Daños colaterales del capitalismo y el patriarcado

Por Silvana Melo

(APe).- A horas de la cumbre mundial del poder más impiadoso, apenas a unos kilómetros de la ciudad blindada, a día y medio de que la des-justicia del mismo sistema victimizara otra vez a Lucía Pérez, dos niños de diez años mataban o morían. Como una esquirla de esta guerra con coletazos en casa. Como daños colaterales de un poder que nace en el capital y se radica en la masculinidad más perversa. La del femicidio y el infanticidio por puro instinto de poder. Ancestral y estructural. Aprehendido desde el origen de los tiempos.

A horas de la llegada del príncipe saudí –denunciado por gravísimos crímenes- un niño de diez años miraba por milésima vez cómo su padre golpeaba a su madre. Era un albañil sin piernas que tuvo diez minutos virales de heroicidad cuando un cliente lo filmó. Pero en su casa era un predador feroz. Su hijo no soportó más ese día. Y le clavó un cuchillo en la espalda. La crueldad innumerable del sistema de poder que lidera el mundo, esta tierra y tantas casas de tantos pueblos se cargó la vida de un hombre a veces común, a veces brutal. Y la vida de un niño cuya infancia cayó herida y sincopada cuando fue puesto a elegir en una guerra que no es la suya.

A horas del blindaje total para la entrada en escena de Donald Trump, un hombre que no pudo soportar que su mujer –el adjetivo posesivo no es inocente- dejara de ser de su propiedad para volverse terreno escriturado por otro, asesinó al hijo de ella. Con 16 cuchillazos la vida de un niño de diez años pagó en la arena de esa guerra que no era la suya. Donde el poder, la propiedad y las banderas plantadas sobre los cuerpos definen el imperio del mundo. Capitalismo y patriarcado son un maridaje (este sustantivo tampoco es gratuito) fatal. Hoy todos sus símbolos están clavados en el corazón de esta tierra, donde se dispone el futuro. Aquí están el príncipe saudí y los demás propietarios globales. Aquí está la justicia que decidió que el martirio espantoso de Lucía Pérez cayó del cielo como un misil. Pero no tuvo hacedores. No tuvo asesinos. No tuvo torturadores. Los tres patrones de la administración de la culpa y la inocencia dictaminaron su ofrenda al príncipe saudí y al banquete del poder.

Lucía Pérez y dos niños de diez años que mataron y murieron como esquirlas de esta guerra están aquí. Clavados como símbolos implacables. Que perseguirán la conciencia de los sistemas de poder hasta que caigan. Quién sabe cuándo. Pero que caigan.

Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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