Cuando llueve parece humano

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Giovanna Rivero

Mi corazón
es un río sin fondo,
¿Cómo puedo arrojar mi nombre
a la tentación del agua?

Yayoi. Siglo XVI

La señora Keiko había estado toda la mañana abonando la tierra del jardín. En toda esa vida gastada en Santa Cruz —tan diferente a la Colonia Okinawa— jamás había tenido que calentar bolsas de agua para entibiar su cama antes de acostarse como lo había hecho últimamente. Ahora incluso planchaba sus blusones de hilo sobre la cama para aclimatarla y, apenas desenchufaba el artefacto, se metía bajo las sábanas y las frazadas y aprovechaba esa sensación de refugio, de retorno a algún lugar perfecto, para pensar en que quizás debería animarse y viajar, aunque no hubiera reunido el dinero suficiente.

Sin embargo, con las plantas no había mucho que hacer. Había intentado climatizar el área del jardín dejando toda la noche prendidas las farolas de la galería, pero la factura de la electricidad le había llegado como una bomba química: exponía un número horroroso, un número que parecía “una fórmula atómica”, como solía decir su difunto esposo cada vez que pagaba los cheques de las importaciones. No le quedaba otra opción que acariciar sus plantas con la voz y desearles que tuvieran la fortaleza de soportar otra helada. Les hablaba como a pequeñas criaturas, del modo en que las madres se dirigen a los recién nacidos, haciendo de la voz una dulcísima impostura, una mímica auténtica del amor. A veces les hablaba en japonés. Tenía miedo de olvidar esa lengua, la lengua de la Colonia, y entonces pronunciaba las palabras lentamente.

Hacía seis meses había alquilado la habitación de arriba a una estudiante universitaria y ahora se arrepentía un poco, pues ese cuarto —adaptado recién después de la muerte de su marido, ya que él se había opuesto férreamente a cualquier cambio— tenía un magnífico tragaluz que, en los días soleados, recibía un calor consistente, sin ser agresivo. Cuando acabara el contrato de alquiler con aquella chica iba a convertir ese cuarto en un invernadero. Era una promesa.

Pero ya era casi mediodía y no había preparado el almuerzo. El alquiler incluía almuerzo. Que la chica buscara su propia cena. Iba a trabajar quince minutos más mientras pensaba qué podía preparar —la chica siempre celebraba su arroz blanco y suelto como la lluvia—. Se paró un rato con las manos en jarras a mirar su pequeño reino de plantas, gajos ondulados y semillas que latían en la ceguera infantil de la tierra blanda. Nadie podría entender el orgullo que sentía al observar el avance de su trabajo. Una florcita que se abría, un brote mínimo que nadie notaría, pero que estaba allí, con toda la contundencia de una vida nueva. Esas sí eran verdaderas piezas de origami, dobladas con tal delicadeza por una divinidad alta y perfecta que, aunque ella se esforzara, jamás podría imitar todos esos pliegues y bordes. Además, había perdido destreza por culpa de ese temblor en la mano izquierda, la mano del corazón, y solo si el trabajo era sencillo: pájaros en vuelo, grullas blancas, amapolas o lámparas discretas, aceptaba encargos. El último encargo importante que había aceptado había sido justamente para la hermandad japonesa que se encargaba de los eventos culturales de la oficina consular en Santa Cruz. Le encargaron mil grullas Sadako Sasaki en papel estañado para enviar un mensaje de esperanza, de voluntad gaman y solidaridad a los sobrevivientes del accidente nuclear de Fukushima. Durante dos semanas dobló el papel tratando de usar solo las yemas de los dedos, no las uñas, pues parte de la elegancia de una pieza tsuki reside en la forma del pliegue, en el modo en que se quiebra, con una naturalidad que debe imitar las articulaciones del cuerpo humano, su geometría lineal. Acabó exhausta y con los dedos destrozados, pero con el corazón feliz, iluminado, en la plenitud ikigai que solía sentir cuando cocinaba con sabores perfectos en el restaurante del señor Sugiyama. Le enviaron una carta de gratitud, con un sello dinástico que ella no supo reconocer y que la perturbó con un filo de tristeza. En la Colonia, cuando sus padres decidieron que no podrían superar las inundaciones causadas por el desborde del río Grande, que habían ahogado sus extensas plantaciones de soya, por un momento pensaron enviarla a ella y a Ichiro, su hermano mayor, a Brasil, donde había emigrado parte de su familia, o a Japón, donde ella e Ichiro tendrían que acorazar sus corazones para soportar la humillación del retorno. Nadie que había tenido la ventaja de formar parte de los grupos de emigración que iniciaron la travesía hacia Brasil y Perú en 1957 para instalarse luego en Bolivia, en la selva oriental de Yapacaní, había regresado a Japón cargando en las espaldas las flores marchitas del fracaso. El destino quiso que su madre se contagiara de la peste de las ratas que habían bajado desde las tierras benianas. La cabeza se le inflamó por la encefalitis de tal manera que el rostro de rasgos casi infantiles parecía incrustado en ese cráneo excesivo. Ningún médico quiso bajar desde la capital hasta la Colonia para diagnosticar a la enferma, de modo que el extraño rumor de que ella anidaba en la cabeza un absceso gigantesco ocasionado por la radiación que había asolado una región de su país alejó a quienes inicialmente habían querido ayudar. El virus Uruma terminó llevándose a su madre y la pequeña Keiko tuvo que hacerse cargo de Katsuo, de seis meses, y de ayudar a su padre en el nuevo emprendimiento en agricultura. Esa vez cultivaron soya. Y la soya a la larga los salvó. A la señora Keiko siempre le gustó pensar que el shinrei de su madre los había ayudado encarnándose en el espantapájaros que clavaron en medio del sembradío. Cada noche, después de acostar a Katsuo, abría las hojas de la ventana y le hablaba. Estaba segura de que el espantapájaros-shinrei la escuchaba, pues si la pequeña Keiko le pedía que lloviera, al día siguiente llovía. Si la pequeña Keiko le pedía que las ratas ya no devoraran las raíces de la siembra, los frutos se las arreglaban para sobrevivir a sus eventuales invasiones. La época del espantapájaros había sido quizás la más feliz. Y se lo había debido siempre a su madre. Había sido ella la que le había prometido seguir allí, flotando como el rocío de las madrugadas. Así le había dicho, “como el rocío”. Y cuando su cara de ningyô se apaciguó en el edema bestial de la cabeza, todavía pudo decirle que no tenía miedo, porque en ese momento, el de la muerte, no había divisado a ningún akuryō que la esperara para saldar cuentas. Había sido pobre toda su vida, había cruzado los océanos con su esposo fiel, con Keiko, con Ichiro, y había parido a Katsuo en la Colonia. Ellos eran las estrellas esmaltadas que reinaban en su alma. No le debía nada a nadie. Solo el que le debe algo a alguien debía temerle a esa reunión absoluta con la muerte. ¿Entiendes, Keiko?, le había dicho su madre. Y la pequeña había entendido. Y por eso, cuando una maestra de la Colonia le regaló ese viejo libro de poemas de un señor llamado Natsume Seibi —un antepasado suyo quizás, un sabio seguramente, pues solo la gente que había vivido en el fondo de los tiempos, entre 1749 y 1816, por ejemplo, podía escribir poemas que eran como charcos donde uno se reflejaba—, supo que su madre podía acompañarlos de muchas maneras, no únicamente habitando el cuerpo de algodón y paja seca del espantapájaros. Copió el poema más lindo y lo pegó sobre su catre. Decía:

El espantapájaros
Parece humano
Cuando llueve

Pero ahora, en el presente largo de su vejez, ya no había lugar para esas fantasías de la mente, ni para dragones o barcos de origami enfrentando tempestades. Ya no más novias ni vírgenes ni guerreros ni terribles gladiadores de maché plegado. Se había roto la vista de tanto crear universos de papel. Sin embargo, no lo negaba, en el taller de la cárcel se sentía bien. Sus discípulas no eran precisamente artistas y disfrutaban de esos momentos de creación mientras ella les contaba los orígenes del origami con episodios que parecían leyendas y no datos históricos. Las mujeres de pronto se volvían niñas, escolares metidas en sus uniformes grises. Además, ella también las escuchaba. Y se había sorprendido de no espantarse ante sus crímenes, sus errores, sus pasiones desbocadas, los tremendos equívocos que las habían conducido hasta allí. Quién era ella para medir sus culpas. Ni siquiera se atrevía a hacerse ideas sobre esa gruesa y hostil mujer, la que ostentaba escarabajos tatuados en ambas mejillas. También ella, pese a la ira con la que se abalanzaba sobre los momentos mínimos, tendría una explicación mucho más compleja de lo que alguien podría concluir apresuradamente sobre el tipo de persona que ella aparentaba ser. Si mal no recordaba, aquella mujer estaba allí por “homicidio” y debía pasar 15 años entre esos barrotes. Cuando la señora Keiko le preguntó a Hiromi, su hija única, cuál era la diferencia con respecto al cargo de “asesinato”, que en cambio determinaba la larga condena de otras dos reclusas, Hiromi primero había sido irónica: “El homicidio es al asesinato lo que el origami a un collage, una cuestión de arte”. Y luego le había explicado aquello que en el primero no intervenían ni la voluntad ni la premeditación, sino la pasión, el impulso y el azar más oscuro; mientras que en el segundo todos los actos humanos se dirigían a la aniquilación de otro ser. La señora Keiko había revisado mentalmente las caras de sus alumnas tratando de detectar la pasión o la voluntad que las había llevado a empuñar un arma, a dar un empujón, a prender un fósforo, a rasgar la carne o envenenarla, pero solo vio los ojos entristecidos, pues aunque algunas se sostuvieran con temperamentos más afables, lo cierto es que una membrana de desilusión mesuraba la intensidad de esas miradas. En la próxima sesión de origami, la señora Keiko decidió mostrarles cómo crear una víbora en media rosca; subrayó la paciencia que se precisaba para marcar las diminutas escamas de la piel y enfatizó el especial cuidado que debían tener al momento de erguir el poderoso cuello del animal, la actitud de alerta y ataque de la cabeza, mientras el ovillo del cuerpo permanecía en reposo, enroscado casi con timidez. Al cabo de tres sesiones, resultó que la mujer de los tatuajes había terminado diseñando la víbora más hermosa. Si bien en el origami tradicional se trabajaba con papel blanco, sin pegamentos ni otros detalles, ella les permitía escoger piezas de colores, nunca estampadas o combinadas, colores puros que enfatizaran el carácter de sus criaturas. La mujer había escogido un largo retazo púrpura y había hecho con él el reptil más peligroso y vivo del taller. La señora Keiko tomó la víbora colorada y la asentó con delicadeza sobre la palma de su mano derecha. Paseó en silencio la víbora por entre las demás alumnas como si exhibiera un trofeo. Era un trofeo. Era la victoria de la constancia, la concentración mental y el dominio manual sobre la mediocridad y la prisa de lo fugaz, de lo que moría antes de respirar. No elogió ni siquiera la brevísima lengua que brotaba del reptil. No hizo comparaciones ni pidió comentarios, como en otras dinámicas. Consideraba que el silencio era un homenaje sencillo pero contundente. Volvió hasta la mesa de la mujer tatuada y le sonrió. En ese instante recordó una frase que el señor Sugiyama usaba a menudo para darles a los demás el beneficio de la duda: “A veces la vida es color escarabajo”. Primero se sorprendió al toparse con los ojos fríos de la reclusa a la que había querido distinguir con todo ese código de honor; luego se estremeció al intuir que allí, en esas retinas donde debería haber estado la profunda e indescifrable tristeza, había una luz siniestra, acusadora. Soltó la perfecta pieza de origami como si le quemara las manos.

Siguió asistiendo al taller, pero se aseguró de volver a los diseños sencillos, unos en los que esas mujeres trastornadas no tuvieran que exigirles a sus espíritus otra energía. El taller estaba diseñado para que esas mentes se olvidaran por un par de horas de su claustro y ella se encargaría de que siguiera siendo así. Volvió a sus gaviotas, a sus cisnes, medusas y búhos, que emergían del papel con tres pliegues mayores y un par de necesaria definición.

¿Por qué sería que las plantas bajo la parra parecían mejor tratadas que estas otras, las que recibían mejor luz? Ni siquiera con la carpa de hule que en las noches más frías hacía tender entre los postes de la galería, esas plantitas se habían salvado de una agonía vegetal lenta y tristísima. Sin duda, pensó la señora Keiko, no era más que una anciana sufriendo por sus plantas. Debía sentir vergüenza, especialmente porque —como le contaba Hiromi, su única hija— había mucha pobreza y mucha delincuencia en la ciudad y la gente sufría. Hiromi no había terminado de estudiar, pero había encontrado los modos de hacer lo que siempre había querido, periodismo. Para ella, la muerte del padre había sido una liberación. No tenía que terminar ninguna carrera que la mantuviera atada a las cosas de fábrica en las que la Colonia Okinawa había prosperado: las telas, la soya, los embutidos o la importación de tecnología. No tenía que ser comparada en silencio con la otra hija, la que el señor Sugiyama había tenido con esa mujer que trabajaba para él, la florcita bastarda que él reconoció como legítima. Y tampoco estaba obligada a volver a la Colonia, al norte de la provincia, para trabajar gratis por unos días al mes como hacían todos los otros jóvenes de ascendencia japonesa. Podía aceptar una vida como cualquiera. Si lo hubiera querido, incluso habría tenido la posibilidad de solicitar una beca en alguna universidad japonesa. La oficina consular había beneficiado a muchos descendientes de las colonias sudamericanas con opciones de estudios superiores en ese lejano primer mundo. Era una forma de reparar las ramas quebradas del gran árbol genealógico, una forma de recuperar a esos hijos que la guerra había escupido a lugares del planeta donde los había esperado la jungla cerrada, el agua sucia e indómita, las desconocidas alimañas y, a veces, también el amor y la prosperidad. Hiromi, sin embargo, se sentía plenamente boliviana, oriental, camba, y no se imaginaba otro lugar del planeta que la reclamara. La joven había usado el argumento de que el periodismo es un oficio cultural, que se debe nutrir de lo inmediato, y que de poco le habría servido formarse con criterios internacionales para ejercer luego en una ciudad donde la violencia no se expresaba con esos retorcimientos exquisitos del Japón, sino de forma ordinaria, sin poesía —eso había dicho, “sin poesía”—, sin historiales de psicópatas que ameritaran romperse los sesos.

La señora Keiko decidió que cocinaría el plato preferido de Hiromi —pacú con choclo hervido—. Quizás así la convocaba. Si a Emma, su inquilina, le gustaba, bien por ella; y si no, que se diera por servida. En realidad, dormitorio y comida por mil seiscientos bolivianos mensuales eran un privilegio que esa señorita no iría a encontrar en ninguna otra parte. Claro que a cambio la señora Keiko se sentía tranquila. La inquilina no fumaba y el volumen de su televisión y su música no era escandaloso. De día permanecía en su cuarto, leía y tomaba notas, y de noche salía a sus clases. Estudiaba literatura. La señora Keiko no pudo imaginar cómo se estudiaba eso. Estudiar la lectura. Hace tiempo que ella no leía nada, ni siquiera esos libros de la infancia que atesoraba en una cacha de madera y que estaban poblados de poesías cortitas que lo dejaban a uno sin respiración. Recordaba, eso sí, que nunca había abierto esos libros sintiendo que se pudiera estudiar algo de ellos, no eran textos escolares. Los leía para temblar. Con su dedo índice recorría esos poemas para que no se escapara ninguna letra, tan breves y brillantes eran, como esas estrellitas de pólvora que una temporada fabricaron en la Colonia hasta que una explosión los escarmentó. Su padre había dicho que era eso justamente, un escarmiento. La pólvora, en estrellitas o en bombas, era el peor de los bakemonos.

Sin la chica —debía admitirlo— ese irónico invierno tropical habría sido menos tolerable. Era una lástima que Hiromi y ella no hubieran coincidido en esos nueve meses, aunque la señora Keiko tenía la corazonada de que no se llevarían bien. Emma también era de ascendencia japonesa y tal vez eso determinó que ella se interesara por el cuarto, pero nunca había vivido en la Colonia Okinawa, de modo que no sabía nada de esa cultura. Por ejemplo, cuando le mostró sus piezas de origami abrió mucho los ojos. Era la primera vez que veía un mundo de papel.

La propia Hiromi la había convencido de alquilar la habitación de arriba, ya que no había conseguido persuadirla de vender la casa, toda esa casa absurda, con su techo cónico y un pequeño campanario en la cima, en medio de esa calle, en el corazón del barrio más desordenado de la zona, donde los comerciantes ambulantes se habían dado modos para instalarse en las ferias de los miércoles, dejando en el aire un olor a frutas podridas, a alcohol, a frituras, una brisa corrupta que no conseguía disuadir a la mujer. Cuando el señor Sugiyama vivía, habían instalado allí una tienda de relojes hechos en Tokio, donde el señor Sugiyama tenía importantes antepasados y algunos parientes de cierta prosperidad, luego habían montado una serie de máquinas de revelado de fotografías y luego un restaurante y luego nada. Eran los únicos japoneses tontos, decía el señor Sugiyama, a los que el dinero les huía como una rata ante la visión del búfalo. La señora Keiko nunca había visto un búfalo en toda su vida joven a las orillas del río Grande, de modo que siempre sospechó de que todo ese destino ácido era una manifestación de los malos deseos de Braulia, la mujer con la que el señor Sugiyama había tenido esa relación adúltera mientras la señora Keiko se recuperaba del mal parto, mientras Hiromi daba sus primeros pasos, con los zapatitos al revés, como un títere blando, para corregirle un problema que se había hecho evidente desde el principio y que la mermaría en su belleza. Ya tenía una tarea con las orejitas tipo elfo que le había heredado al señor Sugiyama. Pero claro que ya no podía confiar mucho en su propia memoria porque esa membrana, la de los recuerdos y las cosas del cotidiano, del presente, era cada vez más delicada. A veces temía romperla solo con estirar un dedo. Quizás era mejor así, quedarse con lo genuino y bondadoso, la amabilidad del señor Sugiyama, el modo en que había construido esa casa de tejas coloradas para que ella se sintiera segura. Su esposo se había dado modos para que los tejedores de hamacas y esteras de la zona de Guarayos comprendieran el tipo de alfombra que él cargaba en su memoria como si fuera un objeto concreto. Los guarayos tejieron los tatamis más lindos que la señora Keiko pudiera imaginar. Su hogar, dentro de todo, había sido una lumbre tenaz en esos años de aventuras económicas. Lo de hacer del origami otra fuente de ingresos surgió después del fallecimiento del señor Sugiyama. Él se habría sentido ofendido. Por eso, cuando extendía sus pliegos de papel sobre el mesón, le daba la vuelta a la fotografía de su esposo y apagaba las velas del altarcito. Que su alma se elevara lejos de todas las miserias.

Las clases de origami le habían aportado una rutina que la sostenía de otra manera. No es que se sintiera más joven, sino que la necesidad de comunicar en frases técnicas un conocimiento que ella había practicado desde niña la obligaba a salir de sí, a confiar en sus palabras. Hiromi fue quien la animó a enseñar su arte como voluntaria en los talleres de la cárcel de mujeres y había hecho todo el papeleo para que su madre fuera asignada y le facilitaran el transporte. Iba dos veces por semana y ella misma aportaba los pliegos de papel. Sus talleristas no eran muchas, pero ella se preparaba como si fuera a hablar ante una multitud. Algunas de esas mujeres eran criaturas rudas, más amargas que la hiel del pollo. Sin la experiencia de su taller, jamás habría imaginado la oscuridad triste en que la ignorancia era capaz de subsumir la voluntad de la gente. Esas mujeres amargas no sabían qué significaba “plegar por la mitad” o “marcar una línea diagonal”. Con ellas había tenido que revisar su lenguaje, las palabras con las que nombraba las cosas. Otras la miraban con sonrisas agradecidas que apenas balanceaban el terrible peso de sus miradas. La que llevaba los escarabajos tatuados en las mejillas apenas hablaba. La señora Keiko no podría decir si la suya era la voz de una homicida o de una asesina —tanto le había llamado la atención esa diferencia en los impulsos criminales de alguien—, si era una voz grave o con tonos cristalinos. Aunque lo segundo la habría desconcertado, pues las manos robustas de esa alumna no auguraban más que truenos. Todavía la perturbaba la perfección de la víbora coral que esa reclusa había creado. Era un cachorro de dragón a punto de despertar de su naturaleza inanimada, parecía hecho con pinzas. Y había nacido de esas manos rudas y criminales. De estas sensaciones nada le contaba a Hiromi, pues quería que ella mantuviera para sí la satisfacción de haber ayudado a su madre a pasar días activos, compartiendo con otras personas la sabiduría transformadora del origami. Hiromi era buena hija, de eso no tenía duda; quizás solo necesitaba tomar distancia de ese hogar en que nadie, a decir verdad, había sido muy feliz. No se cansaba de recordarse a sí misma que el señor Sugiyama había sido un buen hombre, un buen marido. La culpa de todo la había tenido siempre esa cuarta invitada de su mesa, la melancolía, el destino, esos animales simbólicos a los que el señor Sugiyama siempre culpaba: el año de la serpiente, precisamente, había sido el peor de los años. Esa era la parte que había intentado enterrar. No siempre con éxito.

La inquilina bajaría en cualquier momento por el almuerzo. No es que fuera a reclamar nada, si apenas hablaba, pero su presencia quieta era consistente y, en cierto modo, agradable como la luz de una lámpara.

Acomodó la pala y las tijeras contra el último horcón de la galería, cerca de las plantas más desnutridas, y se despidió de ellas. Volvería al atardecer, les dijo, cuando el sol fuera apenas un fantasma, un suave vapor espectral cediendo ante la otra neblina, la de la noche. Sacudió sus chinelas raspando la suela contra el borde del pasillo para no meter tierra al interior de la casa. Ya no le daba la espalda para trapear el piso tres veces por semana, así que era mucho más cuidadosa que antes con sus trajines entre el huerto y la cocina. Por suerte esa tierra con la que alimentaba a sus criaturas era buena, suelta como su arroz, blandita, sobre todo la de la esquina de los ciruelos. Oh, ¿pero por qué no se le había ocurrido antes? ¡Qué tonta! La solución estaba dentro de su propia casa. ¿Y si trasladaba porciones de la tierra fértil de los ciruelos a la región seca, la de las plantas tristes? No era necesario cavar hondo, eso no. Bastaría con raspar la primera capa de tierra, la que recibe el rocío y se nutre de él, y transportarlo hasta la esquina árida. La tierra se cansaba de drenar sus minerales al mismo fruto; era fundamental rotar los ciclos para que el suelo recobrara su poder. Ahora recordaba estas reglas básicas de la agricultura que su padre le había enseñado mientras cosechaban la soya, primero con técnicas manuales, luego, cuando Katsuo ya pudo sumar sus fuerzas infantiles a las tareas de la Colonia, con la maquinaria pesada que sacaron a crédito, amparados por los proyectos de apoyo internacional que el gobierno de Japón había instalado en los focos de migración nipona. Era una solución sencilla. Tierra que resucita a la tierra. Lo haría después del almuerzo.

La señora Keiko y la inquilina almorzaron en silencio. No era, sin embargo, un silencio incómodo, sino un modo de acompañarse la una a la otra. La señora Keiko intentaba no comparar a Emma con Hiromi o, mejor dicho, a Hiromi con Emma, pero admitía que se sentía mucho más a gusto con aquella extraña y que, si lo pensaba con rigor, así había sido desde el primer momento, cuando el timbre la despertó —se había dormido frente al televisor— y ella abrió la reja sin pensar, sin sentir temor a pesar de lo peligroso que se había puesto el barrio. Allí estaba la chica, el pelo igualito al de la Virgen de Akita, liso, con raya al medio, y un vestido de algodón celeste que la brisa entonces tibia le alborotaba en las rodillas. Negó haber sido la persona que había llamado en la mañana por el anuncio del periódico, pero aseguró que podía cubrir el depósito del cuarto y el primer mes de alquiler. Quizás si la señora Keiko le hubiera exigido la documentación que le indicó Hiromi —un carné de identidad, fotocopias de algo, referencias laborales y ese tipo de cosas que sirven para respaldar la existencia de una persona— ahora estaría sentada en su propia mesa almorzando con alguien más complicado, un inquilino que le tensaría los músculos de la espalda y le amargaría su nervio ciático. Se alegraba de haber aceptado a Emma sin muchas garantías, además de un cheque de depósito que ella no cobró por pudor, pero que por supuesto guardaría hasta que se terminara el contrato y la inquilina tuviera que recoger sus cosas —¿era solo una mochila…? Ah, y una caja mediana con unos cuantos libros—, y entonces se despidiera para buscar otro destino. Por lo pronto, las dos parecían a gusto, en una especie de vida en común tácita, delicada y perfecta como una telaraña, saboreando el arroz como lluvia de la señora Keiko. Fue durante el postre —duraznos en almíbar y un pedacito de queso menonita— que la señora Keiko le pidió a la inquilina que la ayudara a remover la tierra fértil para luego trasladarla de una esquina a otra del jardín. Las plantas se lo agradecerían. Una planta agradecida es como un duende, dijo la señora Keiko. Emma abrió sus ojos igualmente rasgados y sonrió. Disfrutaba de esos cuentos a los que no había tenido acceso porque solo había sido criada por su madre y su madre era una cunumi más, una nativa sin educación que solo había aprendido un par de palabras del hombre que le dejó la semilla de Emma en el útero. Lavaba platos en una pensión. No vivía con ella porque la mujer se había enraizado en su natal Urubichá y además porque se había transformado en una mujer tan triste que la pobre chica se sentía inútil. Quizás por eso estudiaba literatura, huyendo de los platos, de la realidad, buscando duendes como el señor Sugiyama había buscado animales simbólicos a los cuales culpar de su mala suerte. Y ahora ella iba a ponerla a manosear tierra. Debía recompensarla de alguna manera.

—¿Qué quieres a cambio? —preguntó la señora Keiko.

Emma se incorporó para recoger los platos y llevarlos hasta el fregadero. Abrió el grifo y se entretuvo un rato dejando que el agua barriera los restos de comida. También la chica tenía algo triste que a la señora Keiko la conmovía. Quizás se preocupaba por su madre. La señora Keiko esperó unos segundos por su respuesta y luego decidió alistar un par de tacitas de la porcelana amarilla para tomar un té verde. Le gustaba el tono que adquiría el líquido en contraste con el fulgor de la porcelana.

—Lo que quiero —dijo de pronto la chica— es que cree para mí una muñeca de origami.

La señora Keiko tomó un traguito del té verde intentando no quemarse. El pulso le temblaba más que de costumbre porque había estado haciendo demasiado en el jardín y tal vez porque era un día particularmente frío. Nunca había sentido júbilo o sosiego doblando muñecas de origami; de todas las criaturas, esas figuritas presumidas le parecían las más obvias. En la Colonia todas las niñas armaban muñecas en las épocas navideñas y las pegaban sobre un redondel de plastoform. Las muñecas blancas eran las vírgenes recién paridas; las muñecas marrones actuaban del padre terrenal, José; y las muñecas sin brazos, solo cabeza y un cuerpo como de gusano, eran pequeños dioses, diminutos mesías cuyas cabezas las artesanas cubrían de purpurina para marcar tal estatus. Sus padres traían esas artesanías a Santa Cruz y las vendían por un precio que entonces era una fortuna. Recordaba a esas muñecas como seres ordinarios que no poseían ningún secreto. Recordaba que una muñeca joven, por ejemplo, necesitaba más pliegues que una dama antigua. Era una paradoja, en apariencia. Solo una vez, hacía demasiados años, había diseñado dos muñecas gemelas. Lo había hecho para probarse a sí misma que su shinrei era más grande que su orgullo herido, tan digno y bondadoso como el de su madre, capaz de trascender en las cosas más humildes, como el entrañable espantapájaros de la granja, o en las dimensiones más sublimes, como en la escarcha deslumbrante de la madrugada. Sí, había recortado un papel finísimo, como el de las hojas de una biblia, y había creado dos muñequitas tomadas de la mano, con un solo y continuo plegado, cual siamesas. Era imposible ahora recordar cómo había construido semejante obra. Lo pensaba, no con soberbia, sino con el asombro que le producía esa Keiko antigua, esa mujer que había amado y había sufrido como cualquiera ante lo escurridizo del amor de un hombre. ¿La habría amado profundamente el señor Sugiyama? ¿La habría amado con el ardor de esas fogatas que él se quedaba contemplando antes de asegurarse de que los hornos donde rostizaban los pollos se extinguieran completamente? ¿La habría amado así? Quizás no. De esa verdad vergonzosa había sacado la fuerza y la justificación para lo que ocurrió en el año de la serpiente.

Usaría papel púrpura para darle vida a la criatura que le reclamaba Emma. Recordó, eso sí, que había dejado sus materiales en el casillero que le habían asignado en la sala de manualidades de la cárcel. La rea de los escarabajos, la más rebelde, la que siempre había preferido que ella la llamara por su número de registro, pese a que en el ámbito de los talleres les estaba permitido dar sus verdaderos nombres, se había apropiado de todo el papel púrpura.

¡Esta quiere armar un jardín de sangre!, había comen-tado otra estudiante para provocar alguna reacción. A veces reían a carcajadas, pero pronto volvían a la calma que requerían sus tareas manuales.

El primer promontorio de tierra negra que trasladaron con dos baldes se parecía tanto al trabajo de las hormigas tropicales que cuando Emma lo comentó, la señora Keiko se echó a reír. Sí, las dos tenían los ojos avellanados, negros como el alquitrán, y quizás se parecían a un par de hormiguitas laboriosas. ¡Las cosas que esa chica le hacía imaginar!

—Adentro —dijo Emma—, debajo de la tierra ellas crean túneles muy largos. Es una arquitectura hermosísima, tan perfecta que si uno fuera de su tamaño creería que se trata de un castillo. Los túneles se conectan como las venas que entran y salen del corazón. Las hormigas más chiquititas se pierden en esos laberintos. También hay habitaciones, pequeñas celdas donde una hormiga puede quedarse quieta durante un largo tiempo, mientras las demás pasan de largo en una hilera militar perfecta. La reina tiene su propia habitación y allí pone sus maravillosos huevos. Las humildes le llevan el alimento. Al final, cuando los huevos revientan y nace la nueva estirpe, la reina muere. Es siempre mejor ser parte del montón, de la larga hilera, porque de ese modo nunca estás sola.

Todo esto explicó Emma de un modo tan entusiasta y vívido que la señora Keiko miró al suelo, al promontorio de tierra que ellas mismas habían formado para trasladar de una esquina a otra del jardín, y distinguió en esa negrura helada la vida invisible de las hormigas y sintió que el pecho se le oprimía, aunque la inquietó no saber por qué. Si era ternura o admiración, si temblaba de vejez o de emoción, si era un deslumbramiento tan distinto a todo que el mundo dejaría de ser lo que había conocido. Miró a Emma con ojos nuevos, sus ojos asiáticos. Eran ojos grandes, de hormiga. China cochina ojos de hormiga…¿No era así que le cantaban las compañeras de la secundaria, cuando su padre decidió finalmente mandarla a estudiar solita a la capital? Ella dejaba que le dijeran “china”, que le dijeran “vietnamita”, que le dijeran “japuca”, “japuchina”, “nipona cagona”, “made in China” y otras rimas ridículas que ya su memoria antigua había ido purgando. Tal vez su inquilina había tenido que soportar burlas semejantes, aunque era consciente de que estos tiempos modernos auguraban otro tipo de crueldades y que la gente no era tan tonta como para no apreciar los ojos bellísimos de Emma, sus ojos amplios como una noche. Hiromi le había contado, por ejemplo, de una propuesta indignante que un compañero le había hecho. Desde ese relato de su hija, la palabra “exótica” la llenaba de ira, de asco. Era realmente triste ser una anciana temblorosa. Era aún más triste comprobar lo que secretamente siempre había sabido: que ella había resultado ser más fuerte que el señor Sugiyama. Pues allí seguía, pidiéndole ayuda a su inquilina para mantener con vida las plantas del jardín.

Emma quiso seguir cavando. Se había hecho dos trenzas en el pelo oscuro para poder trabajar de un modo más práctico. De rodillas sobre la tierra no era más que una niña. Tomó una lagartija que no había hecho nada para huir, la acarició por unos segundos y la soltó con benevolencia. La lagartija se escurrió por entre la tierra revuelta. La señora Keiko debió haberla interrumpido justo ahí, en ese momento en que Emma se arrodilla, le perdona la vida a la lagartija, le sonríe con una vaga felicidad y se acomoda las trenzas detrás de las orejas de duende, las mismas que el señor Sugiyama había ostentado como la herencia más digna de su familia original.

Es verdad, la señora Keiko debió haber atado cabos precisamente en esos segundos, cuando Emma, las manos llenas de tierra fresca, levanta su carita y le sonríe. Si la señora Keiko hubiera tenido la mente más clara, habría notado que a su inquilina no le hacía frío, pese a que el viento del sur ya arreciaba y una llovizna tan ligera como su arroz picoteaba las cabezas, las plantas, el alar de la galería. En cambio, la señora Keiko se detuvo por un instante en otra idea. Como un pájaro indeciso entre la rama y el fruto, la señora Keiko se regocijó en el pensamiento de que, cuando llovía, el mundo parecía bueno, cubierto por la gasa traslúcida del agua.

La señora Keiko se estruja los párpados. Emma es ahora esa niña que hace tantos años tocó la puerta de la casa, no la principal, sino el gran portón del restaurante. La mujer que la trae —Braulia— la empuja suavemente. La niña dice que busca al señor Sugiyama. La piel acanelada contradice los ojos asiáticos. La señora Keiko siente que su corazón se ha transformado en una máquina llena de aspas, de esas que su padre adquirió cuando iniciaron la fábrica de fideos. Aspas que terminarán descuartizando los órganos que acusan su dolor: el corazón, el estómago, los pulmones, los ovarios. Todo aquello que tiene que ver con amar, poseer, respirar, entender y perdonar.

La recién llegada trae un cesto pequeño cubierto con un paño tejido en esos colores propios de los guarayos: un violeta brillante desafiando al amarillo oro. La señora Keiko quiere concentrarse en ese obsequio, en el paño colorido que cubre la sorpresa. La niña dice que es para ella. Estira los bracitos.

Emma estiró los brazos desnudos. Continuaba arrodillada en medio de ese reino de tierra revuelta.

—¿Está bien esta cantidad? —preguntó.

La señora Keiko apenas podía hablar con esas aspas interiores descuartizándola. Era la misma. Emma y esa niña. La niña. La que traía con tanta mansedumbre la cestita como si fuera una ofrenda. Las mismas orejitas. Los ojos.

La señora Keiko toma la cesta. La niña pregunta por el señor Sugiyama. Es su padre, dice. El señor Sugiyama sale de la cocina, se seca las manos en el delantal. No está sorprendido. Camina hasta la niña y le reprocha haber venido en chinelas. Dice, sin embargo, que le comprará zapatos nuevos.

La señora Keiko coloca la cesta sobre la mesa. Seguro hay panes o esas tablillas de naranja agria que cuecen los guarayos y que venden tan baratas, ignorantes de su valor, alejados de la ansiedad que es vender para ganar. Es tan humillante que esa niña le haya traído un regalo.

—¿Debo seguir cavando? —preguntó la inquilina. Sus rodillas se habían ido hundiendo en la tierra. La señora Keiko sintió que el pecho se le entibiaba. Era ternura por esa chica a la que no le importaba ensuciarse por ella y por sus plantas agonizantes.

A la niña que el señor Sugiyama acoge en su casa sin consultarle a su esposa la instalan en la misma habitación que a Hiromi. Son hermanas —sentencia el señor Sugiyama—, tienen casi la misma edad y las dos heredarán el restaurante. La señora Keiko se acostumbra a esa oscilación constante entre la humillación y la pena. La niña no tiene la culpa. Esa mujer, Braulia, la ha empujado a esta vida con aquella cesta. No eran panes ni mermeladas de naranja agria. Adentro había un montoncito de huevos alargados. La empleada que limpia los pisos le advierte que semejante obsequio puede ser un trabajo de brujos guarayos, los peores. Le dice que debe enterrarlos. La señora Keiko cava con sus propias manos un hoyo en el jardín —¿en qué lugar?, ¿donde luego cultiva los cerezos?, ¿donde intenta sacar adelante un injerto de mandrágoras que nunca llegan a florecer?, ¿dónde?—; allí, allí donde Emma está arrodillada, como si acabara de despertarse de un sueño subterráneo, allí entierra los huevos.

—Es tibia esta tierra —dijo Emma, invitándola con la mano a acercarse al trabajo de agricultura. La señora Keiko dudó de si debía acercarse a la chica. Ahora sentía un temor extraño. Mirar a Emma embarrada, rodeada de esas raíces blanditas que han emergido del revoltijo de tierra, la perturbó.

No son de pollo esos huevos. No son de pájaros que se darán modos de romper el cascarón con sus picos todavía blandos, temblando desnudos, sin el menor indicio del plumaje que llegarán a tener. Son huevos apenas contenidos por una tela sólida y que ella deposita con enorme cuidado en el hoyo del jardín.

—Es tibia, pero amarga. Luego uno se acostumbra —susurró la inquilina. Su voz se había debilitado. Parecía haberse puesto repentinamente triste. Un recuerdo demasiado físico se había instalado entre las dos. Entre la señora Keiko y su inquilina.

Los huevos son de víbora coral. Ni la empleada que limpia los pisos ni la señora Keiko se atreven a romperlos para exterminar esos engendros. Tendría que mandárselos de vuelta a la guaraya Braulia antes de que la maldad avance en su hogar como una onda expansiva de pólvora y veneno. El señor Sugiyama también es responsable, pero el señor Sugiyama no hará nada y nunca le dirá dónde vive esa mujer, la guaraya.

—Pruebe —dijo Emma, llevándose a sí misma un puñadito de tierra mojada a la boca—. Es puro mineral. Los chicos pobres comen tierra por eso. Los cuerpos buscan naturalmente lo que les alimenta. Pruebe.

Una tarde Hiromi y su hermana juegan en el jardín. Que no pisoteen las semillas de cerezo, son delicadísimas, pide la señora Keiko. Las chicas se aquietan un poco, se acuestan en el césped con los brazos abiertos como espantapájaros exhaustos de aguantar el viento y las cacas de los buitres. Las chicas no se llevan mal, pero a Hiromi todavía le cuesta aceptar a la hermana. La señora Keiko les enseña a construir hermanitas de papel con una sola pieza larga de lámina de seda. Hiromi siempre parte en dos a la parejita. Entonces la señora Keiko las deja jugar en el jardín, para que no haya reflexión que las perturbe. Ya no tienen el restaurante; ahora importan relojes de Tokio. Las chicas heredarán eso, un negocio que marca las horas, los minutos y los segundos con agujas de oro, de acero y de titanio. Mientras tanto, en esa niñez multiplicada, no hay un tiempo dominado por agujas, de modo que la señora Keiko las deja pisotear la grama nutrida con abono, los huesos de sus plantas, los gajos sostenidos por la fe.

—Hay gente que se cura las heridas con tierra —dijo la inquilina con la voz cada vez más debilitada y, sin embargo, segura de lo que decía. La señora Keiko sintió pena de las rodillas de la chica, todavía enclavadas en la zanja, aunque ella parecía no enterarse del esfuerzo de sus piernas. Era otra vez una niña traviesa en su reino de tierra.

No hay cómo saber que a la hija de Braulia la han mordido las corales. Son las 3:59 de la mañana, según dice el péndulo que el señor Sugiyama ha colgado entre dos biombos decorativos. No hay marcas de colmillos ni hematomas en su cuerpo desmañado, y la fiebre es confundida con el calor de la tarde, con los juegos en el jardín, con la alegría de tener zapatos, y cuando la garganta se le cierra y la señora Keiko le bombea el tórax instintivamente, ya no hay nada que hacer. Recién entonces la señora Keiko descubre en la nuca, donde acaba el cuero cabelludo y comienza el espinazo, esa perfecta filigrana de calcio, dos puntitos como lunares diseñados con tinta china.

—Yo curé las mías —dijo Emma.

La señora Keiko ya no tenía dudas. Supo que así tenían que darse las cosas. Era lo lógico. Levantó la vista y dejó que los últimos destellos de komorebi le acariciaran su cara antigua. Quiso preguntarle a Emma si a pesar de las heridas que la tierra le había curado todavía le dolía algo. No las rodillas, que a esas alturas de las tareas agrícolas de ese atardecer raro ya debían estar totalmente adormecidas, sino algo en su memoria. Un sentimiento de injusticia, tal vez; una púa de ira por esos bucles en que se había rizado su destino —quiso explicarle que también por eso el origami era un camino, una luz, porque jamás utilizaba bucles para solucionar una forma, pero supo que era estúpido hablar de origamis en ese momento trascendental—. Y quiso abrazar a la inquilina y acariciar sus orejas de duende que seguramente habían escuchado tantas cosas en esos años de espera.

—Todo ha sido una triste interrupción. Shoganai, Emma, shoganai… —dijo por fin la señora Keiko.

Emma no la corrigió. Entendía. El tiempo sin agujas de oro, de acero o de titanio, el tiempo subterráneo de las hormigas le había regalado otro lenguaje. Sus ojos rasgados veían lo que también la señora Keiko comenzaba a ver.

La señora Keiko y la pequeña Hiromi cavan un pozo hondo en el jardín. La señora Keiko no deja de gemir mientras envuelve en una sábana el cuerpo todavía dócil de la hija de Braulia. Y se tapa la boca cuando Hiromi arroja el primer puñado. Y se muerde los puños y se chupa las uñas llenas de mugre cuando instala macetas provisionales sobre ese lugar. Ese lugar. Cuando el señor Sugiyama regrese de Tokio le dirá que la niña se ha marchado, que ha tomado todos los pares de zapatos y se ha ido. Le dirá eso para que el señor Sugiyama no sienta tanta pena imaginando a la chica con esas chinelas denigrantes que les arrebatan la elegancia a las mujeres.

—Ven —dijo la señora Keiko, arrodillándose con dificultad ella también. Era definitivamente vieja, pero todavía podía ordenarles a sus articulaciones que le concedieran una posición, que la sostuvieran en ese último tramo.

Emma apoyó su cabeza en el seno de la señora Keiko. Ni en su más desbocada imaginación senil la señora Keiko la habría imaginado así, con esa dulzura de los que saben meditar. Emma había crecido y estaba allí, regalándole el aura de su juventud. Porque era eso, un aura, un resplandor que había encontrado el modo de materializarse. Era una corriente de ukiyo alimentándose de la tierra fresca para tomar la forma de un rostro, de unas trenzas de pelo oscuro, de un cuerpo elástico que había remontado su interrupción.

Porque todo había sido solo eso. Una interrupción. Un corte en la linealidad de un origami perfecto. Un tajo en la continuidad del tiempo. ¿No era así? Apenas una hendidura que ahora podían solucionar. Y si Hiromi quisiera, ella también podría venir, arrodillarse sobre esa fiesta de tierra negra y abrazar a su hermana o limpiarle el musgo de su carita.

El señor Sugiyama vuelve de Tokio y si sospecha algo, prefiere no indagar. Tampoco su salud opone mayor resistencia cuando un cáncer agresivo le mastica los huesos y los rellena de un viento frío. Consulta los libros de mitología oriental y acepta que ese año será definitivo. Cierra el restaurante para no legar deudas, liquida los relojes que todavía comercializa al por menor, instala máquinas baratas de revelado de fotografías para dejar algún negocito en la casa y manda a arreglar las goteras del techo. El señor Sugiyama ha perdido ya varios centímetros de estatura y su dorso se le adelanta dándole un aspecto taurino cuando Braulia viene una tarde y le entrega un bote lleno de aceite para el dolor. La señora Keiko baja los ojos.

—Las semillas ya son la flor… y solo respiran debajo de la tierra —le dijo la señora Keiko al oído derecho de Emma. Se sintió ridícula de intentar uno de esos poemas de pólvora que había leído hacía mil años en sus textos escolares de la Colonia. De todas maneras, se sentía tranquila de sostener a la muchacha en su abrazo y quiso inventar otro para ella, quiso decírselo en su otra orejita de elfo apartándole la trenza con su mano temblorosa. Un haiku-destello para consolarla por todo ese tiempo interrumpido, roto, arrebatado, para devolverle algo de la vida no vivida. Quiso recordar uno que le brillaba en la memoria —“encender una vela con otra vela…”—, pero no pudo completarlo, no encontró el camino que la llevara al encuentro entre la semilla y su cerezo.1 Cerró los ojos y aspiró profundamente el aroma de ese pelo mineral de la muchacha. Quiso apretarla más, sentir vivas sus vértebras, pero no supo si tenía las fuerzas para hacerlo o su shinrei ya se había desprendido. Cómo saberlo. Ya no había modo. Solo luz u oscuridad, un mismo pliegue. Oscuridad y luz.

(De Tierra fresca de su tumba, 2021)

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