Diplomacia de «trolls»

La pandemia está siendo el catalizador final de la estrategia china, pero dentro del Gobierno no todos la comparten.

Un hombre pasa junto a un cartel que representa al presidente chino Xi Jinping en Pekín (China), el pasado 02 de junio. WU HONG / EFE

Donald Trump no se caracteriza por su moderación ni por su elegancia. Siempre se ha explayado en Twitter contra China. Desde que empezó la pandemia, le han seguido otros miembros de su Gobierno, enzarzándose con sus homólogos en Pekín. Unos y otros han alimentado las teorías de la conspiración sobre el origen del virus. Siguieron atacándose mutuamente por Hong Kong. A raíz de las protestas por la muerte del afroamericano George Floyd, se comportan más como trolls de Internet que como servidores públicos. En Trump esta conducta no chirría, pero en los chinos sí.

La poesía siempre ha sido una base de la diplomacia china. Están acostumbrados a mentar a los clásicos, algo más propio de un Obama que de un Trump. El pasado diciembre en Bruselas, el ministro de Exteriores, Wang Yi, dio un discurso sobre cómo ven ellos la reciprocidad que les pide Europa. Citó a Su Shi, el gran poeta e intelectual de la dinastía Song del Norte. Como ninguno de sus oyentes lo habría reconocido, se limitó a decir que era un «antiguo poema chino».

Los chinos juegan con ventaja: comprenden perfectamente a los occidentales. Han leído nuestros libros, manejan nuestras referencias, el humor y el sarcasmo en inglés. Por si fuera poco, su adversario es especialmente inculto. Donald Trump maneja un vocabulario similar al de un niño de cinco años, reconoce sin reparo que no confía en la ciencia y todos sus colaboradores sensatos han sido cesados o han dimitido.

Para la propaganda del Partido Comunista chino, Trump ha sido un regalo del cielo. Es impetuoso, ineficaz, trae de cabeza a los líderes europeos y a muchos compañeros del Partido Republicano. Eso no hace más que reforzar a Xi Jinping. El líder chino, en el poder desde 2012, lleva toda la vida formándose. Tiene detrás una maquinaria descomunal que lo pinta como un visionario. Desde Mao no se veía semejante culto a la personalidad. Tampoco tanta censura y represión de la disidencia.

Lo que parece un órdago de la diplomacia china tiene un recorrido detrás. Con Deng Xiaoping, la máxima hacia el exterior era tao guang yang hui: mantener un perfil bajo, no mostrar enseguida lo que uno sabe. Con Xi se ha virado hacia el fen fa you wei: trabajar duro, influir en los países que les interesan. Desde 2017, una treintena de Embajadas chinas, consulados y diplomáticos han abierto cuentas en Twitter y Facebook, censurados en China. Se les llama los wolf warriors, como los soldados de una saga de acción estilo Rambo, por sus comentarios nacionalistas asertivos.

La pandemia está siendo el catalizador final de esa estrategia, pero dentro del Gobierno chino no todos la comparten. Algunos creen que no vale todo y que es mejor no hacerle el juego a Trump de perseguir la confrontación antes de las elecciones. Parece que los moderados van perdiendo.

El País

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