De la vida misma

Por Adrián Starowlansky*

Imagen: La Corte del emperador Federico II en Palermo (1865), del pintor Arthur von Ramberg.

Federico II (1194-1250), emperador de Alemania, rey de Sicilia, a la cabeza del Sacro Imperio y Rey de Romanos, quería saber, y ya dar fin a eternas discusiones, cuál era la lengua hablada por Dios. ¿Se trataba del hebreo, del griego o el latín?

Convencido, como todos en esa época, que los recién nacidos eran ángeles, realizó el siguiente experimento. Hizo que un grupo de recién nacidos, reunidos por sus soldados, fueran entregados a un conjunto de nodrizas que habían sido, bajo pena de muerte, apercibidas para que solo los alimentaran e higienizaran cuando fuera necesario. Les estaba prohibido hablarles y acariciarles.

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El emperador esperaba así poder determinar en qué idioma empezarían a hablar los niños expuestos al mínimo contacto humano y por fin conocer el idioma de Dios.

Grande fue la sorpresa de El Emperador al encontrar que murieron todos los niños sin excepción. Siete siglos más tarde, René Spitz investigó y formalizó teóricamente al respecto.

El 12 de abril de 2018, en la segunda jornada de la Plenaria de Comisiones para el tratamiento de los proyectos de ley de la Interrupción Voluntaria de Embarazos en el Congreso de la Nación Argentina, la escritora Claudia Piñeiro exigió a quienes se oponen a que se despenalice el aborto, diputados/as y al mismo presidente, que no “roben la palabra vida”.

Entre paréntesis. Una aclaración sobre la obviedad. Que una ley permita una acción significa que cada uno puede elegir si la realiza o no. De ninguna manera condiciona a que todos tengan que llevarla a cabo, mientras que al prohibirla y penarla sí está obligando a todos a no realizarla.

Volviendo a lo anterior. No carece de peso, en nuestro país, hablar de robar vidas. Detengámonos en esta palabra, vida. Digamos un significante ya que en su trazo tiene más de un significado. Desde la biología (y todas las disciplinas psi o no psi que en ella se basan), desde lo jurídico, desde el sentido común, desde el psicoanálisis, etc.

Por muchos motivos puede obligarse a una mujer a querer tener un hijo. Lo que no puede obligarse es a desearlo. Por un lado, para que haya un hijo es necesario que quienes así lo nombren se ubiquen como padres. Este posicionarse así no depende de la voluntad de nadie. El deseo es inconsciente.

A tal punto que una progenitora puede no ser madre así como un no progenitor puede ser padre. Para ejemplos, miles de adopciones. Mujer y madre no son sinónimos.

¿Qué es de la vida (y qué es vida) para aquello, en principio embrión, feto luego, no acogido en el deseo?, ¿qué soporte, aunque solo sea simbólico imaginario si no fue tejido lo puede preexistir para albergarlo? Cubrir solamente las necesidades vitales conduce a la muerte o en todo caso a problemáticas neurológicas y de desarrollo irreparables. ¿Será vida? Una ley que obligue a salir de un vientre después de nueve meses de haberlo ocupado se asemeja más al establo donde El Emperador llevó adelante su experimento que a un deseo maternal que acune.

Al mismo tiempo, la lógica del para todos y la instalación caprichosa de Una verdad nada tiene que ver con la diferencia y el no todo que instala el deseo.

Nada más singular y particular que el propio cuerpo, ¿cómo hacer de cada una un todas? Imposible sin pagar el precio de la vida que en tanto pulsión nada tiene que ver con el organismo. En todo caso, solo en su límite.

* Psicoanalista. Miembro del Instituto de Estudios Psicoanalíticos (IEP).

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