Democracia: el hecho bendito del país intimidado

La venganza de la Argentina plebeya

Por Pablo Semán | Ilustración Sebastián Angresano

El domingo, la voluntad popular destruyó con el piedrazo del voto la utopía excluyente de un gobierno clasista y combativo. Cuarenta y cinco meses de macrismo unificaron a una coalición plural que formuló un objetivo común al que todos quieran y puedan ir. En otra renovación del peronismo, Alberto Fernández organizó la dicotomía oficialismo-oposición, los de bajo y los de arriba, y asumió el papel de un líder con estatura presidencial.

Todo parecía más parejo de lo que era. Tres días antes de la elección consulté con un dirigente oficialista realista y sincero. Descreía de las posibilidades que todavía tenían según las encuestas de sus amigos. Estaban seis puntos abajo, pero la diferencia podía disminuir por el margen de error y eso alentaba para ellos algún optimismo. Al día siguiente me reuní con un dirigente opositor. No podía creer la ventaja que daban los sondeos. Le creí su escepticismo, me deprimí y redacté parte de estas líneas pensando en publicarlas como un manifiesto que diría: “ganamos por poco pero vamos a ganar por más”. Los pocos encuestadores que acertaron hasta en las proporciones no fueron tan tenidos en cuenta en los corrillos en que se conocían y solicitaban sus trabajos. Una cientista política amiga y opositora del gobierno se reprochaba no haber visto la potencia del voto económico, a pesar de que su experiencia y la teoría le indicaban que la diferencia debería ser abrumadora y tangible. Militantes opositores en el territorio combinaban percepciones de aliento con repudios a la “mansedumbre de la gente”. Un pastor amigo y opositor que conoce a sus ovejas me decía que le preocupaba, como luego le preocupó a Carrió aunque en un sentido diferente, la adoración al poder de aquellos que son humillados por éste. Varios amigos atribuían la incertidumbre del resultado al blindaje mediático que, como se ha visto, protege menos que un padre abandónico. Y otro amigo, Gerardo Aboy Carlés, una de las pocas personas a las que oí prever con tiempo y precisión los resultados de las elecciones de 2011 a 2019, me decía contra todos los pronósticos que esperaba una diferencia de 9 puntos. Los dirigentes oficialistas y opositores, los analistas y los encuestadores, los militantes barriales, los pastores, no son ni ciegos ni sonsos pero no vieron tan claramente la magnitud del descontento con el gobierno y su concentración en una candidatura, a pesar de que algunos de ellos les interesaba que fuera así.

La clave de la invisibilidad puede hallarse en algo que Esteban Schmidt sintetizó en Facebook. Observador agudo, afirmaba que el destino de la oposición podía depender de que “la crisis de este último año haya sido más dura de lo que se pudo verificar y que los paliativos de estos meses no alcancen y se alce, silenciosa, una venganza de los asalariados contra el oficialismo”. En la encrucijada que se da entre el despliegue de la red de subsidios, la interpelación amenazante del “esto lo tenés porque te lo doy yo”, la comunicación personalizada y la auscultación amenazante que nutre esa segmentación vía espionaje en redes, el poder parece un ojo omnisciente y temible.

El voto oculto no refleja indecisión o escepticismo displicente, sino una reacción intuitiva de los argentinos que, además de ser humillados y expoliados, vieron amenazada su intimidad y su autonomía política. 24 horas después de la elección el presidente despreció a los argentinos por haber votado mal: tal vez no haya sido tan ingenuo eso de ocultar el voto. El ocultamiento y la manifestación, por otra parte, tienen su contracara de liberación espiritual reconocida en las palabras del intelectual crítico Marcelo Tinelli: “¿Quién tiene el puto derecho de juzgar el voto de otro argentino? Nada puede ser mejor que elegir libremente en democracia”.

 

El peronismo en su contingencia: renovación o muerte

Hay procesos electorales que, más que expresar un sujeto político preexistente, lo constituyen. La candidatura de Alberto Fernández forma parte de algo que sucedió en elecciones paradigmáticas como las de Raúl Alfonsín en 1983, la de Carlos Menem 1989 y 1995, la de Cristina Fernández en 2011 y la de Mauricio Macri en 2015. Desde el momento en que encaró la diagonal de las Leliqs, el candidato a presidente por el Frente de Todos asumió el papel de un tribuno del pueblo, de un líder laborista democrático y popular que al organizar la dicotomía oficialismo-oposición, los de bajo y los de arriba, ganó estatura presidencial.

Pero el proceso electoral le ha permitido al peronismo otro logro. Asumida la candidatura y la necesidad de darle impulso, Alberto Fernández se hizo cargo de interlocuciones simultáneas con CFK, Felipe Solá, Sergio Massa, Victoria Donda, Fernando Navarro, Máximo Kirchner, Omar Perotti, Verónica Magario, Alberto Rodríguez Saá, Sergio Uñac, Gustavo Bordet, Juan Manzur, Anabel Fernández Sagasti, Matías Lammens y Axel Kicillof, entre otros. En 2015 el peronismo hizo apenas una campaña. En cambio, las PASO 2019 encontró al peronismo en un esfuerzo de coordinación política que busca combinar heterogeneidades y formular un curso al que todos quieran y puedan ir. A su manera, cada uno de los miembros encuentra un ámbito donde influir y ser influido. Una mesa que no es ni de amigos ni de enemigos, ni de soldados ni de paniaguados sino de políticos que colaboran más de lo que compiten en pos de un objetivo común. Eso es casi, casi lo que no había en el peronismo desde fin de los años 80: un partido político que incluyese en distintas fracciones y dirigencias peronistas. Con esa dinámica Alberto Fernández se ha puesto al frente de un grupo de dirigentes, militantes y electores que van con él[1]. Algo muy raro en los últimos años, en que el deporte preferido de la política argentina ha sido “llevarse puesto” a los aliados.

Más complejo y más interesante es que el proceso electoral, en su carácter de proceso instituyente, ha permitido que se anuden dos hilos de la historia contemporánea. La confluencia del peronismo en estado de asamblea permanente y una parte de los sectores medios que antes se habían distanciado revela la articulación entre dos series al mismo tiempo recientes y aceleradas. De un lado la pauperización violenta que revela la fragilidad estructural de los sectores medios y los torna siempre amenazantes para cualquier gobierno (y por eso esta aproximación al peronismo no es definitiva ni admite el tratamiento cachaciento que se le da a los caprichosos). Del otro, la intuición del conjunto del peronismo: renovación o muerte. Cuando gana el peronismo acostumbramos a creer que es el alma inmortal del pueblo con esencialismos que no usamos ni para caracterizar a las especies. Cuando pierde, intuimos su superación histórica. Ni una cosa ni la otra. El peronismo se gesta siempre al borde de su propia extinción, en la dialéctica entre dirigencias y bases sociales cambiantes y exigentes. Si en los 2000 pudo agregar a piqueteros, sindicatos y organismos en defensa de los derechos humanos, en estos años congrega, junto a viejas camadas constitutivas, nuevas juventudes, feminismos y una otrora clientela radical de trabajadores de la cultura, la ciencia y la educación que son casi una CGT de las clases medias. Para sobrevivir los partidos políticos tienen que abrazar las nuevas olas y, al mismo tiempo, ser parte del mar.

Nadie puede decir que lo hará siempre, nadie puede negar que otra vez lo está haciendo: hoy hace confluir en su seno a los kirchnerismos, a los peronismos de los gobernadores y a la cosecha de voluntades habilitada por un gobierno que hizo todo lo posible por aumentar y amalgamar sus enemigos. Un gobierno que pasó de criticar el segundo mandato de CFK a poner en juicio la totalidad del electorado y de la historia nacional porque según su particular punto de vista la Argentina no merece la excelencia de estos estadistas. Ahí tienen: se formó un partido y perdieron las elecciones.

[1] Ni yo mismo sé si hubiera votado esa fórmula de ser otra su composición.

Revista Anfibia

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