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Los
orígenes ibéricos de la balcanización americana*
Por Néstor Miguel Gorojovsky
El autor nació en Buenos Aires en 1952. Geógrafo egresado de la Universidad de
Buenos Aires, ha publicado, en colaboración con César A. Vapnarsky, “El
Crecimiento Urbano en la Argentina", en 1990; la obra recibió el Premio Nacional
en Geografía. Periodista y analista político internacional, integra el consejo
de redacción de la revista Question Latinoamérica y modera la lista de discusión
Reconquista Popular. Es secretario general de Patria y Pueblo.
La generación de la independencia hispanoamericana combatió por hacer de todo el
dominio español una sola "Nación de Patrias". En ése su objetivo primordial, fue
derrotada.
Desde entonces, nuestros países son exactamente eso: países, pero no naciones.
Descoyuntados, cada cual es prisionero de una oligarquía orgánicamente opuesta
al desarrollo burgués . Países capitalistas, sí, pero coloniales; inermes ante
la agresiva intervención comercial, diplomática y militar de Inglaterra,
Francia, los Estados Unidos y en general las –ellas sí- grandes naciones
burguesas.
Secuela de un fracaso colectivo, dos docenas de celebraciones de Independencia
ocultan año tras año que la fragmentación sobreviniente engendra y garantiza
nuestro sometimiento semicolonial. Constituirnos en Nación Latinoamericana es un
mandato tan potente como angustiosa es la existencia actual de nuestros pueblos.
"Somos un país porque fracasamos en ser una nación", afirma al inicio de su obra
cumbre el más conocido historiador de la Izquierda Nacional argentina [RAMOS,
1973: 17]. De este modo tendrían que empezar las historias de todos y cada uno
de nuestros países: en nuestra mutua segregación está el secreto de nuestro
común desconcierto.
Para superarla hemos de conocer la raíz de nuestro drama. Y esa raíz sólo en
parte está en América: empieza con un hecho "europeo", arraiga en la España y el
Portugal de la Baja Edad Media, el Renacimiento y el Barroco. Al dejar la
cuestión de la unidad ibérica en mera unificación formal, sin eliminar las
clases sociales que la impedían o dificultaban, el intento fracasó. Todavía
pagamos por ello. Este hecho nos alerta ante las ilusiones de unificar
políticamente América Latina sin luchar simultáneamente contra la estructura
social que garantiza la disgregación y medra con ella.
La bipartición ibérica como derrota nacional: la verdadera magnitud del problema
El origen de la balcanización, en efecto, se encuentra en el fracaso de los
pueblos ibéricos en la tarea que debió haber sido el corolario de la
Reconquista: la aniquilación política de la aristocracia y la extinción de los
particularismos.
La unidad política de la Península era una revolución, y como tal debía ser
efectuada hasta el fin y apoyándose en las clases más modernas y pujantes de esa
sociedad. Solo una monarquía absoluta apoyada sobre el campesinado y la plebe
urbana -monarquía que quizás hubiera ofrecido a los hidalgos sin herencia un
papel equivalente al que la burguesía inglesa dio a los viejos aristócratas-
habría podido completarla.
Pero los Reyes Católicos hicieron un reinado bifronte: en parte todavía
medieval, sus grandes líneas de avance tienden ya a apuntar hacia el mundo
moderno. Cuando vencen a la alta nobleza castellana en la guerra civil por la
herencia de los Trastámara, "todo parecía indicar que los castillos destruidos,
las tierras señoriales confiscadas y la creación de un ejército nacional
iniciaban triunfalmente el período absolutista y pondrían término a la gangrena
feudal." [RAMOS, 1968: 16]. Prohiben a los nobles participar de las Cortes,
porque no pagan impuestos [RENARD-WEULERSE, 1950: 9]; atraen obreros italianos y
flamencos, protegen las manufacturas nacientes, y hasta 1550 florecen todas las
industrias textiles; suprimen todos los peajes señoriales y en 1496 lanzan la
unificación de las pesas y medidas [ídem: 29-31]. Se prohibe la exportación de
oro y plata, se protege la industria naval, se reorganizan los gremios [ELLIOTT,
1980: 114-115].
Pero si bien unieron dos coronas y destruyeron el poder político de la alta
aristocracia, no habían unido a los pueblos ni tocado la influencia económica y
social de los Grandes. La reorganización económica castellana incluyó la
consolidación del latifundio y la supremacía de la ganadería, en especial la
trashumante. No lograron aunar las economías castellana y aragonesa. Y habían
expulsado, con los judíos, a uno de los sectores más dinámicos y ricos de la
comunidad [ídem: 131]
Y si bien al momento de la sucesión la suerte no estaba echada, cuando sobre
España se abate la dinastía de los Austria todos fuimos derrotados: ni siquiera
logramos mantenernos unidos pese a que, a la caída de Granada en 1492, todo
parecía presagiar la feliz culminación de la unificación territorial peninsular
y el fortalecimiento del poder central sobre la aristocracia.
El proceso se había iniciado antes del advenimiento al trono de Isabel y
Fernando: "La historia de Portugal parecía destinada a fundirse con la de
Castilla, antes, y con la de toda España, después. La anexión que en 1580
realizará Felipe II no debe ser considerada como una simple casualidad, y aunque
solo durará hasta 1640 parece haberse perfilado a través de las largas
vicisitudes de las guerras que durante todo su reinado sostuvo Fernando I
(1367-1383) para anexionarse el trono de Castilla; de las hostilidades que
Alfonso V de Portugal (1438-1481) desarrolló con el mismo fin contra Fernando de
Aragón e Isabel de Castilla, y de la política matrimonial entre las coronas de
los dos países que, entre 1490 y 1518, pareció varias veces a punto de llegar a
una conclusión positiva" [ROMANO – TENENTI, 1975; 68]
Pero "bien pronto se advirtió que la nobleza no estaba derrotada [...] En la
lucha simultánea contra la nobleza y la burguesía de las ciudades, el
absolutismo naciente de los Reyes Católicos encontró un aliado poderoso, al que
debió pagar, sin embargo, un tributo fatal: la Iglesia Católica [...] La
expulsión de musulmanes y judíos demostró que la unidad de España se realizaba
externamente, a costa de su desarrollo económico y social interior [...] Al
reducir la unidad española a la pura unidad religiosa, los reyes dejaron en pie
los factores internos del particularismo feudal [...] La unidad abstracta
consumada con la ayuda de la Inquisición y su hoguera caracteriza el absolutismo
real de los Reyes Católicos como un absolutismo místico que multiplicará todos
los problemas que pretendía resolver" [RAMOS, 1968: 17-18]
La España burguesa -a la cual el absolutismo debió haber abierto camino- no pudo
ser, y en ese "no poder ser" ibérico se encuentra el núcleo de nuestro "deber
ser" latinoamericano. En el momento en que la monarquía se encontraba más fuerte
que nunca una serie de factores desgraciados le impidieron consolidarse por
completo y, ante todo, terminar con el particularismo ibérico.
La Reconquista y el particularismo hispano-portugués
La unidad territorial y estatal de la Península, frágil resultado de enmarañado
proceso, estuvo siempre en riesgo de astillamiento súbito. Ya la geografía
complica la tarea: si bien tres mares y una abrupta cordillera definen el
conjunto con envidiable nitidez, la disposición de los relieves internos, la
orientación del curso de sus ríos y los violentos contrastes climáticos tienden
a disgregarlo en compartimientos estancos, algo ya entrevisto –pese al escaso
conocimiento que tenía de la Península- por Estrabón [1995: 34 (III, 1, 2; C137
en la notación clásica)]; los autores modernos coinciden [véanse, a título de
mero ejemplo, ELLIOTT, 1980: 7; VILAR, 1991: 13-15; RENARD-WEULERSSE, 1950: 31
in fine].
En este escenario áspero se desarrolla, y de un modo fundante, el hecho
distintivo de la historia ibérica: la invasión árabe de 711 y el recio combate
de ocho siglos entre los reinos cristianos del Norte y el poder musulmán
instalado en al-Ándalus . La Edad Media hispano-portuguesa lleva la marca de ese
enfrentamiento armado.
Gesta medieval por excelencia, el esfuerzo de la Reconquista se organiza a
partir de relaciones de vasallaje feudal y pare nobles e hidalgos a raudales .
El "hecho espontáneo, fruto de la guerra, es el fraccionamiento de España, no
sólo en diversas naciones soberanas, sino también en principados y condados"
[OLIVEIRA MARTINS, 1942: 160].
Sin embargo, y paradójicamente, el régimen feudal tiende a implantarse con
lentitud; la necesidad de repoblar las nuevas tierras reasegura las libertades
del pueblo llano: el campesino castellano, en particular, disfruta de derechos
que en el resto de la Europa cristiana ni se sueñan. No se trata de derechos en
el sentido burgués, sin embargo, sino en el de los "privilegios" feudales:
concesiones particulares que fragmentan a la población según sus fueros
específicos.
La demografía y la sociología refuerzan la tendencia; la España Medieval era un
abigarrado mosaico etnográfico y cultural. A medida que avanzan sobre el Sur,
los reinos cristianos, ya de por sí heterogéneos e inconexos, van incorporando
contingentes de moros, moriscos, mudéjares, muladíes, árabes, judíos, beréberes
e incluso elementos de origen eslavo [WATT, 1992: 58-62]. Conversos o no,
mantendrán sus costumbres por largos siglos.
Especial importancia tienen los mozárabes, que los reyes favorecían incluso por
repoblación, suplantando musulmanes: eran "núcleos de población laboriosa y
rica... puntos enérgicos de apoyo para contrarrestar las pretensiones de los
barones belicosos" [OLIVEIRA MARTINS: 152] . Pero el poder real no se reforzaba
proporcionalmente, ya que si bien los mozárabes eran cristianos, desde el punto
de vista institucional y cultural se habían asimilado -como es natural- a la
atractiva civilización musulmana. La unidad se desleía en la creciente
diversidad religiosa, económica y cultural de los reinos; el mismo acto que
reforzaba al monarca fortalecía al señor local.
Esperanzas y decepciones: los Reyes Católicos y la alta nobleza
El matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón combina solo las
dinastías; la unificación resultante es por lo tanto incompleta y frágil, pero
comienza con el sometimiento de los intratables grandes nobles de Castilla y por
lo tanto permite abrigar esperanzas de profundización. Aragón, arruinado tras
una larga crisis, necesita de Castilla, que está en la plenitud de sus fuerzas.
Sobre este acuerdo se constituye la unidad de las casas reinantes. Tras la toma
de Granada, quedaba por reunir Castilla-Aragón con Portugal. Recién en 1580,
casi un siglo después, todas las coronas se unen en una sola cabeza. Nuevamente,
solo era una combinación dinástica, y no la unidad nacional . Pero hubiera
podido ser un embate decisivo en ese sentido.
Si no resultó así se debe ante todo a que los Reyes Católicos no atacaron a
fondo a esos grandes señores que habían sometido. La vida de Castilla, el motor
político y demográfico –si no también económico- de la agregación peninsular,
siguió en manos de los derrotados: "el Acta de Reasunción de 1480 se llevó una
buena tajada de [los] ingresos [de los Grandes], pero afectó solo a los bienes
usurpados después de 1464 y la mayor parte de las enajenaciones de tierras y
rentas de la Corona, por parte de los nobles, había tenido lugar antes de esta
fecha" [ELLIOTT, 1980: 115].
A principios del reinado de Carlos V, había en Castilla sesenta y dos títulos
"cuyas rentas totales ascendían a 1 309 000 ducados" y "veinte títulos más en la
corona de Aragón [...] con una renta total de 170 000 ducados". Los repartos de
tierras en Granada, las decisiones sobre mayorazgos de las Cortes de Toro (1505)
y las alianzas matrimoniales terminaron por diseñar una Castilla donde "el dos o
el tres por ciento de la población poseía el 97 por ciento del suelo [...] y más
de la mitad pertenecía a un puñado de grandes familias" [idem: 117].
Ya desde fines del ciclo de Isabel y Fernando, esta arcaica aristocracia,
súbitamente fortalecida con la riqueza americana y oriental (en el caso
portugués, cuya aristocracia ultramarina equivale a la terrateniente castellana)
desangra a España y Portugal. Con los Habsburgo, terminan de asfixiarla.
Ciertos autores atribuyen a Carlos V y (en especial) a Felipe II la construcción
del primer Estado moderno de Europa Esta afirmación, asentada en aspectos
formales (desarrollo de la Corte, crecimiento de la burocracia, etc.), omite
considerar la estructura económico-social de los reinos así gobernados . Felipe
II no pretende construir una poderosa nación burguesa asentada sobre la
Península, dueña de las puertas del Mediterráneo y opulenta de oro americano. Su
inmenso Imperio mira al pasado y no al futuro. Es, en este sentido, un retroceso
frente a los Reyes Católicos. Momificada en este ambiente reseco, la unificación
sin revolución social llega, sí, pero como el abrazo de "dos cadáveres en el
camposanto" [OLIVEIRA MARTINS, 1942: 322].
La ruina ibérica bajo los Austrias
Los ingresos provenientes de la conquista americana tomaron a la Península
Ibérica de trampolín y saltaron hacia el resto de Europa: "Nos faltaba un
desarrollo precapitalista de tipo industrial o comercial", y nada se esbozaba
para "retener el dinero americano y transformarlo en verdadera riqueza ...
mediante una sabia política económica" resume Palacio Atard [apud GONZÁLEZ DE
FAUVE-RAMOS, 1977: 1947: 63-79]. En esto, los Reyes Católicos se mostraron poco
previsores: no importaron tejedores para el producto de los lanares merino de
Castilla y, en vez de imponer la exclusividad del comercio americano para
aragoneses y castellanos, terminaron por favorecer a los comerciantes genoveses.
"Muchos de los comerciantes y hombres de negocios de la España del siglo XVI
eran extranjeros: los genoveses, sobre todo, dominaban la vida económica del
Sur" [ELLIOTT, 1980: 210]. Cabe señalar, en este último sentido, que el propio
Fernando de Aragón pasó más tiempo de su reinado en el Reino de Nápoles que en
la Península Ibérica.
Como consecuencia de ese enriquecimiento y de la debilidad del incipiente Estado
monárquico absoluto, la aristocracia –especialmente la castellana- incrementa
súbitamente sus rentas y desata una ola de importaciones: en poco tiempo, "Lila
y Arras inundan el reino con sus encajes y sus cueros curtidos; La Forez y el
Limousin con sus quincallerías; ... sucumben los trapiches de Andalucía y las
fábricas de loza de Talavera" [RENARD-WEULERSE, 1950: 37].
La alta nobleza se fortalece aún más frente a la burguesía, que tras la derrota
de las Comunidades de Castilla se demuestra impotente ante el vendaval: "El
incendio de Medina del Campo el 21 de agosto de 1520 transformó la situación en
Castilla. La destrucción del mayor centro financiero y comercial del país
provocó una oleada de indignación" que amplió y profundizó el movimiento, pero
como bien dice Elliott "era un mal presagio que la recién hallada unidad fuese
solo producto de un brusco estallido" [162].
Por su parte, relatan Renard y Weulerse, las
"Cortes de Aragón y de Castilla, que no hubieran tolerado en absoluta la
presencia de un negociante en su seno, no se cuidaban más que de una cosa:
asegurar el bajo precio de las mercancías necesarias para mantener medianamente
el lujo de sus miembros... [A] riesgo de destruir una de las más importantes
industrias del reino, prohiben la exportación de paños finos... [B]ajo Carlos V
consiguen hacer suspender, pura y simplemente, la fabricación, para obligar a
los mercaderes a importarlos de Flandes. Estos fanáticos del patriotismo
religioso y militar parecían en materia económica desconocer el interés
nacional: sin querer oír razones... prefieren las telas holandesas, los tapices
de Bruselas, los manteles de Amberes, los brocados de Florencia, la pasamanería
de París, las panas de Tours, todas las baratijas de Francia... La industria
lanera, que parecía la más sólida, es la primera afectada".
Ya a fines del siglo XVI "las tejedurías de Cuenca se reducen a la nada;
Sevilla... no tiene más que 400 telares, y la cifra se reducirá pronto a 60; la
cantidad de lana tejida en el reino ha disminuido en cuatro quintas partes".
Hacia 1640 "en el conjunto de los envíos de manufacturas con destino a México y
Perú, los productos extranjeros figuran en la aterradora proporción de nueve
décimas partes... El oro y la plata del Nuevo Mundo no hacen más que pasar a
través de España" [págs. 36-37]
La burguesía que había difundido el castellano como idioma comercial en el resto
de Europa permitía señalar "magníficas perspectivas para el desarrollo en
Castilla de un dinámico elemento 'capitalista' que –como su contrapartida en
Inglaterra y Holanda- hubiera podido imponer gradualmente al resto de la
sociedad sus ideales y valores". Pero, vencida política y militarmente por una
dinastía volcada al pasado y que se apoya en los grandes aristócratas, no
resiste el aluvión de mercancías extranjeras y la violenta revolución de los
precios.
Así, "gran parte de la responsabilidad del fracaso económico de Castilla debe
ser buscada a un nivel superior al del empresario: en el plano del Gobierno y no
en el del hombre de negocios. Muchas de las deficiencias del Gobierno deben ser
atribuidas en realidad a los fracasos del Consejo de Hacienda. Sus miembros,
carentes casi todos de una experiencia personal en el campo de los asuntos
comerciales y financieros, no hicieron ningún esfuerzo por elaborar un programa
económico coherente o por meditar acerca de las consecuencias para la economía
castellana de la adquisición del imperio americano [ELLIOTT, 1980: 211].
La nueva casa reinante será en sí misma un mazazo fatal que aplastará
definitivamente a las fuerzas dinámicas de la sociedad peninsular: comerciantes,
artesanos, navegantes, labradores y agricultores independientes, esa masa
plebeya de la nación en ciernes. Dominadas por los Austria, Castilla y Aragón
pasan a ser piezas de un ajedrez extraibérico que agota sus recursos, sin
favorecerlas. Mientras que a principios del siglo XVI "aparece Alemania
enteramente dividida y no sin razón se llama entonces las Alemanias [...] unida
a España bajo Carlos V, puede retomar el sueño imperial de una hegemonía
universal" [RENARD-WEULERSE, 1950: 12].
Hijo de semejante medio, lejos de haber sido "español", Carlos V fue un
partidario fervoroso del cosmopolitismo universal del medievo europeo: "su
acción de conjunto no podrá llamarse española; será verdaderamente imperial,
europea. Carlos nació europeo. En sus treinta y dos ascendientes directos hay
una sola rama germánica [...] por lo demás, Castilla, Valois, Aragón, Borbón,
Visconti [...T]uvo en común con los soberanos de la Edad Media el hecho de ser
un rey itinerante, continuamente de viaje [aunque] a escala europea." [ROMANO-TENENTI,
1975: 68]
Antiespañolismo estratégico y cultural
Paladines de la Contrarreforma, los Austria despeñan a sus súbditos en el abismo
de la guerra santa . Si por su parte los Habsburgo de Europa Central imponen el
más horrendo régimen servil sobre las masas campesinas derrotadas en la Montaña
Blanca (1627), al punto que "el campesino no existe más que para el señor"
[RENARD-WEULERSE, 1950: 359], sus parientes españoles invierten el papel
cultural jugado por la Península Ibérica: el gran reino se aparta por completo
del desarrollo de las ciencias y la filosofía burguesas que, paradójicamente,
había sido el primero en promover .
Todos los autores coinciden en que tras el pasaje agostador de los primeros
Austria, se ha paralizado el impulso histórico: España y Portugal se apagan; su
técnica y su cultura quedan prisioneras de una clerecía escolástica e
improductiva. Se cierran talleres y despueblan ciudades. Ramas íntegras de la
producción se desvanecen. Se le suma a esto la dictadura de los frailes, tributo
inmenso y final que se paga a la liquidación de los particularismos locales por
mecanismos burocráticos: en este caso la unificación religiosa.
Las raíces sociales del Quijote
Para los tiempos de la unificación peninsular, el contraste entre sueño y
realidad no podía ser más amargo: "En el siglo XVII, el hambre había llegado
hasta los palacios: la embajadora de Francia en Madrid en esa época dice haber
estado con ocho o diez cortesanos que desde hacía tiempo no sabían qué era comer
carne. Se moría la gente de hambre por las calles" [ídem: 91].
En los campos, a la hambruna se suma la peste. De 1599 a 1601, "el 'hambre que
sube de Andalucía' enlaza con 'la peste que baja de Castilla': la peste
bubónica, la más terrible, aunque esta vez no viene del Mediterráneo, sino que
surge simplemente, nos dice el doctor [Cristóbal Pérez de] Herrera, 'entre los
pobres desprovistos de todos los medios de vida ... Destruye en España la mayor
parte de ella', sobre todo en la España interior" [VILAR, 1964; 431 passim; apud
GONZÁLEZ DE FAUVE-RAMOS, 1977.]
España y Portugal ven impotentes cómo se menoscaba su posesión colonial, se
extinguen sus sementeras y se evaporan sus talleres: los adalides del
catolicismo se ven obligados a adquirir préstamos, telas, calzados y vituallas a
los mismos herejes protestantes que hacen arder –no sin réplicas equivalentes,
dicho sea de paso- en las hogueras de la Inquisición. Supremo símbolo de una
política, "hasta la cera usada en las iglesias se hace venir de Inglaterra, de
Holanda o de Marruecos por intermedio de mercaderes franceses" [RENARD-WEULERSE,
1950: 38] ¡Aún los cirios de la Contrarreforma, bajo la estulticia lúgubre de
los Habsburgo españoles, enriquecen a los apicultores luteranos y calvinistas!
La unidad en sí misma, despojada de contenido plebeyo, se revela cuando menos
inútil. Políticamente, desaparecen el artesanado urbano, el campesinado
independiente y la burguesía que tanta importancia habían tenido bajo los Reyes
Católicos. Sus últimos representantes, los agermanados (hermandades) de Valencia
y las comunidades castellanas, se alzan en 1519; los comuneros de Castilla son
aplastados en Villalar (batalla del Puente de Fierro), el 23 de abril de 1521.
Los agermanados de Valencia caen con la ciudad el 3 de marzo de 1522. Esta
derrota de las últimas resistencias populares nos coloca ya en el país del
Buscón y del Lazarillo.
Más aún: España ya está madura para producir el Quijote. Aplastada la rebelión
burguesa, es la hora de los tecnócratas; se trata de los arbitristas, cuya
imposible tarea es mantener la unidad y la potencia ibérica sin tocar su
estructura social. El mundo irreal en que devanan sus ilusiones y remedios
constituye la base material de la gran novela cervantina, obra del "tiempo en
que España va a confrontar sus realidades con sus mitos, para reir o para
llorar" [VILAR: ibíd.]
Portugal: de la paz de Westfalia al tratado de Methuen
Si la palabra grandeza representa a la España del Siglo XVI, a partir del siglo
XVII la que mejor la describe es desmedro. La unificación, última oportunidad
que le brinda la historia a los pueblos peninsulares, llega cuando ya no hay
cómo sostenerla y, por lo tanto dura escasos sesenta años. En 1640, Cataluña y
Portugal se rebelan al unísono contra Madrid.
Al final de las guerras sobrevinientes, Barcelona pierde Carcasona y Narbona,
pero se mantiene en el seno de España. Portugal, en cambio, logra su libertad.
¿Libertad? ¿De quién y para qué? En estricto rigor, queda libre de un gran
destino. Esa "independencia" portuguesa de 1640 es una gran derrota del mundo
ibérico en su conjunto. Expresa la decadencia de ambos países, donde "el rufián
y el pícaro son ahora los genuinos sucesores del héroe y del soldado" [OLIVEIRA
MARTINS, 1942: 329].
Si la exangüe España intentaba terciar aún de igual a igual en una Europa que ya
la despreciaba, Portugal ni siquiera se ilusiona.
Bajo el comando del gran Enrique el Navegante, sus marinos habían doblado y
rebautizado el cabo de las Tormentas, a partir de entonces cabo de Buena
Esperanza. En 1498, Vasco da Gama se hace conducir a Malabar. En Omán (postrer
intento por sostener su predominio en el comercio de especiería) Venecia hace
lanzar contra los portugueses las flotas egipcias; de resultas de su victoria,
"los portugueses reinarán como señores en las aguas de las Indias" [RENARD-WEULERSE,
1950: 48]
Lisboa "la Grande" destrona a la Serenísima. Se convierte en "la ciudad
encantada de Occidente". Pero esta riqueza comercial, hija del tráfico lejano,
no se distribuye por el reino de Portugal. Basta con cruzar el Tajo, ir al
Alemtejo, para encontrarse con un semidesierto; manadas de lobos vagan por todo
el reino. A fines del siglo XVI, la población cae de dos millones a uno [ídem:
49]. La introducción de la esclavitud rebaja aún más la condición de los
campesinos, que refluyen hacia las ciudades.
Progresivamente, los portugueses abandonan la distribución de los cargamentos
exóticos de Oriente. Inicialmente llegaban a acarrearlos hasta Amberes.
Posteriormente, esperan en Lisboa a quienes los vendrán a buscar: los
holandeses, que al mismo tiempo traen las manufacturas que se compran con el
resultado de la venta de los productos coloniales. Quedan en manos extranjeras,
así, los ingresos engendrados por esclavos africanos, especias de Indias y
azúcar americano [ídem: 50]. Menos belicoso que Madrid pero también pésima
administradora de sus riquezas, Lisboa se ahoga en el goce de las rentas del
comercio lejano : "desde fines del siglo XVI, vive como un parásito de un pasado
cuyo esplendor exagera... Estancadas las fuentes asiáticas... continuó
suponiéndose el Portugal lleno de opulencia de Don Sebastián vivo,...
ilusionándose con una mística imperialista ya sin base" [FREYRE, 1943: II,
14-15].
La unión con Castilla-Aragón ("España"), no le abre nuevas perspectivas. Antes
bien, cierra las que tenía: los holandeses se lanzan sobre las colonias
portuguesas, mal defendidas. La expulsión de los judíos lleva "a todo el
mediodía de Europa, a Holanda, a Francia, los capitales de que disponen. La
Inquisición ... irrita a los indígenas que persigue; el celo indiscreto de los
misioneros suscita rebeliones y guerras; es así cómo en 1637 los portugueses son
expulsados del Japón... Y en la metrópoli, el lujo religioso absorbe la mayor
parte de los tesoros acumulados por el gobierno" [RENARD-WEULERSE, 1950: 51]
En 1675, Ribeiro de Macedo, un economista portugués "admirable de intuición y de
buen sentido" comprende "que [...] aun siendo dueño de las Indias y del Brasil,
con su improductividad de nación simplemente comercial, se tornó en un mero
explotador y transmisor de riquezas" [FREYRE, I: 96]. Escribe, con evidente
amargura: "será de extranjeros la utilidad que nuestra industria descubrió en
[las colonias] y nuestro trabajo cultivó, y vendremos a ser en el Brasil unos
capataces de Europa, como lo son los castellanos, que para ella arrancan de las
entrañas de la tierra el oro y la plata" [Sobre a introducção das Artes, en
Sergio, Antonio: Antologia dos Economistas Portugueses. Lisboa, 1924. Apud
FREYRE: ibíd.] Pocos años después, el descubrimiento del oro coloca a Minas
Geraes en el centro del imperio americano de Lisboa y lo asemeja más aún al
español, centrado en el oro mejicano y la plata potosina .
Con la paz de Westfalia (1648), el fin de las guerras de religión consuma la
derrota global del mundo ibérico. Madrid seguirá combatiendo por largos lustros
para retener a Portugal, pero sin resultado.
Inglaterra y Francia han vencido; a partir de ahora, arruinados, los Estados
peninsulares se reducen por un siglo a comparsa de enfrentamientos ajenos,
cuando no a reñidero de gallos de Europa: con la Guerra de Sucesión española la
parábola descendente alcanza su extremo inferior.
Y lo hace tanto para Madrid como para Lisboa: es con ocasión de esa guerra que
en 1703 un enviado de Inglaterra, John Methuen, celebra un tratado entre su
gobierno y el portugués que se hará célebre como paradigma de iniquidad.
El primer acuerdo semicolonial impuesto a un pueblo ibérico
Tan oprobioso es el acuerdo que ni siquiera se lo conoce –como es de estilo- por
el nombre del lugar en que se lo lleva a cabo. Es, simplemente, el "tratado de
Methuen", y no hace sino encubrir la derrota de Lisboa: el país deja,
definitivamente, de ser sujeto de sí mismo, y pasa a ser objeto de las luchas
entre Londres y París.
Su articulado, de 1703, abre a Portugal el camino para traicionar a la misma
Francia con cuyo concurso se había "liberado" de la dominación española. A
cambio, lo somete a las necesidades británicas, al promover explícitamente el
comercio en textiles (ingleses) por vino (portugués) .
Este verdadero arquetipo de tratado semicolonial rigió hasta 1831. Durante ese
lapso, Londres privilegia arancelariamente los caldos del Duero por sobre los de
Francia y Alemania, mientras que Portugal hace lo propio con los productos
industriales ingleses, en particular los tejidos de lana.
Irónica "libertad", la que obtiene Portugal en ese fatídico siglo XVII: ¡la de
carecer de hilanderías! Frontera por medio, la Mesta destruye sembríos en España
para dar paso a las majadas trashumantes, pero el tratado impide a los
portugueses beneficiarse directamente de ese privilegio señorial que arruina
campesinos españoles. La lana española no pasa a Portugal, que está a tiro de
piedra: se exporta y retorna, ya tejida y por vía de Londres, a Lisboa. Ya
tenemos prefiguradas aquí las dos docenas de "naciones" latinoamericanas que
–bajo un multilateralismo ficticio- comercian unilateralmente con una o dos
grandes potencias en lugar de hacerlo con sus vecinos.
Ni siquiera el comercio de vinos queda en manos portuguesas. Del mismo modo que
los factores de la Casa de Contratación sevillana eran básicamente extranjeros,
poderosos mercaderes ingleses se establecen en Oporto. Desde allí comienzan a
exportar un triste jarabe conocido como "vino de Oporto", que barre en
Inglaterra al muy superior vino francés, gracias a la preferencia arancelaria:
la burguesía inglesa siempre supo ver dónde estaba su negocio: era literalmente
un mal trago, pero pagaba muy bien.
Bajo el comando británico se arruina toda perspectiva de desarrollo portugués
independiente; la industria se desvanece en un horizonte ocluido y Lisboa
cristaliza como barraca comercial, intermediando entre el Imperio lusitano y
Europa del Norte. Se constituye así una relación colonial con independencia
aparente –quizás el primer caso de vínculo semicolonial- que David Ricardo usará
como ejemplo privilegiado de su hipótesis sobre las "ventajas comparativas" y
los beneficios del librecambio.
Los orígenes entreguistas de la aristocracia portuguesa Como se ve, en el origen
de la balcanización no solo se encuentra la aristocracia castellana y el régimen
de los Habsburgo. Con estos antecedentes anglómanos se inicia la aristocracia
divisionista que, apenas nacida, condenó a Portugal al triste rol de patio
trasero de Inglaterra. En América, nuevamente de la mano de Su Majestad
Británica, cumplirá el mismo papel.
A lo que aquí reseñamos apretadamente conviene agregar la opinión que daba Ramos
en 1968, en su Historia de la Nación Latinoamericana: "En pago del apoyo
brindado por el gobierno británico a la salvación de la familia real portuguesa,
los Braganza firman en 1810, desde Río, un tratado con Gran Bretaña. Según
Canning, por ese acuerdo los ingleses 'recibían importantes concesiones
comerciales a expensas del Brasil' en cambio 'de los beneficios políticos
importantes conferidos a la Madre Patria'. El más desenfrenado librecambio queda
instaurado" [1968: 258].
Y: "la anglofilia general de la Corte Imperial no significaba en modo alguno que
los Braganza no persiguiesen sus propios fines en América", pero "cuando estos
fines chocaban con la política inglesa, eran generalmente desechados" [259]. En
realidad, el "propio Brasil se convirtió en una punta de lanza británica contra
el resto de la nación latinoamericana, mientras ésta era empujada por el mismo
amo imperial contra el Brasil" [256]. Son extremadamente sugerentes los
apartados 10 a 13 del Capítulo VIII [255-262].
Más adelante: "el parasitismo social del régimen esclavista... dejaba tan flojos
los lazos del Imperio que toda la historia del Brasil se convertía en una
aventura constante tendiente a la escisión de las partes que lo constituían. Muy
diferente del carácter centralizador de las monarquías europeas absolutas, el
Imperio transmitió a la República brasileña esa debilidad orgánica... La unidad
brasileña careció siempre de bases sólidas; el secreto es preciso buscarlo en su
estructura social: en la ausencia de un centro capitalista unificador. el
resultado ha sido la importancia adquirida por el regionalismo económico y
político y el papel excesivo jugado por algunos Estados brasileños en el
conjunto de la vida nacional" [434].
Para el gran historiador de la Izquierda Nacional, evidentemente, atribuir a la
"burocracia imperial brasileña" un patriotismo especial es, cuando menos, un
exceso. Las raíces son incluso más hondas que lo resumido por Ramos. Una opinión
convergente, en nuestros días, presenta el equipo que, dirigido por César
Benjamin, redactó el interesante ensayo titulado A opção brasileira. Particular
utilidad presentan, a nuestros fines, los análisis que se hacen sobre la
relación entre esclavitud y debilidad del Estado [BENJAMIN, 2002: 75 sgtes.]
En Casa grande y senzala (1943: II, 25 sgtes.) Gilberto Freyre señala que si
Portugal no se incorpora a Castilla se debe al "cosmopolitismo comercial, la
finanza, el mercantilismo burgués" engendrados por el tráfico portuario (hay
pruebas de que ya a principios del siglo XIII los navegantes portugueses
llegaban a Flandes, Inglaterra y Levante)". Según Freyre, quien sigue aquí a
Antonio Sergio, esta tenaz repulsión a la unidad se debió a la presencia de
"elementos extranjeros de diversos orígenes" que se asentaban allí "donde el
comercio del norte de Europa se encontró con el del Mediterráneo".
Esta burguesía medieval urbana y navegante, más prematura que precoz, sirvió de
apoyo a la corona frente a la aristocracia. Se apoyaba en la aventura comercial
ultramarina, pero no impulsaba el desarrollo de las industrias y artesanías
locales.
Es que una burguesía comercial especializada en el tráfico de ultramar no es por
sí misma garantía de desarrollo capitalista autocentrado. Necesita para ello un
vínculo orgánico con aquellas clases sociales que, localmente, participan de la
producción material directa de los bienes necesarios a la vida humana. Esto
estaba completamente ausente del Portugal del siglo XVI. Por el contrario, como
observa Guicciardini [FREYRE, cit: 78], "[l]a pobreza es grande y... proviene...
de la índole de sus habitantes, opuesta al trabajo; prefieren enviar a otras
naciones las materias primas... para comprarlas después".
Así, "Portugal, que había llegado a exportar trigo a Inglaterra, tornóse en su
etapa mercantilista, el importador de todo cuanto necesitaba para su mesa, menos
la sal, el vino y el aceite" [ídem: 85] Un empobrecimiento alimentario se suma
al abandono de la agricultura común a las Españas y proviene de "la monocultura
estimulada en Portugal por Inglaterra a través del tratado de Methuen" [ídem:
88]
De este modo, el atraso agrario, la nostalgia del imperio ultramarino y la
orientación extrovertida de la vida portuguesa le impiden aprovechar, entre 1580
y 1640, la unión de las dos coronas peninsulares. Se abren a esa burguesía,
potencialmente, las puertas de toda la península (y a sus colonos americanos, el
camino pacífico hacia el Plata, que varios llegaron a emprender). Pero no las
puede aprovechar.
Después de Villaviciosa, todo estaba listo para la intervención británica, que
se cumplió a la perfección. La decadencia final se revela con toda su
profundidad cuando los avances de la navegación van mermando el interés en la
desmedrada escala lusitana. Inglaterra, por otro lado, ya dispone de suficientes
bases mediterráneas como para desentenderse de su suerte.
El rebote americano de la gran derrota
España tardará casi tres siglos en recuperarse. Portugal se convierte en una
dependencia británica con ínfulas de grandeza.
En América se abre una fatal hendidura entre los dominios de las dos coronas.
Una larga guerra (civil, pero aparentemente "internacional") hinca sus talones
en la frontera viva castellano-lusitana . Los avatares de esta permanente
fricción fronteriza estuvieron íntimamente ligados a los esfuerzos británicos
por destruir las últimas chispas de energía que restaban aún en los imperios
peninsulares... ¡como si éstos no hubieran tenido ya bastante con Juana la Loca,
Carlos V, Felipe II y los primeros Braganzas!
De preferencia, estos afanes privilegiaron el enfrentamiento entre los dos
países ibéricos antes que la intervención directa de Londres. Siempre fieles a
sus métodos, las clases dominantes de la Isla supieron usar la disensión ajena
en provecho propio (por ejemplo, obtienen para sí un asiento de negros en Buenos
Aires –nido de contrabandistas, en realidad- gracias al conflicto
hispano-portugués por la Colonia del Sacramento).
Esto no era un mero efecto de habilidades personales. Grandes dirigentes y
políticos los hubo también en Portugal y España. Pero entre las décadas finales
del siglo XVI y las del siglo XVIII , los dos países se anonadan bajo la masa
abrumadora de sus arcaicas estructuras políticas, económicas y sociales;
mientras tanto, Holanda, Inglaterra y Francia modernizan y fortalecen las suyas,
ganando vuelo y audacia. En el vasto teatro de operaciones americano, la pugna
por asuntos locales cada vez responde menos a los intereses peninsulares y más a
la lógica impuesta por las nuevas potencias mundiales.
La balcanización vino desde Europa: la derrota de las fuerzas revolucionarias de
la Península la hizo inconmovible, y en América se tornó llave maestra de
nuestro sometimiento. La unidad no fue duradera porque mantuvo el poder de las
clases que se le oponían. La victoria del pasado, condensada en la continuidad
de las estructuras sociales heredadas, impidió aventar las raíces sociales del
desmedro. La unidad es revolucionaria, pero una unidad formal que, sin masas en
acción conciente, renuncie a doblegar a las clases sociales que viven del mutuo
extrañamiento de nuestros pueblos, será en América tan fantasmal y elusiva como
lo fue en Europa cinco siglos atrás.
* El presente texto forma parte del primer capítulo de la "Geopolítica de la
Industrialización de América Latina" que está preparando el autor. Deseamos
dejar constancia, en la presente versión, que al momento de redactarlo no
teníamos a nuestro alcance un texto fundamental para tratar el tema, "La España
que conquistó el Nuevo Mundo", de Rodolfo Puiggrós. En la versión final y
definitiva corresponderá hacerle justicia; tomando abundantes de elementos de
ese trabajo, insoslayable para quien tenga interés en conocer la dialéctica
entre Medievo y modernidad que caracteriza todo el momento, tanto en la
Península Ibérica como en América, y la relación entre esa dialéctica y la
balcanización.
La presente versión fue publicada por vez primera en la revista “Política”, año
1, número 1.
BIBLIOGRAFÍA
Amin, Samir. El desarrollo desigual. Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986.
Benjamin, César, Ari José Alberti, Emir Sader, y otros. A opção brasileira. Rio
de Janeiro, Contraponto, 2002.
Elliott, J.H. La España Imperial, 1469-1716. Barcelona, Vicens Vives, 1980.
Enea Spilimbergo, Jorge. La cuestión nacional en Marx y otros ensayos políticos.
Buenos Aires, Fondo Editorial Simón Rodríguez, 2003.
Estrabón. Geografía (Hispania y Galia). Barcelona, Planeta-de Agostini, 1995.
Freyre, Gilberto. Casa-Grande y Senzala. Formación de la familia brasileña bajo
el régimen de economía patriarcal. Buenos Aires, Emecé, 1943.
González de Fauve, María Estela; Norah Beatriz Ramos (compiladoras). Historia de
España. Lecturas. Segunda parte. Universidad de Buenos Aires, Facultad de
Filosofía y Letras, 1977.
Hale, J.R. La Europa del Renacimiento, 1480-1520. Madrid, Siglo XXI, 1973.
Hoppe, Hans-Hermann. Democracy: the God that failed. The economics and politics
of monarchy, democracy, and natural order. New Brunswick (USA) and London (UK),
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Oliveira Martins, J.P. Historia de la civilización ibérica. Buenos Aires, El
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Renard, G.; G. Weulerse. Historia económica de la Europa Moderna. Buenos Aires,
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Ribeiro, Darcy. O povo brasileiro. A formação e o sentido do Brasil. São Paulo,
Companha das Letras, 1999.
Romano, Ruggiero; Alberto Tenenti. Los fundamentos del mundo moderno. Edad Media
Tardía, Renacimiento, Reforma. Madrid, Siglo XXI, 1975.
Vilar, Pierre. Historia de España. Barcelona, Crítica, 199
Watt, Montgomery. Historia de la España islámica. Barcelona, Cambio 16, 1992.
NOTAS
1 La "burguesía" del modelo que describe Carlos Marx en El Capital está
históricamente justificada porque necesita ampliar permanentemente la escala de
producción como condición de su propia supervivencia. Pero no toda clase
dominante de una formación económico social perteneciente al modo de producción
capitalista es, necesariamente, una burguesía en ese sentido. A estas clases
sociales solo se las puede denominar como "burguesías" en un sentido
descriptivo, pero no en sentido estructural. Son lo que en América Latina se ha
dado en llamar "oligarquías". [ENEA SPILIMBERGO, 2003: 96; vid. sp. n. 8
2 Para ser precisos, la Reconquista propiamente dicha se extiende hasta la
batalla de las Navas de Tolosa, a principios del siglo XIII. Pero la fecha
convencional de su término la sitúa a fines del siglo XV.
3 "A fines del siglo XVII España contará con 625 000 nobles, cuatro veces más
que los que poseerá jamás la sociedad francesa, cuatro o cinco veces más
numerosa, sin embargo; y cuando entonces se deciden a proclamar que la industria
no degrada, es demasiado tarde (1682)... En 1669, [l]a población total del reino
ha quedado reducida a cinco millones [RENARD-WEULERSE, 1950: 33,45]. La fecha
del dato es de pleno Barroco, pero la comparación con el caso francés, tan
conocido por la sobreabundancia de nobles, revela tendencias que ya regían en el
Medievo.
4 Sobre el papel disgregador de las
marcas y baronías guerreras del Medievo baste señalar el cumplido en Inglaterra
por los marqueses del confín galés, en Alemania por los señores de la marca
oriental (Öster-reich, Austria), etc.
5 Aragón, por otra parte, tenía una estructura confederal: centrada en
Cataluña, Valencia y las Baleares eran sin embargo muy celosas de sus
autonomías.
6 Las coronas de Castilla y Aragón, además, tenían intereses extrapeninsulares y
centrífugos, especialmente los aragoneses, quienes se orientaban hacia
posesiones en el Mediterráneo central y oriental (Mallorca llega a ser
independiente por un corto período). Castilla, que inicialmente concentraba su
potencia dentro de la Península, llega a las Canarias y pronto se ve lanzada a
la inmensa aventura del Nuevo Mundo. Las burguesías catalana, valenciana y
mallorquina estarán excluidas de América hasta el siglo XVIII.
8 Aún sin entrar en esos detalles, un análisis pormenorizado de las
instituciones de tiempos de los Reyes Católicos demuestra cuánto tenían aún de
fragmentación medieval [ELLIOTT, 1980: 77-87], y se descubre en el famoso afán
burocrático de Felipe II una aversión profunda al contacto humano y a tomar
decisiones más que la voluntad de construir un Estado moderno.
9 Pierre Vilar llega
a definir al imperialismo español de esos años como la "etapa superior del
feudalismo". La frase viene de Lenin, quien definió el imperialismo
contemporáneo como la "etapa superior del capitalismo", y nos parece muy
acertada. En ambos casos se trata de prorrogar un régimen atrasado, que cruje
por todas sus articulaciones. El intento de los Austria de permanecer en la
Edad Media fue tan decadente y atroz como la actual "globalización".
Los Habsburgo encarnan, ya desde fines
de la Baja Edad Media, cuanto de atrasado y de siniestro puede tener una clase
dominante de Europa. No es una casualidad que entre los panegiristas
contemporáneos del imperialismo globalizador se puedan encontrar defensores
acérrimos de ese Imperio multinacional y semifeudal centroeuropeo que nutrió por
siglos a su rama principal (HOPPE, 2002: "Introduction", págs. xi-xxiv). Se
trata, en ambos casos de las fases terminales de un modo de producción: el
tributario-feudal para los Austria, el capitalista hoy.
9
El gasto
suntuario de la aristocracia y la exacción de banqueros e intermediarios,
ajenos al país o indiferentes a su destino,
dejan en España una fracción mínima de los ingresos americanos ¡y la Corona la
malgasta en combatir turcos o
perseguir
protestantes! Esto afecta incluso al momento más glorioso de la
España imperial: la batalla de Lepanto, completamente innecesaria desde el punto
de vista español estricto. Eso sí, a la casa de Austria le asegura las fronteras
imperiales en el Oriente austrohúngaro y apoya a Venecia, la única
verdaderamente beneficiada. Para Soldevila, nada le rindió a España; Braudel,
que valora su importancia para el resto de Europa, no puede ocultar que se trata
de una batalla ajena al interés español. La política de los Austria, aún en
este caso supremo, se revela completamente antiespañola [Ambas citas pueden
consultarse en la posición web http://www.mgar.net/var/lepanto.htm].
José Ramón Cumplido Muñoz [http://www.revistanaval.com/armada/batallas/lepanto.htm],
amén de resaltar la similitud ideológica (aunque con signo cambiado) entre el
otomano decadente Selim y el católico reaccionario Felipe II, coincide en las
apreciaciones antedichas.
10 Isabel "gozaba de una reputación europea por su protección a la ciencia ...
existía en el país una inquietud intelectual y un afán por los contactos
culturales con el extranjero ... La España de Isabel y Fernando era una sociedad
abierta, interesada por las ideas extranjeras y dispuesta a aceptarlas. La
creación de la Inquisición y la expulsión de los judíos fueron sendos pasos
hacia atrás, pero al mismo tiempo resultaron insuficientes para desviar a España
de su viaje de exploración más allá de sus fronteras." [ELLIOTT, 1980:
132-135; confer PALACIO ATARD, 1947: 63-79; apud GONZÁLEZ DE FAUVE-RAMOS,
1977].
11
Adoptamos la definición de Samir Amin, que no alude al tiempo de travesía sino a
que se trata de comercio entre formaciones económico-sociales
que ignoran los costos
relativos
de producción de
los bienes transados.
Este comercio,
lejos de oponerse a las
formaciones precapitalistas
es
uno de sus componentes estructurales: "no es
un modo de producción, sino el modo de articulación de formaciones autónomas...
relaciona sociedades que se ignoran, es decir, productos cuyo coste de
producción en la otra desconoce cada una de las sociedades, productos raros, no
sustituibles... jugará un papel decisivo cuando el excedente que las clases
dominantes pueden obtener de los productores dentro de la formación se vea
limitado, debido al nivel de desarrollo menos avanzado de las fuerzas
productivas y condiciones ecológicas difíciles, o bien a la resistencia de la
comunidad aldeana. En este caso, el comercio lejano permite, en beneficio del
monopolio que autoriza, la transferencia de una fracción del excedente de una
sociedad a otra"
[AMIN, 1986:
12-13].
12 Como bien explica Ribeiro en O povo brasileiro, "o Rio de
Janeiro nasce e cresce como o porto das minas. O Rio Grande do Sul e até a
Argentina, provedores de mulas, se atam a Minas, bem como o patronato e boa
parte da escravaria do Nordeste. Tudo isso fez de Minas o nó que atou o Brasil
e fez dele uma coisa só" [153]. La demanda de las minas auríferas apiñadas en
torno a Ouro Preto obra como centro unificador dinámico de las posesiones
lusitanas en Sudamérica. El fenómeno es idéntico al del Alto Perú en los
colindantes virreynatos y presidencias españolas.
13 Methuen sabía perfectamente cómo someter un pueblo al coloniaje. Entre 1697
y 1703 se había desempeñado como Lord Chancellor of Ireland, el cargo
judicial más alto de la Irlanda oprimida por la soldadesca y los terratenientes
ingleses.
14 La Mesta era una organización de grandes ganaderos ovinos que gozaba
de múltiples privilegios, incluido el de libre pastaje a lo largo de las
"cañadas" por las que llevaban sus haciendas en dirección a Bilbao. Eje de la
economía tardomedieval castellana, la exportación de lana merino se convirtió
así en la principal apoyatura de la Corona y en el factor inicial de la
unificación del Estado castellano (debemos esta apreciación a una comunicación
personal del Dr. Roberto Ferrero). Este hecho explica tanto la consideración de
Fernando e Isabel hacia la alta aristocracia como la incapacidad de las
burguesías (especialmente de Castilla la Vieja) para orientar la acción
unificadora en un sentido más moderno.
15 Abarcaba el sur y sudoeste de lo que hoy es el Brasil, y en especial
el medio millón de kilómetros cuadrados que coinciden, aproximadamente, con los
actuales Estados de Santa Catarina y Río Grande do Sul.
Con la independencia portuguesa se detiene el ingreso lento pero pacífico de
súbditos de Lisboa a las Indias castellanas (en particular al Río de la Plata),
y en cambio recrudecen la expansión militar hacia el Plata y los ataques
bandeirantes sobre las Misiones. Sin ella, no habría sido impensable un
imperio ibérico en América del Sur cuyo frente pacífico tuviera orientación
castellana mientras que en el Atlántico predominaba la influencia portuguesa:
durante todo este período Buenos Aires se "abrasileñiza" notablemente.
16 Salvo las tres o cuatro décadas finales, dominadas por el despotismo
ilustrado; éste revivió a los dos países y en el caso español la Ilustración
nutrió a los intelectuales revolucionarios de principios del siglo XIX,
directamente o a través de sus maestros.
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Politología
Marxismo, crisis
económica y lucha de los pueblos
Por Armando Hart Dávalos
(Cubarte).- Los más recientes indicadores de la economía norteamericana reflejan
el agravamiento de problemas que desde hace algún tiempo vienen preocupando a
economistas y políticos en todo el mundo.
El debilitamiento del dólar frente a otras monedas como el euro, el yen; la
crisis en el sector hipotecario y el aumento del precio del barril de petróleo
hasta sobrepasar límites históricos han incrementado los augurios acerca de una
recesión en Estados Unidos. Resultan significativos los de David Walter,
contralor general, referidos al alarmante desequilibrio fiscal que pudiera
conducir a una explosión de la deuda y los de Allan Greenspan, ex presidente de
la Junta Federal de la Reserva, que sitúa las posibilidades de una recesión en
más de un 50 por ciento. En recientes reflexiones del Comandante en Jefe se ha
abordado también con profundidad el fenómeno.
Para los que decretaron la muerte al marxismo, la entrada de la economía
norteamericana en la fase de recesión vendría a confirmar, con la tozudez de los
hechos científicos, la validez de las previsiones de Marx respecto del carácter
cíclico de las crisis en el sistema capitalista. Es cierto que se han acumulado
experiencias para modificar el ciclo y retardar o disminuir el efecto de las
crisis económicas pero la irresponsabilidad de la actual administración con su
política guerrerista financiada con un dólar cada vez más debilitado y sin
respaldo, ha venido creando una situación insostenible hacia el futuro.
Se ha insistido, y con razón, en que la crisis por sí sola no significará el fin
del capitalismo, que la economía norteamericana tiene la capacidad de remontar
la crisis y que solo la lucha de los pueblos, incluido desde luego el
norteamericano, podrá acabar con el sistema de dominación imperialista.
Sin embargo, una crisis de grandes proporciones, como la que parece avecinarse,
traería cambios inevitables en la política tanto interna como externa de Estados
Unidos e influiría considerablemente en sus aliados imperialistas. Recordemos la
crisis de 1929, sus efectos devastadores a escala mundial, y el surgimiento en
la política de Estados Unidos de una figura como Franklin Delano Roosevelt y su
New Deal para hacer frente a los agudos problemas sociales agravados por aquella
crisis.
Ahora, las pretensiones hegemónicas y la política que sustentan los sectores más
reaccionarios de Estados Unidos sufrirían un duro golpe y se crearían mejores
condiciones para la supervivencia y desarrollo de los procesos de cambio en
marcha en nuestra región.
No se trata en modo alguno de desear la crisis como remedio a todos los males
actuales por los que atraviesa la humanidad, porque estamos conscientes de los
efectos negativos que ella tendría para la economía internacional, pero sí de
prepararnos y aprovechar las posibilidades que se abrirían con el debilitamiento
del poder hegemónico para avanzar en la reestructuración del orden financiero
internacional actual basado en el dominio del dólar, afianzar la multipolaridad
---el equilibrio del mundo planteado por Martí---, y consolidar los procesos de
integración en América Latina y el Caribe.
Hace más de una década la revista The New Yorker publicó un artículo con el
título El regreso de Carlos Marx, que subraya la vigencia de su pensamiento en
la explicación de los fenómenos de la economía capitalista. Junto a los
barruntos de crisis económica está a la vista la fractura de las bases éticas,
políticas y jurídicas de las sociedades más desarrolladas de Occidente, y en
especial la norteamericana actual, la cual constituye, como se sabe, el poder
hegemónico del capitalismo mundial.
Para los revolucionarios, la vía a seguir pasa por situar la justicia como
categoría principal de la cultura pues no hay sistema social que pueda
prevalecer sin un fundamento cultural. No es posible concebir la esclavitud en
Roma sin derecho romano y no puede haber socialismo si no somos capaces de
encontrar los vínculos que unen la ética, el derecho, la política práctica en su
integridad cultural.
Ahora, junto con el gigante de Tréveris, regresan Bolívar, Martí, los próceres y
pensadores de Nuestra América y regresa el Che, con su adarga al brazo, para
señalarnos el camino de la total y definitiva independencia de nuestros pueblos.
Fuente: www.cubarte.cult.cu 04/01/08
Educación
Las ciencias y la lógica del mercado
Por Ruben Dri *
Las siguientes líneas se suman a la polémica iniciada tras las declaraciones del
ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, en una entrevista con este
diario. El filósofo Rubén Dri propone reflexionar sobre la situación de las
ciencias sociales en la Universidad de Buenos Aires.
Para el debate abierto sobre el conocimiento es fundamental preguntarse sobre la
situación del conocimiento, la investigación y la docencia en nuestra
universidad. Lo que en primer lugar salta a la vista es que la universidad en
general, y la Facultad de Ciencias Sociales que aquí nos interesa en particular,
aceptaron la lógica del mercado que como un huracán se impuso en nuestro país en
la década del ’90. El deterioro académico, que es una percepción generalizada,
no es más que su consecuencia. Menester es, pues, que comencemos a realizar un
análisis crítico de semejante lógica, a fin de recuperar la facultad como
espacio de creación colectiva al servicio de la sociedad.
Todo el mundo sabe que los sueldos que se pagan a los profesores son
insuficientes. Para remediar tal situación el neoliberalismo encontró la
solución: la categorización y los incentivos.
- La categorización. Una universidad –unidad en la diversidad– es la comunidad,
el sujeto colectivo, la producción colectiva de conocimiento, no en el sentido
de supresión de las individualidades, sino de afirmación de las mismas en el
seno de la comunidad. La comunidad no significa que todos hacen lo mismo o que
todas las funciones son exactamente iguales. Hay funciones diferentes, la de
profesor titular, la de asociado, la de adjunto, la de auxiliar, pero ello no
implica tener profesores de primera, profesores de segunda y profesores de
tercera y profesores “parias”. Eso sólo acontece en una sociedad de castas.
Mediante los concursos se delinean las funciones en el marco de la comunidad. El
“genial” invento de la “categorización” rompe la comunidad, introduce la
jerarquización, la competencia, el individualismo, en una palabra la concepción
individualista y de guerra a muerte que es propia del neoliberalismo. Se lleva a
la práctica de esa manera uno de los principios fundamentales del
neoliberalismo, la desigualdad. Esta, efectivamente, para dicha filosofía no
sólo es un valor positivo, sino el valor positivo por excelencia, pues incita a
la competencia, motor de todo progreso. ¿Cómo se categoriza? Mediante la
asignación de puntajes a determinadas actividades que se supone realizan los
docentes. Ahora bien, la categorización hace referencia directa a la
investigación, teniendo en cuenta también la docencia, pero ésta, de manera
subordinada. Los docentes universitarios aparecemos así categorizados como
“investigadores de primera”, “de segunda”, “de tercera” y así en adelante.
Puedes haber ganado el concurso que sea, eso quedó atrás, lo importante ahora es
que te sometas a la categorización.
De esa manera, el concurso queda desvalorizado. De hecho, es la clave para ser
designado como profesor regular, pero ello no significa que, por ejemplo, eres
apto para desarrollar un proyecto de investigación. Para eso deberás someterte a
un tribunal que juzgará si posees tal aptitud. Ahora bien, ¿cuál es el criterio
por el cual, por ejemplo, los libros publicados no pueden pasar los 180 puntos?
¿Por qué la docencia en carreras de posgrado puede llegar a los 100 puntos? El
único criterio es el “decisionismo”. No puede ser de otra manera cuando se
aplican las matemáticas, o sea, lo cuantitativo, a lo cualitativo. Es cierto que
esto se aplica al poner determinado puntaje para la aprobación de las materias.
La diferencia es que, en este caso, el puntaje está avalado por el conocimiento
–al menos eso se supone– que el profesor tiene en relación con el dominio que el
alumno posee de la materia. Es decir, lo cuantitativo en este caso es
simplemente una manera de significar la aprobación de la materia. En el caso de
la categorización el problema es diferente. Efectivamente, aquí no hay ninguna
aprobación cualitativa. Todo se reduce al más crudo cuantitativismo: asistencia
a los congresos, tantos puntos; artículos en revistas, tantos puntos; y así
adelante. Es una verdadera banalización del conocimiento.
El decisionismo que campea en la asignación de puntos a la investigación no
puede menos de asombrar al otorgar puntos de investigación a la “gestión” ¿Qué
tiene que ver la investigación con la gestión? Esta es una función de política
académica. A ella no se llega por méritos académicos, sino por elección. Es
bueno que quien ejerce una función política en la universidad posea méritos
académicos, pero no necesariamente ni siempre es así. La gestión es una función
necesaria que debe ser remunerada con criterios que tienen que ver con el
trabajo que implica, pero mezclar la gestión con la investigación, otorgar
puntajes de investigación por la gestión es mezclar el agua con el aceite.
Un profesor debe preocuparse por acumular puntaje. Para ello se lanza a acumular
títulos, maestrías y doctorados, asistir a congresos, presentar ponencias,
publicar artículos pero que sea con “referato”, porque de esa manera tienen
mayor puntaje. El invento del referato trae al imaginario la escena de la
competencia futbolística.
Una cosa es un artículo publicado con referato y otra, el mismo artículo
publicado sin tan importante y trascendente aprobación. Con artículos con
referato uno puede llegar a reunir nada menos que 200 puntos. Esos mismos
artículos, sin agregar una coma, pero privados de referato sólo pueden arañar
unos 50 puntos. El referato le agrega un plus que no se sabe de dónde viene. Es
como la “gracia eficaz” de San Agustín, o las palabras mágicas que transforman
la realidad material en espiritual.
Los libros publicados por editorial con arbitraje o comité editorial pueden
reunir hasta 180 puntos. Pongamos por caso: la Fenomenología del espíritu, la
Ciencia de la lógica y la Enciclopedia de las ciencias filosóficas de Hegel no
llegarían a reunir esos puntos porque es evidente que no contaron con ningún
arbitraje. Con algunas publicaciones que contasen con la “gracia” del referato
se pueden reunir hasta 200 puntos y superar a los tres libros de Hegel.
- Los incentivos. En diversas actividades el incentivo está prohibido. Se trata
de una práctica que va contra la ética. Ya que la práctica deportiva ha influido
en la adopción del referato, se podría haber adoptado también la práctica del
deporte en la cuestión del “incentivo”. En ella tal práctica está prohibida y
penada.
En la Universidad es práctica loable. Es necesario acumular puntaje, ser
categorizado en el nivel más alto posible, para entrar en los incentivos. Los
profesores universitarios para trabajar necesitan ser incentivados. Eso sí, se
paga en negro.
Suponer que para trabajar se necesita ser incentivado es directamente
humillante, pues ello significa que el trabajador es tan irresponsable como para
no realizar el trabajo que le corresponde. Si esto puede aplicarse a todo
trabajador, con más razón debe aplicarse a profesores universitarios, pues se
supone que éstos son “educadores”. Es absurdo pretender serlo si no se es
plenamente responsable de su trabajo.
- Los posgrados. La necesidad de acumular títulos para el puntaje con el que
puedas acceder a la categorización más alta y así puedas recibir un mayor
incentivo lleva a la multiplicidad de los cursos y títulos de posgrado. El grado
ha quedado “degradado”, tan degradado que en algunos programas recibidos de las
instancias superiores directamente no figura, porque sólo habla de pregrado y
posgrado.
Es ésta una grave deficiencia. El tronco de la formación universitaria, aquello
en lo que la comunidad universitaria debiera poner sus máximos esfuerzos es en
la formación de grado. Para esta instancia de la formación universitaria, la
Facultad debe contar con profesores debidamente concursados, con sueldos dignos.
Los profesores con dedicación exclusiva cada año informan sobre sus actividades,
tanto de la enseñanza como de la investigación, de modo que no necesitan otra
instancia para hacer lo mismo. Tampoco tienen necesidad de incentivo alguno,
porque el sueldo que reciben debe ser suficiente para una vida digna y un
trabajo eficiente.
Es un mérito de la Facultad de Ciencias Sociales el haber resistido eficazmente
a la tentativa de acortamiento de la carrera de grado. Sin embargo, la avalancha
de propuestas de posgrado la ha postergado.
- “Informes sobre las investigaciones.” Antaño, cuando no gozábamos de los
beneficios de las categorizaciones y los incentivos, el informe que se debía
rendir de las investigaciones realizadas era eso, un informe. Ello significa que
era necesario sintetizar el cuerpo de la investigación mostrando sus avances,
sus dificultades, el cumplimiento de los objetivos, los cambios que el proceso
de investigación ha obligado a realizar, etc.
Ahora todo eso cambió. Veamos: “Breve descripción del proyecto (120 palabras)”.
A continuación: “Describir las dificultades encontradas en la ejecución del
proyecto (120 palabras)”. A tan difícil y severo informe le siguen las “palabras
claves”. Eso es todo en cuanto informe del proyecto como tal. Claro que nada de
eso es importante. Lo importante viene ahora: Publicación de artículos,
presentación en congresos, simposios; realización de conferencias, en una
palabra, acumular puntaje.
De esta manera, lo cualitativo ha desaparecido, fagocitado por lo cuantitativo,
es decir, por el mercado. Hay que salir a vender el producto, saber presentarlo,
independientemente de su calidad. Es necesario saber llenar formularios, tarea
que se ha transformado en una de las principales actividades del docente
universitario que quiere “progresar”.
* Profesor consulto e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
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Fuente: Página 12, publicado el 28 de Enero de 2008
El
Derecho a conocer la Historia
Por Norberto Galasso
Tanto la Constitución Nacional, como diversos pactos internacionales, reconocen
a todo ciudadano un conjunto de derechos, que se han venido ampliando con el
transcurso del tiempo. Sin embargo, a veces se aduce, con razón, que esos
derechos, reconocidos por la ley y por la opinión mayoritaria de la sociedad,
las más de las veces no pueden ser ejercidos concretamente, especialmente dada
la desigualdad social reinante: la auténtica libertad de prensa requiere ser
dueño de un diario, el derecho a transitar depende del dinero para pagar el
pasaje, etc.
Si ahondamos la cuestión, podríamos sostener también que el verdadero ejercicio
de esos derechos exige, como condición para quien los ejerza, el conocimiento de
quién es él mismo, cuál es el país en que vive y cuál el rol que debería
desempeñar para el progreso suyo y de sus compatriotas.
Pero, para ello, es obvio que debe conocer profundamente la historia del país, a
la luz de la cual se tornará comprensible su propia vida. Si, por el contrario,
desconoce los rasgos fundamentales de la sociedad en que vive y las razones por
las cuales ella es como es, puede resultar que ejercite sus derechos de una
manera tan errónea que contraríe los propios objetivos que busca concretar. Por
ejemplo, quien suponga que los latinoamericanos son abúlicos y perezosos -por
motivos raciales- desconfiará seguramente de aquellos “oscuramente pigmentados”
y los denigrará, cuando, sin embargo, la verdadera historia le demostraría que
ellos fueron los soldados de la independencia y que dieron su vida a movimientos
políticos que provocaron un fuerte progreso de nuestros países.
El derecho de conocer la Historia Argentina resulta, pues, indiscutible para
todos los habitantes del país, como instrumento fundamental para conocer quiénes
somos, dónde estamos y hacia adónde vamos.
La Historia Oficial
Sin embargo, la Historia que se nos ha venido enseñando, generación tras
generación, de Mitre hasta aquí, no cumple esa tarea de ofrecernos un cuadro
vívido y coherente de nuestro pasado, desde una óptica popular. Se trata, en
cambio, de un relato construido desde la óptica de las minorías económicamente
poderosas estrechamente ligadas a intereses extranjeros, expuesto como sucesión
de fechas y batallas cuya relación, más de una vez, aparece como arbitraria o
sólo generada por enfrentamientos personales. Durante largos años, diversos
investigadores la impugnaron- generalmente desde los suburbios de la Academia,
pues ésta se halla controlada por la clase dominante- y en muchas ocasiones
ofrecieron pruebas irrefutables de que la Historia oficial no era, en manera
alguna, “la historia argentina”, es decir, el relato interpretativo de nuestro
pasado, visto con una “óptica neutra y científica, alejada de las pasiones
políticas”, como lo pretendían los docentes de antaño, por supuesto, con total
buena fe. Se demostró que en el campo de la heurística (cúmulo de datos,
documentos, objetos, etc. que constituyen la materia prima de la historia) se
escamoteaban muchos sucesos: por ejemplo, que Olegario Andrade no era sólo poeta
sino militante y ensayista político, al igual que José Hernández, que los
negocios del Famatina gestionados por Rivadavia implicaban una colusión de
intereses privados con la función publica, que tanto San Martín como O’Higgins
odiaban al susodicho Rivadavia, que la represión de los ejércitos mitristas en
el noroeste, entre 1862 y 1865, significó la muerte de miles argentinos y hasta,
durante largo tiempo, se ocultó la batalla de la Vuelta de Obligado para no
reconocer el mérito de Rosas, aún disintiendo con su política interna, de
defender la soberanía de la Confederación. Asimismo, se demostró que en el campo
de la hermenéutica (la otra columna de la historia, referida a la
interpretación, que explica la concatenación de los hechos históricos entre sí)
también se habían tergiversado figuras y sucesos, como, por ejemplo, mostrar al
buenazo del Chacho Peñaloza como autoritario y represor para justificar que los
“civilizadores” le cortaran la cabeza y la expusieran en una pica en Olta,
suponer que San Martín estaba mentalmente declinante cuando le legó su sable a
Rosas, siendo que el testamento lo redactó a los 65 años (siete años antes de su
muerte)
Estas críticas provinieron, inicialmente, del nacionalismo reaccionario
-denostador de Sarmiento por la defensa de la enseñanza laica y no por sus
concesiones al mitrismo- y también de investigadores que carecían del título de
historiadores, por lo cual la clase dominante los desplazó a los suburbios de la
cultura y ni siquiera se dignó polemizar con ellos. Más tarde, cuando otras
críticas provinieron de un marxismo que echaba raíces en América Latina, también
se las descalificó por carecer de óleos académicos.
Por supuesto, un pensamiento liberal honesto -aunque con ataduras a los
intereses económicos dominantes- hubiese reconocido que inevitablemente existe
“una política de la historia” y que, en razón de esto, las diversas ideologías
que disputan en el campo político, también lo hacen en el terreno de la
interpretación histórica. Hubo algunos, es cierto (quizás podrían citarse a
Saldías y a Pérez Amuchástegui), que no obstante su concepción liberal, se
negaron a convalidar muchas fábulas inconsistentes, pero, en general, los
historiadores oficiales se abroquelaron en la versión mitrista, divulgada por
Grosso, y condimentada por Levene, Astolfi , Ibáñez y tantos otros, y luego, en
el “mitrismo remozado” por Halperín Donghi. Con la ayuda de otras disciplinas
-que le otorgaban cierta verosimilitud científica- la “Historia social” ofreció,
entonces, una versión aggiornada de la vieja historia oficial, en la cual los
héroes tradicionales- quienes todavía dan nombre a plazas, calles, localidades,
etc. – permanecieron incólumes mientras los “malditos” continuaban siendo
vituperados (Felipe Varela por fascineroso, Facundo por bárbaro, Dorrego por
díscolo) o sepultados en el más absoluto silencio (“Pancho” Planes por morenista,
antirrivadaviano y dorreguista, Fragueiro por pretender una banca social, el
viejo Alberdi por condenar el genocidio perpetrado en Paraguay, David Peña por
“facundista” y “dorreguista”, Rafael Hernández por industrialista, Juan Saa,
Juan de Dios Videla y Carlos Juan Rodríguez por federales enemigos de la
oligarquía porteña). Igual destino sufrieron los historiadores heterodoxos, que
se apartaron de la línea oficial, aislados, silenciados, hundidos en el olvido,
como Ernesto Quesada, Manuel Ugarte, Juan Álvarez, Francisco Silva, Ramón Doll,
Rodolfo Puiggros, Enrique Rivera y tantos otros.
Como señaló con mordacidad Arturo Jauretche, “esa historia para el Delfín, que
suponía que el Delfín era un idiota” no sirve para que un argentino se reconozca
por tal, para que entienda su condición latinoamericana a través del auténtico
San Martín (cruzando los Andes con bandera distinta a la argentina, la cual sólo
los cruzó en la imaginación de la canción escolar, y más aún, haciendo la
campaña al Perú bajo estandarte chileno) o encuentre que una política de
expropiación a las grandes intereses tiene sus antecedentes tanto en el mismo
San Martín en Cuyo, como en el Moreno del Plan de Operaciones, así como la
defensa de la industria nacional viene desde Artigas, pasa por San Martín y se
consolida en Rafael Hernández y Carlos Pellegrini. Tal historia -agregaba
Jauretche- “le ha quitado el opio que tomaba San Martín para calmar sus dolores
estomacales” por considerarlo mal ejemplo para los alumnos, con lo cual San
Martín continúa retorciéndose de dolor, mientras el opio se ha transferido a la
Historia Escolar con el consiguiente adormecimiento de los alumnos.
No extrañe, entonces, que muchos argentinos de hoy no sepan quiénes son, ni en
qué lucha insertarse, ni qué gestas del pasado continuar y concluya en el
desánimo o el pasaporte. Le han robado su derecho a conocer la propia Historia,
para robarle su derecho al futuro.
La crisis de la historia oficial
Pero, ahora ocurre que las viejas estatuas crujen, que los cartelitos de las
calles apenas se sostienen sacudidos por nuevos vientos, que algunos libros
clásicos se caen y por efecto dominó, arrastran a los divulgadores, angustian a
los conferenciantes, provocan insomnio a los académicos. Esta afirmación no es
mera conjetura sino que surge de un artículo publicado en “Clarín”, del 24
/5/2002, por una de las figuras más importantes de la corriente historiográfica
denominada “Historia Social”, que hoy predomina en las universidades. Allí se
afirma que “los historiadores profesionales” ya no acuerdan con la
interpretación de Mitre: “Estamos lejos de lo que se enseña en la escuela y
también del sentido común”. Si bien no confiesan que su nueva visión
latinoamericana proviene de los historiadores “no profesionales” (Por ejemplo,
Manuel Ugarte en 1910, Enrique Rivera en “José Hernández y la Guerra del
Paraguay”, publicado en l954 o “Imperialismo y cultura” y “Formación de la
conciencia nacional”, publicados en 1957 y 1960, por Juan José Hernández
Arregui), lo importante consiste en que ahora manifiestan desacuerdo con la
versión tradicional, que Mitre “inventó”. Después de más de un siglo, resulta
ahora que desde el Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Buenos Aires se les anuncia a los maestros que han
difundido una historia falsificada, errada, que carece del sustento científico
que antes se le había otorgado desde las supuestas altas cumbres del pensamiento
científico.
Claro, estos “historiadores profesionales” comprenden la gravedad de lo que
afirman y admiten: “Sin duda, hay una brecha que debe ser cerrada, pues en
Historia, tanto como en física o Matemáticas no puede admitirse tal distancia
entre el saber científico y el escolar”. Indudablemente, sería sorprendente que
en la Universidad explicasen la revolución de mayo como integrando una
revolución latinoamericana en “una guerra que enfrentó a patriotas y realistas”
(absolutistas) como lucha entre “americanos y godos” (no ya entre
independentistas y españoles) después que los maestros la han enseñado como una
revolución, realizada por argentinos que odiaban todo lo español. (Y lo han
hecho con los consiguientes dolores de cabeza cuando algún niñito “prodigio”
preguntaba: ¿entonces, por qué había españoles, como Larrea y Matheu, en la
Primera Junta?
Entonces, ¿por qué flameó la bandera española en el fuerte hasta 1814? Entonces,
¿por qué regresó San Martín, en 1811, si por toda su formación cultural,
familiar, militar, etc. debía ser un español hecho y derecho, después de pasar
pasado entre los 6 y los 33 años en España?)
Con toda razón, esos maestros deberían enrostrarle a los “historiadores
profesionales” que no han cumplido función alguna, desde la Universidad y la
Academia, al permitir que se difundieran interpretaciones falsas de nuestro
pasado, las cuales curiosamente tienden a desvincularnos de América Latina y de
la España revolucionaria, para idealizar a la Revolución de Mayo como un
movimiento “por el comercio libre”... con los ingleses.
¿Qué función cumplen estos “historiadores profesionales” -podrían argumentar los
maestros- si no son capaces de disipar los errores en la primera etapa de la
escolaridad? Como “los historiadores profesionales” prevén esa crítica-aducen
que esa brecha entre el saber científico y el escolar (que por primera se
reconoce que no es científico) debe cerrase “con cuidado”, porque “este relato
mítico es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional” y habría
sido “inventado” por Mitre para otorgarnos una “identidad nacional”.
¿Que significa esta última apreciación? Que, si bien la historia escolar no es
científica, ha sido “inventada” y de una u otra manera nos da “identidad
nacional, ”que si bien “aquellos hombres no fueron héroes inmarcesibles, sino
sólo hombres como nosotros”, nos dieron “una forma, un modelo de sociedad y de
Estado” que debe preservarse y recrearse permanentemente. Corresponde preguntar,
entonces : ¿Cuál es ese modelo? ¿El de Martínez de Hoz, acaso? ¿Cuál es ese
Estado? ¿El que promovía redistribuir el ingreso en los años 50 o el que
favoreció nuestro endeudamiento externo en 1976?
Grave encrucijada para la Historia oficial en momentos en que la mayoría de la
sociedad argentina cuestiona a los políticos, a los Bancos, a los magistrados de
la Corte Suprema. ¿Sorprendería acaso que entre tanta cosa vieja, ya inservible,
fuera también al desván la Historia Oficial? ¿Sorprendería acaso que el pueblo
reclamase el derecho a conocer su verdadera historia, para saber quién es
realmente, cuáles son sus hermanos de causa y quiénes lo que pretenden cerrarle
el horizonte?
En esta época en que se avecinan transformaciones profundas, el conocimiento de
una verdadera identidad -no “identidad colonial” sino “identidad nacional”, no
“inventada” por nadie, sino forjada por los argentinos a través de una larga
lucha por la justicia, la igualdad y la soberanía- seguramente permitirá a las
mayorías populares argentinas lanzarse a gestar un futuro digno de ser vivido.
Buenos Aires, octubre 28 de 2002
Publicación del Centro Cultural "E. S. Discépolo"
Fuente: http://www.discepolo.org.ar/node/43
Historia
La respuesta de
Norberto Galasso a Halperín Donghi
LA NACIÓN NO PUBLICÓ LA CARTA QUE GALASSO ENVIÓ A LA REVISTA ADN CULTURA A RAÍZ
DE LAS DECLARACIONES REALIZADAS POR HALPERÍN DONGHI EN UNA ENTREVISTA PUBLICADA
POR ESE MEDIO EL PASADO 13 DE SEPTIEMBRE (2008)
El debate sobre las distintas corrientes historiográficas en la Argentina
encuentra en la carta de Galasso dirigida a Halperín Donghi un valioso aporte
sobre la reconstrucción del relato histórico, la objetividad y el rigor
científico. Ejes permanentes de una necesaria discusión.
En primer término, felicito a ADN Cultura y en especial a Carlos Pagni por el
reportaje al profesor T.
Halperín Donghi publicado el 13 de septiembre último, pues constituye un aporte
valiosísimo a la polémica historiográfica en la Argentina.
En segundo lugar, agradezco a dicho historiador pues me reconoce como “una
especie de adversario”, actitud no habitual en él que siempre se ha posicionado
como dueño exclusivo de verdades absolutas, desde cuya alta cima no reconocía
antagonistas. Lo sorprendente es que no sólo me reconoce sino que otorga validez
a mis argumentos, que ahora comparte.
Este reconocimiento se produce con cierta tardanza pues hace ya más de trece
años, desde mi libro La larga lucha de los argentinos, vengo señalando que la
corriente historiográfica que él orienta se caracteriza por aparentar un
depurado “rigor científico” ajeno a toda subjetividad y a toda ideología y que,
en cambio, es tan tendenciosa como todas las demás interpretaciones históricas,
entre las cuales incluyo a la que pertenezco, con la diferencia que nosotros
reconocemos que valoramos los sucesos según nuestra propia escala de valores y
ellos, lo habían negado hasta ahora. Es decir, somos todos tendenciosos en la
hermenéutica, aunque seamos rigurosos en la heurística, sólo que el profesor y
sus discípulos nunca lo admitieron.
Ahora, en cambio, con esa sinceridad y serenidad que dan los altos años, cuando
la Parca nos está acechando para “tener nuestros ojo”como decía Pavese, el
profesor acaba por confesar: “Cuando hago una reconstrucción histórica, de
alguna manera, lo que es un poco desleal, es que eso lo tengo adentro, pero no
lo muestro”.Así resulta que comparte conmigo –a quien considera “una especie de
adversario, el historiador ‘nacionalista’ Norberto Galasso”– que “para hacer
historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una
perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta”.
De esta manera, se entiende que cuando, en su libro La democracia de masas,
omite que hubo 380 muertos, en el bombardeo del 16 de junio de 1955, afirmando
sólo que “se ametralló el centro porteño”, eso se origina en que tuvo la
información pero la desechó porque no era “de su gusto” revelar los crímenes de
Aramburu y Rojas.
Resulta asombrosa –y muy digna de su parte– esta confesión que, sin embargo,
coloca en dificultades a los profesores, que en su nombre blasonaban de
“científicos” y “objetivos”, así decían que enseñaban con rigor y veracidad a
sus alumnos. Uno de ellos, por ejemplo, señaló en su cátedra que yo “era
curandero” porque era tendencioso, pero ahora resulta que todos somos
tendenciosos y por otra parte, al “curandero” la Secretaría Académica de la
Facultad de Filosofía y Letras lo acaba de designar Profesor Honorario, con lo
cual –agregada a esta confesión de Halperín– ahora somos todos curanderos.
Pero hay algo más, todavía, estimado profesor. Usted que investiga en la
placidez de las universidades extranjeras no puede calificarme de “nacionalista”
porque ello significaría ignorar que he publicado una decena de libros
definiéndome como hombre de Izquierda Nacional. Usted mismo ha reconocido a
nuestra tendencia historiográfica –federal provinciana, latinoamericana o
socialista– hace más de 20 años cuando afirmó que “el neorrevisionismo de
izquierda se identifica con una historia continuada pero soterrada que gracias a
ellos aflora por un instante: es la de las clases oprimidas” (Revista Punto de
vista, abril 1985). ¿Quizás anda ahora algo desmemoriado? O probablemente
necesita otros 13 años más para informarse que he escrito una biografía del
socialista nacional Manuel Ugarte, secuestrada por la dictadura genocida, así
como El Che y la revolución latinoamericana, Liberación Nacional, socialismo y
clase trabajadora, El socialismo que viene, El FIP y la Izquierda nacional, ¿Qué
es el socialismo nacional?, Cooke: de Perón al Che, Socialismo y cuestión
nacional y, en dos tomos, Aportes críticos a la historia de la izquierda de la
Argentina?.
Pero, bueno, tengo paciencia y esperaré que usted se entere, especialmente ahora
que América Latina está avanzando hacia “el socialismo del siglo XXI”.
Y la yapa: usted reconoce que somos tendenciosos y que yo “soy su adversario”
–por los contenidos– pero que, además, en la forma, nos diferenciamos porque yo
uso un “estilo tosco”. Quizás sea correcto: yo escribo en mi país,como decía
Ugarte, en una América Latina convulsionada, entre huelgas y gritos,
movilizaciones y violencias, golpazos de puertas y ventanas que traen las
protestas de la calle y aquí,y en ese clima de lucha y de tensión no hay lugar
para exquisiteces.
Aquí sólo se puede ser “tosco” (y sí Agustín, mejor).
Le agradezco desde ya al señor director la publicación de estas reflexiones.
Norberto Galasso
Aclaración: Este texto fue enviado por correo electrónico al suplemento cultural
de La Nación para su publicación.
La respuesta fue inmediata y muy cortés: el director del suplemento –aún cuando
proviene de Perfil– manifestó que había leído mis libros con mucho gusto, pero
que lamentablemente el suplemento cultural no publicaba cartas de lectores y
que, en cuanto a la posible publicación de mi carta en cartas de lectores del
cuerpo del diario, no lo estimaba conveniente pues el público que lee el diario,
comúnmente no lee el suplemento.
Pero haciendo gala de fervoroso democratismo, dicho señor me ofreció hacerme un
reportaje para ADN Cultura. Contesté a través de otro correo electrónico,
señalándole que mi larga experiencia en estas lides me llevaba a considerar
cualquier reportaje como un campo minado donde los grabadores no siempre son
fieles a las ideas que expone el reporteado.
No obstante, para encontrar una solución al entredicho le propuse que preguntas
y respuestas se hicieran por correo electrónico, pero que en medio del
reportaje, en un recuadro, se reprodujese la carta, que era mi objetivo
principal.
Probablemente la propuesta no gustó a los directivos de la tribuna de doctrina,
lo cierto es que han transcurrido más de diez días y no he recibido contestación
alguna, por lo cual me considero con derecho para reproducir mi carta y explicar
el incidente a través de volantes o periódicos que no tienen ni el prestigio ni
la difusión del diario fundado por Bartolomé Mitre, pero confiando en que la
verdad tiene suficiente fuerza como para meterse en plazas, calles, cafés y
organizaciones populares, tosca como es ella, desharrapada –o descamisada, para
decirlo de otro modo– y llegar a aquellos para quienes escribo que, en general,
no acostumbran a leer La Nación.
N. de la R. La revista ADN Cultura, dirigida por Jorge Fernández Díaz, no
publica carta de lectores.
Publicado el domingo 19 de octubre de 2008 en Miradas al Sur pág 34. Texto
enviado al Cuaderno de la Ciencia Social por Gustavo Battistoni
Politología
Marcelo Gullo: La
insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las
naciones*
A continuación publicamos en
exclusividad el prólogo, escrito por Helio Jaguaribe (1) y el capítulo V del libro
citado (2).
Marcelo Gullo es argentino. Licenciado en Ciencia Política por la U.N.R.,
graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de París y
magíster en Relaciones Internacionales por el Institut de Hautes Etudes
Internationales de la Universidad de Ginebra. El 3 de diciembre de 2008 defiende
su tesis doctoral en Ciencia Política en la Universidad del Salvador. Es autor
de “Argentina Brasil: la gran oportunidad” publicado en Bs. As por la editorial
Biblos en el 2005 y traducido al portugués y publicado e Río de Janeiro por la
editorial Mauad en el 2006.
Prólogo de Helio Jaguaribe (1)
Con “Pensar desde la Periferia”, el Prof. Marcelo Gullo alcanza plena y
brillante realización de su propósito de estudiar, histórica y analíticamente,
desde la periferia, las relaciones internacionales. El concepto de Periferia,
para el Prof. Gullo, adquiere un doble significado, siendo, por un lado una
perspectiva y, por otro, un contenido.
Como perspectiva, corresponde a la mirada del mundo por un “scholar”
sudamericano, desde el Mercosur y, más restrictivamente, desde el ámbito
argentino-brasileño.
Como contenido, corresponde al análisis de cómo, países periféricos en general
y, más específicamente, Estados Unidos, Alemania, Japón y China – citados por el
orden cronológico de sus respectivas revoluciones nacionales – lograron salir de
su condición periférica y se convirtieron en países efectivamente autónomos, en
importantes interlocutores internacionales independientes. Este excelente
estudio, conduce, en su conclusión, a una relevante discusión de la situación de
Sudamérica y de cómo la región podrá, a su vez, superar su condición periférica
y convertirse también - como lo hicieron los mencionados países -, en un
importante interlocutor internacional independiente.
Creo que habría que destacar, en este magnifico estudio, tres aspectos
principales: (1) Su relevante sistema de categorías analíticas; (2) Su amplia
información histórica; y (3) Su tesis central de que todos los procesos
emancipatorios exitosos resultaron de una conveniente conjugación de una actitud
de insubordinación ideológica para con el pensamiento dominante y de un eficaz
impulso estatal.
De manera general, el estudio del Dr. Gullo, se sitúa en el ámbito de la escuela
realista de Hans Morgenthau y Raymond Aron. Son las condiciones reales de poder,
las que determinan el poder de los Estados - incluidas en esas condiciones, la
cultura de una sociedad y su psicología colectiva. Así contempladas las
relaciones internacionales se observa, desde la antigüedad oriental a nuestros
días, el hecho de que esas relaciones se caracterizan por relaciones de
subordinación, en que se diferencian pueblos y Estados subordinantes y otros,
subordinados. Este hecho lleva a la formación, en cada ecúmene y en cada periodo
histórico, de un sistema centro-periferia, marcado por una fuerte asimetría, en
la que provienen del centro las directrices regulatorias de las relaciones
internacionales y hacia el centro se encaminan, los beneficios, mientras la
periferia es proveedora de servicios y bienes de menor valor, quedando, de este
modo, sometida a las normas regulatorias del centro.
Las características que determinan el poder de los Estados y las relaciones
centro-periferia, cambian históricamente, adquiriendo una notable diferenciación
a partir de la Revolución Industrial. Por mencionar sólo un ejemplo – el del
mundo occidental de la edad moderna – puede observarse que la hegemonía española
de los siglos XVI a XVII, seguida por la francesa, hasta mediados del XVIII, se
fundaban, económicamente, en un mercantilismo con base agrícola y, militarmente,
en la capacidad de sostener importantes fuerzas permanentes.
A partir de la Revolución Industrial, se produce un profundo cambio en los
factores de poder y, la Gran Bretaña, como única nación industrial durante un
largo periodo de tiempo, pasó a detentar una incontrastable hegemonía. Algo
similar sucederá, ya en el siglo XX, con los Estados Unidos.
En ese marco histórico, el estudio del Prof. Gullo muestra cómo, para comprender
los procesos en curso, es necesario emplear un apropiado sistema de categorías.
De entre esas categorías sobresalen las de “umbral de poder”, determinando el
nivel mínimo de poder necesario para participar del centro, la de “estructura
hegemónica”, la de “subordinación ideológica” y la de “insubordinación
fundante”.
Una de las más significativas observaciones de este estudio, se refiere al hecho
de que, a partir de su industrialización, Gran Bretaña pasó a actuar con
deliberada duplicidad. Una cosa era lo que efectivamente hacia para
industrializarse y progresar industrialmente y otra, lo que ideológicamente
propagaba, con Adam Smith y otros voceros. Algo similar a aquello que,
actualmente, hacen los Estados Unidos.
La industrialización británica, incipiente desde el Renacimiento Isabelino y
fuertemente desarrollada desde fines del siglo XVIII, con la Revolución
Industrial, tuvo, como condición fundamental, el estricto proteccionismo del
mercado doméstico y el conveniente auxilio del Estado al proceso de
industrialización. Obtenidos para sí, buenos resultados de esa política, Gran
Bretaña se esmerará en sostener, para los otros, los principios del libre cambio
y de la libre actuación del mercado, condenando, como contraproducente,
cualquier intervención del Estado. Imprimiendo a esa ideología de preservación
de su hegemonía, las apariencias de un principio científico universal de
economía logró, con éxito, persuadir de su procedencia, por un largo tiempo (de
hecho, pero teniendo como centro a los Estados Unidos, hasta nuestros días), a
los demás pueblos que, así, se constituyeron, pasivamente, en mercado para los
productos industriales británicos y después para los norteamericanos,
permaneciendo como simples productores de materias primas.
En ese contexto, el Dr. Gullo, presenta otra de sus más relevantes
contribuciones: sus teorías de la “insubordinación fundante” y del “impulso
estatal”. A tal efecto, analiza los exitosos procesos de industrialización
logrados en el curso de la historia, por países como los Estados Unidos,
Alemania, Japón y China. Muestra este estudio que la superación de la condición
periférica dependió, en todos los casos, de una vigorosa contestación al
dominante pensamiento librecambista, identificándolo como ideología de
dominación y, mediante una “insubordinación ideológica”, logró promover, con
impulso del Estado, y con la adopción de un satisfactorio proteccionismo del
mercado doméstico, una deliberada política de industrialización.
Así lo hicieron los Estados Unidos, con la tarifa Hamilton de 1789, a la que
seguirán nuevas, y más fuertes restricciones tarifarias, como, por mencionar
alguna de la más notorias, la tarifa Mackinley, de 1890. Así también se condujo
la Alemania de Federico List, empezando con el “Zolverein”, de 1844. Japón, más
tardíamente, seguirá el mismo ejemplo, con la Revolución Meiji, de 1868. China,
finalmente, empezará a hacerlo con Mao Zedong, aunque su política sufra
negativas perturbaciones ideológicas con el “Gran Salto Adelante” (1958-1960) y
después con la “Revolución Cultural” de 1966 hasta, prácticamente, la muerte de
Mao, en 1976. Le tocó, así, a ese extraordinario estadista, Deng Xiaoping, en su
periodo de gobierno (1978-1988), adoptar, racionalmente, el principio del
impulso estatal, combinándolo con una política de libertad de mercado
“selectiva”, bajo la orientación del Estado. Gracias a ello es que China
mantiene, desde entonces e interrumpidamente, tasas anuales de crecimiento
económico del orden de 10%, alcanzando ya, a convertirse en la tercera economía
del mundo.
Este espléndido estudio de Gullo culmina con reflexiones extremamente
pertinentes acerca de las posibilidades que tiene Sudamérica de realizar esa
“insubordinación fundante” y, con el apoyo del Estado, salir de su condición
periférica para convertirse, de ese modo, en un importante interlocutor
internacional independiente.
Considero este libro de Marcelo Gullo, de lectura indispensable para todos los
sudamericanos, comenzando por sus líderes políticos
La
insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las
naciones
Por Marcelo Gullo
Capítulo V: La insubordinación norteamericana
(2)
Entre 1775 y 1783, las “Trece Colonias de América del Norte”,
protagonizaron la primera insubordinación exitosa producida en, un sitio que,
por ese entonces, era “la periferia del sistema internacional”. No fue,
evidentemente, la única insubordinación producida en la periferia, pero sí, la
más exitosa de todas las insubordinaciones porque logró crear el primer
Estado-Nación-Industrial, fuera del continente europeo y la primera República de
los tiempos modernos. La República norteamericana constituyó una verdadera
revolución democrática que atrajo, hacia los Estados Unidos, a una verdadera
“marea de inmigrantes” que partieron de la vieja Europa en busca de trabajo,
justicia y libertad.
La lucha comenzó en 1775 -cuando los soldados británicos con la misión de
capturar un depósito colonial de armas en Concord, Massachussets, y reprimir la
revuelta en esa colonia chocaron con los milicianos coloniales- y se prolongó
hasta 1783, cuando se firmó el Tratado de Paz de París, por el cual, se declaró
la independencia de la nueva nación: los Estados Unidos.
Sin embargo, los Estados Unidos no conquistaron su autonomía nacional en un acto
único sino mediante un largo proceso que comenzó con la guerra de la
independencia y terminó, en realidad, con la guerra civil. A la “insubordinación
fundante” le siguió un largo y tortuoso proceso de insubordinación económica e
ideológica.
Inmediatamente después de conseguida la independencia formal, comenzó el
enfrentamiento entre el sector que quería complementar la independencia política
con la independencia económica, es decir, continuar con el proceso de
insubordinación y el sector que se oponía a profundizar el camino iniciado en
1775, porque sus intereses económicos estaban ligados específicamente a Gran
Bretaña y, en general, a la estructura hegemónica del poder político y económico
mundial vigente en la época. Ese enfrentamiento se decidió, finalmente, en los
campo de batalla de Gettysburg.
Acertadamente afirma Harold Underwood Faullkner en su obra “Historia económica
de los Estados Unidos”: “La revolución trajo la independencia política, pero de
ninguna manera la independencia económica. Los productos norteamericanos que
eran exportados a Europa durante el período colonial seguían teniendo a ese
continente por mercado y al mismo tiempo se siguieron importando de allí
artículos manufacturados. Las manufacturas que habían surgido durante la
Revolución fueron ahogadas por las mercaderías más baratas que volcaron los
ingleses en el mercado norteamericano al restablecimiento de la paz... Según
todos los indicios Norteamérica habría de caer nuevamente en una situación de
dependencia, produciendo materias primas necesitadas por Europa y adquiriendo, a
su vez, los artículos manufacturados que ésta le proporcionaba. Parecía empresa
imposible llegar a competir con Inglaterra en la producción y venta de estas
mercaderías.”
Empresa tanto más difícil si se tiene en cuenta que, desde la ideología
dominante, también se sostenía que el destino de las recientemente
independizadas “Trece Colonias” era el de convertirse en un país exclusivamente
agrícola. En ese sentido, el propio Adam Smith sustentaba que la Naturaleza
misma, había destinado a Norteamérica, exclusivamente, para la agricultura y
desaconsejaba a los líderes norteamericanos, cualquier intento de
industrialización: “Los Estados Unidos –escribía Adam Smith- están, como
Polonia, destinados a la agricultura.” Las ideas de Smith le eran útiles al
poder inglés para tratar de conseguir por la persuasión –mecanismo típico del
imperialismo cultural- lo que había tratado de impedir, por la fuerza de la ley
durante el período colonial.
El veto británico a la industrialización
Resulta significativo destacar que Inglaterra llevó a cabo una política expresa
para impedir el desarrollo industrial de las “Trece Colonias” porque comprendió,
desde muy temprano, que la industrialización de las colonias podía llevar, a
éstas, a la independencia económica y que este estadio las llevaría a reclamar,
luego, la independencia política. Por eso, conciente de las consecuencias
económicas y políticas que podía generar un proceso de industrialización en
las“Trece Colonias”, la política inglesa trató de supervisar y boicotear a las
escasas empresas manufactureras de las colonias.
Para impedir que la manufactura colonial entrara en competencia con las
industrias de la metrópoli, los gobernadores coloniales tenían instrucciones
precisas de “…oponerse a toda manufactura y presentar informes exactos sobre
cualquier indicio de la existencia de ellas.” Los gobernadores eran los
encargados de practicar un verdadero “infanticidio industrial”, planificado en
Londres, por el parlamento británico.
Los sagaces representantes de la corona, comprendían perfectamente la actitud
inglesa, a la que prestaban toda su simpatía, como lo demuestran las palabras de
lord Cornbury, gobernador de Nueva York entre 1702 y 1708, quién escribía a la
Junta de Comercio: “Poseo informes fidedignos de que en Long Island y en
Connecticut, están estableciendo una fábrica de lana, y yo mismo he visto
personalmente estameña fabricada en Long Island que cualquier hombre podría
usar. Si empiezan a hacer estameña, con el tiempo harán también tela común y
luego fina; tenemos en esta provincia tierra de batán y tierra pipa tan buenas
como las mejores; que juicios más autorizados que el mío resuelvan hasta qué
punto estará todo esto al servicio de Inglaterra, pero expreso mi opinión de que
todas estas colonias...deberían ser mantenidas en absoluta sujeción y
subordinación a Inglaterra; y eso nunca podrá ser si se les permite que puedan
establecer aquí las mismas manufacturas que la gente de Inglaterra; pues las
consecuencias serán que cuanto vean que sin el auxilio de Inglaterra pueden
vestirse no sólo con ropas cómodas, sino también elegantes, aquellos que ni
siquiera ahora están muy inclinados a someterse al Gobierno pensarían
inmediatamente en poner en ejecución proyectos que hace largo tiempo cobijan en
su pecho.” Lord Cornbury describe, perfectamente, la “esencia” del “imperialismo
económico”, en idénticos términos que serían utilizados por Hans Morgenthau.
Si bien Inglaterra elaboró una legislación específica para frenar todo posible
desarrollo industrial en las “Trece Colonias”, había dos industrias que Gran
Bretaña vigilaba con particular celo por considerarlas estratégicas y vitales
para la economía británica: la textil y la siderúrgica. Dos leyes, dictadas en
tal sentido, resultan emblemáticas: la ley de 1699, que prohibía los embarques
de lana, hilados de lana, o telas producidos en Norteamérica, a cualquier otra
colonia o país, y la de 1750, que prohibía el establecimiento, en cualquiera de
las “Trece Colonias”, de talleres laminadores o para el corte del metal en tiras
y de fundiciones de acero.
Comentando la primera de estas emblemáticas leyes anti-industriales, Underwood
Faullkner afirma que: “Inglaterra era ya uno de los principales países
fabricantes de lanas y la mitad de sus exportaciones a las colonias la
constituían artículos de ese material. Tan hostiles eran los productores de la
metrópoli a la competencia, que en la temprana fecha de 1699 se votó una ley de
la lana, estableciendo que ningún artículo de lana podría ser exportado de las
colonias o enviado de una colonia a otra...Como consecuencia de esta legislación
la manufactura de telas para la venta declinó y los comerciantes en lana
ingleses prolongaron durante un siglo su dominio sobre el mercado
norteamericano.”
A diferencia de la industria textil, la fabricación del hierro -que comenzó en
1643 con el horno de fundición de John Winthrop, cerca de Lynn- gozó, durante
algunos años, de cierto margen de libertad, alcanzando, hacia el año 1750,
proporciones considerables. Esta situación se explica porque “Inglaterra estaba
necesitada de hierro, y hasta 1750 intereses encontrados habían impedido que se
votara una legislación contraria a su elaboración en las colonias. Pero, en
1750, se acordó una ley para estimular la producción de la materia prima y
obstaculizar la manufactura de objetos de hierro, estableciéndose que: (1) el
hierro en barras podía importarse libre de derechos en el puerto de Londres; y
el hierro en lingotes en cualquier puerto de Inglaterra; y (2) que no debía
instalarse en las colonias ningún taller o máquina de laminar hierro o cortarlo
en tiras, ni ninguna fragua de blindaje para trabajar con un martinete de
báscula, ni ningún horno para fabricar acero.”
Más allá de las leyes elaboradas por el parlamento británico destinadas a
impedir el desarrollo industrial en sus colonias norteamericanas, es importante
destacar un hecho políticamente significativo: las colonias eran tratadas como
“ajenas” al territorio británico a los fines aduaneros. Las colonias no se
consideraban incluidas dentro de los límites de las barreras aduaneras
británicas y, en consecuencia, sus exportaciones pagaban los derechos ordinarios
de importación en los puertos ingleses. Analizando la política inglesa hacia sus
colonias de América del Norte, Dan Lacy, afirma: “Estaba claro el propósito de
la política británica de no considerar a las colonias como porciones de ultramar
de un reino único, cuyo bienestar económico era estimado al igual que el de la
madre patria. Al contrario, las consideraba comunidades inferiores cuya economía
debía estar siempre al servicio de los intereses de Gran Bretaña.”
Mientras las colonias fueron jóvenes y pocos pobladas, los colonos pudieron
burlar, muy a menudo, las leyes británicas que frenaban el desarrollo económico
del territorio colonial pero, a partir de 1763, cuando la población de las
colonias llegó a ser equivalente a un cuarto de la población inglesa, Inglaterra
fue mucho más estricta en la aplicación de las leyes que había creado para
mantener a las colonias en una posición económica subordinada. No es difícil
concordar con Louis Hacker cuando sostiene que el veto británico a la
industrialización norteamericana fue, probablemente, el más poderoso de los
factores que provocaron el estallido de la Revolución Norteamericana.
La lucha por la industrialización
Cuando las “Trece Colonias” lograron la independencia política, Inglaterra, para
mantener la subordinación económica de éstas, no tuvo más remedio que tratar de
ensayar la aplicación del “imperialismo cultural”. El razonamiento británico
era, en cierta forma, sencillo: si los dirigentes de las ex “Trece Colonias”,
admitían la teoría de la “división internacional del trabajo” y aplicaban una
“política de libre comercio”, las ex “Trece Colonias”, se mantendrían en una
situación de “dependencia económica”, convirtiendo a la independencia política,
en un mero hecho formal. Al logro de ese objetivo se avocó la política
británica, después del Tratado de Paris de 1783 y obtuvo, por cierto, excelentes
resultados en los estados del Sur de la flamante República.
Puede afirmarse, sin temor a exagerar, que Estados Unidos pudo convertirse en un
país industrial mediante un arduo trabajo de insubordinación ideológica-cultural
y que la Republica Norteamericana ganó su verdadera independencia económica en
los campos de batalla de Gettysburg. El proceso de insubordinación
ideológico-cultural se manifestó en el enfrentamiento entre el “liberalismo
ortodoxo”y el “liberalismo nacional”. Es decir, entre aquellos que proponían
aferrarse a la división internacional del trabajo, adoptando el librecambio, y
aquellos que proponían la adopción del proteccionismo económico y el rechazo de
la teoría del libre comercio por considerar que la adopción de la misma haría
caer a los Estados Unidos en una nueva subordinación económica que convertiría
la independencia recientemente conseguida en una mera ficción.
Analicemos entonces, ahora, el proceso de insubordinación ideológico-cultural
–del “imperialismo cultural” ingles- y de lucha política interna que permitió a
los Estados Unidos “salir” de la periferia dado que si hubiesen triunfado los
partidarios del libre comercio y la división internacional del trabajo la
situación, en el escenario internacional, de los Estados Unidos no sería hoy,
probablemente, muy diferente a la de la República Federativa del Brasil. Si los
Estados Unidos se hubiesen industrializado tardíamente, estarían ubicados hoy,
en la periferia del sistema internacional. Ésta, es la clave de interpretación
que ahora, los Estados Unidos, convertidos en los campeones mundiales” del libre
comercio -luego de haber usufructuado los beneficios del proteccionismo
económico durante 100 años- se encargan de ocultar a través del ejercicio de lo
que Morgenthau denominó como “imperialismo cultural” y que, más
sofisticadamente, Joseph Nye, designa como “poder blando”.
El primer Impulso Estatal
Es en el curso de la guerra contra Inglaterra que surge, en ámbito de las “Trece
Colonias”, una incipiente industria manufacturera. Sin ningún lugar a dudas, la
industria norteamericana, en su primera fase de expansión, es “hija” de la
guerra de la independencia.
Por una parte, la propia situación de guerra, había interrumpido el flujo de
mercancías desde la Metrópoli conduciendo, naturalmente, a un proceso incipiente
de sustitución de importaciones. Por otra parte, la situación de insubordinación
ponía, de hecho, fin, a las restricciones que el Parlamento británico había
impuesto para impedir el desarrollo industrial y limitar a las colonias a la
producción de materias primas. Además, todos los gobiernos de las “Trece
Colonias” -convertidas de hecho, en nuevos estados independientes - llevaron
adelante una política de Impulso Estatal, en el intento de lograr el desarrollo
industrial. Todas, hicieron grandes esfuerzos - desde el Estado- para estimular
la fabricación de municiones, pertrechos de guerra y productos de primera
necesidad, tales como tejidos de lana y lino, que – hasta entonces- se
importaban de Inglaterra, en grandes cantidades. En Connecticut, en donde
surgieron pequeñas fábricas de armas, el Estado ofreció, en 1775, “…una prima de
un chelín, seis peniques por cada llave de fusil que se fabricase y de 5
peniques por cada equipo completo hasta el número de 3000.”
En Rhode Island y Maine se “…concedieron primas a la manufactura del acero”.
Massachussets, “…ofreció primas por el sulfato extraído de yacimientos nativos y
Rhode Island por la pólvora.” Asimismo, en 1778, el Congreso de los incipientes
Estados Unidos, “…hizo levantar talleres en Springfield donde se vaciaron
cañones.”
Sin embargo, el Impulso Estatal no sólo fue fundamental para la fabricación de
material de guerra sino, también, en la fabricación de los productos de “primera
necesidad”. A modo de ejemplo, puede citarse que Connecticut, prestó a,
“…Nathaniel Niles, de Orwich, 300 libras por un plazo de cuatro años para
fabricar alambre para los dientes de las cardas.” y que, Massachussets, “…
otorgó una prima de 100 libras por las primeras 1000 libras de buen alambre de
cardar para la venta, producido por cualquier molino de agua situado en su
territorio, con hierro proveniente de los estados norteamericanos.”
El Impulso Estatal, dirigido a fomentar el desarrollo industrial, fue
acompañado, decididamente, por una gran parte de la población que, ya durante
los boicots que precedieron al estallido de las hostilidades, se había negado a
comprar mercaderías inglesas. Durante el transcurso de la guerra, “…mucha gente
se comprometió a no comer oveja o cordero y a no comprarles a los carniceros que
los vendieran para que se pudiera emplear la lana para ropa. Los cultivadores
del Sur empleaban a sus vecinos blancos más pobres dándoles a hilar o tejer, o
levantaban ellos mismos talleres de telares y enseñaban a sus esclavos ese
trabajo. Aun los más ricos iban vestidos con telas caseras.” Así, el estado de
sublevación e independencia política, preparaba las bases estructurales, para la
independencia económica que Inglaterra, había tratado de impedir a través del
dictado de las leyes antindustriales y que trataría de evitar, cuando la
independencia fue un hecho consumado, a través de la prédica de la “división
internacional del trabajo” para que, la joven República, le dejara a la “Madre
Patria”, el privilegio de la fabricación de manufacturas, para la cual, la
“naturaleza”, la había, supuestamente, “destinado”. Por ello, la orientación y
la reorganización económica que siguiese a la guerra, constituían temas clave
que determinarían la posición del nuevo estado en el escenario internacional.
Las primeras leyes proteccionistas
El fin de las hostilidades, entre la República Norteamericana y Gran Bretaña,
dio lugar a la importación de masiva de las mercaderías manufacturadas de Europa
más baratas, por supuesto, que las producidas localmente. Una situación que
llevó, rápidamente, a la ruina de la incipiente industria norteamericana,
desarrollada en el curso de la guerra por la independencia política. En 1784, la
balanza comercial de la joven República, arrojaba ya, un resultado desastroso:
las importaciones sumaban aproximadamente 3.700.000 libras y las exportaciones
tan solo 750.000 libras. El nuevo Estado vivía un proceso de
desindustrialización, endeudamiento y caos monetario. Para terminar de agravar
la situación de las ex “Trece Colonias”, el Parlamento británico votó la Ley de
Navegación de 1783 por la cual, “…sólo podían entrar en los puertos de las
Antillas, barcos construidos en Inglaterra y tripulados por ingleses, y que
imponía pesados derechos de tonelaje a los barcos norteamericanos que tocaran
cualquier puerto inglés.” Esta medida para boicotear a la naciente industria
naval norteamericana, que competía en calidad y precio, con la industria naval
británica, fue complementada por el Parlamento de Gran Bretaña con la ley de
1786, “…destinada a impedir el registro fraudulento de navíos norteamericanos, y
aun con otra, de 1787, que prohibía la importación de mercaderías
norteamericanas, a través de las islas extranjeras”
En medio de la desastrosa situación económica producida por el fin de la guerra
-y agravada por un gobierno central débil y por la rivalidad entre los Estados
de la Unión- una corriente de pensamiento antihegemónico, conducida por
Alexander Hamilton, abogaba por un medio de desarrollo económico, en el cual, el
gobierno federal, ampararía la industria naciente, mediante subsidios abiertos y
aranceles de protección. El azar de la historia hizo que Washington, ante el
rechazo de Robert Morris, el “financista de la Revolución”, ofreciera el cargo
de Secretario del Tesoro, a Alexander Hamilton. El 4 de julio de 1789, el
gobierno federal, aprobó la primera ley de impuestos, con características
tibiamente proteccionistas. Aquella ley, enumeraba ochenta y un artículos, y
sobre más de treinta de ellos, establecía derechos específicos; el resto, estaba
sujeto a gravámenes estimados, según el valor. Sin embargo, el aspecto más
importante de la nueva ley era que, siguiendo el pensamiento de Hamilton,
imponía, “… diversos derechos para favorecer a las fábricas de acero y de papel
de Pennsilvania, a las destilerías de Nueva York y Filadelfia, a las
manufacturas de vidrio de Maryland, a los trabajadores del hierro y destiladores
de ron de Nueva Inglaterra. También, fueron protegidos los productos derivados
de las granjas mediante impuestos sobre los clavos, las botas y los zapatos, y
la ropa de confección.”
Los sectores que lidiaban por la independencia económica, no tardaron en
descubrir que los tibios aranceles de 1789, no suministraban una verdadera
protección a la industria naciente y luego de arduas disputas, lograron que los
aranceles fueran aumentados en 1790, 1792 y 1794. Aunque estos aumentos
resultaron también insuficientes debido a la oposición de los sectores políticos
que, subordinados ideológicamente por Gran Bretaña, impidieron la adopción de
aranceles más altos porque, para ellos, los impuestos debían tener como
principal objeto, producir ingresos y no, proteger a la industria naciente. En
realidad, la industria que más se benefició de las leyes de protección y en la
cual el Impulso Estatal tuvo una incidencia más decisiva, fue en la industria
naviera. Los armadores y constructores navales se habían contado entre los más
ardientes defensores de la independencia y las leyes para favorecerlos no
encontraron en el Congreso, gran oposición.
La primera ley a favor de la industria naval se tomó, también, el 4 de julio de
1789. Por la misma, se concedía un descuento del 10% en los derechos de
importación, a las mercaderías que entraran a los Estados Unidos, en barcos
construidos en los Estados Unidos y de propiedad de ciudadanos norteamericanos.
La segunda ley, no solo tuvo como objetivo el fomento de la industria naval
sino, además, que el comercio naviero quedara, exclusivamente, en manos de
ciudadanos norteamericanos. La ley buscó que los barcos que realizaran el
comercio exterior e interior fueran de propiedad de ciudadanos norteamericanos y
construidos en los Estados Unidos. Esta segunda ley, se dictó el 20 de julio de
1789. Por la misma, se impuso un gravamen de seis centavos por tonelada a los
barcos de construcción y propiedad Norteamérica que entraran en puertos de los
Estados Unidos pero, a los barcos de construcción norteamericana y propiedad
extranjera, se les cobraba treinta centavos por tonelada, y cincuenta a los de
construcción y propiedad extranjera. La l