Clarín y el odio irracional de la clase media contra Alberto

Por Edgardo Mocca

Algunos números: la deuda de Vicentín con el Banco Nación se duplicó entre 2015 y 2019; de 150 millones de dólares pasó a 300 millones de dólares. En noviembre de 2019, el BN le prestó a la empresa 86,6 millones de dólares, a razón de un crédito por día. Y ya se sabía que Macri no iba a continuar en la Casa Rosada. El 15 de diciembre de ese mismo año Vicentín se declaró en «estrés financiero» (fuente: portal del diario Perfil, 15 de junio último). Aún con los mega-préstamos de la banca nacional, la empresa acumuló enormes deudas con productores agrarios y con los trabajadores de sus diversos emprendimientos y su destino inexorable era el desguace o su pasaje a manos de grandes firmas multinacionales del comercio de granos.

Es por el peso abrumador de estos y otros datos que podrían agregarse, que la derecha política, social y mediática se niega a discutir sobre los hechos. Hace un ejercicio irracional, sustrae del debate la realidad y la reemplaza por una catarata de recursos «ideológicos», en cuyo centro está la idea de que el gobierno se propone poco menos que hacer desaparecer a las empresas privadas de la economía argentina. Ese es el comportamiento de muchos ex funcionarios de los tiempos macristas, de periodistas asustados por sus compromisos de dudosa legalidad con el gobierno anterior, así como de intelectuales que antes predicaban la «recuperación institucional» lograda por Macri y ahora intentan protegernos del «autoritarismo» de la cuarentena con la que los argentinos y argentinas nos protegemos de la pandemia.

La irracionalidad de la derecha no es una particularidad argentina. Corresponde a una realidad de época. Se terminaron los buenos tiempos de un neoliberalismo que se proclamaba en nombre del «fin de la historia». Que era portador de un modelo político que marchaba a ser eterno: el modelo del consenso, de la pacífica alternancia en el gobierno entre la derecha neoliberal y el progresismo también neoliberal. Esos tiempos que empezaron con el ascenso de Thatcher en el Reino Unido y Reagan en Estados Unidos, pero que también se instalaron a sangre y fuego con Pinochet en Chile y con el tándem Videla- Martínez de Hoz en nuestro país. Ese modelo está en crisis desde antes de la pandemia y hoy vemos cómo el discurso del fin de la historia es desplazado por un marcado giro de la derecha hacia el irracionalismo en sus más extremas modalidades.

La experiencia del macrismo en el gobierno es testimonio de ese pasaje de época. La «derecha moderna y democrática» que gobernó entre 2015 y 2019 fue el reinado de una visión mercantil, despótica y corrupta de la política. Salen a la superficie con una sincronía asombrosa el enorme enriquecimiento de grupos económicos vinculados a Macri, su familia y sus amigos, la utilización de la firma presidencial para todo tipo de ilegalidades orientadas a favorecer a esos grupos (empezando por el colosal endeudamiento dirigido centralmente a la fuga de capitales) y el despliegue casi cinematográfico de un aparato de espionaje ilegal que contó con el necesario concurso de la corrupción política, mediática y judicial. Y no son rumores ni espectáculos mediáticos como lo de las excavadoras que buscaban descubrir «la ruta del dinero K». Son investigaciones avanzadas que descubren micrófonos carcelarios, espionaje a correos electrónicos, ataques mafiosos a funcionarios del propio gobierno, control de movimientos de aliados políticos y fraudes económicos escandalosos.

Por supuesto que la derecha actual no es solamente un conjunto ocasional de oportunistas lanzados a aprovechar la política para engrosar sus cuentas bancarias. Es otra cosa, es la forma política del neoliberalismo propia del tiempo de su crisis. En los años noventa, podía recubrirse la esencia injusta y violenta del capitalismo financiarizado bajo el ropaje ideológico del final de las contradicciones entre derechas e izquierdas, entre fuerzas populares y fuerzas oligárquicas. Entonces podía mostrarse cómo, en todo el mundo, fuerzas de profunda tradición popular como nuestro peronismo o la socialdemocracia europea podía administrar exitosamente las «reformas de mercado». Lo que quedaba fuera de ese gran consenso «centrista» estaba en los márgenes, no tenía modo de gravitar seriamente en el destino de ningún país. Desde comienzos de siglo, ese consenso comenzó a resquebrajarse porque su base de sustentación se debilitó e irrumpió la crisis. Nuestra región fue y es un epicentro de esa novedad política. Ilustra este recorrido la experiencia de Brasil. Se podría utilizar a dos personajes de ese país para ilustrarlo: Fernando Henrique Cardoso y Jair Bolsonaro. El primero, un académico progresista, moderado, dialoguista que fue electo y reelecto a la presidencia sobre la base de la ejecución estricta del Consenso de Washington; el segundo, un militar bravucón, autoritario y sexista que gobierna con la línea neoliberal más estricta y con sistemáticas pruebas de lealtad a Trump y al imperialismo. ¿Qué hubo en el medio? Hubo la experiencia de un intento de rescatar los intereses populares del abuso colonial ilegalmente expulsado del gobierno

La irracionalidad, el mesianismo, el autoritarismo no son rasgos circunstanciales de la derecha de estos días. Son una política. Funciona en varios países del este europeo, crecen sus partidarios en los países centrales, gobierna con Trump a la principal potencia occidental. ¿Cómo se expresa esa tendencia en Argentina? Claramente hay un sector de la coalición macrista que ha pasado a interpretar esa partitura. Una de sus intérpretes es ni más ni menos que la presidenta del PRO, Patricia Bullrich. La conducción oficial de la UCR se ha sumado al carro, acaso consciente de que su defección de cualquier campo popular y hasta de cualquier liberalismo democrático es, a esta altura, irreversible.

Lo que hay que seguir con mucho interés es la infraestructura social de ese giro de la derecha. La referencia es a ese odio irracional de sectores altos y medios de la escala social, esa fidelidad asombrosa al estereotipo mediáticamente construido de la experiencia kirchnerista, proyectada plenamente al actual gobierno, a pesar de la amplitud y pluralidad de la coalición que lo sustenta. Son las banderas argentinas agitadas para defender la gestión de una empresa que creó todas las condiciones para su desnacionalización. Es la flamígera consigna de «libertad» enarbolada para sabotear las medidas que se toman para protegernos de la enfermedad y de la muerte. Es, en fin, el surgimiento de un frente social y político dispuesto a desconocer los hechos reales para evitar que estos desmonten una ilusión de pertenencia al campo de «los buenos», los que no necesitan al estado porque saben hablar y saben trabajar. En realidad la derecha irracional está anclada en el miedo. Supo decir Maquiavelo «a los seres humanos no les parece que posean con seguridad lo que tienen si no adquieren algo más». La base de masas de esta nueva derecha está en los sectores medios que temen por su futuro en un mundo en crisis. Por eso se asocian a los poderosos para poder seguir gozando de una distinción social que según creen es amenazada por el populismo, pero en la realidad es amenazada por la incertidumbre neoliberal.

El Destape

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