¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas?

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Compilado: 31 respuestas de escritores argentinos a la pregunta 2 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados de cada una de las preguntas y respuestas las estamos publicando periódicamente.


2: ¿CÓMO TE LLEVÁS CON LA LLUVIA Y CÓMO CON LAS TORMENTAS? ¿CÓMO CON LA SANGRE, CON LA VELOCIDAD, CON LAS CONTRARIEDADES?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: La lluvia es la estación de la vida. Es la estación que amo. La sangre está. No se niega. Todo lo demás es demás.

FERNANDO DELGADO: No siempre la lluvia me pega de la misma manera; hay lluvias débiles y otras fuertes y depende cómo me encuentre en tiempo y espacio. Por lo común, los días de lluvia no me dejan movilizar libremente con mis salidas diarias en bicicleta, y eso me jode. De joven disfrutaba más que ahora los días de lluvia; la lluvia me alentaba a fantasear con amores imposibles o recuperar cosas perdidas. Disminuye la visibilidad, pero por otro lado puedo ver más con lo que imagino, y eso la vuelve hermosa.
Las tormentas me atormentan. Inevitable, nada es lo que es, y si lo es, también es otra cosa.
Cavilar sobre la sangre me pone mal. No es paralizante, mientras hablemos de una lastimadura. Supongo que me pondría mal ver un cuerpo roto, desangrándose.
La velocidad es algo que no me estimula, al contrario: me anula. No puedo re visionar en tiempo real.
A veces, cuesta aceptar las contrariedades, pero trato de meditar, sopesar, hay otros caminos, otra mirada.

JOSÉ MUCHNIK: Lluvia: nostalgia, contemplación, tristeza. Lluvia exterior / interior en diapasón, recibirla, zambullirme, nadar hacia el fondo, mojarme alma y tripas, volver a la superficie, buscar aire y sol ausente. “Lluvia / … / no sobre mares / ni montañas / ni pastizales // Lluvia / desde un cuarto piso // En el punto donde mezclan / colores con tristeza / fecundando los tonos / que inventarán otros días // Lluvia / desde mi edad abierta // Despidiendo el típico aroma / que da la historia mojada / en un rincón del pecho // Súbitamente / comprendo las leyes fundamentales // Dos calles que se cruzan / determinan un punto // Tres puntos trasladados bajo la lluvia / generan una ciudad // Una ciudad proyectada hacia el infinito // transforma en polvo el país que la contiene // Un país / en un globo giratorio / en un tropel de astros ignotos / eleva a la enésima potencia / el valor de la lluvia en este punto / donde se buscaron dos calles / para formar mi esquina” (extraído de “Como una esquina universal” en “Guía poética de Buenos Aires”).

Tormentas: inseguridad, fragilidad, temor. He vivido tormentas, de agua, de arena, de odio. Huir, hacer un tajo entre las nubes, que se vacíen de agua viento demonios. Y esperar, no abandonar en ese instante, después de la tormenta vendrán otras tormentas, seguiré atravesando desiertos sentado entre olas del camello, los oasis existen.

Sangre: ¡Tantas sangres! De niño vena cortada, mano atravesando ventana, sangre escapando de su curso, desmayo, hospital, puntos de sutura. Luego otras sangres, revueltas estudiantiles, carro de asalto, guardia de infantería, suben a una chica, yo ya estaba ahí con un bombazo de gas lacrimógeno en la espalda, la chica tenía la cabeza abierta, la sientan a mi lado, sangre chorrea horriblemente, me mira suplicando. A ver, ¿qué te pasó? Observo su cabeza, tomo un pañuelo, lo aplico en la herida. No es nada, digo para calmarla, me mira agradecida, nos descargan en la comisaría. Nunca supe cómo se llamaba, sólo conocí su sangre.
¡Tantas sangres! También de mi abuela y de mi tío, no llegué a conocerlos, degollados en un pogrom lejano, mucho antes de mi primer llanto en una ciudad llamada Buenos Aires. “Sangres que tejieron mis venas / las que vienen navegando / desde otros idiomas / desde otras orillas / más el mismo pulso / la misma lava / […] / preguntaré qué hora era / en el centro del pueblo / cuando dejó el pogrom / mis raíces en savia viva / preguntaré si ya sumaron / las cifras del bronce / preguntaré si repartieron / la herencia de arcilla / preguntaré cómo me llamaban / antes de darme forma / […] / Preguntaré / … / si lloraron tanto aquel día / y por eso las miradas / llegaron húmedas al futuro / Preguntaré si escribo / para revivir esas miradas / Les diré / aquí estoy / … / Nada fue en vano” (extraído de “Preguntas” en “Desgarros…”).

Velocidad: espacio recorrido por unidad de tiempo. Poesía recorre el mundo, brota de humedales y tierra seca, no tiene apuros, perfora el progreso: “Golondrina / Entre el tiempo y el espacio / decidieron las alas / Pues mi pequeño corazón / también dejará un día / el Reino de los latidos […] ¿Años? ¿Horas? / ¿Qué son? ¿Quién vivió? / Tal vez el que grabó / la memoria de alas / sobre amor anegado / de espacios sin tiempo” (extraído de “Una golondrina” en “Ocho poemas para perder el tiempo”).

Contrariedades: ni pobre ni rico, aprendiz de poeta, una vida de amor con el amor de mi vida. Brindemos: ¡Salud! ¡Salud! ¡Salud! De todos modos, ya sabemos, células y neuronas tienen su propio tiempo.

BIBI ALBERT: Siempre amé la lluvia y odié los paraguas. Las circunstancias me cambiaron la sensibilidad al respecto: viví en sucesivas casas, todas con graves problemas de goteras y techos anegados que se nos cayeron encima. Ahora todo me da temor, la lluvia, las tormentas, el aura de la luna. Todo eso sigue formando parte de mi poesía, pero ya no como alabanza: ahora es con espanto.
La sangre… La sangre es mi tinta. Con ella escribo. Si no, no sirve.
La velocidad nunca fue un tema para mí, no tengo relación con ella. No me importan los autos, por ejemplo, ni las motos. En cuanto a los tiempos, como ya conté, soy publicitaria, en un rato nomás despacho lo que sea. Ahora estoy escribiendo una novela, y ella no me permite que la apure. Buena sensación que estoy estrenando.
Las contrariedades me obligan a hacer cada noche mi balance, y siempre gana el Haber. Sería muy sosa la vida si todo fluyera siempre.

CLAUDIA SCHVARTZ: A medida que el tiempo ha pasado, mi relación con la lluvia fue cambiando. Me encantaba caminar bajo la lluvia, chica, joven… algunos momentos deliciosos están ligados a la lluvia en mi infancia. Entrar en el mar bajo la lluvia, quedarse en el agua más tibia que el aire mientras en la playa, ya nadie… Tal vez en la orilla solo mi nonna que urgía para que saliéramos… una infancia con hermanas, claro. Después me volví cauta, responsable. Los truenos y los rayos pegaron más cerca, tal vez. Conocí en los cerros a una muchacha aterrorizada con la proximidad de la tormenta. Una mujer-pila que se había salvado por un pelo.
Pero se agravó la naturaleza, ¿no es cierto? Todo fue muy rápido. Se talaron los grandes bosques, se envilecieron los mares, la atmósfera se llenó de petróleo, se perforó la capa de ozono y también está lo nuclear, las fisuras desagotan en los mares y el agua es una sola, como se sabe. Cosas graves aprendí a medida que envejecía. El mundo fue cambiando violentamente en ese breve interín. Ahora cunden nuevos lenguajes en los que soy analfabeta. La velocidad ha devorado el mundo que conocía. Lo que dejamos a los más jóvenes es aspaviento, una consistencia que ellos deberán descubrir. Es decir, sin aquella consistencia. Muchas veces, comiendo, me pregunto qué es lo que mastico. Convivir con el peligro, podría llamarse esta civilización en la que resistimos, sin embargo.

JORGE CASTAÑEDA: Con la lluvia me llevo bien (como casi todos los poetas): César Vallejo, Horacio Ferrer, Jorge Luis Borges… En cambio, las tormentas algo me asustan por los desastres que suelen ocasionar: voladuras de techos, caídas de árboles, truenos y rayos. Pero advertir a la naturaleza en toda su fuerza atrae, subyuga.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: Quien haya leído algo de mis poemas, sabe que amo la lluvia. Considero, como dice el dicho, que “ningún marinero se hizo con mares calmos”. No sé por qué asimilo la sangre a la genética y lo heredado. En cuanto a la velocidad y las contrariedades, yo también “preferiría no hacerlo”.

LUISA PELUFFO: La lluvia es lacia, como yo. Bienvenida la lluvia que nos libra de incendios en la Patagonia.
Las tormentas. Aquí, en el sur, son temporales de lluvia y viento, o nevazones que duran días… Me gustan las tormentas de la provincia de Buenos Aires, son un verdadero espectáculo con el cielo surcado por relámpagos y truenos. Y me gusta instalarme y presenciarlas. Y sentir, sobre todo sentir el viento, el premonitorio olor de la tierra, el oscurecimiento, los relámpagos anunciando el trueno, es un desarrollo tan narrativo…
La sangre. Te contesto con un poema de mi libro “foto grafías”: “la sangre es vanguardia/ abre caminos en el blanco/ la sangre/ es un estilo no aceptado/ no hay aplausos/ la sangre/ es absolutamente moderna”.
La velocidad me interesa para resolver algún trámite.
Las contrariedades me fastidian, pero no tengo más remedio que afrontarlas. Son parte de la vida cotidiana.

RITA KRATSMAN: En mi vida la lluvia y las tormentas están asociadas a las contrariedades.
Cada vez que un dolor o una pesadez me comprimen el pecho es porque algo se anuncia. Tenía apenas ocho años cuando experimenté la orfandad en un día de lluvia, de modo que cuando la noche terminó de arrojar sus últimas gotas llegó el miedo, que a veces se va, pero vuelve cada tanto y suena como un bajo continuo.
A menudo, ese oscurecimiento que le da al aire un tinte negro, acelera el flujo de la sangre mediante brumas acuosas que se desflecan provocando un sobresalto. Inmediatamente, todo evoca de pronto eso que por momentos se olvida para seguir en el mundo. El olor de la lluvia me hace creer que la vida es un aroma que emana de una ausencia. Y para sobrevivir debo continuar en una superficie irisada para comprender el precio de la profundidad.

LAURA CALVO: Con la lluvia me llevo mal y bien. Me gusta cuando llueve de noche y la escucho al dormirme. Nunca me gustó “mucho” la lluvia de día. De chicos nos mantenía encerrados. Te podías enfermar. Y te enfermabas. De aburrimiento. La lluvia de verano siempre fue la mejor, el olor a la tierra mojada; tediosa la de otoño; la de invierno, promesa de nieve, y luego todo empieza a florecer con la lluvia de primavera.
¿Las tormentas…? Son fabulosas, aquí en la montaña o en la pampa húmeda, pero que sigan de largo, todo ese viento huracanado, el agua contra los vidrios, el techo que cruje…

ROGELIO RAMOS SIGNES: Con la lluvia y con las tormentas me llevo muy bien. Ambas me gustan, porque me despiertan la imaginación y me sumergen en un ambiente acorde con mis sentimientos: por lo general no me agradan los días de sol extremo.
Sin embargo, mis recuerdos en relación con las lluvias son tristes y jamás pude escribir sobre ello. Pasé mi adolescencia en las afueras de Rosario, cerca del arroyo Saladillo, y sufrimos dos inundaciones. En la segunda, con más de un metro y medio de agua dentro de la casa, perdimos todo.
Con la sangre me llevo mal, me impresiona.
Detesto la velocidad. Me he acostumbrado a conducir con mis hijos pequeños sentados junto a mí, y siempre fui muy prudente. En síntesis: luego de cincuenta años conduciendo sólo choqué una vez, en un pueblo sanjuanino, porque la ruta estaba con arena y, a pesar de frenar con tiempo, el auto igual se deslizó hasta dar contra un camión. ¡Única experiencia de ese tipo! Eso sí, a mi vehículo lo chocaron varias veces.
¿Y cómo me llevo con las contrariedades? Creo que son un clásico dentro de mi vida cotidiana. Supongo que más o menos como en la vida de todos. Así que convivo pacíficamente con ellas, a sabiendas de que en algún momento me van a salir de improviso a ponerme palos en la rueda.

LUIS BENÍTEZ: Me encantan la lluvia y las tormentas, en especial el olor del ozono y el de la tierra mojada. Ver sangre no me gusta, especialmente si es la mía. La velocidad me parece detestable, sobre todo porque le agrada a la mayoría de los tontos que conozco, y en cuanto a las contrariedades me revientan, pero, viviendo en la Argentina, me tuve que acostumbrar a sobrellevarlas.

LILIANA AGUILAR: Con la lluvia, poco. Con las tormentas, de terror. Con la sangre, depende el origen. Con la velocidad así así. Con las contrariedades… sigo intentando.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: Siempre las tormentas y la lluvia me generaron intimidad. La sangre me valió siempre para incluirla en mis relatos, plenos de seres marginales. Supongo que fue William Shakespeare quien me estimuló. La velocidad para mí está vinculada con la fluidez de la sintaxis. La contrariedad es la necesaria para el desarrollo de mis personajes.

MÓNICA ANGELINO: La lluvia y las tormentas, decididamente, son un fenómeno para mirar por la ventana. No me gusta mojarme ni permanecer con la ropa húmeda. Automáticamente, la necesidad de orinar se apodera de mi vejiga y tengo que hacer esfuerzos para no… Creo, más bien estoy segura, que se origina en un trauma de la niñez donde mi padre, ofuscado por mi llanto y sus retos para que “terminara de llorar”, producía que yo reculara dos o tres pasos y al caer me orinaba, volvía a recular y otra vez me orinaba, todo sin parar de llorar; entonces, en alguna oportunidad, mi viejo me sumergió en la pileta de lavar la ropa “para que me callara de una vez”; supongo que al sacarme y quedar de pie, vestida, mojada y con frío, el pis calentito corriendo por mis piernas era un abrigo. En realidad, no recuerdo el suceso, tenía menos de dos años y mi hermano era un bebé: ¿estaría celosa? La anécdota de cómo “no lloraste ni te measte más, tan maricona como eras”, siempre fue contada por mi padre entre risas. Hay que ¿entender? que esto ocurrió hace seis décadas, el contexto cultural era otro y se aceptaban cosas que hoy son intolerables, aberrantes. Sin embargo, aunque mi cuerpo, mi piel, conservan el registro de ese trauma y pensar en la ropa mojada me da escalofríos, no temo al agua. Si tengo toalla y ropa para cambiarme, apenas salgo del mar o la pileta, “todo está bien”. Caer en la nostalgia, amasar pan o tortas fritas, escribir, no importa hacer qué, decididamente, la lluvia y las tormentas son un fenómeno para mirar por la ventana.
En cuanto a la sangre y las contrariedades, lo tomo como metáforas de existencia en las que, como dice Almafuerte [Pedro B. Palacios, 1854-1917]: “Si te postran diez veces, te levantas…”, porque este mundo, en esta vida que me toca, todo lo que se percibe como pérdida es una muerte y hasta que acurra la mía no puedo más que levantarme una y otra vez. En ese estado permanente de pérdidas la poesía es mi soporte, la que me salva resucitándome cada mañana.
La velocidad es una inquietud que se presta a distintas respuestas: si la velocidad es producto de la nafta o gasolina…, me perturba. Si hablamos de velocidad cognitiva, hoy día, debido al dolor, la medicación, las fibronieblas, ando como tortuga coja. Sí, desde hace unos años padezco de fibromialgia. Solía leer cuatro novelas en forma simultánea. En la actualidad, la concentración apenas me permite, a medio coco, leer algunas páginas del libro, debiendo retroceder unos párrafos cada vez para retomar el hilo narrativo. Mis respuestas, a veces, no llegan al instante, se me pierden las palabras en las catorce puertas y hasta que encuentran la salida ya la conversación cambió de tema. Al principio, no fue fácil lidiar con estas lagunas. Aprendí a reírme de esos episodios que, en ocasiones, se tornan surrealistas y le permiten a mi musa (Telma, mi vaca en la cocina), transformarlos en poemas. También aprendí a “hacer la plancha” y dejar que la corriente me lleve a la playa con las palabras encontradas como salvavidas. De cualquier manera, decir que soy una superada en manejar y elaborar estas situaciones, sería mentir. Hago lo que puedo, hasta dónde puedo y cuento hasta veinte para aceptar mis limitaciones y evitar sentirme peor que si tomara un purgante a medianoche.

DAVID ANTONIO SORBILLE: La lluvia ha sido parte de mis momentos de soledad y disposición a la escritura; no así las tormentas, que siempre me han preocupado por sus secuelas y malos recuerdos de cuando residí en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires, allá lejos y hace tiempo. La sangre me perturba al extremo de no poder contemplar nada que tenga que ver con ella. La velocidad me causa vértigo y trato de que no me contamine; y las contrariedades son parte de la vida, y también del acto de escribir.

CARLOS NORBERTO CARBONE: Uno de mis libros se titula “Andenes, lluvias y otras melancolías”, de lo cual, yo diría, se desprende que la lluvia me gusta. Cuando llovía, mi mamá no nos mandaba al colegio, por eso con mi hermana inventábamos danzas para hacer llover.
La velocidad me fascina, soy Técnico Mecánico aplicado a los autos; durante cierta etapa me encantaba manejar y lo más veloz posible.
Con las contrariedades me manejo como todo poeta, buscando dónde entrarle para escribir.

LEONOR MAUVECIN: La lluvia es una bendición del cielo; amo los árboles y en tiempo de sequía sufro por ellos. Córdoba es una provincia con largos períodos secos, por eso la lluvia es una fiesta.
Las tormentas me hacen sentir parte del gran misterio del universo, el sonido de la naturaleza, azotada por los vientos, me parece una melodía que no sabemos interpretar, pero conmueve. En mi casa de infancia, a la que llamé “Casa del Aire”, así se titula mi libro de cuentos, había un enorme cedro que movido por el viento raspaba las paredes y convertía las habitaciones en una caja de música.
La sangre no me asusta, para mí es el símbolo de la estirpe, del origen. Es esa línea invisible que nos une a aquellos seres que nos engendraron a través del tiempo. Pero también es esa línea invisible que nos une a los seres vivos y nos dice: somos todos iguales, todos merecemos el mismo respeto, porque la sangre “siempre ha sido colorada”.
La velocidad no me gusta; si bien soy una persona de movimientos rápidos y trato de hacer las cosas lo más ligero que puedo, la velocidad me asusta, la relaciono con el accidente en la ruta, la inconsciencia y la falta de consideración.
¿Las contrariedades? Bueno, la vida es una sucesión de circunstancias, ya lo dijo José Ortega y Gasset: en ellas hay de todo, momentos de felicidad y momentos de tristeza. Pero puedo agradecer a la vida que muy pocas, y no graves, contrariedades he sufrido. Debo a mis padres el optimismo y la alegría de vivir. Mi padre recitaba esos versos de Amado Nervo: “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

RUBÉN SACCHI: Todo depende de las circunstancias. Al primer interrogante, detesto la lluvia, y más las tormentas, cuando debo salir temprano por la mañana; si se trata de estar en la cama, no hay nada más bello y adormecedor que su repiqueteo en las chapas de zinc.
La sangre no me inquieta, mientras se mantenga en las venas; con la velocidad tengo algo contradictorio: no me agrada, pero me seduce.
Hay quienes dicen que las contrariedades son desafíos y están quienes las buscan para probarse. Yo las veo como una probabilidad más en el devenir cotidiano, no me agradan, pero están para asumirlas.

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: Vaya pregunta, nada sencilla, más que nada la última.
Con la lluvia muy bien, como cuando comienza un romance, pero si continúa por muchos días sin cesar, me resulta un tanto cargosa o tal vez insoportable.
Con las tormentas, sin embargo, tengo un amor incondicional. Sobre todo, en las que he estado en el mar o la playa. Recuerdo varias sucedidas en algunos febreros de mi juventud, en Mar del Plata. Me llenaba de gozo en compañía de un perrito, ir a la punta del espigón del puerto para que nos bañaran las olas que chocaban contra las rocas, o en una playa muy extensa, llamada Dinamarca, cerca del faro. La sensación de aquél espectáculo era comparable a estar escuchando “El holandés errante” de Wagner, o alguna sinfonía de Beethoven, entre truenos y relámpagos.
La sangre es como el soplo de la creación que nos da y une a la vida, y que desaparece con la muerte. Esta cualidad de ser y no ser o de estar y no estar, la emparento con nuestra finitud humana, y es lo que me hace mencionarla y metaforizarla en mi poesía.
La velocidad es más que un fenómeno físico, que los seres humanos deben aprender a regular en tanto y cuanto atiende a cuestiones psíquicas en nosotros, muchas veces provenientes de la ansiedad, la falta de atención sobre algún hecho, o la vorágine a que ante las apetencias de éxito (palabra horrible), y acumulación de bienes, nos imponen estos últimos tiempos.
La considero enemiga de todo momento de pensar y reflexionar, o realizar algún trabajo a conciencia. Donde no se miden las consecuencias de esa premura totalmente gratuita.
Asimismo, es inadecuada al momento de emitir un discurso, o como se dice vulgarmente “abrir la boca” para decir algo sin haberlo pensado.
En tanto al uso que se le da en otros aspectos, como los tecnológicos, está descontrolada. Como antídoto a los estragos que muchas veces produce, se me ocurren tres refranes o dichos populares: “No por mucho madrugar se amanece más temprano”, “Darle tiempo al tiempo” y “Chi va piano, va lontano”, es decir, “El que va despacio, llega lejos”.
Si bien las contrariedades son propias de la vida cotidiana, creo que se han incrementado en esta modernidad, por habitar en espacios cada vez más reducidos, rodeados de tanta sofisticación tecnológica, hacinados en ciudades, lejos del entorno de la naturaleza. Puedo decir que las soporto o las naturalizo para que no me afecten. Tienen el aspecto de que algo sucede del afuera, contrario a nuestros deseos o designios. Es un rasgo de mezquindad de parte nuestra, o parte de nuestro antropocentrismo a ultranza. Como que algo está conspirando en contra nuestro o de nuestro deseo, por eso lo de contra-riedad… Quisiera saber qué de nosotros, o nuestra “riedad”, se encuentra herida. ¿Será que esa herida a nuestro narciso lo reescribe como “riedad”, y lo naturaliza, incluye y enmascara en el lenguaje? Quien quiera que saque sus conclusiones.

MARÍA AMELIA DÍAZ: Me encanta la lluvia, me lleva a un espacio íntimo y recogido del alma, y a la época en que con mi hermana hacíamos barquitos de papel para que navegaran en los charcos, en las zanjas; todavía me gusta mirar por la ventana cuando llueve y ver cómo se forman globitos sobre el patio. Y las lluvias tienen que ver con las tormentas, claro.
Las tormentas, con sus rayos y truenos, me resultan un espectáculo grandioso donde se advierte a la naturaleza desplegando todos sus poderes, quizá para recordarnos que los humanos no somos tan importantes como nos creemos. A veces, a costa de los sufrimientos que acarrean.
La sangre puede ser el símbolo de la vida o de la muerte —igual que las tormentas—, por eso es roja y pasional.
La velocidad me agrada, y moderada, sólo arriba de un vehículo; aplicada a la vida, me desconcentra, igual que las contrariedades, pero a estas hay que aceptarlas porque no nos queda otra, y tratar de enfrentarlas, y lo mejor: vencerlas.

CRISTINA MENDIRY: Los torbellinos me pintan. Me arrebatan. Me camuflan. Me corroen. Me destrozan. Me tiemblan. Me alientan. Me iluminan. Me inspiran. Me vuelcan. Me tardan. Me adelantan. Me sublevan. Me lloran. Me sonríen.

SANTIAGO SYLVESTER: Con los fenómenos de la naturaleza me llevo muy bien, salvo con el viento. El viento me desasosiega, los otros no. Me encantan las tormentas de verano de Salta, que aparecen bastante en mis poemas. Por otra parte, viendo llover se puede tomar un trago, o al lado de un río crecido; en el viento, no.
En cuanto a la sangre, me remite a un problema sanitario, así que es mejor dejarla donde está: en las venas. En realidad, no me gusta ni como metáfora.
Sobre la velocidad, si es la de un automóvil, depende de las prisas. Y si es figurada, me gusta poco: siempre digo que me parece bien que la gente sea rápida, pero no que se le vea la velocidad.
Y las contrariedades, por definición son eso: prefiero que no lleguen. Y si llegan no me ofenden tampoco: la vida está llena de contrariedades y hay que negociar.

ROBERTO D. MALATESTA (responde conjuntamente las preguntas primera y segunda): Mi primer acto de creación o de iniciación, lo he escrito en un poema de “La estrella roja y otros poemas”. La tormenta era inminente, yo era un chico de seis o siete años, pero tenía miles de años de antigüedad, ya comenzaba a soplar el viento y se sentía ese olor a Dios que la lluvia, entre otros elementos, trae. La calle era un río de tierra, era el barrio de mi abuela, en el mío también eran de tierra las calles, yo sentí ese llamado, el viento, la tormenta, la pronta llegada de la lluvia que pone al cielo a nivel de las manos y el rostro. Algo se disparó en mí, y me lancé a la calle a revolcarme, daba vueltas y vueltas en el polvo, no sé qué era aquella danza, fundirme con los elementos, ser uno en la creación, comulgar. Si hoy no lo entiendo completamente, menos en aquella oportunidad.
Me fue mal, una vecina me vio y le contó a mi mamá, sin protestas la dejé aplicar su correctivo, ¿qué argumentar en mi defensa?

GLORIA ARCUSCHIN: Con la lluvia, si es suave, me llevo muy bien, me conduce a un clima interior de dulce melancolía, protección de estar en interiores, y por la calle, una diversión. Si es tempestuosa, me angustia pensar en las inundaciones, y el sufrimiento de tanta gente. La imagen de casas inundadas me causa desazón.
Las tormentas son otro tema, me provocan temor por el daño que puedan ocasionar: cierta vez, un pequeño tornado ciudadano afectó mi hogar, y me quedó una prevención. De pequeña, eran una amenaza.
La sangre es belleza, es vida que nos habita, latidos. La sangre por heridas, es una imagen triste, siempre.
Las contrariedades son situaciones para resolver, siempre y a pesar de todo; las detesto, pero movilizan, a veces, hacia buenos lugares; otras, no.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: Con la lluvia y las tormentas tengo un sentimiento dual: por un lado, me encantan, en cuanto a voluptuosidad, energía e ímpetu; por otro, me sobrecogen porque, mientras duran, me dan la impresión de que han venido para quedarse. Tal vez se filtra en esto último el recuerdo de la vieja casa de mi infancia, de techos altísimos y azoteas embaldosadas, en la que con cada tormenta no faltaba la gotera insidiosa quebrando, como un intruso, la vida doméstica.
Las otras propuestas son variadas. Vayamos de a una. Con la sangre no discuto, ni aun metafóricamente; está ahí, como un río vital y yo me limito a dejar que siga cumpliendo su tarea. La velocidad no me seduce si no es como condición para que las cosas anheladas ocurran más pronto. Y a las contrariedades las tomo como parte de la vida: una tarea a afrontar.

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: Para ser preciso, diría que me llevo bien con la lluvia torrencial, descontrolada, salvaje, pero muy mal con la lluvia persistente, rala, molesta e interminable de la ciudad. La velocidad no me seduce. Con la sangre tengo una relación natural; soy de los que miran cuando le clavan la aguja para una extracción, pero no de los que se succionan la sangre de la herida con placer. Con las contrariedades también tengo una relación natural: las odio.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: La simple lluvia no me gusta nada. La tormenta es otra cosa: recuerdo una tormenta que vi en Asunción desde un hotel de arriba de la ciudad y me resultó fascinante desde la ventana. Era una cortina de agua con un cielo cargado de relámpagos. Me producía tanto temor como felicidad: había una sensación de catástrofe. Me gusta la ciudad de Toledo a la luz de la tormenta por El Greco. Pero que no me encuentre a la intemperie.
En cuanto a la sangre, es posible que le tenga algo que linda entre el terror y el asco.
Odio la idea de velocidad como eficacia. Suena a capitalismo, a cosas burdas, mal hechas. La lentitud es sensual. Sólo me gustan las respuestas veloces de ciertos ironistas naturales.
A quién le gustan las contrariedades: a un masoquista. No lo soy.

CARMEN IRIONDO: Paso largas temporadas en el campo. Por lo tanto, tengo una relación muy fuerte con la naturaleza y la soledad, con espacios enormes de aire libre, colaborando desde muy pequeña con las labores fuertes de ese lugar de trabajo, y el coraje precoz de volver de noche y a caballo, de estar sola en medio del campo recorriéndolo por si sucedía algo irregular. Amo la lluvia. Su sonido revelador del ritmo o el movimiento la va a definir: un adagio, un allegro o, decididamente, un tercer movimiento trágico con timbales y truenos sonando contra un cielo negro, a veces atravesado por rayos. Hermoso siempre ver llover. En la ciudad se padece, en el campo se disfruta.
Mi madre, una persona con problemas de adicción, tenía pavor a las tormentas. Mis primeros cinco años de vida con ella fueron muy difíciles y fui testigo involuntaria de su terror no escuchado. Se tapaba los oídos con desesperación. Como un animal con miedo caminaba en trance por la casa y se sobresaltaba con los truenos. Sin querer, a veces, hoy mismo, me llevo las manos a los oídos ante un trueno o una explosión como reflejo nostálgico, o más bien como un acto de brindarle compañía. Esté donde esté.
Vuelvo al campo. Estuve presente siempre mientras se carneaban las ovejas elegidas para comer. Por lo tanto, vi sangre desde muy niña, presencié los degüellos con cierta naturalidad, aunque tenía prohibido por mi abuelo acercarme demasiado, le llevaba a los chanchos lo que no se guardaba de la oveja. Como andaba medio sola, solía lastimarme bastante seguido. Nunca fui aprensiva. Cuando me sacan sangre, no miro. Si se lastima un hijo o un nieto, sí me desespero, pero eso es un descontrol tan natural como el amor.
Cuando la velocidad es manejada por otro, la detesto y me aterra. Me he bajado de autos en medio de una ruta, he gritado como marrana porque alguien no frenaba, me suelo bajar de colectivos desenfrenados, etc. Cuando la que maneja soy yo, no me pasa eso. Lo hago desde niña y me gusta manejar en ruta y andar relativamente rápido. Tampoco tengo miedo si el caballo se apura, si tengo que correr, más bien me gusta esa sensación vertiginosa. Cuando la velocidad está ligada al tiempo, a veces elijo y prefiero la lentitud. Para leer, por ejemplo, o para escribir. Libre de la ansiedad que es tan enemiga del bienestar.
Las contrariedades no son mi fuerte. Me ponen triste y tengo una inclinación casi cómica a la paranoia, creyendo que alguien me lo está haciendo a propósito. Esto es una confesión grave. Hoy (y siempre), los trámites eternos, la tecnología que no depende de nosotros, los cambios de horarios, la impuntualidad, lo difícil que es llegar a tiempo a los lugares de trabajo, son situaciones muy superficiales y poco graves, pero cuando se van acumulando, a mí me trastorna.

LUCAS MARGARIT: Muy bien, me gusta la lluvia en el desierto o en el mar. Es como un diálogo con un dios oscuro.
Con la sangre bien, aunque a veces me pregunto si no es mejor la savia.
Tengo vértigo, no hay velocidades ni alturas soportables.
Las contrariedades, están para ser anuladas y seguir.

CARLOS DARIEL: En mi caso, la lluvia es un gran catalizador de emociones, recuerdos y estados de ánimo afines a ellos. Ahora reparo en que no sólo sirvió de musa inspiradora para muchos de mis poemas, sino que también ha sido incorporada como palabra o alusión en varios de ellos. Digo lluvia y replico agua, su materia constitutiva, su alma, que también es materia constitutiva de nosotros, ya que estamos compuestos de ella mayoritariamente. El agua y sus atributos no sólo han sido incorporados a mis poemas, sino que, prácticamente, es el eje conductor de la tercera serie de mi libro “Donde la sed”, titulada “Pormenores del agua”.
Difícilmente pensar en el agua y no asociar su capacidad de vehiculizar contenidos sin asociarla a la sangre, elemento vital por antonomasia. En el zodíaco occidental moderno soy de Leo, signo de fuego y extremadamente sanguíneo, de manera que con la sangre y su impetuosidad hacemos buenas amistades.
Las tormentas, en cambio, cuando son eléctricas, no me gustan. Me incomodan e intimidan. No soy amante de los ruidos sino del silencio o la música armoniosa; tal vez, esa inclinación mía hacia las melodías o el susurro, haga que aborrezca de las estridencias de rayos y relámpagos, con excepción de los producidos por la mente, los cuales tienen tanto de luz como de silencio.
Con la velocidad no me llevo, quiero decir, no es algo que me atraiga. Me gusta mucho manejar, pero no soy adicto a las grandes velocidades. Con las contrariedades, en cambio, me peleo y mucho, como debe ser. Las enfrento, les pongo el pecho, no sin temor o dudas, claro, pero las tomo como puestas a prueba, de qué, no sé muy bien, a prueba de vida, supongo. Creo que la manera en cómo accionamos frente a las contrariedades nos muestra la naturaleza de nuestro espíritu.

09/09/21

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