Cuando Pugliese evitó que su orquesta terminase presa con él haciéndole tocar «La Yumba» más larga de la Historia

(Sucedió en un baile en un club de Villa Domínico, que era un bastión peronista y cuyos dirigentes intervinieron para «salvar» al maestro y a sus músicos de una cana segura.)

Por Bruno Passarelli

Imagen: Osvaldo Pugliese y Astor Piazzolla ovacionados en el Royal Theater Carré de Amsterdam, Países Bajos, el 26 de junio de 1989. Foto: Frans Schellekens/Redferns.

Fueron innumerables, y esto es sabido, las persecuciones que don Osvaldo Pugliese sufrió durante su inigualable carrera en el tango a causa de su militancia política (era afiliado al Partido Comunista). La censura e incluso la cárcel le cayeron encima con casi todos los gobiernos en que su orquesta se mantuvo activa: con Perón, con Frondizi, con los militares golpistas de Onganía y Videla en el poder. Con todos menos en dos gestiones presidenciales: con Arturo Illia presidente (1963-66) y durante el tercer mandato de Perón, en los pocos meses que siguieron a su retorno al país.

Fue cuando en 1974, después de un concierto popular que había convocado al pie del Obelisco a una verdadera multitud, Perón invitó a todos los artistas participantes a un refrigerio en la Residencia de Olivos. Cuando ingresó al salón de fiestas, uno por uno, fue saludando a los visitantes, que se habían alineado ordenadamente. Y cuando llegó a Pugliese, con una sonrisa que quería disimular una evidente incomodidad, resabio de las veces que entre 1946 y 1955 lo había censurado, mandándolo incluso alguna vez brevemente preso, Perón le dijo: «GRACIAS, MAESTRO, POR SABER PERDONAR». Frase a la que don Osvaldo, bajando levemente la cabeza, respondió con un gesto de tácito consentimiento. Fueron, por algunos instantes, dos GIGANTES, unidos en la majestuosa grandeza del arrepentimiento y de la comprensión.

Pero fue durante la primera presidencia de Perón, con mayor precisión en 1951, que la orquesta de don Osvaldo tenía programada una presentación en el club Defensores de Villa Domínico, una barriada identificada con el peronismo y sobre todo con las figuras señeras de Perón y de Evita. Y de esa orientación era la mayoría de los integrantes de la Comisión Directiva del club que, superando algunas resistencias internas, había tomado contacto con Luis Mela, el «Negro» que había llegado para sustituir a Jaime Tursky, durante años no sólo violinista de la orquesta sino también el encargado de manejar los fondos ingresados en la que era una cooperativa. O sea que Mela no limitaba su participación al rol de presentador y glosador, sino que también tenía poder de peso en el aspecto pecuniario. Con él había que acordarse para la presentación de la orquesta en los bailes.

Todo era coser y cantar hasta que en la tarde anterior al baile se cruzó el comisario de la localidad, quien parece que tenía una especial animosidad hacia Pugliese, no tanto porque el maestro no era peronista y no lo disimulaba sino por su afiliación al Partido Comunista, que por aquellos años se identificaba con los peores crímenes convertidos en la Unión Soviética por su sanguinario déspota, José «Pepe» Stalin. Y esto llevaba al uniformado a ser más papista que el Papa. Así, el sábado por la tarde, seguido por un séquito que integraban sus milicos de mayor confianza, se hizo presente en el club y, tras convocar con gesto severo al presidente, le espetó: «El baile de mañana con la orquesta de Pugliese no se hace«. Cuándo el dirigente le preguntó las razones, el milico le contestó:: «Es una orden que viene de arriba». Algo que era totalmente falso, pues en aquellos tiempos no funcionaban así las eventuales censuras.

Los muchachos del club, enterados de la novedad, reaccionaron con dignidad, enviando una comisión especial para informar a Pugliese de la prohibición, a la vez que de la posición, tajante y combativa, que habían tomado: «Usted, Maestro, haga como le parezca, pero para nosotros el baile sigue en pie, con su orquesta en pleno». Pugliese contestó: «Yo nunca le quité el trabajo a nadie. ¿No nos quieren» Y bueno, nosotros vamos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para subir al palco y tocar lo mismo».

Así el día siguiente, cuando ya había caído la tarde y se iluminaban los primeros focos de luz, los músicos treparon al tablado y empezaron a afinar sus instrumentos. Debajo, un cordón de socios de Defensores rodeó el escenario, a modo de protección. Una media hora antes de la fijada para la iniciación del baile, con todo el aparato represor que «por si acaso» se usaba en aquellos tiempos (machetes, máscaras antigas, escudos, lacrimógenos) ingresó al club una compañía de Infantería con al frente el comisario quien se dirigió al palco, mientras los bailarines seguían desde las mesas, estupefactos, lo que estaba sucediendo.

Fue el presidente del club el que salió al cruce: «Mire, señor comisario, la orquesta dentro de pocos minutos va a empezar a tocar, si ustedes quieren interrumpirla van a tener que pasar antes sobre nuestros cadáveres». En ese instante, sigiloso, mientras los socios discutían con el milico, Pugliese -casi en puntitas de pie- subió al palco y su presencia fue saludada con una ovación. Se sentó al piano y, con su gesto clásico mirando a los fueyeros, dio piedra libre para la ejecución del tango que ya por entonces era el símbolo de la orquesta y su mayor éxito: «LA YUMBA», de su propia autoría. Como por arte de encanto, decena de parejas salieron a bailar. Recordó alguna vez un asistente: «Con los fueyazos de Jorge Caldara, Mario Demarco y Osvaldo Ruggiero, más los remolinos de tajantes discusiones con las cuerdas y el repiquetear juguetón del piano, las baldosas esa noche parecieron querer levantarse».

El presidente del club, a su vez, con gesto triunfador, le dijo al comisario: «Bueno, ya ve, está hecho, los músicos son laburantes como nosotros, mientras estén tocando, o sea trabajando, nadie sube al palco, después, cuando hayan terminado, procedan Ustedes como les parezca, pero que le conste que nosotros los vamos a defender». En tanto, la orquesta seguía, dale y dale, con «LA YUMBA». Contó alguna vez don Osvaldo: «De tanto en tanto se me acercaba al piano el Negro Mela y me decía al oído» «Siga, siga tocando Troesma, que si la orquesta para vamos todos en cana». Y yo seguía, meta y ponga., hicimos como diez veces el cierre con aquel memorable «tutti» de los bandoneones, después de lo cuál volvíamos a empezar, aquélla fue «LA YUMBA» más larga que toqué en mi vida».

Parecía imposible pero, por dentro, esa figura flaquita con lentes de miope, a la que un poco de viento más o menos fuerte habría levantado por los aires, envuelto en su traje con saco cruzado, latía un volcán que a cada momento parecía a punto de estallar por el uso virtuoso y personalísimo de la síncopa y del contrapunto, algo que Pugliese repetiría con «Malandraca» y «Negracha», las otras dos obras de Pugliese de la trilogía que le abrió una zapada al tango de vanguardia, inaugurado por el Maestro algunas décadas antes de la irrupción de Astor Piazzolla y sus seguidores.

Lo cierto es que, notando en el club el ambiente se había puesto muy raro y cómo las parejas estaban en lo suyo, bailando bajo el impulso percusivo del piano y de los fueyes, con los arcos golpeándoles vigorosamente a las cuerdas, el comisario se dio cuenta que había perdido la partida. Un rayo de sensatez le iluminó el cerebro y ordenó a sus hombres la retirada, que consumaron como perros con el rabo entre las piernas. Fue entonces que la orquesta dejó de tocar mientras las parejas paraban de bailar y se ponían a aplaudir frenéticamente.

Festejaría después don Osvaldo: «Tuvieron que meter violín en bolsa, para mí aquella actuación fue un agradecimiento que desde el fondo del corazón debía darles a aquella gente que se había jugado entera por nosotros, con ese fervor popular que no nos dejó de acompañar nunca».

Fútbol, Fierros y Tango | Memorias e Historias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.