin, fechado en enero de 1925, pocos meses después de la muerte del líder soviético, a quien le rinde homenaje. Clara ya tenía 67 años cuando escribió este relato de esos dos encuentros en los cuales conversó con Lenin sobre la organización del movimiento femenino y la importancia de politizar a las mujeres en la lucha contra el capitalismo. En un momento, Lenin le manifiestó su disgusto por el hecho de que las militantes comunistas alemanas se dedicaran a discutir con las obreras problemas vinculados al sexo y el matrimonio —temas que él parecía considerar una distracción descabellada en aquel contexto de arduas luchas para consolidar la revolución—: «Yo no confío en quien está constante y decididamente absorbido por los problemas sexuales, como un faquir indio por la contemplación de su ombligo», la increpó. Pese a su inmenso respeto por Lenin, Zetkin no respondió de manera obsecuente, sino que defendió a sus compañeras e intentó hacerle ver que lo que se cuestionaba era la ideología burguesa:

Al llegar aquí hice la observación de que las cuestiones sexuales y del matrimonio, bajo la dominación de la propiedad privada y del régimen burgués, generan muchas tareas apremiantes, conflictos y sufrimientos para las mujeres de todas las clases y estratos sociales. La guerra y sus consecuencias han agudizado en la mujer, de manera extraordinaria, los conflictos y sufrimientos que ya existían precisamente en el terreno de las relaciones entre los sexos. Los problemas antes velados para la mujer han quedado al descubierto.

Y agregó:

Dije que el interés por estas cuestiones era un signo de la necesidad que se sentía de claridad y de nuevas orientaciones. Que en esto se revelaba también una reacción contra la falsedad y la hipocresía de la sociedad burguesa. […] Que una actitud de crítica histórica ante estos problemas tenía necesariamente que conducir a un análisis despiadado del régimen burgués, a poner al desnudo sus raíces y sus efectos.

Estas observaciones dejan ver que su larga experiencia de militancia con las mujeres había ido transformando su comprensión de la revolución y había ampliado su análisis marxista de la realidad. También parecía haber llegado a la conclusión de que la lucha de las mujeres, si bien con ideales anticapitalistas, debía llevarse a cabo a través de una gran alianza entre mujeres de diversas procedencias y clases sociales, ya que todas estaban sufriendo de alguna manera. (9) En uno de sus últimos textos, «Contribución a la historia del movimiento proletario femenino alemán» (1928), reconoce el valor pionero que tuvieron, por un lado, el libro La mujer y el socialismo (1879), de August Bebel, y, por otro, las primeras luchas de las feministas burguesas, empezando por aquellas que surgieron al calor de la Revolución francesa:

Bebel, con su libro, fue un precursor de la orientación revolucionaria del movimiento alemán de mujeres proletarias y de todos los demás países en los cuales las mujeres oprimidas y explotadas se alinearon bajo la bandera del socialismo. Pero también se le debe gratitud eterna al movimiento femenino burgués. (10)

A grandes rasgos, la evolución del pensamiento de Clara Zetkin resulta un puntal para reflexionar sobre las dificultades que siempre han tenido que afrontar los movimientos de mujeres dentro de los partidos políticos y de los sindicatos, ya que deja a la vista una resistencia por parte de los hombres a reconocer la especificidad de los problemas de las mujeres y a priorizarlos en las agendas, así como deja también en evidencia la existencia de prácticas machistas que se reproducen al interior de este tipo de organizaciones y que sin dudas tienen efectos políticos.

Creada en 1921, la Internacional Comunista de Mujeres floreció durante dos años y medio; pero, tras la muerte de Lenin en enero de 1924, las dirigentes comunistas perdieron influencia. A mediados de 1925, se canceló la publicación del periódico del Movimiento Internacional de Mujeres Comunistas, supuestamente debido a su alto costo. Al año siguiente, la Secretaría Internacional de la Mujer tuvo que mudarse de Moscú a Berlín, donde perdió su condición de secretaría autónoma y fue forzada a convertirse en un mero departamento del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Al parecer, las fuerzas burocráticas del estalinismo tendieron a imponerse con toda su lógica y, al eliminar la relativa autonomía del movimiento de mujeres, lo destruyeron.

Notas

  1. Según la historiadora Mirta Zaida Lobato, ya en el año 1902, la socialista Gabriela Laperrière de Coni, una de las fundadoras del Centro Femenino Socialista, y que además había sido inspectora en talleres y fábricas, «redactó un proyecto de ley que contemplaba, entre otros temas, la fijación de la jornada en ocho horas y la prohibición de que las adolescentes iniciaran su trabajo antes de las 6 de la mañana y lo concluyeran después de las 6 de la tarde. Incluía, además, la prohibición del trabajo nocturno, el descanso obligatorio de un día a la semana, la prohibición del trabajo a destajo a partir del cuarto mes de embarazo, el goce de licencia a partir del octavo y seis semanas de descanso después del parto. Asimismo, contemplaba la conformación de una caja de seguros contra enfermedades con las multas de las obreras, la instalación de salas de lactantes en los talleres de más de cincuenta obreras y la permanencia en esa sala de los hijos hasta los dos años. En opinión de la inspectora, las mujeres no podían ser empleadas en trabajos rudos, insalubres, peligrosos y tóxicos, ni tampoco en aquellos que afectasen su moral. El proyecto establecía, además, que las mujeres debían ser dirigidas y mandadas por una persona de su mismo sexo, no permitiendo la promiscuidad con los hombres (LV, 20-23 de mayo, 1902) […]. En 1906, Coni fue separada del partido por su adhesión al sindicalismo y Carolina Muzzilli ocupó su lugar» (Lobato, 2005).
  2. Entre el 19 y el 22 de mayo de 1910 se celebró en Buenos Aires el Primer Congreso Femenino Internacional —organizado principalmente por el Centro Socialista Femenino, en el que militaba Muzzilli, y por la Asociación de Universitarias Argentinas—. Como representantes de la Argentina, participaron las primeras médicas, educadoras y luchadoras por la igualdad de derechos, como Cecilia Grierson, Julieta Lanteri, Elvira Rawson, Alicia Moreau, Petrona Eyle, Sara Justo y Fenia Chertkoff. No se permitió la presencia de varones. Véase Barrancos (2008).
  3. En noviembre de ese año, en pleno albor de la revolución, las mujeres alemanas conquistaron el derecho al sufragio femenino universal.
  4. Rosa Luxemburg fue durante muchos años amante del hijo menor de Clara, Kostia Zetkin, a quien le llevaba quince años. Debido a la vida de exilios que había tenido su madre, antes de cumplir 5 años, Kostia ya hablaba cuatro idiomas —francés, alemán, ruso e inglés—. Clara era muy estricta con sus hijos, con los horarios y el estudio; pero Kostia le dio mucho trabajo porque desde chico se perdía en ensoñaciones y caminatas y descuidaba sus deberes. Clara, por su parte, cuando sus hijos tenían 15 y 13 años, les solicitó el consentimiento para volver a casarse, y se casó con un hombre dieciocho años menor. Kostia se llevaba muy bien con su padrastro, que tenía inclinaciones artísticas y que de hecho era quien más estaba en la casa. Al cumplir 21 años, Kostia seguía sin querer ingresar a la universidad y tampoco trabajaba. Clara le dijo que no podía seguir viviendo a costa de ella y lo convenció de ir a la universidad en Berlín, para lo cual le consiguió un departamento, que pertenecía a su amiga Rosa Luxemburg. El plan tomó un rumbo inesperado cuando Kostia y Rosa se convirtieron en amantes. Sin embargo, Clara se sintió aliviada de que su hijo estuviese bajo el ala de una mujer excepcional, y siempre estuvo íntimamente agradecida con su amiga por cuánto amaba a su hijo y por todo lo que hizo por él.
  5. Cuando relata su segunda reunión con Lenin, cuenta que ella le propuso organizar un «congreso de mujeres sin partido», y para eso quería conformar un comité de mujeres de distintos países cuya tarea sería ponerse en contacto «con las dirigentes de las obreras organizadas en los sindicatos, con las dirigentes del movimiento político femenino proletario, con organizaciones femeninas burguesas de todo tipo y de todas las tendencias y, por último, con eminentes mujeres médicas, maestras, escritoras, etcétera, y formar una comisión nacional preparatoria sin partido» (Recuerdos de Lenin, 1925). De esta manera, construía un sujeto político femenino que iba más allá del proletariado. Lenin la apoyó con entusiasmo —porque él consideraba que el comunismo debía construir su hegemonía a partir de un amplio movimiento de masas—, pero el congreso no logró llevarse a cabo por la oposición de otras dirigentes comunistas.
  6. Cabe recordar que la madre de Zetkin estuvo vinculada al feminismo burgués y que así ella descubrió tempranamente la causa de las mujeres.

(De: Biblioteca feminista. Vidas, luchas y obras desde 1789 hasta hoy, Planeta, 2020)