De lobos, mamuts y hombres crueles

Por Graciana Peñafort

El primer libro “de grandes” que tuve en mi vida fue Colmillo Blanco, de Jack London. Me acuerdo el instante en que llegó a mis manos. Mi papa me llevó a la casa de una señora, y en una habitación había un millón infinito de libros con portadas coloridas. Libros infantiles, reconstruye mi memoria. Debo haber tenido 7 años, acaso 8. Reconstruyo la preocupación de mi padre con su hija mayor, que leía sin criterio ni descanso lo que había en las bibliotecas de casa y en las casas de mis abuelas. Preocupados por las lecturas probablemente inadecuadas para la nena que era en esos días, todos me regalaban libros de la Colección Billiken, con sus lomos rojos y sus maravillosas tapas duras. A veces mis abuelas me regalaban alguno de la colección Robin Hood, que eran versiones menos adaptadas para niños. Tenían las tapas siempre con fondo amarillo. Pero como fuese, me duraban una tarde. Los leía con una voracidad no exenta de placer y a la noche ya estaba saqueando bibliotecas de adultos otra vez. Para preocupación de mis padres.

Los retos y explicaciones que recibí en la infancia por leer libros de grandes sin consultar previamente con sus legítimos usuarios, que invariablemente median más de 1.55 cm. de altura, fueron innumerables. Los limites horarios de uso de la luz —a las 10 de la noche se apaga— y la espera en silencio, metida en la cama, del ruido de la puerta del dormitorio de mis padres para volver a prender la luz y seguir leyendo.

Colmillo blanco llegó a mis manos como consecuencia de esos retos. De la biblioteca de mi madre había robado un libro que era un estudio sobre unas tribus brasileñas y sus raras costumbres. El autor del libro había sacado fotos de los miembros de esas tribus y, para horror del conservadurismo de mi casa, en esas fotos estaban semidesnudos. Fue una de las veces que recibí una cachetada por leer cosas de grandes.

Luego del reto mayúsculo, mi papa decidió que, atento el fracaso del método, ya que me volvió a encontrar leyendo el mismo libro unos días después, me llevó a la casa mágica de la señora que vendía libros. Y me dijo: “Graciana, elegí tres que te gusten”. No me acuerdo cuales fueron los otros dos, pero recuerdo perfectamente que la señora abrió una biblioteca con puertas de vidrio y puso en mis manos el libro de tapas verdosas con el dibujo de un lobo. Tenía un montón de páginas, lo cual ya me gustaba, porque iba a durarme más. De letras apretadas e impresas en un papel extraordinariamente blanco. Creo recordar que era carísimo y que mi papa puso alguna objeción al respecto. Y creo recordar que prometí que no iba a recurrir más a la biblioteca de libros de mi mamá si me lo compraba. Promesa que cumplí por varios años. Porque lo deseaba con la intensidad afiebrada e ingenua que sólo pueden tener los niños.

Colmillo Blanco fue el primer libro que releí en mi vida. Y junto con Ficciones, los libros que más veces he leído. Amé cada pagina. El transito infinito de la naturaleza salvaje, la domesticación que duele, la crueldad indecible del hombre y el amor como redención posible, aun me conmueven y me hacen llorar. Los perros tienen alma, algo que aprendí para siempre con Colmillo Blanco. Y para mí son todos el primer Lobo que amé y amo. Esos lobos –todos los lobos— incluyen al Lobo perezoso y levemente marginal, por poco domesticado, que duerme en el sillón de casa mientras escribo estas líneas, al sol de una mañana temprana de sábado fresco y silencioso. Y también incluyen a la lobita rarísima, con forma y color de calabacín, que ronca debajo de esta mesa. Porque a fuerza de milagros y destino, el Lobo Guerrero y Cherokee, aquí en casa, son manada y no enemigos.

En estos días no dejo de reflexionar sobre la crueldad. Del Poder Judicial, o al menos de una parte de él. Y volví a leer Colmillo Blanco. Y rescaté entre otros este párrafo: “Guapo Smith disfrutaba. Se deleitaba. Se recreaba en su víctima y sus ojos resplandecían con brillo apagado, mientras manejaba el palo y el látigo y oía los aullidos de dolor de Colmillo Blanco, sus rugidos de indefensión y sus gruñidos. Porque Guapo Smith era cruel, como lo son los cobardes. Servil y llorón ante los golpes o el discurso enfurecido de un hombre, se vengaba después en criaturas más débiles que él.” Guapo Smith es el nombre del sádico dueño por unos capítulos del Lobo Guerrero. Personaje abominable si los hay. Hace que el lobo pelee por su vida, matando a otros perros y hasta a un lince. Lo tortura. Intenta convertirlo en un ser envilecido. Le arrebata al Lobo –o al menos lo intenta— toda dignidad.

Pero me estoy adelantando. Empecemos por el principio. La mayoría de los hombres y mujeres vivimos en forma colectiva. Es decir, en grupo. Donde cada miembro cumple su función. Es decir, no todos cazan mamuts, algunos fabrican flechas, otros cuidan la prole, otros recuerdan las memorias colectivas y así, cada uno con su función. Para que ese grupo sea una comunidad viable debe tener una forma organizada de toma de decisiones. Porque si no, el que arregla flechas nunca puede comer carne de mamut, pero el que caza mamuts no sabe qué hacer cuando se queda sin flechas. Y si ambos no le dan carne de mamut a quien cuida la prole y a la prole, se mueren de hambre prole y cuidadores y entonces cazadores y fabricantes de flechas se quedan sin prole y envejecen sin posibilidad de recambio generacional y también se terminan muriendo de hambre cuando ya no pueden ni hacer flechas ni cazar mamuts. Y debe haber quién guarde la memoria colectiva de estas reglas de coexistencia, así como el conocimiento acerca de la corteza que baja la fiebre y el cómo tratar las heridas de caza, por ejemplo. Porque olvidarlas es letal para las comunidades.

Cuando las comunidades son pequeñas, la toma de decisiones puede estar en cabeza de uno de sus miembros. Puede ser el más forzudo o el mejor cazador, o el más viejo o el más sabio. Cuando las comunidades son mas grandes y mas complejas, la toma de decisiones también abarca mas personas y más complejidades. Ello dado que Cazadores, Fabricantes de Flechas, Cuidadores de Prole, Prole y Recordadores legítimamente pretenden participar de dicha toma de decisiones. Porque los afectan y porque todos de una u otra forma están convencidos que su aporte es la sociedad es crucial y sin ese aporte todos pasarían hambre y morirían. Y todos, de una u otra forma, tienen razón en ese punto.

Puede suceder que un día los cazadores de mamuts lleguen a un acuerdo entre ellos respecto a que por ser los cazadores de mamuts merecen más carne de mamut que el resto. O que los fabricantes de fechas arriben a la misma conclusión. Y debe venir alguien más a señalarles que no necesariamente esa es la decisión adecuada y equilibrada para que la comunidad continúe funcionando. Ese alguien más debe recordar que los cazadores de mamuts no pueden matar a todos los fabricantes de flechas, porque se quedarían sin flechas ni mamuts. Ni viceversa. También son los encargados de sancionar a cualquiera que acabe con otro miembro de la comunidad, en la disputa por un pedazo de carne. Y estos “equilibradores” de intereses contrapuestos son también necesarios para que la comunidad sobreviva. Porque si no la comunidad se moriría, dado que el más forzudo podría acabar con buena parte de todos ellos y luego se encontraría solo y solo no podría sobrevivir.

En nuestra sociedad moderna elegimos a los equilibradores según la función que van a cumplir. Están los equilibradores que definirán cómo repartimos el mamut y los equilibradores encargados de castigar a quien viole las normas de distribución de carne de mamut, en particular si su método es matar o violentar a otro para quedarse con su parte.

A los equilibradores que definen las reglas de distribución de la carne de mamut los elegimos para gobernar, es decir para fijar y sostener las reglas de distribución de carne de mamut e incluso aplicar las variaciones necesarias cuando la caza es escasa y para entablar las negociaciones con la comunidad de pescadores cuando tenemos caza en abundancia y queremos cambiar carne por pescado.

Pero vamos a suponer que un día, por motivos que serían largos de explicar, un grupo de equilibradores de las regla reglas de distribución, por ejemplo el grupo que llamaremos A (de los que sostienen que la mayor parte del mamut deben quedársela los cazadores, porque ellos corren kilómetros para acabar con cada mamut, mientras que los cuidadores de la prole solo deben recibir los huesos para hacer sopitas, ya que no corren) deciden que el otro grupo de equilibradores de reglas de distribución, al que llamaremos B (que sostienen que el mamut debe repartirse por partes iguales entre todos los grupos) debe dejar de ser una voz en la toma de decisiones.

Voy a suponer que los equilibradores de reglas de distribución del grupo A (todo el mamut para los cazadores) acuerdan con los equilibradores de castigo que los miembros del grupo B deben dejar de interferir con las decisiones respecto a las reglas de distribución. A algún ingenioso se le ocurre que podrían acusar a los miembros del grupo B (los equilibradores igualitarios) de, por ejemplo, haber espantado a los mamuts de su zona habitual y tenerlos escondidos al sur del territorio. La idea es brillante. El único problema es cómo probar que es cierta, no siéndolo.

A uno de los equilibradores de castigos se le ocurre que va a ir al sur con una retroexcavadora a buscar a los mamuts. Alguien le señala que no hay mamuts ahí. Y el equilibrador, poniéndose su campera amarilla, dice: “No importa, basta con que me vean buscándolos para que la gente crea que están”.

A otro se le ocurre que algunos de ellos, también miembros del grupo A, podrían decir que vieron a los equilibradores del grupo B (los de la distribución igualitaria) espantando los mamuts de la zona habitual y conduciéndolos al sur. Alguien con buen criterio añade: “Deberíamos buscar a algunos que no sean de este grupo que digan lo mismo. Que cuenten cómo los del grupo B espantaban a los mamuts hacia el sur. Contratemos a alguien para que les explique métodos de espantamiento de mamuts, así cuando cuentan su historia sobre cómo espantaban mamuts hacia el sur, la misma sonará verosímil.”

Durante un tiempo, debo decir, la historia es contada y repetida por la sociedad. Un escándalo absoluto. Hasta que el mamut empieza a faltar para casi todos. Y después de varios años, los mamuts no aparecen en el sur ni en una bóveda de mamuts. Y una parte de la comunidad empieza a ver que los únicos que siguen teniendo abundante mamut en sus platos son precisamente los que pertenecen al grupo de los equilibradores de reglas de distribución que llamamos A.

Y entonces algunos empiezan a hacerse preguntas. Y otros empiezan a contar cómo fueron obligados a relatar historias de persecución de mamuts rumbo al sur que realmente nunca existieron. Y otros cuentan cómo les explicaron a algunos las reglas de espantamiento de mamuts para que pudieran a su vez contar esas persecuciones de mamuts como si hubiesen sucedido.

Debo ser justa: habrá quienes se quedaron con un pedazo de mamut que no les correspondía. Que los mamuts no estén escondidos en el sur no quiere decir que su distribución fuese siempre perfecta o según las reglas de distribución aceptadas como válidas por una sociedad. Pero está claro que si los equilibradores de castigos, o al menos una buena parte de ellos estas preocupados inventando y dado por probadas –aun sin pruebas— estampidas de mamuts rumbo al sur que no existieron, ello implica que no están ocupados en investigar y castigar las anomalías en el cumplimiento de las reglas de distribución de mamut.

Guapo Smith podría ser el nombre de uno de estos equilibradores de castigos que no cumplen fielmente la misión que las sociedades les han confiado. Y también podría ser el nombre de guerra de más de un fiscal y de más de un juez que conozco.

Lo que más me repele de estos malos equilibradores de castigos, es el momento en el que parecen empezar a disfrutar de su horrible trabajo de jugar a desequilibrar, diciendo que equilibran. Porque voy a señalar esto. Si los cazadores no cazan mamuts, la comunidad se muere de hambre. Si los fabricantes de flechas no fabrican flechas también llega el hambre. Si los cuidadores de prole no cuidan la prole, entonces no hay nuevos integrantes de cada uno de esos grupos que reemplacen a los que caen o simplemente envejecen. Si los recordadores no recuerdan y enseñan una y otra vez las reglas, la comunidad olvida por qué funciona como funciona y ya nadie hace lo que debe hacer. Y ya nadie aprende a curar y cuidar. Y la comunidad fracasa y se muere.

¿Por qué suponemos que puede resultar inocuo que los equilibradores de castigos no cumplan con su función? Porque no lo es. Definitivamente no lo es. Por eso debemos no solo cumplir nuestro papel en el grupo al que pertenecemos, sino que tenemos que exigir que cada uno de los grupos cumpla su rol. Para que la comunidad funcione.

Voy a decir esto. Estamos en las inmediaciones de la fecha en la que comunidad podrá elegir nuevos equilibradores de reglas de distribución de mamut. Pero sería absurdo que le exijamos a los nuevos equilibradores que continúen con el régimen que permite a los equilibradores de castigos incumplir las reglas que la sociedad ha puesto para existir como tal. Los equilibrios y las reglas de una sociedad son lo que permite que esa sociedad funcione. Es lo que impide que esa sociedad muera de hambre o atacada por depredadores. Y no importa cuál sea la razón que se esgrima, realmente no hay razón para permitir el desequilibrio o violar las reglas. Nos pueden gustar más o menos las reglas, pero incluso para cambiar esas reglas también hay reglas. Y hay derechos y hay garantías. Y hay equilibrios que resguardar.

El palo y el látigo, los aullidos de dolor, la crueldad y la mentira son formas de desequilibrio. Y una sociedad sin equilibrios o con reglas frágiles está destinada a fracasar y desaparecer. Es bueno recordarlo en estos días de memorias tan parciales. De relatos sesgados. Y de esperanza también. Esperanza de nuevos equilibrios posibles. Uno de ellos se llama Justicia. La hemos echado de menos esta temporada.

El Cohete a la Luna

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