Cristina, el narcotráfico y la sociedad rota

Por Roberto Caballero

De Henry Ford a Larry Fink, el capitalismo pasó de su fase productivista a la financiera con un impacto en la vida social de carácter extraordinario.

Para volverse millonario, Ford fabricaba y vendía automóviles, que demandaban la intervención de obreros asalariados con alguna calificación y maquinarias para ser producidos en serie.

En cambio Fink, el fundador del fondo de inversión Blackrock, simboliza la posibilidad de hacer dinero con el dinero, a través de la especulación, comprando y vendiendo bonos de países o acciones de empresas como quien adquiere fichas para jugar en una ruleta global.

Huelga decir que el mundo sigue siendo el mismo, pero según qué fase del capitalismo sea, es organizado de diferente modo.

En el capitalismo productivo había obreros. En el financiero, escasean. En el primero, era más sencillo seguir la ruta del dinero, generalmente obtenido en negocios lícitos montados sobre la apropiación de la plusvalía, con patrones reconocibles por su estereotipo codicioso y trabajadores que vestían de overol o delantal.

En el segundo, el origen de la plata puede ser legal o no serlo. La ganancia puede provenir de una corrida cambiaria o de un golpe de Estado, de una campaña hostil para obligar a una empresa a vender sus acciones, de la evasión de impuestos, de la explotación infantil, del tráfico de personas, de las coimas, del contrabando de armas o del narcotráfico que empieza en un barrio marginal donde se vende un papel mortífero a 500 pesos el gramo.

Una vez que su origen sucio es disimulado, a través de los mecanismos de lavado que el mismo sistema bancario oferta, toda esa plata se mezcla con otra y se transforma en fondos que juegan en el casino planetario para convertir a millonarios en multimillonarios que posan en Forbes reclamando por Estados mínimos.

Estados de juguete, sin capacidad regulatoria, como en la época de Mauricio Macri, que no sean capaces de intervenir ante esos flujos enloquecidos de dinero que mediante la timba hacen de los pobres, miserables; y de los ricos actuales, los más ricos en toda la historia de la humanidad.

Esta semana, cuando estalló la saga mortal de la cocaína adulterada, el sistema reaccionó como si enfrentara una novedad. De golpe los canales parecieron descubrir que existen el Sedronar y la línea 141 para que la gente con problemáticas de consumo reclame asistencia. Y hasta policías y fiscales despertaron del letargo para allanar y detener en tiempo récord a los dealers de Tres de Febrero.

Aparecieron en pantalla, como casi siempre ocurre, los punitivistas, los abolicionistas y, en cantidades industriales, los que suelen arrimarse a los temas para «caranchear», embarrados de un cinismo monstruoso.

Pero una de las opiniones más interesantes sobre el asunto, curiosamente, no se escuchó esa fatídica noche, ni la siguiente, sino que fue dicha una semana antes, en Honduras, durante la conferencia titulada «La vuelta de los pueblos».

En la patria de Morazán, Cristina Kirchner dijo: «Charlando con otro presidente, Álvaro Colom, contaba cómo el narco le iba ocupando la región, porque era el que construía escuelas que desde el Estado no podía construir porque no tenía recursos, porque tenía que aplicar las políticas de ajuste que dictan los fondos… bueno, digamos los organismos multilaterales de crédito, así nadie se siente… Después dicen que empiezo con la cantinela (…) Los que impulsaron en toda la región el achique del Estado y los programas de ajuste después dicen que hay que combatir al narco como si se pudiese combatir únicamente desde el Ministerio de Seguridad y no desde el acceso al trabajo, a la salud, a la educación, al progreso».

Para agregar un párrafo más: «A nivel global, si queremos combatir el narcotráfico, vamos a tener que discutir en serio que los bancos de las grandes potencias dejen de lavar las fortunas de los narcotraficantes».

Cuando se rastrea en Google, se puede comprobar que sus declaraciones fueron descalificadas como «desopilantes», «delirantes» y hasta «inoportunas» porque justo el gobierno estaba a punto de cerrar el principio de acuerdo con el FMI y, según parece, esto podía hacerlo fracasar.

Sin embargo, una semana más tarde, el narcotráfico era tema dominante en la agenda mediática producto de las 23 muertes y el casi centenar de personas intoxicadas que requirieron internación. Por desgracia, casi nadie retomó las palabras de Cristina. Más que sus palabras, el enfoque para disparar otro tipo de debate que excediera la policialización o el paternalismo verbal e inútil de la comunicación que vive en estado de alteración. Hay una enorme negación con este tema, porque tratado en profundidad deriva hacia zonas que nuestra sociedad elude, tal vez por dolor y angustia.

Admitir que vivimos mal en una comunidad rota sería un buen comienzo.

Un mercado de trabajo en teoría formal que, con la relativa excepción de los trabajadores todavía conveniados, naturaliza la inestabilidad de lo precario y los salarios que no alcanzan. Si a eso le sumamos, a las multitudes que sobreviven en lo que llamamos «la economía informal», que no es otra cosa que el «sálvese quien pueda» cotidiano en las periferias de las grandes ciudades, entonces estamos hablando de un océano social de personas insatisfechas, agotadas y con dificultades casi irremontables para realizarse como personas, como grupo familiar y como comunidad.

¿No habría que preguntarse por qué la gente cae en el consumo? Jóvenes y no tan jóvenes. El promedio de los muertos de los últimos días era de 40 años.

Y una vez que alguien quedó emboscado en esa realidad, ¿a quiénes puede acudir? ¿Qué pasa cuando no hay familia, amigos, ni siquiera barrio?

¿Qué pasa cuando alguien que está roto mira a su alrededor y lo único que aparece son escombros o gente que está más rota aún?

Los trabajos del capitalismo productivo permitían construir redes sociales más o menos sólidas. El sindicato donde podía discutirse lo injusta que era la realidad, la sociedad de fomento y la mutual, el grupo de teatro, barrios obreros donde se les daba valor a los oficios y al estudio.

Basta con pararse en cualquier estación del ramal del tren Sarmiento que va al Oeste profundo del conurbano. Si alguien está atento podrá ver que, a medida que uno se va alejando de la zona céntrica o comercial, la construcción va decayendo. Del chalecito pasa a la casilla, del barrio al asentamiento y de allí al rancho de nylon y la subsistencia cartonera.

La historia del país se refleja allí: gobiernos mejores y peores están a la vista en los frentes de todos esos hogares. A 30 cuadras, lo que se puede ver, y con crudeza, es el paisaje de tierra arrasada del neoliberalismo que antes describía Cristina.

Zona de exclusión. Donde una mamá que tiene 30 años le cuenta a un movilero de la tele que su hijo de 15 no hace nada malo. Que apenas es un «soldadito» que vende droga para tener su platita y comprarse su ropita, que es la que ve lavada y colgada en una soga colgada sobre lo que vendría a ser un patio de lo que vendría a ser una casa de lo que vendría a ser una villa.

Cuando los sectores vulnerados comienzan a ver a la mafia del narco como trabajo, o como financistas del cumpleaños, de la boda o de la campaña electoral, como pasó con el difunto Varisco de Paraná; o son proveedores del cajón de pollo que le daban cada semana a la madre de un jugador actual de la selección para quedarse con un porcentaje de su pase, cuando todavía era una promesa endiablada de potrero, entonces debemos asumir que nada queda eternamente vacío, y que tarde o temprano, alguien o algo ocupa el lugar vacante.

Sin hogar, sin club, sin escuela y sin taller, o con todo eso en crisis como sucede con el neoliberalismo, el que aparece es el narco. Una industria sucia, cuyo mercado es la infelicidad social, consecuencia de un tipo de capitalismo que ya ni quiere explotar a la gente, directamente la ignora.

Hasta que enloquece o se mata una noche cualquiera, después de un partido de las eliminatorias, porque tanta alegría ajena se le vuelve intolerable.

El Destape