Como pez en el agua

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Pía Bouzas*

Se lanzó hacia el agua con ímpetu desde un pequeño promontorio, y lo último que vio fue el recorte oblicuo de un cielo celeste, limpio como una promesa. El agua la dejó entrar, le abrió un camino delicado y fresco, y ella fue deslizándose sin esfuerzo. Todo era leve como en un sueño. No había corrientes extrañas, no había temperaturas contrastantes: nada era extraordinario. Ella era un cuerpo liviano y flexible, ligero y joven.

Salió a la superficie para respirar; el sol y la brisa le dieron en la cara y la hicieron sonreír con la energía de la sangre latiendo en las venas. La mañana era espléndida y no sintió ninguna necesidad de volver al mundo. Nadó. Primero dio unas brazadas largas y cómodas, en un movimiento armónico: su cuerpo era una espiga que inesperadamente había descubierto que pertenecía al agua. Mantuvo el ritmo: el aire, el cielo, el azul más azul de las profundidades, las piernas sin cansarse.

Llegó a la otra orilla de la bahía y descansó sin salir del agua. Se extendió y quedó flotando a merced de esa corriente suave. Si había algo cercano a la felicidad era eso, pensó. Ese instante en que ella estaba ahí, boca arriba, los brazos bien abiertos, dejándose mecer por el agua y con el sol bien alto. Ella se entregaba a la caricia del sol como si fuera una ofrenda o un acto de sanación. Y aunque no se hubiera animado a decírselo a nadie, sentía que era algo muy parecido al amor. Afuera, en contraste, estaba todo lo demás: una vida que se le había vuelto tan vacía como una casa deshabitada.

Permaneció con los ojos cerrados, ensoñando, queriendo soñar con nada. Pero las imágenes volvían, como la marea. Sintió el golpe seco en la cadera, y más adentro todavía. En la paleta cóncava de la pelvis una contracción de los músculos le tironeó el cuerpo ¿Era el recuerdo del accidente o el accidente que todavía estaba dentro de ella? El impacto la había dejado inconsciente, pero su cuerpo, como una cosa ajena a ella, había sobrevivido; tenía una sabiduría que la asombraba, pensó. Se enderezó y miró hacia la playa, los edificios borroneados sobre la costanera eran una imagen perfecta de cómo ella veía su vida. En los últimos meses había perdido todo lo que le importaba: meses fangosos, eso habían sido. Un amigo se lo había anticipado: estás buscando que te pase algo y te va a pasar…. Ernesto no vale la pena, le había dicho después de varias copas de vino. Pero un cuerpo en caída libre sólo sabe caer, y ella se había entregado a la alegría desenfrenada pensando que eso la salvaba. El accidente había levantado un paredón a todo eso, pero ahora venía a descubrir que su cuerpo, lejos de sanar, conservaba dolores antiguos en los huesos, en las fibras de los músculos. El dolor. No sabía precisar con palabras qué era el dolor, pero estaba allí, anestesiado, trabajando sin descanso cada músculo. Y sabía que a veces podía despertar. Eso era lo que quería evitar.

Giró sobre su cuerpo y empezó a nadar con fuerza, con más ritmo hacia el otro extremo de la bahía. Si lograba concentrarse en el ejercicio olvidaría todo lo demás. Claramente sus brazadas eran fuertes y abrían el agua, su cuerpo se estiraba cada vez más, avanzaba. Era efectivo. Ella era su propio motor: su aliento cortaba el agua; su cuerpo era un barco. Tan diferente al reposo y al movimiento controlado de la rehabilitación, a las últimas semanas.

Una brazada dejaba el auto rojo estrellado en la ruta, la sirena de la ambulancia, los gritos. Otra brazada se llevaba el corredor de azulejos blanco, las inyecciones, las enfermeras. Una brazada más y un dolor punzante en la base de la espalda la obligó a detenerse; se le aflojaron las piernas, tragó un poco de agua. Esa puntada era el anuncio; la presión en esa zona diminuta, rojiza, en carne viva. Ahí estaba la risa de Ernesto, límpida, y su cuerpo firme, como en sueños. No quiso ver más, ese recuerdo traía dolor. ¿Por qué volvía? Anestesiado, que permaneciera anestesiado, eso quería. ¿No era posible? Cerró los ojos y se hundió en el agua, conteniendo todo el aire dentro de sí.

Durante un año habían vivido juntos una vida que iba y venía, que crecía. Habían elegido el departamento por el ventanal que daba a la bahía; ella miraba el mar, y ante esa imagen rotunda sentía que su casa era un refugio plácido. Les gustaba dejar las ventanas abiertas y respirar el olor salado, y sobre todo dormirse al compás de las olas después de hacer el amor. O despertarse. Quién sabe. Por entonces dormir y despertar eran un ciclo armónico y vital.

Ahora ya no. Ahora odiaba esa casa fría y despojada, de la que Ernesto se había llevado hasta el aliento. Ahora sólo lograba ese equilibrio en al agua, cuando era un pez sin palabras, puro instinto y determinación, siempre de un lado al otro de la bahía. Salió a la superficie, expelida por la presión del aire retenido en las venas. Respiró agitada. ¿Cómo se rehabilitaban las emociones?, se preguntó.

Entre las rocas de la playa había una familia preparando el almuerzo: unos chicos saltando y un gomón listo para entrar al agua. Se sintió molesta al verlos; la mañana era suya, no era hora de que llegaran. Tenía ganas de salir y de recostarse en la arena, pero no quería hablar con ellos ni con nadie, ni una palabra. Los gritos de los chicos eran ajenos y vibrantes como una licuadora en acción. Eran un chirrido en la memoria, ella no pertenecía a ese mundo. Tenía que seguir, buscar otro lugar.

Giró y comenzó a nadar nuevamente. Se concentró en su cuerpo y en la respiración. Una brazada y avanzaba; otra, en cambio, y la espalda perdía el eje como si fuera una anguila. Era el cansancio. Con el cansancio el cuerpo se agita y pierde su equilibrio, las piernas se fatigan, los pulmones se angostan: una empieza a boquear como un pez desesperado. ¿Qué haría esta vez? Sabía que debía esforzarse para mantener su cuerpo calmo, y para eso la clave era su respiración: el aire que entraba empujando la sangre y sacaba lo oxidado en burbujas potentes. Pero se apuró al girar la cabeza para respirar y tragó agua, tosió y el cuerpo se le fue para abajo, por un instante se hundió. Debía ser un ritmo constante, casi armónico; debía hacerlo de a poquito, como en los últimos días. Borró todo pensamiento extraño: un pez sólo quiere deslizarse en el agua. Se dejó estar boca arriba; era hora de entregarse, de soltar el lastre. Que el cuerpo fuera su timón en esas aguas frescas y nuevas, limpias. Abrió los ojos. El cielo imponente le devolvió la mirada, tenía una belleza desconocida y plácida. Sí, que la llevara la corriente ligera y flexible, total el sol le daba en la cara y le secaba las lágrimas. Sólo quería eso, un poco de sol acariciándole la piel. Ya llegaría al otro lado.

* Narradora. Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Desde 1992 trabaja como consultora de empresas dedicada a la formación de profesionales en las habilidades de escritura, oratoria y argumentación. En el ámbito universitario dicta cursos de literatura, argumentación y escritura académica; y en forma particular, talleres de escritura creativa y clínica de obra en producción. Su blog: https://piabouzas.wordpress.com

(De: El mundo era un lugar maravilloso, Ediciones Simurg, Buenos Aires 2004)

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