Contra la versión perversa de sus carceleros, o la malversada tesis vulgar

(Estudio Crítico)

Por Horacio Perez del Cerro

Antes de entrar en tema

«Oh, masacradores, carceleros, imbéciles en fin, de todos los reinos y de todos los gobiernos, ¿cuándo preferiréis la ciencia de conocer al hombre a la de enterrarlo o a la de matarlo?»
Sade

El presente, a modo de estudio crítico sobre el libro «Sistema de la Agresión», «Textos filosóficos y políticos» del Marqués de Sade, (Ed. El Tranvía – 2002 – Buenos Aires – Argentina); trata de rescatar dentro del pensamiento filosófico vigoroso y osado de Sade, los ejes discursivos que apelan a su misma singularidad como productor de un sistema epistemológico alterativo de enfoque crítico. Si bien hoy poner en tela de juicio los pilares fundacionales de la cultura occidental, en tanto lo sustancioso producido por ésta sobre el hombre como especie, o sea su mismo creador, significa urdir en la construcción de un discurso de poder y en el poder mismo, en forma lesiva para los intereses de ese mismo poder, y evidenciar al mismo tiempo como autocrítica silenciada, el grado o estadío patológico en que se encontraba la especie, para producir un fenómeno que a la larga o a la corta operaría como factor negativo para su ethos. Sade paga con cárcel y hospicio la extravagancia y perversidad, el riesgo que su pensamiento implicaba a los sustentos teóricos del sistema dominante; le caben para su época el lugar que no sólo cimentaba la transgresión, sino una aproximación flagrante al discurso subversivo al sistema.

En tal sentido, ha sido el propósito de concretar en un volumen modesto el interés por tal empresa: reunir lo disperso, ordenar, clasificar lo diseminado, según conceptos sencillos, aun cuando, en determinadas ocasiones, éstos puedan parecer arbitrarios. Tratando de entresacar de la inmensa obra de Sade los temas filosóficos explícitos o implícitos que salpican la ruta infernal de los fantasmas eróticos, como mera justificación literaria. Ha sido la novela filosófica junto al cuento y el relato el vehículo privilegiado de su lucha ideológica.

No ha sido Sade un filósofo sistemático ni un escritor desapasionado, por tal motivo es preciso no sólo bucear en ese mar tormentoso para descubrir los islotes de su espíritu, de su alma concéntrica y a la vez rutilante, cuando en el cogito del delirio nos permite entrever lo no dicho, que si bien oculto, se revela en los corpus discursivos de sus personajes, yendo mucho más delante de su pensamiento y su escritura. Hay un hecho evidente, no existe, en las novelas de Sade, personaje alguno que no ceda a la justificación, que no se explique de una u otra manera a partir de sus aspiraciones y perversiones. En este sentido, los héroes de Sade responden a una triple necesidad: novelesca, didáctica y filosófica. Incesantes disertaciones morales y metafísicas entrecortan las tres Justine, Atine et Valcour, La filosofía en el tocador, Juliette o Los ciento veinte días de Sodoma. Reunimos de una manera artificial las piezas de este rompecabezas y he aquí que descubrimos con asombro una temática progresiva, coherente; el equivalente de una doctrina filosófica.

Sade escribe desde la novela filosófica (paria dentro de la literatura, género frívolo) cuyo desarrollo está íntimamente ligado al de la filosofía ilustrada. Es precisamente el lugar que se ubica, desconcertante para la moral establecida, un dato fundamental para definir su coherencia de espíritu trasgresor (diríamos que se piensa mejor en un burdel rodeado de placer, que sentado en el frío banco de una escuela). Tampoco escatima recursos para su objetivo, conciente de que esta novela de amplia y rápida difusión se dirige a un público que no es precisamente el de los «doctores» o el de «las letras», sino al de la burguesía: fuerza social renovadora y en ascenso en su época. Del mismo modo que Descartes, al escribir el Discurso del método en francés, rompía con la tradición de los «doctos». A ella se dirigen La Vie de Marianne, La Nouvelle Héloise o Les Liaisons dangereuses. La ruptura se hace notar en todos los ámbitos, una nueva metafísica que rompe con los conceptos abstractos, corporizando en la experiencia empírica e individual la reflexión filosófica y el discurso teórico. Sin embargo, Sade, que dedica unas páginas a la función del género novelesco dentro de la literatura (Idée sur les romans), lamenta que Rousseau (a quien él, a pesar de todo, admira), o Diderot, continúen todavía excusándose por no escribir novelas. Ya es hora de volver a dar a la novela la identidad y el lugar que le pertenece. Afirma Sade, » la novela es tan importante como la historia para el filósofo que pretenda conocer al hombre, penetrar en su interior…». Además, Sade se sitúa de entrada en un universo novelesco particular, el del pesimismo y la prueba moral: «El conocimiento más esencial que exige la novela es el del corazón humano. Ahora bien, este importante conocimiento todos los espíritus buenos lo aprobarán con nosotros no se adquiere más qué a través de las desgracias y los viajes… La mano del infortunio, al exaltar el carácter de aquel a quien destruye, lo sitúa a la justa distancia precisa para estudiar a los hombres.»

Esta vibración va a cristalizar en procesos irreductibles para la cultura de occidente, hasta fines del siglo XIX donde otra fractura acompañará la profundización del pensamiento sobre el hombre y su destino, Nietzsche.

El discurso de Sade es no sólo un discurso sino una postura estética totalizadora en él, asaz acabada para su momento histórico, ya que se hace responsable de ella con su misma identidad. Así se expresa en base a esa posición estética: estamos hartos de las novelas normales donde la virtud es recompensada y el mal castigado; invirtamos la relación, «ofrecer por todas partes el vicio triunfante y la virtud víctima de sus sacrificios; mostrar a una infeliz errante de desgracia en desgracia, juguete de la maldad, objeto de todos los excesos, blanco de las más bárbaras y monstruosas inclinaciones; aturdida por osados y especiales sofismas, presa de las seducciones más hábiles y de las humillaciones más irresistibles» (Dedicatoria a la segunda Justine). El género de la novela se nutre y cambia al mismo tiempo, dando un vuelco primordial a su forma encriptada en ese concepto de belleza armónica y desinflamada de corporalidad, la retórica estética de «las letras» es demolida a pura compulsión. La perversión de un nuevo tipo de novela, no hace otra cosa que virar el eje del oscurantismo que reinó sobre el decir y lo dicho de esa otra, y dejar al aire carne y huesos despojados de la hipocresía que la asfixiaban. La nueva novela filosófica es escandalosa, pero qué cambio no lo es a lo reaccionario?.

Resumiendo, Sade no es un filósofo sistemático tal como lo entendían en los siglos XVII y XIX, sino que, al igual que Diderot o Voltaire, Sade está dotado de aquel espíritu propio de la filosofía de la Ilustración. Si admitimos que el filósofo es un hombre de razón al que preocupan tanto el devenir moral, teológico y científico de la humanidad, como el análisis crítico y sistemático del individuo en sus relaciones con la sociedad, es fácil ser filósofo en el siglo XVIII. No obstante su conceptualización un tanto primitiva (y esto lo veremos al tratar el materialismo), consigue alumbrar un terreno que si bien existía, por obvia incomodidad no se hacía visible.
Los temas escogidos para ilustrar el pensamiento de Sade son los clásicos temas de reflexión característicos de los espíritus filosóficos del siglo XVIII. Los problemas del materialismo y el ateísmo, la realidad de la naturaleza, la legitimidad o la no legitimidad de las leyes, los perjuicios de la civilización y la necesidad de cambiar la moral tanto individual como colectiva. Apuntan a posibilitar una captación mucho más exacta de su original modo de utilizar determinados principios ideológicos en voga en el siglo XVIII.

 

 

El ateísmo de Sade

«La idea de Dios es el único error que no puedo perdonar a los hombres.»
Sade

El libro anónimo Theophrastus redivivus, fechado en 1659 sobresale entre los primeros textos materialistas que a partir del siglo XVII comienzan a circular clandestinamente. En el siglo XVIII, con La Mettrie, Diderot, D’Holbach y Helvetius, el desarrollo de las doctrinas ateas y materialistas se revitalizan sin límites. D’Holbach da una definición del ateo que nadie puso en discusión : «un hombre que destruye las quimeras perjudiciales para el género humano con la intención de conducir de nuevo a los hombres a la naturaleza, la experiencia y la razón. Se trata de un pensador que, tras meditar sobre la materia, su energía, sus propiedades y sus maneras de actuar, no precisa, para explicar los fenómenos del universo y las operaciones de la naturaleza, imaginar ningún tipo de potencias ideales, inteligencias imaginarias o seres racionales, que lejos de hacer más comprensible esta naturaleza no hacen sino convertirla en algo caprichoso, inexplicable, desconocido e inútil para la felicidad de los humanos» (Systéme de la nature, 1770). Sade reconoce a ultranza que D’Holbach fue su verdadero maestro. El Systéme es «la base» de su filosofía. Determinadas digresiones teóricas de Justine y de Juliette se inspiran abiertamente en el Systéme de la nature, y el panfleto francais, encore un effort… de La filosofía en el tocador es en algunos momentos casi una copia del Bon Sens de D’Holbach.

El pensamiento acompañado de la fe de los deístas del siglo XVIII, sustenta que: el Ser Supremo es quien garantiza la armonía social y moral de la humanidad. Mientras que para los ateos: es la razón la que debe permitir al hombre escoger entre sus buenas y sus malas inclinaciones. Ambos postulados no difieren mucho, más aún en el cotexto de una razón política se complementan, ya que el discurso ateo no sólo sigue reconociendo la dicotomía bien-mal, propia del discurso deísta, sino que no discute la moral sobre la cual ésta se apoya. En el ateísmo de Diderot o de D’Holbach sigue arraigada la fe, como negadora de un sistema de pensamiento que debe crecer aún hasta llegar desde lo filosófico a la promulgación de : ¡Dios ha muerto!, sobre el concepto de la fuerza de una virtud natural. A propósito de lo cual enuncia: ¡ante todo!, «no dañarse, sino gozar», escribe D’Holbach, y «hacer a los demás tan felices como lo deseamos ser nosotros mismos», repite en eco Sade. Los primeros textos publicados: en Dialogue entre un préte et un moribond y los Etrennes philosophiques de 1782 están, en efecto, en la línea tradicional del ateísmo de la época. Si bien éste no supone más que un estadío temprano en el desarrollo del «sistema» de Sade. Desde 1787, en los Infortunios de la Virtud, Justine se ve forzada a aceptar lo que es evidente, la razón dista mucho de asegurar esa armonía de la que tanto se esperaba. Sade rompe, a partir de ese instante, con un ateísmo de razón que no ha sido probado. Haciendo un violento giro que lo coloca casi en el antípoda del ridículo sustenta: el ateísmo sólo ha reemplazado a Dios por la Razón. Es necesario deshacerse de esta forma de religiosidad haciendo pasar la Razón por la peor de las imposturas: servirse de ella para justificar la perversidad. Si bien el éxito literario de Juliette es innegable, el pensador tiene mucho por reordenar en su desparpajo, que sin darse cuenta lo va guiando en la fundación de un cimiento alterativo que más tarde será retomado con rigor en el siglo XIX.

Sade no se detiene en este terreno cómodo, y persiste oponiendo al ateísmo teórico y furioso de Juliette o de su amiga, la señora de Clairwil, un ateísmo más profundo aún, un ateísmo de combate. Sin dejar de ser una vuelta más de tuerca de su empecinamiento y apoyado en SaintFond que ve presidido por una nueva imagen de Dios: un Dios del odio y de la maldad. «Existe un Dios; una Mano cualquiera ha creado necesariamente todo cuanto veo pero no lo ha creado sino para el mal, sólo se complace en el mal, pues el mal es su esencia… El Dios que ha formado este triste universo es un ser vindicativo, muy bárbaro, muy malvado, muy injusto, muy cruel… de manera que los detestables elementos del hombre malo se absorben en el centro de la maldad que es Dios para volver de nuevo a animar a otros seres quienes nacerán tanto más corrompidos cuanto que serán el fruto de la corrupción.». De esta forma, Sade, no logra trasponer el cepo de una religiosidad por otra, pasando del ateísmo a una suerte de antiateísmo de la negación de Dios a la condenación blasfemadora de un Dios depravado, y el acto sacrílego, a su vez, es integralmente consumado. El escándalo y el descrédito llegan a aislarlo de modo definitivo.

 

El pensamiento materialista

La conceptualización del materialismo en el siglo XVIII esta emparentada íntimamente con la proyección desmesurada del industrialismo, y el segundo plano de interés de poder que representa la posesión de la tierra. Hechos que van a dejar relegado en su aceleración al pensamiento materialista, como producto de una civilización o para mejor decir de una cultura que comienza a emerger sobre un nuevo lugar , donde se desarrollan las relaciones de trabajo y el desarrollo científico. Van creando una epísteme relacional del hombre con su medio y sus pares estratificados, en función directamente proporcional con estos factores de poder y los medios de producción. Estos factores alteran considerablemente la inercia a la cual estaba acostumbrado el pensamiento filosófico que precede a Sade.

El solo hecho de las desigualdades sociales y su consecuencia en la construcción de un nuevo ethos social, colman en la experiencia la base de un ateísmo de razón, que ha nacido de la doble herencia del mecanismo cartesiano y de la filosofía inglesa de Bacon, Hobbes y Locke. Más allá de los diferentes matices los materialistas de la época coinciden en un principio fundamental: el rechazo a considerar el pensamiento y el cuerpo como dos substancias distintas. «El alma no es más que el cuerpo considerado en relación a algunas de las funciones o facultades para las que la naturaleza y su organización lo hacen suceptible» (D’Holbach, Systéme de la nature). El movimiento es inmanente a la materia, y el universo lleva en sí mismo el principio de su transformación: por consiguiente no hay necesidad alguna de un Dios creador. En lo concerniente al hombre considerado como tal, constituye una mezcla de moléculas sensibles sometidas a leyes puramente físicas y que, por lo general, le empujan a buscar el placer y a huir del dolor. Las consecuencias morales de tal constatación son asumidas de distintas maneras por D’Holbach, La Mettrie, Helvetius o Diderot, aunque sustentando el optimismo de que disipadas las quimeras de la religión y la metafísica, podrá mejorar la suerte de la humanidad.

Sade manifiesta su desorden y desborde al congraciarse ampliamente con los ejes de este pensamiento materialista, tomándolo en alguna medida al pie de la letra, sin poner esta epísteme en franca crisis, lo que hubiera proyectado su discurso filosófico hasta después del siglo XIX. Pero no es así, a fin de justificar una vez más el inmoralismo de su propio pensamiento, al menos en sus principios fundantes toma para sí esta tesis. Con el propósito manifiesto, aparentemente, para servirse de la razón normativa y legitimar la perversidad, ahora se protege tras la seriedad del materialismo para dotar a su sistema de la lógica y la coherencia que garanticen la verdad de las afirmaciones que sostiene: «Todos los efectos morales tienen causas físicas a las que están irresistiblemente encadenados. Es el sonido que producen los golpes de los palillos sobre la piel del tambor: si no hay causa física, es decir, ningún golpe, no hay tampoco efecto moral, esto es, sonido. A partir de determinadas disposiciones de nuestros órganos, el fluido nérveo, más o menos irritado por la naturaleza de los átomos que respiramos, por la especie o la cantidad de partículas nitrosas contenidas en los alimentos que tomamos, por el curso de los humores, y por otras mil causas externas, determinan un hombre al crimen o a la virtud y, a menudo, el mismo día a lo uno y a lo otro» (Historia de Juliette).

Si es cierto que el hombre no hace sino obedecer las leyes fisiológicas constitutivas de la materia, ¿cómo hacerle soportar la responsabilidad de sus actos? Si mata, roba, saquea o viola es a pesar suyo.

Y ya que es una especie de determinismo molecular el que incita al individuo a buscar más el placer que el dolor, ¿cómo no admitir, a su vez, que cediendo a sus instintos naturales, los miembros de la «Sociedad de Amigos del Crimen» están en su pleno derecho, dado que desgraciadamente no se satisfacen sino con la sangre de los demás? Personalmente, desde Vincennes, Sade invocará unos argumentos similares para disculparse ante su mujer de las acusaciones de libertinaje que pesan sobre él: «Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones; está unida a mi existencia, a mi constitución» (Correspondance). Aquí, uno se da cuenta de la forma tan inesperada que puede adoptar el materialismo, por lo común tan razonable, cuando pasa a través de un espíritu tan vigoroso y torturado como el del Marqués de Sade…

Sin ser denostadores radicales de su error, y reconociendo valerosamente sus errores, el mismo Sade nos lleva a pensar que no vio con su prístina clarividencia al fin; y convengamos que los avatares políticos de la época no le eran propicios, y que la cárcel y el hospicio dejan sus marcas; que la esencia de lo no dicho estaba en la materia misma que tramitaba, si bien no alcanzando un nivel crítico tal, pero suponemos que se enredó en las palabras y la forma, en una textura de belleza satánica donde priman las supercherías y lesivos mitos, no permitiéndole desbrozar de su mismo contra-discurso, el metalenguaje que lo llevara a saludar una concepción diferente del hombre con las cosas, de éste con las palabras, y de éstas con las primeras. Especulamos que no se sustentó firmemente en las categorías de la identidad para salvar su mismo cojito. Su sistema no era sino la esencia misma del sistema que lo llevó a pensar y a escribir sobre él. La agresión es la coerción del sistema erigido por la cultura occidental puesta en tela de juicio y en el tapete del pensamiento crítico que él creyó detentar, lo hizo sin darse cuenta de lo que fundaba.

 

La naturaleza

«El filósofo:
Madre, dime por qué existes, por qué hay cosas.
La Naturaleza:
Te responderé lo mismo que respondo desde hace siglos a
quienes me preguntan, acerca de los primeros principios:
‘Nada sé al respecto’.»
Voltaire (1771)

Los procesos sociales y políticos no paren violentos casualmente, formas nuevas de enfrentar el conocimiento de las cosas. Éste a su vez, el conocimiento, no abortará giros vigorosos al descuido ni por una necesidad imperiosa no solo del espíritu, sino y muy encarnado en la construcción misma del mundo y su destino. Así como el grupo de los enciclopedistas, Diderot y los materialistas son los primeros en romper con las sutilezas de la metafísica y las abstracciones matemáticas, para encaminar su reflexión hacia el estudio sistemático de una teoría de la naturaleza y preguntarse acerca de las consecuencias morales y sociales que ello implica. Los trabajos de los naturalistas, particularmente de Buffon, confirman el abandono del principio de la existencia de la firmeza y la limitación de los seres. «Todo animal es más o menos hombre; todo mineral es más o menos planta; toda planta es más o menos animal», afirma Diderot.

Con una conciencia vaga, en ellos se va formando el germen gnoseológico del hombre como objeto de conocimiento, que mucho más tarde será expuesto por la psicología y otras disciplinas modernas. Estos vaivenes no casuales se inscriben en la misma textura del malestar cultural, que comporta genuflexiones en la propia construcción polivalente, del recurso teórico de la identidad. Todos estos cambios producidos lenta pero eficazmente no son otra cosa que la búsqueda desesperada que el hombre produce a sí mismo, no solo para encontrarse, sino para saberse. Es pues necesario convenir en que la época que estos cambios emergen simultáneamente, impulsa una corriente de pensamiento, que no sólo va a cambiar el trabajo filosófico futuro sino que, contribuye directamente a la gestación de procesos políticos y sociales, que significan una alteración muy profunda de los ejes rectores de poder hasta el momento inalterables.

Una vez más el hombre se pone en crisis a sí mismo, se pregunta y se inquiere desde la esencia. El método elegido por Sade comporta todo un sistema de justificación permanente que se apoya en la discusión de lo idéntico, en tanto lo natural y cultural que construye al hombre.

Este naturalismo va acompañado, por lo general, de la idea de un retorno a una naturaleza
-organizada espontáneamente como la imaginada por Rousseau, o una naturaleza –instintiva- como la de Diderot.

Rousseau plantea en el Contrato social, en contraposición a Voltaire la necesidad de distinguir entre hombre «originario», una suerte de hombre ideal semejante al de antes del pecado, y el hombre «artificial» pervertido por los golpes sucesivos de una civilización día a día más depravada. Civilización que podría traducirse en sistema cultural, sistema que reproduce las endemias de la cultura que lo creó. El término civilización en sí es un eufemismo para enmascarar una construcción de poder, que responde a las bases coactivas de la cultura occidental. Esta trapisonda naturalista es casi inefable para frenar la inercia por un lado en tanto quehacer de las disciplinas de pensamiento de segundo orden, y la dinámica de las de primer orden como la filosofía, que rematan los encuadres de un pensamiento puntual avanzando sobre las demás.

Si con su característica coactiva, la cultura avanza en la construcción de ése poder, la civilización en sí misma no es otra cosa que su misma endemia, su perversión. Ésta «civilización» es el punto de inflexión sobre el cual Sade a sabiendas o no, va a construir su sistema de justificación del crimen, como contraprueba de una verdad irrefutable, la ética misma de esa construcción de poder. La apelación a un hombre de instinto, un hombre anterior a la ley, semantiza un discurso de la impunidad del crimen, como para exponer pornográficamente el principio de creación de ese poder civilizatorio, que justamente en nombre de la evangelización y el embate al salvajismo del otro cultural, justifica las mayores atrocidades y genocidios.

Siguiendo la línea de discernimiento de Rousseau; entre ambos períodos, el hombre conoció un estado intermedio, el del salvajismo, «el mejor», del que no ha salido «sino por algún funesto azar». El hombre salvaje, asociándose a otros hombres para mejor resistir los azotes de la naturaleza, conoció la vanidad y la discordia, aunque el miedo de ser agredido le impidió agredir. En consecuencia, no tenía necesidad de leyes para seguir el recto camino; su ley natural le bastaba «es naturalmente bueno», y su libertad natural queda, por esta misma razón, garantizada. La confianza de Rousseau en la bondad original del hombre es inalterable. Lo confirma en La profession, de foi du Vicaire savoyard en la que la conciencia inmediata del hombre aparece como «el juez infalible del bien y del mal». Es sabido el respeto que sentía Sade por esta «alma de fuego», este «verdadero filósofo», autor de la Nouvelte Héloise.

Sade, aparentemente, da la sensación de partir del mismo principio que Diderot o Rousseau, de los perjuicios de la civilización y de la necesidad del hombre de retornar a un estado anterior. Decir que el hombre natural no vale mucho más como tal que el hombre civilizado, es en sí una tautología, su ética lo conduce a traicionar su evidente cinismo metafísico, permitiéndole reconocer la voluptuosidad de los hechos producidos por el hombre, más allá de su condición civilizada o natural. El hecho en cuestión es el hombre y aparece tímidamente una contradicción para con sus maestros (Diderot y Rousseau). En sí, la vuelta del hombre a la naturaleza es un artilugio especulativo, para desembarazarse de la pesada carga del hombre como ser cultural, y que muy a pesar de todo no hay retorno, el hombre para ser otro deberá quebrar y desconocer la cultura y su perversión, la civilización. Pues si la naturaleza tiene sus leyes, y que si el hombre en su seno hace el papel de víctima, es solo una impostura de éste para reservarse el único rol que le cabe y su diferenciación de ella. Mezquinamente el hombre comporta la cultura entonces para tener entidad, para reconocerse a él mismo y tener calidad de <ser> creador, como aquella. Podríamos agregar, le impide psicotizar su misma esencia.

Si bien Sade concuerda con sus maestros en que, ni la fuerza moral ni la educación, conseguirá hacer del hombre otra cosa que lo que la naturaleza ha decidido para él; cae inmerecidamente en un reduccionismo determinista, que lleva a pensar que irremisiblemente el hombre como ser natural llevará esta condición al seno metafísico de la construcción de la cultura y la civilización, o sea por lo mismo que acusa a la civilización tal como está dada, y que el solo hecho de su degeneración es síntoma de algo que está en su construcción misma; cualquiera otra organización o sistema fundado en otra metafísica que de él provenga seguirá marcado por ese vínculo aparentemente indestructible. Engarzado en los planes que la naturaleza tiene elegidos para con él.

En un párrafo de Justine nos dice: «es en el seno de la madre donde se fabrican los órganos que deben sensibilizarnos a tal o cual fantasía. La educación, por más que haga, no cambia nada, y aquél que debe ser un malvado lo será con toda seguridad, por buena que sea la educación que le hayan dado, al igual que aquel cuyos órganos han sido dispuestos para el bien volará seguramente hacia la virtud, pese a que no haya tenido maestro» .Sade toma a Rousseau al pie de la letra: de acuerdo, dice él, dejemos hablar a la naturaleza en nosotros, sigamos las leyes de esta «madre». Creer que ésta no precisa más del vicio que de la virtud para llevar a cabo sus propósitos, sería caer en una trampa insalvable.

La naturaleza no considera vicio ni virtud, esas dos calidades son netamente culturales. La Madre naturaleza acciona o des-acciona en función de un orden que le será desconocido eternamente al hombre por lo menos en este estadío. Esta naturaleza a la cual apela el filósofo es a su vez la mínima parte constitutiva de un orden que la supera ampliamente y esta inscripto en el gran orden de lo que podemos llamar caos, y que en nada responde a la acepción vulgar de la palabra. Siendo éste el orden perfecto, que al mismo tiempo organiza las leyes de la naturaleza. El aparente desorden que significa el caos a los ojos del hombre, es su dinámica, su propia movilidad indispensable para la calidad pulsional de la vida. Podríamos agregar su voluntad de poder, y que el hombre depende en forma directa de que esta tienda al infinito en su ecuación, para poder ser él mismo. El orden caótico se funda justamente en esa asimetría, que a los ojos de los hombres parece como inequidad, vicio o virtud, pero que nada tienen que ver con las calidades propiamente humanas que dan por origen a las palabras. En todo caso se podría designar a estas palabras, como artilugios para nombrar de alguna forma al antípoda de esa asimetría caótica y solo eso.

En este caso si bien son dos los planes, el de la naturaleza y el del hombre como ser diferenciado por la construcción de cultura, y estos planes son diferentes e independientes uno del otro, no hay que perder de vista lo que aseguramos anteriormente, que el hombre proviene de la naturaleza y por ende las metafísicas que pueda crear en su desarrollo de alguna manera responden a ella. Tampoco es válido justificar el vicio o la virtud, el crimen y la guerra por si solos, como parte de un plan establecido por la naturaleza y al cual el hombre debe ajustar parte o partes del suyo para que reine la armonía. Dentro de sus planes, el hombre debe incluir a la naturaleza como otro ser más, y sí posiblemente como un otro cultural, ya que sus leyes implicarían un sistema cultural en sí, que aunque solo en sus efectos se revela al hombre, prefigura un desafío de éste, no ya descubrirlas como hasta ahora lo ha hecho supuestamente desde la física, sino lanzarse al conocimiento y aprehensión de la supuesta metafísica de esta. Aunque para esta nueva consideración ya no bastaría tomarla a la naturaleza ni como objeto de conocimiento, como ya dijimos, ni como al otro cultural, sino como ambas cosas donde él está implicado y complicado en su intersubjetividad en dicho proceso. Si en estos términos se plantea el hombre el desafío, puede que arribe mucho más rápidamente a mirar su condición actual, como el proyecto de lo que fue.

Volviendo a la aseveración de que todo cuanto vive se halla en perpetua metamorfosis. Si bien Sade defiende el principio de la necesidad del crimen en el mundo, y se aflige de la poca eficacia de los que contribuyen a tal empresa: «Ay, para servir a la naturaleza, serían precisas destrucciones mucho más vastas, mucho más completas que las que somos capaces de realizar… Pues es la aniquilación lo que desea: no está a nuestro alcance el dar a nuestros asesinatos toda la extensión que ella desea».

Aquí vemos cómo Sade llegó sin duda a un estadio en el que las palabras «justificación», «legitimidad» del homicidio no tienen sentido alguno: los instintos destructivos del hombre se imponen como evidencias.

Este crimen es la demolición misma del hombre como tal, y la construcción de otro que supere al primero pero sin la corrupción que le engendró la misma cultura y civilización que ha construido para su suicidio. En verdad el proceso que esboza es el que después revitalizará Nietszche , que no resulta otra cosa que un intento del proceso creativo, desde ese mundo de las tinieblas o de lo desconocido, retoma la voz que lo identifica al objeto, lo mata y traduce en el discurso poético con la forma que le dará soplo de identidad irrefutable o sitio dentro de la concepción de la creatura en la belleza. No difiere mucho este proceso al de gestación del mismo hombre en el seno materno, desaparecen, son destruidos o metamorfoseados esos dos entes celulares como tales y en su identidad unívoca para el engendro de otro ser.

«Lobos que comen ovejas, ovejas devoradas por lobos; el más fuerte que sacrifica al débil, el débil víctima del fuerte. He aquí la naturaleza, tales son sus planes». Una vez más, Sade se permite el lujo de dar otra justificación: «Todo cuanto siento como mal es malo, dice Rousseau, y Sade añade: es así como debe ser, la naturaleza lo exige, y yo me rendiré siempre a sus leyes. La conciencia que tengo del mal debe conducirme no a evitarlo, sino a buscarlo, a asumirlo como si se tratara de una fatalidad natural». Mantiene esta opinión al menos hasta 1797. Con la historia de Juliette. Sade establece con la naturaleza un largo combate filosófico del que saldrán otros principios teóricos aún más sorprendentes, en particular, la idea de la indiferencia reciproca y esencial entre la naturaleza y el hombre que es una creación más entre las otras.

«Una vez lanzado, el hombre ya no depende de la naturaleza; una vez lanzado por la naturaleza, nada puede para retenerlo.»

Su ética cínica y pesimismo, nos permite inferir que el principio que preside las leyes de la naturaleza, al estar sometido asimismo a la doble necesidad de crear y destruir sucesivamente, el sólo y único servicio que el hombre puede rendir a la naturaleza es colaborar él mismo en esta empresa destructora. Esta destrucción, por otro lado, es relativa en la medida en que participa de un movimiento que conduce a una nueva forma de vida: «El principio de la vida, en todos los seres, no es otro que el de la muerte… La primera tiene necesidad de una especie de materia corrompida, y la segunda de materia putrefacta». El crimen es conforme a los principios de la naturaleza en la medida en que esparce sobre la tierra la semilla, el abono del que germinará nueva vida.

El hombre, pues, es sólo un eslabón de la cadena que une a los seres físicos entre sí, sin otro privilegio que el de ser, por su muerte potencial, una virtualidad de la vida. Estas justificaciones que hieren de muerte la condición humana y al mismo tiempo desacralizan su omnipotencia y narcisismo, abren caminos de pensamiento que no por diversos y antitéticos, proponen uno de los últimos combates decisivos contra el oscurantismo absolutista del catolicismo y sus relaciones con el poder político de su época, y la dirección de su la dogmática moral y social perversa. De esta forma, desde la base misma de la discusión de los principios fundacionales de la civilización edificada por el pensamiento y la cultura occidental, se abre otro capítulo etiológico quizá, que va a resumir sus diferentes texturas de los enfrentamientos sociales futuros.

 

Las leyes

Una vez más Sade, proponiéndoselo o no, en el verdadero despliegue de un pensamiento cínico, aprovecha éste desde la más refinada crueldad filosófica, para encuadrar el tema en el sistema que construye partiendo de un principio ético. Sustentado en su mecanismo perverso de levantar el principio de la idea, y dando sustento a éste, sobre la materia hipócrita que modela en el hombre, el sentido de dotarse de leyes para tolerarse a sí mismo, espejando en el otro de la especie sus vicios y virtudes un corpus de reglas para la irreparable pretensión conviviente, que emerge de las costumbres, también sometidas a esta regla antes de la regla implícita en su misma esencia salvaje.

Cuando se sabe lo que la naturaleza exige del hombre, cuando se comprende el carácter implacable e inquietante de sus propias leyes, no es de extrañarse que las leyes instituidas por la sociedad le parezcan a Sade una desviación y una contrariedad sistemáticas de los deseos naturales.

Sade, pese a que encuentra en el Esprit des lois la confirmación de algunas de sus teorías, rechaza no obstante el a priori de Montesquieu según el cual el hombre llevaría en sí mismo los principios de una justicia innata. «Existe una razón primitiva escribe Montesquieu, y las leyes son las relaciones que se encuentran entre los diferentes seres y las relaciones de estos diferentes seres entre sí… antes de que se establecieran leyes, algunas relaciones de justicia fueron posibles.»

Por otro lado, y de una postura estética sustenta sobre espíritu de su cojito lo que nos induce a sostener que: es otra forma de mentirse para convivir con él y con el otro. Esta estafa que el hombre lleva consigo mismo en su estructura cultural, da pie a Sade, para remitirse a que el hombre solo puede ser juzgado por una ley natural.

«Los celtas justificaban su terrible costumbre de inmolar a víctimas humanas diciendo que los dioses no podían ser propicios a menos que se cambiara la vida de un hombre por la de otro, ¿acaso no es este mismo razonamiento el que os conduce cada día a asesinar a algunas víctimas al pie de los altares de Themis? Y cuando castigáis con la muerte a un asesino, ¿no es lo mismo en realidad que cambiar la vida de un hombre por la de otro, como hacían los bárbaros? ¿Cuándo os daréis cuenta de que doblar el mal no es repararlo y que al duplicar ese asesinato no sale ganando ni la virtud que os sonroja ni la naturaleza a la que ultrajáis! »

Para Sade la ley natural es la ley del más fuerte. Por ejemplo, el robo. «Esta lesión del fuerte sobre el débil», que se consideraba como una perversión social, no es, en realidad, más que un principio de desigualdad natural. Es necesario, pues,. distinguir, dentro de las perversiones, las que son de tipo natural de las que son consecuencia directa de los rituales sociales. Tal como Dorval lo explica a Juliette (Historia de Juliette), además del hurto natural, los hombres instituyen una forma de robo jurídico que rompe, a veces, el equilibrio de la naturaleza: «los magistrados robaron haciéndose pagar por una justicia que debían administrar gratuitamente. E1 sacerdote robó haciéndose pagar por servir de mediador entre el hombre y su Dios, etc.».

Sade opta por una posición crítica y esencialmente filosófica como ya hemos mencionado, frente al Esprit Des Lois; por la voz de Zamé, el rey filósofo, el marqués resemantiza a Mostesquieu : las leyes fueron instauradas para compensar la desigualdad de una naturaleza que hacía del fuerte el opresor perpetuo del débil… Mientras que el monarca de la isla de Tamoe (Aline et Valcour ou le Roman philosophique) constata que: las leyes, lejos de establecer un equilibrio, lo que han hecho es aumentar la opresión. Montesquieu afirma que las leyes fueron instauradas para proteger la libertad de cada individuo… Empero, Zamé constata que, para salvaguardar la de uno, es preciso dañar la del otro. Y plantea desde su rol, al perplejo Sainville: «Pero prosigamos con la lista de injusticias de vuestras leyes: un hombre, supongo, que maltrata a otro debe concederle un resarcimiento ; tal es la igualdad: uno recibe los golpes y el otro tiene de menos el dinero que ha dado para que aquél se dejara golpear; ambas cosas son iguales, cada uno debe estar contento; empero, todo no acaba aquí tampoco se entabla un proceso contra el opresor, y aunque no tuviese ya ninguna clase de culpa, aunque hubiese satisfecho lo único que deseaba y aunque lo hubiera hecho hasta llegar a la ofensa, tampoco se le perseguiría bajo el escandaloso y vano pretexto de una reparación ante la justicia. ¿Acaso no es una crueldad inaudita? Ese hombre sólo ha cometido una falta, no debe realizar más que una reparación: la justicia lo que debe hacer es vigilar que la satisfaga; desde el momento en que lo ha hecho, los jueces no tienen nada que ver con ello; lo que dicen o hacen a partir de ese instante no es más que una vejación atroz al ciudadano a costa del cual se enriquecen impunemente y contra la cual la nación entera debe rebelarse. »

Inferimos luego de lo sustentado por el personaje: la ley humana es el cuerpo mediocre de la civilización, aunque una abstracción en sí , la justifica permanentemente dándole materialidad en sus hechos, sobre todo en las consecuencias nefastas sobre las cuales echa las bases de la dolencia misma de la cultura y, su correlato de prodigarle al hombre lo que él mismo aborrece. Ésta es una de las tantas medidas de distancia que se impone la convivencia del hombre consigo y con el otro. Distancia metafísica, espacio donde la ética predispone la forma, tanto para legitimarla en su rol disuasivo, como para abolirla por las consecuencias de su práctica y aplicación, de donde se infiere otorga belleza al discurso del derecho.

La ley como producto cultural así está definido a su vez por los intereses de quienes las dictan, la instrumentan para no perder privilegios, de casta o clase, atinentes no sólo a los fuertes como a débiles también, de este modo queda inscripto el dualismo de su discurso en la misma producción, distribución y consumo discursivo de elidición de su instancia natural, por la cultural: «las leyes llevan en sí su propio principio de transgresión, ofrecen la permanente tentación de infringirlas». Ante de la discordia, la agresión y la guerra, trunca su pretendido remedo de la ley del padre <<primera ley>>, ley de la cultura y primera de la especie, metamorfoseándose supuestamente, para servir de continente a la producción de sentido que le brinda la ley de la naturaleza, y a la que acude cada vez que ante el achicamiento de esa distancia que en sí es, con riesgo de psicotizar a tal punto su identidad hasta desaparecer en el solo hecho humano de la muerte de uno por el otro. Necesita legitimar su vulgar retórica del crimen, acuñada en su mecanismo de cara y contracara de acuerdo convenga en el aval de su letra.

Sade se halla de acuerdo con Montesquieu cuando éste afirma: «Las leyes son un mal sistema para cambiar las costumbres y los usos, así como para reprimir las pasiones, es por medio de los ejemplos y las recompensas cómo hay que intentar lograr este cambio».

Sin embargo el argumento decisivo al que Sade recurre se estructura alrededor del principio según el cual el hombre no es más que el aciago instrumento de una naturaleza malévola y que, en consecuencia, no puede ser decentemente considerado como responsable de un crimen que no podía evitar.

Ahora bien, cuál es el concepto de naturaleza al que alude Sade?.1 Redondeando e intercalando conclusiones de nuestra autoría: «…en el «Dialogo entre un sacerdote y un moribundo», el condenado expresa: «Creado por la naturaleza con acuciantes apetitos y fuertes pasiones, presente en este mundo únicamente para entregarme a ellos y satisfacerlos, y al no ser estos efectos más que necesidades relativas a las primeras inclinaciones de la naturaleza o, si lo prefieres, derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí en función de sus leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido lo bastante la omnipotencia de la naturaleza, y mis únicos remordimientos sólo llegan al mediocre uso que he hecho de mis facultades (criminales, según tú, del todo simples, para mí) que aquélla me dio para servirla. Me he resistido a veces a ella, y me arrepiento de haberlo hecho. » . El sujeto enunciador, el que habla en este caso es un moribundo, y si bien éste se rinde ante su omnipotencia, porque el suceso de la muerte se aproxima irremediablemente, donde a su vez se reconoce como servidor de sus designios, inscriptos en él desde el comienzo. Por otro lado acentúa la servidumbre de ella a su capacidad de llevar a cabo sus deseos, ubicarse en su lugar de placer, en ese que la naturaleza le tenía reservado. En ciernes se ve en Sade una atención muy especial al anuncio de los deberes, «la naturaleza» de Sade es un preanuncio de las formas del derecho, de su estética en tanto arte de construcción política. Continuando con la lectura del mismo «Dialogo…», «Cegado por el absurdo de tus sistemas, he combatido por ellos la violencia de los deseos que había recibido por inspiración divina, y me arrepiento; … «. El anuncio de los deberes de estructura se manifiesta en el ataque al sistema, es al mismo tiempo un ataque a las formas y a sus códigos epistemológicos. Los misterios del código que se desconoce y «se presentifica mediante la muerte del lenguaje, en el silencio. Continúa García: Sade, enviado a prisión por Luis XV, por Luis XVI, por la Convención y por Napoleón, escribe: «Dos cosas muy distintas son amar y gozar, con mayor frecuencia se goza sin amar (…) Los goces aislados pueden tener ciertos atractivos, pueden quizá tener más que los otros goces. (…) Pedantes, verdugos, carceleros, canalla tonsurada, ¿qué hareis cuando alcancemos eso? ¿Qué será de vuestras leyes, de vuestra moral, de vuestra religión, de vuestros patíbulos, de vuestros paraísos, de vuestros Dioses, de vuestro infierno, cuando quede demostrado que tal o cual flujo de humores, que cierta clase de fibras, que cierto grado de acritud en la sangre o en los fluidos animales bastan para hacer de un hombre el objeto de vuestras penas o de vuestras recompensas? «.»

«El cuerpo, sustancia gozante que no puede sufrir más de lo que soporta, se somete al imperativo de una naturaleza sin el deseo y el amor como diferente del goce.»

Jacques Lacan compara el «tocador sadiano» con las escuelas de filosofía antigua, esos lugares donde «se prepara la ciencia rectificando la posición de la ética». Después de esta «provocación», Jaques Lacan afirma «Kant es el punto de viraje, y nunca detectado, que sepamos, como tal». El argumento comienza así: «La filosofía en el tocador viene ocho años después que la Crítica a la Razón Práctica. Si, después de haber visto que encuadra con ella, demostramos que la completa, diremos que da la verdad de la Crítica. Con esto, los postulados en que ésta se acaba: la coartada de la inmortalidad adonde rechaza progreso, santidad y aun amor, todo lo que podría provenir de satisfactorio de la ley, la garantía que necesita de una voluntad para quien el sujeto al que se refiere la ley fuese inteligible, perdiendo incluso el chato apoyo de la función de la utilidad en la que Kant la confinaba, devuelven la obra a su diamante de subversión. Con lo cual se explica la increíble exaltación que recibe de ella todo lector no prevenido por la piedad académica».»

«El método, que parece de literatura comparada, supone la diferencia entre un saber (Kant) y una verdad (Sade) que se completan (Hegel), sin ignorar por eso que Sade argumenta (saber) sobre acontecimientos que son pasiones (verdad) y que en Kant el fenómeno (saber) difiere de lo noumental (verdad).?»

«La conexión Kant-Sade es un viraje («… nunca detectado, que sepamos como tal») también analizado en otra perspectiva?.

» Al igual que Leibniz y Descartes, la racionalidad es para Kant al «conexión sistemática» que produce un orden unitario del que se puede deducir el conocimiento de los hechos. Las leyes lógicas instauran y definen las conexiones de este orden: » El conocimiento se identifica con el juicio, que incorpora lo particular al sistema. Todo pensamiento que no tienda al sistema carece de dirección o es autoritario… La homogeneidad de lo universal y lo particular se halla garantizado, según Kant, por el esquematismo del intelecto puro, que es como el llama al obrar inconsciente del mecanismo intelectual que estructura desde el comienzo la percepción en conformidad con el intelecto…»?.»

«El sistema se prueba en su dominio de los hechos para someter a la naturaleza. Se trata de autoconservación: …»

«Es aquí donde nuestros autores encuentran una clave de la actualidad de Sade: «Los conceptos de Kant son equívocos. La razón, como yo trascendental supraindividual, implica la idea de una libre convivencia de los hombres, en la cual, éstos logren constituirse como objeto universal y superar la discordia entre razón pura y razón empírica en la consciente solidaridad del todo… . Pero al mismo tiempo la razón presenta la instancia del pensamiento calculador, que organiza el mundo para los fines de la autoconservación y no conoce otra función que no sea la de la preparación del objeto para convertirlo, de mero contenido sensible, en material de usufructo».?» Hasta aquí la inserción de algunos párrafos textuales del extenso artículo de Germán L. Gracía, que creímos imprescindibles como aporte en el tratamiento del tema.

«Supongamos un huevo colorado sobre el tapete de un billar, y dos bolas lanzadas por un ciego: una en su recorrido evita al huevo; la otra lo rompe. ¿Es falta del ciego que ha lanzado la bola destructora del huevo? El ciego es la naturaleza, el hombre es la bola y el huevo roto el crimen cometido.» Es preciso recordar que el autor de esta líneas, es el mismo condenado a prisión, Sade, el que justifica sus «crímenes» y quisiera probar la inanidad de su detención. No basta esta explicación psicológica para quien la trata como posición doctrinal: la tierra está erizada de cadalsos, amarrada de cadenas, la sangre y las lágrimas corren a mares. Esto no sucede casualmente y Sade es una de las tantas víctimas de los que aún creen en la virtud de las leyes.

 

La moral

La moral sadiana, parte constitutiva del sistema de pensamiento que se completa con su ateismo y su concepto de la naturaleza, se encuentra circunscripta en ese mismo metalenguaje enmascarado de su estética, y por su táctica, la justificación, dualismo según se lo mire de su auténtica metafísica. Si bien ésta moral; complejo mecanismo de relaciones del hombre entre sí y éste con la naturaleza y viceversa; es el punto de partida y el desenlace de su sistema, resolviendo la contradicción en la propia dinámica del álgebra de su locutio; así tramita su logos, cuerpo mismo de la moral sadiana, que sin lugar a dudas es su concepto de libertad; traducido en libertinaje, para el pensamiento lógico kantiano, y sustentado de acuerdo convenga por el poder canónico.

En este punto lo conceptual inaugura todo un campo semántico, sobre el que se va a labrar y abonar su greda para que el fruto en su voluptuosidad, aliene ese mismo racionalismo materialista con que se mueve la orgánica del propio sistema de justificación del crimen en todos sus aspectos. Aquí la moral se encuentra enfrentada franca y estéticamente con la libertad; esa calidad de libertad que permite en Sade inferir una transgresión a la misma lógica racionalista que florea, sobre todo en su materialismo y que no es tal; sino el compromiso sin ambages con la desacralización de todo formalismo académico en tanto rigor científico, o toma de posición en la instancia de afirmar, con los mismos mecanismos racionales, un giro perverso sobre estas mismas formas de conceptualización de las calidades filosóficas.

Esta moral-libertad-ateismo de Sade, es la imagen que éste se ha construido de las relaciones del hombre con la naturaleza y su desprecio para con todas las formas más o menos disfrazadas de represión. Convergen en un punto fundamental y capital, que es la experiencia del libertinaje, con todo lo que ello implica paradójicamente de esfuerzo y lucidez. Sade se juega por un todo, en su enunciación y acción, no deja nada librado al desdén, se expone frontalmente a la moral represiva del mecanismo cultural. Ese es su sistema también y su grado más alto, imposible de destruir aunque lo intenten. Por ello se le destina la prisión o el hospicio y no el patíbulo. Sade apela a las morales antiguas, así como a los principios deterministas de los materialistas del siglo XVIII, se pertrecha de los elementos necesarios con los cuales forjar las primeras armas de una nueva teoría del placer. Partiendo del a priori según el cual no existe otro placer que el que procede del cuerpo, intenta, basándose en Epicuro, evita caer en el callejón sin salida de una de las facetas más ruines del dualismo (aunque no lo discutiera concientemente): la idea de que el placer excesivo se transforma necesariamente en dolor. Epicuro imagina unas reglas estrictas y cuidadosamente calculadas que garantizarían la estabilización de los placeres. La solución de Sade es mucho más tajante: es preciso rechazar la oposición tradicional dolorplacer y admitir que no existe dolor que no sea susceptible de crear placer y placer que no implique de una u otra manera dolor. En este maniqueísmo aparente, si bien no se aparta de un álgebra dualista, sí plantea la identidad de la pulsión, idéntico es el trámite por el cual llegamos al dolor, que el trámite pulsional que nos hace llegar al placer. La identidad completa el marco de la unicidad del concepto, donde el término que completa su identidad, su unicidad en la estructura pesimista del pensamiento cínico de Sade, es el dolor, buscándolo como una nueva fuente de voluptuosidad. Sin embargo, existen dos posibles grados de voluptuosidad para aquel que haya elegido el camino del «libertinaje». El primer grado es el goce que el verdugo libertino puede extraer del dolor infligido a otra persona que desempeña el papel de víctima. Es el caso, en particular, de los Rodin, Clément y Verneuil que persiguen a la desgraciada Justine, o de los bárbaros que organizan las jornadas de Sodoma. El segundo grado, más sutil y raro, consiste, para el verdugo, en gozar del dolor que él mismo se infligirá, convirtiéndose así en su propia víctima. Juliette, para intentar su integración en la » Sociedad de Amigos del Crimen» ( justificación etiológica) debe facilitar la prueba, ante un tribunal intransigente, de que ella se halla dispuesta a sufrir en su persona todo lo que ella inflige a los demás, hasta la muerte si fuera preciso (pacto o contrato social).

Los principios fundantes de esta libertad o moral, vista como libertinaje total y constitutivo, exigen un combate incesante, una lucha encarnizada para con los asaltos ancestrales de la sensibilidad, la conmiseración o el remordimiento, calidades culturales incompatibles con una prístina voluptuosidad » Atea, cruel, impía, libertina, sodomita, meretriz, incestuosa, vindicadora, sanguinaria, hipócrita y falsa, tales son las bases del carácter de una mujer que se destine a la Sociedad de Amigos del Crimen». El perverso a ultranza debe, no sólo asumir su perversión, como su propia esencia etiológica que sustentará su estética, sino fomentarla y afirmarla diariamente liberando las fuerzas agresivas y destructoras necesarias a su subsistencia. El libertino total debe rebelarse contra todo el aparato cultural, con sus tabús, sus mitos, sus prohibiciones sexuales, sus principios morales y religiosos y sus leyes abusivas.

El habla de la naturaleza se expresa por las pulsiones instintivas desenterradas bajo siglos de pautas culturales, y sólo la actitud coactiva del aparato de poder que las ha sostenido, reproducido y aplicado cada vez con más refinamiento y rigurosidad mediante el ultraje y la blasfemia, a incoado el ensañamiento del discurso de Sade, en la aseveración conceptual del vicio y la virtud. Su trasgresión logró con su eficacia sacar a la luz esa dicotomía pervertida en el sistema cultural, lo prueban los años de cárcel que tuvo que padecer.

«Es falso que existan otras virtudes que no sean las convencionales» (Aline et Valcour). Y suponiendo, por lo demás, que se sepa distinguir un acto virtuoso de otro vicioso, ¿qué interés tendría practicar la virtud en un siglo sometido por entero a la corrupción? ¡Desgraciada Justine quien rechazará una respuesta, feliz Juliette quien se adelantará a ella! …

Siendo que es la misma naturaleza que cobija tanto al bien como al mal, tanto la virtud como al vicio, y siendo que el hombre desconoce el plan de ella para con él, para con ella misma, y ni que hablar de su sintaxis para demostrarse como omnipresente, entonces ¿quién sabe si nuestra apreciación de las cosas es conforme a sus designios?. El proyecto del cuento filosófico, Séide, nos obliga a plantear a1 menos el problema siendo el futuro un misterio para el hombre, éste «puede dedicándose a la virtud, no cometer sino crímenes y, dedicándose al vicio, llegar a practicar la virtud». Así que lo que parece ser una buena acción puede tener a la larga consecuencias desastrosas, y a la inversa.

Sade deja al descubierto las intrincadas perversiones del poder que sustenta las razones relativas de la cultura. Ésta se sustenta sobre supuestos que sólo los doctores conocen, y que aviesamente venden como certezas, como verdades inalterables por el devenir del tiempo y las circunstancias sociales y cambios culturales. La libertad, la moral, la dicotomía vicio virtud en el sistema de Sade toman un carácter subversivo para la cultura occidental. Ésta ¿está impregnada del carácter de las malas inclinaciones del hombre?, o ¿es ella misma la perversión del hombre?. ¿Es su concepto de moral y por lo tanto el vicio y la virtud, como mecanismo dicotómico de justificación, la esencia misma de la razón asimétrica de su poder coactivo?. Las certezas las posee Alphonse François Donatien, marqués de Sade, quien osa abrir el «sarcófago» de la razón dialéctica de esa cultura, cuya perversión sufrió en carne propia.

 

Mientras la hipocresía siga en libertad

Sería engañoso hablar de Sade sin abordar el problema de la naturaleza, de una teoría de la naturaleza sin abordar el problema de las leyes, y de las leyes sin abordar la cuestión moral. Ninguno de estos temas deja de referir al otro, y ninguno que no halla en el otro a la vez su principio y su justificación. Vayamos más allá: también es difícil aislar en este libro polisémico los textos de Sade, denominados «filosóficos», de los que durante tanto tiempo han sido clasificados con la etiqueta de «eróticos». La filosofía de Sade se encuentra a lo largo de todas sus obras, y esto precisamente porque preténdese escandalosa. A pesar de esto su voz ha trascendido, han tachado de eróticos sus textos; para darle el lugar de una calidad antojadamente inferior o ramplona, subalterna de «los grandes temas» en total acuerdo con el pensamiento oficial; en todo caso ese erotismo sea tal en la dimensión de la relación voluptuosa del hombre y su destino, y no como han tratado de enmascarar un sistema filosófico subversivo que actúa en el lugar del metalenguaje, en una apariencia de erotismo perverso (quizá situado exprofeso por Sade), que en su forma aparente contrapone su aparato epistemológico, con toda su carga explosiva resonando con su onda expansiva en la proyección temporal, y en el espíritu de quien se anima a introyectarlo para construir a su vez sobre él. Han exacerbado sus perversiones, cuando estas eran solo y nada más ni nada menos que la misma pulsión de un pensamiento y una visión diferente por donde se la buscara, sobre temas fundacionales como la moral, el ateísmo, las leyes, la naturaleza, el hombre mismo al fin. Han argüido que éstas perversiones que provienen de su enfermedad, de su locura para dejar tranquilos a los eruditos, para disimular todo un cuerpo filosófico de subversión de principios para una cultura que de en el comienzo de su construcción, por su misma estructura aletarga una patología letal para el hombre como creatura capaz de generarla. El escándalo está ahí, en la repetición y en el delirio de las torturas lúbricas, como en las injurias o las demostraciones blasfematorias de quienes se entregan a estos actos. Es lo mismo, existe el mismo proyecto: la agresión. El objeto de la agresión se halla bien determinado, puesto que Sade nombra siempre abiertamente a su enemigo: el hombre socializado, aquél que, de una manera hipócrita, se refugia en una especie de neurosis endémica que él llama ora «moral», ora «religión», ora «deber». La familia, célula social por excelencia, es el lugar privilegiado de la actividad sacrílega. En torno al incesto se organizan todas las formas de transgresión. Existe cierto deleite (lugar de placer) en la forma (su estética) en que Sade desarrolla las descripciones de orgías incestuosas: en Justine hacen estremecer; en la Filosofía en el tocador hacen temblar; en Juliette horrorizan. Sade sabe dónde toca, conoce el lugar exacto en que la fisura amenaza destruir el edificio demasiado bien construido de nuestras convenciones seculares. Ha comprendido que las pulsiones liberan en no ,otros una lucha encarnizada contra el despotismo cultural, una lucha tanto más dolorosa cuanto más se siga haciendo en secreto. Ahí empieza, para Sade, el combate indispensable: obligar al hombre a luchar «con el corazón en la mano»; obligarlo a que reconozca su animalidad, su naturaleza profunda, en el fárrago de sus costumbres sociales; conducirlo a que reconozca por fin y ante todo que nada, ni la ley, ni la razón, ni la religión acabarán con esta fuerza loca y devastadora que es el instinto, un instinto que elige su objeto cuándo y dónde quiere, arrastrado por su propio movimiento y siempre imprevisible. A tal punto lo han querido silenciar, y tan vano ha sido el esfuerzo, incluso a expensas de él mismo, que deseó que después de muerto, su tumba se confundiese en un monte, quedase oculta por el follaje. Filósofo antisistémico, desprejuiciado, más allá de sus supinas contradicciones, discutidor y crítico de sus maestros. Sade inaugura el pensamiento fuera de los moldes culturales sin saberlo, sin enterarse da el pie para la ruptura en Hegel, y signa el camino indescifrable hacia Nietzsche y luego Artaud pasando por la estética de Wilde y los malditos, Rimbaud, Lautremond, Baudelaire, Daumal, y en una etapa posterior como seguidor y epígono implacable Maurice Heine. Ley del caos o ley natural, la irrisión de la carne y el hueso, la irremisibilidad de la materia encerrando el espíritu en el tiempo de la vida que es el tiempo de la muerte al mismo tiempo y paradójicamente, el peso de la condena a ser especie misma y el estar encadenado a la tierra durante este período de <<vida_muerte>>. Incrustado en su materia degradable con el transcurso de algo que define como tiempo pero que en realidad no sabe a ciencia cierta lo que es.

El psicoanálisis ha confirmado, más tarde de una manera científica, una intuición que, en la época en la que Sade escribió, tenía algo de utópico. Nada estaba preparado, sin embargo, para llevar a cabo con éxito una empresa por aquel entonces tan audaz, tan profundamente revolucionaria. Quizás fuese para compensar el desuso de los conceptos de que disponía por lo que Sade buscó en el lenguaje y las representaciones fantasmagóricas la ocasión de desahogar su odio de hombre y de preso. La desmesura es, al mismo tiempo, agresión y revancha: la imaginación posee todos los derechos.

Encarcelado en la razón, atrapado en la lógica del pensamiento, mensurado por los caprichos del espacio reducido a su propia visión finita de todo. Y sobre todo, responsable único y directo de la construcción y ocupación de su habitat, la cultura. Cristalizado en la celda de su ser cultural, para llegar a ser siquiera una subjetividad in praesentia, en el habla y sintaxis del universo, o un acuerdo in limine, como término ad-hoc del álgebra del caos.

Los acontecimientos históricos de la Revolución francesa brindaron a Sade la oportunidad de verificar, al menos durante cierto tiempo, la aplicación práctica de algunos principios suyos. Sade insiste entonces en la transgresión masiva de las obligaciones sociales: la destrucción de las iglesias la confiscación de los bienes de la familia real, representante de Dios en la tierra, y sobre todo, la toma de la Bastilla son otros tantos síntomas evidentes de la urgente necesidad que tiene Francia de sacudirse de encima el yugo feudal y aristócrata. Sin embargo, el entusiasmo de Sade decaerá en seguida: si el hombre natural ha nacido de la Revolución, el hombre integral aún está por nacer. Otra forma de yugo lo mantiene todavía prisionero y estalla en el frenesí que manifiesta en erigir nuevas leyes, otras obligaciones, como inquieto por sus propios instintos.

Condicionado de por vida a la esclavitud de la palabra, constreñido a la irremisible condición de solo poder tener identidad reconociendo a su otro cultural, que al mismo tiempo aborrece por su condición de tal. A todo esto y mucho más esta condenado antes de sus propias leyes mediocres y falibles cargadas de irrisión, que él mismo construye para condenarse. Esta es tal la miseria de la humanidad, somos el ser despreciable por excelencia de toda la creatura del universo y de la naturaleza misma <<nuestra madre>>. Responderá su ley a esa miseria, por su prístino estatuto?. O ¿tal vez, sea necesario fundir la idea humana en el mismo centro de la idea de lo humano para construirnos, a partir no precisamente de la razón, y su forma en el pensamiento lógico, para iniciar el retorno?.

 

1 En el artículo «Y cada tanto Sade» de la revista Babel Nº 19, Septiembre 1990, Germán L.García, echa luz sobre este y otros temas, que en algún punto reafirman lo expuesto anteriormente.
2 La cascada de estos clivajes se beneficia de una diferencia articulada por la lengua elemental: el bienestar (wohl) y el bien (des Gute). El bienestar particular sacrifica su objeto al bien, al imperativo. Kant excluye lo que llama el «objeto patológico» para instaurar su racionalidad(lo niega, evidenciando que jamás la cultura y su sistema lógico en el razonamiento va a denunciar su propia patología, N. del Editor), mientras que Sade en un movimiento de Kantkant mete en el baile una racionalidad transubjetiva que tiene como causa eficiente ese goce excluido.
3 Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en su Dialéctica del Iluminismo, publicado en 1944, quizá no fuera ignorado por Jaques Lacan.
4 Dialéctica del Iluminismo, pag. 103
5 El subrayado responde y confirma lo dicho anteriormente en el tratamiento del tema (N. del Editor)

Horacio Perez del Cerro
14 de Julio de 2002

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