Doble cabina

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Manuel Soriano*

Cruzaron la frontera y caminaron. Siguieron la ruta hasta dar con una estación de servicio. El intenso olor a alcohol del combustible los hizo sentir en Brasil. «Bemvindo», dijo ella y sonrieron. Triana y Koch inspiraron profundamente por la nariz y largaron el aire por la boca. Se dejaron invadir por los recuerdos del viaje anterior. Recuerdos gratos y calurosos. Ya era de tardecita y unas pocas nubes tapaban el sol, pero la temperatura se mantenía bien por encima de los treinta grados. Koch compró dos latas de cerveza Skol en la tienda de la estación. Brindaron haciendo sonar el metal de las latas antes de dar el primer trago. La cerveza, fría y ligera, los ayudó a apagar el calor de la caminata.

No hicieron dedo en la ruta. La experiencia les había demostrado que es más efectivo pedir viaje de boca. Por eso habían ido hasta la estación. El destino final era Imbituba, un pueblo de pescadores en el litoral sur de Santa Catarina, pero cualquier aventón en dirección al norte les venía bien. Mientras tomaban las cervezas analizaron a los candidatos. Descartaron los vehículos cargados de familias y los autos pequeños con chapa uruguaya o de Rio Grande do Sul. Eligieron, en cambio, una camioneta Nissan de doble cabina, que cargaba en la caja una gran pila de bolsas de comida para perros.

Triana era la encargada de hacer el pedido, porque hablaba portugués fluidamente y además era simpática y hermosa. Cuando se acercó a la camioneta notó que la chapa era de São Paulo y que el conductor se había bajado a estirar las piernas. Era un hombre de mediana estatura, macizo, de cabeza rapada y piel oscura, como sucia. Usaba ojotas, pantalón de fútbol negro y una remera verde sin mangas. Íntimamente, Triana era consciente de su efectividad para pedir viaje, y ejercer ese discreto poder era una actividad que la entretenía. Encaró al hombre y habló sin timidez:

—Vamos para Florianópolis —dijo, y su voz era inocente y bella—: ¿nos da carona?

El hombre miró a Triana detenidamente y luego miró a Koch, que ya se acercaba. Dijo que sí, que los podía llevar hasta Porto Alegre, si eso les servía de algo. Luego juntó sus manos como si se dispusiera a rezar y elevó los brazos por encima de su cabeza, rotando el torso para los costados. Repitió ese ejercicio varias veces, desperezándose como un gato. Esa fue la imagen que se impuso en la cabeza de Triana: como un gato, se mueve como un gato. El hombre sintió la mirada y explicó:

—Es para relajar la columna. Muy bueno —su castellano, aunque abrasilerado, era correcto.

Triana imitó los movimientos del hombre, y al levantar los brazos dejó al descubierto la piel blanca de su cintura y la perfección de su ombligo.

—Cuando era bailarina hacía un ejercicio parecido para aflojar el cuerpo —dijo Triana, mirando al hombre.

El conductor dijo su nombre y extendió su mano derecha: primero a Koch, firme, y luego a Triana, aflojando la fuerza. Subieron a la camioneta, los dos hombres en los asientos de adelante, la mujer y las mochilas en los asientos de atrás, y tomaron la ruta en dirección al norte. Apenas subieron sintieron el olor a comida de perro. Era un olor espeso, casi corpóreo. El piso de los asientos traseros estaba alfombrado con bolsas de comida para perros. Triana se sacó las sandalias y apoyó los pies sobre una bolsa. Pudo sentir, con los dedos, las pequeñas esferas de alimento balanceado.

El hombre aceleró la marcha hasta llegar a ciento veinte kilómetros por hora y encendió la radio: pasaban sambas y pagodes, canciones empalagosas que Triana y Koch desconocían, a pesar de considerarse expertos en música popular brasilera. El hombre sí las conocía, tamborileaba suavemente sobre el volante, cantaba algunos estribillos. Durante un largo rato viajaron sin hablar. Koch odiaba el rutinario parloteo que suele darse en situaciones como esa. «Si el conductor no habla, es porque no quiere hablar», le había dicho a Triana en más de una ocasión. Koch fijó la mirada en la ruta, aflojó su cuerpo huesudo contra la butaca, se rascó la barba de diez días y trató de pensar en nada.

Sobre el tablero de la camioneta había dispuesto un altar. La atención de Koch recaía constantemente sobre esa especie de ofrenda: cuatro virgencitas de cerámica, un rosario de madera colgando del espejo retrovisor. Koch miró a las virgencitas: dos de ellas estaban de cara a la ruta, las otras dos, de cara a los pasajeros. Se sintió intimidado. Cerró los ojos e imaginó algo terrible: un choque de frente, contra un camión, el sonido del metal hundiéndose, la muerte en dos segundos. Koch llevó la mano a la hebilla del cinturón de seguridad y probó su resistencia con un disimulado tirón. Cuando volvió a mirar a las virgencitas forzó una sonrisa. «Soy médico. Un científico. No puedo perseguirme con estas supersticiones», se dijo a sí mismo. Estiró el brazo, como si quisiera tocar una de las estatuillas, y luego se arrepintió, dejando la mano a mitad de camino.

El hombre lo miró de reojo.

—Quien anda en la ruta debe andar en paz con Dios —dijo.

El hombre hablaba así, como desgranando aforismos. Hizo la señal de la cruz y luego se besó la uña del pulgar.

Otra vez silencio, esta vez un vacío incómodo, enrarecido. Triana adelantó su cuerpo, asomando la cabeza entre los asientos de adelante, como hacen los niños y los perros, y empezó a hablar de cualquier cosa. Le contó al hombre que tres años atrás habían hecho el mismo viaje, haciendo dedo del Chui hasta Imbituba, y que ahora estaban repitiendo el camino.

—Como uma lua de mel —agregó Triana, apoyando su mano sobre el hombro de Koch.

El hombre no dijo nada, apenas asintió para demostrar que había escuchado. Ajustó el espejo retrovisor para poder mirar a Triana a la cara y sonrió. Tenía los dientes blancos y algunas coronas plateadas.

El hombre manejaba con pericia pero arriesgaba demasiado para el criterio de Koch. Adelantaba a los camiones exigiendo el motor, en tramos donde estaba prohibido, por la presencia de una curva o una pendiente. Koch pensó en decirle algo, pedirle más precaución, pero no se animó a hacerlo.

Ya era de noche cuando cruzaron Pelotas. La ruta era estrecha y oscura. El hombre se largó a pasar a un camión en una profunda subida, pero el camionero aceleró, como si no quisiera que lo adelantaran. Koch vio una luz de frente, acercándose. Miró a la virgencita y recordó, como un trueno, el sonido del metal contra el metal.

—Cuidado —gritó y se aferró del pasamano, cerrando los ojos.

El hombre aceleró la marcha y logró pasar al camión con tranquilidad, unos treinta metros antes de cruzar al auto que venía de frente. Koch se hundió en su butaca, avergonzado.

—Tranquilo, compañero —dijo el hombre—. Llevo toda una vida en la ruta.
Koch no dijo nada. El hombre volvió a hablar, ahora mirando a Triana por el espejo retrovisor:

—¿Usted sabe cómo medir la distancia de los autos que vienen? —preguntó.
Triana hizo que no con la cabeza.

—Es fácil. Si se ve una sola luz, el auto está lejos y se puede pasar. Si se pueden distinguir las dos luces, el auto está cerca y no se puede pasar.

Triana asintió, asimilando la información.

—¿Y si es una moto? —preguntó Koch, enderezándose.

El hombre se echó a reír como no había hecho antes, y al hacerlo su rostro cambió de expresión, como si se transformara en otra persona. Era una risa agria y entrecortada, brotaba de su garganta como leche cuajada saliendo a pelotones por la boca de un sachet.

—Hombre en moto es hombre muerto —dijo por fin y volvió a reírse.

Era casi medianoche cuando llegaron a Camaquá. Tres años atrás también habían parado en esa pequeña ciudad. Los había levantado una pareja de argentinos que viajaba hacia Florianópolis y se detuvieron a almorzar en un gran comedor con buffet autoservicio. Pero esta vez el hombre salió de la ruta y condujo hacia adentro, por una callecita de tierra, durante varios minutos. Se detuvo frente a un bar, con unas pocas mesas amarillas de plástico dispuestas sobre la vereda. El hombre bajó de la camioneta de un salto y saludó a la moza con un beso en cada mejilla. Era una mulata potente y risueña, de unos cuarenta años. El hombre la tomó por la cintura y hundió sus dedos en la carne descubierta. Triana pudo ver esa imagen: los dedos firmes incrustados en la carne blanda: parecían dos manos de novios entrelazadas. El hombre la presentó:

—Monique, la reina de Camaquá —dijo, tomándola de la mano y haciéndola dar una vueltita.

—Triana, la reina de Montevideo —dijo Triana, siguiendo el juego.

—Koch, el emperador de Buenos Aires —dijo Koch, ya de mejor humor.

Ordenaron cervezas y pidieron la especialidad de la casa: unas hamburguesas gigantes, acompañadas de papas fritas, porotos negros y ensalada de tomate y lechuga. Después de comer pidieron más cervezas. La moza se sentó a la mesa, encendieron cigarrillos y conversaron. Monique quiso saber cómo se habían conocido, el argentino y la uruguaya, y Triana le contó la historia con todos los detalles, como ya lo había hecho cientos de veces. Le dijo que tres años atrás se habían encontrado en Punta del Diablo, un pueblito en la costa uruguaya, a menos de cincuenta kilómetros de la frontera con Brasil; que Koch recién se había recibido de médico y estaba viajando solo, de mochilero, por toda Latinoamérica.

—Como el Che Guevara —dijo el hombre, y largó su risa entrecortada.

Triana siguió su relato animadamente, mezclando el castellano y el portugués.

—En Punta del Diablo pedimos carona y un casal nos llevó hasta Imbituba. Ahí ficamos casi dos semanas… y en ese tiempo nos apaixonamos —apoyó su mano sobre la de Koch—. Ahora estamos haciendo el mismo viaje: de Punta del Diablo a Imbituba.

Monique quiso saber si se habían casado. Triana demoró unos segundos pero luego le respondió que no, pero que vivían juntos hacía más de dos años, en Buenos Aires.

—Koch trabaja en un hospital y en el consultorio de seu pai, y yo trabajo en una loja de ropa —agregó.

—¿Ya no danza? —le preguntó el hombre.

—¿No qué?

—No danza, no baila. Antes habló que era bailarina. ¿Ya no es más?

—Danzo, ainda, sí, pero sólo por diversión —respondió Triana y levantó los brazos, insinuando el arranque de un paso de baile.

El hombre se paró atléticamente y encendió a todo volumen la radio de la camioneta. Dejó la puerta abierta, para que el sonido brotara hacia fuera, y sacó a bailar a Monique. Eran pasos simples y agraciados: los cuerpos muy pegados, casi frotándose, al compás del forró. Triana y Koch se quedaron sentados, mirando. Triana vio, otra vez, los dedos del hombre, hundidos en la cadera de la mulata. Se puso de pie y sacó a bailar a Koch. Él carecía de ese tipo de motricidad y por esa razón no le gustaba bailar, pero de todas formas aceptó la invitación y se movió como pudo, tratando de pasar inadvertido. Monique los miraba de reojo y cuando terminó la canción quiso enseñarles los pasos básicos del forró. Pidió permiso a Triana y tomó a Koch de la mano.

—Eu vou fazer de homem —dijo Monique y mostró los pasos del que debe guiar el baile.

Empezó una nueva canción y bailaron, a los tropezones. El hombre aprovechó para acercarse a Triana e invitarla a bailar.

—Eu tambem vou fazer de homem —le susurró al oído.

Una franja de tres centímetros de piel separaba la pollera de la remera de Triana, y en ese espacio colocó su mano el hombre. Triana se dejó llevar y bailaron a ritmo sin ninguna dificultad. En medio del baile, el hombre movió su mano de la cadera hasta el centro de la espalda, justo al lugar donde nace la columna, y la deslizó suavemente por debajo del algodón de la remera. Dejó la mano firme y quieta e hizo balancear a Triana al ritmo de la música. Ella transpiraba, unas pequeñas gotas recorrían su espalda, y esa lubricidad favorecía el movimiento. Triana sintió las uñas del hombre, por un segundo, hundiéndose en la carne de su espalda, sintió la presión aumentar y aflojar, y luego desaparecer por completo. Fue una cosa breve, la mitad de un segundo, pero esa sensación, la de las uñas en su piel, acompañó a Triana durante toda la canción.

Koch observaba, por encima del hombro de la mulata, el baile del hombre y su mujer. Cuando terminó la canción, Monique aplaudió y los felicitó a los gritos por lo rápido que habían aprendido. Koch aprovechó la pausa para acercarse hasta Triana y tomarla por la cintura.

—Tenemos muy buenos profesores —dijo Koch. Abrazó a Triana por detrás y le dio un beso en la boca.

—Hay que volver a la ruta —dijo el hombre de repente, mirando su reloj.
Koch insistió en invitar la comida y las cervezas.

—Por clases de baile y por el viaje —dijo, para justificarlo, y el resto accedió, agradeciendo.

Triana pidió agua caliente para el mate y Monique fue hasta la cocina, del otro lado de una puerta de madera, llevando consigo el termo metálico.

—Vengo ya —dijo el hombre. Siguió los pasos de Monique y desapareció detrás de la puerta de madera.

Apenas subieron a la camioneta volvieron a sentir el olor a comida de perro. Triana se acomodó en el asiento del acompañante y empezó a preparar el mate. Siempre era la encargada de cebar. Los argentinos hacen un mate espantoso, decía para molestar a Koch. Triana, en cambio, respetaba la rigurosa liturgia de la cebada uruguaya. Koch se acomodó en el asiento de atrás y se echó de costado, usando las mochilas como respaldo. Estaba cansado y quería llegar a Imbituba cuanto antes. Cerró los ojos y se imaginó echado en la playa, con un buen libro y una cerveza a mano. Observó a Triana preparar el mate. Pensó en decirle algo sobre el baile. Había visto la mano del tipo por debajo de la remera. Imaginó las palabras: «¿Te divertiste bailando?», podría preguntarle, y ella captaría la sorna de inmediato, porque era una discusión que ya habían tenido más de una vez, cuando él la acompañaba a los salones de baile.

Koch reprodujo en su cabeza el ida y vuelta de palabras que seguiría: ella le diría que es un baile, y en el baile hay contacto físico, él diría que hay formas y formas de bailar, que ella es muy ingenua en esas cosas, que los tipos solamente piensan en coger, y entonces ella se ofendería, le contestaría que era un retrógrado y un imbécil, y así pasarían horas sin hablarse. Desgastado por el ejercicio mental, Koch volvió a apoyar la cabeza sobre la mochila, largó un cargado suspiro, y decidió no decir nada.

Un año atrás, Koch había tenido una pequeña aventura con una compañera del hospital. Fue una cosa de una noche, durante una guardia nocturna, pero la muchacha empezó a mandarle mensajes de texto a su celular y Triana se dio cuenta. Koch negó el romance, dijo que se trataba de una loca que lo perseguía, pero la duda quedó ahí, inamovible. Desde ese momento, Koch soportaba sus celos en silencio, sin decir una palabra, por temor a que la discusión se le volviera en contra.

Pasaron diez minutos y el hombre no aparecía.

—¿Dónde está este pelotudo? —preguntó Koch, enderezándose en el asiento.

—¿Estarán curtiendo en la cocina? —preguntó Triana, y en ese instante apareció el hombre por la puerta de madera, con el termo bajo el brazo.

—Se ve que aguanta poco —comentó Koch y se rió con un graznido.

El hombre parecía enojado. Se subió a la camioneta y cerró dando un portazo.
Puso el motor en marcha.

—¿Y Monique? —preguntó Triana—. Queríamos despedirnos.

El hombre hizo como si no la hubiera escuchado y arrancó marcha atrás, levantando piedritas del suelo por la velocidad de las ruedas.

—Filha da puta —murmuró el hombre y descargó un tremendo golpe de puño sobre el tablero. Con el temblor del mazazo, una de las virgencitas se despegó de la goma del tablero y cayó entre los pies de Triana. El hombre siguió musitando insultos hasta llegar a la ruta. Hablaba consigo mismo y sacudía la cabeza de un lado a otro, como negando algo.

Durante un largo tramo viajaron sin música, bien por encima del límite de velocidad. Triana estaba nerviosa: cualquier asomo de violencia la angustiaba enormemente. Buscó la cara de Koch en el espejo retrovisor pero el ángulo en el que estaba regulado no se lo permitía. No se animó a girar la cabeza. Triana llevó su mano derecha hacia atrás y la apoyó en el respaldo de su asiento. Movió los dedos, despacio. Koch entendió el pedido y apoyó su mano sobre la de ella. Ejerció una leve presión, una demostración de fuerza. Dejó la mano ahí, estirando y ovillando los dedos, como una sedante caricia.

Recién a la hora de viaje, el hombre encendió la radio y comenzó a cantar encima de la música, como lo había hecho antes. Triana lo tomó como una buena señal y empezó a cebar. Cuando le alcanzó el mate, el hombre lo aceptó con una leve inclinación de la cabeza y volvió a mostrar los dientes blancos de su sonrisa. Triana recogió la virgencita del piso y trató de ponerla en su lugar. El pegamento estaba gastado pero logró fijarla precariamente. El hombre agradeció el gesto y sacó una gran barra de chocolate blanco de una bolsa de nylon. Empezó a comerla a mordiscones. Ofreció.

—No pegan: el mate y el chocolate. Riman pero no pegan —dijo Koch. Triana tampoco aceptó.

—¿Ustedes saben para qué se inventó el chocolate blanco? —preguntó el hombre.

—Ni idea —dijo Triana y aprovechó para darse vuelta y mirar a Koch, que conocía el remate del chiste, pero no dijo nada y se encogió de hombros.

—Para que los negros puedan mancharse la cara —contestó el hombre y se rió como lo había hecho antes, con esa intensidad que le deformaba el rostro.

Cuando se acabó el agua caliente, Triana dejó el termo y el mate en el piso y empezó a armar un cigarrillo de tabaco. Siempre había fumado tabaco suelto. Así es más barato y también fumo menos, argumentaba. Además, le gustaba la artesanía que implica el acto de armar: envolver la cantidad justa de tabaco en el papel, amasarlo entre los índices y los pulgares, pasar la lengua por el borde de la seda. El hombre miró de reojo todo el procedimiento.

—¿Puede armar uno para mí? —pidió.

—Puedo —dijo Triana y empezó a hacerlo.

El hombre se inclinó para abrir la guantera, sin sacar los ojos de la ruta. Triana sintió en su pantorrilla el roce del antebrazo, como si un gato la hubiera cepillado con la punta de su cola. Retiró un poco la pierna.

—Disculpa —dijo el hombre—. ¿Puede sacar una bolsita negra de la guantera?
Triana encontró, escondida entre un montón de papeles, una bolsita del tamaño de una caja de fósforos.

—Bota un poco de polvo en mi cigarro —dijo el hombre.

Koch, que estaba recostado contra las mochilas con los ojos cerrados siguiendo la conversación, se enderezó en el asiento. El hombre volvió a regular el espejo retrovisor, para poder mirar a Koch directamente a los ojos. Triana desató el nudo de la bolsita y encontró el polvo blanco.

—Es polvo bueno —dijo el hombre—. No es pasta, no.

Triana se quedó con la bolsita abierta en la mano, dudando.

—Es bueno para dirigir. Te mantiene despierto —agregó el hombre.

—No sé bien cómo armarlo —mintió Triana.

El hombre se arrimó a la banquina y detuvo la marcha, sin apagar el motor. Era un tramo oscuro de la ruta, poco transitado. A los costados sólo había campo y pastizales.

—Es fácil. Se toma una pizca entre el índice y el pulgar, y se espolvorea encima del tabaco —mientras daba las indicaciones, el hombre lo fue haciendo usando su mano derecha—. Como la sal de una comida —dijo, cuando terminó la tarea—. Ahora pasa la lengua para pegarlo —ordenó el hombre a Triana.

—Yo te lo pego —dijo Koch, tomando el cigarrillo de las manos de Triana—. La saliva de mujer no sirve para pegar. Eso dicen los guachos de mi país.

El hombre no hizo nada para detenerlo. Aceptó el cigarrillo cerrado de la mano de Koch y lo encendió. El hombre salió del auto, se alejó un par de metros, y se puso a mear, con el cigarrillo en la boca. Se lo podía ver de perfil, iluminado por las luces de la camioneta. Triana giró la cabeza, buscando a Koch. Se miraron en silencio. Koch intentó decir lo que estaba pensando: que el tipo no le gustaba nada, que le daba mala espina, pero no lo hizo.

—Voy a mear —dijo y se bajó del auto. Fue hasta donde estaba el hombre, se detuvo un par de metros antes, y sacó su miembro por debajo de la bermuda. El hombre ya había terminado pero se quedó parado donde estaba, fumando en silencio. Koch tenía una verga descomunalmente grande y era consciente de ello. Cuando terminó de mear, la sacudió, exagerando. El hombre lo miró, luego llevó la vista al cielo estrellado y dio una profunda pitada. Retuvo el aire en sus pulmones durante unos segundos y lo largó sonoramente.

—¿Quiere experimentar? —dijo, ofreciéndole el cigarrillo. Koch dudó un instante. Miró en dirección a la camioneta.

—¿Nunca fumó coca? —preguntó el hombre.

—Sí, claro. En mi país le decimos nevado —dijo Koch y aceptó el cigarrillo de la mano del hombre. Dio un par de pitadas suaves, por temor a toser.

—Así no —corrigió el hombre—. Hay que guardar el humo adentro. Como un hombre.

Koch volvió a dar una pitada y retuvo el aire durante varios segundos.

Triana pudo ver esta escena desde su asiento: los dos hombres meando, midiendo la potencia de sus chorros; los dos tipos fumando, mostrando sus plumajes. Ella sabía que Koch nunca había probado cocaína, que había aceptado el cigarrillo de pendejo. Sintió una puntada en la boca del estómago. Ella había coqueteado con el hombre desde un principio. Era conciente de ello. Se acordó del baile, de la sensación de las uñas entrando en su piel. Podía recordar el lugar exacto. Lo tocó con la yema de los dedos. Sintió las marcas, pequeñísimas grietas, como las mordidas de una víbora. Encendió su cigarrillo y trató de pensar en el sol y en la playa.

El efecto de la merca le hizo bien al hombre. Cuando volvieron a la ruta se largó a hablar como no había hecho antes. Contó animadamente una parte de su historia: nació en Livramento, en la frontera con Uruguay, pero vivió por todas partes, en muchas ciudades. Tuvo cinco hijos con tres mujeres diferentes. Fue contrabandista de cigarrillos y gasolina durante varios años.

—Pero ya no —aclaró—. Gracias a Dios ahora tengo un trabajo decente —volvió a hacer la señal de la cruz y a besarse la uña del pulgar.

Triana lo escuchaba. Quería preguntarle sobre sus hijos y sus mujeres, si los veía seguido, si tenía fotos, pero decidió que era más prudente no hacerlo. El hombre parecía distendido. Mejor no hablar sobre algo que pueda perturbarlo, pensó Triana.

A Koch, en cambio, la merca le había pegado como un garrotazo, y hacía lo imposible para que no se le notara. Trató de seguir la conversación pero no pudo. Se recostó contra las mochilas y cerró los ojos pero fue peor: el mundo le daba vueltas. El hedor de la comida de perro le daba ganas de vomitar. Transpiraba y sentía una profunda sensación de ahogo, como si una mano le cerrara la garganta. Abrió los ojos y se sentó derecho. En la guardia del hospital había tratado a muchos pacientes que se habían pasado con todo tipo de drogas. Trató de recordar lo que debía hacer. Sacó una botellita de agua de la mochila y tomó un largo trago. Abrió la ventanilla y se arrimó a la puerta para sentir el viento en la cara. Se tomó las pulsaciones e intentó respirar pausadamente. Trató de retomar el control sobre su cuerpo y su mente. Es un momento, pensó, ya se me va a pasar. Graficó la acumulación de dopamina en su cerebro, representada por círculos y flechas, como en los libros de medicina. Fumé un poquito —racionalizó—, el efecto no puede durar más de cinco o diez minutos. Volvió a tomar un trago de agua.

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó Triana.

—Sí, claro.

—¿Estás seguro? —Triana soltó el cinturón de seguridad y tomó la cara de Koch entre sus manos—. Estás transpirando. ¿Querés que me pase atrás con vos?

—Quedate ahí, Triana. No hagas escándalo —dijo Koch, cortante—. Estoy cansado. Nada más.

Triana volvió a su asiento sin contestar. El hombre miró a Koch por el espejo retrovisor y sonrió con los ojos: un chispazo en el centro de sus pupilas. Sin detener la marcha, apagó la radio, tomó con su mano derecha la virgencita que antes se había caído y la arrancó de su lugar. Se la dio a Koch.

—Segura la virgen entre tus manos y pide a ella para sentirte mejor —le ordenó y volvió a mirar a Koch por el espejo.

Koch aceptó la estatuilla sin decir nada. Miró a Triana y luego volvió a mirar al hombre. Apretó a la virgen en su mano derecha. Hizo fuerza hasta que se le hincharon las venas del puño. Pensó qué pasaría si le pegara un mazazo por detrás. Midió las consecuencias: el tipo podría perder el control de la camioneta, podríamos chocar. Vio las luces de un ómnibus que se acercaba de frente. Sintió el sacudón que provocó al pasar y le corrió un sudor frío por la espalda.

—Esta zona es muy peligrosa —dijo el hombre.

Sacó un revólver de abajo del asiento e hizo retroceder el martillo. El clic del metal perduró en el aire durante varios segundos. El hombre le mostró el revólver a Triana. Era una pieza antigua y plateada, con cargador giratorio.
—Este revólver era de mi padre —dijo el hombre solemnemente—. Y ahora es mío.

Lo hizo girar en su mano derecha, como un cowboy. Triana cerró los ojos y contuvo la respiración. Volvió a abrirlos y miró a la virgencita que quedaba de frente en el tablero. La miró a los ojos y rezó el padrenuestro, para adentro, sin mover los labios. Recordó las palabras con claridad, aunque no rezaba desde que era niña y acompañaba a su madre a la iglesia. Cuando terminó, repitió la oración, una y otra vez, apretando los ojos. No pudo evitar que se le cayeran las lágrimas porque, para Triana, rezar y llorar eran una misma cosa.

Koch se olvidó de los efectos de la coca apenas sintió el clic del martillo. Se quedó quieto, echado hacia atrás, con la espalda pegada al respaldo. Observó cómo el hombre jugaba con el arma entre sus dedos: hacía girar el cargador, disfrutando el sonido, taca-taca-taca, imitaba la repetición con los chasquidos de su lengua.

—Olha aí, olha aí —gritó el hombre.

Con la punta del revólver señaló a dos moscas que estaban copulando contra el parabrisas. Soltó una larga carcajada. Afirmó el volante entre sus rodillas. Formó un aro con el índice y el pulgar de su mano izquierda. Penetró el aro con la punta de su revólver, embistiéndolo, varias veces, taca-taca-taca. Luego apretó el puño de su mano izquierda y se lo mostró a Koch.

—Así es como se hace —apoyó la punta del caño contra la apertura del puño y lo fue forzando a entrar—. Primero suave —atravesó el puño con el caño y machacó violentamente—. Después duro. Así le gusta a la mujer.

Koch no podía dejar de mirar el revólver. Cerró los ojos. Imaginó que el hombre metía la punta del caño en la boca de Triana, suavemente, como antes lo había hecho en su puño. Imaginó a Triana, recorriendo el metal con la punta de la lengua, gozando, mirando al hombre a los ojos. Todo esto lo imaginó con una nitidez inquietante. Koch cerró el puño con tanta fuerza que la estatuilla de la virgen se quebró en dos. El crack en su mano lo trajo a la realidad. Volvió a abrir los ojos: vio la estatuilla decapitada y luego comprobó que Triana seguía quieta en su asiento y que el hombre seguía haciendo girar el arma como un cowboy.

Koch miró por la ventana: estaban cruzando una zona fabril. El hombre siguió jugueteando con la recámara del revólver, unos minutos más, y guardó el arma debajo del asiento. Disminuyó la marcha al cruzar por un puesto de policía caminera.

Koch escondió el cuerpo de la virgen entre las bolsas de comida para perros y guardó la cabeza en el bolsillo de su bermuda. Recuperó el dominio de sus sentidos y le volvió a llegar el hedor de la carne artificial. Se olió el cuello de la remera y comprobó que se le había impregnado a la ropa. Deberíamos lavarla, o prenderla fuego, pensó Koch. Mejor eso: ir a la playa de noche y prenderla fuego, su ropa y la de Triana. Hacer una enorme fogata y después echarse al mar, desnudos, de cabeza entre las olas.

Koch estiró la mano derecha y la apoyó sobre el hombro derecho de Triana. Le rozó los labios para que dejara de rezar y le rozó los párpados para que dejara de llorar.

El hombre miró de reojo y abrió la boca en una sonrisa. Mostró los dientes blancos y las coronas plateadas.

—Estamos llegando —dijo.

A lo lejos se distinguían las luces de la ciudad.

  • Manuel Soriano nació en Buenos Aires en 1977 y vive en Montevideo desde 2005. Es director de la editorial infantil Topito Ediciones y autor de los libros de cuentos «La caricia como método de tortura» (2007) y «Variaciones de Koch» (Alfaguara, 2012) -que recibió el Premio Nacional Narradores de la Banda Oriental-, del libro infantil «Las aventuras de Jirafa y Perrito» (Premio Fondo Concursable del Ministerio de Cultura, 2011), y de las novelas «Rugby» (Alfaguara, 2010) y «Fundido a blanco» (Criatura Editora, 2013). En 2015 ganó el Premio Clarín Novela 2015 por su libro «¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?», con un jurado integrado por Sylvia Iparraguirre, Leonardo Padura y Sergio Ramírez. «Nueve formas de caer» es su último libro de cuentos.

(De: Versiones de Koch, Alfaguara, 2012)

2 comentarios

  • Edward Holm dice:

    Durante el encuentro el autor juega con los sentimientos del lector que se identifica con Triana y Koch en presencia inmadiata con «el hombre» El acercamiento ìntimo a lo primitivo, prohibido, la posibilidad de la violencia, la muerte mezclados con el goze, disfrute cruzan el imaginario, se tensan magistralmente en increcendo a el corto intenso relato. Una pequeña perla.
    PS: Sigo a El ortiba y disfruto mucho Zona literaria. Gracias a ustedes por esto. Un saludo desde Suecia de un yorogua que llegò aquì exiliado ya hace unos cuarenta años ( Y Carlitos con sus «que veinte años no es nada»…)

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