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Historia
Las desviaciones del materialismo histórico: el materialismo vulgar*
Por Alberto J. Franzoia
El trabajo elaborado por uno de los pioneros de la revolución cubana Armando
Hart (1) y presentado el 11 de marzo del año en curso en Reconquista Popular,
tiene el gran mérito de exponer a través del caso "Stalin" una de las
desviaciones más frecuentes y trágicas que ha experimentado el materialismo
histórico de Carlos Marx y Federico Engels. El llamado "economicismo",
materialismo vulgar" o "materialismo mecanicista" ha estado presente en el
panorama intelectual del socialismo científico desde el mismo siglo XIX, por lo
que Engels debió advertir tanto a seguidores como adversarios sobre esta
cuestión originada, más que en un error irreductible de los fundadores del nuevo
paradigma, en la necesidad de combatir por aquellos tiempos una filosofía
predominantemente idealista. En realidad, ellos nunca negaron la importancia de
la superestructura (campo inmaterial) en su relación dialéctica con la
estructura económica, pero la omnipresencia del idealismo, sobretodo alemán, en
la interpretación de los fenómenos históricos, los condujo a poner quizás un
excesivo énfasis en la importancia del abordaje de los factores objetivos
(materiales) para arribar a un conocimiento científico. Hart expone una cita
sobre el pensamiento de Engels muy interesante por su contenido autocrítico:
"Falta, además, un solo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo hemos
hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la culpa nos
corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más insistíamos -y no podíamos
por menos de hacerlo así- era en derivar de los hechos económicos básicos las
ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos condicionados por ellas. Y al
proceder de esta manera, el contenido nos hacía olvidar la forma, es decir, el
proceso de génesis de estas ideas, etc. Con ello proporcionamos a nuestros
adversarios un buen pretexto para sus errores y tergiversaciones" (2).
Sin desconocer la significación de la cita, es necesario destacar que existen
dos planos de análisis distintos que están presentes tanto en Marx como en
Engels. Por un lado realizan análisis teóricos generales, en los que el nivel de
abstracción es muy significativo; en ellos nos presentan el funcionamiento de
los modos de producción, con predominio del capitalista. Pero, por otra parte,
hay análisis que están centrados en situaciones históricas concretas
(formaciones sociales), como cuando se refieren al capitalismo inglés del siglo
XIX o a la segunda República Francesa. Tener en cuenta esta cuestión es
fundamental, ya que el énfasis puesto en lo económico con descuido de los
factores subjetivos, sólo es comprobable en los abordajes generales, por lo
tanto poco específicos, cuya función es marcar las características esenciales
del modo de producción estudiado. Mientras que en situaciones históricas
concretas suelen recurrir al juego de las acciones y reacciones entre lo
objetivo y lo subjetivo, la estructura económica y la superestructura. En una
carta dirigida a J.Bloch Engels resuelve la cuestión con gran claridad:
" Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última
instancia determina la historia es la producción y reproducción de la vida real.
Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa
diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella
tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base,
pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta – las
formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las Constituciones que,
después de ganada la batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas
jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de
los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas
religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirse en un sistema de
dogmas – ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y
determinan, predominantemente en muchos casos, su forma... El que los discípulos
hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la
que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios,
teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre
disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los
demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero,
tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de
aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad
de error..."(3).
Ahora bien, el contenido objetivo de una producción intelectual no podemos
determinarlo a través de una confrontación de citas aisladas, sino promoviendo
el estudio completo de la misma e identificando el contexto histórico en el que
fue gestada. Por lo tanto, a la situación imperante en los estudios filosóficos
e históricos durante el siglo XIX en Europa, debemos incorporarle el carácter
complejo de la obra considerada. A modo de ejemplo podemos afirmar que en el
texto de Marx "Prólogo de contribución a la Crítica de la Economía Política", se
puede comprobar la presencia de ese principio cardenal que plantea Engels y que
fue fuente de todo tipo de confusiones y tergiversaciones; pero en otros
trabajos, como "La lucha de clases en Francia, "Revolución y contrarrevolución
en Alemania", "Crítica al programa de Gotha" o "El dieciocho brumario de Luis
Bonaparte" se evidencia la importancia atribuida a los factores subjetivos de la
superestructura. La obra citada en primer término se ubica dentro de lo que
definimos como teoría general de la historia, y debe ser entendida como una
formulación de "las premisas fundamentales" para su interpretación; estas
premisas, en forma mucho más embrionarias, ya habían sido presentadas por ambos
en "La ideología alemana". Los cuatro ejemplos posteriores, en cambio, responden
a la teoría construida sobre casos específicos, en los que se manifiesta la
relación dialéctica entre la estructura y la superestructura, como así también
toda la importancia asignada al contexto histórico que ciertos críticos
pretenden desconocer.
No resulta para nada extraño que los enemigos del socialismo hayan insistido
hasta el cansancio sobre el carácter economicista de la teoría de los
científicos y políticos alemanes, pero sí debe llamar a la reflexión, como lo
hace Hart, que este equívoco haya tenido cabida en la revolución de 1917, a
partir de la gestión stalinista, ya que sobre él cabalgó una gran derrota para
los oprimidos y marginados de la tierra. Decíamos en un trabajo anterior
"¿Neutralidad científica o ciencia comprometida?"(4) que la institucionalización
de una versión fraudulenta del materialismo histórico durante el stalinismo fue
factor coadyuvante en la derrota experimentada, aunque obviamente no fue el
único. El carácter cada vez más positivista (por lo tanto contemplativo y
conservador) que adquirió la ciencia en la URSS, junto con la escasa importancia
atribuida a los aspectos éticos y culturales en el desarrollo de una sociedad
que pretendía ser socialista, dejaron sin respuestas a los soviéticos ante los
nuevos desafíos que les presentaría la historia. El retroceso experimentado en
los años noventa, después de 70 de iniciada la revolución, sólo era posible a
partir de una conducción burocrática que, más allá de las dificultades
económicas y políticas, no logró producir una cultura de la solidaridad y una
ética revolucionaria superadora de los valores burgueses difundidos por las
potencias occidentales. Cuba es exactamente la contracara. Una isla con 11
millones de habitantes, con escasos recursos naturales, aislada del continente
durante décadas por el imperialismo norteamericano con la complicidad de gran
parte de los gobiernos de América Latina (situación que recién ahora comienza a
modificarse), huérfana desde comienzos de los 90 del apoyo económico soviético,
ha logrado mantenerse en pie sólo gracias a un liderazgo político que, más allá
de méritos y errores, ha sabido fomentar el desarrollo de una superestructura
alternativa a la capitalista, en lo que mucho ha tenido que ver la tarea
desempeñada por el propio Hart. Habitualmente la intelectualidad conservadora o
reformista (cuando no reaccionaria), amparándose en una visión metafísica de la
historia, destaca el particular "espíritu solidario del pueblo cubano," pero
rara vez se asocia el mismo al desarrollo de la revolución, como si los cubanos
nacieran con esa característica.
Creer que los problemas en torno a la revolución socialista son sólo económicos,
es una de las falencias que presentan ciertos sectores de la izquierda
influenciados, a veces a su pesar, por la versión stalinista que ha recorrido el
mundo desde fines de los años 20. Si hasta la revolución de octubre era natural
acceder a una visión fragmentaria del pensamiento de Marx y Engels, porque una
parte del mismo no había sido publicado ni traducido favoreciendo un
reductivismo en el estudio de su obra (recordemos a modo de ejemplo que los
"Manuscritos económicos-filosóficos de 1844 recién se publicaron en 1932 y se
tradujeron al español en 1960), con la consolidación del proceso iniciado en
Rusia y la publicación de las obras completas el panorama no se revirtió en lo
inmediato. La política del estado stalinista desalentó el estudio y
profundización de los textos que abordan la importancia del factor subjetivo,
para promover en su lugar, aquellos que favorecen una interpretación más
esquemática y lineal de la historia. Se convirtió en lugar común hablar de un
Marx dividido: el de la juventud y el de la madurez. Da la casualidad que el
primero, el "inmaduro", produjo algunas de las obras que rescatan la importancia
de la subjetividad humana. Precisamente a esa etapa pertenecen las "Tesis sobre
Feuerbach" citadas por Hart. Sin embargo, sería un grueso error creer que Marx
abandonó esta temática en su madurez. Los textos que citamos antes representan
un claro ejemplo al respecto. Pero algo más interesante aún, es que el último
tomo de "El capital" finaliza con un capítulo inconcluso (ya que Marx muere)
dedicado a las clases sociales, que como se sabe, son el sujeto transformador de
las estructuras económicas. Si estas carecieran de valor como sujetos sociales
para el materialismo histórico, tampoco se comprende ni la fundación de la
Primera Internacional ni la importancia atribuida posteriormente por Lenin al
partido político como instrumentos de la clase trabajadora para realizar la
revolución. El economicismo no sólo es una visión vulgar del materialismo, sino
que deriva necesariamente en un reformismo que deja libradas a las masas a una
acción espontánea con amplias posibilidades de fracaso.
Si bien acordamos con Hart en la línea metodológica y teórica que traza (Marx-Emgels-Lenin),
es necesario señalar una omisión que, desde nuestro punto de vista, resulta
esencial a la hora de evaluar las producciones realizadas en el plano
internacional sobre la significación de la superestructura. Concretamente no
podemos excluir a Antonio Gramsci, ya que ha realizado algunos de los aportes
más lucidos sobre esta cuestión. Precisamente fue él uno de los grandes
excluidos durante las décadas en las que el panorama editorial del materialismo
histórico estaba dominado por seguidores y empleados de la burocracia soviética.
Su producción no casualmente comienza a editarse y difundirse por el mundo a
partir de los años 60, es decir con posteridad a la muerte de Stalin y cuando
las visiones alternativas a la stalinista ganan terreno. Gramsci nos confirma el
carácter totalizador que debe tener la metodología para abordar a Marx:
"La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico)
de presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como
expresión inmediata de la estructura tiene que ser combatida en la teoría como
un infantilismo primitivo, y en la práctica hay que combatirla con el testimonio
auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas. A este
respecto son de especial importancia el 18 Brumario y los escritos acerca de la
Cuestión oriental, pero también otros (Revolución y contrarrevolución en
Alemania, La guerra civil en Francia y otros menores). Un análisis de estas
obras permite fijar mejor la metodología histórica marxista, integrando,
iluminando e interpretando, las afirmaciones teóricas dispersas por todas las
obras. Así podrá observarse cuántas cautelas reales introduce Marx en sus
investigaciones concretas, cautelas que no pueden formularse en obras
generales"(5).
Gramsci desarrolló su teoría tomando como eje de la misma al "bloque histórico",
concepto que da cuenta de la articulación entre la estructura económica, con sus
distintas clases sociales, y la superestructura. Pero ésta última es mucho más
que un conjunto de ideas que simplemente se manifiestan como el reflejo casi
mecánico de la estructura. Por el contrario, representa un mundo con relativa
autonomía, compuesto por la sociedad política y la sociedad civil. Si bien la
diferencia entre ambas, tal como habitualmente la han planteado los intérpretes
de pensador italiano, se relaciona con la división entre las instituciones
estatales y privadas, resultan mucho más significativas las funciones que
cumplen una y otra. La sociedad civil es el espacio en el que se construyen los
consensos necesarios para que una clase como la burguesía, dominante en el plano
económico, logre a través de sus ideas conducir al conjunto de la sociedad para
la realización de sus intereses de clase, presentando a éstos como intereses
generales de la nación. Esa conducción intelectual recibe el nombre de hegemonía
y es fundamental para la estabilidad y reproducción de la sociedad capitalista;
en dicho proceso adquiere toda su importancia la tarea de los intelectuales
orgánicos de la clase dominante, favoreciendo la articulación entre el poder
económico de ésta y el control cultural. Pero cuando la clase subalterna o
dominada no acata esta conducción, o en períodos de crisis generalizada, se
vuelve imprescindible recurrir a la sociedad política, que es el espacio en el
que se manifiesta la coerción. El uso de la fuerza va en auxilio de una
conducción cultural, que no resulta suficiente para garantizar la continuidad
del bloque histórico.
Si bien la producción teórica de Gramsci es riquísima y da lugar para variados
abordajes, hay una cuestión esencial para construir alternativas a la conducción
de la clase dominante, ya se trate de un país capitalista desarrollado como de
uno dependiente y subdesarrollado. Efectivamente, Gramsci planteó la
contrahegemonía que pueden gestar la clase dominada y sus aliados y visualizó el
inestimable aporte que deben realizar los intelectuales. Por supuesto, y como ya
lo hemos planteado en un trabajo anterior (6), no considera a estos como una
clase social o bloque homogéneo, sino como pertenecientes o vinculados a
distintas clases. La hegemonía de la burguesía (la oligarquía en nuestra patria)
es construida por intelectuales que actúan como agentes de la superestructura,
pero en la producción de una conducción alternativa ejercida por los dominados,
es fundamental contar también con intelectuales que cumplan su función. Esto es
relevante sobre todo en aquellos países donde la sociedad civil (que incluye a
todas las instituciones privadas) ha alcanzado un desarrollo por lo menos
aceptable, cosa que no sólo ocurre en las naciones centrales. El intelectual
favorece con su trabajo específico, la producción y difusión de una visión de
mundo (ideología, cultura en sentido restringido) propia de los dominados. Esta
visión si bien ya está presente en forma más precaria en manifestaciones
populares como el sentido común y el folklore, debe ser elaborada y
sistematizada como filosofía (que es la expresión más racional de una
ideología). Para que la clase dominada (y sus aliados) pueda alcanzar el poder y
ejercerlo, es imprescindible que sea capaz de crear las condiciones para una
cultura alternativa. Aún en aquellos países en los que la sociedad civil es
precaria y la fuerza ocupa un lugar preponderante en el proceso revolucionario,
llega un momento en que el estado debe propiciar su desarrollo para garantizar
la continuidad del mismo. Por esta razón, el proceso llevado adelante por Stalin
y sus seguidores, guiados por un materialismo vulgar, es muy poco aconsejable
para el socialismo. Además resulta necesario destacar, que para Gramsci el valor
de una filosofía está en estrecha relación con los efectos pertinentes que
produce:
"...Puede decirse que el valor histórico de una filosofía es <calculable> a
partir de la eficacia <práctica> que ha conquistado (y <practicidad> debe
entenderse en sentido amplio). Si es verdad que toda filosofía es expresión de
una sociedad, tendría que reaccionar sobre la sociedad determinar ciertos
efectos positivos y negativos, la medida en la cual reacciona es precisamente la
medida de su alcance histórico, de no ser <elucubración> individual, sino <
hecho histórico>" (7).
En la Argentina de los años 30 hubo un grupo de intelectuales que con su trabajo
favoreció el desarrollo de una visión de mundo alternativa a la dominante. Si
bien no necesitaron leer a Gramsci para descubrir el papel que desempeñan las
ideas en la conducción de una sociedad, cumplieron cabalmente con las tareas
señaladas por éste. FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina)
desempeñó una labor formidable en la gestación de condiciones culturales para
que el cambio revolucionario se iniciara en la década siguiente. No se trataba
de una revolución socialista, pero sí era el inicio de un proceso de liberación
nacional que, como sabemos, es el paso inicial para la liberación social en los
países dependientes. A la cultura liberal (hasta ese momento dominante) del
bloque histórico conducido por la alianza entre la oligarquía nativa y la
burguesía de los países centrales (con el predominio de Gran Bretaña), se le
opuso un nuevo bloque nacional y popular con fuerte presencia obrera pero
conducido por una ideología nacional-burguesa (expresada fundamentalmente por un
sector del ejército), que en un primer momento cumplió una función positiva.
Agotada la etapa en que esa visión de mundo podía dar respuestas satisfactorias
a la realidad nacional, se imponía una profundización del proceso revolucionario
adoptando decisiones políticas que superasen el estrecho marco de las ideas
burguesas. Pero para que esas decisiones integren la agenda de una política
nacional y popular, resulta imprescindible favorecer el desarrollo de una visión
de mundo propia de los trabajadores. La misma si bien tuvo una presencia
embrionaria no se había desarrollado y articulado en su nivel más elevado (como
filosofía) y, por lo tanto, estaba imposibilitada de lograr la hegemonía. Por
otra parte, cuando no existe un contexto cultural propicio, las políticas nuevas
(si es que son adoptadas) pueden carecer del apoyo popular necesario,
convirtiéndose en decisiones de elites que se alejan peligrosamente de las
masas. La racionalización del consumo que debió adoptar el gobierno de Fidel
Castro para superar la crisis de los noventa, sólo fue posible gracias a la
existencia de ese clima cultural previo, de lo contrario el régimen hubiese
desembocado en un peligroso aislamiento con previsibles convulsiones sociales.
También el triunfo electoral del Frente Amplio fue producto de una paciente
tarea cultural que modificó el mapa político de Uruguay, tarea nada menor si
recordamos que Galeano define a sus compatriotas como "conservadores
anarquistas".
Desde ya, el materialismo vulgar adoptado por marxistas primitivos, no es la
única desviación observable en el panorama internacional y nacional a lo largo
de la historia. No podemos olvidar que en el extremo contrario se ubica el
voluntarismo o subjetivismo propio de los ultraizquierdistas. Si unos descuidan
el papel de los sujetos en la construcción de la historia, los otros olvidan las
condiciones objetivas que actúan como límite de dicha construcción. En este
trabajo consideramos los límites del economicismo porque sus seguidores son los
que han tenido mayores posibilidades de ejercer el poder, mientras que la
ultraizquierda, por sus propias limitaciones, no suele superar la condición de
eterna oposición. De todas formas, tanto el voluntarismo como aquellas
interpretaciones que le adjudican al materialismo histórico un enfoque unilineal
de la historia, lo que lo conduciría a un ineludible eurocentrismo, merecen un
capítulo a parte pues representan otras desviaciones posibles.
Para cerrar este análisis es necesario destacar que cuando una revolución
resulta inconclusa o directamente fracasa, se suelen escuchar argumentos de sus
partidarios en los que se pone el acento en la acción de los enemigos para
justificar la derrota, sin embargo deberíamos prestar mayor atención a las
propias falencias para lograr una comprensión más objetiva de los hechos. Sólo
así podremos generar las condiciones para un nuevo proceso político con
posibilidades ciertas de materializar los objetivos perseguidos. La historia de
las revoluciones populares demuestra que cuando las decisiones políticas no van
acompañadas de una profunda acción cultural o ideológica, el cambio estructural
es abortado. Hart, vinculado política y cultura desde los inicios de la
revolución cubana, lo manifiesta con absoluta firmeza:
"No hay posibilidad de revolución sin un fundamento en la cultura. Si los
políticos se dieran cuenta de la fuerza que tiene la cultura, harían cultura por
política. Nosotros tuvimos la suerte en Cuba de que el hombre más grande de la
política cubana en el siglo XIX, fue también el hombre más grande en la cultura.
Fue Martí, una conjugación en un hombre de una estatura cultural e intelectual
enorme y, al mismo tiempo, un estratega con capacidad de hacer política" (8).
La Plata, abril de 2005
*Publicado originalmente en los espacios digitales "Reconquista Popular" y en
"Investigaciones Rodolfo Walsh"
(1) Armando Hart Dávalos es uno de los fundadores del Movimiento 26 de julio.
Con el triunfo de la Revolución Cubana es designado Ministro de Educación hasta
1965. Dirige durante los años iniciales del proceso la campaña de alfabetización
más importante que se haya realizado en América Latina. Fue Ministro de Cultura
entre 1976 y 1997. Preside la Sociedad Cultural José Martí y es miembro del
Consejo de Estado de la República de Cuba. Ha publicado diversas obras
destacando la importancia de la cultura para la revolución. Entre las más
recientes se encuentran: "Hacia una dimensión cultural del desarrollo" (1996),
"Cultura para el desarrollo, el desafío del siglo XXI" (2001) y "Ética, cultura
y política" (2001). Premiado en su país y en el extranjero, recibe el 20 de mayo
de 2003 el título Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuba.
(2) Armando Hart, "José Stalin", Foro Reconquista Popular, 11 de marzo de 2005.
(3) Federico Engels, Carta a Blosh, en "Estado y sociedad en el pensamiento
clásico" de Portantiero y De Ipola, pag 147, Editorial Cántaro.
(4) Alberto Franzoia, "Neutralidad científica o ciencia comprometida", Foro
Reconquista Popular, marzo de 2005.
(5) Antonio Gramsci, "Antología", pag. 276, Editorial Siglo XXI, 1999.
(6) Alberto Franzoia, "¿Qué cosa son los intelectuales?", Foro Reconquista
Popular, noviembre de 2004.
(7) Antonio Gramsci, Ibídem, pag. 275, 1999.
(8) Armando Hart: Reportaje, publicado digitalmente en www.prensa.unc.edu.ar, el
29 de mayo de 2003.
Historia
Las
desviaciones del materialismo histórico II: el eurocentrismo*
Por Alberto J. Franzoia
Así como en un anterior trabajo (1) señalamos el carácter vulgar de un
materialismo que surge a parir de un abordaje fragmentado e insuficiente de la
obra de Marx y Engels, otra desviación posible es la concepción unilineal de la
historia, según la cual todas las regiones de la tierra han atravesado o deben
atravesar por las mismas etapas o sociedades. Estas serían aquellas que están
presentes en un texto que fue producido con fines prácticos y didácticos como el
"Manifiesto Comunista", a saber: comunidad primitiva, antigua o esclavista,
feudal, burguesa o capitalista, para concluir, previa dictadura del
proletariado, en la sociedad sin clases o comunismo. Es decir, la historia del
mundo se correspondería con una sucesión única de un conjunto de modos de
producción, sin alternativas posibles. En otro texto tomado como referente por
los defensores de la concepción unilineal, "Prólogo a contribución a la Crítica
de la Economía Política", aparece en la sucesión única de etapas el problemático
concepto "modo de producción asiático", utilizado por Marx pero desterrado por
los estalinistas a partir del debate teórico que se dio en Leningrado en 1931.
Desde entonces los soviéticos pretendieron vincular las características del
mismo con la esclavitud, ignorando las claras diferencias marcadas por Marx. En
realidad, el modo de producción asiático representa un serio inconveniente para
todos aquellos que han intentado construir el socialismo desde el despotismo, ya
que esta es una de las características que los fundadores del materialismo
histórico le atribuyen a esa sociedad, que si bien carece de propiedad privada,
no representa de ninguna manera una alternativa para el desarrollo libre e
igualitario de los hombres.
Para interpretar los escritos fundantes de Marx y Engels resulta imprescindible
comprender su metodología. Ésta, es tanto materialista como dialéctica.
Materialista porque parte de la práctica (relación específica entre el sujeto y
la realidad), desde la que construye la teoría como producto de una reflexión
sobre la misma. Y dialéctica porque con esa teoría vuelve sobre la práctica para
transformarla, en un proceso concatenado de modificaciones mutuas, ya que las
nuevas prácticas generan siempre modificaciones en la teoría y viceversa. Por
otra parte, esa teoría tiene dos niveles, uno abstracto que expresa las
características generales de un tipo de sociedad (como la capitalista en sus
formas más desarrolladas) cuyo papel es orientar la investigación, y otro
concreto que se manifiesta en el estudio de casos específicos (como el
capitalismo inglés en la segunda mitad del siglo XIX). Respetando estos
principios los fundadores del nuevo paradigma centraron sus estudios obviamente
sobre la realidad europea en la etapa del capitalismo de libre competencia, es
decir, partiendo de su propia práctica. Por otra parte, por aquellos años la
información disponible sobre el mundo periférico era mínima si la comparamos con
la existente en la actualidad y tenía un sesgo etnocentrista. Cuando Marx y
Engels desarrollan su trabajo intelectual, América Latina recién está gestando
formas de organización política alternativas a la existente en tiempos del
colonialismo clásico. Si no se considera este contexto se puede caer en el error
de acusarlos de falta de rigurosidad a la hora de abordar aquella realidad ajena
al capitalismo desarrollado. Sin embargo, ningún intelectual de la época tenía
una idea acabada sobre lo que ocurría por estas tierras, incluyendo a todos
aquellos que fueron tomados como referentes por el pensamiento nacional y
"nacionalista", y esto es independiente de que se explicite o no quién es el
referente.
Sin embargo, a pesar de los límites objetivos impuestos por el contexto
histórico, Marx analiza en "El capital" el papel esencial jugado por la
periferia en la constitución del nuevo modo de producción:
"El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de
exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen,
el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión
del continente africano en cazadero de esclavos negros: son hechos que señalan
los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos
representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la
acumulación originaria" (2).
La conquista y colonización de América Latina no sólo no es ajena al desarrollo
del capitalismo, sino que resulta fundamental como parte del sistema casi desde
los inicios de éste. Diferenciándose de los ideólogos hispanistas que pretenden
instalar la versión rosa de la conquista del nuevo mundo (como bien lo ha
señalado Abelardo Ramos), o de los antropólogos evolucionistas que justifican la
colonización de los pueblos "primitivos" en nombre de la civilización, Marx
analiza con la mayor objetividad (que le permitía el siglo XIX) el papel
desempeñado por estas regiones en la acumulación originaria de capital para el
desarrollo del capitalismo. Por supuesto no fue ajeno a ciertos prejuicios de la
época, pero sus aportes para la comprensión del proceso histórico superaron con
creces a éstos. Su error más significativo fue creer que la introducción de
capital y tecnología de las naciones desarrolladas (como el ferrocarril en la
India) promovería un desarrollo de las fuerzas productivas también en la
periferia; pero es necesario aclarar que esta certeza se corresponde con un
contexto en el que aún no se había constituido el imperialismo como etapa
superior. Como el materialismo histórico empieza con Marx y Engels pero no
finaliza con ellos, sino que continua produciendo aportes con nuevos exponentes
a lo largo de su rica historia, es necesario recurrir a Lenin para comprender
una nueva etapa que los científicos alemanes no estaban en condiciones de
estudiar por su inmediatez. De la misma manera que para descubrir las
consecuencias del imperialismo en la periferia hay que remitirse a los teóricos
de la dependencia. Estos dos aportes son, a su vez, muy importantes para
solucionar otro error de Marx propio de la época en que realizó su trabajo
intelectual, como fue el considerar que la cadena de la explotación capitalista
internacional se cortaría a partir de los eslabones más fuertes, es decir, los
países más desarrollados.
La concepción unilineal de la historia, con toda su carga eurocentrista (ya que
se remite a la historia de Europa), deja de lado ciertos análisis fundamentales
realizados por Marx y reafirmados por Engels. Si bien el origen común de la
humanidad es efectivamente la comunidad primitiva; Marx aborda distintas formas
de disolución de ésta que exceden el simplismo expresado por aquellos seguidores
que sólo identifican a la sociedad esclavista como continuidad. Aunque en
"Prólogo de contribución a la Crítica de la Economía Política" (1859) Marx
incorpora a la sucesión de modos de producción del "Manifiesto" (1848) el
asiático, sigue presente un modelo simplificado (nivel abstracto) que no expresa
toda la riqueza de su pensamiento. Comparando este texto con su análisis más
específico sobre las formaciones económicas precapitalistas, que integra los por
muchos años ignorados "Elementos fundamentales para la crítica de la economía
política" de 1857 (2) publicados completos por vez primera en Moscú en 1939-41
(pero difundidos recién a parir de la edición en Berlín durante 1953), surge que
no todas las regiones del planeta siguieron linealmente estas etapas en su
devenir histórico, como pretendió demostrar una versión unilineal difundida
especialmente en tiempos del predominio estalinista. Ninguna de las formaciones
analizadas allí adquiere un carácter universal; mucho menos la sucesión rígida y
supuestamente inevitable presentada por ciertos "marxistas" que no favorecieron
un estudio científico de la cuestión. Entre ellos ocupa un lugar preponderante,
por la influencia ideológica que ejerció, el propio Stalin. La disolución de la
comunidad primitiva de los tiempos prehistóricos (que sí fue universal) condujo
a diversas alternativas, entre las que encontramos tanto las formaciones
asiáticas como la antigua, que por lo tanto son consideradas por Marx en una
coexistencia histórica ausente en el abordaje más general y sintético del
Prólogo. Ambas son acompañadas en este período por otras dos formaciones: eslava
y germánica. Al feudalismo, por otra parte, tampoco se le asigna un carácter
universal, ya que sólo en Europa generó la ciudad medieval, espacio económico y
social a partir del cual brota como consecuencia del desarrollo artesanal y
comercial el capitalismo. En este punto es necesario aclarar que los estudios
tanto de Marx como de Engels, no son suficientes en relación con la particular
historia de Japón, donde la presencia de la formación económica feudal fue muy
significativa. Por otro lado, ambos pensadores consideraron en sus últimos años,
que existieron formas intermedias de semifeudalismo. Muchas décadas después,
Humberto Melotti, retoma el enfoque de los cientistas alemanes para abordar las
formaciones de los países menos desarrollados, incluyendo variaciones
semiasiáticas en la historia tanto de Rusia como de China, y un interesante
planteo en cuanto a desviaciones que se dieron en relación con el socialismo en
dichos países, lo que los condujo al "colectivismo burocrático" (3).
El trabajo de Melotti es un aporte digno de ser considerado porque partiendo del
estudio riguroso de trabajos de Marx durante mucho tiempo ignorados o poco
conocidos, llega a formular un modelo multilineal para abordar la historia
mundial desde el materialismo histórico. Según éste, a partir de las diversas
formas de disolución de la comunidad primitiva, formuladas por Marx en los
"Elementos fundamentales", y tomando en cuenta también que la formación feudal
no tuvo un carácter universal, se pueden observar distintas y simultáneas líneas
de desarrollo histórico en diversas regiones, incluyendo el tercer mundo. Por
ejemplo, Rusia no tuvo feudalismo sino una formación semiasiática, desde la que
se inició, con la influencia de factores externos, un tránsito hacia el
capitalismo. Éste, que nunca alcanzó el desarrollo de las potencias europeas,
generó condiciones particulares para la revolución socialista conducida por
Lenin. Sin embargo, las condiciones objetivas con las que se encontraron los
revolucionarios (persistencias de la sociedad semiasiática, un capitalismo muy
insuficiente, aislamiento internacional), junto con las desviaciones políticas e
ideológicas del estalinismo, condujeron a la Unión Soviética a una formación no
socialista que Melotti denomina colectivismo burocrático (sociedad sin propiedad
privada pero con un Estado en el que la burocracia se constituye como sujeto
social dominante). Más allá de los méritos de este enfoque, el autor cae en un
error curiosamente etnocentrista, al considerar que la revolución socialista
para triunfar debe iniciarse en los países de capitalismo más desarrollado, con
lo que regresa a un viejo error de Marx pero con la circunstancia agravante de
estar viviendo la plenitud del imperialismo. Aún así cumple con el objetivo
central de su trabajo, consistente en demostrar el carácter no unilineal que ha
tenido la historia universal si nos atenemos con rigor al pensamiento del
científico alemán.
La mayor dificultad para aquellos que intentan analizar el materialismo
histórico desde una postura tan excedida de prosa como huérfana de
investigación, radica en que es un paradigma de la política y la ciencia social
muy desarrollado. No sólo la obra de Marx y Engels es extensa y compleja, sino
que además, hay una continuidad hasta nuestros días de nuevos y valiosos
aportes. Desde Lenin y Gramsci hasta la teoría de la dependencia el camino
recorrido es inmenso. Así como en su primera etapa fueron casi excluyentes las
producciones intelectuales europeas, las surgidas en el siglo XX en el mundo
dominado han representado una parte nada menor de los avances teóricos más
recientes. Por supuesto no han estado exentos de obstáculos, errores, momentos
de desconcierto (con el inicio de la posmodernidad) y hasta ciertas
claudicaciones como las de Abelardo Ramos y Fernando Cardoso en nuestra América
Latina (lo que no representa de todas maneras una excusa para ignorar u ocultar
sus méritos anteriores).
Las críticas más frecuentes suelen ser consecuencia de un abordaje incompleto y
prejuicioso, en el que la reiteración de viejos lugares comunes reemplaza a la
investigación seria, metódica, alejada de las conveniencias políticas de la
coyuntura. No escapan a estas circunstancias ciertos académicos poco rigurosos,
que no le hacen ningún favor al desarrollo de las disciplinas sociales El manual
de sociología de N. Timasheff por ejemplo, pretende desacreditar a Marx en un
"análisis" de cuatro páginas que lleva como sugerente título "el determinismo
económico", ignorando desde ya el papel asignado por el materialismo histórico a
la superestructura en los grandes cambios de la historia. En un trabajo sobre la
estratificación, B. Barber, confundiendo los distintos niveles teóricos con los
que se maneja el científico alemán, le adjudica la ingenua teoría de una
sociedad concreta con sólo dos clases: burguesía y proletariado, sin considerar
que dicha esquematización corresponde al nivel de la teoría abstracta. Otro
manual, en este caso de dos argentinos (H. Martinotti y R. Pereyra) que, como es
tan habitual en nuestro país, sin acreditar una formación específica pretenden
dictar cátedra de sociología, se sostiene en un análisis de una página que Marx
no realiza ningún aporte sociológico relevante, cuando aún un alumno de los
primeros años de la carrera sabe que la teoría de las clases sociales y sus
conflictos es fundamental y que los principales referentes de la sociología de
fines del siglo XIX y principios del XX desarrollaron su obra debatiendo, como
diría Zeitlin (4), "con el fantasma de Marx".
Es común también que el análisis del paradigma se limite a Marx, o en el mejor
de los casos incorpore a Engels y Lenin. Por supuesto la mayoría de estos
críticos no incluyen los valiosos aportes realizados desde regiones
pertenecientes al mundo dominado, como es el caso de nuestra América Latina.
Pero además, como suelen confundir método con teoría (dos componentes igualmente
necesarios pero distintos de la ciencia social), se considera imposible producir
una teoría apta para nuestra realidad recurriendo al materialismo dialéctico al
que se lo desacredita por formar parte de una concepción eurocéntrica. Si bien
aclararen pocas palabras las diferencias entre método y teoría puede resultar
farragoso, es necesario decir que los métodos y técnicas de investigación no son
nacionales o antinacionales, ya que sólo constituyen caminos y herramientas para
construir un producto llamado teoría. Ésta en cambio sí lo es, ya que expresa
correcta o incorrectamente la realidad y posibilidades de desarrollo del objeto
abordado, en este caso la Nación, a partir de cómo se ha utilizado el método. Un
martillo, independientemente de su origen, sirve en cualquier lugar del mundo
para colocar clavos, pero si no lo sabemos utilizar sólo sirve para golpearse
los dedos (también en cualquier lugar del mundo). Si los métodos tuvieran
nacionalidad uno de los maestros del pensamiento nacional, Don Arturo Jauretche,
hubiera sido un cipayo por recurrir al método inductivo que, como sabemos, fue
creado antes que la Argentina existiese en el globo terráqueo. Se podrían dar un
sin número de ejemplos para demostrar el carácter absurdo de argumentos de este
tipo.
Cuando el método formulado por Marx y Engels se utiliza correctamente, partiendo
de la práctica en un contexto específico, para dialécticamente producir una
teoría como consecuencia de la reflexión sobre ella, conscientes de que entre la
teoría general (abstracta), y las teorías específicas (concretas) hay
diferencias que ya fueron expresadas por los fundadores, como señalamos en
nuestro anterior trabajo (5), surgen aportes valiosos como los de la izquierda
latinoamericana, que rompiendo con la tradición eurocéntrica ha tenido el mérito
de utilizar adecuada y creativamente el método para producir la teoría de la
izquierda nacional y la teoría de la dependencia. Así, por ejemplo, desde la
izquierda nacional se formula una teoría de las clases sociales para nuestro
contexto, en la que la clase dominante resulta ser la oligarquía, clase que como
ya sostuvimos en anteriores oportunidades es capitalista pero no burguesa y que
con su comportamiento ha inhibido el desarrollo de una economía autosostenida.
De allí surge el reconocimiento del papel progresivo que expresaron los frentes
nacionales conducidos por una ideología nacional-burguesa, como el caso del
peronismo, como así también la necesidad de superar en cierto momento de su
desenvolvimiento los límites del sistema adoptando decisiones socialistas. Por
otra parte, desde la teoría de la dependencia se estudia con rigurosidad la
relación dialéctica entre los países dominantes y los dominados dentro de un
sistema capitalista único, desentrañando los mecanismos que permiten financiar
el desarrollo del "primer mundo" a costa de nuestro subdesarrollo. Estos son
sólo algunos ejemplos de los aportes concretos gestados desde la correcta
utilización del materialismo dialéctico. Para finalizar, es necesario reconocer
que también un sector de la izquierda en América Latina se ha dedicado ha operar
por la vía deductiva (por lo tanto no dialéctica), convirtiendo al materialismo
histórico en una teoría eurocéntrica, ya que deduce sus análisis y propuestas de
las producciones gestadas originalmente para dar respuestas a la realidad del
viejo continente. Sin embargo, este reconocimiento de ninguna manera sirve para
justificar a todos aquellos que montados en la confusión, pretenden ignorar los
aportes meritorios de la izquierda latinoamericana, pues éstos constituyen una
sólida base teórica para iniciar el camino de la reconstrucción de nuestra
Patria Grande. Desde ya el socialismo del nuevo siglo deberá producir nuevos
aportes que respondan a los desafíos de la hora, pero los mismos sólo pueden ser
producto del desarrollo, profundización y actualización del materialismo
histórico y dialéctico, no de rupturas con el paradigma como pretenden sus
adversarios.
La Plata, junio de 2005
**Publicado originalmente en los espacios digitales "Reconquista Popular" y en
"Investigaciones Rodolfo Walsh"
(1)Franzoia Alberto: "Las desviaciones del materialismo
histórico: el materialismo vulgar", publicado digitalmente en el Foro
Reconquista Popular, abril de 2005.
(2)Marx Carlos: "El capital", tomo 1, p. 638, Fondo de Cultura Económica,
México, 1982.
(3)Marx Carlos: "Elementos fundamentales para la crítica de la economía
política", primera edición en castellano en 1966.
C. Marx y E. Hobsbawm: "Formaciones económicas precapitalistas", Editorial
Pasado y Presente, México, 1971.
(4)Melotti Humberto: "Marx y el tercer mundo", Amorrortu editores, primera
edición en castellano en 1974
(5)Zeitlin Irving: "Ideología y teoría sociológica", Amorrortu editores, primera
edición en castellano en 1970.
(6)Franzoia Alberto: trabajo ya citado
©Alberto J. Franzoia
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.
Polotología
Análisis de las
situaciones. Relaciones de fuerzas*
Por Antonio Gramsci
Un estudio sobre la forma en que es preciso analizar las "situaciones", o sea,
la forma en que es preciso establecer los diversos grados de relaciones de
fuerzas, puede prestarse a una exposición elemental de ciencia y arte político,
entendida como un conjunto de cánones prácticos de investigación y de
observaciones particulares; útiles para subrayar el interés por la realidad
efectiva y suscitar intuiciones políticas más rigurosas y vigorosas. Al mismo
tiempo hay que agregar la exposición de lo que en política es necesario entender
por estrategia y táctica, por "plan" estratégico, por propaganda y agitación,
por "orgánica" o ciencia de la organización y de la administración en política.
Los elementos de observación empírica que por lo general son expuestos en forma
desordenada en los tratados de ciencia política (se puede tomar como ejemplo la
obra de G. Mosca: Elementi di scienza politica.) en la medida que no son
cuestiones abstractas o sin fundamento, deberían encontrar ubicación en los
diversos grados de las relaciones de fuerza, comenzando por las relaciones de
las fuerzas internacionales (donde se ubicarían las notas escritas sobre lo que
es una gran potencia, sobre los agrupamientos de Estados en sistemas hegemónicos
y, por consiguiente, sobre el concepto de independencia y soberanía, en lo que
respecta a las potencias medianas y pequeñas), para pasar a las relaciones
objetivas sociales, o sea, al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, a
las relaciones de fuerza política y de partido (sistemas hegemónicos en el
interior del Estado) y a las relaciones políticas inmediatas (o sea,
potencialmente militares).
¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones
sociales fundamentales? Indudablemente las siguen. Toda renovación orgánica en
la estructura modifica también orgánicamente las relaciones absolutas y
relativas en el campo internacional a través de sus expresiones
técnico-militares. Aún la misma posición geográfica de un Estado nacional no
precede sino sigue (lógicamente) las innovaciones estructurales, incidiendo
sobre ellas, sin embargo, en cierta medida (precisamente en la medida en que las
superestructuras inciden sobre la estructura, la política sobre la economía,
etc.). Por otro lado, las relaciones internacionales inciden en forma pasiva o
activa sobre las relaciones políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más
subordinada a las relaciones internacionales está la vida económica inmediata de
una nación, tanto más un partido determinado representa esta situación y la
explota para impedir el adelanto de los partidos adversarios (recordar el famoso
discurso de Nitti sobre la revolución italiana ¡técnicamente imposible!). De
esta serie de datos se puede llegar a la conclusión de que, con frecuencia, el
llamado "partido del extranjero" no es precisamente aquel que es vulgarmente
indicado como tal, sino el partido más nacionalista, que en realidad, más que
representar a las fuerzas vitales del propio país, representa la subordinación y
el sometimiento económico a las naciones, o a un grupo de naciones hegemónicas
[11].
11 Una mención a este elemento internacional "represivo" de las energías
internas se encuentra en los artículos publicados por G. VOLPE, en el "Corriere
della Sera" del 22 y 23 de marzo de 1932.
Es el problema de las relaciones entre estructura y superestructuras el que es
necesario plantear exactamente y resolver para llegar a un análisis justo de las
fuerzas que operan en la historia de un período determinado y definir su
relación. Es preciso moverse en el ámbito de dos principios: 1) ninguna sociedad
se propone tareas para cuya solución no existan ya las condiciones necesarias y
suficientes o no estén, al menos, en vía de aparición y de desarrollo; 2)
ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no desarrolló todas
las formas de vida que están implícitas en sus relaciones [12]. A partir de la
reflexión sobre estos dos cánones se puede llegar al desarrollo de toda una
serie de otros principios de metodología histórica. Sin embargo, en el estudio
de una estructura es necesario distinguir los movimientos orgánicos
(relativamente permanentes) de los movimientos que se pueden llamar "de
coyuntura" (y se presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales). Los
fenómenos de coyuntura dependen también de movimientos orgánicos, pero su
significado no es de gran importancia histórica; dan lugar a una crítica
política mezquina, cotidiana, que se dirige a los pequeños grupos dirigentes y a
las personalidades que tienen la responsabilidad inmediata del poder. Los
fenómenos orgánicos dan lugar a la crítica histórico-social que se dirige a los
grandes agrupamientos, más allá de las personas inmediatamente responsables y
del personal dirigente. Al estudiar un período histórico aparece la gran
importancia de esta distinción. Tiene lugar una crisis que a veces se prolonga
por decenas de años. Esta duración excepcional significa que en la estructura se
han revelado (maduraron) contradicciones incurables y que las fuerzas políticas,
que obran positivamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se
esfuerzan, sin embargo, por sanear y por superar dentro de ciertos límites.
Estos esfuerzos incesantes y perseverantes (ya que ninguna forma social querrá
confesar jamás que está superada) forman el terreno de lo "ocasional" sobre el
cual se organizan las fuerzas antagónicas que tienden a demostrar (demostración
que en última instancia se logra y es "verdadera" si se transforma en una nueva
realidad, si las fuerzas antagónicas triunfan; pero inmediatamente se desarrolla
una serie de polémicas ideológicas, religiosas, filosóficas, políticas,
jurídicas, etc., cuyo carácter concreto es valorable en la medida en que son
convincentes y desplazan la anterior disposición de las fuerzas sociales) que
existen ya las condiciones necesarias y suficientes para que determinadas tareas
puedan y, por consiguiente, deban ser resueltas históricamente (en cuanto todo
venir a menos del deber histórico aumenta el desorden necesario y prepara
catástrofes más graves).
12 "Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las
fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más altas
relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su
existencia, hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la
humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues,
bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo nacen cuando ya
se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su
realización". (MARX, Prólogo a la Crítica de la Economía Política).
El error en el que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político
consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo
ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamente activas causas que operan
en cambio de una manera mediata, o por el contrario a afirmar que las causas
inmediatas son las únicas eficientes. En un caso se tiene un exceso de
"economismo" o de doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de "ideologismo";
en un caso se sobrestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el elemento
voluntarista e individual. La distinción entre "movimientos" y hechos orgánicos
y de "coyuntura", u ocasionales, debe ser aplicada a todas las situaciones, no
sólo a aquellas en donde se verifica un desarrollo regresivo o de crisis aguda,
sino también a aquellas en donde se verifica un desarrollo progresivo, o de
prosperidad, y a aquellas en donde tiene lugar un estancamiento de las fuerzas
productivas. El nexo dialéctico entre los dos órdenes de movimiento y, en
consecuencia, de investigación, es difícilmente establecido con exactitud; y si
el error es grave en la historiografía, es aún más grave en el arte político,
cuando no se trata de reconstruir la historia pasada sino de construir la
presente y la futura [13]-
13 El hecho de no haber considerado el elemento inmediato de las "relaciones de
fuerza" está vinculado a. residuos de la concepción liberal vulgar, de la cual
el sindicalismo es una manifestación que creía ser más avanzada cuando en la
realidad daba un paso atrás. En efecto, la concepción liberal vulgar, dando
importancia a la relación de las fuerzas políticas, organizadas en las diversas
formas de partido (lectores de periódicos, elecciones parlamentarias y locales,
organizaciones de masa de los partidos y de los sindicatos en sentido estricto),
era más avanzada que el sindicalismo que daba una importancia primordial a la
relación fundamental económica-social y sólo a ésta. La concepción liberal
vulgar tenía, en cuenta también, en forma implícita, tales relaciones (como
tantos elementos lo demuestran) pero insistía sobre todo en la relación de las
fuerzas políticas, que eran una expresión de las otras y que en realidad las
contenían. Estos residuos de la concepción liberal vulgar se pueden hallar en
toda una serie de exposiciones que se dicen ligadas a la filosofía de la praxis
y que facilitaron el desarrollo de formas infantiles de optimismo y de necedad.
Son los mismos deseos de los hombres y sus pasiones menos nobles e inmediatas
las causas del error, en cuanto se superponen al análisis objetivo e imparcial y
esto ocurre no como un "medio" consciente para estimular a la acción sino como
un autoengaño. La serpiente, también en este caso, muerde al charlatán, o sea,
el demagogo es la primera víctima de su demagogia.
Estos criterios metodológicos pueden adquirir visible y didácticamente todo su
significado si se aplican al examen de los hechos históricos concretos. Se lo
podría hacer con utilidad en el caso de los acontecimientos desarrollados en
Francia de 1789 a 1870. Me parece que para mayor claridad en la exposición sería
necesario abrazar todo este período. En efecto, sólo en 1870-71, con la
tentativa de la Comuna, se agotan históricamente todos los gérmenes nacidos en
1789, lo cual significa que la nueva clase que lucha por el poder, no sólo
derrota a los representantes de la vieja sociedad que se niegan a considerarla
perimida, sino también a los grupos más nuevos que consideran como superada
también a la nueva estructura surgida de los cambios promovidos en 1789. Dicha
clase demuestra así su vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más nuevo.
Además, en 1870-71 pierde eficacia el conjunto de principios de estrategia y de
táctica política nacidos prácticamente en 1789 y desarrollados en forma
ideológica alrededor de 1848 (y que se resumen en la fórmula de "revolución
permanente" *. Sería interesante estudiar cuánto de esta fórmula ha pasado a la
estrategia mazziniana --en el caso, por ejemplo, de la insurrección de Milán de
1853-- y si ocurrió en forma consciente o no). Un elemento que muestra lo
acertado de este punto de vista es el hecho de que los historiadores no están en
absoluto de acuerdo (y es imposible que lo estén) cuando se trata de fijar los
límites del conjunto de acontecimientos que constituyen la Revolución Francesa.
Para algunos (Salvemini por ej.) la revolución se cumplió en Valmy. Francia creó
el Estado nuevo y supo organizar la fuerza político-militar que afirmó y
defendió su soberanía territorial. Para otros, la Revolución continúa hasta
Termidor, o mejor, hablan de varias revoluciones (el 10 de agosto seria una
revolución en sí, etc.) [14]. El modo de interpretar a Termidor y la obra de
Napoleón ofrece las más ásperas contradicciones: ¿se trata de una revolución o
de una contra-revolución? Según otros la historia de la revolución continúa
hasta 1830, 1848, 1870 y aún hasta la guerra mundial de 1914. En todos estos
puntos de vista existe una parte de verdad. En realidad, las contradicciones
internas de la estructura social francesa, que se desarrollan después de 1789,
sólo encuentran un equilibrio relativo con la tercera república y Francia conoce
entonces sesenta años de vida política equilibrada luego de ochenta años de
conmociones producidas en oleadas cada vez más espaciadas: 1789, 1794, 1804,
1815, 1830, 1848, 1870. El estudio de estas "oleadas" de amplitudes diferentes
es precisamente lo que permite reconstruir las relaciones entre estructura y
superestructura por un lado, y por el otro, entre el desarrollo del movimiento
orgánico y del movimiento coyuntural de la estructura. Se puede decir, por lo
tanto, que la mediación dialéctica entre los dos principios metodológicos
enunciados al comienzo de esta nota puede encontrarse en la fórmula
político-histórica de la revolución permanente.
* La expresión "revolución permanente" se encuentra en el Mensaje del Consejo
Central a la Liga de los Comunistas. (Véase: K. MARX: Revelaciones sobre el
proceso a los comunistas, edit. Lautaro, 1946, pp. 201 y 209): "...nuestro deber
es el de lograr la revolución permanente" [...] "su grito de guerra debe ser:
... la revolución en permanencia". De esta consigna, de la revolución de 1848,
Trotski partió para elaborar su teoría fundamental de la revolución permanente,
criticada por Gramsci en diversas partes de esta abra y en los demás Cuadernos
de la Cárcel. Frente a las tesis de Lenin sobre la alianza del proletariado con
los campesinos pobres, las tesis de Trotski, impregnadas de una profunda
desconfianza a las masas campesinas, tienden a hacer caer sobre los campesinos
la coerción de una minoría proletaria y sobre el proletariado mismo una coerción
de carácter militar que sólo puede conducir a la derrota. En una nota de Passato
e Presente, p. 71, titulada: Pasaje de la guerra de movimiento (y del ataque
frontal) a la guerra de posición, también en el terreno político, Gramsci
considera a Trotski como "el teórico político del ataque frontal en un periodo
en que este tipo do ataque sólo puede conducir a la derrota". Enemigo declarado
de las revoluciones democráticas, basadas en un amplio frente de clases, Trotski
proclama la necesidad de la revolución socialista mundial y combate la tesis del
"socialismo en un sólo país". Al respecto, ver más adelante el escrito de
Gramsci: Internacionalismo y política nacional. (N. del T.).
14 Cfr., La Revolution française, de A. MATHIEZ, en la colección Armand Colin.
(De esta obra existe traducción castellana: La Revolución Francesa, 3 t., edit.
Labor, 1935. - N. del T.).
Un aspecto del mismo problema es la llamada cuestión de las relaciones de
fuerza. Se lee con frecuencia en las narraciones históricas la expresión
genérica: "relaciones de fuerza favorables, desfavorables a tal o cual
tendencia". Planteada así, en abstracto, esta fórmula no explica nada o casi
nada, porque no se hace más que repetir el hecho que debe explicarse
presentándolo una vez como hecho y otra como ley abstracta o como explicación.
El error teórico consiste, por lo tanto, en ofrecer como "causa histórica" un
canon de búsqueda y de interpretación.
En la "relación de fuerza" mientras tanto es necesario distinguir diversos
momentos o grados, que en lo fundamental son los siguientes:
1) Una relación de fuerzas sociales estrechamente ligadas a la estructura,
objetiva, independiente de la voluntad de los hombres, que puede ser medida con
los sistemas de las ciencias exactas o físicas. Sobre la base del grado de
desarrollo de las fuerzas materiales de producción se dan los grupos sociales,
cada uno de los cuales representa una función y tiene una posición determinada
en la misma producción. Esta relación es lo que es, una realidad rebelde: nadie
puede modificar el número de las empresas y de sus empleados, el número de las
ciudades y de la población urbana, etc. Esta fundamental disposición de fuerzas
permite estudiar si existen en la sociedad las condiciones necesarias y
suficientes para su transformación, o sea, permite controlar el grado de
realismo y de posibilidades de realización de las diversas ideologías que
nacieron en ella misma, en el terreno de las contradicciones que generó durante
su desarrollo.
2) Un momento sucesivo es la relación de las fuerzas políticas; es decir, la
valoración del grado de homogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado
por los diferentes grupos sociales. Este momento, a su vez, puede ser analizado
y dividido en diferentes grados que corresponden a los diferentes momentos de la
conciencia política colectiva, tal como se manifestaron hasta ahora en la
historia. El primero y más elemental es el económico-corporativo: un comerciante
siente que debe ser solidario con otro comerciante, un fabricante con otro
fabricante, etc., pero el comerciante no se siente aún solidario con el
fabricante; o sea, es sentida la unidad homogénea del grupo profesional y el
deber de organizarla, pero no se siente aún la unidad con el grupo social más
vasto Un segundo momento es aquél donde se logra la conciencia de la solidaridad
de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el campo
meramente económico. Ya en este momento se plantea la cuestión del Estado, pero
sólo en el terreno de lograr una igualdad política-jurídica con los grupos
dominantes, ya que se reivindica el derecho a participar en la legislación y en
la administración y hasta de modificarla, de reformarla, pero en los marcos
fundamentales existentes. Un tercer momento es aquel donde se logra la
conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y
futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y
pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta
es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la
estructura a la esfera de las superestructuras complejas; es la fase en la cual
las ideologías ya existentes se transforman en "partido", se confrontan y entran
en lucha, hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas,
tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social;
determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad
intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales
hierve la lucha, no sobre un plano corporativo, sino sobre un plano "universal"
y creando así la hegemonía, de un grupo social fundamental, sobre una serie de
grupos subordinados. El estado es concebido como organismo propio de un grupo,
destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo
grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como
la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las
energías "nacionales". El grupo dominante es coordinado concretamente con los
intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida
como una formación y una superación continua de equilibrios inestables (en el
ámbito de la ley), entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos
subordinados; equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen
pero hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino
interés económico-corporativo.
En la historia real estos momentos se influyen recíprocamente, en forma
horizontal y vertical, por así expresarlo, vale decir: según las actividades
económicas sociales (horizontales) y según los territorios (verticales),
combinándose y escindiéndose de diversas maneras; cada una de estas
combinaciones puede ser representada por su propia expresión organizada,
económica y política. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que estas
relaciones internas, de un Estado-Nación se confunden con las relaciones
internacionales, creando nuevas combinaciones originales e históricamente
concretas Una ideología, nacida en un país muy desarrollado, se difunde en
países menos desarrollados, incidiendo en el juego local de las combinaciones
[15].
15 La religión, por ejemplo, ha sido siempre una fuente para tales combinaciones
ideológicas-políticas nacionales o internacionales, y con la religión las otras
formaciones internacionales, la masonería, el Rotary Club, los Judíos, la
diplomacia de carrera, que sugieren expedientes políticos de diversos orígenes
históricos y los hacen triunfar en determinados países, funcionando como partido
político internacional que opera en cada nación con todas sus fuerzas
internacionales concentradas. Religión, masonería, Rotary, Judíos, etc., pueden
entrar en la categoría social de los "intelectuales", cuya función, en escala
internacional, es la de mediar los extremos, de "socializar" los expedientes
técnicos que hacen funcionar toda actividad de dirección, de encontrar los
compromisos y los medios de escapar a las soluciones extremas.
Esta relación entre fuerzas internacionales y fuerzas nacionales se complica aún
más por la existencia en el interior de cada Estado de muchas secciones
territoriales de estructuras diferentes y de relaciones de fuerza también
diferentes en todos los grados (la Vendée, por ej., estaba aliada a las fuerzas
reaccionarias y las representaba en el seno de la unidad territorial francesa;
así también Lyón en la Revolución francesa presentaba un núcleo particular de
relaciones).
3) El tercer momento es el de la relación de las fuerzas militares,
inmediatamente decisivo según las circunstancias. (El desarrollo histórico
oscila continuamente entre el primer y el tercer momento, con la mediación del
segundo). Pero éste no es un momento de carácter indistinto e identificable
inmediatamente en forma esquemática, también en él se pueden distinguir dos
grados: uno militar en sentido estricto, o técnico-militar y otro que puede
denominarse político-militar. En el curso del desarrollo histórico estos dos
grados se presentaron en una gran variedad de combinaciones. Un ejemplo típico
que puede servir como demostración-límite, es el de la relación de opresión
militar de un Estado sobre una nación que trata de lograr su independencia
estatal. La relación no es puramente militar, sino político-militar; y en efecto
un tipo tal de opresión sería inexplicable sin el estado de disgregación social
del pueblo oprimido y la pasividad de su mayoría; por lo tanto la independencia
no podrá ser lograda con fuerzas puramente militares, sino militares y
político-militares. En efecto, si la nación oprimida, para iniciar la lucha por
la independencia, tuviese que esperar que el Estado hegemónico le permita
organizar un ejército propio, en el sentido estricto y técnico de la palabra,
tendría que esperar bastante (puede ocurrir que la reivindicación de un ejército
propio sea satisfecha por la nación hegemónica, pero esto significa que una gran
parte de la lucha ya ha sido desarrollada y vencida en el terreno
político-militar). La nación oprimida, por lo tanto, opondrá inicialmente a la
fuerza militar hegemónica una fuerza que será sólo "política-militar", o sea,
una forma de acción política que posea la virtud de determinar reflejos de
carácter militar en el sentido: 1) de que sea eficiente para disgregar
íntimamente la eficacia bélica de la nación hegemónica; 2) que obligue a la
fuerza militar hegemónica a diluirse y dispersarse en un gran territorio,
anulando en gran parte su capacidad bélica. En el Risorgimento italiano, se
evidencia la trágica ausencia de una dirección político-militar, especialmente
en el Partido de Acción (por incapacidad congénita), pero también en el Partido
piamontés-moderado, tanto antes como después de 1848, no ciertamente por
incapacidad, sino por "maltusianismo" económico-político", esto es, porque no se
quería ni siquiera mencionar la posibilidad de una reforma agraria y porque no
se deseaba la convocatoria de una asamblea nacional constituyente y sólo se
tendía a que la monarquía piamontesa, sin condiciones o limitaciones de origen
popular, se extendiese por toda Italia mediante la simple sanción de los
plebiscitos regionales.
Otra cuestión ligada a las precedentes es la de determinar si las crisis
históricas fundamentales son provocadas inmediatamente por las crisis
económicas. La respuesta a la cuestión está contenida en forma implícita en los
parágrafos precedentes, donde se tratan cuestiones que no son más que otra
manera de presentar las que tratamos ahora aquí. Sin embargo, es siempre
necesario por razones didácticas, dado el público a las que están dirigidas,
examinar toda forma de presentarse, de una misma cuestión, como si fuese un
problema independiente y nuevo. Se puede excluir que las crisis económicas
produzcan, por sí mismas, acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un
terreno más favorable a la difusión de ciertas maneras de pensar, de plantear y
resolver las cuestiones que hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida
estatal. Por otro lado, todas las afirmaciones que conciernen a los períodos de
crisis o de prosperidad pueden dar lugar a juicios unilaterales. En su compendio
de historia de la Revolución francesa, Mathiez, oponiéndose a la vulgar historia
tradicional, que a priori "encuentra" una crisis coincidente con la gran ruptura
del equilibrio social, afirma que hacia el 1789 la situación económica era más
bien buena en lo inmediato; por lo que no se puede decir que la catástrofe del
Estado absoluto sea debida a una crisis de empobrecimiento. Es necesario
observar que el Estado estaba enfrentado a una mortal crisis financiera y se
planteaba la cuestión de saber sobre cual de los tres estratos sociales
privilegiados debían recaer los sacrificios y las cargas para poner en orden las
finanzas del Estado y del rey. Además; si la posición económica de la burguesía
era floreciente, no era buena por cierto la situación de las clases populares de
la ciudad y del campo, especialmente de aquéllas atormentadas por una miseria
endémica. En todo caso, la ruptura del equilibrio de fuerzas no ocurre por
causas mecánicas inmediatas de empobrecimiento del grupo social que tiene
interés en romper el equilibrio y de hecho lo rompe; ocurre, por el contrario,
en el cuadro de conflictos superiores al mundo económico inmediato, vinculados
al "prestigio" de clase (intereses económicos futuros), a una exasperación del
sentimiento de independencia, de autonomía y de poder. La cuestión particular
del malestar o bienestar económico como causa de nuevas realidades históricas es
un aspecto parcial de la cuestión de las relaciones de fuerzas en sus diversos
grados. Pueden producirse novedades tanto porque una situación de bienestar está
amenazada por el egoísmo mezquino de un grupo adversario, como porque el
malestar se ha hecho intolerable y no se vislumbra en la vieja sociedad ninguna
tuerza que sea capaz de mitigarlo y de restablecer una normalidad a través de
medios legales. Se puede decir por lo tanto, que todos estos elementos son la
manifestación concreta de las fluctuaciones de coyuntura del conjunto de las
relaciones sociales de fuerzas, sobre cuyo terreno adviene el pasaje de éstas a
relaciones políticas de fuerzas para culminar en la relación militar decisiva.
Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar de un momento al otro, y
si es esencialmente un proceso que tiene por actores a los hombres y su voluntad
y su capacidad, la situación permanece sin cambios, y pueden darse conclusiones
contradictorias. La vieja sociedad resiste y se asegura un período de "respiro",
exterminando físicamente a la elite adversaria y aterrorizando a las masas de
reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con
la instauración de la paz de los cementerios y, en el peor de los casos, bajo la
vigilancia de un centinela extranjero.
Pero la observación más importante a plantear, a propósito de todo análisis
concreto de las relaciones de fuerzas, es la siguiente: que tales análisis no
pueden y no deben convertirse en fines en sí mismos (a menos que se escriba un
capítulo de historia del pasado) y que adquieren un significado sólo en cuanto
sirven para justificar una acción práctica, una iniciativa de voluntad. Ellos
muestran cuáles son los puntos de menor resistencia donde la fuerza de la
voluntad puede ser aplicada de manera más fructífera, sugieren las operaciones
tácticas inmediatas, indican cómo se puede lanzar mejor una campaña de agitación
política, qué lenguaje será el mejor comprendido por las multitudes, etc. El
elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y
predispuesta desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que
una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza
tal existe y esté impregnada de ardor combativo). Es por ello una tarea esencial
la de velar sistemática y pacientemente por formar, desarrollar y tornar cada
vez más homogénea, compacta y consciente de sí misma a esta fuerza. Esto se ve
en la historia militar y en el cuidado con que en todas las épocas fueron
predispuestos los ejércitos para iniciar una guerra en cualquier momento. Los
grandes Estados han llegado a serlo precisamente porque en todos los momentos
estaban preparados para insertarse eficazmente en las coyunturas internacionales
favorables y éstas eran tales porque ofrecían la posibilidad concreta de
insertarse con eficacia en ellas.
*Del texto de Antonio Gramsci: NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, SOBRE POLITICA Y EL
ESTADO MODERNO. EL MODERNO PRINCIPE Versión digital
Fuente: www.gramsci.org.ar
Freud:
Arte y cultura
Reportaje a Enrique Pichón Rivière
Revisando algunos materiales del año 1976, encontramos uno de los últimos
reportajes realizados a Enrique Pichón Rivière un año
antes de su muerte y que publicó la revista Crisis en su número 40 de marzo de
ese año. En esa oportunidad el cuestionario hecho a EPR tocó el tema del Arte y
la Cultura en el pensamiento del maestro vienés. Reproducimos aquí textual e
íntegro lo publicado, que en ese número formaba parte de un homenaje a Sigmund
Freud con opiniones de otras personalidades encuestadas.
-De manera implícita o explícita Freud analizó y estudió al hombre como creador
y creación de la cultura. ¿Qué opina usted de tal valoración y de las múltiples
objeciones que recibió el aporte de Freud?
-Reflexionar acerca de la cultura, de su génesis, del origen y el sentido de la
actividad en la que los hombres transforman lo real, no es otra cosa que
elaborar una concepción acerca de la génesis y el sentido de un orden de hechos,
que constituyen -más allá del orden animal- una nueva instancia: lo
histórico-social, lo específicamente humano.
Esta reflexión implicará necesariamente una concepción del hombre y la Historia,
no podrá dejar de expresar una “weltanschaung”, se sustentará en una ideología.
El análisis de la concepción freudiana de la cultura, del hombre en tanto
creador y creación de esa cultura, desnuda con nitidez la ideología freudiana, a
la vez que reabre la cuestión de las relaciones entre ciencia e ideología,
debate que conmovió en los últimos años el campo del quehacer psicoanalítico.
¿Por qué consideramos pertinente retomar este debate? Porque las tesis
freudianas acerca de la cultura, el trabajo, el proceso creador -más allá de la
pregunta por la legitimidad de extender hipótesis que surgen en el contexto
analítico al plano de las relaciones sociales- abren un interrogante cuya
respuesta nos plantea una tarea de crítica y de reformulación de los aportes del
psicoanálisis a la comprensión del sujeto.
El “Malestar de la Cultura”, una obra de gabinete, en la que Freud se aparta del
riguroso itinerario que recorre en su práctica clínica, revela a un pensador
idealista, esencialista, para quien la naturaleza humana se determina -en última
instancia- desde los impulsos instintivos, eternos e inmodificables en su
esencia.
Se “naturaliza” así la agresión, la rivalidad, la hostilidad entre los hombres.
Estos rasgos “naturales” de “lo humano” hablan de una esencia transhistórica que
se expresan en las relaciones sociales y las determinan en su forma.
Esta concepción esencialista, esta naturalización tiene como consecuencia una
inversión en la que los efectos aparecen como causa y las causas como efecto. La
interpretación de la cultura, la interpretación de la praxis del sujeto se
inscribe en el campo de la lucha ideológica. La defensa de los intereses
objetivos de las clases dominantes –uno de los sectores comprometidos en esa
pugna- exige una ocultación, una distorsión de lo real, particularmente de la
realidad histórico-social.
En los últimos años, en nuestro país, algunos psicoanalistas y epistemólogos del
psicoanálisis, influidos sin duda por Althusser -y en el intento de preservar
una práctica- se ilusionan distinguiendo entre el Freud “científico” del
capítulo VII de “La interpretación de los sueños” y el Freud “ideológico” del
“Malestar en la Cultura”, de la misma manera que intentan preservar la teoría
más allá de toda crítica centrando su cuestionamiento en las Instituciones
psicoanalíticas. Cabe preguntarse si el esencialismo freudiano, la concepción
del hombre y la historia que a nuestro entender gobierna toda reflexión
psicológica y que tan claramente se manifiesta en los escritos sociales de
Freud, ¿no se deslizó jamás en la conceptualización de su práctica clínica’, ¿no
tiñó jamás la interpretación de la realidad con que se trabajaba? ¿Es imposible
reconocer al Freud esencialista de “El malestar en la Cultura”, del Freud que
reflexiona acerca de la sexualidad femenina, las fantasías originarias, el
narcisismo primario, la segunda formación de la teoría instintivista?
Pero ese Freud es el mismo del concepto de inconsciente, de la experiencia de la
satisfacción, de los mecanismos del inconsciente, de las leyes de la asociación.
Es el mismo Freud que construyó un bagaje instrumental con el que trabajamos
diariamente en el campo de la terapia y de la prevención transformando
realidades concretas. Es en el interior de la teoría psicoanalítica, en el seno
del pensamiento freudiano donde reside una contradicción entre conocimiento
objetivo y escamoteo ideológico. Es esa contradicción, que se revela en la
práctica clínica, la que nos exige la tarea de crítica, en el intento de fundar
una psicología social, histórica y concreta.
-¿Cuáles considera que fueron las mayores contribuciones de Freud para la
comprensión del fenómeno artístico?
-Freud retoma la llama del romanticismo alemán, la pasión por lo siniestro, por
los sueños, por lo inconsciente. Busca en sí mismo y en sus pacientes las formas
concretas de las imágenes que los fascinaron en los poetas románticos. La
tristeza, el duelo y la culpa ante la muerte de su padre (la tragedia edifica),
como situación existencial, lo lanzan en el camino de este descubrimiento. La
teoría freudiana que desoculta y hace inteligible la dialéctica
consciente-inconsciente permite la emergencia e instrumenta al movimiento
surrealista en formas creativas inéditas y revolucionarias.
Esto sucede más allá de la comprensión de Freud, quien confiesa en una carta a
Breton sus limitaciones para descifrar los elementos que el surrealismo le
brinda. Su negativa al diálogo, que tanto dolió a Breton, se funda en el
sentimiento de estar “muy alejado del arte”.
Pese a ese sentimiento de lejanía, la teoría del inconsciente, en una tarea
arqueológica hace surgir a la luz los mecanismos que rigen la construcción de
las imágenes.
Fuente: www.espiraldialectica.com.ar/FreudPR.htm
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