Cuentos de los años felices, de Osvaldo Soriano

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mario Goloboff*

Estos relatos eran algo más que, como lo declaraba Osvaldo Soriano en su presentación, pantallazos “sobre la infancia”: “Si no recuerdo mal el primero fue sobre un viaje por la Patagonia que evoca la guerra de Malvinas. Lo publiqué en PáginaI12 y como a mis amigos les gustó y me lo hicieron saber, escribí varios más en los que indefectiblemente mi padre se impuso con las tristes y desopilantes experiencias que tuvo a su paso por este mundo”.

Soriano nació en Mar del Plata y vivió allí hasta los 3 años. Su padre trabajaba en Obras Sanitarias, por lo que sufrió muchos traslados: pasó los primeros años de su infancia en San Luis, vivió luego en Río Cuarto, hasta llegar a Cipolletti, y transcurrir allí la adolescencia. La Patagonia fue el lugar y el período que con más cariño recordó siempre, como lo testimonió. El libro se publicó en el año 1993. Está dividido en tres partes, cuyos títulos reflejan los grandes amores de su vida: “En nombre del padre”, “Otra historia” (la de la Argentina, atravesada por el peronismo), “Pensar con los pies”. La primera, que, en realidad, cubre el sentimiento de todo el libro, va encabezada por unas palabras: “Empecé a escribir estos relatos sobre la infancia sin saber que mi padre iba a convertirse en el protagonista. /…/ Muchos lectores me preguntan si era tal como lo cuento ahora. Claro que sí. Ya lo dice un personaje de Armando Discépolo: “Hijo, si vos lo soñaste, yo lo viví””.

 

Osvaldo Soriano en Los siete locos (1992)

Por la índole de lo contado, porque se está trabajando con planos de la realidad muy fuertes, vívidos, porque hay ya una importante distancia entre esos hechos y el presente de la escritura, se revela, creo, una elaboración más ardua y más compleja que la de otros textos, inclusive que la de sus novelas. Se leen aquí descripciones bastante detalladas de paisajes y de personajes frágiles y contradictorios, un ritmo de narración más lento, más moroso. Casi, podría decir, otro lenguaje, manifestado también en un empleo menos instrumental de los elementos del relato y de sus funciones o, para ser fiel a sus propios términos, menos “seco” y “directo”.

Y acaso sea en ese elemento del sistema, que es “la descripción”, donde se asienta la nueva cualidad ideológica de esta escritura, otrora tan móvil, tan nerviosa, tan abigarrada y veloz, y aquí más reposada, más sensual. Así, las descripciones son especialmente interesantes para ver el entorno patagónico y su impresión sobre el narrador: “Por entonces las calles no estaban pavimentadas y un viejo camión regador pasaba dos veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba, como aquella tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos”. Esa clase de descripción tiene también la capacidad de irradiar sus luces hacia el resto: tan presente está el paisaje que hasta contagia la política (preocupación dominante en la vida de Soriano). Así, por ejemplo, recordando la caída de Perón, escribe: “Nunca olvidaré aquellos lluviosos días de setiembre del 55. Aunque para mí fueron de viento y de sol porque vivíamos en el Valle de Río Negro y los odios se atemperaban por la distancia y la pesadumbre del desierto”. El tiempo mismo es contagiado por la carga del ambiente; los acontecimientos son vistos a la luz de la espesa muralla que va alzando el espacio descripto. En el final de esta primera parte se encuentra el relato más melancólico, más estremecedor del libro. Se llama “Rosebud”. Es, claramente, un texto sobre la memoria. No resulta casual que sea en la infancia donde se produzca el hallazgo, y también de una escritura suavemente melancólica y contemplativa. El Rosebud “es un peral añoso, de tronco bajo, al que me subía las tardes en que me sentía triste. Mi madre me buscaba por toda la casa, salía a llamarme al patio y aunque yo pudiera sentir su aliento ella no podía verme”. Ese árbol es también una muy singular, acaso decisiva, imagen interior que lo acompañará toda su vida. Parece también singular que ese texto haya gustado tanto y, me digo, es probable que en él haya dado el lector con el verdadero Soriano.

La segunda parte del libro, “Otra historia”, revisa, esta vez con tono más pedagógico, tradiciones y versiones históricas nacionales, y algún texto, como “La Argentina invade California”, recrea las paradojas que él gustaba descubrir. Pero es en la primera parte del libro donde se reconstruyen sus años más jóvenes y su relación filial, sus pasiones y gustos, las vivencias patagónicas, las que en gran medida marcan su destino de escritor. Nada de todo esto le quita humor y comunicatividad al libro. Justamente, el ya devenido famoso “El penal más largo del mundo” es un desmesurado relato que integra “Pensar con los pies”, la tercera parte. Se narra la historia de un penal cuya ejecución duró una semana, en un partido de fútbol en el Valle de Río Negro, y los incidentes que amenizaron ese lapso. Otros buenos textos componen esta última parte, “El hijo de Butch Cassidy” y “Final con rojos en Ushuaia”.

Es difícil ser justo con tus contemporáneos. Mis relaciones con los cuentos y novelas de Osvaldo Soriano no siempre fueron de adhesión. Me alejaba de ellos su estilo llano, directo, de escasas aristas; textos que, cuando aparecieron, yo consideraba excesivamente transparentes, fruto (creía) de una inclinación demasiado pegada a las concepciones realistas. Algo similar me ha sucedido por lo general con Hemingway, y no parece una casualidad, sino, tal vez, una confirmación. En un reportaje que, en el 83’, le hacía la revista Humor, Mona Moncavillo comentaba: “Italo Calvino en la contratapa de tu libro No habrá más penas ni olvido te califica de Hemingway heroicómico”. A lo que Soriano respondía: “Creo que tiene que ver con el tipo de escritura seca y directa, sin mucho adjetivo, y nada de psicologismos que yo intento”. Fue ese decir fácil y casi plano, como es a veces el de Hemingway, el que quizás obró en mí como un distanciador. Y hoy, lo lamento. Porque me parece que este libro restituye la calidez de una escritura, que tenia ocultada por el mundo más inmediato: “Podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas. En eso pensaba más de treinta años después en Cipolletti, al caminar sobre mis propios rastros en el jardín”.

* Escritor, docente universitario.

 

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