Dorrego: mártir de una República para pocos

Por Pablo Adrián Vázquez *

En la llanura de Navarro de aquel 13 de diciembre de 1828, el gobernador bonaerense Manuel Dorrego fue a su destino, con la chaqueta de sus enemigos y la esperanza que su muerte no será silenciada.

Las intrigas unitarias de los porteños, la decisión del general Juan Lavalle y los disparos que convalidaron su fusilamiento marcaron el drama argentino que aún hoy se prolonga.

Político y militar argentino, nacido en Buenos Aires en 1787, cursó estudios en el Real Colegio de San Carlos, continuándolos en Santiago de Chile, donde participó en el movimiento revolucionario y emancipador de 1810. Este mismo año llegó a Buenos Aires y fue destinado al ejército del Alto Perú. Combatió en Suipacha, en Nazareno, en Tucumán y en Salta – junto al general Manuel Belgrano – demostrando su valentía y carisma al mando de la infantería. Por indisciplina fue separado de la milicia para ser reincorporado poco después. En 1814 pasó al ejército que operaba en la Banda Oriental, y participó en la batalla de Guayabos frente a las fuerzas de Artigas.

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De regreso a Buenos Aires se dedicó al periodismo militante y se opuso a la política del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón por lo que fue desterrado en 1816.

Residió en las Antillas y en Estados Unidos, en donde estudió las bondades de un régimen republicano, democrático y federal. Regresó al país en 1820 y asumió la gobernación bonaerense brevemente. Viajó luego a Bolivia para regresar en 1823. Ese año fue nombrado miembro de la legislatura y luego del Congreso Nacional donde defendió la causa del federalismo. Su pasión y oratoria del “Coronel del Pueblo” lo convirtieron en el ídolo del “bajo pueblo” y “descamisados”, siendo la principal figura del Partido Federal porteño.

Dorrego se opuso al proyecto constitucional rivadaviano de 1826, el cual desconocía la voluntad general de las provincias, y negaba el derecho de voto a los “criados a sueldo, peones jornaleros y soldadas de línea”. El 3 de agosto de 1827, tras el repudio a Rivadavia, fue elegido nuevamente como gobernador de Buenos Aires. Su política de tono popular lo enemistó con los poderosos. Firmó la paz con Brasil, sobre la base de la independencia de Uruguay. Lavalle protagonizó un golpe contra el gobierno legítimo, apoyado por los unitarios rivadavianos.

Aconsejado por Rosas que recurra a las tropas de López en Santa Fe, Dorrego fue a la campaña. Lavalle marchó contra él y lo derrotó; Dorrego escapó nuevamente pero fue traicionado por algunos sus subalternos. Capturado por Lavalle, fue sentenciado a muerte y fusilado el 13 de diciembre de 1828.

¿Pudo salvarse? ¿Su vida fue el precio a pagar por atreverse a gobernar a favor del pueblo? No importó que fuese republicano y democrático? Nada importó si vulneró los privilegios de clase del sector liberal unitario.

Otros ejemplos en la historia testimonian que, cuando hay liderazgos que se elevan como símbolo de lucha y entrega – aún en su escarnio, cárcel y muerte – permanecen en el corazón del pueblo.

 

*Politólogo; Docente de la UCES; miembro de Número de los Institutos Eva Perón, Juan Manuel de Rosas, y del disuelto Manuel Dorrego.

Agencia Paco Urondo

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