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Dirección general: Lic. Alberto J. Franzoia

 





NOTAS EN ESTA SECCION
Las desviaciones del materialismo histórico I: el materialismo vulgar, por Alberto J. Franzoia
Las desviaciones del materialismo histórico II: el eurocentrismo, por Alberto J. Franzoia
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas*, por Antonio Gramsci

Reportaje a Pichón Rivière en el aborda el arte y la cultura en el pensamiento de Freud (1976)


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Historia

Las desviaciones del materialismo histórico: el materialismo vulgar*

Por Alberto J. Franzoia

El trabajo elaborado por uno de los pioneros de la revolución cubana Armando Hart (1) y presentado el 11 de marzo del año en curso en Reconquista Popular, tiene el gran mérito de exponer a través del caso "Stalin" una de las desviaciones más frecuentes y trágicas que ha experimentado el materialismo histórico de Carlos Marx y Federico Engels. El llamado "economicismo", materialismo vulgar" o "materialismo mecanicista" ha estado presente en el panorama intelectual del socialismo científico desde el mismo siglo XIX, por lo que Engels debió advertir tanto a seguidores como adversarios sobre esta cuestión originada, más que en un error irreductible de los fundadores del nuevo paradigma, en la necesidad de combatir por aquellos tiempos una filosofía predominantemente idealista. En realidad, ellos nunca negaron la importancia de la superestructura (campo inmaterial) en su relación dialéctica con la estructura económica, pero la omnipresencia del idealismo, sobretodo alemán, en la interpretación de los fenómenos históricos, los condujo a poner quizás un excesivo énfasis en la importancia del abordaje de los factores objetivos (materiales) para arribar a un conocimiento científico. Hart expone una cita sobre el pensamiento de Engels muy interesante por su contenido autocrítico:
"Falta, además, un solo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la culpa nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más insistíamos -y no podíamos por menos de hacerlo así- era en derivar de los hechos económicos básicos las ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos condicionados por ellas. Y al proceder de esta manera, el contenido nos hacía olvidar la forma, es decir, el proceso de génesis de estas ideas, etc. Con ello proporcionamos a nuestros adversarios un buen pretexto para sus errores y tergiversaciones" (2).

Sin desconocer la significación de la cita, es necesario destacar que existen dos planos de análisis distintos que están presentes tanto en Marx como en Engels. Por un lado realizan análisis teóricos generales, en los que el nivel de abstracción es muy significativo; en ellos nos presentan el funcionamiento de los modos de producción, con predominio del capitalista. Pero, por otra parte, hay análisis que están centrados en situaciones históricas concretas (formaciones sociales), como cuando se refieren al capitalismo inglés del siglo XIX o a la segunda República Francesa. Tener en cuenta esta cuestión es fundamental, ya que el énfasis puesto en lo económico con descuido de los factores subjetivos, sólo es comprobable en los abordajes generales, por lo tanto poco específicos, cuya función es marcar las características esenciales del modo de producción estudiado. Mientras que en situaciones históricas concretas suelen recurrir al juego de las acciones y reacciones entre lo objetivo y lo subjetivo, la estructura económica y la superestructura. En una carta dirigida a J.Bloch Engels resuelve la cuestión con gran claridad:
" Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta – las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las Constituciones que, después de ganada la batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirse en un sistema de dogmas – ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma... El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error..."(3).

Ahora bien, el contenido objetivo de una producción intelectual no podemos determinarlo a través de una confrontación de citas aisladas, sino promoviendo el estudio completo de la misma e identificando el contexto histórico en el que fue gestada. Por lo tanto, a la situación imperante en los estudios filosóficos e históricos durante el siglo XIX en Europa, debemos incorporarle el carácter complejo de la obra considerada. A modo de ejemplo podemos afirmar que en el texto de Marx "Prólogo de contribución a la Crítica de la Economía Política", se puede comprobar la presencia de ese principio cardenal que plantea Engels y que fue fuente de todo tipo de confusiones y tergiversaciones; pero en otros trabajos, como "La lucha de clases en Francia, "Revolución y contrarrevolución en Alemania", "Crítica al programa de Gotha" o "El dieciocho brumario de Luis Bonaparte" se evidencia la importancia atribuida a los factores subjetivos de la superestructura. La obra citada en primer término se ubica dentro de lo que definimos como teoría general de la historia, y debe ser entendida como una formulación de "las premisas fundamentales" para su interpretación; estas premisas, en forma mucho más embrionarias, ya habían sido presentadas por ambos en "La ideología alemana". Los cuatro ejemplos posteriores, en cambio, responden a la teoría construida sobre casos específicos, en los que se manifiesta la relación dialéctica entre la estructura y la superestructura, como así también toda la importancia asignada al contexto histórico que ciertos críticos pretenden desconocer.

No resulta para nada extraño que los enemigos del socialismo hayan insistido hasta el cansancio sobre el carácter economicista de la teoría de los científicos y políticos alemanes, pero sí debe llamar a la reflexión, como lo hace Hart, que este equívoco haya tenido cabida en la revolución de 1917, a partir de la gestión stalinista, ya que sobre él cabalgó una gran derrota para los oprimidos y marginados de la tierra. Decíamos en un trabajo anterior "¿Neutralidad científica o ciencia comprometida?"(4) que la institucionalización de una versión fraudulenta del materialismo histórico durante el stalinismo fue factor coadyuvante en la derrota experimentada, aunque obviamente no fue el único. El carácter cada vez más positivista (por lo tanto contemplativo y conservador) que adquirió la ciencia en la URSS, junto con la escasa importancia atribuida a los aspectos éticos y culturales en el desarrollo de una sociedad que pretendía ser socialista, dejaron sin respuestas a los soviéticos ante los nuevos desafíos que les presentaría la historia. El retroceso experimentado en los años noventa, después de 70 de iniciada la revolución, sólo era posible a partir de una conducción burocrática que, más allá de las dificultades económicas y políticas, no logró producir una cultura de la solidaridad y una ética revolucionaria superadora de los valores burgueses difundidos por las potencias occidentales. Cuba es exactamente la contracara. Una isla con 11 millones de habitantes, con escasos recursos naturales, aislada del continente durante décadas por el imperialismo norteamericano con la complicidad de gran parte de los gobiernos de América Latina (situación que recién ahora comienza a modificarse), huérfana desde comienzos de los 90 del apoyo económico soviético, ha logrado mantenerse en pie sólo gracias a un liderazgo político que, más allá de méritos y errores, ha sabido fomentar el desarrollo de una superestructura alternativa a la capitalista, en lo que mucho ha tenido que ver la tarea desempeñada por el propio Hart. Habitualmente la intelectualidad conservadora o reformista (cuando no reaccionaria), amparándose en una visión metafísica de la historia, destaca el particular "espíritu solidario del pueblo cubano," pero rara vez se asocia el mismo al desarrollo de la revolución, como si los cubanos nacieran con esa característica.

Creer que los problemas en torno a la revolución socialista son sólo económicos, es una de las falencias que presentan ciertos sectores de la izquierda influenciados, a veces a su pesar, por la versión stalinista que ha recorrido el mundo desde fines de los años 20. Si hasta la revolución de octubre era natural acceder a una visión fragmentaria del pensamiento de Marx y Engels, porque una parte del mismo no había sido publicado ni traducido favoreciendo un reductivismo en el estudio de su obra (recordemos a modo de ejemplo que los "Manuscritos económicos-filosóficos de 1844 recién se publicaron en 1932 y se tradujeron al español en 1960), con la consolidación del proceso iniciado en Rusia y la publicación de las obras completas el panorama no se revirtió en lo inmediato. La política del estado stalinista desalentó el estudio y profundización de los textos que abordan la importancia del factor subjetivo, para promover en su lugar, aquellos que favorecen una interpretación más esquemática y lineal de la historia. Se convirtió en lugar común hablar de un Marx dividido: el de la juventud y el de la madurez. Da la casualidad que el primero, el "inmaduro", produjo algunas de las obras que rescatan la importancia de la subjetividad humana. Precisamente a esa etapa pertenecen las "Tesis sobre Feuerbach" citadas por Hart. Sin embargo, sería un grueso error creer que Marx abandonó esta temática en su madurez. Los textos que citamos antes representan un claro ejemplo al respecto. Pero algo más interesante aún, es que el último tomo de "El capital" finaliza con un capítulo inconcluso (ya que Marx muere) dedicado a las clases sociales, que como se sabe, son el sujeto transformador de las estructuras económicas. Si estas carecieran de valor como sujetos sociales para el materialismo histórico, tampoco se comprende ni la fundación de la Primera Internacional ni la importancia atribuida posteriormente por Lenin al partido político como instrumentos de la clase trabajadora para realizar la revolución. El economicismo no sólo es una visión vulgar del materialismo, sino que deriva necesariamente en un reformismo que deja libradas a las masas a una acción espontánea con amplias posibilidades de fracaso.

Si bien acordamos con Hart en la línea metodológica y teórica que traza (Marx-Emgels-Lenin), es necesario señalar una omisión que, desde nuestro punto de vista, resulta esencial a la hora de evaluar las producciones realizadas en el plano internacional sobre la significación de la superestructura. Concretamente no podemos excluir a Antonio Gramsci, ya que ha realizado algunos de los aportes más lucidos sobre esta cuestión. Precisamente fue él uno de los grandes excluidos durante las décadas en las que el panorama editorial del materialismo histórico estaba dominado por seguidores y empleados de la burocracia soviética. Su producción no casualmente comienza a editarse y difundirse por el mundo a partir de los años 60, es decir con posteridad a la muerte de Stalin y cuando las visiones alternativas a la stalinista ganan terreno. Gramsci nos confirma el carácter totalizador que debe tener la metodología para abordar a Marx:
"La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la estructura tiene que ser combatida en la teoría como un infantilismo primitivo, y en la práctica hay que combatirla con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas. A este respecto son de especial importancia el 18 Brumario y los escritos acerca de la Cuestión oriental, pero también otros (Revolución y contrarrevolución en Alemania, La guerra civil en Francia y otros menores). Un análisis de estas obras permite fijar mejor la metodología histórica marxista, integrando, iluminando e interpretando, las afirmaciones teóricas dispersas por todas las obras. Así podrá observarse cuántas cautelas reales introduce Marx en sus investigaciones concretas, cautelas que no pueden formularse en obras generales"(5).

Gramsci desarrolló su teoría tomando como eje de la misma al "bloque histórico", concepto que da cuenta de la articulación entre la estructura económica, con sus distintas clases sociales, y la superestructura. Pero ésta última es mucho más que un conjunto de ideas que simplemente se manifiestan como el reflejo casi mecánico de la estructura. Por el contrario, representa un mundo con relativa autonomía, compuesto por la sociedad política y la sociedad civil. Si bien la diferencia entre ambas, tal como habitualmente la han planteado los intérpretes de pensador italiano, se relaciona con la división entre las instituciones estatales y privadas, resultan mucho más significativas las funciones que cumplen una y otra. La sociedad civil es el espacio en el que se construyen los consensos necesarios para que una clase como la burguesía, dominante en el plano económico, logre a través de sus ideas conducir al conjunto de la sociedad para la realización de sus intereses de clase, presentando a éstos como intereses generales de la nación. Esa conducción intelectual recibe el nombre de hegemonía y es fundamental para la estabilidad y reproducción de la sociedad capitalista; en dicho proceso adquiere toda su importancia la tarea de los intelectuales orgánicos de la clase dominante, favoreciendo la articulación entre el poder económico de ésta y el control cultural. Pero cuando la clase subalterna o dominada no acata esta conducción, o en períodos de crisis generalizada, se vuelve imprescindible recurrir a la sociedad política, que es el espacio en el que se manifiesta la coerción. El uso de la fuerza va en auxilio de una conducción cultural, que no resulta suficiente para garantizar la continuidad del bloque histórico.

Si bien la producción teórica de Gramsci es riquísima y da lugar para variados abordajes, hay una cuestión esencial para construir alternativas a la conducción de la clase dominante, ya se trate de un país capitalista desarrollado como de uno dependiente y subdesarrollado. Efectivamente, Gramsci planteó la contrahegemonía que pueden gestar la clase dominada y sus aliados y visualizó el inestimable aporte que deben realizar los intelectuales. Por supuesto, y como ya lo hemos planteado en un trabajo anterior (6), no considera a estos como una clase social o bloque homogéneo, sino como pertenecientes o vinculados a distintas clases. La hegemonía de la burguesía (la oligarquía en nuestra patria) es construida por intelectuales que actúan como agentes de la superestructura, pero en la producción de una conducción alternativa ejercida por los dominados, es fundamental contar también con intelectuales que cumplan su función. Esto es relevante sobre todo en aquellos países donde la sociedad civil (que incluye a todas las instituciones privadas) ha alcanzado un desarrollo por lo menos aceptable, cosa que no sólo ocurre en las naciones centrales. El intelectual favorece con su trabajo específico, la producción y difusión de una visión de mundo (ideología, cultura en sentido restringido) propia de los dominados. Esta visión si bien ya está presente en forma más precaria en manifestaciones populares como el sentido común y el folklore, debe ser elaborada y sistematizada como filosofía (que es la expresión más racional de una ideología). Para que la clase dominada (y sus aliados) pueda alcanzar el poder y ejercerlo, es imprescindible que sea capaz de crear las condiciones para una cultura alternativa. Aún en aquellos países en los que la sociedad civil es precaria y la fuerza ocupa un lugar preponderante en el proceso revolucionario, llega un momento en que el estado debe propiciar su desarrollo para garantizar la continuidad del mismo. Por esta razón, el proceso llevado adelante por Stalin y sus seguidores, guiados por un materialismo vulgar, es muy poco aconsejable para el socialismo. Además resulta necesario destacar, que para Gramsci el valor de una filosofía está en estrecha relación con los efectos pertinentes que produce:
"...Puede decirse que el valor histórico de una filosofía es <calculable> a partir de la eficacia <práctica> que ha conquistado (y <practicidad> debe entenderse en sentido amplio). Si es verdad que toda filosofía es expresión de una sociedad, tendría que reaccionar sobre la sociedad determinar ciertos efectos positivos y negativos, la medida en la cual reacciona es precisamente la medida de su alcance histórico, de no ser <elucubración> individual, sino < hecho histórico>" (7).

En la Argentina de los años 30 hubo un grupo de intelectuales que con su trabajo favoreció el desarrollo de una visión de mundo alternativa a la dominante. Si bien no necesitaron leer a Gramsci para descubrir el papel que desempeñan las ideas en la conducción de una sociedad, cumplieron cabalmente con las tareas señaladas por éste. FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) desempeñó una labor formidable en la gestación de condiciones culturales para que el cambio revolucionario se iniciara en la década siguiente. No se trataba de una revolución socialista, pero sí era el inicio de un proceso de liberación nacional que, como sabemos, es el paso inicial para la liberación social en los países dependientes. A la cultura liberal (hasta ese momento dominante) del bloque histórico conducido por la alianza entre la oligarquía nativa y la burguesía de los países centrales (con el predominio de Gran Bretaña), se le opuso un nuevo bloque nacional y popular con fuerte presencia obrera pero conducido por una ideología nacional-burguesa (expresada fundamentalmente por un sector del ejército), que en un primer momento cumplió una función positiva. Agotada la etapa en que esa visión de mundo podía dar respuestas satisfactorias a la realidad nacional, se imponía una profundización del proceso revolucionario adoptando decisiones políticas que superasen el estrecho marco de las ideas burguesas. Pero para que esas decisiones integren la agenda de una política nacional y popular, resulta imprescindible favorecer el desarrollo de una visión de mundo propia de los trabajadores. La misma si bien tuvo una presencia embrionaria no se había desarrollado y articulado en su nivel más elevado (como filosofía) y, por lo tanto, estaba imposibilitada de lograr la hegemonía. Por otra parte, cuando no existe un contexto cultural propicio, las políticas nuevas (si es que son adoptadas) pueden carecer del apoyo popular necesario, convirtiéndose en decisiones de elites que se alejan peligrosamente de las masas. La racionalización del consumo que debió adoptar el gobierno de Fidel Castro para superar la crisis de los noventa, sólo fue posible gracias a la existencia de ese clima cultural previo, de lo contrario el régimen hubiese desembocado en un peligroso aislamiento con previsibles convulsiones sociales. También el triunfo electoral del Frente Amplio fue producto de una paciente tarea cultural que modificó el mapa político de Uruguay, tarea nada menor si recordamos que Galeano define a sus compatriotas como "conservadores anarquistas".

Desde ya, el materialismo vulgar adoptado por marxistas primitivos, no es la única desviación observable en el panorama internacional y nacional a lo largo de la historia. No podemos olvidar que en el extremo contrario se ubica el voluntarismo o subjetivismo propio de los ultraizquierdistas. Si unos descuidan el papel de los sujetos en la construcción de la historia, los otros olvidan las condiciones objetivas que actúan como límite de dicha construcción. En este trabajo consideramos los límites del economicismo porque sus seguidores son los que han tenido mayores posibilidades de ejercer el poder, mientras que la ultraizquierda, por sus propias limitaciones, no suele superar la condición de eterna oposición. De todas formas, tanto el voluntarismo como aquellas interpretaciones que le adjudican al materialismo histórico un enfoque unilineal de la historia, lo que lo conduciría a un ineludible eurocentrismo, merecen un capítulo a parte pues representan otras desviaciones posibles.

Para cerrar este análisis es necesario destacar que cuando una revolución resulta inconclusa o directamente fracasa, se suelen escuchar argumentos de sus partidarios en los que se pone el acento en la acción de los enemigos para justificar la derrota, sin embargo deberíamos prestar mayor atención a las propias falencias para lograr una comprensión más objetiva de los hechos. Sólo así podremos generar las condiciones para un nuevo proceso político con posibilidades ciertas de materializar los objetivos perseguidos. La historia de las revoluciones populares demuestra que cuando las decisiones políticas no van acompañadas de una profunda acción cultural o ideológica, el cambio estructural es abortado. Hart, vinculado política y cultura desde los inicios de la revolución cubana, lo manifiesta con absoluta firmeza:
"No hay posibilidad de revolución sin un fundamento en la cultura. Si los políticos se dieran cuenta de la fuerza que tiene la cultura, harían cultura por política. Nosotros tuvimos la suerte en Cuba de que el hombre más grande de la política cubana en el siglo XIX, fue también el hombre más grande en la cultura. Fue Martí, una conjugación en un hombre de una estatura cultural e intelectual enorme y, al mismo tiempo, un estratega con capacidad de hacer política" (8).

La Plata, abril de 2005

*Publicado originalmente en los espacios digitales "Reconquista Popular" y en "Investigaciones Rodolfo Walsh"

(1) Armando Hart Dávalos es uno de los fundadores del Movimiento 26 de julio. Con el triunfo de la Revolución Cubana es designado Ministro de Educación hasta 1965. Dirige durante los años iniciales del proceso la campaña de alfabetización más importante que se haya realizado en América Latina. Fue Ministro de Cultura entre 1976 y 1997. Preside la Sociedad Cultural José Martí y es miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba. Ha publicado diversas obras destacando la importancia de la cultura para la revolución. Entre las más recientes se encuentran: "Hacia una dimensión cultural del desarrollo" (1996), "Cultura para el desarrollo, el desafío del siglo XXI" (2001) y "Ética, cultura y política" (2001). Premiado en su país y en el extranjero, recibe el 20 de mayo de 2003 el título Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuba.
(2) Armando Hart, "José Stalin", Foro Reconquista Popular, 11 de marzo de 2005.
(3) Federico Engels, Carta a Blosh, en "Estado y sociedad en el pensamiento clásico" de Portantiero y De Ipola, pag 147, Editorial Cántaro.
(4) Alberto Franzoia, "Neutralidad científica o ciencia comprometida", Foro Reconquista Popular, marzo de 2005.
(5) Antonio Gramsci, "Antología", pag. 276, Editorial Siglo XXI, 1999.
(6) Alberto Franzoia, "¿Qué cosa son los intelectuales?", Foro Reconquista Popular, noviembre de 2004.
(7) Antonio Gramsci, Ibídem, pag. 275, 1999.
(8) Armando Hart: Reportaje, publicado digitalmente en www.prensa.unc.edu.ar, el 29 de mayo de 2003.


Historia

Las desviaciones del materialismo histórico II: el eurocentrismo*

Por Alberto J. Franzoia

Así como en un anterior trabajo (1) señalamos el carácter vulgar de un materialismo que surge a parir de un abordaje fragmentado e insuficiente de la obra de Marx y Engels, otra desviación posible es la concepción unilineal de la historia, según la cual todas las regiones de la tierra han atravesado o deben atravesar por las mismas etapas o sociedades. Estas serían aquellas que están presentes en un texto que fue producido con fines prácticos y didácticos como el "Manifiesto Comunista", a saber: comunidad primitiva, antigua o esclavista, feudal, burguesa o capitalista, para concluir, previa dictadura del proletariado, en la sociedad sin clases o comunismo. Es decir, la historia del mundo se correspondería con una sucesión única de un conjunto de modos de producción, sin alternativas posibles. En otro texto tomado como referente por los defensores de la concepción unilineal, "Prólogo a contribución a la Crítica de la Economía Política", aparece en la sucesión única de etapas el problemático concepto "modo de producción asiático", utilizado por Marx pero desterrado por los estalinistas a partir del debate teórico que se dio en Leningrado en 1931. Desde entonces los soviéticos pretendieron vincular las características del mismo con la esclavitud, ignorando las claras diferencias marcadas por Marx. En realidad, el modo de producción asiático representa un serio inconveniente para todos aquellos que han intentado construir el socialismo desde el despotismo, ya que esta es una de las características que los fundadores del materialismo histórico le atribuyen a esa sociedad, que si bien carece de propiedad privada, no representa de ninguna manera una alternativa para el desarrollo libre e igualitario de los hombres.

Para interpretar los escritos fundantes de Marx y Engels resulta imprescindible comprender su metodología. Ésta, es tanto materialista como dialéctica. Materialista porque parte de la práctica (relación específica entre el sujeto y la realidad), desde la que construye la teoría como producto de una reflexión sobre la misma. Y dialéctica porque con esa teoría vuelve sobre la práctica para transformarla, en un proceso concatenado de modificaciones mutuas, ya que las nuevas prácticas generan siempre modificaciones en la teoría y viceversa. Por otra parte, esa teoría tiene dos niveles, uno abstracto que expresa las características generales de un tipo de sociedad (como la capitalista en sus formas más desarrolladas) cuyo papel es orientar la investigación, y otro concreto que se manifiesta en el estudio de casos específicos (como el capitalismo inglés en la segunda mitad del siglo XIX). Respetando estos principios los fundadores del nuevo paradigma centraron sus estudios obviamente sobre la realidad europea en la etapa del capitalismo de libre competencia, es decir, partiendo de su propia práctica. Por otra parte, por aquellos años la información disponible sobre el mundo periférico era mínima si la comparamos con la existente en la actualidad y tenía un sesgo etnocentrista. Cuando Marx y Engels desarrollan su trabajo intelectual, América Latina recién está gestando formas de organización política alternativas a la existente en tiempos del colonialismo clásico. Si no se considera este contexto se puede caer en el error de acusarlos de falta de rigurosidad a la hora de abordar aquella realidad ajena al capitalismo desarrollado. Sin embargo, ningún intelectual de la época tenía una idea acabada sobre lo que ocurría por estas tierras, incluyendo a todos aquellos que fueron tomados como referentes por el pensamiento nacional y "nacionalista", y esto es independiente de que se explicite o no quién es el referente.

Sin embargo, a pesar de los límites objetivos impuestos por el contexto histórico, Marx analiza en "El capital" el papel esencial jugado por la periferia en la constitución del nuevo modo de producción:
"El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria" (2).
La conquista y colonización de América Latina no sólo no es ajena al desarrollo del capitalismo, sino que resulta fundamental como parte del sistema casi desde los inicios de éste. Diferenciándose de los ideólogos hispanistas que pretenden instalar la versión rosa de la conquista del nuevo mundo (como bien lo ha señalado Abelardo Ramos), o de los antropólogos evolucionistas que justifican la colonización de los pueblos "primitivos" en nombre de la civilización, Marx analiza con la mayor objetividad (que le permitía el siglo XIX) el papel desempeñado por estas regiones en la acumulación originaria de capital para el desarrollo del capitalismo. Por supuesto no fue ajeno a ciertos prejuicios de la época, pero sus aportes para la comprensión del proceso histórico superaron con creces a éstos. Su error más significativo fue creer que la introducción de capital y tecnología de las naciones desarrolladas (como el ferrocarril en la India) promovería un desarrollo de las fuerzas productivas también en la periferia; pero es necesario aclarar que esta certeza se corresponde con un contexto en el que aún no se había constituido el imperialismo como etapa superior. Como el materialismo histórico empieza con Marx y Engels pero no finaliza con ellos, sino que continua produciendo aportes con nuevos exponentes a lo largo de su rica historia, es necesario recurrir a Lenin para comprender una nueva etapa que los científicos alemanes no estaban en condiciones de estudiar por su inmediatez. De la misma manera que para descubrir las consecuencias del imperialismo en la periferia hay que remitirse a los teóricos de la dependencia. Estos dos aportes son, a su vez, muy importantes para solucionar otro error de Marx propio de la época en que realizó su trabajo intelectual, como fue el considerar que la cadena de la explotación capitalista internacional se cortaría a partir de los eslabones más fuertes, es decir, los países más desarrollados.

La concepción unilineal de la historia, con toda su carga eurocentrista (ya que se remite a la historia de Europa), deja de lado ciertos análisis fundamentales realizados por Marx y reafirmados por Engels. Si bien el origen común de la humanidad es efectivamente la comunidad primitiva; Marx aborda distintas formas de disolución de ésta que exceden el simplismo expresado por aquellos seguidores que sólo identifican a la sociedad esclavista como continuidad. Aunque en "Prólogo de contribución a la Crítica de la Economía Política" (1859) Marx incorpora a la sucesión de modos de producción del "Manifiesto" (1848) el asiático, sigue presente un modelo simplificado (nivel abstracto) que no expresa toda la riqueza de su pensamiento. Comparando este texto con su análisis más específico sobre las formaciones económicas precapitalistas, que integra los por muchos años ignorados "Elementos fundamentales para la crítica de la economía política" de 1857 (2) publicados completos por vez primera en Moscú en 1939-41 (pero difundidos recién a parir de la edición en Berlín durante 1953), surge que no todas las regiones del planeta siguieron linealmente estas etapas en su devenir histórico, como pretendió demostrar una versión unilineal difundida especialmente en tiempos del predominio estalinista. Ninguna de las formaciones analizadas allí adquiere un carácter universal; mucho menos la sucesión rígida y supuestamente inevitable presentada por ciertos "marxistas" que no favorecieron un estudio científico de la cuestión. Entre ellos ocupa un lugar preponderante, por la influencia ideológica que ejerció, el propio Stalin. La disolución de la comunidad primitiva de los tiempos prehistóricos (que sí fue universal) condujo a diversas alternativas, entre las que encontramos tanto las formaciones asiáticas como la antigua, que por lo tanto son consideradas por Marx en una coexistencia histórica ausente en el abordaje más general y sintético del Prólogo. Ambas son acompañadas en este período por otras dos formaciones: eslava y germánica. Al feudalismo, por otra parte, tampoco se le asigna un carácter universal, ya que sólo en Europa generó la ciudad medieval, espacio económico y social a partir del cual brota como consecuencia del desarrollo artesanal y comercial el capitalismo. En este punto es necesario aclarar que los estudios tanto de Marx como de Engels, no son suficientes en relación con la particular historia de Japón, donde la presencia de la formación económica feudal fue muy significativa. Por otro lado, ambos pensadores consideraron en sus últimos años, que existieron formas intermedias de semifeudalismo. Muchas décadas después, Humberto Melotti, retoma el enfoque de los cientistas alemanes para abordar las formaciones de los países menos desarrollados, incluyendo variaciones semiasiáticas en la historia tanto de Rusia como de China, y un interesante planteo en cuanto a desviaciones que se dieron en relación con el socialismo en dichos países, lo que los condujo al "colectivismo burocrático" (3).

El trabajo de Melotti es un aporte digno de ser considerado porque partiendo del estudio riguroso de trabajos de Marx durante mucho tiempo ignorados o poco conocidos, llega a formular un modelo multilineal para abordar la historia mundial desde el materialismo histórico. Según éste, a partir de las diversas formas de disolución de la comunidad primitiva, formuladas por Marx en los "Elementos fundamentales", y tomando en cuenta también que la formación feudal no tuvo un carácter universal, se pueden observar distintas y simultáneas líneas de desarrollo histórico en diversas regiones, incluyendo el tercer mundo. Por ejemplo, Rusia no tuvo feudalismo sino una formación semiasiática, desde la que se inició, con la influencia de factores externos, un tránsito hacia el capitalismo. Éste, que nunca alcanzó el desarrollo de las potencias europeas, generó condiciones particulares para la revolución socialista conducida por Lenin. Sin embargo, las condiciones objetivas con las que se encontraron los revolucionarios (persistencias de la sociedad semiasiática, un capitalismo muy insuficiente, aislamiento internacional), junto con las desviaciones políticas e ideológicas del estalinismo, condujeron a la Unión Soviética a una formación no socialista que Melotti denomina colectivismo burocrático (sociedad sin propiedad privada pero con un Estado en el que la burocracia se constituye como sujeto social dominante). Más allá de los méritos de este enfoque, el autor cae en un error curiosamente etnocentrista, al considerar que la revolución socialista para triunfar debe iniciarse en los países de capitalismo más desarrollado, con lo que regresa a un viejo error de Marx pero con la circunstancia agravante de estar viviendo la plenitud del imperialismo. Aún así cumple con el objetivo central de su trabajo, consistente en demostrar el carácter no unilineal que ha tenido la historia universal si nos atenemos con rigor al pensamiento del científico alemán.

La mayor dificultad para aquellos que intentan analizar el materialismo histórico desde una postura tan excedida de prosa como huérfana de investigación, radica en que es un paradigma de la política y la ciencia social muy desarrollado. No sólo la obra de Marx y Engels es extensa y compleja, sino que además, hay una continuidad hasta nuestros días de nuevos y valiosos aportes. Desde Lenin y Gramsci hasta la teoría de la dependencia el camino recorrido es inmenso. Así como en su primera etapa fueron casi excluyentes las producciones intelectuales europeas, las surgidas en el siglo XX en el mundo dominado han representado una parte nada menor de los avances teóricos más recientes. Por supuesto no han estado exentos de obstáculos, errores, momentos de desconcierto (con el inicio de la posmodernidad) y hasta ciertas claudicaciones como las de Abelardo Ramos y Fernando Cardoso en nuestra América Latina (lo que no representa de todas maneras una excusa para ignorar u ocultar sus méritos anteriores).

Las críticas más frecuentes suelen ser consecuencia de un abordaje incompleto y prejuicioso, en el que la reiteración de viejos lugares comunes reemplaza a la investigación seria, metódica, alejada de las conveniencias políticas de la coyuntura. No escapan a estas circunstancias ciertos académicos poco rigurosos, que no le hacen ningún favor al desarrollo de las disciplinas sociales El manual de sociología de N. Timasheff por ejemplo, pretende desacreditar a Marx en un "análisis" de cuatro páginas que lleva como sugerente título "el determinismo económico", ignorando desde ya el papel asignado por el materialismo histórico a la superestructura en los grandes cambios de la historia. En un trabajo sobre la estratificación, B. Barber, confundiendo los distintos niveles teóricos con los que se maneja el científico alemán, le adjudica la ingenua teoría de una sociedad concreta con sólo dos clases: burguesía y proletariado, sin considerar que dicha esquematización corresponde al nivel de la teoría abstracta. Otro manual, en este caso de dos argentinos (H. Martinotti y R. Pereyra) que, como es tan habitual en nuestro país, sin acreditar una formación específica pretenden dictar cátedra de sociología, se sostiene en un análisis de una página que Marx no realiza ningún aporte sociológico relevante, cuando aún un alumno de los primeros años de la carrera sabe que la teoría de las clases sociales y sus conflictos es fundamental y que los principales referentes de la sociología de fines del siglo XIX y principios del XX desarrollaron su obra debatiendo, como diría Zeitlin (4), "con el fantasma de Marx".

Es común también que el análisis del paradigma se limite a Marx, o en el mejor de los casos incorpore a Engels y Lenin. Por supuesto la mayoría de estos críticos no incluyen los valiosos aportes realizados desde regiones pertenecientes al mundo dominado, como es el caso de nuestra América Latina. Pero además, como suelen confundir método con teoría (dos componentes igualmente necesarios pero distintos de la ciencia social), se considera imposible producir una teoría apta para nuestra realidad recurriendo al materialismo dialéctico al que se lo desacredita por formar parte de una concepción eurocéntrica. Si bien aclararen pocas palabras las diferencias entre método y teoría puede resultar farragoso, es necesario decir que los métodos y técnicas de investigación no son nacionales o antinacionales, ya que sólo constituyen caminos y herramientas para construir un producto llamado teoría. Ésta en cambio sí lo es, ya que expresa correcta o incorrectamente la realidad y posibilidades de desarrollo del objeto abordado, en este caso la Nación, a partir de cómo se ha utilizado el método. Un martillo, independientemente de su origen, sirve en cualquier lugar del mundo para colocar clavos, pero si no lo sabemos utilizar sólo sirve para golpearse los dedos (también en cualquier lugar del mundo). Si los métodos tuvieran nacionalidad uno de los maestros del pensamiento nacional, Don Arturo Jauretche, hubiera sido un cipayo por recurrir al método inductivo que, como sabemos, fue creado antes que la Argentina existiese en el globo terráqueo. Se podrían dar un sin número de ejemplos para demostrar el carácter absurdo de argumentos de este tipo.

Cuando el método formulado por Marx y Engels se utiliza correctamente, partiendo de la práctica en un contexto específico, para dialécticamente producir una teoría como consecuencia de la reflexión sobre ella, conscientes de que entre la teoría general (abstracta), y las teorías específicas (concretas) hay diferencias que ya fueron expresadas por los fundadores, como señalamos en nuestro anterior trabajo (5), surgen aportes valiosos como los de la izquierda latinoamericana, que rompiendo con la tradición eurocéntrica ha tenido el mérito de utilizar adecuada y creativamente el método para producir la teoría de la izquierda nacional y la teoría de la dependencia. Así, por ejemplo, desde la izquierda nacional se formula una teoría de las clases sociales para nuestro contexto, en la que la clase dominante resulta ser la oligarquía, clase que como ya sostuvimos en anteriores oportunidades es capitalista pero no burguesa y que con su comportamiento ha inhibido el desarrollo de una economía autosostenida. De allí surge el reconocimiento del papel progresivo que expresaron los frentes nacionales conducidos por una ideología nacional-burguesa, como el caso del peronismo, como así también la necesidad de superar en cierto momento de su desenvolvimiento los límites del sistema adoptando decisiones socialistas. Por otra parte, desde la teoría de la dependencia se estudia con rigurosidad la relación dialéctica entre los países dominantes y los dominados dentro de un sistema capitalista único, desentrañando los mecanismos que permiten financiar el desarrollo del "primer mundo" a costa de nuestro subdesarrollo. Estos son sólo algunos ejemplos de los aportes concretos gestados desde la correcta utilización del materialismo dialéctico. Para finalizar, es necesario reconocer que también un sector de la izquierda en América Latina se ha dedicado ha operar por la vía deductiva (por lo tanto no dialéctica), convirtiendo al materialismo histórico en una teoría eurocéntrica, ya que deduce sus análisis y propuestas de las producciones gestadas originalmente para dar respuestas a la realidad del viejo continente. Sin embargo, este reconocimiento de ninguna manera sirve para justificar a todos aquellos que montados en la confusión, pretenden ignorar los aportes meritorios de la izquierda latinoamericana, pues éstos constituyen una sólida base teórica para iniciar el camino de la reconstrucción de nuestra Patria Grande. Desde ya el socialismo del nuevo siglo deberá producir nuevos aportes que respondan a los desafíos de la hora, pero los mismos sólo pueden ser producto del desarrollo, profundización y actualización del materialismo histórico y dialéctico, no de rupturas con el paradigma como pretenden sus adversarios.

La Plata, junio de 2005

**Publicado originalmente en los espacios digitales "Reconquista Popular" y en "Investigaciones Rodolfo Walsh"

(1)Franzoia Alberto: "Las desviaciones del materialismo histórico: el materialismo vulgar", publicado digitalmente en el Foro Reconquista Popular, abril de 2005.
(2)Marx Carlos: "El capital", tomo 1, p. 638, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.
(3)Marx Carlos: "Elementos fundamentales para la crítica de la economía política", primera edición en castellano en 1966.
C. Marx y E. Hobsbawm: "Formaciones económicas precapitalistas", Editorial Pasado y Presente, México, 1971.
(4)Melotti Humberto: "Marx y el tercer mundo", Amorrortu editores, primera edición en castellano en 1974
(5)Zeitlin Irving: "Ideología y teoría sociológica", Amorrortu editores, primera edición en castellano en 1970.
(6)Franzoia Alberto: trabajo ya citado

©Alberto J. Franzoia
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.


Polotología

Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas*

Por Antonio Gramsci

Un estudio sobre la forma en que es preciso analizar las "situaciones", o sea, la forma en que es preciso establecer los diversos grados de relaciones de fuerzas, puede prestarse a una exposición elemental de ciencia y arte político, entendida como un conjunto de cánones prácticos de investigación y de observaciones particulares; útiles para subrayar el interés por la realidad efectiva y suscitar intuiciones políticas más rigurosas y vigorosas. Al mismo tiempo hay que agregar la exposición de lo que en política es necesario entender por estrategia y táctica, por "plan" estratégico, por propaganda y agitación, por "orgánica" o ciencia de la organización y de la administración en política.
Los elementos de observación empírica que por lo general son expuestos en forma desordenada en los tratados de ciencia política (se puede tomar como ejemplo la obra de G. Mosca: Elementi di scienza politica.) en la medida que no son cuestiones abstractas o sin fundamento, deberían encontrar ubicación en los diversos grados de las relaciones de fuerza, comenzando por las relaciones de las fuerzas internacionales (donde se ubicarían las notas escritas sobre lo que es una gran potencia, sobre los agrupamientos de Estados en sistemas hegemónicos y, por consiguiente, sobre el concepto de independencia y soberanía, en lo que respecta a las potencias medianas y pequeñas), para pasar a las relaciones objetivas sociales, o sea, al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, a las relaciones de fuerza política y de partido (sistemas hegemónicos en el interior del Estado) y a las relaciones políticas inmediatas (o sea, potencialmente militares).
¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones sociales fundamentales? Indudablemente las siguen. Toda renovación orgánica en la estructura modifica también orgánicamente las relaciones absolutas y relativas en el campo internacional a través de sus expresiones técnico-militares. Aún la misma posición geográfica de un Estado nacional no precede sino sigue (lógicamente) las innovaciones estructurales, incidiendo sobre ellas, sin embargo, en cierta medida (precisamente en la medida en que las superestructuras inciden sobre la estructura, la política sobre la economía, etc.). Por otro lado, las relaciones internacionales inciden en forma pasiva o activa sobre las relaciones políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más subordinada a las relaciones internacionales está la vida económica inmediata de una nación, tanto más un partido determinado representa esta situación y la explota para impedir el adelanto de los partidos adversarios (recordar el famoso discurso de Nitti sobre la revolución italiana ¡técnicamente imposible!). De esta serie de datos se puede llegar a la conclusión de que, con frecuencia, el llamado "partido del extranjero" no es precisamente aquel que es vulgarmente indicado como tal, sino el partido más nacionalista, que en realidad, más que representar a las fuerzas vitales del propio país, representa la subordinación y el sometimiento económico a las naciones, o a un grupo de naciones hegemónicas [11].
11 Una mención a este elemento internacional "represivo" de las energías internas se encuentra en los artículos publicados por G. VOLPE, en el "Corriere della Sera" del 22 y 23 de marzo de 1932.
Es el problema de las relaciones entre estructura y superestructuras el que es necesario plantear exactamente y resolver para llegar a un análisis justo de las fuerzas que operan en la historia de un período determinado y definir su relación. Es preciso moverse en el ámbito de dos principios: 1) ninguna sociedad se propone tareas para cuya solución no existan ya las condiciones necesarias y suficientes o no estén, al menos, en vía de aparición y de desarrollo; 2) ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no desarrolló todas las formas de vida que están implícitas en sus relaciones [12]. A partir de la reflexión sobre estos dos cánones se puede llegar al desarrollo de toda una serie de otros principios de metodología histórica. Sin embargo, en el estudio de una estructura es necesario distinguir los movimientos orgánicos (relativamente permanentes) de los movimientos que se pueden llamar "de coyuntura" (y se presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales). Los fenómenos de coyuntura dependen también de movimientos orgánicos, pero su significado no es de gran importancia histórica; dan lugar a una crítica política mezquina, cotidiana, que se dirige a los pequeños grupos dirigentes y a las personalidades que tienen la responsabilidad inmediata del poder. Los fenómenos orgánicos dan lugar a la crítica histórico-social que se dirige a los grandes agrupamientos, más allá de las personas inmediatamente responsables y del personal dirigente. Al estudiar un período histórico aparece la gran importancia de esta distinción. Tiene lugar una crisis que a veces se prolonga por decenas de años. Esta duración excepcional significa que en la estructura se han revelado (maduraron) contradicciones incurables y que las fuerzas políticas, que obran positivamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se esfuerzan, sin embargo, por sanear y por superar dentro de ciertos límites. Estos esfuerzos incesantes y perseverantes (ya que ninguna forma social querrá confesar jamás que está superada) forman el terreno de lo "ocasional" sobre el cual se organizan las fuerzas antagónicas que tienden a demostrar (demostración que en última instancia se logra y es "verdadera" si se transforma en una nueva realidad, si las fuerzas antagónicas triunfan; pero inmediatamente se desarrolla una serie de polémicas ideológicas, religiosas, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., cuyo carácter concreto es valorable en la medida en que son convincentes y desplazan la anterior disposición de las fuerzas sociales) que existen ya las condiciones necesarias y suficientes para que determinadas tareas puedan y, por consiguiente, deban ser resueltas históricamente (en cuanto todo venir a menos del deber histórico aumenta el desorden necesario y prepara catástrofes más graves).
12 "Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia, hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo nacen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización". (MARX, Prólogo a la Crítica de la Economía Política).
El error en el que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamente activas causas que operan en cambio de una manera mediata, o por el contrario a afirmar que las causas inmediatas son las únicas eficientes. En un caso se tiene un exceso de "economismo" o de doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de "ideologismo"; en un caso se sobrestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el elemento voluntarista e individual. La distinción entre "movimientos" y hechos orgánicos y de "coyuntura", u ocasionales, debe ser aplicada a todas las situaciones, no sólo a aquellas en donde se verifica un desarrollo regresivo o de crisis aguda, sino también a aquellas en donde se verifica un desarrollo progresivo, o de prosperidad, y a aquellas en donde tiene lugar un estancamiento de las fuerzas productivas. El nexo dialéctico entre los dos órdenes de movimiento y, en consecuencia, de investigación, es difícilmente establecido con exactitud; y si el error es grave en la historiografía, es aún más grave en el arte político, cuando no se trata de reconstruir la historia pasada sino de construir la presente y la futura [13]-
13 El hecho de no haber considerado el elemento inmediato de las "relaciones de fuerza" está vinculado a. residuos de la concepción liberal vulgar, de la cual el sindicalismo es una manifestación que creía ser más avanzada cuando en la realidad daba un paso atrás. En efecto, la concepción liberal vulgar, dando importancia a la relación de las fuerzas políticas, organizadas en las diversas formas de partido (lectores de periódicos, elecciones parlamentarias y locales, organizaciones de masa de los partidos y de los sindicatos en sentido estricto), era más avanzada que el sindicalismo que daba una importancia primordial a la relación fundamental económica-social y sólo a ésta. La concepción liberal vulgar tenía, en cuenta también, en forma implícita, tales relaciones (como tantos elementos lo demuestran) pero insistía sobre todo en la relación de las fuerzas políticas, que eran una expresión de las otras y que en realidad las contenían. Estos residuos de la concepción liberal vulgar se pueden hallar en toda una serie de exposiciones que se dicen ligadas a la filosofía de la praxis y que facilitaron el desarrollo de formas infantiles de optimismo y de necedad.
Son los mismos deseos de los hombres y sus pasiones menos nobles e inmediatas las causas del error, en cuanto se superponen al análisis objetivo e imparcial y esto ocurre no como un "medio" consciente para estimular a la acción sino como un autoengaño. La serpiente, también en este caso, muerde al charlatán, o sea, el demagogo es la primera víctima de su demagogia.
Estos criterios metodológicos pueden adquirir visible y didácticamente todo su significado si se aplican al examen de los hechos históricos concretos. Se lo podría hacer con utilidad en el caso de los acontecimientos desarrollados en Francia de 1789 a 1870. Me parece que para mayor claridad en la exposición sería necesario abrazar todo este período. En efecto, sólo en 1870-71, con la tentativa de la Comuna, se agotan históricamente todos los gérmenes nacidos en 1789, lo cual significa que la nueva clase que lucha por el poder, no sólo derrota a los representantes de la vieja sociedad que se niegan a considerarla perimida, sino también a los grupos más nuevos que consideran como superada también a la nueva estructura surgida de los cambios promovidos en 1789. Dicha clase demuestra así su vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más nuevo. Además, en 1870-71 pierde eficacia el conjunto de principios de estrategia y de táctica política nacidos prácticamente en 1789 y desarrollados en forma ideológica alrededor de 1848 (y que se resumen en la fórmula de "revolución permanente" *. Sería interesante estudiar cuánto de esta fórmula ha pasado a la estrategia mazziniana --en el caso, por ejemplo, de la insurrección de Milán de 1853-- y si ocurrió en forma consciente o no). Un elemento que muestra lo acertado de este punto de vista es el hecho de que los historiadores no están en absoluto de acuerdo (y es imposible que lo estén) cuando se trata de fijar los límites del conjunto de acontecimientos que constituyen la Revolución Francesa. Para algunos (Salvemini por ej.) la revolución se cumplió en Valmy. Francia creó el Estado nuevo y supo organizar la fuerza político-militar que afirmó y defendió su soberanía territorial. Para otros, la Revolución continúa hasta Termidor, o mejor, hablan de varias revoluciones (el 10 de agosto seria una revolución en sí, etc.) [14]. El modo de interpretar a Termidor y la obra de Napoleón ofrece las más ásperas contradicciones: ¿se trata de una revolución o de una contra-revolución? Según otros la historia de la revolución continúa hasta 1830, 1848, 1870 y aún hasta la guerra mundial de 1914. En todos estos puntos de vista existe una parte de verdad. En realidad, las contradicciones internas de la estructura social francesa, que se desarrollan después de 1789, sólo encuentran un equilibrio relativo con la tercera república y Francia conoce entonces sesenta años de vida política equilibrada luego de ochenta años de conmociones producidas en oleadas cada vez más espaciadas: 1789, 1794, 1804, 1815, 1830, 1848, 1870. El estudio de estas "oleadas" de amplitudes diferentes es precisamente lo que permite reconstruir las relaciones entre estructura y superestructura por un lado, y por el otro, entre el desarrollo del movimiento orgánico y del movimiento coyuntural de la estructura. Se puede decir, por lo tanto, que la mediación dialéctica entre los dos principios metodológicos enunciados al comienzo de esta nota puede encontrarse en la fórmula político-histórica de la revolución permanente.
* La expresión "revolución permanente" se encuentra en el Mensaje del Consejo Central a la Liga de los Comunistas. (Véase: K. MARX: Revelaciones sobre el proceso a los comunistas, edit. Lautaro, 1946, pp. 201 y 209): "...nuestro deber es el de lograr la revolución permanente" [...] "su grito de guerra debe ser: ... la revolución en permanencia". De esta consigna, de la revolución de 1848, Trotski partió para elaborar su teoría fundamental de la revolución permanente, criticada por Gramsci en diversas partes de esta abra y en los demás Cuadernos de la Cárcel. Frente a las tesis de Lenin sobre la alianza del proletariado con los campesinos pobres, las tesis de Trotski, impregnadas de una profunda desconfianza a las masas campesinas, tienden a hacer caer sobre los campesinos la coerción de una minoría proletaria y sobre el proletariado mismo una coerción de carácter militar que sólo puede conducir a la derrota. En una nota de Passato e Presente, p. 71, titulada: Pasaje de la guerra de movimiento (y del ataque frontal) a la guerra de posición, también en el terreno político, Gramsci considera a Trotski como "el teórico político del ataque frontal en un periodo en que este tipo do ataque sólo puede conducir a la derrota". Enemigo declarado de las revoluciones democráticas, basadas en un amplio frente de clases, Trotski proclama la necesidad de la revolución socialista mundial y combate la tesis del "socialismo en un sólo país". Al respecto, ver más adelante el escrito de Gramsci: Internacionalismo y política nacional. (N. del T.).
14 Cfr., La Revolution française, de A. MATHIEZ, en la colección Armand Colin. (De esta obra existe traducción castellana: La Revolución Francesa, 3 t., edit. Labor, 1935. - N. del T.).
Un aspecto del mismo problema es la llamada cuestión de las relaciones de fuerza. Se lee con frecuencia en las narraciones históricas la expresión genérica: "relaciones de fuerza favorables, desfavorables a tal o cual tendencia". Planteada así, en abstracto, esta fórmula no explica nada o casi nada, porque no se hace más que repetir el hecho que debe explicarse presentándolo una vez como hecho y otra como ley abstracta o como explicación. El error teórico consiste, por lo tanto, en ofrecer como "causa histórica" un canon de búsqueda y de interpretación.
En la "relación de fuerza" mientras tanto es necesario distinguir diversos momentos o grados, que en lo fundamental son los siguientes:
1) Una relación de fuerzas sociales estrechamente ligadas a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de los hombres, que puede ser medida con los sistemas de las ciencias exactas o físicas. Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas materiales de producción se dan los grupos sociales, cada uno de los cuales representa una función y tiene una posición determinada en la misma producción. Esta relación es lo que es, una realidad rebelde: nadie puede modificar el número de las empresas y de sus empleados, el número de las ciudades y de la población urbana, etc. Esta fundamental disposición de fuerzas permite estudiar si existen en la sociedad las condiciones necesarias y suficientes para su transformación, o sea, permite controlar el grado de realismo y de posibilidades de realización de las diversas ideologías que nacieron en ella misma, en el terreno de las contradicciones que generó durante su desarrollo.
2) Un momento sucesivo es la relación de las fuerzas políticas; es decir, la valoración del grado de homogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado por los diferentes grupos sociales. Este momento, a su vez, puede ser analizado y dividido en diferentes grados que corresponden a los diferentes momentos de la conciencia política colectiva, tal como se manifestaron hasta ahora en la historia. El primero y más elemental es el económico-corporativo: un comerciante siente que debe ser solidario con otro comerciante, un fabricante con otro fabricante, etc., pero el comerciante no se siente aún solidario con el fabricante; o sea, es sentida la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarla, pero no se siente aún la unidad con el grupo social más vasto Un segundo momento es aquél donde se logra la conciencia de la solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el campo meramente económico. Ya en este momento se plantea la cuestión del Estado, pero sólo en el terreno de lograr una igualdad política-jurídica con los grupos dominantes, ya que se reivindica el derecho a participar en la legislación y en la administración y hasta de modificarla, de reformarla, pero en los marcos fundamentales existentes. Un tercer momento es aquel donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas; es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en "partido", se confrontan y entran en lucha, hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social; determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no sobre un plano corporativo, sino sobre un plano "universal" y creando así la hegemonía, de un grupo social fundamental, sobre una serie de grupos subordinados. El estado es concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías "nacionales". El grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como una formación y una superación continua de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley), entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados; equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino interés económico-corporativo.
En la historia real estos momentos se influyen recíprocamente, en forma horizontal y vertical, por así expresarlo, vale decir: según las actividades económicas sociales (horizontales) y según los territorios (verticales), combinándose y escindiéndose de diversas maneras; cada una de estas combinaciones puede ser representada por su propia expresión organizada, económica y política. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que estas relaciones internas, de un Estado-Nación se confunden con las relaciones internacionales, creando nuevas combinaciones originales e históricamente concretas Una ideología, nacida en un país muy desarrollado, se difunde en países menos desarrollados, incidiendo en el juego local de las combinaciones [15].
15 La religión, por ejemplo, ha sido siempre una fuente para tales combinaciones ideológicas-políticas nacionales o internacionales, y con la religión las otras formaciones internacionales, la masonería, el Rotary Club, los Judíos, la diplomacia de carrera, que sugieren expedientes políticos de diversos orígenes históricos y los hacen triunfar en determinados países, funcionando como partido político internacional que opera en cada nación con todas sus fuerzas internacionales concentradas. Religión, masonería, Rotary, Judíos, etc., pueden entrar en la categoría social de los "intelectuales", cuya función, en escala internacional, es la de mediar los extremos, de "socializar" los expedientes técnicos que hacen funcionar toda actividad de dirección, de encontrar los compromisos y los medios de escapar a las soluciones extremas.
Esta relación entre fuerzas internacionales y fuerzas nacionales se complica aún más por la existencia en el interior de cada Estado de muchas secciones territoriales de estructuras diferentes y de relaciones de fuerza también diferentes en todos los grados (la Vendée, por ej., estaba aliada a las fuerzas reaccionarias y las representaba en el seno de la unidad territorial francesa; así también Lyón en la Revolución francesa presentaba un núcleo particular de relaciones).
3) El tercer momento es el de la relación de las fuerzas militares, inmediatamente decisivo según las circunstancias. (El desarrollo histórico oscila continuamente entre el primer y el tercer momento, con la mediación del segundo). Pero éste no es un momento de carácter indistinto e identificable inmediatamente en forma esquemática, también en él se pueden distinguir dos grados: uno militar en sentido estricto, o técnico-militar y otro que puede denominarse político-militar. En el curso del desarrollo histórico estos dos grados se presentaron en una gran variedad de combinaciones. Un ejemplo típico que puede servir como demostración-límite, es el de la relación de opresión militar de un Estado sobre una nación que trata de lograr su independencia estatal. La relación no es puramente militar, sino político-militar; y en efecto un tipo tal de opresión sería inexplicable sin el estado de disgregación social del pueblo oprimido y la pasividad de su mayoría; por lo tanto la independencia no podrá ser lograda con fuerzas puramente militares, sino militares y político-militares. En efecto, si la nación oprimida, para iniciar la lucha por la independencia, tuviese que esperar que el Estado hegemónico le permita organizar un ejército propio, en el sentido estricto y técnico de la palabra, tendría que esperar bastante (puede ocurrir que la reivindicación de un ejército propio sea satisfecha por la nación hegemónica, pero esto significa que una gran parte de la lucha ya ha sido desarrollada y vencida en el terreno político-militar). La nación oprimida, por lo tanto, opondrá inicialmente a la fuerza militar hegemónica una fuerza que será sólo "política-militar", o sea, una forma de acción política que posea la virtud de determinar reflejos de carácter militar en el sentido: 1) de que sea eficiente para disgregar íntimamente la eficacia bélica de la nación hegemónica; 2) que obligue a la fuerza militar hegemónica a diluirse y dispersarse en un gran territorio, anulando en gran parte su capacidad bélica. En el Risorgimento italiano, se evidencia la trágica ausencia de una dirección político-militar, especialmente en el Partido de Acción (por incapacidad congénita), pero también en el Partido piamontés-moderado, tanto antes como después de 1848, no ciertamente por incapacidad, sino por "maltusianismo" económico-político", esto es, porque no se quería ni siquiera mencionar la posibilidad de una reforma agraria y porque no se deseaba la convocatoria de una asamblea nacional constituyente y sólo se tendía a que la monarquía piamontesa, sin condiciones o limitaciones de origen popular, se extendiese por toda Italia mediante la simple sanción de los plebiscitos regionales.
Otra cuestión ligada a las precedentes es la de determinar si las crisis históricas fundamentales son provocadas inmediatamente por las crisis económicas. La respuesta a la cuestión está contenida en forma implícita en los parágrafos precedentes, donde se tratan cuestiones que no son más que otra manera de presentar las que tratamos ahora aquí. Sin embargo, es siempre necesario por razones didácticas, dado el público a las que están dirigidas, examinar toda forma de presentarse, de una misma cuestión, como si fuese un problema independiente y nuevo. Se puede excluir que las crisis económicas produzcan, por sí mismas, acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable a la difusión de ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida estatal. Por otro lado, todas las afirmaciones que conciernen a los períodos de crisis o de prosperidad pueden dar lugar a juicios unilaterales. En su compendio de historia de la Revolución francesa, Mathiez, oponiéndose a la vulgar historia tradicional, que a priori "encuentra" una crisis coincidente con la gran ruptura del equilibrio social, afirma que hacia el 1789 la situación económica era más bien buena en lo inmediato; por lo que no se puede decir que la catástrofe del Estado absoluto sea debida a una crisis de empobrecimiento. Es necesario observar que el Estado estaba enfrentado a una mortal crisis financiera y se planteaba la cuestión de saber sobre cual de los tres estratos sociales privilegiados debían recaer los sacrificios y las cargas para poner en orden las finanzas del Estado y del rey. Además; si la posición económica de la burguesía era floreciente, no era buena por cierto la situación de las clases populares de la ciudad y del campo, especialmente de aquéllas atormentadas por una miseria endémica. En todo caso, la ruptura del equilibrio de fuerzas no ocurre por causas mecánicas inmediatas de empobrecimiento del grupo social que tiene interés en romper el equilibrio y de hecho lo rompe; ocurre, por el contrario, en el cuadro de conflictos superiores al mundo económico inmediato, vinculados al "prestigio" de clase (intereses económicos futuros), a una exasperación del sentimiento de independencia, de autonomía y de poder. La cuestión particular del malestar o bienestar económico como causa de nuevas realidades históricas es un aspecto parcial de la cuestión de las relaciones de fuerzas en sus diversos grados. Pueden producirse novedades tanto porque una situación de bienestar está amenazada por el egoísmo mezquino de un grupo adversario, como porque el malestar se ha hecho intolerable y no se vislumbra en la vieja sociedad ninguna tuerza que sea capaz de mitigarlo y de restablecer una normalidad a través de medios legales. Se puede decir por lo tanto, que todos estos elementos son la manifestación concreta de las fluctuaciones de coyuntura del conjunto de las relaciones sociales de fuerzas, sobre cuyo terreno adviene el pasaje de éstas a relaciones políticas de fuerzas para culminar en la relación militar decisiva.
Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar de un momento al otro, y si es esencialmente un proceso que tiene por actores a los hombres y su voluntad y su capacidad, la situación permanece sin cambios, y pueden darse conclusiones contradictorias. La vieja sociedad resiste y se asegura un período de "respiro", exterminando físicamente a la elite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementerios y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.
Pero la observación más importante a plantear, a propósito de todo análisis concreto de las relaciones de fuerzas, es la siguiente: que tales análisis no pueden y no deben convertirse en fines en sí mismos (a menos que se escriba un capítulo de historia del pasado) y que adquieren un significado sólo en cuanto sirven para justificar una acción práctica, una iniciativa de voluntad. Ellos muestran cuáles son los puntos de menor resistencia donde la fuerza de la voluntad puede ser aplicada de manera más fructífera, sugieren las operaciones tácticas inmediatas, indican cómo se puede lanzar mejor una campaña de agitación política, qué lenguaje será el mejor comprendido por las multitudes, etc. El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza tal existe y esté impregnada de ardor combativo). Es por ello una tarea esencial la de velar sistemática y pacientemente por formar, desarrollar y tornar cada vez más homogénea, compacta y consciente de sí misma a esta fuerza. Esto se ve en la historia militar y en el cuidado con que en todas las épocas fueron predispuestos los ejércitos para iniciar una guerra en cualquier momento. Los grandes Estados han llegado a serlo precisamente porque en todos los momentos estaban preparados para insertarse eficazmente en las coyunturas internacionales favorables y éstas eran tales porque ofrecían la posibilidad concreta de insertarse con eficacia en ellas.

*Del texto de Antonio Gramsci: NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, SOBRE POLITICA Y EL ESTADO MODERNO. EL MODERNO PRINCIPE Versión digital

Fuente: www.gramsci.org.ar


Freud: Arte y cultura

Reportaje a Enrique Pichón Rivière

Revisando algunos materiales del año 1976, encontramos uno de los últimos reportajes realizados a Enrique Pichón Rivière un año antes de su muerte y que publicó la revista Crisis en su número 40 de marzo de ese año. En esa oportunidad el cuestionario hecho a EPR tocó el tema del Arte y la Cultura en el pensamiento del maestro vienés. Reproducimos aquí textual e íntegro lo publicado, que en ese número formaba parte de un homenaje a Sigmund Freud con opiniones de otras personalidades encuestadas.

-De manera implícita o explícita Freud analizó y estudió al hombre como creador y creación de la cultura. ¿Qué opina usted de tal valoración y de las múltiples objeciones que recibió el aporte de Freud?
-Reflexionar acerca de la cultura, de su génesis, del origen y el sentido de la actividad en la que los hombres transforman lo real, no es otra cosa que elaborar una concepción acerca de la génesis y el sentido de un orden de hechos, que constituyen -más allá del orden animal- una nueva instancia: lo histórico-social, lo específicamente humano.

Esta reflexión implicará necesariamente una concepción del hombre y la Historia, no podrá dejar de expresar una “weltanschaung”, se sustentará en una ideología. El análisis de la concepción freudiana de la cultura, del hombre en tanto creador y creación de esa cultura, desnuda con nitidez la ideología freudiana, a la vez que reabre la cuestión de las relaciones entre ciencia e ideología, debate que conmovió en los últimos años el campo del quehacer psicoanalítico.
¿Por qué consideramos pertinente retomar este debate? Porque las tesis freudianas acerca de la cultura, el trabajo, el proceso creador -más allá de la pregunta por la legitimidad de extender hipótesis que surgen en el contexto analítico al plano de las relaciones sociales- abren un interrogante cuya respuesta nos plantea una tarea de crítica y de reformulación de los aportes del psicoanálisis a la comprensión del sujeto.
El “Malestar de la Cultura”, una obra de gabinete, en la que Freud se aparta del riguroso itinerario que recorre en su práctica clínica, revela a un pensador idealista, esencialista, para quien la naturaleza humana se determina -en última instancia- desde los impulsos instintivos, eternos e inmodificables en su esencia.
Se “naturaliza” así la agresión, la rivalidad, la hostilidad entre los hombres. Estos rasgos “naturales” de “lo humano” hablan de una esencia transhistórica que se expresan en las relaciones sociales y las determinan en su forma.
Esta concepción esencialista, esta naturalización tiene como consecuencia una inversión en la que los efectos aparecen como causa y las causas como efecto. La interpretación de la cultura, la interpretación de la praxis del sujeto se inscribe en el campo de la lucha ideológica. La defensa de los intereses objetivos de las clases dominantes –uno de los sectores comprometidos en esa pugna- exige una ocultación, una distorsión de lo real, particularmente de la realidad histórico-social.
En los últimos años, en nuestro país, algunos psicoanalistas y epistemólogos del psicoanálisis, influidos sin duda por Althusser -y en el intento de preservar una práctica- se ilusionan distinguiendo entre el Freud “científico” del capítulo VII de “La interpretación de los sueños” y el Freud “ideológico” del “Malestar en la Cultura”, de la misma manera que intentan preservar la teoría más allá de toda crítica centrando su cuestionamiento en las Instituciones psicoanalíticas. Cabe preguntarse si el esencialismo freudiano, la concepción del hombre y la historia que a nuestro entender gobierna toda reflexión psicológica y que tan claramente se manifiesta en los escritos sociales de Freud, ¿no se deslizó jamás en la conceptualización de su práctica clínica’, ¿no tiñó jamás la interpretación de la realidad con que se trabajaba? ¿Es imposible reconocer al Freud esencialista de “El malestar en la Cultura”, del Freud que reflexiona acerca de la sexualidad femenina, las fantasías originarias, el narcisismo primario, la segunda formación de la teoría instintivista?
Pero ese Freud es el mismo del concepto de inconsciente, de la experiencia de la satisfacción, de los mecanismos del inconsciente, de las leyes de la asociación. Es el mismo Freud que construyó un bagaje instrumental con el que trabajamos diariamente en el campo de la terapia y de la prevención transformando realidades concretas. Es en el interior de la teoría psicoanalítica, en el seno del pensamiento freudiano donde reside una contradicción entre conocimiento objetivo y escamoteo ideológico. Es esa contradicción, que se revela en la práctica clínica, la que nos exige la tarea de crítica, en el intento de fundar una psicología social, histórica y concreta.
-¿Cuáles considera que fueron las mayores contribuciones de Freud para la comprensión del fenómeno artístico?
-Freud retoma la llama del romanticismo alemán, la pasión por lo siniestro, por los sueños, por lo inconsciente. Busca en sí mismo y en sus pacientes las formas concretas de las imágenes que los fascinaron en los poetas románticos. La tristeza, el duelo y la culpa ante la muerte de su padre (la tragedia edifica), como situación existencial, lo lanzan en el camino de este descubrimiento. La teoría freudiana que desoculta y hace inteligible la dialéctica consciente-inconsciente permite la emergencia e instrumenta al movimiento surrealista en formas creativas inéditas y revolucionarias.
Esto sucede más allá de la comprensión de Freud, quien confiesa en una carta a Breton sus limitaciones para descifrar los elementos que el surrealismo le brinda. Su negativa al diálogo, que tanto dolió a Breton, se funda en el sentimiento de estar “muy alejado del arte”.
Pese a ese sentimiento de lejanía, la teoría del inconsciente, en una tarea arqueológica hace surgir a la luz los mecanismos que rigen la construcción de las imágenes.

Fuente: www.espiraldialectica.com.ar/FreudPR.htm



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