Cuando la Iglesia se opuso a la higiene, la vacunación y la anestesia

Consideremos tres asuntos médicos fundamentales para la sanidad que se desarrollaron en el XIX: la higiene, la vacunación y la anestesia general. A los tres se opuso la Iglesia

Extracto de la obra ‘El sueño de Sancho: Un historia irreverente del conflicto entre la ciencia y las creencias’ de Manuel Lozano Leyva.

Retrato de Napoleón Bonaparte del pintor francés Jean Auguste Dominique Ingres. Getty Images

Por Manuel Lozano Leyva

Tras escudriñar con paciencia la Santopedia, los únicos santos que se puede encontrar que lo fueron por hacer algún bien social u obra de utilidad pública han sido san Cosme y san Damián. De la madre Teresa de Calcuta quizá mejor no hablar, porque ha acumulado has­ta acusaciones de crímenes contra la humanidad por su apego al sufrimiento y al dolor. De sus pacientes, claro. El desprecio eclesiástico por los medicamentos paliativos aún es algo actual.

Y ya que estamos hablando de medicina, consideremos tres asuntos médicos fundamentales para la sanidad: la higiene, la vacunación y la anestesia general. A los tres se opuso la Iglesia. Con la higiene fue más allá y traspasó todos los límites de humanidad. Cuando se declaraba una epidemia a lo largo del siglo XVIII, lo primero que los médicos prescribían era someter a cuarentena las barriadas afectadas, aislándolas incluso por la fuerza sí fuera menester. Lo primero que hacía la Iglesia era, como siempre, convocar rogativas en catedrales e iglesias, así como un vía crucis en procesiones multitudinarias, para pedir al Señor que intercediera para lograr el cese del castigo divino. El clamor de los médicos ante la locura de juntar a la gente era como mínimo desoído. Como máximo, eran amenazados tan seriamente que muchos pagaron las consecuencias. Esto ocurría en casi toda Europa, pero de estas felonías eclesiásticas quedó constancia puntual de las muchas acontecidas en mi ciudad de Sevilla. Y, si se piensa que hablamos de tiempos muy antiguos, no hay más que recordar lo que opina la Iglesia en la actualidad sobre el uso del preservativo en África para atenuar el horror de la epidemia del sida que allí sufren. No nos indignemos y encarrilemos el siglo XIX, algo que es difícil hacer con cierto humor, porque el protagonista principal de su arranque fue Napoleón Bonaparte.

Este fue un magnífico militar, genial, quizá, y un azote para Europa. Las guerras en las que se vio involucrado (debemos expresarlo así, porque no todas las provocó él) ocasionaron otra vez millones de muertos. Además, la crueldad con la que se desenvolvió en muchas de ellas (tal vez la peor fuera la de su aciaga campaña de Egipto) lo convirtieron en un auténtico genocida. Sin embargo, a Napoleón hay que reconocerle algunas cosas positivas. Por una parte, los valores que promovía eran los de la Revolución Francesa (laicismo, libertad, igualdad y fraternidad). Acabó distorsionándolos todos mediante la imposición militar de estos. Y el máximo dislate acaso fue el hecho de transformar la república en un imperio y nombrar monarcas aquí y allá (sobre todo a sus hermanos). Como remate de la operación, aceptó la monarquía papal como una más y, para colmo, estableció que esta fuera supranacional.

Por mucho rechazo que provocaran sus métodos, esos valores fueron arraigando en Europa, aunque fuera a trancas y barrancas. Por otra parte, Napoleón entrevió con claridad el poder de la educación, de la técnica y de la ciencia. Las escuelas superiores de magisterio, politécnicas y científicas que mandó organizar fueron el canon sobre el que se organizaron muchísimas de ellas en los países europeos. La ingeniería fue así estructurada científicamente y la ciencia, a su vez, quedó incrustada de forma definitiva en las universidades, con lo que se pudo eliminar de ellas casi todo el poder eclesiástico. La intelectualidad de la Iglesia se vio reducida al derecho canónico, la teología y poco más. Aunque, eso sí, no renunciaron, donde pudieron (por ejemplo, en Italia y en España), a seguir controlando la enseñanza básica como la vía más eficaz de adoctrinamiento y de proselitismo. Los jesuitas lo hicieron con eficacia en los países de los que no habían sido expulsados, pero a ello también se dedicaron con afán todas las órdenes religiosas masculinas y muchas femeninas. Temían, con razón, que, sí no se adoctrinaba a los niños, convencer con argumentaciones a los adultos de la verdad de los dogmas y las creencias de la Iglesia resultaría imposible.

De los cuatro pilares en que se sustentaban las Iglesias cristianas, el teológico había sido resquebrajado por los científicos del XVII y los filósofos del XVIII y el político lo había dañado, en gran medida, Napoleón, por eso no iban a renunciar al cultural y al psicológico. La manera más eficaz de apoyarse en esas dos columnas era impregnar a los menores de sentimientos religiosos y a los pobres de ayuda, esperanza y compasión. A ello se dedicó la Iglesia con tesón sin desistir, en absoluto, de acaparar todo el poder político que le permitieran las circunstancias de cada país, que, en muchos, fueron extraordinariamente propicias para ello.

¿De verdad el conflicto entre la ciencia y el cristianismo estaba carcomiendo la compleja teología que este había desarrollado? Sin duda, pero, además, esta carcoma no había hecho más que empezar. Adelantemos ya lo que ocurrió con el conflicto: la biología hirió de muerte a las creencias cristianas en el siglo XIX; la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica certificaron su finiquito en el siglo XX; y en el XXI puede que estemos asistiendo a un nuevo deísmo infinitamente más humano, profundo y alegre que todo el misticismo y la trascendencia anteriores. Sin embargo, esto es solo desde el punto de vista teológico o, si se quiere, filosófico, porque, desde los otros tres no se vislumbra la derrota con tanta claridad. De hecho, si desde la política no logramos defendernos de los ataques de las religiones, aún podemos sucumbir a ellas y todo el avance intelectual conseguido puede venirse abajo.

Vayamos con la mencionada herida de muerte.

[Extracto de la obra ‘El sueño de Sancho’ de Manuel Lozano Leyva, recientemente publicada por la Editorial Debate]

El Pais, 13/04/19

 

Fragmento de El sueño de Sancho

Jinetes en el cielo

De las mil aventuras narradas en el Quijote de Cervantes, una muy sugerente es la del viaje que nuestro hidalgo emprende con su escudero a lomos del caballo Clavileño el Aligero.[1] Este fantástico corcel de madera, construido por el mítico Merlín, se rige por una clavija incrustada en su frente que le sirve de freno y «vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le llevan».

Para mofarse del noble don Quijote, unos duques, con ayuda de su mayordomo, cuatro criados y unas dueñas malas pécoras, le incitan a viajar en una montura que, muy bien construida por maestros carpinteros, hacen pasar por el legendario Clavileño. Don Quijote y Sancho Panza, uno sumido en la alegría y el otro en la aprensión, aceptan cabalgar a lomos del apacible y extraño jamelgo.

Los intrépidos jinetes, con los ojos tapados a petición de los marrulleros duques, alzan el vuelo a lomos de Clavileño. El temor debido a los estremecedores bamboleos de la montura se solapa con los gritos de ánimo y admiración de los urdidores del engaño. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro ofusca el escepticismo de Sancho:

—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

A su vez, la fantasía de don Quijote es más poderosa que su infinita bravura.

—No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

—Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Los embaucadores soplan con grandes fuelles al inmóvil caballo con sus jinetes. Don Quijote, cada vez más complacido, sostiene:

—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

Los bromistas calientan los rostros de los jinetes con estopas ardientes en el extremo de cañas largas, de manera que, al sentir el calor, Sancho grita:

—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.

—No hagas tal —respondió don Quijote—, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros.

El remate de la bien fabricada añagaza es prenderle fuego al caballo que, repleto como estaba de cohetes tronadores, vuela por los aires y cae al suelo con don Quijote y Sancho Panza medio chamuscados. El escuadrón de dueñas desaparece y los criados y señores restan desmayados en el suelo. El duque y los demás van despertando dando muestras de maravilla y espanto con tal convicción que los jinetes se sienten muy complacidos.

Cuando la duquesa les pregunta por el insólito viaje, Sancho, no menos insólitamente, le responde:

—Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos; pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré la Tierra, y pareciome que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.

La duquesa hace ver a Sancho que, si era como decía, un hombre solo había de cubrir toda la Tierra. La salida de Sancho, como siempre, resulta ingeniosa:

—[…] será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la Tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a él palmo y medio.

Entra después Sancho a describir lo que vio en el cielo sin detenerse sobre prodigios tales como siete cabrillas de colores: dos verdes, dos encarnadas, dos azules y «la una de mezcla».

Inquieren entonces a don Quijote acerca de en qué se entretenía mientras Sancho exploraba la Tierra de lejos y el cielo de cerca. Don Quijote muestra su honrado escepticismo, pero concluye como ecuánime caballero:

—[…] o Sancho miente o Sancho sueña.

Una vez acabada la aventura con alborozo de todos, Cervantes hace que don Quijote diga al oído de su escudero:

—Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.

Este ecuánime y desconcertante pacto final nos va a servir también, como toda la alegoría que supone el resumen anterior del bello pasaje cervantino, para establecer la base de lo que se quiere sostener en este libro y, sobre todo, para introducir la segunda parte, la del desarrollo pleno de la ciencia actual. En la cueva de Montesinos, don Quijote dice sobre el sueño que había tenido que:

—[…] sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana.

Este libro trata de la evolución paralela o, más bien, antiparalela, pues ese paralelismo puede ser hasta entrelazado a modo de doble hélice de ADN, de los dos productos más sorprendentes del cerebro humano: las creencias y la ciencia.

Este es un libro de divulgación histórica sobre la evolución de la técnica, de las creencias (no solo las míticas y religiosas) y de la ciencia, escrito por un científico asalariado. Por ello, no faltará quien lo tache de vulgarización y a su autor de aficionado a la filosofía, lo cual no me preocupa en absoluto. Sin embargo, quiero hacer constar que, además de divulgar en un lenguaje no académico y más bien coloquial hitos históricos de la relación entre la ciencia y las creencias, se sostendrá una tesis, solo una, quizá original, que se irá descubriendo poco a poco.

Hay un libro, un tanto panfletario, pero que considero magnífico: Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, de John William Draper. En España se lo tildó de anticatólico y fue refutado por obispos y por eminentes religiosos. Por ejemplo, el ínclito Marcelino Menéndez Pelayo sentenció que el texto de Draper «no es de vulgarización, sino de vulgarismo científico, obra de un dilettante en materia filosófica, aunque en otras se le conceda no vulgar loa». Por mi parte, creo que Draper fue un buen científico (por su obra científica es por lo que recibió una «no vulgar loa») y un pensador inquieto e ilustrado, y don Marcelino un abrumador escritor que supeditó su erudición a un catolicismo militante.

Un libro más ambicioso que el de Draper es A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, de Andrew Dickson White, que se publicó en San Petersburgo (por el consulado de Estados Unidos) en 1894. Creo que se trata del primer libro que intentó mostrar el asunto con rigor y, quizá por ello, ha sido el más denostado por los teólogos cristianos. Por ejemplo, el reverendo John Augustine Zahm, publicó justo dos años después, su réplica en Scientific Theory and Catholic Doctrine.[2] El tono mesurado y ameno del primero contrastaba con el despectivo y arrogante del segundo, por mucho que procurara disfrazarlo.[3] Ese desequilibrio se ha mantenido desde entonces en contra de los científicos que se atrevieron a escribir sobre ciencia y religión en el siglo XX, aunque en algunos casos, como en el de Bertrand Russell, los teólogos lo tuvieron complicado.[4] Hasta que llegó el XXI y los nuevos ateos se pusieron tan firmes y altaneros como los teólogos cristianos, los islamistas, los hebraístas y cuantos sea menester. O más si cabe, porque han logrado que los teólogos se hagan… melifluos. Su táctica se ve muy bien reflejada en Oráculos de la ciencia,[5] de Karl Giberson, un físico religioso (los hay, aunque, en este caso, se dedique a la religión y no a la física), y Mariano Artigas, un sacerdote español del Opus Dei, también físico, que alaban hasta el empalago la obra de grandes científicos y divulgadores de la ciencia y, después, señalan que sus opiniones sobre Dios y sobre la religión no valen nada, ya que no tienen ni idea de teología y se meten en cuestiones que les sobrepasan y que están fuera de su competencia. A estos teólogos actuales dedicaré el penúltimo capítulo.

Mi propósito consiste en mostrar el origen y el desarrollo de las respuestas que la humanidad ha ido dando a las preguntas que más le interesaban y cómo la ciencia ha respondido a muchas de ellas (la inmensa mayoría) y ha hecho innecesarias casi todas las respuestas anteriores. Sin embargo, dicho está, se procederá sin ánimo academicista y se destacarán aspectos de las creencias y de la ciencia, en particular de sus protagonistas, de un modo que sirva de solaz y de instrucción. Todo ello se presentará cuajado de opiniones personales, por lo que parece justo que se conozcan un poco más mis creencias.

Una de las características esenciales de la ciencia y de la técnica es su continuo progreso. Los teólogos modernos sostienen que resulta necesario un credo firme porque la ciencia cambia sus paradigmas constantemente. Rechazar su solidez por su incesante evolución equivale a negar, por ejemplo, que los barcos de vapor navegaban muy bien, aunque sin las posibilidades de los submarinos nucleares actuales; o ignorar que la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad no pueden diferenciarse de la mecánica clásica en el dominio de aplicabilidad de esta, porque en su terreno es correcta y supone el fundamento de gran parte de la tecnología que funciona a la perfección. Aún más, lo opuesto a lo que defienden los teólogos es lo cierto y casi indiscutible. Los cristianos, por ejemplo, en lo que creen es en una versión más o menos actualizada de un dios determinado que coexiste con otras muchas alternativas. El budismo, el confucianismo, el islamismo, el cristianismo, etcétera, tienen bastante en común, pero también muchas diferencias. Y no solo eso, sino que hay un argumento impecable de los ateos: ellos solo creen en un dios menos de los que creen en Jesús, en Alá o en Yahveh, pues estos han desechado a Zeus, a Odín, a Júpiter y a unos cientos más; han dejado de creer en ese dios por las mismas razones que aquellos dejaron de creer en los otros. El electromagnetismo, los principios químicos o las leyes de la genética son únicos en el mundo, se crea en lo que se crea. Y, si fallan, todo el que esté interesado podrá saber por qué, ayudar a resolver el problema y tener la seguridad de que, cuando se consiga, la solución será aceptada por todos. Sin embargo, no debe pensarse ni decirse que equiparamos el electromagnetismo con el hebraísmo y demás, sino que el argumento esgrimido por los teólogos en cuanto a la solidez de la religión frente a la volubilidad de la ciencia resulta totalmente falso.

En este punto, se puede concluir que soy otro miembro más del ateísmo moderno que, al menos en el mundo anglosajón, hace furor. Sí, soy ateo, pero con matices respecto a los autores más representativos. El primero es que no suelo caer en lo mismo que ellos: en una furia desatada (en muchos casos justificada) y casi ciega basada en consideraciones más bien antiguas de las religiones, al menos de aquellas que han superado la Edad Media. El segundo matiz es que, por fortuna, y a pesar de haberme criado en una ciudad muy santa, muy mariana (de la Virgen María), y en tiempos de catolicismo fascista (hablo de Sevilla), milagrosamente (ya hablaremos de milagros), no he tenido ninguna mala experiencia que me haya azuzado resentimiento alguno. Una anécdota me bastará para aclarar esto.

Me eduqué en un colegio seglar y el cura que nos pastoreaba, don Carlos Montero, era amable, algo bebedor y muy futbolero. A finales de los años cincuenta descargó sobre Sevilla un nubarrón de frailes durante una semana de Misiones. Así, con mayúscula, se denominó a aquel despropósito. Nos hacían madrugar para el rosario de la aurora, nos daban una sarta de clases de religión, después nos hacían rezar más rosarios, incluidos algunos en plan vía crucis, y, lo más aterrador, cada atardecer nos largaban un sermón en la parroquia del barrio. Un día, un franciscano de fortísimo acento gallego, nos endilgó una filípica a los chavales que nos dejó horrorizados. Nadie durmió aquella noche del terror que nos había provocado el fraile al hablar del infierno y de la condenación eterna. Tras el rosario de la aurora de la mañana siguiente, al que los niños asistimos como auténticos zombis desnortados y tambaleantes, fuimos a clase y, a primera hora, nos tocó religión. Allí apareció don Carlos quince minutos tarde, como era habitual, tan sonriente y campechano como siempre. Cuando estábamos medio callados (aquel día, para sorpresa de nuestro cura, nos mantuvimos mucho tiempo así), un chaval levantó el brazo y resumió, a su manera, la idea que se había formado del infierno, de la eternidad y de las tremendas torturas que allí, por siempre jamás, se prodigaban. Después, le preguntó a don Carlos si aquello era verdad. Este, con los ojos muy abiertos, le contestó con otra pregunta: «¿De dónde has sacado esa ristra de atrocidades?». «De un fraile gallego que nos sermoneó ayer en la parroquia de San Sebastián», respondió nuestro compañero. Don Carlos, tras unos instantes en los que permanecimos en un silencio sepulcral, se relajó y nos dijo: «No os preocupéis, porque lo que pasa es que los gallegos son igual de exagerados que los andaluces o más, pero sin gracia; así que vamos a la lección del día». Asunto zanjado.

El tercer matiz con respecto a mi ateísmo es el siguiente: aunque mi tesis doctoral (en física nuclear teórica) la orientaron cuatro magníficos profesores, dos de Oxford, uno de Oak Ridge (un laboratorio nacional de Estados Unidos) y uno de España, los directores oficiales fueron uno de los oxonienses y el español. La relación entre nosotros resultó ser excelente y, hasta el día de su muerte, fueron unos amigos entrañables. A ellos, como puede leerse al principio, dedico este libro in memoriam y con todo cariño; pues el primero, Peter Hodgson, era católico (una minoría en el Reino Unido) a machamartillo, y el segundo, Gonzalo Madurga Lacalle, nada menos que jesuita. Y yo, para no quedarme atrás, militaba en el Partido Comunista de España. Jamás se interpuso entre nosotros la más tenue sombra de rencor por motivos religiosos, lo cual no impedía que tuviéramos infinitas discusiones, sobre todo con Gonzalo, porque mantenerlas con Peter en inglés era más impreciso y cansado.

Las preguntas que los seres humanos empezaron a hacerse cuando pudieron llamarse tales (se diferenciaron de los animales al hacerse esas preguntas) eran, seguramente, de tres clases. En la primera estarían aquellas relacionadas con el posible aumento de su bienestar: «¿Servirá para algo de provecho el fuego, aparte de para asustarnos y, con la espantada, evitar que nos quememos?». En la segunda se agruparían las encaminadas a conocer el mundo («¿Qué habrá tras aquellas montañas?») y su funcionamiento («¿Por qué llueve?»). Los problemas comenzarían cuando se plantearon las de la tercera clase: «¿Quién ha hecho el mundo? ¿Por qué unas veces somos felices y otras, desgraciados? ¿Vela alguien por nosotros? ¿Podemos interceder ante Él o, más bien, Ellos? ¿Qué hay después de la muerte?». Las respuestas a estas últimas empezarían a fluir y a divergir asombrosamente en las distintas sociedades y culturas.

En muchas de las respuestas a las preguntas, tanto simples como trascendentes, puede verse una influencia decisiva: la del cielo, en particular, el nocturno, que siempre sorprende y sobrecoge, por ser (casi) inalterable e inaprensible.

Estas respuestas irían conformando un conjunto cada vez más coherente y complejo y pronto se descubriría que ese cuerpo de respuestas que comienzan a formar una doctrina tiene unas ventajas sociales enormes: cohesionan las comunidades que se han ido configurando, porque dotan a las personas de una moral y al conjunto, de una autoridad.

El asunto evolucionaría tan firme y sólidamente que las respuestas, incluso las preguntas, empezarían a ser irrelevantes e interesarían mucho más sus ventajas. A veces estas ya no son reales y tangibles para todos, sino sobre todo para los que detentan el poder sobre los demás. Para colmo de desdicha teológica, con el tiempo se empezarían a elaborar otro tipo de respuestas, digamos las científicas, a las preguntas esenciales y se agudizarían los conflictos con y entre las creencias.

Pero no nos pongamos demasiado serios, porque queda mucho libro por delante; así que volvamos a los deliciosos avatares de don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño.

La exaltación de la creencia disparatada (el vuelo en un caballo de madera) no la provoca, en este caso, la justificación y el aprovechamiento del poder, sino la sencilla e inofensiva chanza. Donde los jinetes desean llegar es al cielo, porque allí es donde creen que van a saciar la curiosidad más grande que han podido acumular en sus vidas. Don Quijote apela al encantamiento, que todo lo justifica, para despejar las dudas de Sancho. Sin embargo, este se deja llevar por la curiosidad y por el escepticismo y observa. Lo magistral del lance cervantino viene después del escudriñamiento de la realidad llevado a cabo por Sancho.

Una vez que tanto don Quijote como quienes se burlan de ellos plantean a Sancho la posibilidad de que todo pueda resumirse en un engaño, este no se arredra, a pesar de ser el único que ha observado la realidad, pues se ha quitado el pañuelo de los ojos, y hace lo contrario que se espera de él: reafirma la creencia hasta un extremo inaudito, porque describe el cielo con extraordinaria minuciosidad (por ejemplo, con el detalle de las cabrillas de colores).

¿Solo por lo anterior resulta apropiada la alegoría de la aventura quijotesca como para convertirla en el eje de este libro? Bastaría, pero hay más, mucho más. Fijémonos en cómo Cervantes pormenoriza el modo de manejar el caballo artificial. A Clavileño se le guía moviendo la clavija de una parte a otra, de manera que

[…] el caballero que va encima le hace caminar como quiere, o por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.[6]

¿Existe alguna diferencia entre este modo de cabalgar respecto al quehacer del piloto de un avión moderno? Apenas ninguna. Además, recordemos el ejemplo de don Quijote del licenciado Torralba, que voló de Madrid a Roma un día y regresó el siguiente, algo completamente corriente hoy, pero con un importante matiz: la Inquisición de Cuenca procesó al aguerrido licenciado entre 1528 y 1531, porque los diablos impulsaron semejante vuelo (en la acusación parte de Valladolid, no de Madrid). Otra curiosidad es que, en la acusación inquisitorial, se dicta que el vuelo Valladolid-Roma duró hora y media, lo cual lo acerca bastante a la realidad actual. Menos mal que el tribunal tuvo conocimiento de que un dominico llamado fray Pedro había regalado al doctor un demonio llamado Zequiel, a quien vieron y hablaron los cardenales Volterra y Santa Cruz, pudiendo convencerse de que tal ser era un «benéfico elemental» que servía fielmente a Torralba.[7] El tribunal de la Inquisición admitió esta circunstancia y absolvió a Torralba.

¿Qué diría don Quijote al ver que se puede volar en un artificio sirviéndose de una clavija y que en otro se puede llegar a la luna? Que quizá Sancho mentía, pero que, sin duda, soñaba; y que ese sueño no lo ha hecho realidad la magia ni el engaño, sino la ciencia. ¿Llegará a triunfar esta sobre las creencias? «Nada tienen que ver la una con las otras», responderán a coro los herederos del tribunal de Cuenca, pero sobre eso será sobre lo que tendrá que meditar quien llegue hasta el final de este libro, porque ese es su propósito.

Si quien lo haga se considera creyente, sospecho que lo primero que exigirá será respeto a sus creencias, porque se trata de lo acostumbrado, y verá que, en todo momento, se intentará mostrar ese respeto, pero propongo el mismo pacto final de don Quijote a Sancho: si quiere que yo crea lo que ha visto en el cielo, yo quiero que crea lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no les digo más…, pues en la disyuntiva de que el creyente, como Sancho, mienta o sueñe, he preferido entender que es el noble sueño y no la falaz mentira lo que produce sus quimeras. De ahí el título del libro, que, en su primera parte, trata del sueño de Sancho, de la evolución del conflicto entre ciencia y religión, y en la segunda, de la cueva de Montesinos, donde los sueños maravillosos de don Quijote van haciéndose realidad, a pesar de la oposición e incluso del nuevo padecimiento que le infligieron algunas ideologías que se asentaron políticamente al modo casi religioso por su poder y fanatismo extremos.

Una advertencia final: al consultar el índice u hojear el libro se puede concluir que peca de un eurocentrismo desproporcionado. En efecto, las creencias religiosas e ideológicas tratadas de un modo más amplio son aquellas en las que se basan el cristianismo y la historia europea en general. Aún más, tras ese vistazo se puede concluir que el antagonismo entre ciencia y creencias al que alude el subtítulo no se manifiesta hasta tiempos muy recientes; de hecho, constituye un instante en la escala de la evolución humana. Sería esta una afirmación correcta, pero la razón es que, nos guste o no, de Europa ha surgido en ese instante la cultura hegemónica del mundo actual. Por «cultura» ha de entenderse el conjunto de conocimientos artísticos, científicos, técnicos y filosóficos, así como las creencias ideológicas, políticas y religiosas. Y, para bien o para mal (sin duda, para bien), las aportaciones europeas a la música, a las matemáticas, a la pintura, a la física, a la biología y a un espléndido etcétera han sido muy superiores y más decisivas para el devenir de la humanidad que las que han llevado a cabo los habitantes de otros continentes. De la influencia del cristianismo podíamos decir algo parecido, pues, además, se trata de la religión que más se ha opuesto a la ciencia. Lo anterior nos da la primera pista sobre la tesis anunciada que se sostendrá con firmeza en este libro: el implacable desarrollo de la ciencia fue la principal consecuencia del conflicto que el cristianismo generó contra ella.

Espero que quien concluya el libro termine por estar de acuerdo con dicha tesis, por mucho que, con seguridad, discrepe de muchísimas de las opiniones defendidas en sus páginas.

1

Sapiens neandertalis y Sapiens sapiens

Etiopía, 1972. Es de noche, un grupo de franceses y estadounidenses, al calor de una hoguera y bajo un manto repujado de rutilantes estrellas, canta imitando burdamente a los Beatles, que suenan atronadores en un magnetófono a pilas. Están bebiendo y fumando, vaya usted a saber qué, aunque una pista puede ser la canción que se oirá insistentemente a lo largo de la noche: «Lucy in the Sky with Diamonds».

Son un puñado de arqueólogos eufóricos que celebran el final de la campaña de excavación que les ha proporcionado un impresionante hallazgo: varios cientos de esquirlas y trozos de huesos que bien pueden representar los restos fósiles de casi la mitad del esqueleto de un australopitecus. Les parecen tan antiguos como después se confirmará en el laboratorio: tienen 3,2 millones de años. El descubrimiento, sin duda el más importante de sus vidas, no solo encajará en la base del rompecabezas de la evolución humana, sino que completará una de las partes del inicio aún oscuras.

Al terminar la canción y mientras se sirven otra ronda, uno de los enardecidos científicos, considerando que el ejemplar hallado corresponde a una hembra, decide llamarla Lucy. Tras la entusiasta aprobación por unanimidad, la fiesta toma nuevos bríos.

El reinado de Lucy como el antecesor más antiguo de la especie humana no duraría mucho, porque, en 2009, también en Etiopía y a solo unos setenta kilómetros de donde se celebró la fiesta anterior, se descubrieron los restos de Ardi, otro australopitecus (también hembra), ancestro común de los humanos y chimpancés, aunque más de un millón de años más antiguo que Lucy, concretamente de hace 4,4 millones de años. ¿Cómo eran estos seres? ¿Qué representan esos millones de años que tanto nos aturden cuando se trata de geología y de evolución de las especies?

Vivimos en una galaxia de los miles de millones que se formaron no mucho después del big bang, excelso acontecimiento que tuvo lugar hace 13.820 millones de años. La Vía Láctea, nuestra galaxia, es un conjunto de centenares de miles de millones de estrellas inmerso en polvo, gas y materia oscura. Se trata de una galaxia muy corriente, pues sus características no difieren de las de la mayoría.[1] Nuestro Sol se formó hace 4.500 millones de años, es decir, no es de primera generación, sino que nació de nubes de polvo y gas ya enriquecidos por los elementos pesados remanentes de estrellas que murieron con anterioridad. Tras el big bang, solo se formaron elementos muy ligeros, y fue en el interior de las estrellas, mucho más tarde, donde se sintetizaron los más pesados, hasta el hierro. Después, al estallar una estrella moribunda en una supernova, se fueron sintetizando los restantes.

Con nuestro Sol ocurrió algo singular: la nube que lo formó colapsó porque muy cerca estalló una de estas supernovas, lo que le cedió buena parte de su riqueza material. Por eso algunos elementos radiactivos del sistema solar son más antiguos que el propio Sol. De la estrella recién formada, gracias al estampido del último estertor agónico de la malhadada estrella vecina, se desgajaron jirones de material que, poco a poco, se apelotonaron y formaron esferas casi perfectas, aunque de interior tumultuoso y de superficie azotada por grandes cataclismos.

En una de estas esferas llamadas «planetas» surgió la vida, fenómeno singular, pero seguramente poco extraño en la galaxia, porque, más o menos, la mitad de los cientos de miles de millones de sus estrellas tienen una cohorte de planetas parecida a la del Sol. La vida se originó en la superficie de la Tierra hace unos 3.700 millones de años en forma de levaduras y de algas muy simples. Así pues, si Lucy, y hasta Ardi, tienen unos pocos millones de años, piénsese en la parsimoniosa lentitud con que se desarrollan los procesos evolutivos.

Puesto que lo mencionado hasta ahora entrará en flagrante contradicción con muchas creencias de las que vamos a hablar, resultará bueno que señale cómo se ha averiguado y por qué, lo más importante de todo ello, es irrefutable.

La razón fundamental estriba en que la investigación de estas cuestiones se ha llevado a cabo con los métodos e instrumentos de una gran variedad de especialidades científicas. ¿Y eso le proporciona algún tipo de infalibilidad? Rotundamente sí, porque las leyes y métodos aplicados a ese tipo de estudios son los mismos que se constatan a diario de forma tan exhaustiva que no tiene sentido ponerles en cuestión. Son los que hacen que funcionen los televisores, que los medicamentos nos curen, que podamos predecir con precisión los eclipses, así como una infinidad de prodigios. Y cuando algo no encaja con esas leyes o los instrumentos de observación llegan a sus límites, ampliamos las primeras como podemos y construimos unos aparatos de medición más avanzados, de manera que tanto unas como otros se ajusten a los estrictos parámetros que exigimos de reproducibilidad y de exactitud de predicciones de fenómenos naturales.

Ya que hemos hablado de tiempos, aunque sea a escala de muchos millones de años, pensemos en la radiactividad, un inquietante fenómeno que nos servirá para ilustrar algunos de los objetivos de este libro.

LA EDAD DEL MUNDO

Cuando un núcleo atómico sufre una desintegración, se convierte en otro. Si medimos la semejanza que hay entre un elemento radiactivo y «su hijo», con las leyes exactas y simples de la desintegración podemos averiguar cuánto tiempo lleva el padre convirtiéndose en hijo o cuándo dejó de hacerlo. La datación radiactiva tiene limitaciones, porque los hijos, a su vez, pueden ser radiactivos, las muestras difíciles de obtener, etcétera, pero habrá que convenir en que, dentro de los márgenes experimentales de error, se puede lograr una gran fiabilidad a la hora de determinar la edad de cualquier materia.

Las fechas que se han obtenido de los acontecimientos más importantes de la evolución del mundo son completamente fiables y ningún avance en el futuro las alterará de manera sustancial, si acaso las afinará y precisará. Recordemos cuáles son: el big bang, aunque su datación se haga de otra manera, tuvo lugar hace 13.820 millones de años (Ma, para simplificar); la formación de la Tierra, 4.550 Ma; la aparición de la vida, 3.500 Ma; Ardi, 4,4 Ma; y Lucy, 3,2 Ma. Obsérvese, de nuevo, la gran cantidad de tiempo que exigió la evolución de las especies desde las levaduras, musgos, bacterias y algas hasta los australopitecus.

Las extinciones masivas, debidas a diferentes causas naturales, como erupciones volcánicas, glaciaciones por cambios climáticos e impactos de meteoritos, fueron un factor que ralentizó en gran medida esa evolución. En varias ocasiones, durante esos 3.500 Ma, algunos de esos cataclismos resultaron ser tan violentos que hicieron disminuir la vida de la Tierra hasta tal extremo que, tras recuperarse la calma planetaria, bien podría decirse que la vida casi se inició de nuevo. Aunque este «casi» fue esencial.

LUCY Y ARDI

¿Qué distinguía a Ardi y a sus compañeros del resto del reino animal y en qué progresaron Lucy y los suyos durante el millón de años que los separaba de aquellos? La respuesta a ambas preguntas sería un lacónico casi nada, pero esas pequeñas diferencias fueron decisivas.

Ardi era una hembra de unos cincuenta kilos de peso, ciento veinte centímetros de estatura y con un cerebro de unos trescientos centímetros cúbicos. No tenía nada especial que la distinguiera de otros mamíferos, salvo su pelvis (con un grado de concavidad apropiado para mantener los intestinos en su sitio en postura vertical) y sus manos y pies (con pulgares), que le permitían ser cuadrúpeda y bípeda a la vez. Es decir, Ardi y sus paisanos podían moverse con soltura entre las ramas de los árboles y caminar erguidos. Cuando los frondosos bosques se convirtieron en ralas sabanas a causa de un cambio climático, emigrar caminando fue una ventaja decisiva, porque permitía divisar a lo lejos, transportar cosas (al liberar las manos de su anterior función) y ahorrar agua (al exponer menos superficie corporal al sol). A pesar de todas estas ventajas que proporciona una postura erguida, muchos paleontólogos no la consideran tan determinante como siempre se ha sostenido.

Lucy era más pequeña que Ardi (apenas un metro de estatura y unos treinta kilos de peso). Esto no es debido a que fuera más joven, pues tenía veinte años cuando murió y había parido dos veces. El volumen de su cerebro era ya de quinientos centímetros cúbicos, la tercera parte de un humano actual, pero, como se observa, bastante más grande que el de Ardi. La diferencia esencial entre ellas fue quizá que Lucy ya era solo bípeda.

Las habilidades que esta logró desarrollar respecto a Ardi después de más de un millón de años de evolución, o sea, tras unas sesenta o setenta mil generaciones, nos decepcionan, porque iban poco más allá (si es que las superaban) de las que los chimpancés actuales tienen. Habría que esperar un par de millones años más hasta que los cambios sean dignos de mencionarse. Entonces fue cuando los homininos alcanzaron el decoroso estatus de Homo habilis.[2] Sin embargo, lo que nos interesa resaltar no es tanto cómo adquirieron habilidades para el manejo del fuego y de algunas herramientas de piedra en su propio beneficio, sino por qué ese dominio técnico permitió dar el salto a las creencias. Aunque las habilidades técnicas distinguieron a nuestros ancestros del resto de los animales, este último salto fue el más decisivo en la diferenciación y en el progreso de nuestra especie.

LA EMIGRACIÓN DE LOS HOMININOS

Los homininos no surgieron en estirpes o en especies semejantes en distintos lugares y evolucionaron de manera diferente, algo que resulta normal en muchas otras especies animales, sino que surgieron en África, emigraron, se expandieron y evolucionaron sobre la marcha.

Su expansión mientras evolucionaban hasta desembocar en los neandertales y en los sapiens debió de ser una epopeya fantástica y sus causas, muy lógicas: la incesante búsqueda de caza y de mejores condiciones de vida. Seguramente influiría también, más o menos de manera determinante, la territorialidad, lo cual caracteriza a muchas especies, en particular las depredadoras. Sin embargo, el establecimiento de bases domésticas y de clanes, que no fue algo propio de los homininos, se acentuaría en gran medida en ellos, quizá por el fuego.

Resulta muy difícil determinar cuándo dominó el fuego el hombre primitivo, pero parece ser que los primeros en lograrlo fueron los neandertales. Lugares tan distintos como China y Transvaal presentan indicios claros de su uso hace unos quinientos mil años. Lo que no sabían era encenderlo, lo cual, sin duda, aconteció más adelante. Esto es decisivo, porque quien sabe encender fuego tiene un conocimiento mayor, debido a las extraordinarias ventajas que proporciona a la hora de cocinar, manufacturar, calentarse y, lo más importante, disponer de cierto ocio. La carne cocinada se mantiene más tiempo que la cruda, una mejora, entre otras, que cabe destacar. Calentarse ante una buena fogata reúne a la gente, lo cual también propicia muchas cosas.

EL ORIGEN DEL LENGUAJE

El tiempo libre, las técnicas adquiridas y las razones para reunirse pueden ser buenas bases para el desarrollo de la comunicación: el lenguaje. Durante mucho tiempo, los paleoantropólogos se han tenido que conformar con elaborar hipótesis sobre la comunicación oral con pocas esperanzas de poder comprobarlas. El problema fundamental con el que se topaban era que las partes blandas de un organismo vivo no se fosilizan. Veamos con un poco de detalle este asunto para mostrar, una vez más, lo que distingue el modo de actuar de la ciencia con respecto al de las creencias.

El proceso de fosilización es delicado y, por tanto, muy raro, ya que las condiciones que se deben dar son muy peculiares. En cualquier caso, suele afectar solo a huesos, dientes, caparazones, conchas, etcétera, porque las partes blandas se pudren casi de inmediato por muy favorables a la mineralización que sean las condiciones físicas y químicas. Pues bien, todos los órganos implicados en la voz los forman tejidos blandos y, sin sonidos vocales, no hay manera de arrancar con el lenguaje. ¿Cómo saber si los neandertales o los cromañones (los sapiens, de los que provenimos) tenían laringe, lengua, cuerdas vocales y demás? De ninguna manera, salvo…[3]

Hablar y escuchar exige unas condiciones físicas distintas de las requeridas para chillar y oír. La frecuencia de las ondas sonoras de una conversación es mucho más baja que la de los gritos. El emisor de esas ondas está compuesto de partes blandas, pero el receptor, el oído, no, porque al menos tiene cuatro huesecillos: el martillo, el yunque, el lenticular y el estribo. Ni son huesos muy grandes (el estribo es el más pequeño del cuerpo humano), ni muy duros, pero hay fósiles de ellos. Así pues, la idea fundamental para estudiar el inicio y desarrollo del lenguaje se centró en la audición. En las referencias anteriores se podrá comprobar que uno de los investigadores más osados, astutos y rigurosos en este campo es Ignacio Martínez, del equipo de Atapuerca.[4] Con la colaboración de ingenieros acústicos, los paleoantropólogos analizaron las capacidades auditivas de los chimpancés y de otros ancestros; con la de los genetistas, establecieron correlaciones entre, por ejemplo, los neandertales y los sapiens en cuanto a los genes implicados en la audición; con la de los anatomistas y forenses, se investigó la evolución de los huesos auditivos y sus capacidades. Y así, poco a poco, se establecieron ciertos hechos indiscutibles a la vez que se abrieron nuevas líneas de investigación. Los neandertales y nuestros ancestros empezaron a hablar, o sea, a comunicarse a corta distancia, hace muchísimo tiempo, quizá quinientos mil años. Hablar es lo que posibilita el desarrollo del lenguaje y el progreso de la técnica, debido al intercambio de información y la transmisión de habilidades a las siguientes generaciones que esto supone. Esta ventaja, mínima al principio respecto a las capacidades de otras especies, permitió una futura diferenciación que dio paso a su vez a la conceptualización y al pensamiento abstracto, es decir, a los embriones de nuestra particular inteligencia, singular en todo el reino animal y vegetal.

EL ATRACTIVO DE LA SIMETRÍA

Debemos resaltar ahora un asunto que muy bien podría estar en la base del arte. Nuestros antepasados, gracias en gran medida al fuego y al lenguaje, fueron desarrollando la técnica de manera continua, pero con una curiosa originalidad.

Lógicamente, lo que los homininos buscaban era optimizar al máximo el rendimiento de sus herramientas. Así, las hachas tenían que pesar lo justo para desempeñar la función a la que se destinaba cada uno de sus modelos; las lascas tenían que estar tan afiladas como exigía el corte de la carne o el curtido de la piel; y así todo lo demás.

Poco a poco se alcanzaron unas cotas extraordinarias en el rendimiento de los utensilios, de las herramientas y de las armas de caza. A pesar de toda esta optimización y de todo este pragmatismo, alcanzados, sin duda, a base de infinidad de ciclos de ensayo-error-corrección-ensayo, la simetría en los útiles, en las armas y en las herramientas está muy presente en todos ellos, pero no hace que aumente la eficiencia casi en ningún caso. ¿Qué sentido tenían tantas formas triangulares, ovales y elipsoides? Un caso aún más sorprendente de esto es el de los primeros recipientes y vasijas, los únicos enseres en los que destaca la forma circular, difícil de conseguir y de no mucho mayor provecho con respecto a aquellas más irregulares. Una posible respuesta sería que los hombres primitivos buscaran y se esforzaran en cultivar la simetría impelidos por el mero y exclusivo gusto estético.

Solo con los dos puntos tratados antes (el inicio del desarrollo del lenguaje y el embrión del placer por la estética), se podría decir que cultura y tradición, en cuanto a lo que significan de memoria colectiva, empezaron a competir con las mutaciones y con la selección natural en la evolución de la especie de los homininos.

La simetría de las herramientas y las armas y, por supuesto, las pinturas, que muy pronto aparecieron en los hábitats de los seres humanos primitivos, son muestras materiales sobre las que se puede deducir más que especular. En cambio, aproximarse a cómo surgieron las creencias exige lo contrario, porque el problema es más de especulación que de deducción.

LA MUERTE Y EL ENTERRAMIENTO

Una de las bases fundamentales de las creencias, incluso de la propia religión, es la existencia del espíritu. Una tendencia bastante natural, en cuanto los homininos empezaron a tener tiempo para comunicarse y, sobre todo, para pensar, es lo que después se llamaría «animismo». No se trata más que de creer que todo está vivo (o sea, todo es una proyección de uno mismo en la naturaleza) y de que, además, lo que anima la vida es un espíritu sobrenatural.

Para el humano paleolítico resultaba difícil establecer la distinción entre lo animado y lo inanimado, debido a la intensa interacción de carácter vital que establecía con su entorno natural. Los ríos fluían, las noches sucedían siempre a los días, la meteorología parecía caprichosa, etcétera.

¿Cómo afrontaban la muerte aquellos seres? Por muy familiarizados que estuvieran con ella, al matar animales y morir por heridas o enfermedades, muy pronto practicaron cierto ritual único en el mundo animal: el enterramiento de los muertos con enseres, armas y comida.

H. G. Wells, el insigne autor de obras como La guerra de los mundos, La máquina del tiempo o Ann Verónica, sostenía que los neandertales y los (demás) sapiens no enterraban a sus muertos con estos objetos porque creyeran en una vida futura, sino porque dudaban de que estuvieran muertos.[5] Esto, que podría parecer completamente desquiciado, tal vez se fundamente en los sueños. ¿Eran menos reales que la propia vida? Wells argumentaba que, para los seres humanos primitivos, estos sueños tenían cierto tipo de existencia, es verdad que temporal, hasta que se esfumaran del todo, y que los vivos deberían propiciar ese tránsito con los objetos adecuados. Este argumento tiene un punto débil: si sus sueños seguían vivos, ¿por qué entonces habría que enterrar a los muertos? Quizá porque pronto empezarían a oler muy mal y a presentar un aspecto deplorable; pero esto Wells no lo considera. La siguiente aproximación puede tener mucho más sentido: el respeto al anciano.

En cuanto los homininos empiezan a agruparse en clanes o en tribus, los que más saberes y habilidades tienen son, por una simple acumulación de experiencias, los ancianos. La transmisión de conocimientos se produce, sobre todo, de padres a hijos o, de manera más general, de mayores a menores. Los niños crecen sumidos entre la admiración y la curiosidad, pero también en el miedo. La educación no es solo transmisión de saberes, sino fijación de límites y de prohibiciones. Estas, al final, terminan, en su aspecto más drástico y primitivo, en los tabúes (por ejemplo, el incesto entre hermanos y entre padres e hijos). También dan lugar a lo contrario, es decir, a obligaciones morales más que a prohibiciones (por ejemplo, el altruismo). Estudios del ADN de ciertos fósiles muestran que el incesto se abolió muy pronto entre los homininos, y los hallazgos de restos sin dientes o con mutilaciones muy anteriores a su muerte revelan que los clanes cuidaban a los débiles o indefensos. Los vigilantes del cumplimiento de estas normas morales son, sin duda, los ancianos, y cuando mueren los más sabios y de pasado más valiente, su «espíritu», en forma de enseñanzas y prohibiciones, de alguna manera les sobrevive. Aunque no es necesariamente el embrión de una creencia, unido a otras circunstancias, sí podría haber conformado un conjunto doctrinario. Piénsese en el canibalismo, que por muchas razones pudo haberse convertido en tabú y no sucedió así.

En muchos yacimientos fósiles, en particular y de manera indiscutible en Atapuerca, se han hallado pruebas irrefutables de esta práctica. Podría pensarse que las hambrunas causadas por unas malas condiciones meteorológicas o de cualquier otro tipo lo habrían provocado. Pero debemos señalar que no, pues el canibalismo de Atapuerca era en su mayoría de niños. Comerse uno es, como mínimo, lo más ineficiente que hay desde el punto de vista alimenticio, energético y económico. Además, junto a los restos humanos que demostraban tal salvajada, se han encontrado huesos coetáneos de animales cazados, como jabalíes, corzos, etcétera. Es decir, había abundante comida. La única posible explicación que se encontró a ese comportamiento, sin necesidad de relacionarlo con alguna creencia espiritual, fue la territorialidad, ya que, al atacar a la base demográfica del grupo rival vecino, se frenaba su expansión. Muchos científicos tienden a rechazar esta interpretación y a destacar que el canibalismo infantil obedece a supercherías anímicas.

La idea del anciano, cuya leyenda de proezas y enseñanzas es transmitida a distintas generaciones, resulta más plausible y natural que otras suposiciones sobre la inmortalidad o la vida en el más allá. El enterramiento del cuerpo junto a objetos que le ayuden podía evocar una manera de mantener vivo su espíritu en forma de enseñanzas y de prohibiciones y extender tal práctica, poco a poco, no solo a los ancianos, sino a todos. El afecto y el amor debieron de empezar a hacer su papel mediante muestras de respeto y de dolor. En el primer sentido, se han encontrado cuerpos de hombres y de mujeres no ancianos sobre lechos de plantas y de flores. En el segundo, cerca de Samarcanda, se hallaron restos fósiles de un niño neandertal cuyo cuerpo estaba rodeado por un círculo casi perfecto hecho con cuernos. Suponer que estos tipos de enterramientos demuestran que nuestros lejanos antecesores pronto tuvieron consciencia de inmortalidad o de vida más allá de la muerte física puede ser una mera especulación, pero los indicios parecen bastante sólidos, sobre todo si estos se asocian a otros pensamientos abstractos, como enseguida veremos.

LA DIVISIÓN DEL TRABAJO

La división del trabajo entre hombres y mujeres destacó muy pronto. El elemento más decisivo fue, casi seguro, la singularidad humana de la desaparición del estro o celo en las hembras, caso único, posiblemente, entre los mamíferos. El hecho de que la mujer dejara de sentir necesidad sexual durante periodos concretos propició una elección más libre de la pareja y una etapa de natalidad más prolongada en el tiempo. Amamantar y educar a niños y niñas de distinta edad hizo que los radios de acción de los hombres y de las mujeres se diferenciaran muchísimo. Para las mujeres, esa distancia no podía ir mucho más allá de donde alcanzaba el sonido del llanto del niño o de otra mujer para avisarle del peligro o de la necesidad. Por otra parte, la selección natural hacía mucho que había favorecido una singularidad dentro del mundo animal: los homininos recién nacidos estaban mucho más indefensos que otras crías y exigían años de aprendizaje y de protección para poder sobrevivir. Las madres tenían que desempeñar de manera forzosa ese papel protector y educativo, lo cual propiciaba la agrupación de congéneres y proporcionaba tiempo para desarrollar habilidades y hacer descubrimientos. El hombre, en cambio, podía realizar largos recorridos para recolectar, cazar y explorar, sobre todo cuando comenzó, primero a domesticar y, después, a domar a los caballos. El desarrollo del lenguaje, el arte y la técnica estuvo, por tanto, más en manos de las mujeres que de los hombres.

Respecto al arte, se han descubierto estatuillas y pinturas de una antigüedad pasmosa: cientos de miles de años. Hace varias decenas de miles de años se construían instrumentos musicales y, en particular, flautas de una perfección sorprendente. Algunas tienen agujeros cuya separación y grosor provocan sonidos armoniosos según los cánones musicales modernos. La lenta evolución de las especies, en particular la de la nuestra, permite sospechar que el inicio de tal técnica artística data de la época de las estatuillas y de las pinturas rupestres. Eso, casi con seguridad y al igual que pasó con la técnica en general, solo podían hacerlo las mujeres por las restricciones espaciales y el tiempo libre que la natalidad conllevaba.

EL CHAMÁN

Quien también se distinguió pronto en la división del trabajo fue el chamán. Conforme los conocimientos y las destrezas se fueron ampliando, la acumulación y su transmisión empezaron a complicarse. No todos tenían la misma memoria ni la misma capacidad de observación, por lo que algunos individuos, incluso antes de llegar a la vejez, comenzaron a destacarse sobre los demás en distintos aspectos, en particular en la habilidad más necesaria de todas: la sanación.

La vida de los hombres primitivos, y en especial la de las mujeres a causa del parto, se veía amenazada de forma constante por las heridas y por las enfermedades, sobre todo las infecciones. Los medios de defensa se basaban en lo que podríamos denominar «pericia quirúrgica» y en la ingesta o aplicación de plantas en las llagas y heridas. Acumular este saber y desarrollar la habilidad para practicarlo se encontraba al alcance de muy pocos. Los ancianos eran los más adecuados, porque no tenían obligaciones maternas, ni servían para la caza. La recolección ampliaba su radio de acción y los más curiosos e inteligentes harían descubrimientos de manera bastante continuada.

La selección natural hacía su papel, por lo que las enfermedades mortales eran cada vez más raras, porque el sistema inmunológico se perfeccionaba. Sin embargo, si un sanador o, con más probabilidad, una sanadora impedía que alguien quedara tullido o empleaba yerbas que aliviaban los síntomas de una enfermedad, adquiría un halo de respeto casi mágico. Y la magia tendrá un papel decisivo en el establecimiento de las creencias.

Quizá esta no era más que tratar de pedir ayuda a los ancestros más sabios que él, pues, al fin y al cabo, sus enseñanzas, o sea, sus espíritus, debían de rondar por ahí durante cierto tiempo tras sobrevivir de alguna manera a su muerte. ¿Cómo invocarlos? Seguro que el procedimiento varió y evolucionó mucho en los distintos territorios y comunidades. Los ritos y las ceremonias funcionaban tan bien (y de forma tan limitada) en la sanación como actualmente lo hacen la homeopatía y otras prácticas seudocientíficas con efecto placebo.

¿Hay pruebas o evidencias fósiles de lo anterior o es todo mera especulación? Solo podemos decir que las pinturas rupestres, por muy misteriosas que sean muchas de ellas, en algunos casos nos proporcionan indicios reveladores.

LAS PINTURAS RUPESTRES

La interpretación de las pinturas rupestres y de su motivación es bastante más compleja de establecer. Puede ir desde aspectos místicos o mágicos hasta simples señales de demarcación territorial y de identidad tribal, es decir, es un arte que, en algunos casos, muy bien podría ser funcional.

Tienen en su mayoría tres temas: animales, escenas cotidianas (en especial de caza) y manos. Se han hecho interpretaciones de todo tipo, aunque el sentido común se ha impuesto. En lugar de ofrecer explicaciones sofisticadas y pretenciosas, cada una se interpreta de manera concreta y particular en relación con la cueva en que se ha hallado y con la época en que se pintó.

Un detalle importante es que, en muchos casos, las pinturas se encuentran en lugares recónditos de la cueva. Esto indicaría dos cosas: que los hombres primitivos (las mujeres, más bien, por lo que se ha dicho) se alumbraban con algún artilugio de llama que no fuera una fogata, que en esas lúgubres oquedades los asfixiaría al poco rato, y que las pinturas no tenían, en esos casos, una función demarcadora y de expresión de la identidad, porque resultaba difícil que los miembros de otra tribu las pudieran ver. Algo que podría armonizar la disparidad de situaciones en las cuevas sería que los artistas llevaban a cabo sus obras por el mero placer que este les proporcionaba, lo cual tendría una dimensión espiritual indudable y singular en el reino animal. Además, al parecer, la autoría de las pinturas de muchas cuevas sería la misma, lo que indicaría que había artistas ambulantes recompensados de alguna manera. Esta búsqueda de cierto tipo de placer vital alejado de la supervivencia, del afecto y del altruismo (si es que estos dos últimos no están tan estrechamente relacionados con la primera como entre sí) constituiría una nueva y decisiva originalidad del género Homo.

EL RITMO DE LA VIDA

El arte rupestre apenas varió durante unos cinco mil años. Pintar tanto tiempo en las cuevas, más o menos de la misma manera y con motivos parecidos, puede parecer sorprendente, sobre todo si se piensa que cinco milenios es lo que nos separa del inicio de la civilización egipcia.

¿Cómo se puede cambiar hoy de forma tan vertiginosa en pocas décadas y de forma tan lenta en los milenios pasados? Primero, porque ahora somos muchos y, en aquel entonces, muy pocos. Y segundo, porque la comunicación entre nosotros y el intercambio de información, consentido o no, son instantáneos en el tiempo y global en el espacio.

Pensemos ahora en la humanidad durante la última época paleolítica. En España, entre neandertales y (los otros) sapiens, seguramente nunca sumaron más de unas pocas decenas de miles de individuos. Entre los arqueólogos constituye un lugar común decir que solo se ha descubierto el 1 por ciento de los yacimientos arqueológicos del planeta, lo cual no sé cómo se establece, pero si es verdad, una estimación del número de habitantes en el mundo hace unos veinte mil años puede ser de diez millones de personas. Los restos de las mayores agrupaciones humanas que se han encontrado (hacia 10000 a. E. C.)[6] permiten calcular que las formaban unas quinientas personas. Incluso cuando el canal de la Mancha no existía y Europa aún estaba unida a África, el intercambio de información era muy complicado, de manera que lo normal era que la mayoría de los humanos murieran sin haber entrado en contacto ni con la tribu vecina. Al fin y al cabo, la caza y la recolección de plantas exigía grandes territorios, por muy abundantes que fueran estos. Téngase en cuenta, además, que, en buena medida debido a todo lo anterior, los sapiens habían desarrollado cuatro singularidades que los diferenciaban dentro del mundo animal.

La primera fue el arco. Su invento tuvo al menos tres consecuencias importantes: aumentó la eficiencia de la caza, amplió el radio de acción y constituyó un factor de diferenciación o de jerarquía, porque no todos eran igual de hábiles en su fabricación y uso.

La segunda, la doma de los caballos. Los equinos, como todos los animales mayores, eran objeto de caza para la alimentación. El hecho de darse cuenta de que podían montarlos y criarlos para mejorar la raza resultaba complicadísimo. De nuevo, tal dominio reforzó las tres ventajas del arco: mayor eficiencia, mayor hábitat y mayor acentuación de la jerarquía.

La tercera fue el aumento del número de idiomas. Al crecer el tamaño de los territorios de cada clan o de cada tribu, separados muchos de ellos por accidentes naturales difíciles de salvar, y al no tener apenas intercambios de información, el desarrollo del lenguaje forzosamente tenía que divergir. Poco a poco, fueron apareciendo los idiomas y, con ellos, la incomprensión entre sus hablantes y, en consecuencia, la desconfianza.

La cuarta, sin duda, fue la guerra. En buena medida como resultado de las tres anteriores, esta hizo que el sapiens se diferenciara aún más de los animales.

A pesar de este panorama tan poco propicio para la globalidad y tan distinto del actual en muchos más aspectos, durante los primeros tiempos se dio un hecho fascinante que cambiaría la evolución de la humanidad: la aparición de la agricultura. El hecho en sí no es sorprendente sino que lo hiciera de forma casi simultánea en todas las zonas habitadas del planeta. El cambio climático global tras l …

 

Abril 2019

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