
Cerebros
en crisis
Por Enrique Gil Ibarra
La crisis no sólo afecta el bolsillo. También obnubila el cerebro.
El otro día, conversando con un conocido que tiene una empresa pequeña, de
unos 30 empleados, hablábamos del tema universal en estos días: la crisis y
cómo nos afectará a los argentinos.
Yo le comentaba que en Trelew -la ciudad donde ambos vivimos- no me parecía
que la tal crisis hubiera perturbado demasiado, al menos todavía. Mi
“sensación”, palabra que ha sido tan abusada que está a punto de convertirse
en sinónimo de eufemismo, es –le decía- que lo que existe aquí es una
especie de “psicosis de la crisis”, que si bien asusta y mucho a los
empresarios, no tiene su reflejo en una realidad concreta que sea demasiado
distinta de otras épocas en las que hubo que apretarse un poco el cinturón.
Vamos, que no es que haya desaparecido el dinero, sino que se encuentra bien
guardado en múltiples bolsillos, cajas de seguridad y/o de zapatos, de los
que él posee varios pares. Y que hasta ahora los que más se quejan lo hacen
de llenos y en todo caso porque han postergado la compra del 0 Km., porque
los que no están (y nunca estuvieron) llenos no se quejan sino que siguen
–como siempre- buscándose la diaria como mejor pueden y a la crisis no le
dan ni pelota, tal vez por falta de tiempo.
No diría que estuvo de acuerdo, pero tuvo la gentileza de reconocerme que
hasta cierto punto eso era bastante cierto, pero que él creía que existía la
posibilidad de que se pusiera peor.
Y agregó: “De todas formas, siempre los perjudicados vamos a ser los
empresarios chicos, así que yo ya tengo pensado que si bajan las ganancias
por debajo de un cierto límite, tengo que despedir alguna gente. Y si no,
cierro y listo”.
“¡A la mierda! -le contesté- ¿No la vas a pelear? ¿Vas a rajar a tu gente
así nomás? Algunos eran empleados de tu viejo”.
“Si, bueno –me dijo- no te creas que no me importa, pero yo no voy a perder
guita. Yo esta crisis no la causé, y no voy a quedar en la lona si la
empresa empieza a andar mal”.
Tengamos en claro que este pequeño empresario viene de seis años
florecientes, durante los que logró forrarse concienzudamente*.
Por supuesto, se lo dije. Pero no pareció entrar en su pensamiento.
Asombrado, me respondió: “¿Y eso qué tiene que ver? Esa plata es mía, no la
voy a poner en la empresa para perderla”.
Y aquí viene el asunto central, porque descubrí que uno –cualquier “uno”-
puede ser un brillante empresario, pero eso no implica que pueda razonar
coherentemente.
Le expliqué que las recesiones se superan con consumo. Que pensara que, si
él razonaba así y despedía personal, posiblemente colaboraría en convertir
su preocupación en una “profecía autocumplida”, ya que el mercado en este
desangelado mundo capitalista es una cadena de venta y compra interligada
que, si se rompe, también explota.
No me entendió, así que la hice más simple: “Mirá, vos despedís a 10, eso no
parece mucho y tus ventas no bajan. Pero después una empresa de 2.000
despide a 500, y tus ventas (Trelew tiene 100.000 habitantes) empiezan a
bajar. Entonces vos despedís otros 10, y otra compañía raja a 300, y otra a
200 y vos terminás cerrando tu boliche. ¿Entendés?”
Por supuesto, ahí si comprendió rápidamente. Satisfecho, supuse que había
contribuido a preservar la fuente de laburo de 30 tipos, y que además –mucho
más importante- había aportado mi gotita de agua en la copa semi vacía de la
resistencia contra la depresión económica.
Cuando nos despedimos, le pregunté finalmente qué planeaba para sostener su
pujante empresita.
“Ya te dije –me contestó- si la cosa se pone jodida, primero rajo a algunos
-pagándoles todo, eso si-, y si se pone peor, cierro. No voy a arriesgar mi
propia guita. Que esto lo arregle otro, no es mi culpa”.
Margaritas a los chanchos.
Usted me dirá: “¡Qué tipo hijo de puta!”. Y sin embargo, es un chabón muy
querido en la ciudad, porque siempre se comportó como “buena gente”.
La crisis no es solamente económica. Los cerebros también se arrugan como
pasas por falta de irrigación.
¿Sabe lo que más me molesta? Que posiblemente en unos meses, cuando nos
veamos de nuevo, el tipo me diga: “Cerré la empresa justo antes de perder
plata.
¿Viste que yo tenía razón?”
*Cualquier similitud con nuestros compatriotas
“del campo” es pura coincidencia, lo juro.
La
Marcha de la Muerte
Por Enrique Gil Ibarra
Hoy se realizará en Buenos Aires una marcha que confluirá en la Plaza de Mayo.
Los manifestantes exigirán al gobierno “más seguridad” y “más justicia”.
Sin embargo, todos los que queremos saberlo comprendemos que este reclamo es
“pour la galerie”. La convocante es Constanza Guglielmi, ex asesora de Blumberg
y conocida reivindicadora de la dictadura militar. No es relevante que sea hija
del general Alejandro Guglielmi, acusado por su participación durante la
dictadura en el centro de detención clandestino conocido como “El Campito”,
porque los hijos no tienen por qué cargar con las acciones de sus padres. Claro,
a menos que las compartan.
Lo que verdaderamente se reclamará mañana es la pena de muerte. Y de paso,
reinstalar en la sociedad el concepto de que “con los militares estábamos
mejor”.
Pavada de objetivo.
Como mencioné en una nota reciente, las
estadísticas demuestran que esta mentada inseguridad, si bien existe, no es el
Apocalipsis que toda la oposición (incluyo a Cobos, Carrió, Macri, De Narváez,
Stolbizer, Solá y etcéteras menores), ayudados por la tilinguería televisiva y
mediática intenta hacernos creer, sino una realidad muy preocupante pero aún
controlable.
Qué dicen las cifras
Para evitar suspicacias, no utilizaremos las estadísticas argentinas, sino las
de la ONU. De esta manera, anularemos la previsible objeción de que los
maquiavélicos Kirchner las trucharon para engañarnos a todos. (Claro que siempre
habrá algún conspirativo que insista en que la ONU forma parte de un plan
sinárquico internacional pergeñado específicamente para cagarnos la vida a los
argentinos y que también está a sueldo del progresismo judeo-masónico. En fin).
Estas son las cifras de homicidios intencionales en Sud América, con base
1/100.000 habitantes:
[Las cifras de las columnas indican los promedios mínimo y máximo]
Como
vemos, la Argentina se ubica en uno de los lugares con menor tasa promedio de
muertes intencionales entre los países sudamericanos, con un coeficiente de
5,4/100.000 habitantes, lo que representa aproximadamente 2.100 muertes por año.
Son demasiadas, por supuesto. Una muerte es demasiado y nadie puede discutir
esto. Pero están sin duda muy lejos de las cifras de otros países, inclusive
desarrollados. Sin ir más lejos, la meca-paraíso de muchos de los que
protestarán mañana, los Estados Unidos de Norteamérica, tiene un coeficiente
promedio superior al nuestro: 5,7/100.000.
Desde luego sería mucho mejor acercarnos a las estadísticas españolas
(1,3/100.000 hab.) o italianas (1,1/100.000 hab.). Pero por ahora eso es un
simple sueño.
“El que mata debe morir”
Decir esto parece fácil. Hasta podríamos aceptar que parece justo. El argumento
común de todos los que plantean algo similar es que “no somos responsables de lo
que pasa”, “no tenemos la culpa” y “no se puede seguir justificando al que mata
diciendo que es pobre y que tuvo una mala infancia”. Es cierto que los
individuos, como tales, no tienen “la culpa”. Es cierto que la justificación
ante una muerte no es posible. Pero no es cierto que, como sociedad, no seamos
“responsables” de lo que ocurre. Todos lo somos. Los ricos, los más o menos y
los pobres. Por indiferencia, negligencia, necedad y omisión. Imagino -a esta
altura de la nota- escuchar las protestas indignadas: “yo no soy responsable de
nada, yo me gané la plata trabajando y rompiéndome el culo honestamente”.
Si, está bien, eso posiblemente sea cierto.
Pero el quid no está en la cantidad de plata que uno tenga, o cómo la ganó, sino
en la actitud: "Cuando voy en mi auto importado no me gusta bajar el vidrio
polarizado y ver tanta miseria por las calles en Argentina", dijo en el 2007
Moria Casán, que tiene mucho dinero y se lo ganó honestamente trabajando de
vedette. La misma actitud que tal vez un empleado de cuarta adopta con un
cartonero: “y ese negro de mierda ¿porqué no va a trabajar?”.
Lo que no se comprende es que una sociedad existe como comunidad viable porque
acepta un “pacto de convivencia tácito”. La sociedad (todos nosotros) subsidia
con los impuestos educación y salud, y proporciona los medios como mínimo
suficientes para que el individuo (todos nosotros) se provea de trabajo,
alimentación, vestido, etc. A muy grandes rasgos, así funciona el capitalismo,
nos guste o no.
Una sociedad sin pactos
El tema es que en los 80, la globalización hizo estallar esos "pactos de
convivencia". Eso generó, como todos podemos recordar, una híper exclusión que
añadió a las clases sociales una división horizontal entre "incluidos" y
"excluidos". Hasta ese momento, existía cuando menos un "concepto de
posibilidad" en el trabajador no especializado; una esperanza (aunque fuera
pequeña) de mejora posible. A partir de allí eso se eliminó. Los hijos del que
quedó afuera nacieron y crecieron "sabiendo" que nunca podrían volver a
ingresar. Para esos hijos, que hoy tienen entre 20 y 30 años, no hay pactos ni
acuerdos de convivencia, ni siquiera mínimos. Para ellos, la sociedad es un
abismo extraño y sus miembros, los que están “adentro”, son como otra especie,
otra raza. Esos hijos de la exclusión son indiferentes al mero concepto social.
En el mejor de los casos, no te registran; en el peor, sos un enemigo
irreconciliable.
En ese marco de quiebre, todo aquel que no es “muy pobre" está del otro lado. Si
tiene algo, lo que sea, puede ser robado, o asesinado, porque "tiene lo que yo
no tengo". No hay aquí consideraciones éticas, porque no puede tener ética
social (comunitaria) aquel que no reconoce lo social como un valor. Entonces,
nos encontramos con una realidad que nos golpea: ahora muchos jóvenes que matan,
matan porque no les preocupa morir, ni vivir. Morir, para ellos, es un
incidente, un acontecimiento menor y muy probable, al que se han acostumbrado
desde pequeños.
Se me dirá: “Bueno, si es así, entonces démosles el gusto y solucionado el
problema”.
Pero no es así. Porque la enfermedad, ese “extrañamiento” social no radica en
los individuos que matáramos hoy, sino en los que siguen creciendo y naciendo
todos los días en el mismo marco incontinente.
Si la sociedad argentina no reconstruye los pactos, el problema no tiene
solución y por supuesto continuará agravándose.
Comprender no es justificar
La reacción de las clases media y alta -y hasta de buena parte de los sectores
trabajadores más humildes- cuando se intenta explicar el porqué algunos de estos
“hijos de la miseria” se comportan de esta manera, consiste básicamente en una
explosión indignada: “¡No vas a justificar a esos asesinos hijos de puta!”
No, por supuesto. Lo que considero necesario es comprender, aunque no
justifique. Porque si no comprendemos, no podemos buscar soluciones; sin
soluciones, el miedo nos domina hasta la necedad y surge la frase irredimible
“roban y matan porque son vagos y asesinos, hay que matarlos a todos”.
Para comprender, hay que sacudirse también el clásico ejemplo personal: “mirá,
mi vieja también se quedó sola y sin plata cuando éramos chicos, pero ella salió
a laburar y nosotros no somos chorros ni asesinos”.
Sin cuestionar la potencial verdad de esa afirmación, podríamos argumentar que
la posición social, económica y cultural desde la que se parte da ventajas, y
también las quita.
Para no retrotraernos a las estadísticas de los 80, utilicemos las del año
pasado. En el primer semestre del 2008, había en la Argentina, según el INDEC
(para que nadie diga que las cifras están aumentadas) un 11,9 % de hogares bajo
la línea de pobreza. Esto representa más de 7.000.000 de habitantes. Pero no
hablemos de pobreza, sino de indigencia: 3,8% de hogares, 5,1% de personas. Nada
menos que 2.000.000 de habitantes* sin acceso a necesidades básicas como el
alimento, el vestido o la vivienda. De ellos, el 14,3% (286.000) son menores que
nacieron en esa condición. ¿Podemos asombrarnos que –supongamos- un 10% (28.000
menores) pudieran elegir robar? ¿Y si suponemos que un 1% (2.800) se decidiera a
matar? Pues tal vez sea coincidencia, pero en el 2005 la cantidad de homicidios
fue de 2.115 en todo el país y los menores no cometieron ni la mitad (sin
embargo, también se pretende bajar la edad de imputabilidad).
Es decir que, cuando criminalizamos la pobreza, estamos hablando de considerar
sospechosos a 7.000.000 de compatriotas por ese 0,03% que realmente consumó un
homicidio.
Patear la pelota afuera
Exigir la pena de muerte no es otra cosa que patear la pelota afuera. Es pedirle
al Estado (a “otro”) que oficie como verdugo mientras nos permite mantener
limpias nuestras manos. Podría sugerir una ley que plantee la pena de muerte si
(y sólo si) luego de una condena firme, ésta es ejecutada por las propias manos
del damnificado directo o su familiar más próximo. Y lo sugeriría tranquilo,
porque estoy convencido de que el 99% de los que gritarán mañana en la Plaza
retrocederían horrorizados ante esa posibilidad.
No es función del Estado matar a los ciudadanos. Ninguna enfermedad se cura
matando al enfermo, y la criminalidad no es otra cosa que una enfermedad social
que compartimos todos pero se manifiesta en los individuos más vulnerables, sea
ésta una vulnerabilidad económica, cultural o psicológica.
Si no fuera así, que alguien más inteligente me explique porqué nuestro promedio
de accidentes de tránsito alcanza desde hace una década las 7.500 muertes
anuales (3,4 veces la cantidad anual de homicidios), sin que se convoquen
marchas contra esa inseguridad, ocasionada por automovilistas no delincuentes
pero que evidentemente causa muchas más víctimas. ¿Será porque buena parte de la
clase media tiene automóvil?
Esta es una marcha de la muerte porque ninguno de los que participará se
pregunta hasta que punto su propia indiferencia, su aceptación tácita o
explícita del “sálvese quien pueda” que se instauró hace décadas en nuestro
país, ha colaborado en producir esta situación. Para el argentino promedio, la
culpa es siempre del “otro”. Y ninguno de ellos está dispuesto tampoco a admitir
que una redistribución de la riqueza es la única fórmula viable para comenzar a
solucionarla hacia el futuro, unida a la resocialización efectiva en el
presente.
Su propuesta superadora, como la de la dictadura, es matar al que les molesta. Y
no es casualidad. Así como para Dorian Gray la visión de su imagen en el cuadro
era insoportable, todos ellos, con el rabillo del ojo, visualizan un espejo
oscuro, personal y miserable que podría mostrarles su deformidad si se
atrevieran a mirarlo de frente.
Enrique Gil Ibarra, 17/03/09
* Tomamos una base total país de 40 millones para no exagerar, y redondeamos las
cifras, siempre en contra de nuestra tesis.
Tu
quoque, Bruto…
“Un espanto, mire, vea. ¿Le parece que es posible que yo, que soy honesto y me
gané la plata trabajando tenga que vivir encerrado en mi country, blindar mi 4x4
y mandar a mis hijos al colegio en el Mercedes con chofer y custodia?”
“¿Le parece justo que después de veinte años de entregarle mi vida al
entretenimiento de la gente, de jugarme entero en la televisión, de construir mi
empresa ladrillo sobre ladrillo, de darle trabajo a la gente, no pueda disfrutar
en paz mi dinero bien habido?”
“¿Usted cree que nos merecemos esto? ¿Porqué nadie hace nada para protegernos,
para cuidarnos?”
Póngale la firma que quiera. No es preocupante, a decir verdad, que los
“famosos” –tanto imbéciles como lúcidos- atiborren las pantallas protagonizando
brotes paranoides y exigiendo mano dura. Porque después de todo, son famosos.
Forman parte de la caterva de supuestos inocentes mediáticos que afirman no
meterse en política pero desde hace décadas vienen sustentando este capitalismo
salvaje, desigual y deshonesto con su silencio, con su tergiversación, con su
ocultamiento cómplice o con el aprovechamiento descarado de prebendas y
sinecuras.
Marcelo, Mirta, Moria o Susana, vayan o no personalmente a la Plaza, se’gual.
Para ellos, la inmoralidad de la miseria se ha convertido en una costumbre tan
arraigada –y tan necesaria- que la consideran decencia.
Los billetes apilados en las cajas de seguridad han conseguido generar en sus
neuronas un vallado protector e infranqueable, que les impide –a Dios dan
gracias- relacionar algunos cientos de countrys, miles de 4x4’s y Mercedes con
custodia, colegios privados y empresas construidas a fuerza de decretazos
benefactores, con hambrunas, desocupación, analfabetismo, drogas duras y
violencia mamada desde el biberón escaso y mugriento.
Por supuesto que ellos no son culpables. Sólo co-rresponsables. Por omisión o
desidia, eligieron aceptar un mundo injusto y terrible y obtener de él el mejor
provecho posible. Triunfaron en ese mundo, y no es su culpa si estar entre los
pocos que ganan implica desentenderse de los muchos que pierden. Como diría
Mirta, “cuando estás mal, te maltratan” y nadie quiere ser maltratado. Ellos
supieron evitarlo.
Pero insisto: no son ellos los que me preocupan, sino los otros. Los miles de
gansos aquiescentes que el 18 próximo estarán en la Plaza, tratando de sacarse
la foto con semejantes ídolos. Los que se ufanarán luego en La Paternal o en
Flores, contándole a los chochamus del bar de la esquina que estuvieron allí
pidiendo la pena de muerte.
Me asusta mi suegra, maestra de toda la vida, o mi cuñado, ingeniero
electrónico, que no van a la Plaza pero lo miran por TV, y sin duda se sentirán
solidarios con tantos miles de acorralados y aterrorizados ciudadanos.
Me estremecen aquellos cientos de miles de opinantes irreflexivos que no tendrán
nunca nada de valor para ser robado, pero que se identifican ciegamente con un
reclamo hipócrita y falsario que exige la muerte para defender la propiedad. No
comprenden que su aprobación maquinal no sólo los hace menos dignos como
individuos, sino que ayuda a justificar la riqueza indefendible y ofensiva, el
insulto exhibicionista en un país donde poseer una casa modesta, un auto usado,
un trabajo pasable, parece un logro inalcanzable para el 50 por ciento de sus
compatriotas.
Todos ellos le exigen al Estado que mate. Ninguno de ellos se animaría a matar.
¿Qué podría criticar este cronista de un padre -herido por la pérdida- que
decide eliminar por propia mano al asesino de su hijo? Pero ¿qué tiene que ver
ese padre con otro que sale a pedir llorando por televisión que alguien haga lo
que él no se atreve a hacer?
Aunque las estadísticas afirmen que la Argentina es uno de los países más
seguros de América. Aunque desmientan de forma categórica que la violencia no es
un “atributo natural” de la pobreza, sino resultante de una moral social
distorsionada y enferma y, como tal, afecta a todos en distintas formas (1).
Aunque se les asegure que la mano dura nunca ha solucionado nada en ningún país
del mundo. Ellos seguirán negándose a entender que su misma condición de
“bienpensantes” es la que los convierte en víctimas potenciales.
Porque es esa indiferencia, ese pecado de omisión, esa mirada neutra y vacía que
mantienen ante la desgracia ajena, la que los hace enemigos, odiados, los
trasmuta en rubios, altos y de ojos celestes, aunque sean hijos de un cetrino
peón siciliano o un carretero de Castilla cortón y morrudo.
Ellos, los que no son famosos, van a Plaza de Mayo sin poder creer que la
injusticia está de su lado. No son ricos, y piensan que eso los absuelve. Lo
triste, lo verdaderamente preocupante, es que no pueden reconocer que, para la
otra miserable mitad de la población, su verdadero pecado –mortal- es no ser
pobres.
Enrique Gil Ibarra
Marzo 2009
(1) No es moralmente diferente la violencia del chorro pobre que mata en medio
de un robo, que la de un joven de clase media que atropella a alguien circulando
a 180 kilómetros por hora.
Negacionismo
y dictadura
Por Enrique Gil Ibarra
El conflicto en Gaza y la posición del Estado de Israel con su respuesta
“desproporcionada y feroz” –según declaraciones oficiales israelíes- a
los misiles palestinos, han logrado que en los últimos meses resurgiera
en algunos acotados ámbitos un elemental antisemitismo inconsciente que
tiene a identificar negativamente “Gobierno israelí” con “raza judía”.
Teniendo claro que esta clasificación es básicamente incorrecta, no es
el objetivo de este escrito pontificar sobre la diferencia –obvia- entre
“raza” y “religión”, ni cómo ese antisemitismo en ocasiones se disfraza
de “antisionismo”, actitud esta última que definitivamente comparto, a
diferencia de la primera.
Sin embargo, es interesante observar como este aparente “antisionismo”
redivivo ha posibilitado el rebrote del discurso “negacionista” del
holocausto judío. Personas racionales, inteligentes, que algunos meses
atrás ni siquiera se hubieran planteado el debate porque aceptaban como
verdad histórica el genocidio nazi, han variado su pensamiento no por
razones explícitas y lógicas sino –es mi impresión- por un oscuro
sentimiento de revancha: “si hacen esto ahora, quizás se merecían lo que
les pasó”; o bien por imprecisiones estadísticas: “parece que no fueron
seis millones los asesinados”; o consideraciones técnicas: “lo de las
cámaras de gas es falso”; o suposiciones conspirativas: “es una mentira
cuyo objetivo es encubrir el dominio del mundo”.
Todos estos argumentos, recubiertos de una muy respetable pátina de
“investigaciones históricas” y apellidos de científicos supuestamente
serios, han recobrado una validez inusual y, paradojalmente, irracional
y absurda.
Rebatirlos es simple y redundante:
• Nadie “merece” nada retroactivamente ya que, por mal que se porte
“hoy”, no podría haber sido castigado “ayer”, a no ser que se argumente
una presciente punición divina.
• Si fueron seis millones o cuatro, el concepto de genocidio no varía un
ápice.
• Si fueron asesinados en cámaras de gas, por hambre, por frío,
fusilados o ahorcados, da exactamente lo mismo y el hecho moral es
idéntico.
• Por último, en el tipo de mundo en que vivimos, todo país o pueblo
sueña con su preponderancia a nivel mundial, y de hecho un país la
ejerce desde hace décadas con mano de hierro. Las teorías conspirativas
tienden a considerar lo que es obvio en un mundo desquiciado como un
plan maquiavélico y secreto, condición que posibilita la “revelación”
consecuente.
Pero otra coincidencia es la que –en Argentina- me llama la atención.
Muchos de los más ansiosos negacionistas argentinos son también aquellos
que, de un modo u otro, tienden a justificar los crímenes de la
dictadura de 1976. Por supuesto, no se animan –excepto algunos locos- a
alabar a Videla, pero si a proponer “revisar lo actuado dentro de un
contexto histórico”. Esto no es malo, si no fuera porque parten de la
posición de descreer de una supuesta “mentira marxista y subversiva”.
Casualmente, surgen similares argumentos: “la guerrilla empezó con la
violencia, se lo buscaron”; “no fueron 30.000 los desaparecidos sino
muchos menos”; “no hubo torturas como las que se cuentan y además los
subversivos también torturaban”; “es una falacia del marxismo
internacional que intenta la destrucción de la Iglesia y la
civilización”.
Como vemos, si la casualidad es mucha, imaginar una causalidad tal vez
no sea un disparate.
Quizás podrían analizarse las motivaciones o ideario que unos,
negacionistas del holocausto que descreen de los crímenes del nazismo,
comparten con los otros, negacionistas del terrorismo de Estado
argentino que “comprenden” la reacción de las FFAA argentinas ante la
agresión “terrorista”.
Un análisis superficial nos ofrece el primer paralelismo. En ambos
casos, la civilización occidental y cristiana se vio “amenazada”: Hace
70 años, por la “ambición de los judíos” y el “avance del judeo marxismo
que intentaba adueñarse del planeta”. Hace 30, en Argentina, esa misma
civilización debió defenderse contra el “marxismo apátrida y ateo” que
subvertía nuestros valores. La reacción de los “agredidos” fue sin duda
“desproporcionada y feroz”.
¿Habrá sido –será- la misma guerra, que continúa a través de los años y
las fronteras? Posiblemente. Si este periodista adhiriera a las teorías
conspirativas, se animaría a sugerir que el intento de conspiración
histórica pasa por el arco de los “negacionistas” en ambos casos.
Después de todo, y ante la realidad del mundo en el que vivimos, no
puede afirmarse que por el momento el “marxismo apátrida” haya avanzado
mucho.
Tal como lo manifestaba Paul Ricoeur, “la memoria es un trabajo”. El
revisionismo histórico no es otra cosa que reanalizar y reubicar en un
contexto veraz la memoria colectiva. Esa tarea sólo puede ser respetable
y respetada si es encarada con honestidad y una inflexibilidad ética a
toda prueba.
La responsabilidad de revisar el pasado incluye aceptar la posibilidad
de que la nueva visión resultante no nos agrade nada. La verdad debe
primar sobre el dolor del autoconocimiento y el presupuesto del
prejuicio.
hendrix
http://www.elhendrix.blogspot.com |
http://www.elhendrix.com.ar

VOLVER A COLUMNAS

Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting