Crisis V – El laberinto global y los pequeños peces

Por Enrique Lacolla*

La era que se ha inaugurado con el conflicto en Ucrania va a tener muchas ramificaciones. También puede ofrecer oportunidades a las potencias menores o a los países dependientes.

Ucrania es el punto de ruptura del esquema global de poder salido del fin de la guerra fría. Desde luego, el proceso hace rato que estaba en marcha: el caso ucraniano tiene tan solo la paradójica singularidad de haberse producido en el lugar justamente donde más se lo esperaba, pues a menudo los estallidos suelen acaecer en el lugar donde menos se los prevé, cosa que facilita las reacciones poco meditadas que suelen suceder a ese sobresalto. Pero aquí estaban bien presentes todos los elementos que permitían pronosticar una ruptura: el acoso a Rusia de parte de la OTAN inmiscuyéndose en los países del ex glacis defensivo soviético e incluso en un territorio que –más allá de los particularismos que lo habitan- siempre ha estado íntimamente vinculado al gran conglomerado de pueblos regido por Moscú. Todas las advertencias rusas en el sentido de que si se traspasaba esa «línea roja» el Kremlin reaccionaría, fueron pasadas por alto.

De esto cabe deducir que se trató de un proceso deliberadamente buscado, concebido por las mentes calenturientas de los estrategas de Washington, ideado para provocar a Rusia a dar el paso que finalmente hubo de dar, a pesar suyo, con el desencadenamiento de una serie de operaciones en territorio ucraniano que buscan neutralizar al régimen instalado allí tras el golpe del Euro Maidán. Este «coup d’état» desalojó en 2014 a un presidente pro-ruso para instaurar un sistema tan corrupto como irresponsable que se prestó a desempeñar el papel de avanzadilla de la alianza atlántica hacia la región transcaucásica.[i] Con lo cual, obsérvese bien, la OTAN no hacía otra cosa que retomar la línea maestra del plan de Adolfo Hitler y el estado mayor alemán en el verano de 1942… Aquel intento culminó en la catástrofe de Stalingrado y en la precipitada retirada de los ejércitos alemanes del Cáucaso, en diciembre de ese mismo año. No es de extrañar entonces que las principales operaciones que actualmente desarrolla el ejército ruso se verifiquen sobre la ribera del Mar Negro, apuntando a tomar Mariupol para asegurar el vínculo terrestre con la península de Crimea y para prolongar la zona de control posiblemente hasta Odesa.

El futuro no se puede pronosticar. Como tantas veces se ha dicho, «las guerras se sabe cómo comienzan, pero nunca cómo terminan». Más allá de la bola de cristal, sin embargo, de momento podrían señalarse dos ganadores y un perdedor. El primero, completamente ilusorio a mi entender, es el grupo de belicistas de Washington, que creen haber logrado su objetivo de enredar a Rusia en un conflicto que la desgastará y que esperan le suscite dificultades internas (un Vietnam al revés, vamos). Luego vienen las grandes empresas de armamento, como la Raytheon Technologies o la Lockheed Martin, suministradoras de los misiles Stinger (antiaéreos) y Javelin (antitanques) que además pueden estar ciertas de que en el futuro que se está inaugurando van a realizar cada vez más pingües ganancias. Ellas y sus similares son claramente ganadoras, pues tienen éxito en su principal negocio, que es llenarse los bolsillos. El gran perdedor, por último, es por ahora la Unión Europea, o más precisamente sus pilares Alemania y Francia, que se ven divididos entre su seguidismo automático al diktat de Washington y sus propios intereses, que les aconsejan no prescindir ni del gas ruso ni de la posibilidad de establecer un vínculo estable con Moscú, vínculo que, a partir del desbarajuste ucraniano y de la ofensiva económica y propagandística desmesuradamente acerba de Estados Unidos contra todo lo ruso, va a tender a quedar cada vez más enajenado.

En cuanto a Rusia, uno tiende a suponer que va a imponer sus razones en Ucrania de una u otra manera, mientras fortifica su alianza con China y con Irán, lo que la va a blindar en buena medida contra las sanciones económicas a la vez que la proyecta hacia el medio oriente a través de Siria y el puente iraní. Además, como los «oligarcas» vinculados al presidente ruso aparentemente se han revelado demasiado sensibles a las presiones de occidente que cobran la forma del embargo de sus bienes y el bloqueo de sus fondos, Vladimir Putin está dando señales de aprestarse a proceder contra ellos, si no lo ha hecho ya. «El pueblo ruso se los sacudirá de encima de un escupitajo, como de un mosquito que se ha posado en su boca», expresó. Quien conozca un poco de historia rusa sabrá que ese tipo de declaraciones no suelen ser retóricas.

Los peces chicos

Es evidente que la etapa muy dinámica que se ha abierto con el conflicto en Europa oriental está afectando al mundo entero. Por de pronto con el encarecimiento de los alimentos y la energía. Ucrania es uno de los pocos países, con la Argentina, que posee una feracidad que le permite, por sí sola, abastecer de cereales a buena parte de la población mundial. Asimismo las medidas contra Rusia arriesgan limitar la provisión de combustible a escala global. El precio de los granos, del gas y del petróleo por lo tanto trepa en forma vertical, mientras se incrementan las tensiones militares en el Mar de la China del Sur, en torno a Taiwán y al arco Indo-Pacífico, donde actúa la recientemente forjada alianza AUKUS (Australia, Reino Unido, Estados Unidos, por la sigla en inglés), claramente dirigida contra China.

En este escenario complicadísimo y de tensión ascendente, ¿qué hacemos nosotros? Por nosotros podríamos entender a la región latinoamericana, pero esta no existe hoy por hoy en tanto voluntad política de conformarse como tal. De modo que, de momento, nos referiremos a la Argentina, el espacio que habitamos y que reconocemos como propio. Y bien, uno no quiere ser catastrofista ni apocalíptico, pero, ¡qué mal estamos! El nudo corredizo del acuerdo con el FMI ha roto la frágil coalición de gobierno. Neutralizar al frente especulativo, evasor e indiferente a los intereses superiores de la nación, frente que involucra a los oligopolios de la agroindustria, la banca extranjera, la citi y los medios concentrados, es una obligación primaria para cualquier movimiento nacional popular que se respete. El pacto con el FMI cierra esta salida. Desde luego, peor hubiera sido una cesación de pagos no asistida por una voluntad popular de lanzarse a la lucha. Pero esa voluntad brilla por su ausencia, de momento al menos. ¿Podrá suscitársela en un abrir y cerrar de ojos? Las dos alas del actual gobierno no parecen estar en capacidad para ello, pues ni siquiera son capaces de articular con claridad sus diferencias internas, contribuyendo así a una guerra de zapa –que quizá sería mejor denominar de zancadillas- entre el presidente y la vicepresidenta.

De la oposición no hay que esperar nada, por supuesto. Los más moderados de entre ellos no seducen a nadie, y los neoliberales extremos, autores de la crisis de la deuda cuyos fondos ellos mismos fugaron, no ofrecen otra cosa que repetir lo hecho durante su desastrosa gestión, solo que más rápido… Pero, ¿acaso desean un país diferente? En lo que hace a una prospectiva electoral, por desdicha, cuentan con el substrato visceralmente antiperonista de gran parte de la clase media y con el desconcierto, la ignorancia y el cansancio de unos sectores populares que no encuentran un referente sólido que sea capaz de suministrarles unos objetivos claros, sostenibles a largo plazo, cualesquiera sean los inconvenientes que vaya planteando la coyuntura.

Para los Macri el destino de la Argentina pasa por el endeudamiento permanente, por ser una sociedad brutalmente escindida entre ricos y pobres o muy pobres, y por tener al futuro enganchado al dictado del imperialismo norteamericano. Y esto en un país que dispone de enormes ventajas comparativas como son sus recursos, su capital humano y su extensión. La escandalosa indiferencia de los sectores dominantes se está poniendo de manifiesto en estos días de una manera clamorosa con el rechazo que han montado frente a los intentos del gobierno de Alberto Fernández en el sentido de imponer unas módicas retenciones a ciertas exportaciones agrarias, no a todas. Aunque la crisis mundial y el aumento en el precio del trigo vienen a favorecer la rentabilidad que esos sectores devengan del comercio exterior, se niegan a tributar un céntimo más de lo que hacen hasta ahora. Al rechazar las retenciones que intenta imponerles el gobierno para subsidiar la venta al público de los productos de primera necesidad, se niegan a desacoplar el aumento del precio internacional del trigo y etcétera, del precio a que liquidan sus productos en el mercado interno. Así, la mejoría en su ingreso derivada de la guerra en Ucrania, en vez de aliviar la situación alimentaria en el país, la agrava aún más, como si la guerra se desarrollase entre nosotros en vez de acaecer en el extranjero. Y lo mismo se podrá decir del aumento en el precio del gas y del petróleo.

La defensa

En un mundo que ingresa a una etapa de definiciones geoestratégicas de gran alcance, Argentina sigue inmóvil o en retroceso. El problema de la defensa, por ejemplo, no es planteado por ninguna autoridad política. Es como si no existiese o como si las fuerzas armadas fueran el esqueleto en el ropero, fijadas para siempre al papel que jugaron en la etapa abominable de la dictadura 1976-1983. Lo del esqueleto en el ropero es una metáfora sino una figura que se ajusta a la realidad de los hechos, pues hubo un respaldo civil para nada desdeñable a lo actuado por las FF.AA por ese entonces, y no todo proveniente de la clique sistémica que estuvo detrás del golpe y siempre se ha esforzado por mantener el estatus quo que la privilegia valiéndose de la fuerza armada. Hoy las FF.AA no son las mismas que en aquel entonces, formateadas en gran medida por la contrarrevolución del 55 –las generaciones pasan- pero el sistema de partidos parece haber olvidado ciertas verdades elementales que no deberían requerir demostración. Por ejemplo: que ningún país merece existir si no está listo para defender sus intereses, lo que implica disponer de una fuerza armada que esté dispuesta a ser la última ratio de la supervivencia de la nación.

Y bien, en la actualidad estamos indefensos ante un horizonte internacional que se ensombrece y donde se puede generar una variedad de enfrentamientos. Se siente cierto pudor al nombrar las hipótesis de conflicto porque siempre existe el peligro de ser malinterpretado y de que se suponga que al mencionarlas se está señalando a países vecinos y hermanos como potenciales enemigos. Es un hecho, sin embargo, que por la balcanización latinoamericana y la condición dependiente de nuestros países, los poderes centrales están en capacidad de azuzarnos los unos contra los otros, con la complicidad de los sectores que les responden internamente, si sus intereses de casta pueden salir favorecidos. Pero lo que las autoridades no pueden explicitar por prudencia diplomática, a los simples ciudadanos les cabe la licencia y hasta la obligación de mentarlo aunque sea de manera especulativa.

En el plano de un enfrentamiento franco entre los bloques de poder Argentina cuenta como «granero del mundo»; como proveedora de materias primas (litio, gas, petróleo, madera y una amplia gama de minerales), y como dueña de enormes reservas acuíferas y de vías navegables que se adentran en el continente. Además importa como plataforma estratégica: dispone de un largo litoral marítimo, su proyección atlántica y antártica es evidente y la Patagonia constituye un enorme espacio semivacío que atrae el interés de sectores foráneos a los que les interesaría mucho sentar sus reales en esas extensiones. El caso del amigo de Mauricio Macri, el millonario inglés Joe Lewis, «su» Lago Escondido y el aeropuerto que se ha hecho construir en la costa y que podría constituirse en una pista de desembarco para los Royal Marines o quienquiera que sea, es apenas un botón de muestra. En sí mismo no es demasiado importante; lo que lo torna alarmante es que esa presencia indica la escasa disposición de las autoridades argentinas para atender su obligación de cuidar nuestras fronteras: la propiedad de Lewis se encuentra sobre el borde del límite con Chile y la capacidad de manipulación de sus abogados respecto a las autoridades judiciales y ejecutivas argentinas, provinciales o nacionales, es de una insolencia manifiesta.

El problema, con todo, es más mucho grave; atañe a cuestiones que exceden a los intereses particulares y que hacen a la percepción deficiente que las autoridades y el público tienen respecto a la capacidad operativa de sus fuerzas armadas para responder a una amenaza. Amén de las muchas que puedan suscitarse en los próximos años según evolucionen las tensiones globales, nuestro país tiene una clara hipótesis de conflicto en el sur. A 40 años de Malvinas, va siendo hora de que se caiga en la cuenta de que ese episodio no fue el resultado de un arrebato oportunista de la junta militar que gobernaba en aquel entonces –o no fue solo eso. La boutade de Jorge Luis Borges a propósito de que esa fue «una guerra entre dos calvos por un peine» habrá sido ingeniosa, pero en realidad era una tontería. Malvinas es un portaaviones inhundible instalado en la conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico (como en cierto modo lo es la Patagonia toda) y en el camino hacia la Antártida. Gran Bretaña –o el bloque anglosajón del que forma parte y que se las ha arreglado para ser el núcleo duro del imperialismo desde hace tres siglos a esta parte- tiene muy en cuenta esta situación, desconfía de nuestro país (demasiado imprevisible y con raptos de orgullo nacional que para el imperio indican una «frivolidad» capaz de arrebatos impensados). La fragmentación del territorio nacional, la escisión de la Patagonia y la cancelación del rol argentino respecto a la Antártida son objetivos que no tienen por qué ser remitidos al ámbito de la política-ficción; son situaciones posibles en el marco de un mundo sometido a tensiones globales que están agravándose. Malvinas es hoy una fortaleza británica, y en una condición de crisis global mayor toda el área austral de nuestro país puede convertirse en moneda de cambio.

Hace mucho tiempo que se tejen especulaciones y se barajan ofertas y contraofertas para un reequipamiento de las fuerzas armadas, especialmente la aviación que, entre la imposibilidad de reponer las bajas de Malvinas y la obsolescencia natural del material, ha quedado virtualmente pegada al suelo. Hace un año que se baraja la posibilidad de destinar una partida de 650 millones de dólares para comprar una docena de cazas modernos a oferentes chino-pakistaníes o eventualmente rusos. Es una cantidad de unidades evidentemente insuficiente para las necesidades de la defensa nacional, pero admitamos que en la situación de inopia presupuestaria y de sofoco económico determinado por la deuda con el FMI no se puede pretender otra cosa y que, en cualquier caso, semejante adquisición permitiría dar los primeros pasos para la reconstitución del arma aérea. Se tiene la impresión, sin embargo, de que no existe, ni en los estamentos políticos ni en la población, una conciencia generalizada de la naturaleza del problema de la defensa. En las condiciones de la guerra moderna los ejércitos no se improvisan, y menos que menos la aviación y la marina. Si no se está preparado, un estallido impensado acarrearía una derrota inexorable y una posible fragmentación del territorio.

¿Es absurdo especular en torno a este tipo de cuestiones? Algunos sonreirán sobradores o alzarán las cejas en una mueca escéptica al leer las consideraciones que anteceden. Tal vez tengan razón, tal vez no. Pero no habrá tiempo de pensarlo dos veces si el problema se verifica. Y no se puede dejar de sentir cierta inquietud ante el carácter de la oligarquía chilena. Al revés de la nuestra, que es rentística y perezosa, salvo cuando le tocan el bolsillo, y que más bien se ha sentido incómoda por las dimensiones del país –»el mal de la Argentina es la extensión»(Sarmiento), «hay provincias inviables» (Domingo Cavallo)-, la oligarquía chilena por el contrario ha sido siempre expansiva y se ha sentido apretada entre el Pacífico y la Cordillera. Tiene ínfulas británicas, llevó adelante una guerra contra Perú y Bolivia con el respaldo de ese imperio en la segunda mitad del siglo XIX, quedándose con parte de su territorio, y se ha dedicado a trabajar con ladina persistencia el mito del «robo» de la Patagonia por Argentina. Esa prédica ha calado bastante en sectores de la población del país hermano. Existirían por lo tanto las precondiciones psicológicas para soplar sobre ellas en el caso de una emergencia. Prácticamente la última iniciativa del gobierno Piñera en política exterior fue reavivar el diferendo de límites con Argentina a propósito del Mar Austral y de los accesos a la Antártida, asunto que se suponía definitivamente arreglado con el tratado de Paz y Amistad firmado en 1984. Seguramente ni Gabriel Boric ni la inmensa mayoría del pueblo chileno se sienten solicitados por esa tesitura ideológica, pero no olvidemos que estamos en un mundo incesantemente cambiante y cada vez más acelerado, donde la información es tergiversada y donde pueden ocurrir sucesos que poco antes de acaecer parecían impensables. La fortaleza británica en Malvinas y un ejército chileno que todavía no se ha sacado de encima la impronta de Pinochet, son factores que no deben inducirnos a la tranquilidad, precisamente.

Una ventana de oportunidades

El carácter confrontativo de estos tiempos en los que se contempla la agudización de las rivalidades globales no tiene por qué ser una mala noticia, sin embargo. Esa inestabilidad es un factor con el cual países como el nuestro pueden aprovechar para tratar de escapar a la situación de dependencia y seguimiento a que nos tienen acostumbrados el sistema-mundo y sus cómplices locales. No todas son pálidas en la presente coyuntura internacional. Al contrario, como el pasado lo demuestra, han sido las grandes crisis mundiales las que consintieron a países como Argentina y Brasil reposicionarse y modificar considerablemente su situación. Cuando se disputa la hegemonía y varias potencias compiten por ella o se niegan a someterse a un poder ostensiblemente dominante, los pesos livianos o medianos pueden realizar equilibrios entre aquellas. En circunstancias parecidas tanto Getulio Vargas como Perón implementaron planes que tendieron a sacar a nuestros países de su rol de meros exportadores de materias primas para convertirse en entes más o menos autárquicos y capaces de industrializarse para abastecer sus necesidades y eventualmente exportar productos elaborados. En Argentina ese proceso se cortó en 1955, aunque prosiguió marginalmente a pesar de los sucesivos golpes que le fueron dados, tanto por gobiernos militares como civiles, en 1967, 1976, 1989 y 2015. En Brasil el proceso se afirmó y si bien sus fuerzas armadas promovieron golpes de estado que conspiraron contra la democracia y terminaron en una dictadura duradera, la línea central de ese desarrollo no fue atacada; más bien se la reafirmó enérgicamente.

Y bien, al conjuro de la crisis desatada en Europa oriental estamos presenciando un reverdecimiento de las opciones de cambio y desarrollo para algunos de nuestros países. Con ejemplos sorprendentes incluso, como es el súbito cambio en la actitud norteamericana respecto a Venezuela. Después de descargar toneladas de escoria propagandística contra Nicolás Maduro, de conspirar contra él y hasta de intentar eliminarlo junto a su equipo con un dron cargado de metralla durante un acto público, ahora, en razón de requerir la provisión de crudo y de gas venezolano para compensar lo que la Unión Europea pierde al renunciar al aporte ruso sumándose de mala gana a las sanciones decretadas por Estados Unidos, Washington ha abierto conversaciones con Caracas para distender la situación, terminando con el bloqueo que tanto daño hace a la economía del país del Caribe.

Aún más elocuente resulta ser la actitud de Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil, filonorteamericano acérrimo, no sólo visitó a Putin poco antes del comienzo de las operaciones en Ucrania sino que una vez iniciadas estas conversó telefónicamente con él, evitando después emitir una condena contra Moscú y expresando que su país tiene muchos buenos negocios con Rusia. En efecto, Brasil no solo tiene un gran intercambio comercial con Rusia sino que se beneficia de una creciente cooperación en asuntos militares y tecnológicos.

No es cinismo leer la nueva situación creada por la explosión de contradicciones largamente contenidas con una óptica basada en un sano egoísmo. La caridad bien entendida empieza por casa, reza el refrán. El mundo no se mueve por pautas morales, por desdicha. La moral suele estar emparentada con la razón, sin embargo, en la medida que esta condena el mal que implica el desperdicio del dinero dedicándolo a la acumulación suntuaria y al gasto estéril. En el conflicto que está diseñándose, si bien la utopía socialista está desdibujada, se puede presenciar la pugna entre un modelo de capitalismo arrasador, fundado en la especulación financiera donde los tiburones privados –anónimos, amparados en la muralla de la desinformación y armados hasta los dientes- se enfrentan a unos sistemas capitalistas también, pero de perfiles imprecisos aún, que asignan al estado un importante papel en la compensación y el equilibrio de las relaciones sociales; de lo cual se deriva, naturalmente, una comprensión más sensata del escenario global que la que brindan el neoliberalismo y su puja por la rebatiña a mansalva del planeta.

[i] Amén de anular la capacidad de alerta temprana de las defensas rusas por la ínfima distancia desde la cual se podrían lanzar misiles contra Moscú.

  • Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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