Disputar el poder

Neoliberalismo, economía y elecciones 2019

El costo a pagar por cuatro años más de neoliberalismo es muy alto, tanto en el plano material como en el político y cultural.

Por Carlos Andujar

Imagen: Télam

Habiendo comenzado su último año de gestión, la alianza Cambiemos se encamina inexorablemente a dejarnos a las y los argentinos, si los pronósticos del propio gobierno se cumplen, un Producto Interno Bruto (la riqueza producida) 1,9 por ciento más exiguo que el del 2015. En términos de pobreza, la promesa y eslogan de campaña “Pobreza cero” si no fuese que en las frías cifras se le va la vida miles de personas, parece un chiste de mal gusto (no solo no se disminuyó, sino que aumentó). Las cifras de desocupación volverán a tener dos dígitos y la desigualdad seguirá creciendo. Después de una devaluación brutal, una inflación de casi 48 por ciento durante el 2018, y picos de tasas de interés de más del 70 por ciento, la caída del salario real superará este año el 10 por ciento (la mayor caída desde el 2002) y con él, se desploman el consumo y la actividad económica.

Desde 2015 a mayo de 2018 (previo a la devaluación) se habían cerrado 7500 pymes (hoy denuncian que se cierran 25 pymes por día y ya se habla de más de 9000 cierres). El stock de deuda externa total aumentó más de 100.000 millones de dólares en los tres primeros años de gobierno, que unido a los condicionamientos impuestos por el FMI por el mega acuerdo que “logró” la Argentina, implicará una real “pesada herencia” para el futuro gobierno sea cual fuere este.

A pesar de lo evidente, de aquello que no se puede ocultar, el neoliberalismo sin embargo no es sólo un programa económico sino fundamentalmente es un proyecto político y cultural con pretensiones hegemónicas y, en este sentido, forjador de subjetividades. Este aspecto, menos visible pero más profundo y dañino, va construyendo identidades y visiones que justifican, legitiman y naturalizan el orden social injusto fruto de las políticas neoliberales. Resulta imprescindible destacar que ese proceso subjetivante no afecta sólo a quienes el neoliberalismo beneficia y, en cierta medida, dicha legitimación coincide con su interés de clase, sino que se trata de un programa totalizador de la realidad que incluye principalmente a quienes son sus principales víctimas.

Por ello no nos son ajenos discursos de las clases populares en los que las mismas se auto perciban como únicas responsables de su pobreza; discursos de las clases populares que vean a las políticas públicas (de las que fueron o son beneficiarias) como dádivas de un Estado corrupto que destruye la cultura del trabajo; discursos de las clases populares que afirman que “ningún gobierno les dio nada porque todo lo hicieron trabajando”, o discursos de las clases populares que asocian el delito urbano a la falta de “mano dura”.

En este contexto y bajo ese paradigma aparecen las “certezas” neoliberales. Los desocupados son “vagos y holgazanes que no quieren trabajar”, la desigual distribución del ingreso y la riqueza es fruto exclusivo del esfuerzo y el mérito personal (por lo tanto no debe alterarse con “impuestos distorsivos”), las protestas sociales son manifestaciones de “violentos e inadaptados que quieren vivir de los planes sociales” y, si a pesar de todo, todavía necesitamos seguir culpabilizando víctimas siempre nos quedará al alcance de la mano un tropel de migrantes (por supuesto sólo de aquellos países que no “dan con el piné”) que “quitan el trabajo de los argentinos” e ingresan al país “sólo para participar del narcotráfico y el delito”.

El proyecto neoliberal cala hondo, penetra en la intimidad de los hogares, de los vínculos intrafamiliares, laborales y barriales. Destruye la perspectiva de ampliación de derechos y consecuente democratización de la sociedad con la que un proyecto populista lee la realidad y propone un “sálvese quien pueda” y una lucha de todos contra todos, en un mundo regido por la competencia, el individualismo y la meritocracia.

Hace ya tres años que el neoliberalismo volvió a la Argentina y, lamentablemente a muchos países de la región.

El posible resultado de las elecciones del año próximo lejos de reflejar el real deterioro que sufrió la mayor parte de la población es incierto y aún más con un arco opositor que no logra aún construir una alternativa que pueda vencer al macrismo.

El costo a pagar por cuatro años más de neoliberalismo o neofascismo (todo puede ser peor aún) es muy alto, tanto en el plano material como en el cultural.

Oposición

La madre Teresa de Calcuta solía decir “Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal”, en referencia a la entrega necesaria que implica todo acto de amor. En ciertas huestes opositoras se parafrasea esa idea y se escucha “hay que unirse hasta que duela”. Tienen razón. Si no duele no alcanza. No alcanzó antes y no alcanzará ahora.

Si se quiere acordar hay que ceder y para que sea real y fructífero debe doler. Es tiempo de ceder. Es tiempo de encuentro, de dejar de lado egoísmos y personalismos. El riesgo es muy grande. El dolor será mayor y para gran parte de la población irreversible. Lo que se destruye en un día (o en cuatro años) tarda mucho más en reconstruirse. Las y los argentinos lo sabemos bien, todavía seguimos “pagando los costos” del neoliberalismo de la última dictadura militar.

La unión tiene que doler, sí, pero dolor y unión, deben ser frutos del amor. Del amor al otro, porque la Patria es el Otro.

Ser oposición al neoliberalismo tiene irrenunciables de lo contrario no se es oposición. De lo contrario el dolor deviene en placebo, en acuerdo espurio, en reparto de cargos, en palabras de Enrique Dussel, en fetichización del poder, en corrupción política.

Ser oposición al neoliberalismo implica comprender que el mercado no lo resuelve todo, muy por contrario, acentúa y agiganta las desigualdades que el mismo mercado crea. Que los precios de una economía (bienes, salarios, tasas de interés, tipo de cambio, tarifas) no pueden ser regidos exclusivamente por el mercado (por la oferta y la demanda), sino que hay bienes comunes que se traducen en derechos y que el Estado debe regular a través de su intervención. Que el Estado es el actor central en la defensa de los intereses de los que no tienen voz, de garantizar dichos derechos. Que los derechos son siempre producto histórico de las luchas sociales por su conquista, y que dichas luchas no deben ser reprimidas sino materializadas en políticas públicas. Que en una sociedad tan desigual el financiamiento de dichas políticas publicas debe partir fundamentalmente de tributos progresivos y que por lo tanto hay que afectar a algunos sectores e intereses. Que el Estado tiene la principal e indelegable responsabilidad de crear, cuidar y proteger el trabajo y los ingresos y ampliar derechos.

Ya habrá tiempo para discutir las políticas públicas concretas, su oportunidad, su intensidad, su definición. Ya habrá tiempo para traducir las grandes intenciones en políticas fiscales, monetarias, cambiaras, de comercio exterior, financieras. Ya habrá tiempo para decidir si el tipo de cambio se lo controla con un sistema de flotación acotada, control de cambios o un sistema de cambio múltiple. Pero si la oposición no se une aquí y ahora, ya no habrá tiempo después.

* Docente UNLZ FCS. ISFD Nº 41 (CEMU).

fliaandujar@gmail.com

20/01/19 P/12

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *