Cómo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lorrie Moore

Así pues, todas las cosas se juntan a trompicones para formar lo único posible.
Beckett, Murphy

Empieza conociéndolo en una clase, en un bar, en un mercadillo benéfico. Puede que sea profesor de instituto. Encargado de una ferretería. Capataz de una fábrica de cartonajes. Será buen bailarín. Llevará el pelo perfectamente cortado. Se reirá de tus chistes.

Una semana, un mes, un año. Siéntete descubierta, consolada, necesitada, amada, y empieza, a veces, en cierto modo, a sentirte aburrida. Cuando estés triste o confusa, date un paseo por el centro, ve al cine. Compra palomitas. Esas cosas vienen y se van. Una semana, un mes, un año.

Intenta organizarte de una manera menos restrictiva. Observa cómo farfullan tus intentos y se deshinchan como globos. Te pedirá que te vayas a vivir con él. Hazlo con titubeos, con ambivalencia. Aclara: Los alquileres están altos, nada a largo plazo, amor y todo eso, cielo, pero somos libres. Expón las reglas con mucha elocuencia. Insiste en la apertura, no en la exclusividad. Haz sitio en su armario ropero, pero no cambies los muebles de sitio.

Y, sin embargo, de cuando en cuando lo mirarás a la cara o a las manos y no querrás nada más que a él. Sentirás oleadas pasajeras de dependencia, de devoción y de sentimentalismo. Una semana, un mes, un año, y se ha convertido en parte de la familia. Digamos que tu verdadera madre es bruja. Tu padre, hechicero. Tus hermanos, jorobados gemelos de NotreDame. Todos viven juntos en una cueva, en alguna parte.

Su nombre significa «salvador». Se acurruca en tus brazos como Ozzie y Harriet, como toda la genealogía de los Nelson. Él es cuartos de estar y pavo y repisas de chimenea y Vicks; un mordisquito en la clavícula y te hundes lenta y melosa en esos brazos como un hogar, en esos cuartos de estar, hola, Mary Lou.

Digamos que trabajas en una oficina pero que tienes planes más ambiciosos. Quiere ir contigo. Quiere ser lo mismo que tú. Pongamos que aspiras a ser arquitecta. Dramaturga. Pintora. Te enseña sus bocetos. Son espantosos. ¿Qué te parecen?

Pon algo de jazz. Quítate la ropa. Con cuidado. Es un arte. Se quedará tumbado desnudo en el suelo, mirando, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Camisa: los golpes de la escobilla sobre el tambor, regulares. Falda: el habla inconexa de las teclas del piano, que oscilan despacio, divagan. Bailad juntos a oscuras, aunque aún sea de día.

Ve a una boda. Parientes suyos. Todos compararán pérdidas y ganancias de peso. Se dirá que las primas solteras han engordado vergonzosamente. Su madre será contable o técnica dental. Él te presentará como su chica. Procura no protestar. Habrán oído hablar mucho de ti. Sus tíos se lo llevarán aparte y le preguntarán: «¿A qué esperas, muchacho?». Incómoda, en todas partes mujeres de rígido tafetán azul te echarán miradas de lástima, después apartarán la vista rápidamente. Todos bailarán la polca. Alguien enseñará un billete de cincuenta para bailar con la novia, y ella se remangará el vestido y enseñará a su vez: unas piernas recién afeitadas y una sonrisa ancha como un barril que han sacado rodando. Observa todo aquello de lo que te estás librando. Creía que vosotros dos estaríais haciendo lo mismo a estas alturas, vuelves a oír. Sonríe. Encógete de hombros. Escurre el bulto y ve por más ensalada de patata.

Te ataca con más insistencia. Una inquietud. Un virus de insatisfacción. Cuando te cruces con otros hombres por la calle, sonríe y míralos fijamente a los ojos, fijamente a la hebilla del cinturón.

De alguna forma (en un restaurante o en una tienda), conocerás a un actor. De Vassar o de Yale. Sabe citar a la madre de Coriolano. Un punto a su favor. Acuéstate con él una vez y vuelve a casa a las cinco de la madrugada, en un taxi, llorando. O bien no te acuestes con él. Despídelo con un beso en Union Square y huye a todo correr.

De nuevo en casa, días más tarde, siéntete quisquillosa y cansada. Siéntate en el sofá y dile que es imbécil. Que apuestas a que no sabe quién es Coriolano. Que desde que te has ido a vivir con él, has notado que no suele leer. Te echará una mirada dolida, de sed de cultura, con sus ojos de James Cagney. Intentará besarte. Aparta la cabeza. Siéntete ahogada.

Cuando se suba a la colcha, desnudo y caliente para ti, descarga tu irritación en ráfagas breves y entrecortadas. Enséñale tu libro. Tus aspirinas. Tu reloj en la mesilla, que marca las 12.45. Se dejará caer otra vez en su lado de la cama, exasperado. Puede que diga algo así como: «Dios, ¿qué pasa?». O quizá no lo haga. Si está demasiado tiempo metido en el baño, no le preguntes nada.

La cuestión más delicada será siempre ésta: ansía tener una familia, un nido ordenado de cuencos humanos; quiere ser padre de tus hijos. En la calle, les da palmaditas en la cabeza. En el supermercado, se reúnen a su alrededor junto a los productos. Forman un racimo apiñado de mejillas, sonrisas y esperanzas. Parecen uvas. Será todo para ti, nena; tambaléate, inclínate sobre los congelados. Se te escapará de los labios un suspiro inconsciente, como si fuera gas. Te empezará a hablar de una cámara de vídeo y de enciclopedias infantiles, en las tiendas cogerá un zapato de la talla uno e indicará con un agudo silbido de asombro lo maravillado que está. Evita ir de compras con él.

Tendrá un sobrino llamado Bradley Bob. O quizá una sobrina llamada Emily que siempre va vestida de rosa y huele a leche, a polvos de talco y a pañales sucios, aunque ya tiene tres años. En las visitas, correteará y berreará. Se le agarrará a la pierna izquierda como si fuera un tronco y no la soltará. Lo llamará tiito. Él sabrá hacer trucos de magia: le sacará monedas de diez centavos de la nariz, monedas de veinticinco centavos de las orejas. La niña soltará chillidos de gozo, agitará las manos ante sí. Cuando le haya soltado la pierna, la levantará, la llevará en brazos como si fuera un trofeo. Es el mejor tiito de la ciudad.
Piensa en marcharte. En llenar una bolsa de viaje y deslizarte, salir por la puerta.

Pero ahí fuera hace calor. Y sequedad. Y en cierto modo él te parece bien, como Robert Goulet en traje de baño.

No, no sería en verano.

Refúgiate en los libros. Cuando te pregunte qué lees, enséñale el libro sin hacer comentarios. Al día siguiente, echa una mirada hacia la silla marrón y lo verás a él leyéndolo también. Un ejemplar que ha sacado de la biblioteca esa misma mañana. Tiene siete días. Se asomará por encima del libro y te guiñará un ojo, diciéndote: Te he ganado.

Aparentará estar escuchando la emisora de música clásica, te echará una rápida mirada para recibir tu aprobación.

En el cine masticará ruidosamente galletas Necco y se quejará de la cabeza que tiene delante.

Te preguntará qué significa petulante.

Te preguntará quién es Coriolano.

Tal vez quiera enterarse de dónde se encuentra Cerdeña.

¿Qué es un croissant?

Empieza a planear tu huida. Imagina posibilidades educadas. No son más que posibilidades.

Una semana, un mes, un año: dile que has cambiado. Ya no te gusta la misma música, no comes la misma comida. Vistes de manera diferente. Los dos sois incompatibles. Cuando te dice que él también está cambiando, que le encantan tus discos, tus infusiones, tu falafel, tus zapatos, dile: Lo ves, ése es el problema. Procura desconcertar.

Da vueltas por la cocina y di que no eres feliz.

Pero yo te quiero, dirá con voz suave, perpleja, removiendo la salsa de los espaguetis pero sin lograr removerte a ti, mirando fijamente la cazuela como si esperara que fuera a salir algo de ella, un pez mágico que dijera: Eso siempre es suficiente, ¿por qué no ha de ser siempre suficiente?

No recordarás quién fue el que dijo que no te fíes nunca de un pensamiento que no se te haya ocurrido mientras caminas. Pero aférrate a ello. Los apartamentos pueden encogerse como charcas que se secan. Jadearás. Di: Voy a dar un paseo. Cuando te siga hasta la puerta, zumbando a tu lado como una mosca junto a una mujer ensangrentada, añade: Sola. Parecerá sorprendido y dolido, y lo odiarás. Pega un portazo, sal, baja, corre, hará más frío del que pensabas, pero cerca habrá un bar lleno de humo, oscuro, pringoso de cócteles de limón derramados. El camarero se llamará Rusty o Max y te conocerá. En una llamativa máquina tocadiscos sonará Jimmy Webb a todo trapo. A tu izquierda, un hombre calvo, de camisa morada, intentará que te fijes en él; moverá los labios, cantará borracho. A tu derecha alguien sorberá al ritmo de la música. Presta atención a tu vaso. Espera tras tu cabellera. El hielo verde, dulce, fluirá hacia abajo. Fluirá, nena, como el Misisipi.

Después vendrán los disgustos de salud. Los riñones. Meará sangre. Di que no te lo crees. Cuando te lo enseñe, más tarde, será oscura, del color de lo que gotea de la carne. Un puño enorme, invisible, te pasará como un torpedo por las tripas, por la cara, por el corazón, que te palpita con fuerza.

No es el momento de marcharse.

Habrá visitas al médico, opiniones diversas. No hay nada concluyente, sólo una serie interminable de análisis. En la nevera, entre los huevos y la mantequilla de cacahuete, guardará muestras de orina en tarros. Algunas estarán en frascos de aliño para ensalada. Serán de distintos colores: unos verdes, otros morados, otros marrones. Pregunta cuál es el verdadero aliño para ensalada. Él te lo señalará y sonreirá impotente. Devuélvele la sonrisa. Se echará a reír y tú también. Dóblate de risa. Carcajéate. Desternillaos en el suelo hasta que ya no podáis más. Hunde la cara en el hueco de su cuello. No podrás hacer nada más. Esa noche, quedaos tendidos el uno junto al otro en silencio, rígidos, de color blanco plateado en la cama.

Quedaos estirados, como agujas de coser.

Seguid de médico en médico. Esperad los informes. Mira tu reloj. Si pudieras dejarlo… Mira tu calendario.
No sería en otoño.

Nunca hay nada definitivo, sólo una serie interminable de análisis.

Una vez por semana te sentirás de nuevo enamorada de él. Dale un masaje en la parte baja de la espalda cuando le duela. Apoya en él la mejilla, sintiéndolo, escuchándole los riñones. Quédate así toda la noche, sin llegar a quedarte dormida del todo, sin llegar a desear quedarte dormida.

Se te ocurrirá la idea de que estás esperando a que se muera.

Conocerás a otro actor. O puede que sea el mismo. Empieza a tener una aventura. Empieza a mentir. Cena con él y con su madre con cuello de Modigliani. Ella fumará puros, jugará con la fondue, debatirá la falacia del instinto maternal femenino. Después los tres os emborracharéis.

Nunca hay nada definitivo, sólo una serie interminable de análisis.

¿Y acaso podrías dejarlo saltando alegremente por la nieve?

Fantasearás sobre un funeral. Entonces podrías llorar. Sería un estudio de excesos posrománticos, vagamente wagneriano. Te consolarían sus lúgubres hermanas y su madre técnica dental. En el cementerio, las cuatro os arrojaríais al borde de su tumba, gemiríais y sollozaríais como viejas israelíes. Tú, en concreto, gritarías, te remangarías, desnudando las muñecas, amenazarías al cielo con los puños, echarías espuma por la boca. No habría vergüenza ni dignidad. Cogerías inmediatamente un avión a Acapulco y rondarías por los casinos, borracha y maloliente, hasta las tres de la madrugada.

Después de las cenas con el actor, vuelve silenciosa a tu casa. Al acercarte a la puerta se te revolverá el estómago, darás pasos más cortos. Los vecinos pondrán música que te recuerda a tu infancia, una ópera que trata de una señora guapa que era mala y le cortó el pelo a un hombre mientras dormía. Recuerdas, recuerdas que tu abuelo la tocaba con una especie de furia, la cara chapada con la rectitud del Antiguo Testamento, los violines que se calientan, el escenario que se descubre cuando ya estás delante de la puerta. Ah, responsa ma tendrés; la canción suena como una cascada. Dali-la, Dali-la: es el lamento, el buen y penúltimo solo de un condenado.

Entra de puntillas. Dará igual. Estará sentado en la cama con expresión vacía. Bésalo, engatúsalo. Hazle el amor como nunca. A las cuatro de la mañana seguirás despierta, mirando al techo. Te horrorizarás a ti misma.

Se instalarán en casa las ideas de marcharte, acamparán en el cuarto de estar; tendrán ojos como roedores y te mirarán desde debajo del sofá, a oscuras, desde debajo de la pila, cuentas de vidrio luminosas dispuestas en parejas. Las plantas darán muestras de haber tomado partido. Algunas te arrojarán tallos como brazos airados. Parecerá que graznan como cuervos. Otras simplemente se quedarán mustias.

Cuando salgas, déjale el fregadero lleno de platos sucios. Los secará despacio con papel de cocina, con la piel roja, escaldada, bajo el vello mojado, pegado a sus antebrazos. Estarás tentada de decirle que los deje o que use el paño que hay en el cajón. Pero no lo harás. Te pondrás el abrigo y te marcharás apresuradamente.

Cuando vuelvas, te encontrarás la luz del baño encendida. Verás blusas tuyas que te ha lavado a mano. Estarán colgadas perfectamente, separadas por un centímetro, goteando, regañándote desde la barra de la cortina de la ducha. Estarán abotonadas con sus ojos de Cagney, levemente velados, ese brillo triste y apagado.

Deslízate en silencio bajo las sábanas; cógele la mano dormida.

Nunca hay nada concluyente.

En el trabajo estarás llorosa y distraída. Irás por el pasillo arrastrando los pies como una legumbre con patas. La gente lo notará.

Las pesadillas tienen sus temporadas, igual que los huracanes. Estate preparada. Soñarás que alguien te sigue por la ciudad con un estuche de violín. Se te acercan niños pequeños con sonrisas forzadas y granadas de mano. Puedes despertarte bruscamente con un espasmo, buscarlo a tientas y descubrir que no está allí sino perdido en su propio sueño, sonámbulo, que vaga por el apartamento como un viejo, balbuciendo una jerigonza, chocándose con las mesas y las lámparas, envuelto torpemente a modo de toga en una manta que ha arrancado de la cama. Levántate. Ve hasta él. Tócalo. Al principio te mirará con los ojos muy abiertos, sin verte. Rodéale la cintura con los brazos. Se despertará, se quedará boquiabierto y llorará en tu pelo. Sabrá dónde está al cabo de un minuto.

Soñarás con arcoíris, con fugas, con brujos. Tu pasado volará por delante de ti, suceso a suceso, como el pueblo de Dorothy arrastrado por el tornado por delante de la ventana arrancada. Aerotransportados. Uno a uno. Salúdalos, despídelos con la mano. Practica.

Empieza a llamar a tu trabajo diciendo que estás enferma. Asegúrate de hacerlo cuando él ya haya salido. Siéntate en una mecedora. Recorre el apartamento con la vista. Será media mañana y estará inundado de una quietud de luz de sol. Rara vez lo ves así. Parecerá extrañamente desierto, premonitorio. En el alféizar de la ventana habrá melocotones encogidos, pequeños como botones. Una mosca chocará estúpidamente con los cristales. La cama estará abierta, desvelada, como algo que supura; las arrugas de las sábanas marcarán el tiempo, marcarán el territorio igual que los capilares de un mapa. Mécete. Calla. Respira.

La noche que por fin se lo dices, llévalo a cenar. Tradúcele el menú, que está en francés. Cuando estéis en casa, acostados juntos, dile que te vas a marchar. Parecerá aterrorizado pero no sorprendido. Quizá te diga: Mira, no me importa con quién te estés viendo ni nada de eso, pero ¿cuál es el motivo?

No intentes cruzar palabras. Dile que ya no lo quieres. Lo hará llorar, arroyos tortuosos que le llegarán hasta los oídos. Empezarás a sentirte asqueada. Te dirá algo así como: Bueno, unas veces se pierde y otras veces también. Se supone que tienes que reírte. Espira. Suénate la nariz. Apaga la luz. Ten sentido del humor, te susurrará en la oscuridad. Ten corazón.

Prepárale el desayuno. Te preguntará adónde vas a ir. Responde: Con el actor. O: Con los jorobados. No se comerá lo que le has preparado. Lo mirará con rabia, dará vueltas a la comida en el plato con un tenedor y después lo arrojará contra la pared.

Cuando subas por la Tercera Avenida hacia el IRT, ve deprisa. Llevarás una bolsa llena. Dará la impresión de que la gente sabe lo que has hecho, adónde vas. Tendrán sus ojos, el mismo par que él, y pasarán por la calle de cara en cara, como secretos, como los gemelos en la ópera.

Así es como estás.

Corriendo escaleras abajo para sumergirte en el río humeante del metro.

Incapaz de echar una mirada a un pordiosero.

No volverás a verlo nunca. O quizá estés sentada un día de abril en Central Park, comiéndote el almuerzo, y él pase rodando sobre unos patines en línea. Lo saludarás con un gesto de la mano y la boca llena de sándwich. Asentirá con la cabeza pero no se detendrá.

Habrá una serie interminable de análisis.

Una semana, un mes, un año. La tristeza morirá como un perro viejo. No sentirás nada más que indiferencia. El lamento perezoso de una armónica de vaquero, quejumbroso, cansado, se perderá lento entre las colinas, como una canción de Hank Williams. Un final de ésos.

(De: Cuentos Completos, Seix Barral. Traducción de Alejandro Pareja, Isabel Murillo, María José Galilea y Daniel Gascón)

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