Del sueño a la pesadilla americana

Por Gilberto López Y Rivas

Las recientes masacres en Estados Unidos perpetradas en escuelas, universidades, hospitales y supermercados, entre otros espacios públicos, que han impactado dramáticamente a la opinión pública mundial en las últimas semanas, se suman a la macabra contabilidad que Gun Violence Archive reporta desde hace más de una década, con un total de 248 de los llamados tiroteos masivos ( mass shootings), en lo que va de este año, que han dejado 18 mil 957 muertos y 15 mil 986 heridos al 8 de junio (https://www.gunviolencearchive.org).

Amy Goodman y Denis Poymhan señalan en su página de Democracy Now, del 27 de mayo, que estos tiroteos masivos son la peor forma del excepcionalismo estadunidense, destacando que Estados Unidos es el país con mayor cantidad de armas en el mundo: “se calcula –afirman– que hay 400 millones de armas en circulación. Esto significa que hay más armas que personas […] y que los estadunidenses acumulan casi la mitad de todas las armas de propiedad civil en el planeta” (https://www.democracynow.org).

Si a estos datos añadimos que Estados Unidos es el mayor productor de armamento y concentra 60 por ciento de su venta en el ámbito mundial, es posible ubicar otras expresiones del «excepcionalismo estadunidense», con sus miles de bases y establecimientos militares, abiertos y encubiertos, en al menos 160 países, con un presupuesto para defensa que abarca más de 50 por ciento de todos los presupuestos en ese rubro de otros países, con más de 2 millones 150 mil militares en servicio activo, y una docena de agencias de inteligencia que participan, apoyan o financian, directa o indirectamente, numerosos conflictos bélicos, en varias regiones del mundo, incluyendo Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Somalia, Libia, Níger, y, evidentemente, Ucrania, imponiendo lo que he denominado como terrorismo global de Estado (https://bit.ly/3MzzJ6V).

Históricamente, las guerras de exterminio para el despojo y la ocupación de territorios de los pueblos indígenas, la esclavitud de la población de origen africano, que da lugar a la incorporación de un nuevo verbo en varios idiomas, linchar, y el arrollador proceso expansionista a costa del imperio español y la joven República Mexicana, principalmente, estudiado magistralmente por el investigador cubano Ramiro Guerra en su obra La expansión territorial de los Estados Unidos (1935), marcan el «carácter nacional» de sectores dominantes de ese país durante el siglo XIX, y su vocación temprana de enmascarar sus intenciones de dominio neocolonial e imperialista, con encendidos discursos emancipadores, que Simón Bolívar entendió certera y proféticamente: «Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias, en nombre de la libertad».

Ese movimiento expansionista aspiraba estratégicamente a la conquista de todo el continente, al predominio económico, político y militar de Estados Unidos sobre las naciones de América. El objetivo territorial inmediato, ya definido desde principios del siglo XIX, era la adquisición de las Floridas, la Luisiana, que se extendía hasta la frontera con Canadá, Texas, el norte de México, hasta el Pacífico, incluyendo el Puerto de San Francisco, e, ¡histórica ironía!, la isla de Cuba, considerada por John Adams, uno de los padres fundadores, como la «fruta madura» que inevitablemente caería en el Edén estadunidense. Estas aspiraciones y proyectos de los grupos dominantes –muchos de los cuales fueron cumplidos al pie de la letra– constituyeron las bases de la llamada Doctrina Monroe, y el contexto en el que se conforman y despliegan en el imaginario popular, las ideas providenciales del destino manifiesto. Incluso, el connotado poeta Walt Whitman escribía, en 1847, en un periódico de Brooklyn: «México debe ser cabalmente castigado […] Avancen nuestras armas con un espíritu, que enseñará al mundo que si bien no buscamos pendencias, Estados Unidos sabemos aplastar y desplegarnos».

Son los tiempos en que se crean o fortalecen los mitos y estereotipos en torno a la «colonización del lejano oeste», el fetiche de las armas en manos de los ciudadanos, constitucionalmente garantizado, y la obsesión corporativa-legislativa por no regular la venta libre de todo tipo de armamento, como el usado una y otra vez por los sicópatas que protagonizan los horrendos crímenes racistas contra poblaciones afrodescendientes o contra menores indefensos y sus maestros.

La «única nación indispensable», según Obama, con sus superhéroes salvando al mundo del terrorismo y el comunismo, grande siempre con sus marines y rambos, Estados Unidos encontrará su excepcionalismo cuando confronte la realidad desde la perspectiva de sus iconoclastas y rebeldes que rompen con el racismo y las estrategias imperialistas promovidas por las clases dominantes del Estados Unidos blanco, anglosajón y protestante.

La Jornada