Cuando la lectura volvió a ser un derecho y no un privilegio

Por Mónica López Ocón

El relanzamiento del Plan de Lecturas, desmantelado por el gobierno anterior, constituye no sólo una contribución fundamental a la educación, sino también la restitución de un derecho básico y una herramienta para achicar la desigualdad social.

Hoy, lunes 30 diciembre, el Ministerio de Educación, encabezado por Nicolás Trotta, hizo la presentación del Plan Nacional de Lecturas cuya coordinadora será Natalia Porta López, presidenta de la Fundación Mempo Giardinelli que desde hace muchos años viene bregando por la estimulación de la lectura.

El Plan Nacional de Lectura fue creado durante la presidencia de Raúl Alfonsín en 1984, re implementado en 2009 y desmantelado –literalmente- en 2016 por el gobierno encabezado por Mauricio Macri. Cientos de libros publicados a instancias del Plan y destinados a chicos y adolescentes colmaron los recipientes destinados a la basura del Palacio Sarmiento. Fue un hecho salvaje, y aparentemente inexplicable, aunque tiene una explicación clara: además de alimentar la imaginación, estimular la comprensión, ampliar el vocabulario y permitir acceder a otros mundos, leer es un derecho.

La escritora argentina María Teresa Andruetto, ganadora del Premio Hans Christian Andersen, considerado como el Nobel de la literatura para chicos, dijo en una entrevista: “La lectura y la escritura enriquecen nuestra subjetividad porque nos incitan a formular preguntas, nos ayudan a pensar y a sentir, nos abren la puerta a otras experiencias, a otras subjetividades. Un libro nos permite convertirnos en ciudadanos más críticos, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos, a la sociedad en que vivimos. Y quizá, si somos más críticos y más pensantes, nos pongamos a trabajar por un mundo menos injusto”.

La destrucción del Plan, que había sido muy exitoso, es coherente con el cercenamiento de muchos otros derechos que el macrismo consideró exclusivos de las clases sociales más altas. “¿Qué es eso de andar fundando universidades por todas partes?”, se preguntó Mauricio Macri en un discurso público, del mismo modo que afirmó que los sectores de menores recursos debían “caer” en la escuela pública. La ex gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, por su parte, expresó que fundar universidades en la provincia era un despropósito porque “todos sabemos que ningún pobre llega a la Universidad”.

El desmantelamiento del Plan de Lectura, que distribuyó de manera gratuita 40.000.000 de ejemplares de cuentos y poemas y llegó a 2.254.721 personas, respondió a la misma lógica y no constituyó un hecho aislado. También se desguazaron, entre muchos, otros programas, Jóvenes y Memoria; Educación y Prevención de Adicciones; Comunidad y Convivencia Escolar, y Conectar Igualdad. La compra y de libros para distribución gratuita en las escuelas fue suspendida, lo que no sólo perjudicó a los destinatarios de esos libros, sino también a las editoriales para las que esas ventas constituían una parte sustancial de sus ingresos. De esta forma no sólo se atentó contra la educación pública, sino que se contribuyó al deterioro de la industria editorial.

“Está absolutamente comprobado que un niño lector tiene mejoras en todas las áreas del conocimiento”, dijo la viceministra de Cultura Adriana Puigross al terminar la presentación del Plan Nacional de Lecturas.

Quizá también este hecho sea una de las razones del desguace del anterior Plan Nacional de Lectura que llevó a cabo el macrismo. ¿Para qué podrían querer las clases bajas el conocimiento? La casi totalidad de los miembros del gobierno anterior no “cayeron” en la educación pública, sino que pasaron por colegios privados y cursaron la Universidad en el exterior y ninguno abordó una carrera humanística. El conocimiento fue para ellos instrumento para administrar y multiplicar las fortunas que recibieron por herencia y/o a través de negocios de dudosa legitimidad. La cultura, en consecuencia, fue considerada, en el mejor de los casos, un barniz pintoresquista for export. Cada vez que quisieron citar una frase de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar lo hicieron de manera equivocada, lo que pone en evidencia al mismo tiempo una hipocresía y una concepción de la cultura.

Por otro lado, Estaban Bullrich, quien se desempeñara como ministro de Educación, es licenciado en Sistemas, lo que da cuenta de que la Educación, que tiene la lectura como uno de sus pilares fundamentales, no era considerada como un saber específico. Lo mismo demuestra el anunciado propósito de reunir “voluntarios” para suplir a los docentes que se declaraban en paro.

¿Por qué respetarían el derecho a leer cuando no respetaron un derecho aún más básico como el de comer de manera adecuada? La destrucción del Plan de Lectura no fue ni más ni menos que el cercenamiento de un derecho básico.

En uno de los encuentros que anualmente la Fundación Mempo Giardinelli organiza en Chaco, el escritor mexicano Antonio Malpica dijo: “Se le suele restar importancia a la lectura porque se la trata como un acto pasivo. Como si alguien que lee estuviera indefenso, inmóvil y solo. En realidad está trabajando en su mente la semilla de la resistencia». Quizá también este germen de resistencia que significa la lectura contribuyó a la destrucción del Plan Nacional de Lectura que hoy se relanza como la justa devolución de un derecho vulnerado.

Tiempo Argentino

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