Distancia

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Joyce Carol Oates

—¿Señora? Las ventanas no se pueden abrir, lo siento.

Se volvió para mirar con frialdad al remilgado muchacho mexicano, con gafas de montura metálica, que le había traído a la habitación su única maleta, muy poco pesada, de la que hubiera preferido ocuparse ella para evitarse la propina. Pero abajo, en la recepción del hotel, la joven enérgica y muy educada que estaba detrás del mostrador se había adelantado, entregando la llave magnética al botones, sin darle a Kathryn la posibilidad de intervenir.

—«Las ventanas no se pueden abrir», ¿por qué no?

El muchacho murmuró, esquivo, algo que sonaba como selladas.

—¿Las ventanas están «selladas»? Pero ¿por qué?

La voz de Kathryn dejaba traslucir sorpresa, consternación. Una habitación en la que otros clientes habían dormido hasta hacía muy poco —sus olores todavía presentes, apenas disimulados con desinfectantes y ambientadores— no era el escenario ideal para lo que Kathryn había planeado.

De nuevo preguntó «¿Por qué?», pero el botones hizo caso omiso. Al ajustar el termostato de la pared, surgió de lo alto un flujo de aire acondicionado. La expresión absorta del joven mexicano era equivalente a una educada reprimenda, pensó Kathryn. Un aviso.

No seas ridícula. No hagas preguntas cuando sabes la respuesta. Ventanas selladas en un hotel de muchos pisos en Las Vegas, el motivo salta a la vista.

Al tercer día llamó a L***.

Habría dicho Estoy comprobando la distancia.

Los separaban tres mil seiscientos kilómetros y tres horas de diferencia horaria.

Excepto que no encontraba el número de teléfono. O lo había perdido. Había hecho muy deprisa el equipaje y, descuidada como era con frecuencia a su pesar en cuestiones de poca importancia, veía ahora, con una punzada de consternación, ropa, artículos de tocador, documentos esparcidos sobre la cama del hotel, todavía intacta, donde había abierto la maleta y la había zarandeado en busca del trozo de papel que estaba segura de haber traído —que se había propuesto traer— con el equipaje y en el que estaban apuntados números de teléfono tan cruciales como el de L***.

A lo que se añadía que no se lo había aprendido de memoria.

A lo que se añadía que desconocía su segundo nombre, ¡ni siquiera la inicial! Tampoco estaba segura del nombre exacto de la calle en la que vivía, aunque había ido varias veces a su casa —la había llevado él— y recordaba de nuevo con toda claridad el trayecto por aquella carretera rural, pero en una zona residencial, y a una distancia de tres mil seiscientos kilómetros y tres horas de diferencia horaria. Pensó No estoy segura, no lo sé. Ninguna de esas me ha calado tan hondo.

Fue entonces cuando decidió llamar al servicio de información telefónica.

De hecho, era el servicio nacional de información telefónica. ¿Ciudad y estado, por favor?

Llamar a información para saber su número de teléfono no era lo mismo que llamarlo a él, por supuesto. Tal vez no lo llamara. Existía esa posibilidad, puesto que era algo que dependía por completo de ella.

De todos modos le pareció urgente —no habría sabido decir por qué— tener su número de teléfono escrito con bolígrafo a toda prisa en un bloc en la mesilla de noche de aquel hotel al borde del desierto a tres mil seiscientos kilómetros y tres horas de diferencia horaria. Tanto si utilizaba el número como si no. Depende de mí. Soy yo quien decide.

Al otro extremo de la línea una voz grabada (femenina) en un tono neutral que no era ni cálidamente amistoso ni fríamente desaprobador le proporcionó un número que presumiblemente era el suyo —qué deprisa se lo dieron, antes de que estuviera del todo preparada— y aquel número, una vez marcado con el desenvuelto optimismo de un niño que interviene en un juego que sabe un tanto peligroso, quizá más que algo prohibido y por esa razón irresistible, provocó que sonara varias veces el teléfono —en teoría a tres mil seiscientos kilómetros de distancia—, y que, después de un chasquido, una voz grabada (masculina) le dijera Ha llamado a la casa de L***. En este momento no podemos atenderle; deje, por favor, un mensaje en el contestador y le llamaremos tan pronto como nos sea posible, lo que la confundió, la frustró, porque su amante vivía solo, ¿o no?, aunque quizás alguien había vivido con él hasta hacía muy poco, y no había encontrado el momento de cambiar la grabación; la voz no era del todo la de su amante, pero se le parecía lo suficiente como para inducirla a dejar un mensaje pese a que parte de ella seguía escéptica. No puede tratarse de él, tanto protocolo no encaja con él. Sin embargo, a pesar de estar decidida a dejarle un mensaje breve le fue imposible interrumpirlo, sintiéndose como una idiota —¡qué estupidez!, ¡vergonzoso!— y expresándose con voz entrecortada, balbuciente, como gas que se escapara de un globo.

¡Basta!, se dijo. No se enterará nunca.

De hecho, era un alivio pensar —dar por sentado— que quienquiera que recibiera el mensaje se limitaría a borrarlo, convencido de que se trataba de una equivocación. Porque con toda seguridad —no le cabía la menor duda— aquella voz tan formal, más bien de una persona de más edad, no podía haber sido la de su amante. Prescindiendo de cómo fuese su voz —en aquel momento no era capaz de recordarla— era evidente que no oiría nunca el mensaje con el que se había puesto en evidencia de manera tan inequívoca, mientras que ahora pensaba ya, con un estremecimiento de euforia, ¿por qué llamarlo? ¿Qué necesidad había? ¿Desde cuándo era necesario atarse a él? Estaba a más de tres mil kilómetros de distancia, no podía tocarla ni dejarla exhausta, nerviosa, frenética de deseo sexual ni tampoco habría podido tocarlo ella aunque hubiese querido. El cuerpo de su amante, que le parecía dotado del peso y de la densidad de la arcilla, que olía a humedad, a hojas, al tipo más dulce de podredumbre, el sabor de su propio cuerpo en la boca de su amante y la boca de él en la de ella mientras yacían unidos como nadadores que se han ahogado juntos, agarrados el uno al otro y arrojados al fin a una orilla desierta llena de detritos, y muy altas, por encima de ellos, las siluetas y los graznidos de aves de amplias alas… ¿Qué necesidad tenía de él? No le gustaba. Lo aborrecía. Le había hecho daño, tenía el cuerpo magullado. Se había reído, hiriéndola. Ella le había marcado los hombros y la espalda de arañazos y él se había reído al ver sangre en las sábanas. Lo aborrecía, detestaba aquella intimidad. Una promiscuidad así era un insulto. Todo aquello —la vida de las sensaciones— le hubiera gustado sacárselo de las propias venas gota a gota.

Era cierto: su alma no tenía más sustancia que la sombra de cualquier ave de gran envergadura —¿alguna especie occidental de halcón, gaviota o águila?— que pasara ante la veneciana de su habitación en el hotel. Con una sonrisa cruel pensó No voy a llamarlo nunca. No volveré a hablar con él.

Así terminaría todo entre ellos aquella misma mañana. Era algo que estaba en su poder.

Cuando para él, en el este, ya habían pasado tres horas de la mañana, pero para ella no había amanecido aún.

Al igual que la crueldad, ¡era tan placentera la irresponsabilidad! Levantó la veneciana con gran energía. Corrió las cortinas, hechas de un pesado tejido sintético. Le resultó estimulante ver que el sol apenas empezaba a alzarse en el horizonte montañoso. Que lo que se veía más allá de la ciudad fuese, en todas direcciones, un monótono paisaje lunar, inidentificable. Pensó No tiene ni idea de dónde estoy, no la tendrá nunca.

Como tampoco sabría nunca que había pasado despierta gran parte de la noche, al igual que las dos anteriores. Estaba muy molesta con él por haberla tenido en vela. Pese al aire acondicionado, el pijama se le había empapado de sudor, tenía la nuca húmeda y pegajosa, los sitios donde se tocaba estaban magullados y doloridos, la boca hinchada aún y los carnosos labios entre las piernas muy abultados y singulares y perversos, con su latido propio, más apagado. Él no lo sabría nunca. ¡Jamás!

Sin embargo —¡qué cosa tan extraña!—, incluso mientras estaba pensando que no le llamaría, que rompería mil veces el trozo de papel con su número, para no tener la tentación de volver a llamar más adelante, ya había alzado el auricular del teléfono junto a la cama y, una vez conseguida la comunicación con el exterior, volvió a consultar el servicio de información telefónica y de nuevo una voz grabada (femenina) respondió; esta vez tuvo buen cuidado de dar tanto el nombre de su amante como el de la calle en la que vivía —en aquella ciudad a tres mil seiscientos kilómetros de distancia y tres horas en el futuro— de manera que no existiera la posibilidad de un segundo error —la primera vez solo había dado el nombre de la persona— y ahora le proporcionaron un número que le resultó familiar —al menos las tres primeras cifras se lo parecieron— y lo marcó sin darse tiempo para pensar ¡No!, por qué estás haciendo esto, no deberías arriesgarte y después de que el teléfono sonara varias veces una voz de hombre respondió al otro extremo de la línea entre chisporroteos de electricidad estática; y aquella voz masculina que Kathryn no lograba oír con claridad sonó brusca, hostil, como si la llamada telefónica le hubiera interrumpido en un momento poco conveniente, y ella se encontró diciendo con una voz ansiosa que no se esperaba ¿Matt? Soy yo… soy… que se le quebró al pronunciar su nombre, qué patetismo al dar su propio nombre, su nombre pronunciado como una especie de súplica, una especie de ruego incluso, mientras la persona al otro lado de la línea repetía, impaciente, ¿Qué? ¿Quién? No la oigo porque la línea seguía invadida por la electricidad estática como risas burlonas mientras ella repetía su nombre, qué quejumbrosa y lastimera su voz al no lograr entender la situación. ¿Era aquella voz la de su amante? ¿Lo había encontrado de un humor distinto a los observados hasta entonces? Porque, en realidad, apenas lo conocía, su intimidad solo había estado precedida por un trato muy breve; ¿o era que él había sentido su ambivalencia acerca de la llamada que por fin le estaba haciendo, en la mañana del tercer día de su ausencia, y se había vengado al decirle, de muy malos modos, Se ha equivocado de número, lo siento, para colgar el teléfono a continuación?

Estaba descalza y tiritaba. Con el pijama sudado y un dolor punzante en las partes más secretas de su cuerpo, se encontró de pie junto a la ventana del hotel, insultada, escandalizada y sin palabras. Ni aun haciendo los esfuerzos más frenéticos era posible abrir aquellas ventanas, ni tampoco se las podía hacer añicos porque tenían cristales dobles o triples y eran irrompibles. Señora, no se puede usted morir con tanta facilidad. ¿Tirarse por la ventana? No.

Vio que en Nevada eran las seis y veinte de la mañana, muy temprano todavía. En el este, en cambio, las nueve y veinte, y una hora razonable para llamar, había pensado. Salvo que él hubiera descubierto algo sobre ella durante su ausencia. Que hubiera descubierto el hecho elemental de que podía vivir sin ella, igual que ella había descubierto que podía vivir sin él. Su amante era unos cuantos años mayor, más experimentado y prudente y, en consecuencia, ¿por qué tendría que necesitarla a ella? Le había hecho el amor con la boca de una manera que la había puesto nerviosa y la había asustado por su tremenda intimidad y ahora a él aquella intimidad y ella misma lo repelían, y no quería tener nada más que ver con Kathryn. Se ha equivocado de número, lo siento, con una voz cargada de repugnancia que la había dejado llena de angustia, tambaleante. Qué deprisa llegaba y qué mortífera era la gracia de Dios que se manifiesta como una espina en el corazón. Se dijo con cierta dosis de calma Este es mi castigo. Lo sabía de sobra. Se me había advertido. Sin embargo, como alguien que se dirige hacia el cadalso para permitir que le coloquen la soga al cuello, se vio, recalcitrante, alzando de nuevo el teléfono y marcando el número; y, todavía a medias del primer toque, la voz de hombre llena de impaciencia le contestó de nuevo como si supiera que tenía que ser ella, a quien despreciaba, y ella muy deprisa y con voz suplicante dijo ¡Matt, soy Kathryn! ¿Es que no me reconoces? ¿Kathryn? y la respuesta, enojada, a regañadientes, Mire, señorita, no soy el hombre que busca. No soy «Matt». Mi apellido es L***, pero no soy «Matt». No sé con quién demonios quiere hablar, pero no soy yo esa persona, ¿de acuerdo?

Se cortó la comunicación. El L*** desconocido había desaparecido de su vida como si no hubiera existido nunca.

¡Aquello sí que era un alivio! Debería haber sido un consuelo. Pero Kathryn estaba temblando, llena de dudas. Tambaleándose como si la hubieran golpeado en la cabeza con un mazo; en tales circunstancias, el hecho fundamental es que uno siga vivo, que aún esté en pie.

Voy a acabar ahora mismo con esta locura. Lo puedo hacer.

Parecía mirar por una ventana. ¿Dónde? Estaba ante una ventana ancha y alta y de cristal muy resistente; una ventana que sabía sellada para su propia protección: muchos y muy variados eran los suicidios en aquella famosa ciudad del desierto, pero arrojarse desde un piso alto había dejado de ser una posibilidad. El sol era ya una feroz lámpara roja de neón más allá de unas montañas con dientes como los de la hoja de un cuchillo y tan planas en apariencia como recortables de cartón, y la ciudad que había sido glamurosa y deslumbrante por la noche resultaba ahora plana, gris y sin relieve bajo la calina de la contaminación atmosférica, sus misterios desenmascarados como grietas y manchas en un papel de pared venido a menos. Kathryn pensó Se me advirtió. Dios me ha dado una segunda oportunidad para que me salve.

No había creído nunca en Dios. Ni en ningún dios secular por insignificante que fuese. Despreciaba tales creencias, pero también sentía envidia. Sin nadie que prohibiera el suicidio, más o menos dependías solo de ti mismo.

Su habitación estaba en el piso doce de un hotel que tenía unos veinte. Ni uno de los novísimos, ni tampoco de los más antiguos y glamurosos que se alzaban como tótems entre el descontrol de la ciudad; a ella le había parecido un sitio seguro y neutral, lo bastante lejos de su punto de origen y de su amante, de cuyo rostro había empezado a olvidarse. En cuanto a su voz, la había olvidado ya, confundida con voces de desconocidos.

Había decidido no llamarlo, se le había concedido una segunda oportunidad para salvarse, para evitar la humillación y, sin embargo, con ojos de sonámbula, abiertos aunque perdidos, se observó en el cristal que reflejaba su imagen mientras regresaba junto al teléfono, alzaba el auricular de plástico ligero con la inconsciencia de alguien que, después de una mordedura de serpiente, después de recibir el veneno, alza de nuevo la reluciente longitud adormilada del ofidio, fría y seca al tacto, al mismo tiempo terrible y espléndida, con una sonrisa demente. ¿Por qué no? Tiremos los dados. Marcó de nuevo el 411. De nuevo el recurso a la información telefónica. Pero esta vez solicitó la ayuda de un operador, una mujer con un acento sureño apenas discernible. Kathryn deletreó el nombre completo de su amante —en la medida en que lo conocía— e hizo lo mismo con el nombre de la carretera rural, pero en zona residencial, en la que vivía; explicó a la operadora que en los diez últimos minutos le habían dado dos teléfonos equivocados, que se trataba de un asunto muy importante, casi de una emergencia, que no se podía permitir marcar de nuevo un número equivocado… Durante aquel monólogo su actitud siguió siendo cortés, desenvuelta. Nadie habría imaginado lo cerca que estaba de gritar y maldecir. Su recompensa fue un tercer número que era y al mismo tiempo no era como su predecesor.

Sin duda tuvo que haberlo marcado, porque de repente —¡con inusitada rapidez!— sonó el teléfono —a tres mil seiscientos kilómetros hacia el este— y siguió sonando y sonando hasta que la línea se cortó de manera brusca.

¿Qué era aquello? La línea telefónica de su amante, desconectada. Total falta de vida; del mecanismo de plástico tan ligero de peso solo le llegaba un vacío absoluto. Con un sollozo Kathryn colgó el aparato.

En el espejo de la cómoda había un rostro de mujer enrojecido y difuminado como si hubiera sido borrado en parte. Su boca se parecía a la boca de un lucio, labios finos, inmovilizados en una mueca, horribles. La locura resonaba en su sangre como diminutas burbujas carbónicas. Pensó Me han despojado de todo mi orgullo. Estoy desesperada, hundida. Soy una adicta. Pero lo puedo dejar. Continuó, sin embargo: no se detuvo; sus dedos helados marcaron de nuevo el mismo número que le había dado la operadora, y una vez más el teléfono sonó y sonó. Vio a su amante mirándolo mientras repiqueteaba —se le apareció su rostro, los ojos entornados que evitaban mirarla— pero sin intención de contestar, sin intención de hablar con ella. No quería volver a tener nada que ver con ella. Pero esta vez la llamada concluyó con un ¡clic! y se oyó una voz grabada —Aquí Matt. Siento no poder ponerme al teléfono por favor deje un mensaje gracias— y de inmediato Kathryn reconoció su voz, claro que era la voz de su amante, ¿cómo podía haberla confundido con la voz de otra persona? Se sentía ya débil, agotada. Sintió el deseo de colgar cuanto antes el teléfono, de impedir que se pusiera a prueba lo que Matt sentía por ella. Previó no volver a llamarlo nunca. Ahora que ya lo había hecho, que había oído su voz, la había reconocido y había sentido la sacudida del reconocimiento en lo más hondo del cuerpo; que lo había reconocido y lo deseaba y admitía el vínculo entre los dos, el vínculo que la distancia no podía disolver, tenía el poder de cortarlo, de no volver nunca más a correr ningún riesgo. Su orgullo permanecería intacto, con el tiempo le olvidaría… Aun así dejó un mensaje, con una voz menos entrecortada que antes; como si dejar un mensaje para su amante fuese la cosa más natural del mundo: dejándose ganar por sus sentimientos dijo que lo echaba de menos, que sentía haberse marchado tan de repente sin despedirse, le daba el teléfono del hotel, Por si me quieres llamar. Luego añadió Te quiero. Acto seguido, colgó a toda prisa.

Rio con desmesura, las dos manos sobre la boca. Como un niño que ha mascullado una obscenidad y ya no puede retractarse.

No eran más que las 6.43 minutos de la mañana y ya estaba agotada, exhausta. Fue toda una sorpresa —una sorpresa relativa— ver lo deprisa que el sol se había alzado en el cielo por encima de las montañas. Porque una vez que el amanecer empezaba, no había manera de retrasarlo ni de impedirlo. El sol, por supuesto, no «se alzaba», la Tierra «giraba sobre su eje» hacia el sol; Kathryn lo sabía, si es que saber cosas así servía de algo; en su cerebro había un arsenal de saberes parecidos, relacionados sin mucho rigor con los hechos, una educación que no le había resultado barata, en su mayor parte una simple maraña, como hilos o cordones de zapatos en un talego. En cualquier caso, aquella «salida del sol» resultaba todo un espectáculo. Kathryn, peregrina a regañadientes, era alguien que veía. Que veía cómo el cielo en el este era de un color rojo ígneo brillante y cegador lleno de nubes tan vaporosas y fugaces como pensamientos; cómo misteriosos jirones de nubes se entrecruzaban por el cielo, semejantes a canales que se ensancharan y estrechasen en la estela de lo que podrían haber sido aviones de caza, aunque los aviones no fueran visibles desde donde Kathryn se encontraba.

¡Te quiero! Nunca lo había dicho.

Sonrió al pensar que Matt pudiese creerla. La boca del lucio de labios finos en una sonrisa cruel. ¡Que crea lo que le dé la gana!

Con dificultad, con gestos torpes, se quitó el camisón sudado, que cayó a sus pies como un charco. La repugnancia hizo que le diera una patada para dejar libres los tobillos. No le gustaba nada el olor tan directo de su cuerpo, un insoportable olor animal, sexual: tenía que restregarse mucho para limpiarlo. Porque el pecado se paga con la muerte. La muerte eterna es la consecuencia del pecado, quería creerlo, se podía agarrar a una creencia así como uno se agarra a una pared para apoyarse cuando el suelo se inclina, se mueve, se desmorona. La recompensa del pecado, estoy enamorada del pecado. Mi cuerpo está enfermo de pecado. Se metería bajo la ducha y abriría el agua caliente, todo lo caliente que pudiera soportar, agua hirviendo para limpiarse, mejor aún en una bañera con agua hirviendo, humeante, podría esterilizarse el interior del cuerpo, dentro del vientre donde aquel hombre había estado. Cerraría la puerta del cuarto de baño y la puerta corredera de la ducha y el sonido del agua al caer sería ensordecedor, no oiría el teléfono, no tendría la tentación de contestar a ninguna llamada telefónica. ¡Nunca más! Se acabó. Sin embargo, cosa extraña, como para mortificarla, empezó a sonar el teléfono de la mesilla junto a la cama. No había oído aquel teléfono hasta entonces: un sonido, como el grito agudo de un murciélago, que le pareció de lo más asombroso, imprevisible. Sin embargo, con calma y total naturalidad, como si todo estuviera en orden —por supuesto, ¿qué podía estar mal?, no era más que un teléfono que sonaba, un teléfono que repiqueteaba en su habitación del piso doce de un hotel muy alto rodeado por todas partes de desierto—, fue a contestar viendo cómo su mano temblaba ya sobre el auricular. ¿Cómo podía ser una persona tan ridícula? ¡Asustarse tanto! De manera que, temerosa por lo que la esperaba, pensó con calma No le quiero. No le necesito. Sus dedos entumecidos alzaron el auricular como podría haberlo hecho una sonámbula, despreocupada, pero atenta; su voz, que temblaba un tanto, pero que aun así podía haber sonado cálida a tantos kilómetros de distancia, murmuró con aplomo Diga y al instante le llegó la respuesta de una voz masculina, pegada a su oído en la repentina destrucción catastrófica de toda distancia, como si él estuviera con ella en la habitación diciendo ¿Kathryn? Por el amor de Dios, ¿eres tú? y ella se limitó a contestar Sí. Soy yo.

(De: Mágico, sombrío, impenetrable, Penguin Random House, 2015. Traducción: José Luis López Muñoz)

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