Divertirse con un desconocido

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Richard Yates

Durante todo aquel verano los niños que debían empezar tercer curso con la señorita Snell habían recibido serias advertencias sobre ella. «Chaval, que no os pase nada», decían los otros niños haciendo visajes de malvado placer. «No sabéis la que os espera. La señora Cleary está bien (la señora Cleary era la maestra de la otra clase de tercero); ella sí que es buena, pero esa Snell… ya podéis andar con ojo.» De ahí que la moral de los alumnos de la señorita Snell estuviera por los suelos antes de que el curso comenzara en septiembre, y ella hizo muy poco durante las primeras semanas para mejorar esa situación.

Era una mujer de unos sesenta años, huesuda y grande, con cara de hombre, y su ropa —por no decir sus mismos poros— parecía exudar esa reseca esencia de virutas de lápiz y polvo de tiza que es a lo que huele el colegio. Era estricta y carecía de sentido del humor, siempre empeñada en erradicar todo aquello que consideraba intolerable: murmurar en clase, repantigarse, estar en la luna, pedir para ir al baño demasiadas veces y, lo peor de todo, «venir al colegio sin el debido material». Sus ojillos eran penetrantes, y si alguien lanzaba furtivos mensajes de alarma susurros o codazos— para que le prestaran un lápiz, casi nunca salía bien parado.

—¿Qué pasa ahí atrás? —inquiría—. Sí, me refiero a ti, John Gerhardt.

Y a John Gerhardt —o Howard White o quienquiera que fuese—, pillado en medio de un susurro, se le subían los colores y sólo acertaba a responder: —Nada.

—No murmures. ¿Es por un lápiz? ¿Otra vez vienes al colegio sin lápiz? Levántate cuando te hablo.

A esto seguía un largo sermón sobre los Debidos Materiales, que culminaba con el transgresor avanzando hasta la mesa de la señorita Snell para recibir un lápiz de su pequeño tesoro, y siendo obligado a dar las gracias y a prometer, hasta que lo hacía en voz suficientemente alta como para que todo el mundo lo oyera, que no lo mordería ni le partiría la punta.

Con las gomas de borrar era todavía peor, porque tendían a escasear por culpa de la tendencia general a morderlas y a arrancarlas del extremo del lápiz. La señorita Snell tenía siempre sobre su mesa una goma de borrar vieja y enorme, de la que parecía sentirse muy orgullosa.

—Esta que veis aquí es mi goma de borrar —decía, mostrándola a toda la clase—.
Hace cinco años que la tengo, ¡cinco! —(Era fácil de creer, puesto que la goma era tan vieja, gris y ajada como la mano que la esgrimía)—. Nunca he jugado con esta goma porque no es ningún juguete. Nunca la he mordisqueado porque no es para comer. Y no la he perdido nunca porque no soy tonta ni soy descuidada. Necesito la goma para mi trabajo y he procurado cuidarla bien. Entonces ¿por qué no podéis hacer lo mismo vosotros? No sé qué pasa con esta clase; nunca había tenido unos alumnos tan tontos, tan descuidados y tan… tan infantiles con su material escolar.

Nunca parecía perder la paciencia, pero casi habría sido mejor que la perdiera: lo que deprimía a todo el mundo era la monótona, fría y seca redundancia de sus rapapolvos. Cuando la señorita Snell hacía poner de pie a uno para recriminarle algo, aquello era una ordalía verbal. Se situaba a un palmo de la cara de su víctima, la miraba de hito en hito sin parpadear, y la arrugada carne grisácea de su boca se contorsionaba para dictar sentencia de un modo sombrío y premeditado, hasta que el día perdía todos sus colores. La maestra no parecía hacer distingos; una vez sacó incluso a Alice Johnson, que siempre venía bien pertrechada de material y lo hacía bien casi todo. A Alice le tocaba leer en voz alta y estaba mascullando, y en vista de que no se corregía después de varias advertencias, la señorita Snell se le acercó, le quitó el libro y la sometió a un sermón de varios minutos. Al principio Alice estaba pasmada, pero poco después sus ojos se llenaron de lágrimas, su boca empezó a retorcerse de muy fea manera, y por último cedió a la infinita humillación de llorar delante de toda la clase.

No es que fuera raro llorar en clase de la señorita Snell, incluso entre los chicos. Y lo irónico del caso era que casi siempre, durante la calma pasajera que seguía a una de estas escenas —cuando no se oía otra cosa que los sollozos medio amortiguados de la víctima y el resto de la clase miraba al frente en un paroxismo de vergüenza ajena—, llegaba el ruido de risas desde el aula de la señora Cleary, que estaba al otro lado del pasillo.

Con todo, no podían odiar a la señorita Snell, pues para los niños el villano tiene que serlo al cien por cien y no se podía negar que a veces la señorita Snell era simpática, aunque a su manera torpe e incierta.

—Cuando aprendemos una palabra nueva —dijo una vez es como si hiciéramos un amigo, y a todos nos gusta hacer amigos, ¿no es cierto? Bien, por ejemplo, cuando empezó el curso todos vosotros erais desconocidos para mí, pero yo tenía verdaderos deseos de aprenderme vuestros nombres y recordar vuestras caras, y puse todo mi empeño en conseguirlo. Al principio no fue fácil, pero con el tiempo me he hecho amiga de todos vosotros. Más adelante pasaremos buenos momentos todos juntos (a lo mejor una pequeña fiesta navideña, ya se verá), y sé que entonces lo lamentaría mucho si no hubiera hecho ese esfuerzo. Porque uno no puede divertirse con un desconocido, ¿verdad? —Dedicó a todos una sonrisa tímida y bondadosa—. Pues bien, con las palabras pasa lo mismo.

Cuando decía una cosa así era más que nada engorroso, pero al menos dejaba a los niños con una vaga sensación de responsabilidad para con ella, instándolos a menudo a adoptar una leal reticencia cuando niños de otras clases insistían en preguntar si la señorita Snell era tan mala. «Bueno, no hay para tanto», respondían para salir del paso, e intentaban cambiar de tema.

John Gerhardt y Howard White solían volver andando a casa juntos, y muchas veces, pese a que ellos intentaban evitarlo, se les juntaban dos niños de la clase de la señora Cleary que vivían en la misma calle, Freddy Taylor y su hermana gemela Grace. «¡Eh! ¡Esperadnos!», gritaba Freddy. «¡Esperad!» Y poco después los gemelos los alcanzaban y se ponían a charlar, balanceando sus carteras idénticas de cuadros escoceses.

—A ver si adivináis lo que haremos la semana que viene —dijo una tarde Freddy con su cantarina voz—. Quiero decir toda la clase. Venga, a ver si lo adivináis.

John Gerhardt ya les había dejado claro una vez que no le gustaba volver a casa en compañía de una niña, y ahora estuvo a punto de decir algo en el sentido de que si una niña ya era una gaita, dos podía ser insoportable. Sin embargo, miró astutamente a Howard White y ambos siguieron andando en silencio, decididos a no hacer caso de la insistencia de Freddy.

Pero éste no quiso esperar más.

—Vamos a ir de excursión —dijo—; es para la asignatura de Transportes, Iremos a Harmon. ¿Sabéis qué es Harmon?

—Claro —respondió Howard White—. Una ciudad.

—Ya, pero ¿sabéis lo que hacen en Harmon? Pues allí es donde cambian las locomotoras de todos los trenes que van a Nueva York, la de vapor por una eléctrica. La señora Cleary dice que podremos ver cómo cambian las locomotoras y todo eso.

—Y estaremos allí casi todo el día —añadió Grace.

—No le veo la gracia —dijo Howard White—. Yo puedo ir a Harmon cuando me dé la gana, en bici. —Era una exageración (sus padres no le permitían alejarse en bici más de dos manzanas), pero sonaba bien, sobre todo cuando agregó—: No necesito que ninguna señora Cleary me lleve de paseo —dando un toque afeminado, dengoso, al «Cleary».

—¿Un día de cole? —preguntó Grace—. ¿Puedes ir cuando hay cole?

—Si me apetece, sí —murmuró Howard sin convicción, pero estaba claro que el punto lo habían ganado los gemelos.

—La señora Cleary dice que haremos muchas excursiones —intervino Freddy—. Más adelante vamos a ir al Museo de Historia Natural de Nueva York, y a muchos otros sitios. Lástima que no estéis en la clase de la señora Cleary.

—A mí me da igual —dijo John Gerhardt. Entonces se le ocurrió una cita de su padre que parecía apropiada para la ocasión—: Además, yo no voy al colegio para tontear. Yo voy para aprender. Venga, Howard, vamos.

Un par de días después resultó que las dos clases de tercero iban a ir juntas a la excursión; la señorita Snell simplemente había olvidado decírselo a sus alumnos. Y cuando lo hizo fue en uno de sus raros momentos amables.

—Creo que esta excursión va a ser especialmente interesante —dijo—, porque además de instructiva será como un premio para todos nosotros.

Aquella tarde John Gerhardt y Howard White comunicaron la noticia a los gemelos con estudiada despreocupación y secreto deleite.

Pero la victoria fue efímera, pues la excursión no hizo sino poner énfasis en la diferencia entre una maestra y la otra. La señora Cleary lo hacía todo con gracia y entusiasmo; era joven y ágil, una de las mujeres más guapas que habían visto los de la clase de la señorita Snell. Fue ella quien lo organizó para que los niños subieran a inspeccionar la cabina de una enorme locomotora parada en un apartadero, y ella quien averiguó dónde estaban los aseos públicos. Los detalles más tediosos sobre el ferrocarril cobraban vida cuando los explicaba ella; los maquinistas y guardagujas más amenazantes se volvían joviales cuando ella les sonreía, larga melena al viento y las manos hundidas con estilo en los bolsillos de su abrigo cruzado.

A todo esto la señorita Snell permanecía en un segundo plano, agria y demacrada, encorvando los hombros contra el viento, sus ojos furtivos vagando en busca de posibles rezagados. En un momento dado hizo esperar a la señora Cleary mientras llevaba a un aparte a sus propios alumnos para decirles que no habría más excursiones a menos que aprendieran a estar en grupo y no desperdigarse. Eso lo estropeó todo; al final del sermón, la clase entera sentía vergüenza ajena. La maestra había tenido una magnífica oportunidad de dar buena impresión, y ahora su fracaso era tan patético como decepcionante. Ahí estuvo quizá lo peor de todo: era patética, sus alumnos casi no querían ni mirarla, embutida en aquel triste y apelmazado abrigo negro y el sombrerito. Sólo deseaban meterla en el autobús, volver al colegio y perderla de vista lo antes posible.

Los hitos del otoño representaban otras tantas ocasiones especiales en el colegio. Primero fue Halloween: en clase de artes plásticas dibujaron linternas de calabaza y gatos negros de lomo erizado. Acción de Gracias fue más fiesta todavía; durante diez o doce días los niños pintaron pavos, cuernos de la abundancia y padres peregrinos en ropaje marrón, sombrero alto con hebilla en la cinta y mosquetes, y luego en clase de música cantaron muchas veces «We Gather Together» y «America the Beautiful». Casi de un día para otro dieron comienzo los largos preparativos para la Navidad: predominaban el rojo y el verde, y hubo que ensayar villancicos para el espectáculo anual. Cada día los pasillos del colegio estaban más profusamente engalanados con motivos navideños, y por fin llegó la última semana de clase antes de las vacaciones.

—¿Vosotros haréis una fiesta? —preguntó un día Freddy Taylor.

—Claro, supongo —dijo John Gerhardt, aunque de hecho no lo tenía nada claro.

La señorita Snell no había dicho ni insinuado nada sobre una fiesta de Navidad en clase, aparte de aquella vaga alusión hacía bastantes semanas.

—¿La señorita Snell os ha dicho que haréis una o qué? —preguntó Grace.

—Bueno, no es que lo haya dicho —respondió enigmáticamente John Gerhardt.

A todo esto, Howard White caminaba sin decir esta boca es mía, arrastrando los pies.

—La señora Cleary tampoco nos ha dicho nada —continuó Grace—, porque tiene que ser una sorpresa, pero toda la clase sabe que habrá fiesta. Niños que la tuvieron el año pasado nos han dicho que siempre monta una gran fiesta el último día, con árbol y todo, y con regalos y cosas para picar. ¿En la vuestra también habrá?

—Yo qué sé —dijo John Gerhardt—. Claro, supongo. —Pero después, cuando los gemelos ya se habían ido, la cosa empezó a preocuparle—. Oye, Howard —dijo—, ¿tú crees que va a montar una fiesta o qué?

—A mí que me registren —dijo Howard White, encogiéndose de hombros—. Yo no he dicho nada.

Pero el también estaba intranquilo, y otro tanto el resto de la clase. A medida que se acercaban las vacaciones y en especial durante los días de anticlímax inmediatamente posteriores al espectáculo anual, cada vez parecía más improbable que la señorita Snell hubiera planeado fiesta alguna, y eso los tenía a todos agobiados.

El último día de colegió llovió. La mañana transcurrió como tantas otras y, después del almuerzo, como cualquier otro día pasado por agua, los pasillos se llenaron de niños con impermeable y botas de agua, parloteando, yendo en grupito de acá para allá, a la espera de que empezaran las clases de la tarde. Frente a las aulas de tercero se palpaba una tensión especial: la señora Cleary había cerrado su puerta con llave, y rápidamente se extendió el rumor de que estaba sola dentro haciendo preparativos para la fiesta que iba a empezar en cuanto sonara el timbre y que duraría toda la tarde.

—He espiado —iba diciendo Grace Taylor, muy excitada, a todo el mundo—, y tiene un arbolito con muchas luces, todas azules, ha arreglado la clase y ha apartado los pupitres y…

Varios niños de su clase la acosaron a preguntas —«¿Qué dices que has visto?» «¿Las luces todas azules?»—, mientras otros se apiñaban en la puerta tratando de atisbar por el ojo de la cerradura.

Entretanto, los de la señorita Snell aguardaban cohibidos junto a la pared, casi todos en silencio y con las manos en los bolsillos. La puerta de su aula también estaba cerrada, pero nadie quería comprobar si lo estaba con llave, por miedo a que se abriera y encontraran a la maestra sentada modosamente tras su mesa, corrigiendo deberes. Miraban, en cambio, la puerta del otro tercero, y cuando ésta por fin se abrió vieron cómo entraban los alumnos en tromba. Todas las niñas gritaron «¡Oooh!» a coro nada más entrar, y los de la clase de la señorita Snell pudieron entrever que el aula de delante estaba transformada. En efecto, había un árbol con luces azules —de hecho, toda el aula resplandecía de azul— y la zona central estaba despejada. Se veía apenas la esquina de una mesa colocada en medio, y sobre ella varias fuentes con caramelos y tartas. En el umbral, la señora Cleary, bella y radiante, parecía un tanto exaltada por la calurosa acogida. Después de sonreír distraídamente a los niños de la otra clase, que estiraban el cuello para ver, volvió a cerrar la puerta.

Apenas un segundo después la señorita Snell abrió su aula, y lo primero que vieron fue que todo estaba igual que siempre. Los pupitres seguían en su sitio; las vulgares pinturas navideñas que ellos mismos habían hecho salpicaban las paredes, y no había más decoración que las míseras letras de cartón rojo —«FELIZ NAVIDAD»— que colgaban sobre el encerado desde hacía una semana. Entonces vieron, con inmenso alivio, que encima de la mesa de la señorita Snell había un montoncito de paquetes envueltos en papel rojo y blanco. Ella estaba allí de pie, sin sonreír, esperando a que todos se fueran sentando. Instintivamente, nadie se detuvo a mirar los regalos ni hubo comentarios al respecto. La actitud de la señorita Snell dejaba claro que la fiesta no había empezado aún.

Tocaba ortografía, y les dijo que sacaran papel y lápiz. En los silencios entre cada una de las palabras que pronunciaba, se podía oír el jolgorio en el aula de la señora Cleary: risas, exclamaciones de sorpresa. Pero aquel montoncito de regalos calmaba a los niños; sólo tenían que mirar a la mesa para saber que no había de qué sentirse avergonzados, Al final, la señorita Snell había superado la prueba.

Todos los regalos estaban envueltos igual, con papel de seda blanco y cinta roja, y los pocos cuya forma particular pudo distinguir John Gerhardt parecía que podían ser pequeñas navajas. Sí, pensó, quizás eran navajas para los chicos y linternas de bolsillo para las chicas. O más probablemente, puesto que las navajas tal vez eran demasiado caras, sería alguna cosa inútil e inofensiva de la tienda de baratillo, como soldaditos de plomo sueltos para los chicos y muñecas en miniatura para las chicas. Pero hasta eso estaría bien: objetos sólidos y de vivos colores para demostrar que, después de todo, ella era humana, para sacarlos del bolsillo y enseñarlos como si tal cosa a los gemelos Taylor. («Bueno, no, no ha sido una fiesta, exactamente, pero ha repartido estos pequeños regalos. Mirad.») —John Gerhardt —dijo la señorita Snell—, si solamente puedes prestar atención a las… cosas que tengo en la mesa, quizá será mejor que las quite de la vista.

Hubo algunas risas en la clase, y ella sonrió. Fue tan sólo una sonrisa breve y tímida, rápidamente corregida cuando volvió a fijar la vista en el libro de ortografía, pero bastó para romper la tensión. Mientras un alumno recogía los trabajos de ortografía, Howard White se inclinó hacia John Gerhardt y dijo en voz baja: —Broches de corbata. Apuesto a que son broches para nosotros y alguna pulserita para las niñas.

—Ssss —dijo John, pero enseguida añadió—: No, abulta demasiado para que sean broches.

Se notaba un cierto nerviosismo; todos esperaban que la fiesta diera comienzo en cuanto la señorita Snell tuviera todos los ejercicios de ortografía. No fue así: la maestra pidió silencio y dio paso a la clase de Transportes.

Transcurrió la tarde. Cada vez que la señorita Snell miraba el reloj del aula esperaban que dijese algo como: «Dios mío… casi me había olvidado». Pero no fue así. Pasaban de las dos y quedaba menos de una hora de colegio, cuando llamaron a la puerta.

—¿Sí? —dijo, molesta por la interrupción, la señorita Snell—. ¿Qué hay?

Entró la pequeña Grace Taylor con media madalena en la mano y la otra media en la boca. Hizo todo un despliegue de sorpresa al ver que estaban trabajando: retrocedió un paso y se llevó la mano libre a los labios.

—¿Y bien? —dijo la señorita Snell—. ¿Querías algo?

—La señora Cleary desea saber si…

—¿Es preciso que hables con la boca llena?

Grace tragó lo que tenía en la boca. No era nada tímida.

—La señora Cleary quiere saber si le sobran platos de papel.

—Yo no tengo platos de papel —respondió la señorita Snell—. Y si no te importa, dile a la señora Cleary que estamos haciendo clase.

—Bueno.

Grace dio otro mordisco a la madalena y, al volverse, vio el montoncito de regalos y se detuvo un momento a mirarlos, muy poco impresionada.

—Estás interrumpiendo la clase —le recriminó la señorita Snell.

Grace fue hacia la puerta y un momento antes de salir dirigió una sonrisa astuta a la clase, acompañada de una risita muda y llena de migas. Después salió.

El minutero fue avanzando hacia las dos y media, pasó de largo, y empezó su lento trayecto hacia las tres menos cuarto. Por fin, cuando quedaban cinco minutos para las tres, la señorita Snell dejó el libro sobre la mesa.

—Muy bien —dijo—. Creo que ya podemos ir guardando los libros. Hoy es el último día de colegio antes de las vacaciones de Navidad, y os he preparado una… pequeña sorpresa. Sonrió de nuevo—. Bien, lo mejor será que os quedéis cada cual en vuestro sitio y yo iré pasando esto. Alice Johnson, ¿quieres venir a ayudarme, por favor? Los demás quedaos sentados.

Alice fue hasta el estrado y la señorita Snell dividió los paquetitos en dos pilas, utilizando como bandejas dos hojas de papel de barba. Alice cogió una, procurando que no se le cayera nada, y la señorita Snell la otra. Antes de proceder al reparto, la señorita Snell dijo: —Bien, creo que lo más adecuado será que esperéis hasta que hayamos repartido todos los regalos, y luego los abriremos todos a la vez. Adelante, Alice.

Avanzaron por el pasillo central, leyendo las etiquetas y entregando los regalos. Eran las típicas etiquetas que vendían en Woolworth, con una imagen de Papá Noel y las palabras «Feliz Navidad», y la señorita Snell había escrito en cada una el nombre del alumno con su pulcra letra de maestra. La de John Gerhardt decía: «Para John G., de parte de la señorita Snell». Nada más cogerlo supo, no sin cierta estupefacción, de qué se trataba. Y para cuando la señorita Snell hubo vuelto al estrado y dijo: «Vamos allá», la sensación de sorpresa había desaparecido del todo.

John Gerhardt arrancó el papel y dejó el regalo encima de su pupitre. Era una goma de borrar de las de diez centavos, muy resistente, la mitad blanca para borrar lápiz y la mitad gris para tinta. Con el rabillo del ojo vio que Howard White estaba desenvolviendo una goma idéntica, y una mirada furtiva al aula le confirmó que todos los regalos eran iguales. Nadie supo qué hacer, y durante casi un minuto no se oyó otra cosa que el menguante frufrú del papel de seda. La señorita Snell estaba de pie junto a su mesa, los dedos retorciéndose como gusanos resecos a la altura de la cintura, y su rostro se derritió en la blanda y trémula sonrisa de quien regala algo. La impotencia que reflejaba era absoluta.

Por fin una de las niñas dijo: «Gracias, señorita Snell», a lo que el resto de la clase se sumó en un coro desacompasado: «Gracias, señorita Snell».

—No hay de qué, niños —dijo ella, recobrando la compostura—, y espero que paséis todos unas bonitas vacaciones.

(De: Once maneras de sentirse solo, RBA Editorial, 2010. Traducción: Luis Murillo Fort)

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