Imprimir este documento

Dirección general: Lic. Alberto J. Franzoia

 





NOTAS EN ESTA SECCION
Los orígenes ibéricos de la balcanización americana  |  Marxismo, crisis económica y lucha de los pueblos, por Armando Hart Dávalos
Las ciencias y la lógica del mercado, Rubén Dri  |  El Derecho a conocer la Historia, por Norberto Galasso
Carta de Norberto Galasso respondiendo a Halperín Donghi (2008)  |  La insubordinación fundante, por Marcelo Gullo, prólogo y capítulo V
O Uribe o paz, por Emir Sader



VOLVER AL INDICE

Los orígenes ibéricos de la balcanización americana*

Por Néstor Miguel Gorojovsky

El autor nació en Buenos Aires en 1952. Geógrafo egresado de la Universidad de Buenos Aires, ha publicado, en colaboración con César A. Vapnarsky, “El Crecimiento Urbano en la Argentina", en 1990; la obra recibió el Premio Nacional en Geografía. Periodista y analista político internacional, integra el consejo de redacción de la revista Question Latinoamérica y modera la lista de discusión Reconquista Popular. Es secretario general de Patria y Pueblo.

La generación de la independencia hispanoamericana combatió por hacer de todo el dominio español una sola "Nación de Patrias". En ése su objetivo primordial, fue derrotada.

Desde entonces, nuestros países son exactamente eso: países, pero no naciones. Descoyuntados, cada cual es prisionero de una oligarquía orgánicamente opuesta al desarrollo burgués . Países capitalistas, sí, pero coloniales; inermes ante la agresiva intervención comercial, diplomática y militar de Inglaterra, Francia, los Estados Unidos y en general las –ellas sí- grandes naciones burguesas.
Secuela de un fracaso colectivo, dos docenas de celebraciones de Independencia ocultan año tras año que la fragmentación sobreviniente engendra y garantiza nuestro sometimiento semicolonial. Constituirnos en Nación Latinoamericana es un mandato tan potente como angustiosa es la existencia actual de nuestros pueblos.

"Somos un país porque fracasamos en ser una nación", afirma al inicio de su obra cumbre el más conocido historiador de la Izquierda Nacional argentina [RAMOS, 1973: 17]. De este modo tendrían que empezar las historias de todos y cada uno de nuestros países: en nuestra mutua segregación está el secreto de nuestro común desconcierto.

Para superarla hemos de conocer la raíz de nuestro drama. Y esa raíz sólo en parte está en América: empieza con un hecho "europeo", arraiga en la España y el Portugal de la Baja Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Al dejar la cuestión de la unidad ibérica en mera unificación formal, sin eliminar las clases sociales que la impedían o dificultaban, el intento fracasó. Todavía pagamos por ello. Este hecho nos alerta ante las ilusiones de unificar políticamente América Latina sin luchar simultáneamente contra la estructura social que garantiza la disgregación y medra con ella.

La bipartición ibérica como derrota nacional: la verdadera magnitud del problema

El origen de la balcanización, en efecto, se encuentra en el fracaso de los pueblos ibéricos en la tarea que debió haber sido el corolario de la Reconquista: la aniquilación política de la aristocracia y la extinción de los particularismos.

La unidad política de la Península era una revolución, y como tal debía ser efectuada hasta el fin y apoyándose en las clases más modernas y pujantes de esa sociedad. Solo una monarquía absoluta apoyada sobre el campesinado y la plebe urbana -monarquía que quizás hubiera ofrecido a los hidalgos sin herencia un papel equivalente al que la burguesía inglesa dio a los viejos aristócratas- habría podido completarla.
Pero los Reyes Católicos hicieron un reinado bifronte: en parte todavía medieval, sus grandes líneas de avance tienden ya a apuntar hacia el mundo moderno. Cuando vencen a la alta nobleza castellana en la guerra civil por la herencia de los Trastámara, "todo parecía indicar que los castillos destruidos, las tierras señoriales confiscadas y la creación de un ejército nacional iniciaban triunfalmente el período absolutista y pondrían término a la gangrena feudal." [RAMOS, 1968: 16]. Prohiben a los nobles participar de las Cortes, porque no pagan impuestos [RENARD-WEULERSE, 1950: 9]; atraen obreros italianos y flamencos, protegen las manufacturas nacientes, y hasta 1550 florecen todas las industrias textiles; suprimen todos los peajes señoriales y en 1496 lanzan la unificación de las pesas y medidas [ídem: 29-31]. Se prohibe la exportación de oro y plata, se protege la industria naval, se reorganizan los gremios [ELLIOTT, 1980: 114-115].

Pero si bien unieron dos coronas y destruyeron el poder político de la alta aristocracia, no habían unido a los pueblos ni tocado la influencia económica y social de los Grandes. La reorganización económica castellana incluyó la consolidación del latifundio y la supremacía de la ganadería, en especial la trashumante. No lograron aunar las economías castellana y aragonesa. Y habían expulsado, con los judíos, a uno de los sectores más dinámicos y ricos de la comunidad [ídem: 131]

Y si bien al momento de la sucesión la suerte no estaba echada, cuando sobre España se abate la dinastía de los Austria todos fuimos derrotados: ni siquiera logramos mantenernos unidos pese a que, a la caída de Granada en 1492, todo parecía presagiar la feliz culminación de la unificación territorial peninsular y el fortalecimiento del poder central sobre la aristocracia.

El proceso se había iniciado antes del advenimiento al trono de Isabel y Fernando: "La historia de Portugal parecía destinada a fundirse con la de Castilla, antes, y con la de toda España, después. La anexión que en 1580 realizará Felipe II no debe ser considerada como una simple casualidad, y aunque solo durará hasta 1640 parece haberse perfilado a través de las largas vicisitudes de las guerras que durante todo su reinado sostuvo Fernando I (1367-1383) para anexionarse el trono de Castilla; de las hostilidades que Alfonso V de Portugal (1438-1481) desarrolló con el mismo fin contra Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, y de la política matrimonial entre las coronas de los dos países que, entre 1490 y 1518, pareció varias veces a punto de llegar a una conclusión positiva" [ROMANO – TENENTI, 1975; 68]

Pero "bien pronto se advirtió que la nobleza no estaba derrotada [...] En la lucha simultánea contra la nobleza y la burguesía de las ciudades, el absolutismo naciente de los Reyes Católicos encontró un aliado poderoso, al que debió pagar, sin embargo, un tributo fatal: la Iglesia Católica [...] La expulsión de musulmanes y judíos demostró que la unidad de España se realizaba externamente, a costa de su desarrollo económico y social interior [...] Al reducir la unidad española a la pura unidad religiosa, los reyes dejaron en pie los factores internos del particularismo feudal [...] La unidad abstracta consumada con la ayuda de la Inquisición y su hoguera caracteriza el absolutismo real de los Reyes Católicos como un absolutismo místico que multiplicará todos los problemas que pretendía resolver" [RAMOS, 1968: 17-18]

La España burguesa -a la cual el absolutismo debió haber abierto camino- no pudo ser, y en ese "no poder ser" ibérico se encuentra el núcleo de nuestro "deber ser" latinoamericano. En el momento en que la monarquía se encontraba más fuerte que nunca una serie de factores desgraciados le impidieron consolidarse por completo y, ante todo, terminar con el particularismo ibérico.

La Reconquista y el particularismo hispano-portugués

La unidad territorial y estatal de la Península, frágil resultado de enmarañado proceso, estuvo siempre en riesgo de astillamiento súbito. Ya la geografía complica la tarea: si bien tres mares y una abrupta cordillera definen el conjunto con envidiable nitidez, la disposición de los relieves internos, la orientación del curso de sus ríos y los violentos contrastes climáticos tienden a disgregarlo en compartimientos estancos, algo ya entrevisto –pese al escaso conocimiento que tenía de la Península- por Estrabón [1995: 34 (III, 1, 2; C137 en la notación clásica)]; los autores modernos coinciden [véanse, a título de mero ejemplo, ELLIOTT, 1980: 7; VILAR, 1991: 13-15; RENARD-WEULERSSE, 1950: 31 in fine].
En este escenario áspero se desarrolla, y de un modo fundante, el hecho distintivo de la historia ibérica: la invasión árabe de 711 y el recio combate de ocho siglos entre los reinos cristianos del Norte y el poder musulmán instalado en al-Ándalus . La Edad Media hispano-portuguesa lleva la marca de ese enfrentamiento armado.

Gesta medieval por excelencia, el esfuerzo de la Reconquista se organiza a partir de relaciones de vasallaje feudal y pare nobles e hidalgos a raudales . El "hecho espontáneo, fruto de la guerra, es el fraccionamiento de España, no sólo en diversas naciones soberanas, sino también en principados y condados" [OLIVEIRA MARTINS, 1942: 160].

Sin embargo, y paradójicamente, el régimen feudal tiende a implantarse con lentitud; la necesidad de repoblar las nuevas tierras reasegura las libertades del pueblo llano: el campesino castellano, en particular, disfruta de derechos que en el resto de la Europa cristiana ni se sueñan. No se trata de derechos en el sentido burgués, sin embargo, sino en el de los "privilegios" feudales: concesiones particulares que fragmentan a la población según sus fueros específicos.

La demografía y la sociología refuerzan la tendencia; la España Medieval era un abigarrado mosaico etnográfico y cultural. A medida que avanzan sobre el Sur, los reinos cristianos, ya de por sí heterogéneos e inconexos, van incorporando contingentes de moros, moriscos, mudéjares, muladíes, árabes, judíos, beréberes e incluso elementos de origen eslavo [WATT, 1992: 58-62]. Conversos o no, mantendrán sus costumbres por largos siglos.

Especial importancia tienen los mozárabes, que los reyes favorecían incluso por repoblación, suplantando musulmanes: eran "núcleos de población laboriosa y rica... puntos enérgicos de apoyo para contrarrestar las pretensiones de los barones belicosos" [OLIVEIRA MARTINS: 152] . Pero el poder real no se reforzaba proporcionalmente, ya que si bien los mozárabes eran cristianos, desde el punto de vista institucional y cultural se habían asimilado -como es natural- a la atractiva civilización musulmana. La unidad se desleía en la creciente diversidad religiosa, económica y cultural de los reinos; el mismo acto que reforzaba al monarca fortalecía al señor local.

Esperanzas y decepciones: los Reyes Católicos y la alta nobleza

El matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón combina solo las dinastías; la unificación resultante es por lo tanto incompleta y frágil, pero comienza con el sometimiento de los intratables grandes nobles de Castilla y por lo tanto permite abrigar esperanzas de profundización. Aragón, arruinado tras una larga crisis, necesita de Castilla, que está en la plenitud de sus fuerzas. Sobre este acuerdo se constituye la unidad de las casas reinantes. Tras la toma de Granada, quedaba por reunir Castilla-Aragón con Portugal. Recién en 1580, casi un siglo después, todas las coronas se unen en una sola cabeza. Nuevamente, solo era una combinación dinástica, y no la unidad nacional . Pero hubiera podido ser un embate decisivo en ese sentido.

Si no resultó así se debe ante todo a que los Reyes Católicos no atacaron a fondo a esos grandes señores que habían sometido. La vida de Castilla, el motor político y demográfico –si no también económico- de la agregación peninsular, siguió en manos de los derrotados: "el Acta de Reasunción de 1480 se llevó una buena tajada de [los] ingresos [de los Grandes], pero afectó solo a los bienes usurpados después de 1464 y la mayor parte de las enajenaciones de tierras y rentas de la Corona, por parte de los nobles, había tenido lugar antes de esta fecha" [ELLIOTT, 1980: 115].

A principios del reinado de Carlos V, había en Castilla sesenta y dos títulos "cuyas rentas totales ascendían a 1 309 000 ducados" y "veinte títulos más en la corona de Aragón [...] con una renta total de 170 000 ducados". Los repartos de tierras en Granada, las decisiones sobre mayorazgos de las Cortes de Toro (1505) y las alianzas matrimoniales terminaron por diseñar una Castilla donde "el dos o el tres por ciento de la población poseía el 97 por ciento del suelo [...] y más de la mitad pertenecía a un puñado de grandes familias" [idem: 117].
Ya desde fines del ciclo de Isabel y Fernando, esta arcaica aristocracia, súbitamente fortalecida con la riqueza americana y oriental (en el caso portugués, cuya aristocracia ultramarina equivale a la terrateniente castellana) desangra a España y Portugal. Con los Habsburgo, terminan de asfixiarla.

Ciertos autores atribuyen a Carlos V y (en especial) a Felipe II la construcción del primer Estado moderno de Europa Esta afirmación, asentada en aspectos formales (desarrollo de la Corte, crecimiento de la burocracia, etc.), omite considerar la estructura económico-social de los reinos así gobernados . Felipe II no pretende construir una poderosa nación burguesa asentada sobre la Península, dueña de las puertas del Mediterráneo y opulenta de oro americano. Su inmenso Imperio mira al pasado y no al futuro. Es, en este sentido, un retroceso frente a los Reyes Católicos. Momificada en este ambiente reseco, la unificación sin revolución social llega, sí, pero como el abrazo de "dos cadáveres en el camposanto" [OLIVEIRA MARTINS, 1942: 322].

La ruina ibérica bajo los Austrias

Los ingresos provenientes de la conquista americana tomaron a la Península Ibérica de trampolín y saltaron hacia el resto de Europa: "Nos faltaba un desarrollo precapitalista de tipo industrial o comercial", y nada se esbozaba para "retener el dinero americano y transformarlo en verdadera riqueza ... mediante una sabia política económica" resume Palacio Atard [apud GONZÁLEZ DE FAUVE-RAMOS, 1977: 1947: 63-79]. En esto, los Reyes Católicos se mostraron poco previsores: no importaron tejedores para el producto de los lanares merino de Castilla y, en vez de imponer la exclusividad del comercio americano para aragoneses y castellanos, terminaron por favorecer a los comerciantes genoveses. "Muchos de los comerciantes y hombres de negocios de la España del siglo XVI eran extranjeros: los genoveses, sobre todo, dominaban la vida económica del Sur" [ELLIOTT, 1980: 210]. Cabe señalar, en este último sentido, que el propio Fernando de Aragón pasó más tiempo de su reinado en el Reino de Nápoles que en la Península Ibérica.

Como consecuencia de ese enriquecimiento y de la debilidad del incipiente Estado monárquico absoluto, la aristocracia –especialmente la castellana- incrementa súbitamente sus rentas y desata una ola de importaciones: en poco tiempo, "Lila y Arras inundan el reino con sus encajes y sus cueros curtidos; La Forez y el Limousin con sus quincallerías; ... sucumben los trapiches de Andalucía y las fábricas de loza de Talavera" [RENARD-WEULERSE, 1950: 37].

La alta nobleza se fortalece aún más frente a la burguesía, que tras la derrota de las Comunidades de Castilla se demuestra impotente ante el vendaval: "El incendio de Medina del Campo el 21 de agosto de 1520 transformó la situación en Castilla. La destrucción del mayor centro financiero y comercial del país provocó una oleada de indignación" que amplió y profundizó el movimiento, pero como bien dice Elliott "era un mal presagio que la recién hallada unidad fuese solo producto de un brusco estallido" [162].
 

Por su parte, relatan Renard y Weulerse, las "Cortes de Aragón y de Castilla, que no hubieran tolerado en absoluta la presencia de un negociante en su seno, no se cuidaban más que de una cosa: asegurar el bajo precio de las mercancías necesarias para mantener medianamente el lujo de sus miembros... [A] riesgo de destruir una de las más importantes industrias del reino, prohiben la exportación de paños finos... [B]ajo Carlos V consiguen hacer suspender, pura y simplemente, la fabricación, para obligar a los mercaderes a importarlos de Flandes. Estos fanáticos del patriotismo religioso y militar parecían en materia económica desconocer el interés nacional: sin querer oír razones... prefieren las telas holandesas, los tapices de Bruselas, los manteles de Amberes, los brocados de Florencia, la pasamanería de París, las panas de Tours, todas las baratijas de Francia... La industria lanera, que parecía la más sólida, es la primera afectada".

Ya a fines del siglo XVI "las tejedurías de Cuenca se reducen a la nada; Sevilla... no tiene más que 400 telares, y la cifra se reducirá pronto a 60; la cantidad de lana tejida en el reino ha disminuido en cuatro quintas partes". Hacia 1640 "en el conjunto de los envíos de manufacturas con destino a México y Perú, los productos extranjeros figuran en la aterradora proporción de nueve décimas partes... El oro y la plata del Nuevo Mundo no hacen más que pasar a través de España" [págs. 36-37]

La burguesía que había difundido el castellano como idioma comercial en el resto de Europa permitía señalar "magníficas perspectivas para el desarrollo en Castilla de un dinámico elemento 'capitalista' que –como su contrapartida en Inglaterra y Holanda- hubiera podido imponer gradualmente al resto de la sociedad sus ideales y valores". Pero, vencida política y militarmente por una dinastía volcada al pasado y que se apoya en los grandes aristócratas, no resiste el aluvión de mercancías extranjeras y la violenta revolución de los precios.

Así, "gran parte de la responsabilidad del fracaso económico de Castilla debe ser buscada a un nivel superior al del empresario: en el plano del Gobierno y no en el del hombre de negocios. Muchas de las deficiencias del Gobierno deben ser atribuidas en realidad a los fracasos del Consejo de Hacienda. Sus miembros, carentes casi todos de una experiencia personal en el campo de los asuntos comerciales y financieros, no hicieron ningún esfuerzo por elaborar un programa económico coherente o por meditar acerca de las consecuencias para la economía castellana de la adquisición del imperio americano [ELLIOTT, 1980: 211].

La nueva casa reinante será en sí misma un mazazo fatal que aplastará definitivamente a las fuerzas dinámicas de la sociedad peninsular: comerciantes, artesanos, navegantes, labradores y agricultores independientes, esa masa plebeya de la nación en ciernes. Dominadas por los Austria, Castilla y Aragón pasan a ser piezas de un ajedrez extraibérico que agota sus recursos, sin favorecerlas. Mientras que a principios del siglo XVI "aparece Alemania enteramente dividida y no sin razón se llama entonces las Alemanias [...] unida a España bajo Carlos V, puede retomar el sueño imperial de una hegemonía universal" [RENARD-WEULERSE, 1950: 12].

Hijo de semejante medio, lejos de haber sido "español", Carlos V fue un partidario fervoroso del cosmopolitismo universal del medievo europeo: "su acción de conjunto no podrá llamarse española; será verdaderamente imperial, europea. Carlos nació europeo. En sus treinta y dos ascendientes directos hay una sola rama germánica [...] por lo demás, Castilla, Valois, Aragón, Borbón, Visconti [...T]uvo en común con los soberanos de la Edad Media el hecho de ser un rey itinerante, continuamente de viaje [aunque] a escala europea." [ROMANO-TENENTI, 1975: 68]

Antiespañolismo estratégico y cultural

Paladines de la Contrarreforma, los Austria despeñan a sus súbditos en el abismo de la guerra santa . Si por su parte los Habsburgo de Europa Central imponen el más horrendo régimen servil sobre las masas campesinas derrotadas en la Montaña Blanca (1627), al punto que "el campesino no existe más que para el señor" [RENARD-WEULERSE, 1950: 359], sus parientes españoles invierten el papel cultural jugado por la Península Ibérica: el gran reino se aparta por completo del desarrollo de las ciencias y la filosofía burguesas que, paradójicamente, había sido el primero en promover .

Todos los autores coinciden en que tras el pasaje agostador de los primeros Austria, se ha paralizado el impulso histórico: España y Portugal se apagan; su técnica y su cultura quedan prisioneras de una clerecía escolástica e improductiva. Se cierran talleres y despueblan ciudades. Ramas íntegras de la producción se desvanecen. Se le suma a esto la dictadura de los frailes, tributo inmenso y final que se paga a la liquidación de los particularismos locales por mecanismos burocráticos: en este caso la unificación religiosa.

Las raíces sociales del Quijote

Para los tiempos de la unificación peninsular, el contraste entre sueño y realidad no podía ser más amargo: "En el siglo XVII, el hambre había llegado hasta los palacios: la embajadora de Francia en Madrid en esa época dice haber estado con ocho o diez cortesanos que desde hacía tiempo no sabían qué era comer carne. Se moría la gente de hambre por las calles" [ídem: 91].

En los campos, a la hambruna se suma la peste. De 1599 a 1601, "el 'hambre que sube de Andalucía' enlaza con 'la peste que baja de Castilla': la peste bubónica, la más terrible, aunque esta vez no viene del Mediterráneo, sino que surge simplemente, nos dice el doctor [Cristóbal Pérez de] Herrera, 'entre los pobres desprovistos de todos los medios de vida ... Destruye en España la mayor parte de ella', sobre todo en la España interior" [VILAR, 1964; 431 passim; apud GONZÁLEZ DE FAUVE-RAMOS, 1977.]

España y Portugal ven impotentes cómo se menoscaba su posesión colonial, se extinguen sus sementeras y se evaporan sus talleres: los adalides del catolicismo se ven obligados a adquirir préstamos, telas, calzados y vituallas a los mismos herejes protestantes que hacen arder –no sin réplicas equivalentes, dicho sea de paso- en las hogueras de la Inquisición. Supremo símbolo de una política, "hasta la cera usada en las iglesias se hace venir de Inglaterra, de Holanda o de Marruecos por intermedio de mercaderes franceses" [RENARD-WEULERSE, 1950: 38] ¡Aún los cirios de la Contrarreforma, bajo la estulticia lúgubre de los Habsburgo españoles, enriquecen a los apicultores luteranos y calvinistas!
La unidad en sí misma, despojada de contenido plebeyo, se revela cuando menos inútil. Políticamente, desaparecen el artesanado urbano, el campesinado independiente y la burguesía que tanta importancia habían tenido bajo los Reyes Católicos. Sus últimos representantes, los agermanados (hermandades) de Valencia y las comunidades castellanas, se alzan en 1519; los comuneros de Castilla son aplastados en Villalar (batalla del Puente de Fierro), el 23 de abril de 1521. Los agermanados de Valencia caen con la ciudad el 3 de marzo de 1522. Esta derrota de las últimas resistencias populares nos coloca ya en el país del Buscón y del Lazarillo.

Más aún: España ya está madura para producir el Quijote. Aplastada la rebelión burguesa, es la hora de los tecnócratas; se trata de los arbitristas, cuya imposible tarea es mantener la unidad y la potencia ibérica sin tocar su estructura social. El mundo irreal en que devanan sus ilusiones y remedios constituye la base material de la gran novela cervantina, obra del "tiempo en que España va a confrontar sus realidades con sus mitos, para reir o para llorar" [VILAR: ibíd.]

Portugal: de la paz de Westfalia al tratado de Methuen

Si la palabra grandeza representa a la España del Siglo XVI, a partir del siglo XVII la que mejor la describe es desmedro. La unificación, última oportunidad que le brinda la historia a los pueblos peninsulares, llega cuando ya no hay cómo sostenerla y, por lo tanto dura escasos sesenta años. En 1640, Cataluña y Portugal se rebelan al unísono contra Madrid.

Al final de las guerras sobrevinientes, Barcelona pierde Carcasona y Narbona, pero se mantiene en el seno de España. Portugal, en cambio, logra su libertad. ¿Libertad? ¿De quién y para qué? En estricto rigor, queda libre de un gran destino. Esa "independencia" portuguesa de 1640 es una gran derrota del mundo ibérico en su conjunto. Expresa la decadencia de ambos países, donde "el rufián y el pícaro son ahora los genuinos sucesores del héroe y del soldado" [OLIVEIRA MARTINS, 1942: 329].

Si la exangüe España intentaba terciar aún de igual a igual en una Europa que ya la despreciaba, Portugal ni siquiera se ilusiona.
Bajo el comando del gran Enrique el Navegante, sus marinos habían doblado y rebautizado el cabo de las Tormentas, a partir de entonces cabo de Buena Esperanza. En 1498, Vasco da Gama se hace conducir a Malabar. En Omán (postrer intento por sostener su predominio en el comercio de especiería) Venecia hace lanzar contra los portugueses las flotas egipcias; de resultas de su victoria, "los portugueses reinarán como señores en las aguas de las Indias" [RENARD-WEULERSE, 1950: 48]

Lisboa "la Grande" destrona a la Serenísima. Se convierte en "la ciudad encantada de Occidente". Pero esta riqueza comercial, hija del tráfico lejano, no se distribuye por el reino de Portugal. Basta con cruzar el Tajo, ir al Alemtejo, para encontrarse con un semidesierto; manadas de lobos vagan por todo el reino. A fines del siglo XVI, la población cae de dos millones a uno [ídem: 49]. La introducción de la esclavitud rebaja aún más la condición de los campesinos, que refluyen hacia las ciudades.

Progresivamente, los portugueses abandonan la distribución de los cargamentos exóticos de Oriente. Inicialmente llegaban a acarrearlos hasta Amberes. Posteriormente, esperan en Lisboa a quienes los vendrán a buscar: los holandeses, que al mismo tiempo traen las manufacturas que se compran con el resultado de la venta de los productos coloniales. Quedan en manos extranjeras, así, los ingresos engendrados por esclavos africanos, especias de Indias y azúcar americano [ídem: 50]. Menos belicoso que Madrid pero también pésima administradora de sus riquezas, Lisboa se ahoga en el goce de las rentas del comercio lejano : "desde fines del siglo XVI, vive como un parásito de un pasado cuyo esplendor exagera... Estancadas las fuentes asiáticas... continuó suponiéndose el Portugal lleno de opulencia de Don Sebastián vivo,... ilusionándose con una mística imperialista ya sin base" [FREYRE, 1943: II, 14-15].

La unión con Castilla-Aragón ("España"), no le abre nuevas perspectivas. Antes bien, cierra las que tenía: los holandeses se lanzan sobre las colonias portuguesas, mal defendidas. La expulsión de los judíos lleva "a todo el mediodía de Europa, a Holanda, a Francia, los capitales de que disponen. La Inquisición ... irrita a los indígenas que persigue; el celo indiscreto de los misioneros suscita rebeliones y guerras; es así cómo en 1637 los portugueses son expulsados del Japón... Y en la metrópoli, el lujo religioso absorbe la mayor parte de los tesoros acumulados por el gobierno" [RENARD-WEULERSE, 1950: 51]

En 1675, Ribeiro de Macedo, un economista portugués "admirable de intuición y de buen sentido" comprende "que [...] aun siendo dueño de las Indias y del Brasil, con su improductividad de nación simplemente comercial, se tornó en un mero explotador y transmisor de riquezas" [FREYRE, I: 96]. Escribe, con evidente amargura: "será de extranjeros la utilidad que nuestra industria descubrió en [las colonias] y nuestro trabajo cultivó, y vendremos a ser en el Brasil unos capataces de Europa, como lo son los castellanos, que para ella arrancan de las entrañas de la tierra el oro y la plata" [Sobre a introducção das Artes, en Sergio, Antonio: Antologia dos Economistas Portugueses. Lisboa, 1924. Apud FREYRE: ibíd.] Pocos años después, el descubrimiento del oro coloca a Minas Geraes en el centro del imperio americano de Lisboa y lo asemeja más aún al español, centrado en el oro mejicano y la plata potosina .

Con la paz de Westfalia (1648), el fin de las guerras de religión consuma la derrota global del mundo ibérico. Madrid seguirá combatiendo por largos lustros para retener a Portugal, pero sin resultado.

Inglaterra y Francia han vencido; a partir de ahora, arruinados, los Estados peninsulares se reducen por un siglo a comparsa de enfrentamientos ajenos, cuando no a reñidero de gallos de Europa: con la Guerra de Sucesión española la parábola descendente alcanza su extremo inferior.
Y lo hace tanto para Madrid como para Lisboa: es con ocasión de esa guerra que en 1703 un enviado de Inglaterra, John Methuen, celebra un tratado entre su gobierno y el portugués que se hará célebre como paradigma de iniquidad.

El primer acuerdo semicolonial impuesto a un pueblo ibérico

Tan oprobioso es el acuerdo que ni siquiera se lo conoce –como es de estilo- por el nombre del lugar en que se lo lleva a cabo. Es, simplemente, el "tratado de Methuen", y no hace sino encubrir la derrota de Lisboa: el país deja, definitivamente, de ser sujeto de sí mismo, y pasa a ser objeto de las luchas entre Londres y París.

Su articulado, de 1703, abre a Portugal el camino para traicionar a la misma Francia con cuyo concurso se había "liberado" de la dominación española. A cambio, lo somete a las necesidades británicas, al promover explícitamente el comercio en textiles (ingleses) por vino (portugués) .
Este verdadero arquetipo de tratado semicolonial rigió hasta 1831. Durante ese lapso, Londres privilegia arancelariamente los caldos del Duero por sobre los de Francia y Alemania, mientras que Portugal hace lo propio con los productos industriales ingleses, en particular los tejidos de lana.

Irónica "libertad", la que obtiene Portugal en ese fatídico siglo XVII: ¡la de carecer de hilanderías! Frontera por medio, la Mesta destruye sembríos en España para dar paso a las majadas trashumantes, pero el tratado impide a los portugueses beneficiarse directamente de ese privilegio señorial que arruina campesinos españoles. La lana española no pasa a Portugal, que está a tiro de piedra: se exporta y retorna, ya tejida y por vía de Londres, a Lisboa. Ya tenemos prefiguradas aquí las dos docenas de "naciones" latinoamericanas que –bajo un multilateralismo ficticio- comercian unilateralmente con una o dos grandes potencias en lugar de hacerlo con sus vecinos.

Ni siquiera el comercio de vinos queda en manos portuguesas. Del mismo modo que los factores de la Casa de Contratación sevillana eran básicamente extranjeros, poderosos mercaderes ingleses se establecen en Oporto. Desde allí comienzan a exportar un triste jarabe conocido como "vino de Oporto", que barre en Inglaterra al muy superior vino francés, gracias a la preferencia arancelaria: la burguesía inglesa siempre supo ver dónde estaba su negocio: era literalmente un mal trago, pero pagaba muy bien.

Bajo el comando británico se arruina toda perspectiva de desarrollo portugués independiente; la industria se desvanece en un horizonte ocluido y Lisboa cristaliza como barraca comercial, intermediando entre el Imperio lusitano y Europa del Norte. Se constituye así una relación colonial con independencia aparente –quizás el primer caso de vínculo semicolonial- que David Ricardo usará como ejemplo privilegiado de su hipótesis sobre las "ventajas comparativas" y los beneficios del librecambio.

Los orígenes entreguistas de la aristocracia portuguesa Como se ve, en el origen de la balcanización no solo se encuentra la aristocracia castellana y el régimen de los Habsburgo. Con estos antecedentes anglómanos se inicia la aristocracia divisionista que, apenas nacida, condenó a Portugal al triste rol de patio trasero de Inglaterra. En América, nuevamente de la mano de Su Majestad Británica, cumplirá el mismo papel.
A lo que aquí reseñamos apretadamente conviene agregar la opinión que daba Ramos en 1968, en su Historia de la Nación Latinoamericana: "En pago del apoyo brindado por el gobierno británico a la salvación de la familia real portuguesa, los Braganza firman en 1810, desde Río, un tratado con Gran Bretaña. Según Canning, por ese acuerdo los ingleses 'recibían importantes concesiones comerciales a expensas del Brasil' en cambio 'de los beneficios políticos importantes conferidos a la Madre Patria'. El más desenfrenado librecambio queda instaurado" [1968: 258].
Y: "la anglofilia general de la Corte Imperial no significaba en modo alguno que los Braganza no persiguiesen sus propios fines en América", pero "cuando estos fines chocaban con la política inglesa, eran generalmente desechados" [259]. En realidad, el "propio Brasil se convirtió en una punta de lanza británica contra el resto de la nación latinoamericana, mientras ésta era empujada por el mismo amo imperial contra el Brasil" [256]. Son extremadamente sugerentes los apartados 10 a 13 del Capítulo VIII [255-262].

Más adelante: "el parasitismo social del régimen esclavista... dejaba tan flojos los lazos del Imperio que toda la historia del Brasil se convertía en una aventura constante tendiente a la escisión de las partes que lo constituían. Muy diferente del carácter centralizador de las monarquías europeas absolutas, el Imperio transmitió a la República brasileña esa debilidad orgánica... La unidad brasileña careció siempre de bases sólidas; el secreto es preciso buscarlo en su estructura social: en la ausencia de un centro capitalista unificador. el resultado ha sido la importancia adquirida por el regionalismo económico y político y el papel excesivo jugado por algunos Estados brasileños en el conjunto de la vida nacional" [434].

Para el gran historiador de la Izquierda Nacional, evidentemente, atribuir a la "burocracia imperial brasileña" un patriotismo especial es, cuando menos, un exceso. Las raíces son incluso más hondas que lo resumido por Ramos. Una opinión convergente, en nuestros días, presenta el equipo que, dirigido por César Benjamin, redactó el interesante ensayo titulado A opção brasileira. Particular utilidad presentan, a nuestros fines, los análisis que se hacen sobre la relación entre esclavitud y debilidad del Estado [BENJAMIN, 2002: 75 sgtes.]
En Casa grande y senzala (1943: II, 25 sgtes.) Gilberto Freyre señala que si Portugal no se incorpora a Castilla se debe al "cosmopolitismo comercial, la finanza, el mercantilismo burgués" engendrados por el tráfico portuario (hay pruebas de que ya a principios del siglo XIII los navegantes portugueses llegaban a Flandes, Inglaterra y Levante)". Según Freyre, quien sigue aquí a Antonio Sergio, esta tenaz repulsión a la unidad se debió a la presencia de "elementos extranjeros de diversos orígenes" que se asentaban allí "donde el comercio del norte de Europa se encontró con el del Mediterráneo".

Esta burguesía medieval urbana y navegante, más prematura que precoz, sirvió de apoyo a la corona frente a la aristocracia. Se apoyaba en la aventura comercial ultramarina, pero no impulsaba el desarrollo de las industrias y artesanías locales.
Es que una burguesía comercial especializada en el tráfico de ultramar no es por sí misma garantía de desarrollo capitalista autocentrado. Necesita para ello un vínculo orgánico con aquellas clases sociales que, localmente, participan de la producción material directa de los bienes necesarios a la vida humana. Esto estaba completamente ausente del Portugal del siglo XVI. Por el contrario, como observa Guicciardini [FREYRE, cit: 78], "[l]a pobreza es grande y... proviene... de la índole de sus habitantes, opuesta al trabajo; prefieren enviar a otras naciones las materias primas... para comprarlas después".

Así, "Portugal, que había llegado a exportar trigo a Inglaterra, tornóse en su etapa mercantilista, el importador de todo cuanto necesitaba para su mesa, menos la sal, el vino y el aceite" [ídem: 85] Un empobrecimiento alimentario se suma al abandono de la agricultura común a las Españas y proviene de "la monocultura estimulada en Portugal por Inglaterra a través del tratado de Methuen" [ídem: 88]
De este modo, el atraso agrario, la nostalgia del imperio ultramarino y la orientación extrovertida de la vida portuguesa le impiden aprovechar, entre 1580 y 1640, la unión de las dos coronas peninsulares. Se abren a esa burguesía, potencialmente, las puertas de toda la península (y a sus colonos americanos, el camino pacífico hacia el Plata, que varios llegaron a emprender). Pero no las puede aprovechar.
Después de Villaviciosa, todo estaba listo para la intervención británica, que se cumplió a la perfección. La decadencia final se revela con toda su profundidad cuando los avances de la navegación van mermando el interés en la desmedrada escala lusitana. Inglaterra, por otro lado, ya dispone de suficientes bases mediterráneas como para desentenderse de su suerte.

El rebote americano de la gran derrota

España tardará casi tres siglos en recuperarse. Portugal se convierte en una dependencia británica con ínfulas de grandeza.
En América se abre una fatal hendidura entre los dominios de las dos coronas. Una larga guerra (civil, pero aparentemente "internacional") hinca sus talones en la frontera viva castellano-lusitana . Los avatares de esta permanente fricción fronteriza estuvieron íntimamente ligados a los esfuerzos británicos por destruir las últimas chispas de energía que restaban aún en los imperios peninsulares... ¡como si éstos no hubieran tenido ya bastante con Juana la Loca, Carlos V, Felipe II y los primeros Braganzas!

De preferencia, estos afanes privilegiaron el enfrentamiento entre los dos países ibéricos antes que la intervención directa de Londres. Siempre fieles a sus métodos, las clases dominantes de la Isla supieron usar la disensión ajena en provecho propio (por ejemplo, obtienen para sí un asiento de negros en Buenos Aires –nido de contrabandistas, en realidad- gracias al conflicto hispano-portugués por la Colonia del Sacramento).
Esto no era un mero efecto de habilidades personales. Grandes dirigentes y políticos los hubo también en Portugal y España. Pero entre las décadas finales del siglo XVI y las del siglo XVIII , los dos países se anonadan bajo la masa abrumadora de sus arcaicas estructuras políticas, económicas y sociales; mientras tanto, Holanda, Inglaterra y Francia modernizan y fortalecen las suyas, ganando vuelo y audacia. En el vasto teatro de operaciones americano, la pugna por asuntos locales cada vez responde menos a los intereses peninsulares y más a la lógica impuesta por las nuevas potencias mundiales.

La balcanización vino desde Europa: la derrota de las fuerzas revolucionarias de la Península la hizo inconmovible, y en América se tornó llave maestra de nuestro sometimiento. La unidad no fue duradera porque mantuvo el poder de las clases que se le oponían. La victoria del pasado, condensada en la continuidad de las estructuras sociales heredadas, impidió aventar las raíces sociales del desmedro. La unidad es revolucionaria, pero una unidad formal que, sin masas en acción conciente, renuncie a doblegar a las clases sociales que viven del mutuo extrañamiento de nuestros pueblos, será en América tan fantasmal y elusiva como lo fue en Europa cinco siglos atrás.

* El presente texto forma parte del primer capítulo de la "Geopolítica de la Industrialización de América Latina" que está preparando el autor. Deseamos dejar constancia, en la presente versión, que al momento de redactarlo no teníamos a nuestro alcance un texto fundamental para tratar el tema, "La España que conquistó el Nuevo Mundo", de Rodolfo Puiggrós. En la versión final y definitiva corresponderá hacerle justicia; tomando abundantes de elementos de ese trabajo, insoslayable para quien tenga interés en conocer la dialéctica entre Medievo y modernidad que caracteriza todo el momento, tanto en la Península Ibérica como en América, y la relación entre esa dialéctica y la balcanización.
La presente versión fue publicada por vez primera en la revista “Política”, año 1, número 1.

BIBLIOGRAFÍA

Amin, Samir. El desarrollo desigual. Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986.
Benjamin, César, Ari José Alberti, Emir Sader, y otros. A opção brasileira. Rio de Janeiro, Contraponto, 2002.
Elliott, J.H. La España Imperial, 1469-1716. Barcelona, Vicens Vives, 1980.
Enea Spilimbergo, Jorge. La cuestión nacional en Marx y otros ensayos políticos. Buenos Aires, Fondo Editorial Simón Rodríguez, 2003.
Estrabón. Geografía (Hispania y Galia). Barcelona, Planeta-de Agostini, 1995.
Freyre, Gilberto. Casa-Grande y Senzala. Formación de la familia brasileña bajo el régimen de economía patriarcal. Buenos Aires, Emecé, 1943.
González de Fauve, María Estela; Norah Beatriz Ramos (compiladoras). Historia de España. Lecturas. Segunda parte. Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1977.
Hale, J.R. La Europa del Renacimiento, 1480-1520. Madrid, Siglo XXI, 1973.
Hoppe, Hans-Hermann. Democracy: the God that failed. The economics and politics of monarchy, democracy, and natural order. New Brunswick (USA) and London (UK), Transaction, 2002.
Oliveira Martins, J.P. Historia de la civilización ibérica. Buenos Aires, El Ateneo, 1942.
Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la nación latinoamericana. Buenos Aires, A. Peña Lillo, 1968.
Ramos, Jorge Abelardo. Las masas y las lanzas. Buenos Aires, Mar Dulce, 1973.
Renard, G.; G. Weulerse. Historia económica de la Europa Moderna. Buenos Aires, Argos, 1950.
Ribeiro, Darcy. O povo brasileiro. A formação e o sentido do Brasil. São Paulo, Companha das Letras, 1999.
Romano, Ruggiero; Alberto Tenenti. Los fundamentos del mundo moderno. Edad Media Tardía, Renacimiento, Reforma. Madrid, Siglo XXI, 1975.
Vilar, Pierre. Historia de España. Barcelona, Crítica, 199
Watt, Montgomery. Historia de la España islámica. Barcelona, Cambio 16, 1992.

NOTAS

1 La "burguesía" del modelo que describe Carlos Marx en El Capital está históricamente justificada porque necesita ampliar permanentemente la escala de producción como condición de su propia supervivencia. Pero no toda clase dominante de una formación económico social perteneciente al modo de producción capitalista es, necesariamente, una burguesía en ese sentido. A estas clases sociales solo se las puede denominar como "burguesías" en un sentido descriptivo, pero no en sentido estructural. Son lo que en América Latina se ha dado en llamar "oligarquías". [ENEA SPILIMBERGO, 2003: 96; vid. sp. n. 8
2 Para ser precisos, la Reconquista propiamente dicha se extiende hasta la batalla de las Navas de Tolosa, a principios del siglo XIII. Pero la fecha convencional de su término la sitúa a fines del siglo XV.
3 "A fines del siglo XVII España contará con 625 000 nobles, cuatro veces más que los que poseerá jamás la sociedad francesa, cuatro o cinco veces más numerosa, sin embargo; y cuando entonces se deciden a proclamar que la industria no degrada, es demasiado tarde (1682)... En 1669, [l]a población total del reino ha quedado reducida a cinco millones [RENARD-WEULERSE, 1950: 33,45]. La fecha del dato es de pleno Barroco, pero la comparación con el caso francés, tan conocido por la sobreabundancia de nobles, revela tendencias que ya regían en el Medievo.
4
Sobre el papel disgregador de las marcas y baronías guerreras del Medievo baste señalar el cumplido en Inglaterra por los marqueses del confín galés, en Alemania por los señores de la marca oriental (Öster-reich, Austria), etc.
5 Aragón, por otra parte, tenía una estructura confederal:  centrada en Cataluña, Valencia y las Baleares eran sin embargo muy celosas de sus autonomías.
6 Las coronas de Castilla y Aragón, además, tenían intereses extrapeninsulares y centrífugos, especialmente los aragoneses, quienes se orientaban hacia posesiones en el Mediterráneo central y oriental  (Mallorca llega a ser independiente por un corto período).  Castilla, que inicialmente concentraba su potencia dentro de la Península, llega a las Canarias y pronto se ve lanzada a la inmensa aventura del Nuevo Mundo.  Las burguesías catalana, valenciana y mallorquina estarán excluidas de América hasta el siglo XVIII. 
8 Aún sin entrar en esos detalles, un análisis pormenorizado de las instituciones de tiempos de los Reyes Católicos demuestra cuánto tenían aún de fragmentación medieval [ELLIOTT, 1980: 77-87], y se descubre en el famoso afán burocrático de Felipe II una aversión profunda al contacto humano y a tomar decisiones más que la voluntad de construir un Estado moderno.
9
Pierre Vilar llega a definir al imperialismo español de esos años como la "etapa superior del feudalismo".  La frase viene de Lenin, quien definió el imperialismo contemporáneo como la "etapa superior del capitalismo", y nos parece muy acertada.  En ambos casos se trata de prorrogar un régimen atrasado, que cruje por todas sus articulaciones.  El intento de los Austria de permanecer en la Edad Media fue tan decadente y atroz como la actual "globalización".
Los Habsburgo encarnan, ya desde fines de la Baja Edad Media, cuanto de atrasado y de siniestro puede tener una clase dominante de Europa.  No es una casualidad que entre los panegiristas contemporáneos del imperialismo globalizador se puedan encontrar defensores acérrimos de ese Imperio multinacional y semifeudal centroeuropeo que nutrió por siglos a su rama principal (HOPPE, 2002:  "Introduction", págs.  xi-xxiv).  Se trata, en ambos casos de las fases terminales de un modo de producción:  el tributario-feudal para los Austria, el capitalista hoy.
El gasto suntuario de la aristocracia y la exacción de banqueros e intermediarios, ajenos al país o indiferentes a su destino, dejan en España una fracción mínima de los ingresos americanos ¡y la Corona la malgasta en combatir turcos o perseguir protestantes!  Esto afecta incluso al momento más glorioso de la España imperial: la batalla de Lepanto, completamente innecesaria desde el punto de vista español estricto. Eso sí, a la casa de Austria le asegura las fronteras imperiales en el Oriente austrohúngaro y apoya a Venecia, la única verdaderamente beneficiada.  Para Soldevila, nada le rindió a España;  Braudel, que valora su importancia para el resto de Europa, no puede ocultar que se trata de una batalla ajena al interés español.  La política de los Austria, aún en este caso supremo, se revela completamente antiespañola  [Ambas citas pueden consultarse en la posición web http://www.mgar.net/var/lepanto.htm]. José Ramón Cumplido Muñoz [http://www.revistanaval.com/armada/batallas/lepanto.htm], amén de resaltar la similitud ideológica (aunque con signo cambiado) entre el otomano decadente Selim y el católico reaccionario Felipe II, coincide en las apreciaciones antedichas.
10 Isabel "gozaba de una reputación europea por su protección a la ciencia ... existía en el país una inquietud intelectual y un afán por los contactos culturales con el extranjero ... La España de Isabel y Fernando era una sociedad abierta, interesada por las ideas extranjeras y dispuesta a aceptarlas.  La creación de la Inquisición y la expulsión de los judíos fueron sendos pasos hacia atrás, pero al mismo tiempo resultaron insuficientes para desviar a España de su viaje de exploración más allá de sus fronteras."  [ELLIOTT, 1980: 132-135;  confer PALACIO ATARD, 1947:  63-79; apud GONZÁLEZ DE FAUVE-RAMOS, 1977].
11 Adoptamos la definición de Samir Amin, que no alude al tiempo de travesía sino a que se trata de comercio entre formaciones económico-sociales que ignoran los costos relativos de producción de los bienes transados.  Este comercio, lejos de oponerse a las formaciones precapitalistas es uno de sus componentes estructurales:  "no es un modo de producción, sino el modo de articulación de formaciones autónomas... relaciona sociedades que se ignoran, es decir, productos cuyo coste de producción en la otra desconoce cada una de las sociedades, productos raros, no sustituibles... jugará un papel decisivo cuando el excedente que las clases dominantes pueden obtener de los productores dentro de la formación se vea limitado, debido al nivel de desarrollo menos avanzado de las fuerzas productivas y condiciones ecológicas difíciles, o bien a la resistencia de la comunidad aldeana.  En este caso, el comercio lejano permite, en beneficio del monopolio que autoriza, la transferencia de una fracción del excedente de una sociedad a otra"  [AMIN, 1986: 12-13].
12
Como bien explica Ribeiro en O povo brasileiro, "o Rio de Janeiro nasce e cresce como o porto das minas.  O Rio Grande do Sul e até a Argentina, provedores de mulas, se atam a Minas, bem como o patronato e boa parte da escravaria do Nordeste.  Tudo isso fez de Minas o nó que atou o Brasil e fez dele uma coisa só" [153]. La demanda de las minas auríferas apiñadas en torno a Ouro Preto obra como centro unificador dinámico de las posesiones lusitanas en Sudamérica.  El fenómeno es idéntico al del Alto Perú en los colindantes virreynatos y presidencias españolas.
13 Methuen sabía perfectamente cómo someter un pueblo al coloniaje.  Entre 1697 y 1703 se había desempeñado como Lord Chancellor of Ireland, el cargo judicial más alto de la Irlanda oprimida por la soldadesca y los terratenientes ingleses.
14 La Mesta era una organización de grandes ganaderos ovinos que gozaba de múltiples privilegios, incluido el de libre pastaje a lo largo de las "cañadas" por las que llevaban sus haciendas en dirección a Bilbao.  Eje de la economía tardomedieval castellana, la exportación de lana merino se convirtió así en la principal apoyatura de la Corona y en el factor inicial de la unificación del Estado castellano (debemos esta apreciación a una comunicación personal del Dr. Roberto Ferrero).  Este hecho explica tanto la consideración de Fernando e Isabel hacia la alta aristocracia como la incapacidad de las burguesías (especialmente de Castilla la Vieja) para orientar la acción unificadora en un sentido más moderno.
15
Abarcaba el sur y sudoeste de lo que hoy es el Brasil, y en especial el medio millón de kilómetros cuadrados que coinciden, aproximadamente, con los actuales Estados de Santa Catarina y Río Grande do Sul. 
Con la independencia portuguesa se detiene el ingreso lento pero pacífico de súbditos de Lisboa a las Indias castellanas (en particular al Río de la Plata), y en cambio recrudecen la expansión militar hacia el Plata y los ataques bandeirantes sobre las Misiones.  Sin ella, no habría sido impensable un imperio ibérico en América del Sur cuyo frente pacífico tuviera orientación castellana mientras que en el Atlántico predominaba la influencia portuguesa:  durante todo este período Buenos Aires se "abrasileñiza" notablemente.
16 Salvo las tres o cuatro décadas finales, dominadas por el despotismo ilustrado;  éste revivió a los dos países y en el caso español la Ilustración nutrió a los intelectuales revolucionarios de principios del siglo XIX, directamente o a través de sus maestros.

Descargar artículo en formato doc


Politología

Marxismo, crisis económica y lucha de los pueblos

Por Armando Hart Dávalos

(Cubarte).- Los más recientes indicadores de la economía norteamericana reflejan el agravamiento de problemas que desde hace algún tiempo vienen preocupando a economistas y políticos en todo el mundo.
El debilitamiento del dólar frente a otras monedas como el euro, el yen; la crisis en el sector hipotecario y el aumento del precio del barril de petróleo hasta sobrepasar límites históricos han incrementado los augurios acerca de una recesión en Estados Unidos. Resultan significativos los de David Walter, contralor general, referidos al alarmante desequilibrio fiscal que pudiera conducir a una explosión de la deuda y los de Allan Greenspan, ex presidente de la Junta Federal de la Reserva, que sitúa las posibilidades de una recesión en más de un 50 por ciento. En recientes reflexiones del Comandante en Jefe se ha abordado también con profundidad el fenómeno.
Para los que decretaron la muerte al marxismo, la entrada de la economía norteamericana en la fase de recesión vendría a confirmar, con la tozudez de los hechos científicos, la validez de las previsiones de Marx respecto del carácter cíclico de las crisis en el sistema capitalista. Es cierto que se han acumulado experiencias para modificar el ciclo y retardar o disminuir el efecto de las crisis económicas pero la irresponsabilidad de la actual administración con su política guerrerista financiada con un dólar cada vez más debilitado y sin respaldo, ha venido creando una situación insostenible hacia el futuro.
Se ha insistido, y con razón, en que la crisis por sí sola no significará el fin del capitalismo, que la economía norteamericana tiene la capacidad de remontar la crisis y que solo la lucha de los pueblos, incluido desde luego el norteamericano, podrá acabar con el sistema de dominación imperialista.
Sin embargo, una crisis de grandes proporciones, como la que parece avecinarse, traería cambios inevitables en la política tanto interna como externa de Estados Unidos e influiría considerablemente en sus aliados imperialistas. Recordemos la crisis de 1929, sus efectos devastadores a escala mundial, y el surgimiento en la política de Estados Unidos de una figura como Franklin Delano Roosevelt y su New Deal para hacer frente a los agudos problemas sociales agravados por aquella crisis.
Ahora, las pretensiones hegemónicas y la política que sustentan los sectores más reaccionarios de Estados Unidos sufrirían un duro golpe y se crearían mejores condiciones para la supervivencia y desarrollo de los procesos de cambio en marcha en nuestra región.
No se trata en modo alguno de desear la crisis como remedio a todos los males actuales por los que atraviesa la humanidad, porque estamos conscientes de los efectos negativos que ella tendría para la economía internacional, pero sí de prepararnos y aprovechar las posibilidades que se abrirían con el debilitamiento del poder hegemónico para avanzar en la reestructuración del orden financiero internacional actual basado en el dominio del dólar, afianzar la multipolaridad ---el equilibrio del mundo planteado por Martí---, y consolidar los procesos de integración en América Latina y el Caribe.
Hace más de una década la revista The New Yorker publicó un artículo con el título El regreso de Carlos Marx, que subraya la vigencia de su pensamiento en la explicación de los fenómenos de la economía capitalista. Junto a los barruntos de crisis económica está a la vista la fractura de las bases éticas, políticas y jurídicas de las sociedades más desarrolladas de Occidente, y en especial la norteamericana actual, la cual constituye, como se sabe, el poder hegemónico del capitalismo mundial.
Para los revolucionarios, la vía a seguir pasa por situar la justicia como categoría principal de la cultura pues no hay sistema social que pueda prevalecer sin un fundamento cultural. No es posible concebir la esclavitud en Roma sin derecho romano y no puede haber socialismo si no somos capaces de encontrar los vínculos que unen la ética, el derecho, la política práctica en su integridad cultural.
Ahora, junto con el gigante de Tréveris, regresan Bolívar, Martí, los próceres y pensadores de Nuestra América y regresa el Che, con su adarga al brazo, para señalarnos el camino de la total y definitiva independencia de nuestros pueblos.

Fuente: www.cubarte.cult.cu 04/01/08


Educación

Las ciencias y la lógica del mercado

Por Ruben Dri *

Las siguientes líneas se suman a la polémica iniciada tras las declaraciones del ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, en una entrevista con este diario. El filósofo Rubén Dri propone reflexionar sobre la situación de las ciencias sociales en la Universidad de Buenos Aires.
Para el debate abierto sobre el conocimiento es fundamental preguntarse sobre la situación del conocimiento, la investigación y la docencia en nuestra universidad. Lo que en primer lugar salta a la vista es que la universidad en general, y la Facultad de Ciencias Sociales que aquí nos interesa en particular, aceptaron la lógica del mercado que como un huracán se impuso en nuestro país en la década del ’90. El deterioro académico, que es una percepción generalizada, no es más que su consecuencia. Menester es, pues, que comencemos a realizar un análisis crítico de semejante lógica, a fin de recuperar la facultad como espacio de creación colectiva al servicio de la sociedad.
Todo el mundo sabe que los sueldos que se pagan a los profesores son insuficientes. Para remediar tal situación el neoliberalismo encontró la solución: la categorización y los incentivos.
- La categorización. Una universidad –unidad en la diversidad– es la comunidad, el sujeto colectivo, la producción colectiva de conocimiento, no en el sentido de supresión de las individualidades, sino de afirmación de las mismas en el seno de la comunidad. La comunidad no significa que todos hacen lo mismo o que todas las funciones son exactamente iguales. Hay funciones diferentes, la de profesor titular, la de asociado, la de adjunto, la de auxiliar, pero ello no implica tener profesores de primera, profesores de segunda y profesores de tercera y profesores “parias”. Eso sólo acontece en una sociedad de castas. Mediante los concursos se delinean las funciones en el marco de la comunidad. El “genial” invento de la “categorización” rompe la comunidad, introduce la jerarquización, la competencia, el individualismo, en una palabra la concepción individualista y de guerra a muerte que es propia del neoliberalismo. Se lleva a la práctica de esa manera uno de los principios fundamentales del neoliberalismo, la desigualdad. Esta, efectivamente, para dicha filosofía no sólo es un valor positivo, sino el valor positivo por excelencia, pues incita a la competencia, motor de todo progreso. ¿Cómo se categoriza? Mediante la asignación de puntajes a determinadas actividades que se supone realizan los docentes. Ahora bien, la categorización hace referencia directa a la investigación, teniendo en cuenta también la docencia, pero ésta, de manera subordinada. Los docentes universitarios aparecemos así categorizados como “investigadores de primera”, “de segunda”, “de tercera” y así en adelante. Puedes haber ganado el concurso que sea, eso quedó atrás, lo importante ahora es que te sometas a la categorización.
De esa manera, el concurso queda desvalorizado. De hecho, es la clave para ser designado como profesor regular, pero ello no significa que, por ejemplo, eres apto para desarrollar un proyecto de investigación. Para eso deberás someterte a un tribunal que juzgará si posees tal aptitud. Ahora bien, ¿cuál es el criterio por el cual, por ejemplo, los libros publicados no pueden pasar los 180 puntos? ¿Por qué la docencia en carreras de posgrado puede llegar a los 100 puntos? El único criterio es el “decisionismo”. No puede ser de otra manera cuando se aplican las matemáticas, o sea, lo cuantitativo, a lo cualitativo. Es cierto que esto se aplica al poner determinado puntaje para la aprobación de las materias. La diferencia es que, en este caso, el puntaje está avalado por el conocimiento –al menos eso se supone– que el profesor tiene en relación con el dominio que el alumno posee de la materia. Es decir, lo cuantitativo en este caso es simplemente una manera de significar la aprobación de la materia. En el caso de la categorización el problema es diferente. Efectivamente, aquí no hay ninguna aprobación cualitativa. Todo se reduce al más crudo cuantitativismo: asistencia a los congresos, tantos puntos; artículos en revistas, tantos puntos; y así adelante. Es una verdadera banalización del conocimiento.
El decisionismo que campea en la asignación de puntos a la investigación no puede menos de asombrar al otorgar puntos de investigación a la “gestión” ¿Qué tiene que ver la investigación con la gestión? Esta es una función de política académica. A ella no se llega por méritos académicos, sino por elección. Es bueno que quien ejerce una función política en la universidad posea méritos académicos, pero no necesariamente ni siempre es así. La gestión es una función necesaria que debe ser remunerada con criterios que tienen que ver con el trabajo que implica, pero mezclar la gestión con la investigación, otorgar puntajes de investigación por la gestión es mezclar el agua con el aceite.
Un profesor debe preocuparse por acumular puntaje. Para ello se lanza a acumular títulos, maestrías y doctorados, asistir a congresos, presentar ponencias, publicar artículos pero que sea con “referato”, porque de esa manera tienen mayor puntaje. El invento del referato trae al imaginario la escena de la competencia futbolística.
Una cosa es un artículo publicado con referato y otra, el mismo artículo publicado sin tan importante y trascendente aprobación. Con artículos con referato uno puede llegar a reunir nada menos que 200 puntos. Esos mismos artículos, sin agregar una coma, pero privados de referato sólo pueden arañar unos 50 puntos. El referato le agrega un plus que no se sabe de dónde viene. Es como la “gracia eficaz” de San Agustín, o las palabras mágicas que transforman la realidad material en espiritual.
Los libros publicados por editorial con arbitraje o comité editorial pueden reunir hasta 180 puntos. Pongamos por caso: la Fenomenología del espíritu, la Ciencia de la lógica y la Enciclopedia de las ciencias filosóficas de Hegel no llegarían a reunir esos puntos porque es evidente que no contaron con ningún arbitraje. Con algunas publicaciones que contasen con la “gracia” del referato se pueden reunir hasta 200 puntos y superar a los tres libros de Hegel.
- Los incentivos. En diversas actividades el incentivo está prohibido. Se trata de una práctica que va contra la ética. Ya que la práctica deportiva ha influido en la adopción del referato, se podría haber adoptado también la práctica del deporte en la cuestión del “incentivo”. En ella tal práctica está prohibida y penada.
En la Universidad es práctica loable. Es necesario acumular puntaje, ser categorizado en el nivel más alto posible, para entrar en los incentivos. Los profesores universitarios para trabajar necesitan ser incentivados. Eso sí, se paga en negro.
Suponer que para trabajar se necesita ser incentivado es directamente humillante, pues ello significa que el trabajador es tan irresponsable como para no realizar el trabajo que le corresponde. Si esto puede aplicarse a todo trabajador, con más razón debe aplicarse a profesores universitarios, pues se supone que éstos son “educadores”. Es absurdo pretender serlo si no se es plenamente responsable de su trabajo.
- Los posgrados. La necesidad de acumular títulos para el puntaje con el que puedas acceder a la categorización más alta y así puedas recibir un mayor incentivo lleva a la multiplicidad de los cursos y títulos de posgrado. El grado ha quedado “degradado”, tan degradado que en algunos programas recibidos de las instancias superiores directamente no figura, porque sólo habla de pregrado y posgrado.
Es ésta una grave deficiencia. El tronco de la formación universitaria, aquello en lo que la comunidad universitaria debiera poner sus máximos esfuerzos es en la formación de grado. Para esta instancia de la formación universitaria, la Facultad debe contar con profesores debidamente concursados, con sueldos dignos.
Los profesores con dedicación exclusiva cada año informan sobre sus actividades, tanto de la enseñanza como de la investigación, de modo que no necesitan otra instancia para hacer lo mismo. Tampoco tienen necesidad de incentivo alguno, porque el sueldo que reciben debe ser suficiente para una vida digna y un trabajo eficiente.
Es un mérito de la Facultad de Ciencias Sociales el haber resistido eficazmente a la tentativa de acortamiento de la carrera de grado. Sin embargo, la avalancha de propuestas de posgrado la ha postergado.
- “Informes sobre las investigaciones.” Antaño, cuando no gozábamos de los beneficios de las categorizaciones y los incentivos, el informe que se debía rendir de las investigaciones realizadas era eso, un informe. Ello significa que era necesario sintetizar el cuerpo de la investigación mostrando sus avances, sus dificultades, el cumplimiento de los objetivos, los cambios que el proceso de investigación ha obligado a realizar, etc.
Ahora todo eso cambió. Veamos: “Breve descripción del proyecto (120 palabras)”. A continuación: “Describir las dificultades encontradas en la ejecución del proyecto (120 palabras)”. A tan difícil y severo informe le siguen las “palabras claves”. Eso es todo en cuanto informe del proyecto como tal. Claro que nada de eso es importante. Lo importante viene ahora: Publicación de artículos, presentación en congresos, simposios; realización de conferencias, en una palabra, acumular puntaje.
De esta manera, lo cualitativo ha desaparecido, fagocitado por lo cuantitativo, es decir, por el mercado. Hay que salir a vender el producto, saber presentarlo, independientemente de su calidad. Es necesario saber llenar formularios, tarea que se ha transformado en una de las principales actividades del docente universitario que quiere “progresar”.

* Profesor consulto e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados
Fuente: Página 12, publicado el 28 de Enero de 2008


El Derecho a conocer la Historia

Por Norberto Galasso

Tanto la Constitución Nacional, como diversos pactos internacionales, reconocen a todo ciudadano un conjunto de derechos, que se han venido ampliando con el transcurso del tiempo. Sin embargo, a veces se aduce, con razón, que esos derechos, reconocidos por la ley y por la opinión mayoritaria de la sociedad, las más de las veces no pueden ser ejercidos concretamente, especialmente dada la desigualdad social reinante: la auténtica libertad de prensa requiere ser dueño de un diario, el derecho a transitar depende del dinero para pagar el pasaje, etc.
Si ahondamos la cuestión, podríamos sostener también que el verdadero ejercicio de esos derechos exige, como condición para quien los ejerza, el conocimiento de quién es él mismo, cuál es el país en que vive y cuál el rol que debería desempeñar para el progreso suyo y de sus compatriotas.

Pero, para ello, es obvio que debe conocer profundamente la historia del país, a la luz de la cual se tornará comprensible su propia vida. Si, por el contrario, desconoce los rasgos fundamentales de la sociedad en que vive y las razones por las cuales ella es como es, puede resultar que ejercite sus derechos de una manera tan errónea que contraríe los propios objetivos que busca concretar. Por ejemplo, quien suponga que los latinoamericanos son abúlicos y perezosos -por motivos raciales- desconfiará seguramente de aquellos “oscuramente pigmentados” y los denigrará, cuando, sin embargo, la verdadera historia le demostraría que ellos fueron los soldados de la independencia y que dieron su vida a movimientos políticos que provocaron un fuerte progreso de nuestros países.

El derecho de conocer la Historia Argentina resulta, pues, indiscutible para todos los habitantes del país, como instrumento fundamental para conocer quiénes somos, dónde estamos y hacia adónde vamos.

La Historia Oficial

Sin embargo, la Historia que se nos ha venido enseñando, generación tras generación, de Mitre hasta aquí, no cumple esa tarea de ofrecernos un cuadro vívido y coherente de nuestro pasado, desde una óptica popular. Se trata, en cambio, de un relato construido desde la óptica de las minorías económicamente poderosas estrechamente ligadas a intereses extranjeros, expuesto como sucesión de fechas y batallas cuya relación, más de una vez, aparece como arbitraria o sólo generada por enfrentamientos personales. Durante largos años, diversos investigadores la impugnaron- generalmente desde los suburbios de la Academia, pues ésta se halla controlada por la clase dominante- y en muchas ocasiones ofrecieron pruebas irrefutables de que la Historia oficial no era, en manera alguna, “la historia argentina”, es decir, el relato interpretativo de nuestro pasado, visto con una “óptica neutra y científica, alejada de las pasiones políticas”, como lo pretendían los docentes de antaño, por supuesto, con total buena fe. Se demostró que en el campo de la heurística (cúmulo de datos, documentos, objetos, etc. que constituyen la materia prima de la historia) se escamoteaban muchos sucesos: por ejemplo, que Olegario Andrade no era sólo poeta sino militante y ensayista político, al igual que José Hernández, que los negocios del Famatina gestionados por Rivadavia implicaban una colusión de intereses privados con la función publica, que tanto San Martín como O’Higgins odiaban al susodicho Rivadavia, que la represión de los ejércitos mitristas en el noroeste, entre 1862 y 1865, significó la muerte de miles argentinos y hasta, durante largo tiempo, se ocultó la batalla de la Vuelta de Obligado para no reconocer el mérito de Rosas, aún disintiendo con su política interna, de defender la soberanía de la Confederación. Asimismo, se demostró que en el campo de la hermenéutica (la otra columna de la historia, referida a la interpretación, que explica la concatenación de los hechos históricos entre sí) también se habían tergiversado figuras y sucesos, como, por ejemplo, mostrar al buenazo del Chacho Peñaloza como autoritario y represor para justificar que los “civilizadores” le cortaran la cabeza y la expusieran en una pica en Olta, suponer que San Martín estaba mentalmente declinante cuando le legó su sable a Rosas, siendo que el testamento lo redactó a los 65 años (siete años antes de su muerte)

Estas críticas provinieron, inicialmente, del nacionalismo reaccionario -denostador de Sarmiento por la defensa de la enseñanza laica y no por sus concesiones al mitrismo- y también de investigadores que carecían del título de historiadores, por lo cual la clase dominante los desplazó a los suburbios de la cultura y ni siquiera se dignó polemizar con ellos. Más tarde, cuando otras críticas provinieron de un marxismo que echaba raíces en América Latina, también se las descalificó por carecer de óleos académicos.

Por supuesto, un pensamiento liberal honesto -aunque con ataduras a los intereses económicos dominantes- hubiese reconocido que inevitablemente existe “una política de la historia” y que, en razón de esto, las diversas ideologías que disputan en el campo político, también lo hacen en el terreno de la interpretación histórica. Hubo algunos, es cierto (quizás podrían citarse a Saldías y a Pérez Amuchástegui), que no obstante su concepción liberal, se negaron a convalidar muchas fábulas inconsistentes, pero, en general, los historiadores oficiales se abroquelaron en la versión mitrista, divulgada por Grosso, y condimentada por Levene, Astolfi , Ibáñez y tantos otros, y luego, en el “mitrismo remozado” por Halperín Donghi. Con la ayuda de otras disciplinas -que le otorgaban cierta verosimilitud científica- la “Historia social” ofreció, entonces, una versión aggiornada de la vieja historia oficial, en la cual los héroes tradicionales- quienes todavía dan nombre a plazas, calles, localidades, etc. – permanecieron incólumes mientras los “malditos” continuaban siendo vituperados (Felipe Varela por fascineroso, Facundo por bárbaro, Dorrego por díscolo) o sepultados en el más absoluto silencio (“Pancho” Planes por morenista, antirrivadaviano y dorreguista, Fragueiro por pretender una banca social, el viejo Alberdi por condenar el genocidio perpetrado en Paraguay, David Peña por “facundista” y “dorreguista”, Rafael Hernández por industrialista, Juan Saa, Juan de Dios Videla y Carlos Juan Rodríguez por federales enemigos de la oligarquía porteña). Igual destino sufrieron los historiadores heterodoxos, que se apartaron de la línea oficial, aislados, silenciados, hundidos en el olvido, como Ernesto Quesada, Manuel Ugarte, Juan Álvarez, Francisco Silva, Ramón Doll, Rodolfo Puiggros, Enrique Rivera y tantos otros.

Como señaló con mordacidad Arturo Jauretche, “esa historia para el Delfín, que suponía que el Delfín era un idiota” no sirve para que un argentino se reconozca por tal, para que entienda su condición latinoamericana a través del auténtico San Martín (cruzando los Andes con bandera distinta a la argentina, la cual sólo los cruzó en la imaginación de la canción escolar, y más aún, haciendo la campaña al Perú bajo estandarte chileno) o encuentre que una política de expropiación a las grandes intereses tiene sus antecedentes tanto en el mismo San Martín en Cuyo, como en el Moreno del Plan de Operaciones, así como la defensa de la industria nacional viene desde Artigas, pasa por San Martín y se consolida en Rafael Hernández y Carlos Pellegrini. Tal historia -agregaba Jauretche- “le ha quitado el opio que tomaba San Martín para calmar sus dolores estomacales” por considerarlo mal ejemplo para los alumnos, con lo cual San Martín continúa retorciéndose de dolor, mientras el opio se ha transferido a la Historia Escolar con el consiguiente adormecimiento de los alumnos.

No extrañe, entonces, que muchos argentinos de hoy no sepan quiénes son, ni en qué lucha insertarse, ni qué gestas del pasado continuar y concluya en el desánimo o el pasaporte. Le han robado su derecho a conocer la propia Historia, para robarle su derecho al futuro.
La crisis de la historia oficial

Pero, ahora ocurre que las viejas estatuas crujen, que los cartelitos de las calles apenas se sostienen sacudidos por nuevos vientos, que algunos libros clásicos se caen y por efecto dominó, arrastran a los divulgadores, angustian a los conferenciantes, provocan insomnio a los académicos. Esta afirmación no es mera conjetura sino que surge de un artículo publicado en “Clarín”, del 24 /5/2002, por una de las figuras más importantes de la corriente historiográfica denominada “Historia Social”, que hoy predomina en las universidades. Allí se afirma que “los historiadores profesionales” ya no acuerdan con la interpretación de Mitre: “Estamos lejos de lo que se enseña en la escuela y también del sentido común”. Si bien no confiesan que su nueva visión latinoamericana proviene de los historiadores “no profesionales” (Por ejemplo, Manuel Ugarte en 1910, Enrique Rivera en “José Hernández y la Guerra del Paraguay”, publicado en l954 o “Imperialismo y cultura” y “Formación de la conciencia nacional”, publicados en 1957 y 1960, por Juan José Hernández Arregui), lo importante consiste en que ahora manifiestan desacuerdo con la versión tradicional, que Mitre “inventó”. Después de más de un siglo, resulta ahora que desde el Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires se les anuncia a los maestros que han difundido una historia falsificada, errada, que carece del sustento científico que antes se le había otorgado desde las supuestas altas cumbres del pensamiento científico.

Claro, estos “historiadores profesionales” comprenden la gravedad de lo que afirman y admiten: “Sin duda, hay una brecha que debe ser cerrada, pues en Historia, tanto como en física o Matemáticas no puede admitirse tal distancia entre el saber científico y el escolar”. Indudablemente, sería sorprendente que en la Universidad explicasen la revolución de mayo como integrando una revolución latinoamericana en “una guerra que enfrentó a patriotas y realistas” (absolutistas) como lucha entre “americanos y godos” (no ya entre independentistas y españoles) después que los maestros la han enseñado como una revolución, realizada por argentinos que odiaban todo lo español. (Y lo han hecho con los consiguientes dolores de cabeza cuando algún niñito “prodigio” preguntaba: ¿entonces, por qué había españoles, como Larrea y Matheu, en la Primera Junta?

Entonces, ¿por qué flameó la bandera española en el fuerte hasta 1814? Entonces, ¿por qué regresó San Martín, en 1811, si por toda su formación cultural, familiar, militar, etc. debía ser un español hecho y derecho, después de pasar pasado entre los 6 y los 33 años en España?)
Con toda razón, esos maestros deberían enrostrarle a los “historiadores profesionales” que no han cumplido función alguna, desde la Universidad y la Academia, al permitir que se difundieran interpretaciones falsas de nuestro pasado, las cuales curiosamente tienden a desvincularnos de América Latina y de la España revolucionaria, para idealizar a la Revolución de Mayo como un movimiento “por el comercio libre”... con los ingleses.

¿Qué función cumplen estos “historiadores profesionales” -podrían argumentar los maestros- si no son capaces de disipar los errores en la primera etapa de la escolaridad? Como “los historiadores profesionales” prevén esa crítica-aducen que esa brecha entre el saber científico y el escolar (que por primera se reconoce que no es científico) debe cerrase “con cuidado”, porque “este relato mítico es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional” y habría sido “inventado” por Mitre para otorgarnos una “identidad nacional”.

¿Que significa esta última apreciación? Que, si bien la historia escolar no es científica, ha sido “inventada” y de una u otra manera nos da “identidad nacional, ”que si bien “aquellos hombres no fueron héroes inmarcesibles, sino sólo hombres como nosotros”, nos dieron “una forma, un modelo de sociedad y de Estado” que debe preservarse y recrearse permanentemente. Corresponde preguntar, entonces : ¿Cuál es ese modelo? ¿El de Martínez de Hoz, acaso? ¿Cuál es ese Estado? ¿El que promovía redistribuir el ingreso en los años 50 o el que favoreció nuestro endeudamiento externo en 1976?

Grave encrucijada para la Historia oficial en momentos en que la mayoría de la sociedad argentina cuestiona a los políticos, a los Bancos, a los magistrados de la Corte Suprema. ¿Sorprendería acaso que entre tanta cosa vieja, ya inservible, fuera también al desván la Historia Oficial? ¿Sorprendería acaso que el pueblo reclamase el derecho a conocer su verdadera historia, para saber quién es realmente, cuáles son sus hermanos de causa y quiénes lo que pretenden cerrarle el horizonte?

En esta época en que se avecinan transformaciones profundas, el conocimiento de una verdadera identidad -no “identidad colonial” sino “identidad nacional”, no “inventada” por nadie, sino forjada por los argentinos a través de una larga lucha por la justicia, la igualdad y la soberanía- seguramente permitirá a las mayorías populares argentinas lanzarse a gestar un futuro digno de ser vivido.

Buenos Aires, octubre 28 de 2002
Publicación del Centro Cultural "E. S. Discépolo"
Fuente: http://www.discepolo.org.ar/node/43


Historia

La respuesta de Norberto Galasso a Halperín Donghi

LA NACIÓN NO PUBLICÓ LA CARTA QUE GALASSO ENVIÓ A LA REVISTA ADN CULTURA A RAÍZ DE LAS DECLARACIONES REALIZADAS POR HALPERÍN DONGHI EN UNA ENTREVISTA PUBLICADA POR ESE MEDIO EL PASADO 13 DE SEPTIEMBRE (2008)

El debate sobre las distintas corrientes historiográficas en la Argentina encuentra en la carta de Galasso dirigida a Halperín Donghi un valioso aporte sobre la reconstrucción del relato histórico, la objetividad y el rigor científico. Ejes permanentes de una necesaria discusión.

En primer término, felicito a ADN Cultura y en especial a Carlos Pagni por el reportaje al profesor T.
Halperín Donghi publicado el 13 de septiembre último, pues constituye un aporte valiosísimo a la polémica historiográfica en la Argentina.

En segundo lugar, agradezco a dicho historiador pues me reconoce como “una especie de adversario”, actitud no habitual en él que siempre se ha posicionado como dueño exclusivo de verdades absolutas, desde cuya alta cima no reconocía antagonistas. Lo sorprendente es que no sólo me reconoce sino que otorga validez a mis argumentos, que ahora comparte.

Este reconocimiento se produce con cierta tardanza pues hace ya más de trece años, desde mi libro La larga lucha de los argentinos, vengo señalando que la corriente historiográfica que él orienta se caracteriza por aparentar un depurado “rigor científico” ajeno a toda subjetividad y a toda ideología y que, en cambio, es tan tendenciosa como todas las demás interpretaciones históricas, entre las cuales incluyo a la que pertenezco, con la diferencia que nosotros reconocemos que valoramos los sucesos según nuestra propia escala de valores y ellos, lo habían negado hasta ahora. Es decir, somos todos tendenciosos en la hermenéutica, aunque seamos rigurosos en la heurística, sólo que el profesor y sus discípulos nunca lo admitieron.

Ahora, en cambio, con esa sinceridad y serenidad que dan los altos años, cuando la Parca nos está acechando para “tener nuestros ojo”como decía Pavese, el profesor acaba por confesar: “Cuando hago una reconstrucción histórica, de alguna manera, lo que es un poco desleal, es que eso lo tengo adentro, pero no lo muestro”.Así resulta que comparte conmigo –a quien considera “una especie de adversario, el historiador ‘nacionalista’ Norberto Galasso”– que “para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta”.

De esta manera, se entiende que cuando, en su libro La democracia de masas, omite que hubo 380 muertos, en el bombardeo del 16 de junio de 1955, afirmando sólo que “se ametralló el centro porteño”, eso se origina en que tuvo la información pero la desechó porque no era “de su gusto” revelar los crímenes de Aramburu y Rojas.
Resulta asombrosa –y muy digna de su parte– esta confesión que, sin embargo, coloca en dificultades a los profesores, que en su nombre blasonaban de “científicos” y “objetivos”, así decían que enseñaban con rigor y veracidad a sus alumnos. Uno de ellos, por ejemplo, señaló en su cátedra que yo “era curandero” porque era tendencioso, pero ahora resulta que todos somos tendenciosos y por otra parte, al “curandero” la Secretaría Académica de la Facultad de Filosofía y Letras lo acaba de designar Profesor Honorario, con lo cual –agregada a esta confesión de Halperín– ahora somos todos curanderos.

Pero hay algo más, todavía, estimado profesor. Usted que investiga en la placidez de las universidades extranjeras no puede calificarme de “nacionalista” porque ello significaría ignorar que he publicado una decena de libros definiéndome como hombre de Izquierda Nacional. Usted mismo ha reconocido a nuestra tendencia historiográfica –federal provinciana, latinoamericana o socialista– hace más de 20 años cuando afirmó que “el neorrevisionismo de izquierda se identifica con una historia continuada pero soterrada que gracias a ellos aflora por un instante: es la de las clases oprimidas” (Revista Punto de vista, abril 1985). ¿Quizás anda ahora algo desmemoriado? O probablemente necesita otros 13 años más para informarse que he escrito una biografía del socialista nacional Manuel Ugarte, secuestrada por la dictadura genocida, así como El Che y la revolución latinoamericana, Liberación Nacional, socialismo y clase trabajadora, El socialismo que viene, El FIP y la Izquierda nacional, ¿Qué es el socialismo nacional?, Cooke: de Perón al Che, Socialismo y cuestión nacional y, en dos tomos, Aportes críticos a la historia de la izquierda de la Argentina?.
Pero, bueno, tengo paciencia y esperaré que usted se entere, especialmente ahora que América Latina está avanzando hacia “el socialismo del siglo XXI”.

Y la yapa: usted reconoce que somos tendenciosos y que yo “soy su adversario” –por los contenidos– pero que, además, en la forma, nos diferenciamos porque yo uso un “estilo tosco”. Quizás sea correcto: yo escribo en mi país,como decía Ugarte, en una América Latina convulsionada, entre huelgas y gritos, movilizaciones y violencias, golpazos de puertas y ventanas que traen las protestas de la calle y aquí,y en ese clima de lucha y de tensión no hay lugar para exquisiteces.
Aquí sólo se puede ser “tosco” (y sí Agustín, mejor).
Le agradezco desde ya al señor director la publicación de estas reflexiones.

Norberto Galasso

Aclaración: Este texto fue enviado por correo electrónico al suplemento cultural de La Nación para su publicación.
La respuesta fue inmediata y muy cortés: el director del suplemento –aún cuando proviene de Perfil– manifestó que había leído mis libros con mucho gusto, pero que lamentablemente el suplemento cultural no publicaba cartas de lectores y que, en cuanto a la posible publicación de mi carta en cartas de lectores del cuerpo del diario, no lo estimaba conveniente pues el público que lee el diario, comúnmente no lee el suplemento.
Pero haciendo gala de fervoroso democratismo, dicho señor me ofreció hacerme un reportaje para ADN Cultura. Contesté a través de otro correo electrónico, señalándole que mi larga experiencia en estas lides me llevaba a considerar cualquier reportaje como un campo minado donde los grabadores no siempre son fieles a las ideas que expone el reporteado.
No obstante, para encontrar una solución al entredicho le propuse que preguntas y respuestas se hicieran por correo electrónico, pero que en medio del reportaje, en un recuadro, se reprodujese la carta, que era mi objetivo principal.
Probablemente la propuesta no gustó a los directivos de la tribuna de doctrina, lo cierto es que han transcurrido más de diez días y no he recibido contestación alguna, por lo cual me considero con derecho para reproducir mi carta y explicar el incidente a través de volantes o periódicos que no tienen ni el prestigio ni la difusión del diario fundado por Bartolomé Mitre, pero confiando en que la verdad tiene suficiente fuerza como para meterse en plazas, calles, cafés y organizaciones populares, tosca como es ella, desharrapada –o descamisada, para decirlo de otro modo– y llegar a aquellos para quienes escribo que, en general, no acostumbran a leer La Nación.

N. de la R. La revista ADN Cultura, dirigida por Jorge Fernández Díaz, no publica carta de lectores.

Publicado el domingo 19 de octubre de 2008 en Miradas al Sur pág 34. Texto enviado al Cuaderno de la Ciencia Social por Gustavo Battistoni


Politología

Marcelo Gullo: La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones*

A continuación publicamos en exclusividad el prólogo, escrito por Helio Jaguaribe (1) y el capítulo V del libro citado (2).

Marcelo Gullo es argentino. Licenciado en Ciencia Política por la U.N.R., graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de París y magíster en Relaciones Internacionales por el Institut de Hautes Etudes Internationales de la Universidad de Ginebra. El 3 de diciembre de 2008 defiende su tesis doctoral en Ciencia Política en la Universidad del Salvador. Es autor de “Argentina Brasil: la gran oportunidad” publicado en Bs. As por la editorial Biblos en el 2005 y traducido al portugués y publicado e Río de Janeiro por la editorial Mauad en el 2006.

Prólogo de Helio Jaguaribe (1)

Con “Pensar desde la Periferia”, el Prof. Marcelo Gullo alcanza plena y brillante realización de su propósito de estudiar, histórica y analíticamente, desde la periferia, las relaciones internacionales. El concepto de Periferia, para el Prof. Gullo, adquiere un doble significado, siendo, por un lado una perspectiva y, por otro, un contenido.
Como perspectiva, corresponde a la mirada del mundo por un “scholar” sudamericano, desde el Mercosur y, más restrictivamente, desde el ámbito argentino-brasileño.
Como contenido, corresponde al análisis de cómo, países periféricos en general y, más específicamente, Estados Unidos, Alemania, Japón y China – citados por el orden cronológico de sus respectivas revoluciones nacionales – lograron salir de su condición periférica y se convirtieron en países efectivamente autónomos, en importantes interlocutores internacionales independientes. Este excelente estudio, conduce, en su conclusión, a una relevante discusión de la situación de Sudamérica y de cómo la región podrá, a su vez, superar su condición periférica y convertirse también - como lo hicieron los mencionados países -, en un importante interlocutor internacional independiente.

Creo que habría que destacar, en este magnifico estudio, tres aspectos principales: (1) Su relevante sistema de categorías analíticas; (2) Su amplia información histórica; y (3) Su tesis central de que todos los procesos emancipatorios exitosos resultaron de una conveniente conjugación de una actitud de insubordinación ideológica para con el pensamiento dominante y de un eficaz impulso estatal.

De manera general, el estudio del Dr. Gullo, se sitúa en el ámbito de la escuela realista de Hans Morgenthau y Raymond Aron. Son las condiciones reales de poder, las que determinan el poder de los Estados - incluidas en esas condiciones, la cultura de una sociedad y su psicología colectiva. Así contempladas las relaciones internacionales se observa, desde la antigüedad oriental a nuestros días, el hecho de que esas relaciones se caracterizan por relaciones de subordinación, en que se diferencian pueblos y Estados subordinantes y otros, subordinados. Este hecho lleva a la formación, en cada ecúmene y en cada periodo histórico, de un sistema centro-periferia, marcado por una fuerte asimetría, en la que provienen del centro las directrices regulatorias de las relaciones internacionales y hacia el centro se encaminan, los beneficios, mientras la periferia es proveedora de servicios y bienes de menor valor, quedando, de este modo, sometida a las normas regulatorias del centro.

Las características que determinan el poder de los Estados y las relaciones centro-periferia, cambian históricamente, adquiriendo una notable diferenciación a partir de la Revolución Industrial. Por mencionar sólo un ejemplo – el del mundo occidental de la edad moderna – puede observarse que la hegemonía española de los siglos XVI a XVII, seguida por la francesa, hasta mediados del XVIII, se fundaban, económicamente, en un mercantilismo con base agrícola y, militarmente, en la capacidad de sostener importantes fuerzas permanentes.
A partir de la Revolución Industrial, se produce un profundo cambio en los factores de poder y, la Gran Bretaña, como única nación industrial durante un largo periodo de tiempo, pasó a detentar una incontrastable hegemonía. Algo similar sucederá, ya en el siglo XX, con los Estados Unidos.

En ese marco histórico, el estudio del Prof. Gullo muestra cómo, para comprender los procesos en curso, es necesario emplear un apropiado sistema de categorías. De entre esas categorías sobresalen las de “umbral de poder”, determinando el nivel mínimo de poder necesario para participar del centro, la de “estructura hegemónica”, la de “subordinación ideológica” y la de “insubordinación fundante”.

Una de las más significativas observaciones de este estudio, se refiere al hecho de que, a partir de su industrialización, Gran Bretaña pasó a actuar con deliberada duplicidad. Una cosa era lo que efectivamente hacia para industrializarse y progresar industrialmente y otra, lo que ideológicamente propagaba, con Adam Smith y otros voceros. Algo similar a aquello que, actualmente, hacen los Estados Unidos.

La industrialización británica, incipiente desde el Renacimiento Isabelino y fuertemente desarrollada desde fines del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, tuvo, como condición fundamental, el estricto proteccionismo del mercado doméstico y el conveniente auxilio del Estado al proceso de industrialización. Obtenidos para sí, buenos resultados de esa política, Gran Bretaña se esmerará en sostener, para los otros, los principios del libre cambio y de la libre actuación del mercado, condenando, como contraproducente, cualquier intervención del Estado. Imprimiendo a esa ideología de preservación de su hegemonía, las apariencias de un principio científico universal de economía logró, con éxito, persuadir de su procedencia, por un largo tiempo (de hecho, pero teniendo como centro a los Estados Unidos, hasta nuestros días), a los demás pueblos que, así, se constituyeron, pasivamente, en mercado para los productos industriales británicos y después para los norteamericanos, permaneciendo como simples productores de materias primas.

En ese contexto, el Dr. Gullo, presenta otra de sus más relevantes contribuciones: sus teorías de la “insubordinación fundante” y del “impulso estatal”. A tal efecto, analiza los exitosos procesos de industrialización logrados en el curso de la historia, por países como los Estados Unidos, Alemania, Japón y China. Muestra este estudio que la superación de la condición periférica dependió, en todos los casos, de una vigorosa contestación al dominante pensamiento librecambista, identificándolo como ideología de dominación y, mediante una “insubordinación ideológica”, logró promover, con impulso del Estado, y con la adopción de un satisfactorio proteccionismo del mercado doméstico, una deliberada política de industrialización.

Así lo hicieron los Estados Unidos, con la tarifa Hamilton de 1789, a la que seguirán nuevas, y más fuertes restricciones tarifarias, como, por mencionar alguna de la más notorias, la tarifa Mackinley, de 1890. Así también se condujo la Alemania de Federico List, empezando con el “Zolverein”, de 1844. Japón, más tardíamente, seguirá el mismo ejemplo, con la Revolución Meiji, de 1868. China, finalmente, empezará a hacerlo con Mao Zedong, aunque su política sufra negativas perturbaciones ideológicas con el “Gran Salto Adelante” (1958-1960) y después con la “Revolución Cultural” de 1966 hasta, prácticamente, la muerte de Mao, en 1976. Le tocó, así, a ese extraordinario estadista, Deng Xiaoping, en su periodo de gobierno (1978-1988), adoptar, racionalmente, el principio del impulso estatal, combinándolo con una política de libertad de mercado “selectiva”, bajo la orientación del Estado. Gracias a ello es que China mantiene, desde entonces e interrumpidamente, tasas anuales de crecimiento económico del orden de 10%, alcanzando ya, a convertirse en la tercera economía del mundo.

Este espléndido estudio de Gullo culmina con reflexiones extremamente pertinentes acerca de las posibilidades que tiene Sudamérica de realizar esa “insubordinación fundante” y, con el apoyo del Estado, salir de su condición periférica para convertirse, de ese modo, en un importante interlocutor internacional independiente.

Considero este libro de Marcelo Gullo, de lectura indispensable para todos los sudamericanos, comenzando por sus líderes políticos



La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones

Por Marcelo Gullo

Capítulo V: La insubordinación norteamericana
(2)

 Entre 1775 y 1783, las “Trece Colonias de América del Norte”, protagonizaron la primera insubordinación exitosa producida en, un sitio que, por ese entonces, era “la periferia del sistema internacional”. No fue, evidentemente, la única insubordinación producida en la periferia, pero sí, la más exitosa de todas las insubordinaciones porque logró crear el primer Estado-Nación-Industrial, fuera del continente europeo y la primera República de los tiempos modernos. La República norteamericana constituyó una verdadera revolución democrática que atrajo, hacia los Estados Unidos, a una verdadera “marea de inmigrantes” que partieron de la vieja Europa en busca de trabajo, justicia y libertad.
La lucha comenzó en 1775 -cuando los soldados británicos con la misión de capturar un depósito colonial de armas en Concord, Massachussets, y reprimir la revuelta en esa colonia chocaron con los milicianos coloniales- y se prolongó hasta 1783, cuando se firmó el Tratado de Paz de París, por el cual, se declaró la independencia de la nueva nación: los Estados Unidos.
Sin embargo, los Estados Unidos no conquistaron su autonomía nacional en un acto único sino mediante un largo proceso que comenzó con la guerra de la independencia y terminó, en realidad, con la guerra civil. A la “insubordinación fundante” le siguió un largo y tortuoso proceso de insubordinación económica e ideológica.
Inmediatamente después de conseguida la independencia formal, comenzó el enfrentamiento entre el sector que quería complementar la independencia política con la independencia económica, es decir, continuar con el proceso de insubordinación y el sector que se oponía a profundizar el camino iniciado en 1775, porque sus intereses económicos estaban ligados específicamente a Gran Bretaña y, en general, a la estructura hegemónica del poder político y económico mundial vigente en la época. Ese enfrentamiento se decidió, finalmente, en los campo de batalla de Gettysburg.
Acertadamente afirma Harold Underwood Faullkner en su obra “Historia económica de los Estados Unidos”: “La revolución trajo la independencia política, pero de ninguna manera la independencia económica. Los productos norteamericanos que eran exportados a Europa durante el período colonial seguían teniendo a ese continente por mercado y al mismo tiempo se siguieron importando de allí artículos manufacturados. Las manufacturas que habían surgido durante la Revolución fueron ahogadas por las mercaderías más baratas que volcaron los ingleses en el mercado norteamericano al restablecimiento de la paz... Según todos los indicios Norteamérica habría de caer nuevamente en una situación de dependencia, produciendo materias primas necesitadas por Europa y adquiriendo, a su vez, los artículos manufacturados que ésta le proporcionaba. Parecía empresa imposible llegar a competir con Inglaterra en la producción y venta de estas mercaderías.”
Empresa tanto más difícil si se tiene en cuenta que, desde la ideología dominante, también se sostenía que el destino de las recientemente independizadas “Trece Colonias” era el de convertirse en un país exclusivamente agrícola. En ese sentido, el propio Adam Smith sustentaba que la Naturaleza misma, había destinado a Norteamérica, exclusivamente, para la agricultura y desaconsejaba a los líderes norteamericanos, cualquier intento de industrialización: “Los Estados Unidos –escribía Adam Smith- están, como Polonia, destinados a la agricultura.” Las ideas de Smith le eran útiles al poder inglés para tratar de conseguir por la persuasión –mecanismo típico del imperialismo cultural- lo que había tratado de impedir, por la fuerza de la ley durante el período colonial.

El veto británico a la industrialización

Resulta significativo destacar que Inglaterra llevó a cabo una política expresa para impedir el desarrollo industrial de las “Trece Colonias” porque comprendió, desde muy temprano, que la industrialización de las colonias podía llevar, a éstas, a la independencia económica y que este estadio las llevaría a reclamar, luego, la independencia política. Por eso, conciente de las consecuencias económicas y políticas que podía generar un proceso de industrialización en las“Trece Colonias”, la política inglesa trató de supervisar y boicotear a las escasas empresas manufactureras de las colonias.
Para impedir que la manufactura colonial entrara en competencia con las industrias de la metrópoli, los gobernadores coloniales tenían instrucciones precisas de “…oponerse a toda manufactura y presentar informes exactos sobre cualquier indicio de la existencia de ellas.” Los gobernadores eran los encargados de practicar un verdadero “infanticidio industrial”, planificado en Londres, por el parlamento británico.
Los sagaces representantes de la corona, comprendían perfectamente la actitud inglesa, a la que prestaban toda su simpatía, como lo demuestran las palabras de lord Cornbury, gobernador de Nueva York entre 1702 y 1708, quién escribía a la Junta de Comercio: “Poseo informes fidedignos de que en Long Island y en Connecticut, están estableciendo una fábrica de lana, y yo mismo he visto personalmente estameña fabricada en Long Island que cualquier hombre podría usar. Si empiezan a hacer estameña, con el tiempo harán también tela común y luego fina; tenemos en esta provincia tierra de batán y tierra pipa tan buenas como las mejores; que juicios más autorizados que el mío resuelvan hasta qué punto estará todo esto al servicio de Inglaterra, pero expreso mi opinión de que todas estas colonias...deberían ser mantenidas en absoluta sujeción y subordinación a Inglaterra; y eso nunca podrá ser si se les permite que puedan establecer aquí las mismas manufacturas que la gente de Inglaterra; pues las consecuencias serán que cuanto vean que sin el auxilio de Inglaterra pueden vestirse no sólo con ropas cómodas, sino también elegantes, aquellos que ni siquiera ahora están muy inclinados a someterse al Gobierno pensarían inmediatamente en poner en ejecución proyectos que hace largo tiempo cobijan en su pecho.” Lord Cornbury describe, perfectamente, la “esencia” del “imperialismo económico”, en idénticos términos que serían utilizados por Hans Morgenthau.
Si bien Inglaterra elaboró una legislación específica para frenar todo posible desarrollo industrial en las “Trece Colonias”, había dos industrias que Gran Bretaña vigilaba con particular celo por considerarlas estratégicas y vitales para la economía británica: la textil y la siderúrgica. Dos leyes, dictadas en tal sentido, resultan emblemáticas: la ley de 1699, que prohibía los embarques de lana, hilados de lana, o telas producidos en Norteamérica, a cualquier otra colonia o país, y la de 1750, que prohibía el establecimiento, en cualquiera de las “Trece Colonias”, de talleres laminadores o para el corte del metal en tiras y de fundiciones de acero.
Comentando la primera de estas emblemáticas leyes anti-industriales, Underwood Faullkner afirma que: “Inglaterra era ya uno de los principales países fabricantes de lanas y la mitad de sus exportaciones a las colonias la constituían artículos de ese material. Tan hostiles eran los productores de la metrópoli a la competencia, que en la temprana fecha de 1699 se votó una ley de la lana, estableciendo que ningún artículo de lana podría ser exportado de las colonias o enviado de una colonia a otra...Como consecuencia de esta legislación la manufactura de telas para la venta declinó y los comerciantes en lana ingleses prolongaron durante un siglo su dominio sobre el mercado norteamericano.”
A diferencia de la industria textil, la fabricación del hierro -que comenzó en 1643 con el horno de fundición de John Winthrop, cerca de Lynn- gozó, durante algunos años, de cierto margen de libertad, alcanzando, hacia el año 1750, proporciones considerables. Esta situación se explica porque “Inglaterra estaba necesitada de hierro, y hasta 1750 intereses encontrados habían impedido que se votara una legislación contraria a su elaboración en las colonias. Pero, en 1750, se acordó una ley para estimular la producción de la materia prima y obstaculizar la manufactura de objetos de hierro, estableciéndose que: (1) el hierro en barras podía importarse libre de derechos en el puerto de Londres; y el hierro en lingotes en cualquier puerto de Inglaterra; y (2) que no debía instalarse en las colonias ningún taller o máquina de laminar hierro o cortarlo en tiras, ni ninguna fragua de blindaje para trabajar con un martinete de báscula, ni ningún horno para fabricar acero.”
Más allá de las leyes elaboradas por el parlamento británico destinadas a impedir el desarrollo industrial en sus colonias norteamericanas, es importante destacar un hecho políticamente significativo: las colonias eran tratadas como “ajenas” al territorio británico a los fines aduaneros. Las colonias no se consideraban incluidas dentro de los límites de las barreras aduaneras británicas y, en consecuencia, sus exportaciones pagaban los derechos ordinarios de importación en los puertos ingleses. Analizando la política inglesa hacia sus colonias de América del Norte, Dan Lacy, afirma: “Estaba claro el propósito de la política británica de no considerar a las colonias como porciones de ultramar de un reino único, cuyo bienestar económico era estimado al igual que el de la madre patria. Al contrario, las consideraba comunidades inferiores cuya economía debía estar siempre al servicio de los intereses de Gran Bretaña.”
Mientras las colonias fueron jóvenes y pocos pobladas, los colonos pudieron burlar, muy a menudo, las leyes británicas que frenaban el desarrollo económico del territorio colonial pero, a partir de 1763, cuando la población de las colonias llegó a ser equivalente a un cuarto de la población inglesa, Inglaterra fue mucho más estricta en la aplicación de las leyes que había creado para mantener a las colonias en una posición económica subordinada. No es difícil concordar con Louis Hacker cuando sostiene que el veto británico a la industrialización norteamericana fue, probablemente, el más poderoso de los factores que provocaron el estallido de la Revolución Norteamericana.

La lucha por la industrialización

Cuando las “Trece Colonias” lograron la independencia política, Inglaterra, para mantener la subordinación económica de éstas, no tuvo más remedio que tratar de ensayar la aplicación del “imperialismo cultural”. El razonamiento británico era, en cierta forma, sencillo: si los dirigentes de las ex “Trece Colonias”, admitían la teoría de la “división internacional del trabajo” y aplicaban una “política de libre comercio”, las ex “Trece Colonias”, se mantendrían en una situación de “dependencia económica”, convirtiendo a la independencia política, en un mero hecho formal. Al logro de ese objetivo se avocó la política británica, después del Tratado de Paris de 1783 y obtuvo, por cierto, excelentes resultados en los estados del Sur de la flamante República.
Puede afirmarse, sin temor a exagerar, que Estados Unidos pudo convertirse en un país industrial mediante un arduo trabajo de insubordinación ideológica-cultural y que la Republica Norteamericana ganó su verdadera independencia económica en los campos de batalla de Gettysburg. El proceso de insubordinación ideológico-cultural se manifestó en el enfrentamiento entre el “liberalismo ortodoxo”y el “liberalismo nacional”. Es decir, entre aquellos que proponían aferrarse a la división internacional del trabajo, adoptando el librecambio, y aquellos que proponían la adopción del proteccionismo económico y el rechazo de la teoría del libre comercio por considerar que la adopción de la misma haría caer a los Estados Unidos en una nueva subordinación económica que convertiría la independencia recientemente conseguida en una mera ficción.
Analicemos entonces, ahora, el proceso de insubordinación ideológico-cultural –del “imperialismo cultural” ingles- y de lucha política interna que permitió a los Estados Unidos “salir” de la periferia dado que si hubiesen triunfado los partidarios del libre comercio y la división internacional del trabajo la situación, en el escenario internacional, de los Estados Unidos no sería hoy, probablemente, muy diferente a la de la República Federativa del Brasil. Si los Estados Unidos se hubiesen industrializado tardíamente, estarían ubicados hoy, en la periferia del sistema internacional. Ésta, es la clave de interpretación que ahora, los Estados Unidos, convertidos en los campeones mundiales” del libre comercio -luego de haber usufructuado los beneficios del proteccionismo económico durante 100 años- se encargan de ocultar a través del ejercicio de lo que Morgenthau denominó como “imperialismo cultural” y que, más sofisticadamente, Joseph Nye, designa como “poder blando”.

El primer Impulso Estatal

Es en el curso de la guerra contra Inglaterra que surge, en ámbito de las “Trece Colonias”, una incipiente industria manufacturera. Sin ningún lugar a dudas, la industria norteamericana, en su primera fase de expansión, es “hija” de la guerra de la independencia.
Por una parte, la propia situación de guerra, había interrumpido el flujo de mercancías desde la Metrópoli conduciendo, naturalmente, a un proceso incipiente de sustitución de importaciones. Por otra parte, la situación de insubordinación ponía, de hecho, fin, a las restricciones que el Parlamento británico había impuesto para impedir el desarrollo industrial y limitar a las colonias a la producción de materias primas. Además, todos los gobiernos de las “Trece Colonias” -convertidas de hecho, en nuevos estados independientes - llevaron adelante una política de Impulso Estatal, en el intento de lograr el desarrollo industrial. Todas, hicieron grandes esfuerzos - desde el Estado- para estimular la fabricación de municiones, pertrechos de guerra y productos de primera necesidad, tales como tejidos de lana y lino, que – hasta entonces- se importaban de Inglaterra, en grandes cantidades. En Connecticut, en donde surgieron pequeñas fábricas de armas, el Estado ofreció, en 1775, “…una prima de un chelín, seis peniques por cada llave de fusil que se fabricase y de 5 peniques por cada equipo completo hasta el número de 3000.”
En Rhode Island y Maine se “…concedieron primas a la manufactura del acero”. Massachussets, “…ofreció primas por el sulfato extraído de yacimientos nativos y Rhode Island por la pólvora.” Asimismo, en 1778, el Congreso de los incipientes Estados Unidos, “…hizo levantar talleres en Springfield donde se vaciaron cañones.”
Sin embargo, el Impulso Estatal no sólo fue fundamental para la fabricación de material de guerra sino, también, en la fabricación de los productos de “primera necesidad”. A modo de ejemplo, puede citarse que Connecticut, prestó a, “…Nathaniel Niles, de Orwich, 300 libras por un plazo de cuatro años para fabricar alambre para los dientes de las cardas.” y que, Massachussets, “… otorgó una prima de 100 libras por las primeras 1000 libras de buen alambre de cardar para la venta, producido por cualquier molino de agua situado en su territorio, con hierro proveniente de los estados norteamericanos.”
El Impulso Estatal, dirigido a fomentar el desarrollo industrial, fue acompañado, decididamente, por una gran parte de la población que, ya durante los boicots que precedieron al estallido de las hostilidades, se había negado a comprar mercaderías inglesas. Durante el transcurso de la guerra, “…mucha gente se comprometió a no comer oveja o cordero y a no comprarles a los carniceros que los vendieran para que se pudiera emplear la lana para ropa. Los cultivadores del Sur empleaban a sus vecinos blancos más pobres dándoles a hilar o tejer, o levantaban ellos mismos talleres de telares y enseñaban a sus esclavos ese trabajo. Aun los más ricos iban vestidos con telas caseras.” Así, el estado de sublevación e independencia política, preparaba las bases estructurales, para la independencia económica que Inglaterra, había tratado de impedir a través del dictado de las leyes antindustriales y que trataría de evitar, cuando la independencia fue un hecho consumado, a través de la prédica de la “división internacional del trabajo” para que, la joven República, le dejara a la “Madre Patria”, el privilegio de la fabricación de manufacturas, para la cual, la “naturaleza”, la había, supuestamente, “destinado”. Por ello, la orientación y la reorganización económica que siguiese a la guerra, constituían temas clave que determinarían la posición del nuevo estado en el escenario internacional.

Las primeras leyes proteccionistas

El fin de las hostilidades, entre la República Norteamericana y Gran Bretaña, dio lugar a la importación de masiva de las mercaderías manufacturadas de Europa más baratas, por supuesto, que las producidas localmente. Una situación que llevó, rápidamente, a la ruina de la incipiente industria norteamericana, desarrollada en el curso de la guerra por la independencia política. En 1784, la balanza comercial de la joven República, arrojaba ya, un resultado desastroso: las importaciones sumaban aproximadamente 3.700.000 libras y las exportaciones tan solo 750.000 libras. El nuevo Estado vivía un proceso de desindustrialización, endeudamiento y caos monetario. Para terminar de agravar la situación de las ex “Trece Colonias”, el Parlamento británico votó la Ley de Navegación de 1783 por la cual, “…sólo podían entrar en los puertos de las Antillas, barcos construidos en Inglaterra y tripulados por ingleses, y que imponía pesados derechos de tonelaje a los barcos norteamericanos que tocaran cualquier puerto inglés.” Esta medida para boicotear a la naciente industria naval norteamericana, que competía en calidad y precio, con la industria naval británica, fue complementada por el Parlamento de Gran Bretaña con la ley de 1786, “…destinada a impedir el registro fraudulento de navíos norteamericanos, y aun con otra, de 1787, que prohibía la importación de mercaderías norteamericanas, a través de las islas extranjeras”
En medio de la desastrosa situación económica producida por el fin de la guerra -y agravada por un gobierno central débil y por la rivalidad entre los Estados de la Unión- una corriente de pensamiento antihegemónico, conducida por Alexander Hamilton, abogaba por un medio de desarrollo económico, en el cual, el gobierno federal, ampararía la industria naciente, mediante subsidios abiertos y aranceles de protección. El azar de la historia hizo que Washington, ante el rechazo de Robert Morris, el “financista de la Revolución”, ofreciera el cargo de Secretario del Tesoro, a Alexander Hamilton. El 4 de julio de 1789, el gobierno federal, aprobó la primera ley de impuestos, con características tibiamente proteccionistas. Aquella ley, enumeraba ochenta y un artículos, y sobre más de treinta de ellos, establecía derechos específicos; el resto, estaba sujeto a gravámenes estimados, según el valor. Sin embargo, el aspecto más importante de la nueva ley era que, siguiendo el pensamiento de Hamilton, imponía, “… diversos derechos para favorecer a las fábricas de acero y de papel de Pennsilvania, a las destilerías de Nueva York y Filadelfia, a las manufacturas de vidrio de Maryland, a los trabajadores del hierro y destiladores de ron de Nueva Inglaterra. También, fueron protegidos los productos derivados de las granjas mediante impuestos sobre los clavos, las botas y los zapatos, y la ropa de confección.”
Los sectores que lidiaban por la independencia económica, no tardaron en descubrir que los tibios aranceles de 1789, no suministraban una verdadera protección a la industria naciente y luego de arduas disputas, lograron que los aranceles fueran aumentados en 1790, 1792 y 1794. Aunque estos aumentos resultaron también insuficientes debido a la oposición de los sectores políticos que, subordinados ideológicamente por Gran Bretaña, impidieron la adopción de aranceles más altos porque, para ellos, los impuestos debían tener como principal objeto, producir ingresos y no, proteger a la industria naciente. En realidad, la industria que más se benefició de las leyes de protección y en la cual el Impulso Estatal tuvo una incidencia más decisiva, fue en la industria naviera. Los armadores y constructores navales se habían contado entre los más ardientes defensores de la independencia y las leyes para favorecerlos no encontraron en el Congreso, gran oposición.
La primera ley a favor de la industria naval se tomó, también, el 4 de julio de 1789. Por la misma, se concedía un descuento del 10% en los derechos de importación, a las mercaderías que entraran a los Estados Unidos, en barcos construidos en los Estados Unidos y de propiedad de ciudadanos norteamericanos. La segunda ley, no solo tuvo como objetivo el fomento de la industria naval sino, además, que el comercio naviero quedara, exclusivamente, en manos de ciudadanos norteamericanos. La ley buscó que los barcos que realizaran el comercio exterior e interior fueran de propiedad de ciudadanos norteamericanos y construidos en los Estados Unidos. Esta segunda ley, se dictó el 20 de julio de 1789. Por la misma, se impuso un gravamen de seis centavos por tonelada a los barcos de construcción y propiedad Norteamérica que entraran en puertos de los Estados Unidos pero, a los barcos de construcción norteamericana y propiedad extranjera, se les cobraba treinta centavos por tonelada, y cincuenta a los de construcción y propiedad extranjera. La l