Diario de la guerra del virus

Por Carlos Corbellini

Desde Lombardía, un periodista argentino radicado en Italia relata día a día sus vivencias y las de sus amigos en la vida cotidiana dentro de una de las «zonas rojas» decretadas por el gobierno ante la pandemia de Covid-19.

 

Sábado 7. A la nochecita, mientras este cronista controla el fueguito del infaltable asado para la cena con amigos, una noticia explota en los celulares. Las regiones de Lombardía, del Veneto y 14 provincias más han sido declaradas «zonas rojas», contra la expansión del coronavirus. En todo el territorio italiano las personas tienen que estar al menos a un metro de distancia entre sí.

Beatrice, una trabajadora social que dos semanas atrás desconfiaba de la gravedad de la infección, ahora se lava las manos varias veces en el día y trata de desinfectar hasta sus propios vestidos, cuando vuelve a su casa.

El virus, ese enemigo invisible, acecha y hay que respetarlo. De hecho, los efusivos abrazos de otrora han quedado de lado e irónicamente se repite un rito de saludo con los pies, visto en YouTube. Pero Beatrice no deja de interrogarse: «¿Y ahora, cómo sigo ayudando alla mia mamma?» Su madre vive en Florencia y ella cada diez días viaja a dar una mano a su asistente georgiana.

Los amigos de Roberto, otro huésped, enfermero profesional, llaman desde Parma, donde uno trabaja, y desde Verona, donde el otro tiene su novia. «Nos vemos en junio», bromean .

Domingo 8.»Si se puede comprobar que la madre está enferma claro que se puede ir a visitarla», explica el presidente del Instituto Superior de Sanidad (ISS), Silvio Brusaferro, al día siguiente, «pero si uno tiene una novia en otro lugar, no. El amor puede esperar, ya habrá tiempo para recuperarlo».

El borrador del nuevo decreto se «filtró» anticipadamente en el «viaje» de ida y vuelta entre el Gobierno Nacional y las regiones interesadas, en manos de la oposición, consultadas para afinar su aplicación. El hecho provocó una congestión en la estación Garibaldi de Milán. Los aspirantes a pasajeros al Centro Sur no consideraron que estaban llevando consigo el «mal» del que estaban huyendo.

Muchos jóvenes de Milán, Brescia y otros pueblos contagiados continuaban participando a la «movida», como todos los fines de semana.

Para evitar mayores confusiones y dar señales contundentes a la población, el Consejo de Ministros sancionó el nuevo decreto a las 2 y media de la mañana de ese domingo . Unas horas más tarde, un silencio atroz transitaba por las calles de la Lombardía.

Mientras, este cronista pensaba en su amigo Pietro, el primer contagiado conocido. Presidente de la sociedad deportiva para jóvenes discapacitados «Il Libero Volo», Pietro se contagió mientras acompañaba a su equipo de fútbol a Lodi, en la zona del primer foco infeccioso. Después de una recaída, de la que se creía que era una fuerte gripe, resultó positivo al test del Covid-19. Nos chateamos mientras está internado en el Hospital Civil de Brescia. Evoluciona bien, no necesita más respiración asistida. Fanático de la Juventus como es, muestra su desilusión por la derrota en Lyon . Lo saludo y le doy una piadosa esperanza de revancha en Turín en el partido de vuelta. Su familia, sus colegas de trabajo, sus jugadores, están todos en cuarentena.

Giovanni, un sindicalista de la CGIL de Cremona de 75 años, no recuerda una situación semejante. A pocos kilómetros, en Soresina, Cremona, Mary, profesora de inglés, está en cuarentena con su hijo y su marido, a raíz de la infección de su cuñado, obrero de un frigorífico, internado en un hospital de Mantova después de haberse desmayado al lado de su cama.

Andrea, otra enfermera, de Manerbio, Brescia, cuenta que en el Hospital Civil de Brescia están habilitando salas de internación de Pediatría específicas para los niños infectados. Las autoridades han eliminado reposos, licencias y vacaciones. El personal dedicado a las infecciones está llegando al límite de sus fuerzas. Lo mismo sucede en Cremona donde una enfermera extenuada, aparece en una foto «derrumbada» sobre el teclado de su computadora.

Rosario Canino, director sanitario del Hospital de Cremona, convoca a los médicos residentes a dar una mano. Desde Bergamo llega la intranquilizante declaración del anestesista Christian Salorali anunciando que «desde ahora tendremos que elegir a quien curar y a quien no». Una forma de selección de la especie médico-guiada, parece. Mientras, el contagio del virus crece vertiginosamente día tras día.

 

 

Lunes 9. Amanecemos con el «privilegio» de vivir en el segundo país con más infectados y muertos por esa causa. De hecho los italianos están en la lista negra de los pasajeros menos deseados en el mundo. Este cronista, el jueves 6 de marzo decidió suspender el programado viaje a su tierra natal, la Argentina, para no encontrarse en la situación de ser un posible transmisor involuntario del virus.

Como si no fuera suficiente, los detenidos de las más importantes cárceles del país se están rebelando. Toman las cárceles, asaltan las enfermerías para sacar de allí metadona y psicofármacos mientras protestan por la prohibición de las visitas y salidas como premio a la buena conducta, que las nuevas medidas imponen. En Modena murieron seis detenidos, en Rebibbia, Roma, y en Foggia, Pulia, otros aprovecharon la ocasión de esos motines y se fugaron. Son homicidas con perpetua o mafiosos que ahora las fuerzas del orden están buscando con perros de caza. En otros centros de detención las autoridades han negociado formas alternativas de comunicación de los detenidos con sus familiares.

Mientras, el miedo se difunde como el virus, las precauciones continúan. El presidente de la Pulia, Michele Emiliano, ordena controlar a los viajeros que llegaran desde el Norte y les aconseja tomarse los rigurosos 14 días de cuarentena voluntaria.

Daniel, un chileno exiliado del pinochetismo, manda un mensaje de un supuesto médico italiano desde Wuhan, China, recomendando tomar abundantes líquidos calientes hasta que media hora después desmiente, «es una fake news» advierte.

En nuestro grupo de amigos aficionados a la literatura empiezan a circular las citas de autores que se han dedicado a las «pestes» en diversas épocas históricas, desde Bocaccio y su «Decamerón» en Florencia a «I Promessi Sposi», de Alessandro Manzoni. Los más eruditos recuerdan a «La Peste» de Albert Camus. Otros, proclives a la observación de los comportamientos sociales citan a José Saramago. «¿Nos estamos transformando en los personajes del ‘Ensayo sobre la ceguera’?», se preguntan.

«Es hora de sacarle polvo a los viejos libros y recuperar esa relación íntima, personal que nos da la lectura», aconseja Erminio. Gerardo, en cambio, comienza a escribir un cuento e invita a los otros miembros del grupo a seguir con la narración. Ramona, escritora, editora y operadora multicultural, desde Brescia ofrece generosamente «fábulas» por ella escritas con aportes de sus atentos seguidores de Facebook. Otros, anuncian que RAI Radio 3 convoca para la noche del domingo a escuchar un concierto sin público, todos a la misma hora con la oreja en la radio, cada uno en su casa, como en los viejos tiempos de los primeros transistores.

La mayor parte de las familias tiene que «inventarse formas» de estar con sus propios hijos que no van a la escuela y que no pueden llevar al parque porque la socialibilización está suspendida.

La noticias económicas de los mercados son catastróficas. ¿Estalló la crisis «provocada por el virus», un minuto antes de que explotara la gran burbuja de exceso de liquidez ?, se preguntan algunos analistas.

 

 

Martes 10 . Un nuevo Decreto extiende las medidas de «protección» a todo el territorio nacional. Se suspenden las actividades públicas no esenciales y las clases en todos los niveles, además siguen cerrados los museos y postergados sin fecha todos los espectáculos. Los bares y restaurantes pueden abrir sólo de 6 a 18. «Qué todo el mundo esté en su casa», insisten, aunque no es taxativo.

En algunos lugares se sigue trabajando, no está prohibido todavía. Arvedí, el productor de acero más importante de la provincia de Cremona, anuncia que continuará con sus actividades normalmente. La Alfa Acciai de Brescia, en cambio, suspende la producción, como la mundialmente famosa fábrica de armas Beretta de la la Val Tromia. También en Brescia, los bares y restaurantes deciden cerrar todo el día.

Los cada vez más numerosos negocios chinos de la zona, desde los sastres, técnicos de computadoras y celulares hasta los grandes distribudores, ya habían decidido hacerlo por cuenta propia. Se restringen severamente las posibilidades de desplazarse. Para hacerlo, hay que llevar una autodeclaración que justifique que se va a trabajar, a asistir a un familiar no autosuficiente o a hacer compras en el lugar más cercano posible. Habrá controles, multas y hasta sanciones penales por falsas declaraciones.

Ahora sí, parece que los italianos entendieron, hasta las ciudades del centro sur se vacían.

Siguen llegando mensajes de los operadores sanitarios.

Desde el hospital de Cremona, una médica invita a no ir ni siquiera a la farmacia. » No damos más, acá no hay más lugar. Esto hay que pararlo. No salgan de sus casas», insiste. Aunque el tono de la voz es dramáticamente creíble, verifico la fuente. Es una alumna del curso de español de Susana, una abogada argentina que colabora como traductora en los Tribunales de Brescia.

Otra médica, Elena Conti, residente del Hospital Civil de Brescia, no es más tranquilizante, habla de camas con pacientes en los pasillos y de la falta de ventiladores para ayudarlos a respirar. Son noticias que coinciden con la tendencia de los datos oficiales. «La situación es grave», se repite. Desde otros centros especializados, reafirman lo dicho por el anestesista de Bergamo. «Como durante la guerra, nos encontramos en la situación de tener que elegir a quien curar, no tenemos instrumentos de reanimación para todos. Curaremos a los que tienen más posibilidades de salvarse», insisten.

Mientras tanto, llegan noticias de Mary, mi profesora de inglés. Su cuñado ha sido «entubado y esta en reanimación» y su mujer está desesperada porque no puede visitarlo. Para peor, llegó un control policial a su casa y no la encontró, había salido a pasear al perro, actividad no considerada «de absoluta necesidad» porque el animal podría hacer sus necesidades en el jardín.

Por suerte, mi amigo Roberto volvió a su casa y ahora podrá ver el partido de la Juve contra el Lyon por televisión, en un Juventus Stadio espectralmente vacío. Y abrazar a su mujer y a sus familiares. Un lujo para pocos, sólo para los que ahora están inmunizados.

Entre las medidas del gobierno está la suspensión del campeonato de fútbol, algo que la FIGC (la AFA italiana) resistía. Se lanzó la hipótesis de realizar un torneo cuadrangular de donde saldrá el campeón del campeonato de este año, conocido mundialmente por su nombre en italiano como «Scudetto».

A las 18 horas llega puntual el comunicado de Protección Civil y del ISS, que siguen mostrando los números como si fueran partes de guerra, ahora haciendo una separación de los fallecidos en diferentes franjas etarias.

Los ancianos son los que están más expuestos, está claro. Italia tiene una población en forma de pirámide invertida, los «adultos mayores» son millones. Es casi explícito que en caso de «elección obligada», la reanimación no les dará prioridad, «son los que tienen menos expectativa de vida». Regresan los estímulos literarios. «¿Estaremos en presencia de una acción exterminadora de ancianos, como en la novela de Adolfo Bioy Casares, «Diario de la guerra del cerdo»?», pregunta Claudio, gran conocedor de Jorge Luis Borges y de los autores argentinos.

La oposición se reúne con el gobierno. Ahora piden el cierre total de las regiones de Lombardía y del Veneto, aunque hace unos días criticaban las medidas por ser demasiado severas.

Giorgia Meloni, la rubia líder de Fratelli d’Italia, una suerte Marine Le Pen italiana, pide el nombramiento de un «Comisario (gestor) extraordinario que dirija las operaciones, preferentemente un militar», repitiendo la vieja idea de la derecha de que un hombre fuerte al mando es capaz de resolver todos los problemas.

Llega la noche. Cae el silencio sobre la península, desde Palermo y Roma hasta Bolzano, con los bares, los negocios que no venden alimentos, los restaurantes cerrados y las calles vacías.

Miércoles 11. Desde la televisión, el expremier y expresidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, dice que «en ochenta años de vida y habiendo recorrido el mundo, es la primera vez que no voy a misa un domingo». Ah, claro, no se puede dar misa, tampoco celebrar los funerales. Ahí está la intendenta de Verolavecchia, un pueblo de la llanura bresciana, que da el pésame a los familiares de un vecino muerto vía Facebook. «Lamento no poder estrecharles la mano», se justifica. Y vuelve a la mente Saramago, esta vez con «Las intermitencias de la muerte», describiendo un lugar donde repentinamente nadie muere y no se sabe qué hacer con los enfermos graves, eternamente vivos. En el Centro Sur se preparan para recibir el contagio hasta ahora incontenible. ¿Cómo harán, con un sistema sanitario mucho más deteriorado por las exigencias de fuertes poderes locales?.

Después de la hora de cena, como ya es costumbre cotidiana, el presidente Conte anuncia nuevas medidas, esta vez declara «zona roja» toda la peninsula, «l’Italia si ferma» ( se para) , «hacemos este sacrificio para abrazarnos después».

Su aclaración no es ociosa, el abrazo, ese gesto de simbiótica unión con el otro donde nos fusionamos en la alegría de un gol o en el dolor y el luto de una pérdida, están suspendidos, son peligrosos. Y la socialización, el convertirnos en sujetos colectivos, esos instrumentos de infinita fuerza que nos permitían sobrellevar catástrofes, guerras, dictaduras, se deben interrumpir o expresarse de nuevas formas porque los cuerpos, esa forma de estar en el mundo que todos tenemos, no pueden ponerse en contacto. Si el HIV, otro virus temido y letal en su comienzo, puso en discusión el modo que asumían las libertades sexuales conquistadas en los años 60 y 70 del siglo anterior, el Covid-19 está golpeando el encuentro con el otro, nos está incitando a la soledad. Tal vez ése sea el drama que nos llevaremos con nosotros por un buen tiempo.

Jueves 12. El juego se hace duro. Todo cerrado, todo menos las fábricas. Las sindicatos se preguntan: ¿de nuevo somos los obreros las víctimas sacrificales?

El miedo al contagio se interioriza en casi todas partes. Desde el Abbruzzo, mi amigo Santiago me dice que su madre de 85 años, antes efusiva en manifestaciones de afectos, lo saluda desde el balcón.

El cuñado de Mary está en peligro de vida, tuvo un paro cardio respiratorio y los médicos advierten que puede «suceder lo peor».

Roberto, el enfermero, ha tenido que redoblar su trabajo porque dos de sus colegas son positivas al virus. Sin esconder el temor por sí mismo, andrá a visitar a sus pacientes a domicilio con todas las precauciones del caso.

Susana trata de alejar de sí a su vecina anciana que estornuda, toma a su hijo de cinco años del brazo y la rechaza , como si fuera el mismo Satanas induciéndola en tentación en el Monte de los Olivos.

En las redes, un uruguayo residente en Brescia manda a sus connacionales un informe de casi Estado de Sitio y de derrumbe de la Sanidad local. Exagera, aunque no tanto. La capacidad de resilencia ya está en marcha, no sólo en las salas de internación de los hospitales, también en las iniciativas. Ahí están programando un Hospital de Campaña, con terapia intensiva incluida. Un amigo sicologo puso un número a disposición para consultas cortas y gratuitas.

Mientras, el cronista recién se da cuenta de que el próximo sábado, día de su aniversario, no podrá recibir visitas y no encenderá el fueguito para el tradicional asado de festejos.

Ahí toma conciencia de que algo inusual, insólito, está sucediendo.

 

Socompa. Periodismo de Frontera

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