Días de odio

Por Claudio Zeiger*

¿Cuántos días hace ya que hablamos del odio? Son Días de odio, como aquella película de Leopoldo Torre Nilsson basada en el cuento de Borges, «Emma Zunz». A Emma Zunz la guiaba una noble venganza, y para ello, si hay algo que debe hacer, es contener sus sentimientos hasta poder consumar un desquite basado en lo contrario: un simulacro del amor. Pierde la virginidad con un anónimo marinero para después culpar de violación al hombre que causó la desgracia de su padre, matarlo y alegar defensa propia. Emma Zunz, sin embargo, no se regodeó en la venganza, no tiró tiros de más ni hizo torturar a su víctima por descontrolados sicarios. El amor, el odio y la venganza se entreveran en esa trama oscura y espesa como en sordina.

¿Cuántos días hace que hablamos del odio? Antes hablábamos de la grieta.

En el verano se produjo el crimen de Fernando Báez a manos de un grupo de rugbiers en Villa Gesell. Fernando era un pibe morocho del pueblo, hijo de un encargado de edificio, todas cosas que para muchos de nosotros son rasgos positivos, rasgos de amor y ascenso social, pero es bastante posible que, para los rugbiers, que actuaron en manada y con alevosía y se dejaron guiar por un olfato racista y clasista, esos aspectos le jugaron en contra: lo odiaron en esa noche fatídica. Es crudo decirlo así, pero esa noche, en el aire envilecido del verano de la costa, se encarnó la frasecita endémica de un sector de la sociedad, esa que no suele pasar del dicho al hecho, pero repite desaforadamente: «A los negros hay que matarlos a todos». Un grupo de muchachones, esta vez, pasó del dicho al hecho.

Hay que recordar la conmoción que se produjo en el verano por el caso de los rugbiers. Un verdadero estado de shock: la sociedad estaba conmovida Por la bestialidad de las imágenes, por la compasión hacia Fernando, por el dolor de los padres. Y porque muchos entendieron de pronto lo que significa de verdad eso que flota una y otra vez en todo el mundo globalizado: el odio, el racismo, el clasismo.

Es cierto que los sucesos mundiales y nacionales que arrancaron a mediados de marzo a causa de la pandemia de coronavirus, arrasaron la atención de la opinión pública y dejaron en suspenso la continuidad mediática del caso. Es atroz, parece que ese hecho no hubiera sucedido porque se ha borrado de los medios y su área de influencia. Pero vaya si existió y todavía reclama justicia.

Durante los últimos meses fueron evidentes los intentos de un sector de la oposición por colar temas que les permitiera agitar las aguas del debate público e, inclusive, ganar las calles sabiendo que el oficialismo está maniatado de pies y manos por su política sanitaria para convocar un apoyo político activo y masivo. Las calles de la ciudad, eventualmente de alguna otra ciudad o pueblo del interior del país, se convirtieron en un escenario carnavalesco de personas que parecen oscilar entre una catarsis de diversión morbosa y una exhibición de conductas patológicas. Es curioso, volviendo a Borges, que se invirtieron los términos de su mirada literaria sobre la fiesta del monstruo y los rituales del pueblo peronista como simulacro: hoy, el Otro del peronismo parece encarnar esa monstruosidad de fiesta callejera, aquelarre de sentimientos confusos y pasiones malsanas, simulacros de libertad con el odio como divisa, que Borges le atribuía a las masas deformes.

Con el crimen de Fabián Gutiérrez se produjo un nuevo deslizamiento del dicho al hecho, en parte contingente, en parte provocado por un torrente en el que bien cabe recordar que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe.

En los días de aislamiento, balcones y marchas, el objeto de odio y estigmatización cambiaba tan vertiginosamente de ropajes que nos balanceamos algo incrédulos entre la risa y la rabia: ¿cómo se puede lidiar con semejante desenfreno de los significantes? ¿Qué hacer frente a una manera tan desquiciada y engolosinada de probar la capacidad de penetración de una maquinaria de sentidos frenéticos? De «los políticos» a los presos, de los presos a los médicos cubanos, de los cubanos a los venezolanos, de Venezuela al comunismo y el campo y la bandera, y el nuevo orden mundial, el virus y la vacuna. Esta sola enumeración mueve a risa y rabia e impotencia a la vez. Pero si nos detenemos un momento a contemplar la escena sin volumen, las caras desencajadas pidiendo un nuevo sentido para seguir moviendo los labios como quien pide maná del cielo, si nos sacamos de encima la capacidad de intimidación que tiene contemplar la locura en la calle, nos daríamos cuenta de que hay algo abstracto en las formas del odio, algo que resbala por encima de los cuerpos y las palabras reales, un vacío de sentido, una forma o estructura que, en algún momento, nos revela que son eso, una forma, una estructura hueca.

Entonces se produjo el asesinato de Fabián Gutiérrez con sus muy elocuentes elementos de crimen de odio. La sexualidad de la víctima como gancho para la extorsión, una violencia llamativa, desenfrenada, sobre todo, parece, de parte de quien «puso el cuerpo» haciéndose pasar por un posible amante. Pero el algoritmo de la oposición simplemente les informó que se trata del ex secretario de Cristina/ Calafate/ Santa Cruz/ causa cuadernos/ arrepentido. Los hacedores del simulacro no se detuvieron ni un segundo a reflexionar sobre la brutalidad y los rasgos del asesinato de Fabián Gutiérrez porque no les interesa en absoluto ni la víctima, ni su familia ni todos los crímenes violentos que sacuden a una sociedad cuando además del móvil del dinero o la venganza se cuelan el racismo, la homofobia o la transfobia. Lo congelaron: ex secretario, arrepentido.

El odio se volvió algo tan funcional y abstracto para ellos que, por una vez, no lo pudieron transmitir ni inocular con eficacia.

Convirtieron el odio en algo rutinario, casi burocrático, a pesar de ciertas desmesuras retóricas como «Gravedad institucional».

Fue una comunicación fría y perezosa. Puro teatro, muy sobreactuado.

Entre la desmesura del crimen y la insensibilidad mecánica de la respuesta, habita el monstruo.

Buenos Aires, 10 de julio de 2020

 

*Escritor y periodista. Editor de los suplementos Radar y Radar Libros del diario Página/12.

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política

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