Consolación por la baratija

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Marcelo Cohen

Buenas noches. Quiero hablar del barrio porteño del Once, que me parece adecuadísimo para un debate sobre fronteras urbanas, pero si me permiten voy a empezar cantando. La canción dice más o menos así:

Canto a la ciudadela de los apelmazados rollos de franela y perlón estridente, a las cuadras y cuadras de inhóspitos comercios mayoristas de mostrador largo, anaqueles horribles y tufo a desodorante, té con limón, y humedad acidulante. Canto al pulóver de acrílico que electriza la carne, al hechizo micótico de esas galerías donde copias clandestinas del prêt-à-porter de moda conviven con pálidos originales de modas muy caducas, a los millares de perchas que vociferan blusas de orlón en la luz embalsamada de los fluorescentes; a los empleados y dueños que se hamacan de tedio en las puertas de los locales, al alborozo mecánico con que abruman al cliente. Canto a la fastidiada locuacidad del mercader atávico, a sus raptos de ingenio amargo. Canto al encuentro fortuito del tefilín del rabino y la muela de oro del estudiante boliviano sobre la mesa de un operador inmobiliario, al resto de balcón francés sobre el zaguán desbordante de pulseras zodiacales, cubiertos de plástico o llaveritos parlantes, a la mostacilla, el telgopor, la academia de danza flamenca, el cuello de microfibra desbocado. Canto al fondo violáceo de la galería comercial, a las polícromas fotos de sándwiches de pastrami que engalanan el bar diminuto, al tétrico pasillo del tercer piso que lleva al salón de tatuaje, el sillón del dentista y el estudio del contador. Ah, barrio del Once, sumidero de fuerzas indómitas y adormecidas, santuario de la manufactura irritada, el plagio industrial, la ganga y el regateo, ágora de exilios establecidos, nomadismo de la abulia, kerme­sse de tradiciones desvaídas pero tercas. Once: la socarrona codicia del comerciante descreído desbaratando la insulsa cuadrícula urbana, el devaneo de orden racional. Corroído escenario de una feria democrática autoconstituida.

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Perdón por este desborde lírico. Tan whitmaniano, ¿no? Pero se me ha vuelto irrefrenable, casi crónico, desde el momento preciso en que se desató, el verano pasado. Era una tarde de sol bochornoso y yo había ido a que me hiciera un fondo de ojo un oftalmólogo que atiende en Larrea y Bartolomé Mitre, una de esas esquinas que no merecen una literatura urbana ni la alientan… Pero… ¿por qué no? De la puerta de la calle se entraba de golpe a la salita de espera. Las sillas eran bajas y estaban vencidas. Eso y la cara jovial del especialista fue lo último que vi aceptablemente antes de que él me pusiera unas gotas, me mandase a esperar y al cabo de media hora me acercara el oftalmoscopio. A la salida, con las pupilas agrandadas como medallas, busqué orientarme por el negocio de pelucas que recordaba haber visto enfrente. En vano. Dos tercios de mi realidad visible eran una titilación de alfileres blancos, y el martirio arreciaba cuanto más subía yo los ojos o más relucía la superficie que me atacaba. Los colectivos me ametrallaban de náusea; el deslumbramiento me atrofiaba el olfato y el oído. No atiné siquiera a comprarme unos anteojos negros desechables. Atento a no caer atropellado y no embestir transeúntes, me tambaleé hacia el subte zigzagueando por las calles del Once presuntamente más ganadas por la comunidad coreana. El tercio inferior de la realidad que podía ver, de los guardabarros de los vehícu­los o los muslos humanos hacia el suelo, era una sucesión de instantáneas experimentales: lámparas de efecto acuático, helados de palito en contrapicado, escorzos de maniquíes, chinelas de raso o de felpa, y aun en esa atmósfera velada me impresionó el colorido. Entonces sucedió. Vi el correteo aturdido de los chicos, algunos con chucherías en la mano, entre una torpeza de piernas agobiadas; vi que había muchas señoras de edad, y muchos vaqueros sucios, y ostentosas zapatillas descosidas, y que la muchedumbre que me estaba zarandeando se agolpaba contra vidrieras y zaguanes, se demoraba frente a estantes repletos de celulares, entraba o salía de corredores, y que la masiva corriente de excitación cinética era tan continua como la sucesión de ofertas; vi que una larga serie de camisetas deportivas solo mutaba en serie interminable de animalitos de vidrio o ropa de cama cuando yo lograba cruzar de una manzana a otra, o cuando la corriente me imprimía un giro, y que, entre el tráfico lento y recalentado, entre un hervor de charlas y de bocinas, empezaba a alentar en mí un deseo de comprarme bastantes cosas que, sin embargo, me gustaba mantener al borde de la satisfacción. Hasta que vi un escaparate con lencería de dama, y en un rapto de valor alcé la vista, y descubrir que el local se llamaba La Bombachita me alcanzó para comprender que entre el recuerdo del Once de mi infancia, donde ese local se habría llamado Roitman Hermanos, o el recuerdo de las agudezas de los sesenta, cuando se habría llamado La Liebre Rosa, y ese nombre de ahora, La Bombachita, había un rugido de tiempo histórico que me sobrepasaba, me vaciaba de mí, y de repente, desmenuzado en chispas de mercancía, fui únicamente ese barrio. Asimilado al centro de un mundo pletórico, percibía distintamente miles de detalles y no había síntesis por hacer ni nada que interpretar. Carteles e imágenes prevalecían sobre su significado y me aflojaban la individualidad. Pero, cosa rara, la embriaguez me libraba de esa miopía cotidiana, para la cual el barrio del Once sería un mero bodoque mercantil plantado en medio de Buenos Aires. No. Yo había entrado en una zona anómala donde la baratija revolucionaba el sentido común. Y entonces, del giro épico que iba tomando la situación surgió un recuerdo. A fines de los ochenta, durante un viaje de visita que hice cuando vivía en España, escuché disertar a un taxista que me llevó al Once sobre el cambio fatídico ocurrido en ese, dijo él, baluarte tradicional de la comunidad israelita. Cientos de negocios de bagatelas, e incluso los de confección, habían pasado a manos de detestables invasores coreanos. Esos roñosos sin ética empresarial, que fabricaban todo a precios irrisorios explotando a sus compatriotas pobres, habían obligado a los honestos confeccionistas moishes a exiliarse en Lanús, dedicados al cuero y la compraventa de oro. «Pero si usted se fija —dijo el taxista— va a ver que hay muchos negocios con las persianas no del todo bajas, y que dentro hay gente medio en tinieblas: son los judíos que resisten.»

Me pregunto qué hará ese hombre frente a la ola de inmigrantes andinos de hoy, por ejemplo. Y es que no es fácil arreglárselas narrativamente con una formación de una localidad tan extrema. De Rivadavia a Córdoba y de Callao a Pueyrredón, el Once es noventa manzanas de mejunje edilicio —barata construcción desarrollista, de ocho pisos, mancillando perlas de racionalismo y fortalezas de estilo burgués parisino— con un promedio, en las sesenta más densas, de ciento veinte bocas de venta por manzana, gran parte de ellos mayoristas. Telas, cueros, confección, accesorios para toda la casa, regalos. Un volumen de comercio de miles de millones por año. Iglesias, escuelas religiosas, gimnasios, un centenario colegio alemán, altares budistas, gran surtido de sinagogas; distribuidoras de cine; videotecas de ocasión y librerías de lance. Sirio-libaneses, judíos esquenazis y sefarditas, armenios, turcos esmerlíes, coreanos, chinos, peruanos, paraguayos, bolivianos y ahora brasileños disputándose la clientela, sin frenesí, entre la pasajera, constante multitud que derrama en la plaza Miserere el ferrocarril del Oeste y se desplaza despacio en la deliciosa narcosis del consumo posible. El emporio de la imitación empeorada. Por acá deambulan los que nunca comprarán por internet. Mimetizados con ellos andan cultores del camp en busca de curiosidades y desmedradas familias de clase media en busca de atuendo económico para cumpleaños de quince. Ansiedad de los vendedores por incitar a la compra. Facultad de Ciencias Económicas, Universidad del Salvador, Morgue Judicial y centro cultural Ricardo Rojas, factoría de artistas atrevidos. Calles asoladas por el bramido de los ómnibus. Tumba extensa de la planificación edilicia. Abundancia obscena de medianeras a la vista. Mustias flores de maceta en balcones cercados por humo de escapes. Muchachas duras de indecisión frente a caleidoscopios de zapatillas, hombres extasiados ante hileras de relojes, fuerte sensación de que hay gente acá que pasa mucho frío o un calor inhumano. Destacamentos de maniquíes que imitan niños o señoras de hace cinco generaciones. Eslóganes arcaicos en los cartelitos de precios: «Vea qué oportunidad»; «calidad europea»; «para la dama o el caballero». El bar La Perla, donde siguen fastidiando con que divagó Macedonio Fernández y se drogaba el legendario rockero Tanguito, y la pollería Sabor Norteño, donde se lee el diario de Lima. Agencias de envío de dinero, reventa de celulares usados, sótanos donde cúmulos de billeteras robadas esperan reconocimiento cinco metros por debajo de un tul de olor a varéniques, choripán, arenque encebollado, humus, pescado a la chorrillana, ají de pollo, chop suey y medialunas. Amena fragancia de los carritos de garrapiñadas. En Plaza Miserere, hombres de hinojos ante hornacinas con santos. Cumbia que llega desde la bailanta Elefante. Palomas que parecen de telgopor o pergamino. En una de las infinitas colas para los micros, una chica de pelo frito cubre con un pañuelo la cabeza de su novio, y lo besa, y él se mece en su silla de ruedas. Tráfico de cámaras digitales, porro, paco y Adidas entre humo de tortillas de maíz. Después del sacudón de esa tarde de enero volví en otoño, más de una vez, en lo posible siempre al crepúsculo. Cuántas y qué largas calles del Once no tenían un solo árbol, pensé. Pero que nadie lo declarase irremisiblemente feo.

No yo, al menos, que había nacido en el barrio, Cangallo y Pasteur, como en un chiste en yiddish, y vivido ahí los meses suficientes para que ahora me volviera un recuerdo, uno solo: la alfombra donde probablemente había gateado cuando bebé. Mucho más flagrante era que mi primer departamento de vivir solo hubiera estado en Lavalle y Junín, entre sederías y distribuidoras de cine. O sea que el Once me competía. Cebada por estas dos gotas, la memoria empezó a encharcar el presente a borbotones. El edificio de Uriburu y Tucumán a cuya puerta, acostumbrado antes a vivir en una casa, mi abuelo se asomaba en pijama. El escritorio tétrico de tío Riddel, adonde mi madre me llevaba de visita, en una planta baja de Mitre y Larrea. Mi avispada primera novia en Sarmiento y Uriburu. Mi segunda novia a dos cuadras de la estación de tren. Amigos politizados en un departamento a metros de la Perla del Once. Historias de una banalidad tan obvia como la arquitectura del barrio; por algo yo había querido olvidarlas. Pero la memoria no paraba de chorrear. El local mayorista de plásticos de mi tío Jack en Azcuénaga y Tucumán. Tortuosas clases de música en la academia del famoso acordeonista Feliciano Brunelli, a la vuelta de esa Recova que hoy parece de un policial de 1940 filmado en Panamá. Qué denso e intrincado el tejido de las circunstancias. Clases de teatro en el IFT, nido de judaísmo criptobolche. Un sótano en Viamonte y Paso adonde en mi primer trabajo de cadete me confinaban a ensobrar revistas. Qué atroz la falta de límites para las fuentes de melancolía. Años después, cuando yo viniera de visita desde Barcelona, a mi madre le gustaría que fuera a buscarla a unas reuniones de psicodrama para ancianas judías en la Sociedad Hebraica, institución a cuyo cine yo había ido, como medio mundo, a ver películas de Bresson. Me entraron escalofríos. ¿Sería que una parte voluminosa de mi vida, una parte que yo había tratado con menosprecio, giraba sobre ese barrio, incluso que el barrio era una pieza capital de mi vida?

No, no. Procuro que ni mi vida ni ninguna vida sean objetos a considerar, algo que si se contempla puede enseñar algo, una cosa cuidable que brinda conocimiento; procuro alejarme de este modo, fuente de autoindulgencia y dolores. Y por otra parte, si uno las mira desprevenido, la vida y la edificación del barrio del Once son un venero de antimemoria. Una instalación audiovisual de la amnesia. Una terapia por absorción en la corriente del momento. Y en la corriente del momento el Once era para mí la experiencia de una materia mental absoluta; para darle realidad, para coexistir con ella en una sola realidad, había que decir las palabras justas, si esto es posible, o ir eliminando las más falsas. Para eso tenía que volver al momento de ceguera del verano. ¿Qué es esto? ¿Qué es esta apabullante acumulación de instantáneas donde vive tanta gente y tanta más anda de compras?

A ver… A ver…

Antes que nada está la delicia de los nombres propios y los comunes, de gentes y cosas, ese multiverso de lo desigual, de la materia útil y el cachivache, la forma escénica primordial donde las palabras no indican las cosas: son las cosas. Párense en la esquina de Uriburu y Lavalle mirando al sudeste y miren los letreros: «Gatuvia, accesorios para la noche»; «Remeras Nick Tramsay»; «Tobías Michels, el rey del plástico»; «Carteras Mireia Peyton»; «Peceras Chuan Leng»; «Panchos» «Explorer»; «Artículos de cotillón “Tu festichola”»; «Lo de Sara»; «Danzas Agarrame»; «Escribanía Chalukián». En cuanto uno se habitúa al mareo, descubre método en el delirio aparente. Ahí están, uno al lado de otro y a lo largo de tres cuadras, esos locales desnudos, guarnecidos de rollos de polar en pie, encapuchados de plástico como flagelantes de un culto a la confección canalla. Pero en una transversal lo que se alinea son vidrieras con herramientas, o con animalitos de tela, madera, plástico y peluche, o bolsos o relojes. El Once es una combinación de cantidades exorbitantes con una especificidad minuciosa hasta lo insondable. En el Once se puede comprar: 17 metros de perlón antipiling imitación leopardo, sarga, shantung, muselina o lamé nacarado de 1,80 m de ancho; cincuenta y siete modelos de gorros, cada uno posible con los colores de la bandera argentina, brasileña, finlandesa, etcétera; manteles individuales con forma de vaquita, uva, banana o niña pequinesa; sacapuntas extrasuave para lápiz de ojos; el libro Patología Forestal del Cono Sur de América, de Raúl Mosteroni, y el libro La condición humana de André Malraux; un video de Zazie en el metro de Louis Malle; un fraude no empalagoso de colonia Calvin Klein One llamado Cavin Lein Uno; un símil de placenta con los fetos de dos gemelos en resina epoxi; floreros de vidrio de veintitrés formas en tamaños chico, mediano, grande y extragrande, si se quiere con el girasol de plástico incluido; vaqueros, delantales, gargantillas, cepillos de dientes fosforescentes para verlos durante cortes de luz. Ahí la industria se ha vuelto naturaleza: solo obedece a la pulsión inacallable de replicarse. Y en ese clima de generación permanente uno empieza a necesitar de todo. Uno no solo querría probarse los pañuelos más estrambóticos, los pantalones más chingados; desea esas cosas para que lo adornen y condecoren, relojes de pared, anotadores, estuches, muñequitos, miniaturas de Harley-Davidson, y las desea porque son efímeras, inservibles, y cuando uno cree que el barrio lo ha curado de la enfermedad utilitaria repara en que también desea estas cosas porque son accesibles, es decir, baratas.

En el buen precio siempre radicó la vitalidad de los mercados populares, y en la pequeña escala y la variedad, sus efectos mágicos; esto hasta que el capitalismo terminó de consolidarse en un gran mercado racional, abstracto y automático. Dentro de esta historia, el Once es la reliquia de una cruza contra natura entre feria popular de pequeños productores y racionalismo de industria. El Once fue creciendo como una prueba de que los sueños de la razón ya no producen monstruos. Entre las construcciones del barrio no hay ni siquiera auténticos adefesios. La caprichosa arquitectura de Buenos Aires decae aquí al unísono, en un gris de abandono y suciedad festoneado de adornos. Al mismo tiempo, en el gentío de la calle el deseo de mercancía es tan indiscernible de la necesidad que no hace falta tentarlo con eslóganes culturales, religiosos, históricos, jurídicos. Nunca civilización y naturaleza estuvieron tan divorciadas como en el Once de hoy, ni las construcciones más lejos del misterio.

Y sin embargo hay un tono emotivo, aquí, ¿no es cierto? El oído lo advierte en algo como un crepitar de estática, un bamboleo del aire donde, cerca de la estación de trenes, las disquerías resuenan de música bailantera, un ulular de sicus o un alarido de clarinete, un bisbiseo de plegarias a veinte divinidades distintas y de discusiones de pareja en cinco lenguas. El código de ese tono está oculto no solo para los peatones que lo acarrean, sino para los moradores que lo alimentan. Produce en el aire subrepticias inflamaciones de sexo, de remordimiento, de codicia, de desasosiego, de desquite, de contacto y de entrega; está, ese código, en palabras pocas pero irrefrenables que desbaratan la lengua del intercambio comercial. Por entre la enfermedad de la gestión mercantil, se filtra una efervescencia impura, aplastada y caótica, y en los nombres deliciosos y la loca variedad de la bagatela también una gracia, y al cabo una claridad, limitada, limitadora.

Miren cómo a las insípidas, frágiles decenas de edificios sesentistas, con sus ténders y sus triciclos en balconcitos inusables, se yuxtaponen buenas copias vernáculas del art nouveau, del decó y el racionalismo; y vean cómo al pie de esa gramática de la distinción, en los locales comerciales de la calle, cunde una sola apatía del alma; ahí toda la iniciativa está puesta en el rédito. El espíritu pequeño burgués, ovillado en el interior de la casa, el dinero y la familia, inactivo en el foro, trata el espacio público con cortedad estética y sensación de peligro. Peor todavía: por las noches y los domingos la compulsión de los más acomodados del barrio a resguardarse en espacios alejados, seguros, deja este mundo secular desierto, paralizado, presa de un aire ominoso. Ni los varios e inconspicuos templos del barrio, ni el bullicio de los muchachotes jasídicos en las esquinas, compensan el cierre de los comercios. Pero por eso mismo se nota que, al menos de lunes a la mañana a sábado a la tarde, estas calles representan para el hogar burgués lo que el mercado del medievo daba a una grey protegida por la catedral: vivacidad de intercambio, necesidades y beneficio indiscernibles del placer del contacto. Los días de semana, en el Once no hay frontera entre el local y la calle; a lo sumo una mampara aísla la oficina que hay al fondo del negocio; más allá de la gestión del dinero, parece que nadie tuviera una privacidad que defender. Y no es por una ética de la comunidad, ni siquiera por un ideal campechano; es simple tendencia al amuchamiento, a la promiscua dependencia mutua. En el Once es difícil comer solo; si acaso se come en una falsa privacidad coral, vinculada, en mesas angostas de un espacio atiborrado, activo, que niega la infausta, inflexible división burguesa entre relaciones cara a cara en ámbitos cerrados e intercambio expuesto y mudo en el lugar público. El aire de las galerías pixeladas hierve de cuitas sentimentales y asuntos de liquidez. Manzanas y manzanas de conversación incesante: he aquí la consagración del mercado antiguo, sus maravillas tangibles, sus secretos joviales, sus chismes ilusorios, sus fábulas fraudulentas.

Bueno, no exageremos.

A cincuenta metros de la esquina nordeste de la Plaza Miserere, de espaldas a las vías del tren, está el monumento espontáneo a los muertos en la catástrofe de la discoteca Cromañón. Todo monumento funerario es una exhibición franca y hasta jactanciosa de herida íntima, pero esta instalación asfixia la piedad del que pasa. Después de verla uno siente que el dolor que prolifera en la vida del Once es mucho más fino, insondable y penetrante que la vindicación del dolor que teatralizan estas descoloridas fotos de familia, las zapatillas chamuscadas que cuelgan de alambres. El dolor más permanente del Once atisba en las pensiones de empapelado sofocante, en el humo y el frío de las parrillas de paso, en esas persianas eternamente torcidas, en la ansiedad de la mano que palpa las pocas monedas del bolsillo, en la grasa aglomerada en refrigeradores achacosos, y cobra cuerpo en la fatiga nerviosa del paso de la muchedumbre. De siete a nueve de la mañana, trenes y micros vuelcan decenas de miles de viajeros, una riada de mano de obra que inunda las avenidas del barrio, se escurre por las calles, en el tránsito a otros lugares deja aquí sus guarniciones y crece de nuevo al atardecer, antes de apretujarse en el tren suburbano o formar las interminables, aletargadas, hastiantes colas de los micros de regreso exudando un cansancio que empapa el aire y por poco no derriba. Villeros. Empleados administrativos. Desocupados periféricos. Emigrantes. Tropa multitudinaria del trabajo en negro, algunos incluso en la confección. Uno que otro díler; pungas también, y charlatanes. No tienen grandes miedos, y andan con el deseo solo a medias gastado. En las orillas de la plaza los recibe la música de las disquerías de ocasión, rutina de sampler y procacidad anodina, Mariah Carey, Natalia Oreiro y Jorge Sanz, «Tuve tu amor y también tu fuego, / Tuve tu veneno, / Tuve tu vida y ya no la quiero», que un pasillo de olores de chipá y pochoclo transforma, como en un Escher bárbaro, en formas repetidas de negocios de ropa, hospitalidad asfixiante de locutorios, zapaterías, bazares de regalos. De esta hueste bamboleante pero erizada el Once es red de accesos a la ciudad, shopping center y sistema de postas de refresco, la tranquilidad y el hartazgo de un trayecto obligado y la reparación por medio de la vagancia y el gasto. Porque ya me dirán ustedes si, cuando la alternativa es una hora de cura del alma con el estentóreo pastor de la Iglesia de los Caminos de Cristo, por ejemplo, comprarse un vaquero o unas zapatillas con cámara de aire a un tercio de lo que cuestan los originales en otro barrio no es un consuelo y una mínima liberación. En los primeros meses de este año de inflaciones, el 80 por ciento de la población argentina, sometida a los mismos aguijones del deseo que el otro 20 por ciento, participó en el consumo con menos del 40 por ciento del total. No vamos a propugnar que manteniendo esta inferioridad, o extremándola, las gentes de corazón humilde entren en una vía espiritual de ascetismo; mucho menos que se agudicen las contradicciones sociales y crezca la conciencia revolucionaria, como en tiempos del leninismo. Algo hay que hacer con la excitación sobreinducida y atascada, ¿no? En el modelo mundial que predomina, una vida es una larga rutina jalonada de orgías. La consigna del Once es «miniorgías para todos ¡ahora!». De la grey que resplandece en la iglesia sectaria, al rubor del que incursiona en la cadena de ropa informal Bruggin’s, del altarcito budista de emergencia o la sinagoga de entresuelo al corpiño de lentejuelas para la murga, el Once es parejamente profano: fetiches divinos del espectáculo en su escalón de desahucio. En este suelo tan bajo, el cálculo racional retrocede al mundo preilustrado del cuento maravilloso. La vida recobra encanto. El Once es el reino autocreado de la consolación por la baratija. Solo que el comerciante sabe que además del capricho están las necesidades básicas de esta clientela, que no son nada volubles, y las de los negocios minoristas cuyas existencias él provee, y que si su negocio no las atiende va a terminar por hundirse. Así es como el riesgo crea un clima de provisionalidad que hermana al vendedor con el cliente. Por muy condicionada que esté nuestra mente, el cuerpo tiene que abrigarse, y calzarse, y precisa un jabón no abrasivo, y para cebar el mate necesita un termo que conserve el agua caliente y no chorree, mecacho, como el minorista necesita stock para vender en su quiosquito. El Once es un desafío a las uniformidades dictatoriales del mundo global. Una serie de repeticiones que realizan la fantasía de verse considerado y abastecido.

Termos, ya que acabo de mencionarlos, vende en su negocio el señor David Najman, nacido en la Galitzia rumana, veterano de cuatro matrimonios y casado ahora con una cordial señora mulata. Hace cincuenta y dos años que Najman, que se proclama criollo, vende termos de toda clase, de plástico, aluminio o acero inoxidable, de dieciocho pesos a novecientos; podría retirarse, pero dice que si no viene al local pierde el asidero que lo sostiene en vida; Najman es una mente mercantil que la edad y la influencia de este baile de apariencias han vuelto un alma casi dionisíaca. En el Once este casi hace una diferencia importante: manifiestamente, cuando dice su edad el señor Najman toca madera; y si es supersticioso no puede entender la tragedia. Sin embargo, desde su atalaya en el mostrador, mira la calle agitada con la templanza que dan miles de días de exposición a individuos de lo más diverso, menudencias corrosivas y conflictos súbitos o duraderos. Los griegos decían que el aplomo que da la exposición a la belleza de lo diverso estimula el impulso de hacer algo igualmente bello. Arte, por ejemplo. Poiesis. No es el caso del Once. Así como a partir de cierta edad uno es responsable de su cara, en el Once hay suficiente historia como para que su comunidad se haga cargo de la apariencia que tiene. Pero no: al señor Najman y sus colegas y clientes les importa un pito que la calle que miran sea horrible, y aún prevén que en los años próximos la fealdad grosera, el abandono y la suciedad arrecien sin depender de las ciclotimias de la economía. No tiene por qué haber un apocalipsis. Las transformaciones de la fealdad pueden no terminar nunca. Pero justamente por eso, ahora que en esta ciudad se libran las luchas decisivas por la propiedad de los espacios comunes, y visto que a los vecinos del Once no les interesa el remiendo, en los momentos de vena política uno se pregunta si lo que habría que hacer con algo como esto sería arrasarlo y levantarlo de nuevo (contando con malos antecedentes y previendo una suerte improbable), o respetar la inercia no del todo infeliz de su enfermedad eterna.

Solo que enfermedad es acá una palabra muy cretina. El señor Najman me ha explicado exhaustivamente por qué el barato termo que me vendió es lo más práctico que tiene para el trabajador de escritorio, cómo manipular el pico rebatible y por qué no conviene exigir la rosca. Me mostró una gama de repuestos. Fueron momentos muy gratos. Después me acompañó a la calle y, antes de bajar la persiana, se puso a discutir con el vendedor de falafel de al lado, cuyo quiosco es una mugre con olores suculentos. ¿Qué augurará este crepúsculo lívido y varicoso? Enfrente, en la acera de un local largo, azulejado como un corredor de hospital, bolsas de basura mal anudadas derraman un tapiz de pasto sintético para pesebres, y en pleno mayo. Esto es lo que tenemos en este lugar de la ciudad: esta empresa, este pálpito, esta sordidez preñada de emociones neutras. Hoy el destino de cualquier ciudad incluye la eterna transformación de sus fealdades. Esta es la fealdad que hemos hecho nosotros; es un reflejo de parte de nuestra mente, incluso para los que solo andamos de paso, y nada indica que si está enfermo seamos nosotros, todos, quienes podamos hacer algo más sano. Se diría que no. En realidad ni siquiera sabemos, ahora que lo estamos tratando así, si el Once es un organismo vivo o un fantasma. Quién sabe. A lo mejor el Once es uno de esos corazones del universo donde, a pesar de cada dolor y cada alegría exteriores, cada cual tiene, por un instante, la posibilidad de ser lugar indefinidamente perfectible de decisión y resonancia. Un vínculo ambulante entre la intemperie y el abrigo, entre el capricho y el juicio, entre el cómputo y la pérdida, y entre los idiomas y las sensaciones y los futuros. El Once podría ser una obra de arte del desequilibrio. En este caso la mejor iniciativa política, me parece, es exigir que a nadie, por un rato prudencial, se le ocurra tocarlo

(De: Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas, Malpaso, 2017)

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