Demasiados hombres de la bolsa

Por Graciana Peñafort

Una de las desventajas de leer un poco en soledad es que te puede llevar un tiempo entender ciertas expresiones. Una de ellas, en mi caso, es la expresión: “La bolsa o la vida”. Fue con la TV y con una peli de Robin Hood que entendí que la bolsa refería a la bolsita donde en la Antigüedad se guardaban las monedas. Las billeteras de antes… de antes de los billetes, además. En pocas palabras, la frase de asaltantes de caminos ponía al viajero en la disyuntiva de entregar la bolsita con monedas o perder la vida. Con la certeza que, si se resistía a entregar la mentada bolsita, la perdería de todas formas y no viviría para contar cómo la perdió.

Muchísimos años después aprendí en una de las materias que más me gustó de la carrera de abogacía —Títulos de Crédito—, que los billetes, los cheques. los títulos de crédito y el concepto de cuenta bancaria habían sido estrategias de los sufridos comerciantes que debían recorrer los caminos sin el peso de la moneda acuñada en pesados metales y sin el riesgo de tropezar con señores que les pusieran por delante la disyuntiva de elegir entre la bolsa y la vida. Aun cuando asumo que cronológicamente no existe una relación exacta, asocio todo eso a los viajeros medievales, a las cruzadas, a Ricardo Corazón de León y a un mundo antiguo y algo mágico. Aun hoy, en las pocas oportunidades que emito un cheque, nunca me falta el momento intimo de pensar que estoy reiterando un atávico ritual nacido entre armaduras y misterios.

Y sin duda uno de los mayores misterios es el valor de las cosas, entre ellas del dinero. Son extrañas las razones por las cuales consideramos valiosas ciertas cosas. Entiendo que seis huevos cuesten menos que la gallina y que una tela teñida de púrpura cueste más que un lienzo basto. Es claro que las cosas no cuestan lo mismo si consideramos el tiempo de producción, la dificultad de producirla, la escasez o abundancia de la materia prima e incluso el valor simbólico que una cosa puede tener para la sociedad. Supongo que en el pasado, una piel de oso era más valiosa que una piel de cordero. Pero entender por qué algunas cosas tienen en estos días un valor inexplicable me parece un misterio.

Y aunque estudie en economía política los acuerdos de Bretton Woods, aun hoy me parece un poco cosa de Mandinga que el valor del dinero esté determinado por cuentitas en balances y no por metales o piedras preciosas; que sea una mera componenda entre señores muy aseñorados el valor de un barril de petróleo o de un kilo de soja, y que no exista en el mundo un billete que corresponda exactamente a ese barril o a ese kilo de soja.

Mi amigo Ivan Hein, a quien tanto se extraña siempre, solía explicarme en charlas que podría titular “economía para estúpidos”, que imaginara que en el mundo existían solo 100 monedas de oro. Y salvo que pasara algo increíble, tipo el «descubrimiento» de América —es decir, algo que generara bienes nuevos no tenidos en cuenta al emitir las 100 monedas de oro—, en el mundo toda la economía se manejaría con esas 100 monedas, que representarían todo cuanto se podía comprar. Iván decía que si un banco prestaba 2 de esas monedas a alguien, ese alguien podía usarlas para comprar y producir algo. Eso sí, luego debía devolver dos monedas y media. Pero antes de que pagase el crédito el banco ya prestaba 2 monedas y media a otro, y eso implicaba que ya existían en forma de balance 100 monedas y media. La suma de todos esos valores en expectativa —esas medias monedas— creaba dinero, o sea otras monedas, que no existían más que en la contabilidad de los bancos.

Sé que la explicación es bastante más compleja, pero lo que contaba Iván me servía para entender que el dinero o una buena parte de él sólo existe en la convención de las sociedades que compran y venden con dinero que realmente no existe, o cuanto menos solo representa un valor esperado y futuro.

Cuando vino la crisis de Lehman Brothers, básicamente entendí que algunos señores les habían prestado a muchísimas personas dinero con una tasa muy pero muy alta: digamos una moneda por cada dos monedas prestadas. Y que de pronto muchísimas personas dejaron de poder pagar la moneda extra comprometida. Pero esas monedas que no se podían devolver habían circulado como papelitos entre un montón de gente que había entregado esos papelitos diciendo que valían tres monedas cuando en la realidad solo existían las 2 monedas originales. ¿Y eso, por qué? Porque los papelitos que daban derecho a cobrar tres monedas eran mucho más valiosos, aparentemente, que los papelitos que solo daban derecho a cobrar 2 monedas y media. Más valiosos pero menos reales, claro. Y lo real como categoría también existe.

Me acordé mucho de Iván en estos días, porque no tenía a quien preguntarle cuando salió el tema de los precios de los fideos que había comprado tan caro el Ministerio de Desarrollo Social.

El Estado decidió que producir ciertos fideos y aceite cuesta, digamos, media moneda de oro. Y que quienes fabrican eso pueden quedarse con media moneda más como ganancia. Lo que se llaman precios máximos, digamos. Pero los que fabrican o mejor dicho los que venden los fideos y el aceite decidieron que al Estado le iban a vender los productos a una moneda y media. La escasez por un lado, sumada a la urgencia del Estado en comprar porque hay gente que está pasando hambre y no tiene tiempo de esperar largas negociaciones para tener fideos y aceite.

Los señores que venden se plantaron y dijeron: “Si querés fideos y aceite, me los vas a comprar a este precio”. Y el Estado, torpemente, decidió pagarlos. Lo extraño es que todos putearon a los funcionarios torpes que compraron por encima del precio máximo, pero no a los especuladores que pusieron el precio y no negociaron. Enorme lección de humildad a quienes señalaron con el dedo a muchos que tampoco podían poner muchas condiciones porque los que vendían estaban cartelizados. Bienvenidos al mundo real, señores. Bienvenidos.

Contó Horacio Verbitsky que el resultado de la operación tan torpemente hecha fue su anulación, pero el otro resultado, el que nadie ve ni enuncia salvo Horacio, fue que un montón de personas con hambre dejaron de recibir los fideos y el aceite. Y nadie parece escandalizado por eso. Por el hambre.

Y digo esto con enojo, porque de los miserables que de todo quieren sacar tajada económica o política, estoy hasta la coronilla. A ver si van dejando al menos un poquito de ser hijos de puta. Porque pasa que, para salir de esta que es bien fea, tenemos que estar todos. También ustedes, manga de atorrantes. También ustedes.

Por estos días surgió además la idea de cobrar un impuesto extraordinario a la riqueza. Algunos decían que deberían pagar ese impuesto quienes participaron de los sucesivos blanqueos de capitales.

Veamos rápido qué es un blanqueo de capitales. Todos cuantos ganamos dinero en este país pagamos diversos impuestos, en base a lo que ganamos. Hay algunos que en lugar de pagar lo que corresponde de impuestos sacan ese dinero, es decir no pagan los impuestos que deberían pagar. Eso básicamente es evadir impuestos. Y según la modalidad y el monto evadido, es delito. Y cuando digo que sacan es que lo ponen en cuentas de bancos en el extranjero o compran cosas en el exterior. Cada tanto el Estado decide por ley perdonar las sanciones que corresponden por no haber declarado ese dinero y por no haber pagado los impuestos a cambio de que declaren el dinero y los bienes que están afuera. Y como si fuese una venta de indulgencias, te cobra un poco de dinero por perdonarte el incumplimiento.

En resumidas cuentas, quienes blanquearon capitales son señores que antes de blanquear, incumplieron la ley. Lo cual los hace bastante reprochables a priori. Aunque nadie se avergüenza realmente. Solo piden que nadie se entere.

Entiendo que es inviable crear un impuesto cuyo hecho imponible, esto es la conducta que da lugar a que el Estado pueda cobrar impuestos, sea retroactivo, es decir que esté antedatado, que haya pasado antes de que el impuesto existiera. Violaría uno de los principios básicos del derecho tributario, y es que no existen impuestos retroactivos. Hay quienes me dicen que quienes blanquearon violaron la obligación de pagar impuestos, y tiene razón. Pero eso no da derecho a que el Estado viole las normas constitucionales.

Y el tema de los impuestos es tan importante que la Constitución le prestó especial interés al regularlo. Por ejemplo, decidió que sobre los impuestos directos, esto es aquellos que tienen en cuenta la realidad de las personas, por ejemplo, cuánto dinero tiene, no lo piensen quienes representan entidades estatales sino quienes representan al pueblo, esto es la cámara de los comunes, en nuestro país la Cámara de Diputados. Y es bastante lógico, porque los impuestos directos y las personas que van a prestar servicios militares son siempre los comunes, el pueblo. Es el pueblo quien paga los impuestos y quien pone las personas que van a la guerra. Y por eso la Constitución decidió que sean el pueblo, o mejor dicho sus representantes sentaditos en la Cámara de Diputados, quienes decidan sobre ellos en primera instancia.

Pero esos señores sentados no pueden violar la ley ni la Constitución. Y uno de los principios legales por excelencia es que no puede haber impuestos sobre hechos imponibles que no estaban alcanzados por un impuesto a la fecha que se materializaron.

Pero no todas son malas noticias sobre lo que no se puede hacer. Resulta que la mayoría de los que blanquearon son gente que tiene mucho dinero. Hay algún perejil que blanqueó una casita en Uruguay en un lugar que no es de moda y que construyó durante 10 años. Pero son los menos. En general blanquearon personas con mucho dinero. Y como el último blanqueo no exigía que trajeran el dinero a la Argentina, muchos de ellos lo mantuvieron en dólares o euros en el extranjero. Lo cual implica que, en atención a la devaluación del valor de peso, quien tiene un millón de dólares –quién pudiera— hoy tiene 64 millones de pesos al valor del dólar oficial.

¿Hay que cobrarles a todos los que tienen un millón de dólares o más en el extranjero? Creo que la base de cálculo debe ser superior, pero sin duda, podría fijarse un impuesto extraordinario a quienes tienen mucho dinero y poner una suerte de bonus track del impuesto a quienes tienen el dinero en el exterior. La ley permite poner impuestos a la riqueza, y permite diferenciar supuestos entre quienes están en diferentes condiciones frente a esa riqueza. Y la situación de emergencia, que es pública, permitiría establecer un impuesto extraordinario en condiciones de legalidad sobre los muy ricos del país. Y parece más justo y más legal que retrotraer hechos imponibles. Porque no solo se trata de aprobar una ley y cobrar un impuesto, sino que se trata además de que la ley sea constitucional. Porque, señores, tengamos claro que a muchos de los jueces de este país los conmueven más los argumentos de las personas muy ricas que los argumentos de los que están muertos de hambre. Y el impuesto extraordinario es un impuesto cuya argumentación corresponde al hambre de muchos y no a la abundancia de unos pocos.

Y agrego, podría establecerse que el dinero usado para mantener fuentes de trabajo se descontase del impuesto, como para que los muy ricos se den cuenta de que les sale más barato mantener a cada obrero trabajando que despedirlo. Porque yo no olvido que Techint, uno de los grandes blanqueadores, despidió personal en plena emergencia y cuando estaba prohibido. Y la ley tampoco tiene que olvidarse.

Se trata básicamente de un Estado que además de estar en emergencia sea lo bastante inteligente como para administrar una crisis como nunca vimos.

Lo que pasó en Desarrollo Social habla de un Estado bastante torpe. Porque entre otras cosas existen herramientas legales que permiten al Estado accionar contra los especuladores. Y en particular contra los que especulan con el hambre de la gente y con su salud.

Hay normas expresas que van desde la Ley de Abastecimiento hasta la ley de Defensa de Competencia que permiten ordenar el mercado. Sea quien sea el mercado y su mano invisible, que nunca lo es tanto, a decir verdad. Y también está el Código Penal cuando vemos clarito de quién es la mano tramposa o especuladora.

Indudablemente, si aplican las normas no llegarán los regalos de fin de año que los empresarios envían a los funcionarios con los que se llevan bien –por simpatía o conveniencia—, pero para miles de personas de este país significará que hay menos hambre y menos necesidad. Y aun el mas liberal de los liberales no podrá desconocer que, como señalara hace siglos John Stuart Mill, lo moralmente bueno es aquello que resulta útil para la mayoría. Y el hambre y la necesidad son mayoría.

Porque en estas épocas vuelve a presentarse el dilema de la bolsa o la vida. De modo dramático. Y de modo tremendo muchos de los que tenemos el privilegio de no tener hambre, para salvar nuestras vidas no solo le estamos tocando la bolsa a los muy ricos, sino que les estamos tocando la bolsa a muchos que no están en peores condiciones que nosotros. Y eso no es justo.

Para mantener esta cuarentena, que es la única forma comprobada de paliar la pandemia, hay un montón de gente que no está pudiendo trabajar. Porque no puede salir de sus casas. Y el Estado está asistiendo a esas personas con dinero y en muchos casos con comida. Un Estado solidario que debe contar con los recursos para asistir a todos. Para curarlos. (Curarnos.) Y para salvarlos. (Salvarnos.)

Y el Estado argentino, ante los poderosos que le gritan “la bolsa o la vida», sigue eligiendo la vida. Y yo lo celebro al punto de que si tengo que pagar un impuesto extraordinario para que quienes viven acá coman, se curen y se salven, lo voy a pagar con gusto. No soy una millonaria, diría que estoy bastante lejos de serlo, vivo de mi sueldo y de lo que gano como abogada. No me alcanzó nunca para comprarme mi propia casa y alquilo. Pero aun así, y si me ponen como sujeto obligado de un impuesto, lo voy a pagar. Como he hecho siempre. Lo más cerca que he estado de un blanqueo es con la manipulación de lavandina de estos días. Pero lo voy a pagar igual.

Porque quiero un Estado inteligente, fuerte y solidario. Un Estado que, entre la bolsa y la vida, siga eligiendo la vida. La de todos. Porque finalmente quienes eligieron la bolsa… no vivieron para contarlo.

El Cohete a la Luna

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