Cuadernos, ejércitos y guerrilleros

La pelea por la primicia

Por Sebastián Lacunza

El caso de los cuadernos permite ver, como pocas veces, un despliegue inaudito en Comodoro Py pero también en las principales redacciones porteñas. La pelea es por la primicia, pero también por cómo, cuándo y qué parte de los datos se ofrece a los lectores. Con testimonios de Diego Cabot, Hugo Alconada Mon, Daniel Hadad, Ricardo Ragendorfer y Ari Lijalad, Sebastián Lacunza analiza la cobertura de un caso clave para entender el funcionamiento de la política, la justicia, el empresariado y los medios.

Eran las cuatro de la tarde del viernes post Centeno, cuando las fotocopias de los cuadernos alborotaron la redacción de Infobae. Daniel Hadad llegaba a esa hora a Miami proveniente de Washington. “Son 477 carillas”, le informaron no bien aterrizó el avión. Muchas para una redacción como la de Infobae, poblada pero web al fin; menguada además, como todo viernes de cara a un fin de semana.

Más de 60 horas antes, La Nación había cerrado su edición impresa del 1 de agosto con un título en tapa a una columna. “Coimas: una detención impacta al kirchnerismo”.

Como quien sugiere sin levantar la perdiz, el periodista Diego Cabot escribiría que la detención del chofer Oscar Centeno, ordenada en la tarde del martes 31 de julio por el juez federal Claudio Bonadio, era “el primer eslabón de una investigación cuyas consecuencias aún son difíciles de imaginar”.

En realidad, uno de los hermanos propietarios de La Nación, Fernán Saguier, el secretario general de redacción, José del Río, y unos pocos periodistas del diario podían imaginarlas hacía meses, porque el registro del chofer de Roberto Baratta había sido entregado a Cabot el 8 de enero de este año. La decisión editorial fue “no publicar una línea hasta que la Justicia actuara”.

“Alegría inmensa por la decisión de privilegiar la institucionalidad a la primicia”, tuiteó Del Río a la 1.12 del 2 de agosto, en el final de un día agitado.

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Tras cerrar la edición del diario del miércoles, un pequeño grupo de la redacción de La Nación siguió de largo, a la espera de los pasos de Bonadio. Una docena de detenciones y decenas de allanamientos serían disparadas durante la madrugada, por lo que había que organizar el lanzamiento del affaire cuadernos en la web. Bonadio regalaría un festival irresistible de “personajes K” enviados a prisión.

Dos fotógrafos de La Nación hicieron guardia en una noche fría y oscura frente al domicilio de Roberto Baratta, en el barrio de Belgrano. Con las primeras luces del día, el ex subsecretario de Coordinación del Ministerio de Planificación salió esposado del edificio de José Hernández 2043.

El dueño de Infobae había seguido desde Estados Unidos la aparición de las anotaciones de Centeno, a las que hoy define como “un hallazgo periodístico de esos que se dan cada veinte años”. “Les dije directamente a mis editores: hay que conseguir los cuadernos”. Una vez obtenido ese corpus “vital”, dio un plazo perentorio para publicar “algo nuevo”. “Armemos un equipo urgente y trabajemos todos”, instruyó Hadad desde Miami.

Un reducido equipo de investigación, al que se sumaron redactores que podían salir de la línea ese viernes y colaboradores permanentes, conformaron un cuerpo de doce personas. A las cinco de la tarde comenzaron a revisar el contenido y, a poco de comenzar, surgieron nombres de esos a los que sólo se les animan medios que Julio Ramos llamaba “la izquierda alocada”.

Mensajes de ida y vuelta con Miami. La indicación de Hadad — del “nuevo Daniel Hadad”, el editor de criterio amplio que describen tanto quienes enaltecen a “Daniel” como quienes guardan la distancia de antaño — resultó decisiva: publiquen todo, sin omisiones.

La Nación había salido ganando desde el vestuario. Eligió día, hora y lugar del partido. Llevaba la pelota bajo el brazo desde hacía meses y había arreglado con el árbitro Bonadio, al que la escuela de Julio Humberto Grondona hubiera expulsado por prevaricar, que consultaría cada pitido hasta avanzado el primer tiempo. Todo pintaba para goleada.

Sin embargo, el sábado a las 6 de la mañana, cuando el asombroso festival de nombres supuestamente anotados por la mano de Centeno parecía haber dado todo de sí, apareció en Infobae la marca empresarial más cara para el medio de los Saguier. “Los detalles de los traslados de ‘bolsos’ y ‘paquetes con dinero’ entre el Grupo Techint y el departamento de los Kirchner”, tituló el sitio. Transcurrían 20 minutos del primer tiempo y el partido se ponía uno a uno.

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“En el medio periodístico hay mucha gente talentosa; el día uno íbamos a tener ventaja, teníamos el ciento por ciento de la materia prima, pero circuló tan rápido como suponíamos; enseguida nos podían empatar, era obvio”, explica Diego Cabot a tres semanas de una primicia que marcaría un antes y un después en su vida profesional.

¿Por qué el nombre de Techint casi no apareció en La Nación los primeros tres días?

“Quien hace esa pregunta no leyó los cuadernos. Nosotros sabíamos mucho más de lo que publicamos y tomamos la decisión de ir siempre detrás de la Justicia; no publicamos a Techint y ni a 34 empresas más porque no íbamos a ser nosotros los que tocáramos la campana. Quien lea sabrá que había un grupo que estaba absolutamente determinado quiénes eran, con nombre, fecha y lugar”, dice el periodista y abogado Cabot. Y agrega: “Para meter preso a alguien se tiene que configurar un delito”.

Una fuente con vasta experiencia en la redacción de La Nación hubiera preferido “otro abordaje”. Por empezar, hubiera prescindido de la venia de Bonadio. Y da otra versión sobre la omisión Techint: “Ocurre que un medio como Infobae tiene mucho más músculo que nosotros para moverse en situaciones inesperadas. Acá tenés que levantar la pata de un elefante si querés sumar gente de otra sección porque conseguiste una información que te resulta inabarcable”.

El periodista Federico Fahsbender de Infobae encontró en los registros nueve visitas sólo durante 2008 al edificio de Techint en la calle Della Paolera al 200, pleno Retiro. Allí, el ejecutivo “Héctor” aparecía donando bolsos a Baratta, quien luego los entregaría a Daniel Muñoz, por entonces secretario de los Kirchner, en el domicilio porteño de éstos, Uruguay 1306.

Hadad cita al ensayista de negocios Robert Kawasaki. “Las empresas se parecen a los ejércitos convencionales o a los guerrilleros. Clarín y La Nación son dos ejércitos convencionales, con historia, tradición, capitanes y subtenientes; lo nuestro es un ejército de guerrilleros, todos asumen funciones de todo tipo en cualquier momento”.

Unos días después, otro guerrillero, Alejandro Bercovich, iluminaría en BAE Negocios el nombre de una empresa dadora de bolsos que había permanecido todavía más oculto: Pampa Energía, el grupo que encabeza Marcelo Mindlin, empresario de un éxito vertiginoso desde diciembre de 2015.

Se había repetido una secuencia. Más allá de detalles vidriosos de la información surgida de la bitácora de Centeno, La Nación demostraría una capacidad distintiva en el mainstream de los medios argentinos para detectar una noticia, madurar su fortaleza y sistematizar una catarata de datos pero, en el instante de la publicación, una mala decisión opacaría el trabajo realizado.

Entre varios, el antecedente más sonoro fue el de Panamá Papers, cuando un rastreo extenuante del equipo dirigido por Hugo Alconada Mon quedó dañado por la decisión editorial de disimular, en las cruciales primeras 24 horas, rostro y nombre de quien giraba por los diarios y webs del mundo como integrante de la media docena de gobernantes registrados por el estudio Mossack Fonseca: Mauricio Macri. La paradoja fue que, en aquella oportunidad, a cinco meses de la llegada de Cambiemos a la Casa Rosada, Infobae acompañó a La Nación en el amparo del Presidente.

A la luz de la experiencia, el primer mandamiento del periodismo de filtraciones masivas (digitales como las de Panamá o analógicas como las de Centeno) dice: “No ocultarás el nombre de nadie para protegerlo porque, tarde o temprano, las bases se abren a otro medio, o a un tuitero, o a un autor de libros, y cocodrilo que se duerme es cartera”.

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Dos días antes de la divulgación del pagador Héctor, de Techint, una fuente clave de la investigación se relajaba durante una cena en Palermo. El tema era ineludible.

¿Por qué Armando Loson (Albanesi), Gerardo Ferreyra (Electroingeniería), Javier Sánchez Caballero (IECSA) y Francisco Valenti (IMPSA) están detenidos y otros empresarios y ejecutivos mencionados ni siquiera fueron citados a indagatoria? ¿Encontraron algo en el allanamiento a Techint? ¿Y en Corporación América?

“Si el juzgado detectó datos precisos de entregadores habituales de dinero, se los mandó a detener; hay otras referencias más difusas o esporádicas que vamos a investigar”, dijo la fuente de Comodoro Py cerca de la medianoche del jueves 2.

Tres días después, Bonadio ordenó el arresto de Héctor Zabaleta en su domicilio de Villa Urquiza.

Luis Betnaza, el alter ego de la familia propietaria de Techint, acudiría a Comodoro Py para rescatar a Héctor, histórico encargado de la caja negra del holding. La Justicia todavía no tocó la puerta de la cabeza visible de un conglomerado valuado en casi 10.000 millones de dólares. Paolo Rocca es —todos saben— una víctima de la voracidad K, que lo extorsionó para dejarlo salvar a “nuestra gente” de Venezuela.

Por esas horas nerviosas, el entorno oficialista aventuraba una hipótesis que sonaba disparatada. No sólo los Macri estaban totalmente desvinculados de IECSA sino que el primo Ángelo Calcaterra tampoco estaba al tanto de los desmanejos de su gerente general, Javier Sánchez Caballero, anotado a su vez en los balances negros de Odebrecht. Sería por ello que Stornelli y Bonadio no habían siquiera llamado a indagatoria al hijo de María Pía Macri.

El propio Calcaterra echó por tierra semejante hipótesis cuando el lunes siguiente, a primera hora, se autoimputó y se declaró colaborador. Eso sí, sin perder medio minuto en una prisión. Justicia allá Bonadio.

Faltan nombres en los cuadernos Gloria, Convenor, Rivadavia y América de Centeno que acaso figuren en bitácoras de otros choferes. No está Repsol, por caso. Tampoco está Marsans, la factoría de fraudes cuyos dueños fueron condenados en Madrid y que, en el proceso de desfalco de Aerolíneas Argentinas bajo la mirada atenta de Ricardo Jaime, supo aceitar los silencios.

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Hugo Alconada Mon toma distancia de varios aspectos de la causa judicial pero prefiere ver el vaso medio lleno: “Por primera vez, hay grandes señorones que estaban con el dedito en alto hablando de ética corporativa en Idea o en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas, y ahora están haciendo fila con la escupidera en la puerta de la fiscalía. Se declaran víctimas como si fueran Heidi”. “¿Te imaginás lo que va a ser el próximo coloquio de Idea en Mar del Plata?”, pregunta el jefe de Investigaciones de La Nación.

El emblemático periodista Ricardo Ragendorfer ve el vaso vacío: “La figura del arrepentido es casi teológica del lawfare, la triple alianza de Justicia, medios y servicios de Inteligencia”. “Stornelli no les pide un dato real, sólo les pide que marquen a alguien. ‘Si marcás, te zafo’, la misma técnica del macartismo en la década del 50 en Estados Unidos: la prueba se reduce al portador de la delación”, completa el autor de “Los Doblados” y periodista de Tiempo Argentino.

Ragendorfer pone el dedo en las “cuentas bancarias, sociedades anónimas y billetes que no aparecen”, sin dejar de recordar que “no hay ninguna duda de que el sistema es históricamente corrupto, mucho antes de (Julio) De Vido, desde Julio Argentino Roca”.

“Es muy obsceno que muestren a Rocca y Calcaterra como dos pobres criaturas, y que un tipo como (Gerardo) Ferreyra, de Electroingeniería, encarne el demonio y se lo asocie con (Carlos) Zannini porque estuvieron en el mismo penal durante la dictadura. ¿Eso qué es?”, agrega el coautor de “La Bonaerense”.

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El 2 de agosto, el fiscal Carlos Stornelli se había precipitado a buscar los cuadernos en persona, guiado por el imputado no tan colaborador Centeno. Recién después de hacerle perder tiempo al fiscal en una excursión televisada por domicilios de Olivos y Bella Vista, el exsargento y chofer recordó que los había incendiado en la parrilla. Sin originales, no podía caer el colaborador clave porque la causa se desmoronaba. Y no cayó. Bonadio homologó el arrepentimiento de Centeno al día siguiente.

“Los originales no son necesarios”, elaboraba la noche del mismo jueves la fuente de Comodoro Py que cenaba en Palermo, como queriendo superar el mal trago de Stornelli.

Por unas horas, antes de la impactante sucesión de delatores premiados que supuestamente validaron los textos, el escándalo parecía desvanecerse. Las infidencias del chofer con las que los portales fomentaban el tema aparecían rezagadas entre los trending topics de las redes sociales. Ganaban interés las muertes de una vicedirectora y un portero que preparaban el desayuno para los alumnos en una escuela de Moreno cuando explotó una garrafa.

El éxito de La Nación pagaba además un precio por la elección de un modelo de negocios del que no están claros los resultados, pero que nadie podría asegurar que es equivocado. Como su web es abierta sólo para cuarenta noticias mensuales por usuario (después hay que abonar), el resto de los portales no pagos ganaban flujo gracias a la primicia ajena.

“Una vez que decidimos publicarlo, nunca nos planteamos la plataforma. Subió el cliqueo de la web, se ganaron suscripciones y el diario impreso se vendió muchísimo más”, explica Cabot.

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El contenido de los anotadores resultaba verosímil: profusión de fechas, nombres y lugares de apariencia constatable. El perfil de los lugartenientes de Planificación durante el kirchnerismo, Julio De Vido, José López y Ricardo Jaime, objeto de múltiples acusaciones fundadas y alguna condena, invitaba a creer que la bitácora, como mínimo, tenía parte de cierto.

El contenido de los anotadores resultaba inverosímil: ni un informante de Inteligencia podría ser tan metódico como para llevar semejante registro durante diez años. Estamos hablando de la chapucera Side, no de la Stasi. Encima, el chofer aprovechaba tiempos muertos en los jardines de Olivos para otear cantidades: 800.000 en un bolso, un millón en otro. Baratta sería saqueador pero nadie podría acusarlo de desconfiado. Cantaba las coimas hasta por los codos y, tan campante, dejaba sus millones en el asiento trasero del Toyota Corolla mientras charloteaba con los Kirchner en pijama.

Otro aspecto que acaso restaba atractivo a una trama de apariencia tan impactante era la intervención de Bonadio, a quien nadie, ni el más acérrimo defensor del macrismo, puede atribuirle la ética del “abogado Petrocelli”. Aún así, en el acto en Plaza Congreso del 21A vitorearon al juez federal.

Contrariamente al inusual objetivo de La Nación de darle fortaleza a la investigación judicial por sobre el trabajo periodístico, la mano de Bonadio ponía las cosas en el terreno del juego sucio.

“Desde que La Nación comparte su investigación con el juzgado deja de hacer periodismo, porque un periodista no es un auxiliar de la Justicia”, dice Ragendorfer. Y agrega: “El tsunami que envuelve a la patria contratista envuelve también a las familias del oficialismo, por lo que hay que hacerse la siguiente pregunta: ¿para quién carajo labura Bonadio? Es posible que labure para el hombre que lo recibió en su despacho la semana pasada, Ricardo Lorenzetti”.

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Diego Cabot nunca creyó que el expolicía José Bacigalupo, el vecino que le entregó los cuadernos el 8 de enero, podía estar vinculado a servicios de Inteligencia, así como tampoco el exsargento escribiente Centeno.

En septiembre u octubre de 2017, el chofer de Baratta le confió una caja cerrada a su excompañero remisero Bacigalupo y le informó el contenido. Una expareja de Centeno supuestamente lo estaba extorsionando, por lo que eligió ponerla a resguardo en manos de un amigo al que veía de vez en cuando.

Como había leído el libro “Hablen con Julio (De Vido)”, escrito en coautoría por Cabot en 2007 sobre los aparentes fraudes en la obra pública, y como cree que “el problema no son los que están (Macri) sino que éstos (CFK) van a volver si no se los para”, Bacigalupo buscó al periodista de La Nación para entregarle la caja de Centeno. Era – le diría a Cabot más tarde – su “aporte” para frenar al kirchnerismo.

El 21 de marzo, diez semanas después de recibirlos, el periodista devolvió los cuadernos a Bacigalupo y minutos más tarde éste los puso en manos de su dueño original. Baratta había recuperado su libertad y su “entorno” – cuenta Cabot – se había puesto nervioso.

En el acto de entrega de los ocho cuadernos, Centeno le reprochó a su amigo Bacigalupo que la caja estuviera abierta. “Lógico, si la tengo que derivar a terceras personas tengo que saber lo que hay adentro”, le respondió el expolicía de 73 años.

Lógico.

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Pocos días más tarde, con los cuadernos fotocopiados y digitalizados, el redactor de La Nación se convenció de que el destino de su investigación sería judicial antes que periodístico. La jefatura de redacción no puso reparos. El 26 de marzo, Cabot comenzó una serie de reuniones con el fiscal Stornelli.

“El carácter turbio de los cuadernos perjudica la noticia, pero una investigación se puede construir sobre cualquier cosa si logra pruebas válidas. Suponiendo que se trata de un texto efectivamente elaborado por quien dice ser el autor del mismo, en las circunstancias que describe, una investigación periodística tiene que dilucidar quién es el presunto entregador de esos materiales y cuál es su objetivo. Por supuesto, nadie va a decir ‘esto es una operación de inteligencia y te queremos usar a vos como medio difusor’; corresponde al periodista averiguarlo”, analiza Ragendorfer.

Cabot conocía a Bacigalupo hacía “muchísimo tiempo”. “Sabía también de la existencia del chofer Centeno; me pareció un relato tan creíble que nunca tuve dudas de quién lo había escrito”, dice el periodista de La Nación.

“Me hice todas las preguntas, contesté una cantidad y algunas me dejaron de interesar. Fui el único que teniendo todo no publicó. No soy de esos que creen que tienen toda la verdad; a veces, ni nos acercamos”, reflexiona Cabot.

Y agrega: “Trabajé en silencio, solo, y no quise contestarme preguntas sobre motivaciones. A veces me cuesta entender las motivaciones de mis propios actos, no iba a buscar las de otros; me concentré en el contenido”.

Cabot eligió trabajar con dos estudiantes de la maestría de La Nación, Candelaria Ini y Santiago Nasra. Había un lógico motivo para no hacer olas. En particular, a algunos en La Nación les preocupaba que se anticipara Omar Lavieri, el acreditado de Infobae en Comodoro Py, o que los cuadernos cayeran por otra vía en manos de Horacio Verbitsky, y éste les diera un enfoque totalmente distinto.

En la situación actual de los medios, con redacciones diezmadas y presión por lo urgente, el arribo de algo tan extraño como un manuscrito de un chofer detallando que, por ejemplo, Aldo Roggio entregaba fortunas a un intermediario para que terminaran en el edificio de los Kirchner en Recoleta podría ser descartado como una obra de un lector fuera de sus cabales (los hay). Sin embargo, Cabot supo ver que, más allá de la identidad de Centeno, había una trama que podía dar mucho de sí, y sacó tiempo de la nada para tirar de esa cuerda.

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Pese a una postura editorial a todas luces afín a Mauricio Macri y a que algunos de sus periodistas militan adhesión al Gobierno, La Nación mostró pericia desde 2015 para dar cierta cabida a informaciones inconvenientes para el oficialismo.

El principal responsable de esas investigaciones, Alconada Mon, no participó del tratamiento de los cuadernos hasta que fueron publicados, aunque sabía de su existencia. Tampoco se involucró en la lectura de los textos de Centeno el grupo de jóvenes periodistas del diario que generalmente trabaja en la línea del autor de “La Piñata; el ABC de la corrupción, de la burguesía kirchnerista y del ‘capitalismo de amigos’”. “Bacigalupo aborda a Diego, que es un tipo de primera, unos meses antes de la publicación. Se le acerca porque había leído el libro y habían tenido ya encuentros semicasuales en los que establecieron cierta empatía a partir de coincidencias puntuales en la visión del mundo”, dice Alconada Mon. “Diego se planteó si investigar y llegar a verificar sin mover el avispero para que después reaccionara la Justicia, o si correspondía entregar las pruebas para que la Justicia actuara”.

Cabot explica: “Fui absolutamente consciente de que si publicaba la nota podía generar que las pruebas desaparecieran. Este caso tenía la particularidad de que la prueba era un cuaderno con un autor y éste podía negar el contenido, o podía ser influenciado para que lo negara”.
“Nunca pensé en salir locamente con una publicación al día siguiente. Cuando miré para dónde iba a ir esto, Bonadio era el juez natural; era público que había una denuncia de la pareja de Centeno (Hilda Horovitz) en su juzgado”, dice.

Las características de Bonadio no merecen mayores reparos para Cabot. “En algún punto tenía que confiar, y si había una traición judicial, iba a tener sobre qué escribir”, agrega.

Para el periodista de investigación Ari Lijalad, el viaje de los cuadernos de Centeno desde Avenida Libertador 101, Vicente López, sede de La Nación, a los tribunales de Comodoro Py 2002, Retiro, refleja una relación impropia del periodismo. “Si el periodista creía que su investigación valía la pena, tenía que publicarla sin acordar con el fiscal. Lo que pasó me hace sospechar que Cabot creía que lo que tenía no valía la pena o había que involucrar a Stornelli y Bonadio sí o sí en alguna estrategia”, dice.

Horovitz, la ex de Centeno, se había presentado en noviembre ante Bonadio para denunciar al chofer en el marco de una causa por la compra de gas natural licuado (GNL). La denuncia fue derivada al juzgado federal de Sergio Torres y, sin pruebas, había quedado empantanada.

El 8 de marzo, la Cámara Federal le dio a Bonadio uno de los pocos reveses de los últimos años: le concedió la falta de mérito para De Vido y la libertad de Baratta en el expediente GNL, con apariencia de ser el más precario, si no fraudulento, de los que imputan a ambos exfuncionarios.

Alconada Mon prefiere no opinar sobre la sospecha de fórum shopping y toma distancia del contenido filtrado de los arrepentimientos: “Es una fase muy preliminar, hay que ver qué es lo que está bajo secreto de sumario”.

“Si hubo cartelización en la obra pública por qué no pensar que hay cartelización en la estrategia judicial de los empresarios imputados”, desliza una fuente de una fiscalía federal a la que le pueden llegar coletazos del caso.

Las inmediaciones de la fiscalía y el juzgado seleccionan y transmiten textuales de los arrepentidos y el contenido que surge de los allanamientos. Aparecen caracterizaciones notables. Los mensajes de whatsapp van y vienen, y de allí el salto a algunos espacios periodísticos adquiere literalidad.

Quienes hasta hace un mes eran presentados como lúmpenes del devidismo se transforman en personas sometidas a la tiranía y la violencia física de Néstor Kirchner. Los mayores ganadores de las licitaciones durante el kirchnerismo pasan a ser sufridos hombres de negocios que debieron entregar bolsos para no tener que despedir empleados por la parálisis de las obras. La habitación matrimonial de los expresidentes, repleta de montañas de dólares, era un desfiladero. CFK guardaba en una bóveda de El Calafate una carpeta de inteligencia sobre Alberto Nisman.

¿Infobae, por ejemplo, toma alguna precaución antes de dar cabida a este tipo de trascendidos? “La indicación es consultar siempre a los abogados defensores de las personas mencionadas para no quedarnos con una versión”, responde Hadad.

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El lunes 30 de julio alguien de Comodoro Py llamó a Cabot:

– Avanzá lo antes que puedas.

Campana de largada. El periodista de La Nación decodificó el mensaje: debía contactar a Bacigalupo con Stornelli para activar la maquinaria.

Al día siguiente, Cabot y su fuente se encontraron en un café de Federico Lacroze y Cabildo. Baratta, desayunando en su departamento ubicado a pocas cuadras, no sospechaba que esa noche Bonadio ordenaría su arresto por segunda vez, ni que el día anterior había sido el último en que Centeno oficiaría como su chofer.

Horas más tarde, Bacigalupo recibió a Cabot y a Stornelli en su departamento. Entre los tres, pactaron fecha y marco de la declaración testimonial de quien dice haber creído que valía la pena traicionar la confianza de Centeno en aras del fin mayor de sanear la República.

Eran las 15 de ese martes cuando el fiscal tomó aire y le informó a Bacigalupo que Centeno, su amigo de la remisería, había sido arrestado. Con pesar, el expolicía bajó la mirada.

-Yo le dije al Negro que iba a terminar preso si no se presentaba ante la Justicia.

Lo presumía tanto como que lo había entregado.

Revista Anfibia

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