Cuando la guerra ya no salva al sistema

Por Raúl Zibechi

Muchos datos apuntan que las grandes empresas del complejo militar-industrial están obteniendo jugosos beneficios desde el comienzo de la invasión rusa a Ucrania. Pero otros datos aseguran lo contrario; dicen que la crisis capitalista se está profundizando: la amenaza de recesión en Estados Unidos, el aumento de los precios en todo el mundo o las dificultades de China para mantener las cadenas globales de suministro, por poner algunos ejemplos.

Podemos acordar con William I. Robinson en que las guerras han ayudado al capitalismo a superar sus crisis y que desvían la atención sobre el deterioro de la legitimidad del sistema (https://bit.ly/3vDQjNV).

Su concepto de «acumulación militarizada», fusión de la acumulación privada con la militarización estatal, resulta útil para comprender los procesos en curso (https://bit.ly/3Fb5RMa). Considera la represión como necesaria para sostener la acumulación de capital en este periodo de crecientes protestas sociales.

Sin embargo, es probable que estemos ante la radicalización de las élites globales, que parecen dispuestas a provocar un genocidio masivo contra una parte de la población del planeta, si llegan a creer que sus intereses están en peligro. De hecho, la destrucción del planeta sigue avanzando, pese a las declaraciones y convenios que dicen defender el medio ambiente.

Cada vez que un modo de resolver situaciones entra en crisis, las élites ­escalan hacia otro modelo más destructivo aún. Como la guerra ya no alcanza para asegurar la acumulación indefinida de capital, se la emplea con otro objetivo: mantener a las clases dominantes en su lugar de privilegio cuando se agote el capitalismo.

Creo que las tesis de Robinson, interesantes de por sí, así como las de otros analistas, no toman en cuenta que no estamos ante situaciones similares a las dos guerras mundiales del siglo XX, o a la guerra fría, sino ante nuevas derivas sistémicas. En rigor, ya no debemos hablar de represión, ni de crisis, porque las mutaciones en curso desbordan dichos conceptos.

En primer lugar, porque nunca Occidente había sido desafiado por naciones no europeas, como China, que fue víctima del colonialismo y el racismo que aún perduran, y de qué modo, en las relaciones internacionales. Esto no quiere decir que las élites chinas sean menos opresoras que las occidentales. O bien que sean algún tipo de alternativa, ya que todas razonan del mismo modo.

No estamos sólo ante conflictos por la preeminencia dentro del capitalismo occidental, como fueron las guerras anteriores. Ahora el factor racial tiene un peso determinante y, por tanto, las élites occidentales no dudan –como hicieron en Irak y en Afganistán– en destruir naciones enteras, incluyendo a sus pueblos.

Las invasiones se miden con varas distintas según intereses geopolíticos y el color de piel de las víctimas. En el mismo momento en que el ejército ruso invade Ucrania, el de Turquía está invadiendo territorios kurdos en el norte de Siria, pero los grandes medios no le conceden la misma importancia (https://bit.ly/3P7PxAu).

En segundo lugar, no debemos pasar por alto la revolución mundial de 1968, ya que nos coloca ante realidades completamente diferentes: los pueblos se han organizado y están en movimiento. Este es el dato central, no tanto las crisis económica y política. Los pueblos, originarios, negros y mestizos en América Latina, los pueblos oprimidos del mundo, están colocando límites al capital que éste considera insostenibles. Por eso ataca con paramilitares y narcos.

La tercera es consecuencia de las dos primeras. Estamos ante algo que supera las crisis y resulta mucho más profundo: la descomposición del mundo que conocemos, crisis de la civilización moderna, occidental y capitalista, que es mucho más que la crisis del capitalismo entendido como mera economía.

A grandes rasgos, la situación creada en 1968 puede resolverse con la instalación de un nuevo sistema, menos desigual que el actual, o con la aniquilación de los pueblos. Creo que estamos ante una inédita amenaza porque las élites (de todo el mundo) sienten que los pueblos oprimidos amenazan sus intereses, como nunca lo habían sentido desde 1917.

Estamos en una transición hacia algo que desconocemos, que puede ser dramático, pero que tiene más la forma de descomposición que de tránsito ordenado. Como decía Immanuel Wallerstein: de las transiciones controladas nacieron nuevas opresiones. Por eso debemos perder el miedo al derrumbamiento del actual sistema que «puede ser anárquico, pero no necesariamente desastroso»*.

El problema es que no tenemos estrategias para afrontar este periodo. Con la notable excepción del zapatismo, tampoco hemos construido saberes y modos de hacer para resistir en sociedades militarizadas, en las cuales los de arriba le apuestan a la violencia genocida para seguir dominando. No es sencillo, pero deberíamos trabajar en ello o resignarnos a ser objeto de los poderosos.

  • En «Marx y el subdesarrollo».

La Jornada