Cuando la mitad de un país cae derrotada

La estupidez más abyecta se vuelve ridícula al proclamarse Trump la voz de los ‘outsiders’

Por Joaquín Estefanía

Seguidores de Donald Trump miran por televisión el recuento de votos en Sierra Vista, Arizona, el pasado 3 de noviembre. ARIANA DREHSLER/AFP/GETTY IMAGES / AFP via Getty Images

La sociedad americana está desgarrada en dos bandos irreconciliables, partida por la mitad. La polarización viene de lejos (recuérdese a Sarah Palin y el Tea Party) pero ha llegado al extremo ahora. Remontémonos a noviembre de 2016: hace cuatro años Trump ganó las elecciones presidenciales en EE UU contra todo pronóstico. Los intelectuales sobrados que habían afirmado que si Trump llegaba a ser presidente se exiliarían en Canadá han de tragarse sus palabras. Uno de ellos es Aaron Sorkin, guionista de la mítica serie El ala Oeste de la Casa Blanca. En cuanto supo que Trump ocuparía la Casa Blanca, reaccionó y dirigió una estremecedora carta pública a su familia.

Publicada en la revista Vanity Fair, el cineasta liberal se mostraba desolado: «Aunque no es la primera vez que mi candidato no gana, sí es la primera vez que lo hace un cerdo completamente incompetente, con ideas peligrosas, con serios desórdenes psiquiátricos, sin ningún conocimiento del mundo y sin curiosidad para aprender (…) la estupidez más abyecta se ha tornado glamurosa al proclamarse Trump la voz de los outsiders, la voz que llega para agitar las cosas». Lo más emotivo de la misiva es el mensaje a su hija Roxy, de 15 años, a la que la explica que su abuelo luchó en la Segunda Guerra Mundial y cuando llegó a casa EE UU le dio la oportunidad de desarrollar una vida mejor para los suyos: «No le daré a su nieta un país conformado por hombres estúpidos y odiosos». Con motivo del reciente estreno de su última película El juicio de los siete de Chicago (una denuncia de la persecución del sistema a los líderes de 1968 americano), Sorkin actualizó su opinión: «Trump ha sido peor de lo que imaginamos que sería».

¿Qué ha pasado en estos cuatro años? El ascenso del trumpismo, que no será tan sólo un accidente histórico: el trumpismo irá más allá de Trump como el reaganismo trascendió a Reagan. Es sorprendente observar que los escándalos sexuales, los casos de corrupción o el impago de impuestos de Trump no le han pasado factura, lo que no ha sucedido, ni habría sucedido, con cualquier otro presidente o candidato a presidente. Otros hubieran sido aniquilados por la opinión pública y las instituciones. Lo mismo ha ocurrido con sus continuas mentiras y, hasta ahora, con su delirante destrucción de la fe pública en la legitimidad de las elecciones.

Para el corazón de sus votantes (más que en 2016) estas irregularidades se han convertido en virtudes. En buena parte, el trumpismo representa el descontento y el resentimiento de la parte baja de la población. Ha surgido con mucha potencia el concepto sociológico de «escoria banca» (white trash) para definir a una buena parte de los seguidores de Trump. Quizás se acerque al concepto de «lumpen» (grupo social formado por individuos socialmente marginados, como indigentes, mendigos, etcétera, desprovistos de toda conciencia de clase), que desarrollaron Marx y Engels.. La «escoria blanca», en definición de la profesora de Historia Nancy Isenberg (White trash. Capitán Swing, recién publicado en España) es una especie de nueva clase baja en el interior de la clase baja blanca trabajadora, que se siente preterida respecto a las minorías afroamericanas o latinas; son los más pobres de entre los pobres, aquellos a los que las fluctuaciones económicas no disminuyen o mejoran su miseria. Son capas estancadas, incapaces de incorporarse a la corriente dominante de la sociedad. Representan la doctrina del destino manifiesto y muestran la molesta tensión entre las promesas que se inculcan en EE UU (el sueño de la movilidad social ascendente) y la mucho menos atractiva realidad (la vulnerabilidad).

¿Cómo llegaron a Trump? Mientras la «escoria blanca» se ha multiplicado con la Gran Recesión y con la pandemia de la covid-19, un trabajador del cinturón del óxido declara concienciado en televisión: «El trabajo de una persona es su última línea de defensa contra los peligros de la vida. Un trabajo es una de las propiedades más preciosas que poseer».

El País

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